Dios te dará el esposo, y será santo

En la obra Los silencios de San José, el Padre Michel Gasnier recuerda que “La tradición unánime de los Santos Padres dice que pasó su infancia en el Templo de Jerusalén, a donde ella mismo quiso que la condujeran para ofrecerla al Señor: en virtud de los privilegios con que había sido colmada, había comprendido, tan pronto como tuvo uso de razón, que la única sabiduría de una criatura consiste en entregarse irrevocablemente a su divino Maestro y ponerse en cuerpo y alma a su servicio”. La obra de María Valtorta va del todo en esta línea: la Virgen permanece en el Templo desde los tres hasta los quince años. Su maestra fue Ana de Fanuel, de la que habla Lucas en el episodio de la presentación del niño Jesús en el Templo. También está atendida por sus parientes, Isabel y su marido, sacerdote Zacarías. El propósito virginal de María, de la que hablamos en el post anterior, está especialmente subrayado en estas páginas.

Hay que tener en cuenta que la virginidad, de por vida, y como propósito para siempre, no era la costumbre en Israel. Pero, como dice Juan Pablo II en su Audiencia General del 24-VII-1996 “En realidad, su propósito de virginidad la disponía a acoger la voluntad divina con todo su yo, humano, femenino, y en esta respuesta de fe estaban contenidas una cooperación perfecta con la gracia de Dios que previene y socorre y una disponibilidad perfecta a la acción del Espíritu Santo”, es de esperar que la Virgen tenía clarísima conciencia del mismo. En las siguientes páginas se habla de ello con inusual fuerza y claridad. La Virgen es una persona muy singular, la única concebida sin pecado original (aparte del Verbo encarnado). Su relación con Dios no puede ser a medida nuestra. Y, sin embargo, es la perfecta imagen de la fidelidad y espera de la Iglesia. Podríamos titular estas páginas como el Adviento de la Virgen.
Nota: todos los dibujos son de Lorenzo Ferri, según la descripción de María Valtorta.

Hasta ayer por la tarde, viernes, no se me ha iluminado la mente para ver. Y he visto solamente esto. He visto a una María muy joven, una María de como mucho doce años, cuyo rostro no presenta ya esas redondeces propias de la infancia, sino que devela los futuros contornos de la mujer en el perfil oval que ya se va alargando. Por lo que respecta al pelo, ya no es aquel que caía suelto sobre el cuello con sus ligeros rizos, sino que está recogido en dos gruesas trenzas de un oro palidísimo, de lo claro que es el pelo, parece como si estuviera mezclado con plata, que siguiendo los hombros bajan hasta las caderas. El rostro aparece más pensativo, más maduro, aunque siga siendo el rostro de una niña, de una hermosa y pura niña que, toda vestida de blanco, cose en una habitacioncita muy pequeña y también toda blanca, por cuya ventana abierta de par en par se ve el edificio imponente y central del Templo, y toda la bajada de las escalinatas de los patios, de los pórticos, y, al otro lado de la muralla, la ciudad con sus calles y casas y jardines, y, al fondo, la cima protuberante y verde del Monte de los Olivos. Cose y canta en voz baja. No sé si se trata de un canto sacro. Dice:

«Como una estrella dentro de un agua clara
me resplandece una luz en el fondo del corazón.
Desde la infancia, de mí no se separa
y dulcemente me guía con amor.
En lo más hondo del corazón hay un canto.
¿De dónde venir podrá?
¡Oh, hombre, tú lo ignoras!
De donde descansa el Santo.
Yo miro mi estrella clara
y no quiero cosa que no sea,
aunque fuera la más dulce y estimada,
esta dulce luz que es toda mía.
Me trajiste de los altos Cielos,
Estrella, al interior de un seno de madre.
Ahora vives en mí; mas allende los velos
te veo, rostro glorioso del Padre.
¿Cuándo a tu sierva darás el honor
de ser humilde esclava del Salvador?
Manda, del Cielo mándanos al Mesías.
Acepta, Padre Santo, la ofrenda de María».

María calla, sonríe y suspira, y luego se pone de rodillas en oración. Su carita es toda una luz. Alta, elevada hacia el azul terso de un bonito cielo estival, parece como si aspirase toda su luminosidad y la irradiara. O, más exactamente, parece como si de su interior un escondido Sol irradiase sus luces y encendiera la nieve apenas rosada de la carne de María y se vertiera, llegando a las cosas y al Sol que resplandece sobre la tierra, bendiciendo y prometiendo abundancia de bienes. Estando María a punto de ponerse en pie después de su amorosa oración, permaneciendo en su rostro una luminosidad de éxtasis, entra la anciana Ana de Fanuel y se detiene atónita, o, por lo menos, admirada del acto y del aspecto de María. La llama: «María», y la Niña se vuelve con una sonrisa, distinta pero como siempre muy bonita, y saluda diciendo:

Dibujo: Ana de Fanuel

«Ana, paz a ti».
-¿Estabas orando? ¿No te es suficiente nunca la oración?.
– La oración me sería suficiente. Pero yo hablo con Dios. Ana, tú no puedes saber qué cercano a mí lo siento; más que cercano, en el corazón. Dios me perdone tal soberbia. Es que yo no me siento sola. ¿Ves? Allí, en aquella casa de oro y de nieve, detrás de la doble Cortina, está el Santo de los Santos, y jamás ojo alguno, aparte del del Sumo Sacerdote, puede detenerse en el Propiciatorio, sobre el que descansa la gloria del Señor. Mas yo no tengo necesidad de mirar con toda el alma veneradora a ese
doble Velo bordado, que palpita con las ondas de los cantos virginales y de los levitas y que huele a preciosos inciensos, como para perforar su cohesión y ver así la luz irradiada por el Testimonio. ¡Pero sí que miro! No temas que no mire con ojo venerador como todo hijo de Israel. No temas que el orgullo me ciegue haciéndome pensar esto que ahora te digo. Yo miro, y no hay ningún humilde siervo en el pueblo de Dios que mire más humildemente la Casa de su Señor que como yo la miro, convencida como estoy de ser la más pequeña de todos. Pero, ¿qué es lo que veo? Un velo. ¿Qué pienso al otro lado del Velo? Un Tabernáculo. ¿Y en él? Mas si miro a mi corazón, he aquí que veo a Dios resplandecer en su gloria de amor y decirme: “Te amo”, y yo le digo: “Te amo”, y me deshago y me rehago con cada uno de los latidos del corazón en este beso recíproco…

Estoy entre vosotras, mis queridas maestras y compañeras, pero un círculo de fuego me aísla de vosotras. Dentro de ese círculo, Dios y yo. Y os veo a través del Fuego de Dios y así os amo… mas no puedo amaros según la carne, como jamás podré amar a nadie según la carne, sino sólo a Este que me ama, y según el espíritu. Conozco mi destino. La Ley secular de Israel quiere de toda niña una esposa y de toda esposa una madre. Pero yo, no sin obedecer a la Ley, obedezco a la Voz que me dice: “Yo te quiero para mí”, y permaneceré siempre virgen. ¿Cómo podré hacerlo? Esta dulce, invisible Presencia que está conmigo me ayudará, porque ella desea eso. Yo no temo. Ya no tengo ni padre ni madre… y sólo el Eterno sabe cómo en ese dolor se quemó cuanto yo tenía de humano. Ardió con dolor atroz.

Ahora sólo tengo a Dios. A Él, por tanto, le presto obediencia ciegamente… Lo habría hecho incluso contra el padre y la madre, porque la Voz me enseña que quien quiere seguirla debe pasar por encima del padre y de la madre, amorosas patrullas de ronda en torno a los muros del corazón filial, al que quieren conducir a la alegría según sus caminos… y no saben que hay otros caminos de infinita alegría. Yo les habría dejado los vestidos y el manto, con tal de seguir la Voz que me dice: “¡Ven, dilecta mía, esposa mía!”. Les habría dejado todo; y las perlas de las lágrimas — porque habría llorado por tener que desobedecer —, y los rubíes de mi sangre — que hasta a la muerte habría desafiado por seguir la Voz que llama — les habrían dicho que hay algo más grande que el amor de un padre y una madre, y más dulce: la Voz de Dios. Pero ahora su voluntad me ha dejado libre incluso de este lazo de piedad filial. Ya de por sí no habría habido lazo. Eran dos justos, y Dios, ciertamente, hablaba en ellos como me habla a mí. Habrían seguido la justicia y la verdad. Cuando pienso en ellos, pienso que están en la quietud de la espera entre los Patriarcas, y acelero con mi sacrificio la venida del Mesías para abrirles las puertas del Cielo. En la tierra yo me rijo, o sea, es Dios quien rige a su pobre sierva diciéndole sus preceptos, y yo los cumplo, porque cumplirlos es mi alegría. Cuando llegue la hora, le diré a mi esposo mi secreto… y él lo acogerá en su interior.

– Pero, María… ¿con qué palabras lo vas a persuadir? Tendrás en contra el amor de un hombre, la Ley y la vida.
– Tendré conmigo a Dios… Dios abrirá a la luz el corazón de mi esposo… la vida perderá sus aguijones de sentido para ser pura flor con perfume de caridad. La Ley… Ana, no me llames blasfema. Yo creo que la Ley pronto va a sufrir un cambio. Pensarás: “¿quién puede cambiarla, si es divina?”. Sólo quien la puede mutar: Dios. El tiempo está más próximo de lo que pensáis, yo os lo digo. Leyendo a Daniel, una gran luz que venía del centro del corazón se me ha iluminado, y la mente ha comprendido el sentido de las arcanas palabras. Serán abreviadas las setenta semanas por las oraciones de los justos. ¿Será cambiado el número de los años? No. La profecía no miente; mas, la medida del tiempo profético no es el curso del Sol, sino el de la Luna, y por ello os digo: “Cercana está la hora que oirá el vagido del Nacido de una Virgen”. ¡Oh, si esta Luz que me ama quisiera decirme — pues muchas cosas me dice — dónde está la mujer feliz que dará a luz el Hijo a Dios y el Mesías a su pueblo! Caminando descalza recorrería la tierra; ni frío y hielo, ni polvo y canícula, ni fieras y hambre me serían obstáculo para llegar a Ella y decirle: “Concédele a tu sierva y a la sierva de los siervos del Cristo vivir bajo tu techo. Haré girar la rueda del molino y la prensa; como esclava ponme en el molino; como pastora, a tu rebaño; o para lavar los pañalitos a tu Nacido; ponme en tus cocinas, en tus hornos… donde tú quieras, pero recíbeme. ¡Que yo lo pueda ver, que pueda oír su voz, recibir su mirada!”. Y, si no me admitiese, yo viviría, mendiga, a su puerta, de limosnas y escarnios, al raso o bajo el sol intenso, con tal de oír la voz del Mesías niño y el eco de su risa, y luego verle pasar… y, quizás, un día recibiría de Él el óbolo de un pan… ¡Oh, aunque el hambre me desgarrara las entrañas y desfalleciera después de tanto ayuno, yo no me comería ese pan! Lo tendría como un saquito de perlas contra mi corazón y lo besaría para sentir el perfume de la mano del Cristo, y ya no tendría ni hambre ni frío, porque su contacto me proporcionaría éxtasis y calor, éxtasis y alimento…

-¡Tú deberías ser la Madre del Cristo, tú que le amas de esa forma! ¿Por eso es por lo que quieres permanecer virgen?
-¡Oh, no! Yo soy miseria y polvo. No oso levantar la mirada hacia la Gloria. Por eso es por lo que prefiero mirar dentro de mi corazón más que mirar al doble Velo, tras el cual sé que está la invisible Presencia de Yeohveh. Allí está el Dios terrible del Sinaí. Aquí, en mí, veo al Padre nuestro, veo un amoroso Rostro que me sonríe y bendice, porque soy pequeña como un pajarillo que el viento sujeta sin sentir su peso, y débil como tallito de muguete silvestre que sólo sabe florecer y perfumar, y no opone más resistencia al viento que la de su perfumada y pura dulzura. ¡Dios, mi viento de amor! No, no es por eso, sino porque al Nacido de Dios y de una Virgen, al Santo del Santísimo no le puede gustar sino lo que en el Cielo ha elegido como Madre y lo que en la tierra le habla del Padre celestial: la Pureza. Si la Ley meditara en esto, si los rabíes, que la han multiplicado con todas las sutilezas de su enseñanza, volviendo la mente a horizontes más altos, se sumergieran en lo sobrenatural, dejando de lado lo humano y la ganancia que pretenden olvidando el Fin supremo, deberían, sobre todo, volver su enseñanza a la Pureza, para que
el Rey de Israel, cuando venga, la encuentre. Con el olivo del Pacífico, con las palmas del Triunfador, esparcid azucenas y azucenas y azucenas… ¡Cuánta Sangre tendrá que derramar para redimirnos el Salvador! ¡Cuánta! De los miles de heridas que Isaías vio en el Hombre de dolores, cae, cual rocío de un recipiente poroso, una lluvia de Sangre. ¡Que no caiga en el lugar de la profanación y la blasfemia esta Sangre divina, sino en copas de fragante pureza que la acojan y recojan, para luego esparcirla sobre los enfermos del espíritu, sobre los leprosos del alma, sobre los muertos a Dios! ¡Dad azucenas, azucenas dad para enjugar, con la cándida vestidura de los pétalos puros, los sudores y las lágrimas del Cristo! ¡Dad azucenas, azucenas dad para el ardor de su fiebre de Mártir! ¡Oh, ¿dónde estará esa Azucena que te lleva dentro; dónde, la que aplacará la quemazón que padeces; dónde, la que se pondrá roja con tu Sangre y morirá por el dolor de verte morir; dónde, la que llorará ante tu Cuerpo desangrado?! ¡Oh, Cristo, Cristo, suspiro mío!….

María queda en silencio, llorando y abatida.
Ana está un rato en silencio. Luego, con su voz blanca de anciana conmovida, dice:
-¿Tienes algo más que enseñarme, María?
María se estremece. Debe haber creído, en su humildad, que su maestra la haya reprendido y dice: -¡Perdón! Tú eres maestra, yo soy una pobre nada. Es que esta Voz me sube del corazón. Yo la tengo bien vigilada, para no hablar; pero, cual río que por el ímpetu de la ola rompe las presas, ahora me ha prendido y se ha desbordado. No tengas en cuenta mis palabras y mortifica mi presunción. Las arcanas palabras deberían estar en el arca secreta del corazón al que Dios, en su bondad, favorece.
Lo sé. Pero, tan dulce es esta invisible Presencia, que me embriaga… ¡Ana, perdona a tu pequeña sierva!.

Ana la estrecha contra sí, y todo el viejo rostro rugoso tiembla y brilla de llanto. Las lágrimas se insinúan entre las arrugas como agua por terreno accidentado que se transforma en un trémulo regatillo. No obstante, la anciana maestra no suscita risa, sino que, al contrario, su llanto promueve la más alta veneración.
María está entre sus brazos, su carita contra el pecho de la anciana maestra, y todo termina así.

Dice Jesús:
– María tenía el recuerdo de Dios. Soñaba con Dios. Creía soñar. No hacía sino ver de nuevo cuanto su espíritu había visto en el fulgor del Cielo de Dios, en el instante en que había sido creada para ser unida a la carne concebida en la tierra. Condividía con Dios, si bien de forma mucho menor, por exigencia de justicia, una de las propiedades de Dios: la de recordar, ver y prever, por el atributo de una inteligencia no lesionada por la Culpa, y, por tanto, poderosa y perfecta. El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Una de las semejanzas está en la posibilidad, para el espíritu, de recordar, ver y prever. Esto explica la facultad de leer el futuro, facultad que viene, muchas veces y directamente, por voluntad divina, otras por el recuerdo, que se alza, como Sol en una mañana, iluminando un cierto punto del horizonte de los siglos precedentemente visto desde el seno de Dios.

Son misterios demasiado altos como para que podáis comprenderlos plenamente. Eso sí, reflexionad.
¿Esa Inteligencia suprema, ese Pensamiento que lo sabe todo, esa Vista que lo ve todo, que os crea con un movimiento de su voluntad y con el hálito de su amor infinito, haciéndoos hijos suyos por origen e hijos suyos por destino, podrá daros algo que sea distinto de Él? Os lo da en proporción infinitesimal, porque la criatura no podría contener al Creador, mas esa parte es, en su infinitesimal, perfecta y completa.

¡Cuán grande el tesoro de inteligencia que dio Dios al hombre, a Adán! La culpa lo ha menoscabado, mas mi Sacrificio lo reintegra y os abre los fulgores de la Inteligencia, sus ríos, su ciencia. ¡Oh, sublimidad de la mente humana unida por la Gracia a Dios, copartícipe de la capacidad de Dios de conocer!… De la mente humana unida por la Gracia a Dios.

No hay otro modo; que lo tengan presente los que anhelan conocer secretos ultrahumanos. Toda cognición que no venga de alma en gracia — y no está en gracia aquel que se manifiesta contrario a la Ley divina, cuyos preceptos son muy claros — sólo puede venir de Satanás, y difícilmente corresponde a verdad por lo que se refiere a cuestiones humanas, y nunca responde a verdad por lo que respecta a lo sobrehumano, porque el Demonio es padre de la mentira y a quien arrastra consigo lo lleva por el sendero de la mentira. No existe ningún otro método para conocer la verdad, sino el que viene de Dios. Y Dios habla y dice o hace recordar, del mismo modo como un padre a un hijo le hace recordar la casa paterna y dice: “¿Te acuerdas cuando conmigo hacías esto, veías aquello, oías aquello otro? ¿Te acuerdas cuando yo te despedía con un beso? ¿Te acuerdas cuando me viste por primera vez, cuando viste el fulgurante sol de mi rostro en tu alma virgen, instantes antes creada y aún exenta — puesto que acababa de salir de mí — de la debilidad que después te consumiera? ¿Te acuerdas de cuando comprendiste en un latido de amor lo que es el Amor y cuál es el misterio de nuestro Ser y Proceder?”. Y cuando la capacidad limitada del hombre en gracia no llega a comprender, entonces el Espíritu de ciencia habla y enseña.

Pero para poseer al Espíritu es necesaria la Gracia. Y para poseer la Verdad y la Ciencia es necesaria la Gracia. Y para tener consigo al Padre es necesaria la Gracia, Tienda en que las tres Personas hacen morada, Propiciatorio en que reside el Eterno y habla, no desde dentro de la nube, sino mostrando su Rostro al hijo fiel. Los santos tienen el recuerdo de Dios, de las palabras oídas en la Mente creadora y resucitadas por la Bondad en su corazón para elevarlos como águilas en la contemplación de la Verdad, en el conocimiento del Tiempo.
María era la Llena de Gracia. Toda la Gracia Una y Trina estaba en Ella. Toda la Gracia Una y Trina la preparaba como esposa para la boda, como tálamo para la prole, como divina para su maternidad y para su misión. Ella es la que cierra el ciclo de las profetisas del Antiguo Testamento y abre el de los “portavoces de Dios” en el Nuevo Testamento.
Verdadera Arca de la Palabra de Dios, mirando en su interior eternamente inviolado, descubría, trazadas por el dedo de Dios sobre su corazón inmaculado, las palabras de ciencia eterna, y recordaba, como todos los santos, haberlas oído ya al ser generada con su espíritu inmortal por Dios Padre, creador de todo lo que tiene vida. Y, si no recordaba todo de su futura misión, era porque en toda perfección humana Dios deja algunas lagunas, por ley de una divina prudencia que es bondad y mérito para
y hacia la criatura.
María, segunda Eva, tuvo que conquistarse su parte de mérito de ser la Madre del Cristo; con una fiel, buena voluntad.
Esto quiso también Dios en su Cristo para hacerle Redentor.
El espíritu de María estaba en el Cielo. Su parte moral y su carne estaban en la tierra, y tenían que pisotear tierra y carne para llegar hasta el espíritu y unirlo al Espíritu en un abrazo fecundo.

Nota mía (de Valtorta): Todo el día de ayer había estado pensando que vería la noticia de la muerte de los padres, y, además — por qué, no lo sé —, dado por Zacarías. Igualmente pensaba, a mi manera, cómo trataría Jesús el punto del «recuerdo de Dios por parte de los santos». Esta mañana, cuando empezó la visión, he dicho: «Eso es, ahora le dirán que es huérfana». Y ya sentía encogido mi corazón porque… se trataba de oír y ver la misma tristeza mía de estos días. Sin embargo, no hay nada de cuanto
había pensado ver y oír; pero es que ni una palabra por equivocación. Esto me consuela porque me dice que verdaderamente no hay nada mío, ni siquiera una honesta sugestión respecto a un determinado punto. Todo viene realmente de otra fuente. Mi continuo miedo cesa… hasta la próxima vez, porque este miedo de ser engañada y de engañar me acompañará siempre.

María confía su voto al Sumo Sacerdote.

3 de septiembre de 1944.
¡Qué noche de infierno! Verdaderamente parecía como si los demonios hubieran salido a la Tierra a pasear. Cañonazos, truenos, relámpagos, peligro, miedo, sufrimiento por estar en una cama que no es mía… Y, en medio, como una flor toda blanca y suave entre fogonazos y angustias, la presencia de María, un poco más adulta que en la visión de ayer, pero todavía jovencita, con sus trenzas rubias sobre los hombros, su vestido blanco y su mansa, recogida sonrisa, una sonrisa interior, vuelta al misterio glorioso que lleva dentro de su corazón. Paso la noche comparando su aspecto dulce con la crueldad que hay en el mundo, y evocando sus palabras de ayer por la mañana, canto de caridad viva, en contraste con el odio que hace que los hombres se despedacen…
Pues bien, esta mañana, de nuevo en el silencio de mi habitación, presencio esta escena.

María sigue estando en el Templo, y ahora sale del Templo propiamente dicho entre otras vírgenes.
Debe haberse llevado a cabo alguna ceremonia, pues un olor a inciensos se esparce por la atmósfera toda roja de un hermoso ocaso, que yo diría que es de otoño avanzado, porque un cielo ya dulcemente cansado, como lo está en un octubre sereno, se arquea sobre los jardines de Jerusalén, en los que el amarillo ocre de las hojas que pronto caerán dispone manchas dorado-rojizas entre el verde-plata de los olivos.

La comitiva — mejor sería llamarla enjambre — cándida de las vírgenes cruza el patio posterior, sube la escalinata, atraviesa un pórtico, entra en otro patio menos suntuoso, cuadrado, que como aperturas no tiene sino la que sirve para acceder a él. Debe ser el patio dedicado a acoger las pequeñas moradas de las vírgenes reservadas para el Templo, porque cada una de las jovencitas se dirige a su celda como una palomita a su nido, y asemejan verdaderamente a una bandada de palomas separándose tras haberlas tenido agrupadas. Muchas — podría decir todas — hablan entre sí antes de dejarse, en voz baja pero
al mismo tiempo festiva. María guarda silencio. Sólo las saluda con afecto antes de separarse; luego se dirige a su habitacioncita, que está en una de las esquinas a la derecha.
Se llega hasta Ella una maestra anciana, aunque no tanto como Ana de Fanuel.

– María, el Sumo Sacerdote te espera.
María la mira con cierto asombro, pero no hace preguntas. Se limita a responder:
– Voy inmediatamente.
No sé si la espaciosa sala en que entra es de la casa del Sacerdote o forma parte de los aposentos de las mujeres que están dedicadas al Templo. Sé que es vasta y luminosa, puesta con gusto, y que en ella, además del Sumo Sacerdote (que con las vestiduras que lleva aparece muy elegante), están Zacarías y Ana de Fanuel.

Dibujo: Zacarías

María se inclina profundamente en el umbral de la puerta y no entra hasta que el Sumo Sacerdote no le dice: «Pasa, María. No temas». Ella se yergue y alza la cara, y entra lentamente, no por desgana, sino por un algo de involuntaria solemnidad que la hace parecer más mujer.
Ana le sonríe para animarla y Zacarías la saluda con un: «Paz a ti, prima».
El Pontífice la observa atentamente. Luego le dice a Zacarías:
– Es patente en Ella la estirpe de David y Aarón.
– Hija, conozco tu gracia y tu bondad. Sé que cada día has ido creciendo en ciencia y gracia ante los ojos de Dios y de los hombres. Sé que la voz de Dios susurra a tu corazón las más dulces palabras. Sé que eres la Flor del Templo de Dios y que un tercer querubín está ante el Testimonio desde que tú llegaste; y quisiera que tu perfume siguiera subiendo con los inciensos cada nuevo día. Pero, la Ley se expresa en modo distinto. Tú ya no eres una niña, sino una mujer. Y en Israel todas las mujeres deben casarse para ofrecer a su hijo varón al Señor. Tú seguirás el precepto de la Ley. No temas, no te ruborices. No me olvido de tu ofrecimiento. De hecho ya te la tutela la Ley al ordenar que todo hombre reciba de su estirpe la mujer; pero, aunque no fuera así, yo lo haría, para no corromper tu magnífica sangre. ¿No conoces, María, a alguno de tu estirpe que pudiera ser tu marido?.

María levanta su cara, todo roja de pudor, y, con un primer titileo de llanto, que resplandece orlando los párpados, y con voz temblorosa, responde:
– Ninguno.
– No puede conocer a ninguno, puesto que entró aquí siendo niña, y la estirpe de David está demasiado castigada y demasiado dispersa como para que las distintas ramas puedan reunirse y formar con sus frondas la copa de la palma regia – dice Zacarías.
– Entonces le dejaremos a Dios que elija.
Las lágrimas, contenidas hasta ese momento, brotan y descienden hasta la trémula boca. María dirige una mirada suplicante a su maestra.
Ana la socorre diciendo:
– María se ha prometido al Señor para gloria de Dios y para la salvación de Israel. Era sólo una niña que apenas sabía pronunciar y ya se había ligado con un voto.
– Se debe a esto entonces tu llanto. No es por resistencia a la Ley.
– Es por esto… no por otro motivo. Yo te obedezco, Sacerdote de Dios.
– Esto confirma cuanto de ti me ha sido referido siempre. ¿Desde hace cuántos años eres virgen consagrada?.
– Yo creo que desde siempre. Antes de venir a este Templo ya me había ofrecido al Señor.
– Pero, ¿no eres tú la Niña que vino hace doce inviernos a pedirme entrar?.
– Sí.
– Y ¿cómo, entonces, puedes decir que ya eras de Dios?
– Si miro hacia atrás yo me veo ya consagrada… No tengo memoria de la hora en que nací, ni de cómo empecé a amar a mi madre y a decirle a mi padre: “¡Oh, padre, yo soy tu hija!”… Pero sí recuerdo, aunque no a partir de cuándo, haber dado mi corazón a Dios. Quizás fue con el primer beso que supe dar, con la primera palabra que supe pronunciar, con el primer paso que supe dar… Sí, eso es, creo que mi primer recuerdo de amor lo encuentro junto a mi primer paso seguro… Mi casa… Mi casa tenía
un jardín lleno de flores… un huerto de árboles frutales y campos cultivados… y había un manantial allí, en el fondo, al pie del monte, que manaba de una roca ahuecada en forma de gruta… estaba llena de hierbas largas y finas que pendían de todas partes asemejando cascaditas verdes, y parecía como si llorasen porque las livianas hojitas, que en su espesura parecían un bordado, tenían, todas, una gotita de agua que al caer sonaba como un cascabelito diminuto. Y también cantaba el manantial. Y había aves en los olivos y en los manzanos de la pendiente que estaba hacia arriba del manantial, y palomas blancas venían a lavarse en la balsa límpida de la fuente… Ya no me acordaba de todo esto porque había puesto todo mi corazón en Dios y, aparte de mi padre y de mi madre, a quienes amé en vida y después de muertos, todas las demás cosas de la tierra habían desaparecido de mi corazón… Pero tú me haces pensar en ello, Sacerdote… Debo buscar el momento en que me di a Dios… y vuelven a la mente las cosas de los primeros años… Me gustaba esa gruta porque en ella oía una Voz, más dulce que el canto del agua y de los pájaros, que me decía: “Ven, dilecta mía”. Me gustaban esas hierbas diamantinas con sus gotas sonoras porque en ellas veía el signo de mi Señor y me perdía diciéndome: “¿Ves qué grande es tu Dios, alma mía! El mismo que ha hecho los cedros del Líbano para el aquilón ha hecho estas hojitas que ceden bajo el peso de un mosquito para alegría de tu ojo y para que protejan tu piececito”. Me gustaba aquel silencio de cosas puras: el viento leve, el agua de plata, la pulcritud de las palomas…
me gustaba esa paz que amparaba la gruta, descendiendo de los manzanos y de los olivos, ya enteramente en flor, ya repletos de frutos… Y, no sé… me parecía que la Voz me dijese a mí, justamente a mí: “Ven, tú, aceituna especiosa; ven, tú, dulce pomo; ven, tú, fuente sigilada; ven, tú, paloma mía”… Dulce era el amor de mi padre y de mi madre… dulce su voz cuando me llamaba… ¡Ah, pero ésta, ésta…! ¡Oh!, yo creo que así la oiría en el Paraíso Terrenal aquella que fue culpable, y no sé cómo pudo preferir un silbido a esta Voz de amor, cómo pudo apetecer otro conocimiento que no fuera Dios… Aún con el sabor a leche materna en los labios, pero con el corazón ebrio de miel celestial, yo dije entonces: “Sí, voy. Tuya. Y mi carne no tendrá otro señor aparte de Ti, Señor, de la misma forma que mi espíritu no tiene otro amor”… Y al decir esto me parecía estar repitiendo cosas ya dichas precedentemente y estar cumpliendo un rito que ya había sido cumplido, y no me resultaba extraño el Esposo elegido, puesto que yo ya conocía su ardor y mi vista se había formado bajo su luz y mi capacidad de amar había hallado cumplimiento entre sus brazos. ¿Cuándo?… No lo sé. Yo diría que más allá de la vida, porque tengo la impresión de que siempre ha sido mío, y de que yo siempre he sido suya, y de que yo existo porque Él me ha querido para sí, para alegría de su Espíritu y del mío… ‘Ahora obedezco, Sacerdote; pero, dime tú cómo debo actuar… No tengo ni padre ni madre. Sé tú mi guía.
– Dios te dará el esposo, y será santo, dado que en Dios te abandonas. Lo que harás será manifestarle tu voto.
-¿Y aceptará?
– Espero que sí. Ora, hija, para que él pueda comprender tu corazón. Ahora puedes marcharte. Que Dios te acompañe siempre.
María se retira con Ana y Zacarías se queda con el Pontífice.
La visión cesa aquí.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s