La primacía de Pedro. Apóstoles Juan y Matías

[En imagen, San Francisco acogido por el obispo.]

Algunos creen de facto que las devociones privadas no tienen lugar en la Iglesia, a lo sumo, las permiten un cierto espacio de semiclandestinidad, algo así como ejercicios piadosos para los “pobres de espíritu”, dicho esto último con sarcasmo. Olvidan sin embargo que los grandes santos eran personas muy devotas. Messori decía que Santo Tomás escribía con la cabeza en el sagrario. El Señor a su vez siempre elegía personas humildes, despreciadas por el mundo, para ser sus portavoces. Tal vez para que únicamente resplandezca su sabiduría, para humillar a los orgullosos (la Virgen lo dice explícitamente en su cántico) y también porque, con toda seguridad, le gusta estar con los pequeños y humildes, “te alabo Padre porque escondiste estas cosas a los grandes y las has revelado a los pequeños, sí Padre,…”.

Olvidan que las devociones en su momento privadas llegaron con el tiempo a ser patrimonio de la Iglesia, promovidas por los pontífices siglo tras siglo. No hay que ir más lejos, el rosario mismo es un ejemplo clarísimo.

Pero en la época muy próxima a la nuestra tenemos un ejemplo muy sonado, la devoción al Amor Misericordioso, propagado por la religiosa francesa María Teresa Desandais. El meollo de esa doctrina se puede resumir en la Cruz, la Eucaristía, el Evangelio y el mandamiento del amor (Juan, 13), Virgen María con el título María Mediadora, ofrecimiento asociado a la única Víctima.

En España en los años veinte y treinta del siglo pasado, numerosos obispos, sacerdotes, religiosos y laicos de la época sintonizaron con su doctrina. Algunos de ellos ya están en los altares o tienen iniciados sus procesos de canonización: san José María Rubio, el beato Manuel González, el mártir Buenaventura García de Paredes, el dominico Juan González Arintero o la madre Esperanza de Jesús. San Josemaría Escrivá decía en sus Apuntes Íntimos (25 – XII – 1931), “Acerca del Amor Misericordioso diré que es una devoción que me roba el alma”. Don Álvaro Del Portillo testimoniaba que solía ofrecerse al Amor Misericordioso en cada misa, al levantar la hostia y el cáliz.

La Iglesia acoge lo que considera digno de acogida, promoción y difusión. El empeño de Juan Pablo II – incesante hasta el final de sus días – para que la Iglesia y el mundo de hoy descubrieran la Misericordia Divina, lo vemos en su encíclica Dives in Misericordia (1980), la canonización de Faustina Kowalska (2000), la institución de la fiesta de la Divina Misericordia (2000) y por ejemplo en el mensaje que por deseo expreso del Santo Padre y a título póstumo, se hizo público el 3 de abril de 2005.

Decía sor María Teresa Desandais (en una de miles de páginas escritas) “el 29 de enero de 1919, me dijo Él (Jesús) en la Santa Misa: quiero una asociación del Amor Misericordioso para corresponder a mi plan divino y satisfacer los deseos de mi corazón”.

“Jesús necesita una legión de almas pequeñas pero llenas de espíritu de sacrificio, que al igual que santa Teresita se ofrezcan como víctimas de amor para la gloria de Dios y la salvación de almas”.

El itinerario que proponía la Obra del Amor Misericordioso pasaba por las siguientes etapas: conocer a Cristo, amarle, imitarle y ofrecerse con Él.

El mismo magisterio pontificio de la época se hizo eco de esta invitación. Así, por ejemplo, se expresaba Pío XI en 1928: “Pues si bien la perversidad de los hombres sobremanera crece, maravillosamente crece también, inspirando el Espíritu Santo, el número de los fieles de uno y otro sexo, que con resuelto ánimo procuran satisfacer al Corazón divino por tantas ofensas que se le hacen, y aun no dudan ofrecerse como víctimas” (Miserentissimus Redempor, 1928).

Por último cabría apuntar que el horizonte al que se orientaba toda esta espiritualidad era la consecución del reinado de Cristo. Las referencias al reinado de Cristo en los escritos de Desandais, que eran ya numerosas desde los inicios, se incrementaron a raíz de la encíclica Quas Primas (1925), con la que Pío XI instituyó la solemnidad de Cristo Rey. Al mismo tiempo, conviene destacar que el reinado de Cristo en los escritos de Desandais se entendía, principalmente, como reinado interior en los corazones de los hombres (datos tomados de la revista Studia et Documenta).

“Conocer a Cristo, amarle, imitarle,…”, ¿puede el Cielo ayudarnos en esa tarea por caminos que considere convenientes? Siempre estaré en ese “derecho”. No se lo podemos prohibir. A la Iglesia le compete juzgar esas “iniciativas”, no hay que desearlas, pero si están y son buenas pueden dar mucho fruto.

A los que nos gusta la obra de Valtorta consideramos que aprendemos mucho de la misma (incluso en lo doctrinal y otros campos) y que es un instrumento útil para el apostolado. Si la Iglesia nos dice “no lo hagáis”, obedeceremos. La postura de la Iglesia al respecto lo hemos abordado en la primera entrada sobre esta obra.

Ahora dedicamos una entrada a un tema que tiene cierta relación con la Navidad. Luego, seguimos con el itinerario propuesto.

Jesús acaba de manifestarse a los judíos, en aquellos episodios narrados por San Juan en lo que se presentaba como la luz del mundo, buen pastor, igual al Padre. “Era invierno”, como señala el apóstol predilecto en su evangelio. Según esta obra, el último invierno antes de la Pascua. Ya todo estaba dicho, el odio de los enemigos de Jesús tocaba su cumbre. Era el momento de retirarse fuera de Jerusalén. Volverán para la Pascua porque no procede que “el profeta muera fuera de Jerusalén”. Todavía está por suceder la resurrección de Lázaro, prácticamente inminente a la Pasión.

Antes de cada período importante de la evangelización, el Señor se retiraba durante unos días para orar. Esta vez lo hará en la gruta de Belén, a la que ya había llevado anteriormente a los apóstoles. En esta obra, unos de los discípulos predilectos del Señor eran los pastores que lo adoraron en su primera noche, algunos de los cuales eran solamente niños en aquel entonces. Lo supieron esperar, manteniéndose fieles a las palabras de los ángeles. Transmitieron esas palabras a otros compañeros durante años siguientes. Entre ellos estaba el futuro apóstol Matías, en su momento discípulo fiel de Juan el Bautista.

Según esta obra, el Señor ha querido que la primacía dada a Pedro (aquí no se narra el episodio en el que se concede a Pedro esa primacía, sino más bien su “aplicación”) se ejerza ya en su vida pública, durante su ausencia. Quiso esa disposición entre los apóstoles y les instruía que así debe ser después de su muerte. Lo mismo con los sucesores de Pedro.

Destaca, siempre, la cercanía del apóstol de amor.

-No quiero, Simón de Jonás. Yo tengo ya dónde ir para estas noches de Encenias. Pero, fuera de la escena Yo, vosotros podéis estar tranquilos en cualquier lugar. Por eso os digo: id a donde queráis. Yo os bendigo. Os recuerdo que estéis unidos, física y espiritualmente, sujetos a Pedro, vuestra cabeza; pero no como a un amo, sino como a un hermano mayor. En cuanto Leví regrese con mi bolsa, nos separaremos.

Los apóstoles intercambian los pareceres sobre dónde dirigirse. Omito este texto.

-De acuerdo. Vosotros podéis marcharos. Y también vosotros. Yo también me marcho. Cada uno por su camino. Me precederéis en el pueblo de Salomón, donde estaré dentro de pocos días. Y antes de dejaros os repito las palabras que os dije antes de enviaros de dos en dos por las ciudades: “Id, predicad, anunciad que el Reino de los Cielos está muy cercano. Curad a los enfermos, limpiad a los leprosos, resucitad a los muertos del espíritu y de la carne imponiendo en mi Nombre la resurrección del espíritu, la búsqueda de mí que es vida, o la resurrección de la muerte. Y no os ensoberbezcáis de lo que hacéis. Evitad las controversias entre vosotros y con quien no nos ama. No exijáis nada por lo que hagáis. Preferid ir a las ovejas perdidas de la casa de Israel antes que a gentiles y samaritanos; esto no por repulsa, sino porque no estáis todavía al nivel de poder convertirlos. Dad lo que tenéis sin preocuparos del mañana. Haced todo lo que me habéis visto hacer a mí, y con el mismo espíritu mío. Mirad, os doy el poder de hacer lo que Yo hago y que quiero que hagáis para que Dios sea glorificado”.
Espira su aliento sobre ellos y luego, uno a uno, los besa y los despide.

Todos se marchan sin ganas, volviéndose varias veces. Él los saluda con la mano hasta que ve que todos se han ido, luego desciende hacia el lecho del Cedrón, entre matas, y se sienta en una piedra en la orilla del agua que corre borbollando. Bebe esta agua clara y, sin duda, gélida. Se lava la cara, las manos, los pies. Luego, vestido completamente de nuevo, vuelve a sentarse. Piensa… Y no se da cuenta de lo que sucede a su alrededor, concretamente que el apóstol Juan, que estaba ya lejos con los compañeros, ha regresado solo y como Él, se oculta ahora tras una mata tupida…

Jesús está allí un rato. Luego se levanta, se pone la bolsa en bandolera y, orillando el Cedrón, entre las matas, llega al pozo de En Ro-gel, para cortar luego hacia el sudoeste hasta tomar el camino que lleva a Belén. Y Juan, a unos cien pasos más atrás, lo sigue todo arrebujado en su manto para no ser reconocido. Van y van y van por los caminos desnudos a causa del invierno: Jesús, con su paso largo, devora el camino; Juan lo sigue con dificultad, incluso porque debe tener cautela para no ser descubierto. Dos veces Jesús se para y se vuelve. La primera, al pasar junto al pequeño collado a donde Judas fue a hablar con Caifás y compañeros. La segunda, junto a un pozo, y allí se sienta y da unos bocados a un poco de pan y luego bebe del ánfora de un hombre. Reanuda su camino mientras el sol baja, baja, baja… Y llega el crepúsculo. Llega al sepulcro de Raquel cuando la última rojura del ocaso se apaga en una pincelada de color violado. El cielo, a Occidente, parece todo él una pérgola de glicina en flor, mientras que al Este presenta ya el puro cobalto de un frío firmamento invernal de Oriente y ya las primeras luces sidéreas se asoman al extremo límite del cielo.

Jesús acelera el paso, para hallarse como es debido antes de que la noche sea completa. Pero, llegado a un punto alto desde el que se ve enteramente la pequeña ciudad de Belén, se para, mira, suspira… Luego baja rápido. No entra en la ciudad. La rodea por las últimas casas. Va derecho a las ruinas de la casa o torre de David, al lugar en donde nació. Pasa el regato que corre junto a la gruta, pone pie en el pequeño espacio libre que hay, y que está cubierto de hojas secas… Da una ojeada dentro de las ruinas. El lugar está vacío. Entra…

Y Juan se queda a una cierta distancia, cauto para no ser ni oído ni visto. Rebusca, mira. Encuentra, más tanteando que con la vista, otro de los establos semiderruídos. Entra también él y enciende una lumbre en un rincón. Hay un poco de paja, un poco de pajuzo sucio, algunas ramas secas, heno en el pesebre. Juan está contento. Monologa:
-A1 menos… oiré… y… o morimos juntos o lo salvo. Luego suspira y dice:
-¡Y nació así! Y viene aquí a llorar su dolor… Y… ¡Ah, eterno Dios, salva a tu Cristo! Me tiembla el corazón, oh Dios Altísimo, porque Él se retira siempre antes de obras grandes… ¿Y qué obra grande puede hacer, sino manifestarse como Rey Mesías? ¡Oh, todas sus palabras están dentro de mí… Yo soy un niño ignorante y comprendo poco. ¡Todos comprendemos poco, oh eterno Padre nuestro! Pero tengo miedo. ¡Tengo miedo! Porque Él habla de muerte, de muerte dolorosa, de traición y de cosas horribles… ¡Tengo miedo! ¡Miedo, mi Dios! Fortalece mi corazón. Señor eterno. Fortalece mi corazón de pobre niño como, ciertamente fortaleces el de tu Hijo para las futuras vicisitudes… ¡Oh, que yo lo percibo! Ha venido aquí para esto, para sentirte más que nunca y fortalecerse en tu amor. ¡Yo hago lo mismo, oh Padre Santísimo! Ámame y haz que te ame para tener la fuerza de padecer todo sin vileza, para consuelo del Hijo tuyo.

Juan hace una larga oración, en pie, erguido, con los brazos alzados, a la luz temblorosa de dos ramas que ha encendido en el elemental hogar. Ora hasta que ve que el fuego está para apagarse. Luego se sube al ancho pesebre y se acurruca en el heno. Envuelto en el manto oscuro, envuelta la gruta en las tinieblas, Juan es, todo él, una sombra uniformada con la sombra. Hasta que un primer claror de luna se introduce por la apertura orientada a Oriente, para decir que es plena noche. Pero Juan, cansado, duerme; su respiración y el leve frufrú del regatillo son los únicos ruidos en esta noche de Diciembre.


Mas luego se oye rumor de voces y pisadas y se ve una luz rojiza y trémula entre las ruinas; y aparecen, uno detrás de otro, los discípulos pastores: Matías, Juan, Leví, José, Daniel, Benjamín, Elías. Simeón. Matías mantiene alzada una rama encendida para ver el camino. Pero el que se adelanta ligero es Leví, y es el primero en introducir la cabeza en la gruta de Jesús. Enseguida se vuelve y hace un gesto para que los otros se detengan y callen, y mira otra vez… y luego, exhibiendo hacia atrás la mano derecha, señala a los otros que vayan, y se aparta mientras tiene un dedo en los labios con gesto de silencio, para dejarles sitio, y ellos, uno tras otro, miran y, conmovidos como Leví, se retiran.
-¿Qué hacemos? – susurra Elías.
-Nos quedamos aquí contemplándolo – dice José.
-No. A nadie le es lícito violar los secretos espirituales de las almas. Vamos a retirarnos más allá – dice Matías.
-Tienes razón. Vamos a entrar en el establo contiguo. Estaremos todavía aquí, y cerca de Él – dice Leví.
-Vamos – dicen.
Pero, antes de apartarse, miran fugazmente otra vez dentro de la gruta de la Natividad y luego se retiran, conmovidos, tratando de no hacer ruido.
Pero, ya en el umbral del establo contiguo, oyen roncar a Juan.
-Hay alguno – dice Matías deteniéndose.
-¿Qué hace? Entramos nosotros también. Si se ha refugiado aquí algún mendigo, porque está claro que es un mendigo, podemos refugiarnos también nosotros – replica Benjamín. Entran teniendo alzada la rama encendida. Juan, hecho un ovillo en su improvisada e incómoda cama, medio tapada la cara por el pelo y el manto, sigue durmiendo. Se apartan despacio con intención de sentarse en la paja esparcida cerca del
pesebre. Pero, al hacerlo, Daniel mira con más atención al durmiente y lo reconoce. Dice:
-Es el apóstol del Señor. Juan de Zebedeo. Se han refugiado aquí en oración… y el sueño ha vencido al apóstol… Retirémonos. Podría sentirse humillado por verse sorprendido durmiendo en vez de orando… Con pocas ganas vuelven afuera, y entran en la otra pieza que está después de ésta. Es más, Simeón se queja:
-¿Por qué no estar en la entrada de su gruta y verlo de vez en cuando? Hemos estado muchos años al raso y a la luz de las estrellas para custodiar los corderos, ¿y por el Cordero de Dios no lo hacemos? ¡Bien tenemos este derecho, nosotros que lo adoramos en su primer sueño!

-Tienes razón como hombre y como adorador del Hombre-Dios. Pero ¿qué has visto mirando ahí dentro? ¿Acaso, al Hombre? No. Nosotros, sin querer, hemos apartado el triple velo extendido para guardar el misterio, hemos franqueado el umbral infranqueable, y hemos visto lo que ni siquiera el Sumo Sacerdote ve entrando en el Santo de los Santos. Hemos visto los inefables amores de Dios con Dios. No nos es lícito espiarlos. E1 poder de Dios podría castigar nuestras pupilas audaces que han visto el éxtasis del Hijo de Dios. ¡Quedémonos contentos con lo que hemos recibido! Queríamos venir aquí para pasar la noche en oración antes de alejarnos para nuestra misión. Orar y recordar la lejana noche… Y, sin embargo, ¡hemos contemplado el amor de Dios! ¡Verdaderamente nos ha amado mucho el Eterno dándonos la alegría de la contemplación del Niño y la de sufrir por Él, y la de anunciarlo al mundo como discípulos del Niño Dios y del Hombre-Dios! Ahora nos ha concedido también este
misterio… ¡Bendigamos al Altísimo y no queramos más! – dice Matías, que tengo la impresión de que es el que goza de más autoridad por sabiduría y justicia, entre los pastores.
-Tienes razón. Dios nos ha amado mucho. No debemos exigir más. Samuel, José y Jonatán no han tenido sino la alegría de adorar al Niño y sufrir por Él. Jonás murió sin poder seguirlo. El mismo Isaac no está aquí para ver lo que nosotros hemos visto. Y, si hay uno que lo merece, ése es Isaac, que se consume anunciándolo – dice Juan.
-¡Es verdad! ¡Es verdad! ¡Qué feliz se habría sentido Isaac de ver esto! Pero se lo contaremos – dice Daniel.
-Sí. Tenemos que recordar todo en nuestro corazón para decírselo a él – dice Elías.
-¡Y a los otros discípulos y fieles! – exclama Benjamín.
-No. No a los otros. No por egoísmo, sino por prudencia y por respeto al misterio. Si es voluntad de Dios, llegará la hora en que lo podremos decir. Por ahora debemos saber callar – dice Matías. Y hablando a Simeón:

-Tú fuiste conmigo discípulo de Juan. Recuerda cómo nos instruía sobre la prudencia sobre las cosas santas: “Si Dios un día, como ya os ha favorecido, os sigue favoreciendo con dones extraordinarios, que ello no os haga ser como ebrios charlatanes. Recordad que Dios se manifiesta a los espíritus, que están cerrados en la carne porque son gemas celestes que no deben estar expuestas a las inmundicias del mundo. Sed santos en vuestros miembros y en los sentidos para saber frenar todo instinto carnal. Tanto en los ojos como en los oídos, tanto en la lengua como en las manos. Y santos en el pensamiento, sabiendo frenar ese orgullo que tenéis de hacer saber. Porque los sentidos y los órganos y el intelecto deben servir y no reinar; servir al espíritu, no reinar sobre el espíritu; deben tutelar, no turbar el espíritu. Por tanto, sobre los misterios de Dios en vosotros, salvo una explícita orden suya, poned el sigilo de vuestra prudencia, de la misma manera que el espíritu tiene el de la transitoria cárcel en la carne. Serían cosas completamente inútiles, malas y peligrosas, la carne y el intelecto, si no sirvieran para
aportar mérito con la aflicción que les damos a ellos como respuesta a sus fómites, si no sirvieran como templo del altar sobre el que aletea la gloria de Dios: nuestro espíritu”.

¿Lo recordáis? ¿Tú, Juan, y tú, Simeón? Espero que sí, porque si no recordarais las palabras de nuestro primer maestro, verdaderamente él estaría muerto para vosotros. Un maestro vive mientras su doctrina vive en sus discípulos. Y aunque luego fuera reemplazado por un maestro mayor y, para los discípulos de Jesús, reemplazado por
el Maestro de los maestros-, no es nunca lícito olvidar las palabras del primero, que nos prepararon a comprender y amar con sabiduría al Cordero de Dios.
-Es verdad. Hablas con sabiduría. Te obedeceremos.

-¡Pero qué penoso es, fatigoso, resistir sin mirarlo otra vez estando tan cerca de Él! ¿Estará todavía como antes? – pregunta Simeón.
-¡A saber! ¡Cómo resplandecía su cara!
-¡Más que la Luna en una noche serena!
-Su boca tenía sonrisa divina…
-Y sus pupilas manaban divino llanto…
-No decía palabras. Pero en Él todo era oración.
-¿Qué será lo que ha visto?
-A su eterno Padre. ¿Lo dudas? Sólo esa visión puede dar ese aspecto. Bueno… ¿qué digo?… ¡Más que verlo, estaba con Él, en Él! ¡El Verbo con el Pensamiento!… ¡Amándose!… ¡Ah!… – dice Leví, que parece a su vez en éxtasis.

-Pues por eso he dicho que no nos es lícito quedarnos allí. Tened en cuenta que no ha querido tener consigo ni siquiera a su apóstol…
-¡Claro! ¡Es verdad! ¡Maestro santo! ¡Necesita, más que de agua la tierra agostada, ser inundado por el amor de Dios!
¡Tanto odio en torno a El…!
-Pero también mucho amor. Yo quisiera… ¡Sí, lo hago! El Altísimo está presente. Yo me ofrezco y digo: “Señor Dios Altísimo, Dios y Padre de tu pueblo, que aceptas y consagras los corazones y los altares e inmolas las víctimas que te son gratas, descienda como un fuego tu deseo y me consuma víctima con Cristo, como Cristo y por Cristo, tu Hijo y tu Mesías, mi Dios y Maestro. En tus manos me pongo. Escucha mi oración”.
Y Matías, que ha orado poniéndose en pie y con los brazos alzados, se sienta de nuevo en el montón de haces de leña que los acoge.
La Luna deja de iluminar la gruta porque ya cae hacia Occidente. Su candor ahora está sobre la campiña, no ya ahí dentro; y caras y cosas se difuminan en una sola sombra. También las palabras se hacen más escasas y los tonos de voz más bajos. Hasta que la somnolencia vence sobre la buena voluntad y se oyen sólo palabras separadas, a veces sin respuesta… El frío, que se hace punzante al ir acercándose el alba, estimula contra el sueño. Se alzan de nuevo, encienden unos ramajes, calientan sus miembros ateridos…
-¡Y Él, que está claro que no piensa en el fuego, cómo se apañará? – dice Leví (casi le castañean los dientes).
-¿Tendrá, al menos, comida? – pregunta Elías, y añade:
-Ahora sólo tenemos nuestro amor y poca y pobre comida… y hoy es sábado…
-¿Sabes qué? Ponemos toda nuestra comida en la entrada de la gruta y luego nos vamos. Nosotros siempre podremos encontrar un pan antes del anochecer, donde Raquel o donde Elichá. Y seremos la providencia de la Providencia, del Hijo de Aquel que ejerce su providencia con todos nosotros – propone José.
-Sí, sí. Hacemos un buen fuego para ver bien y calentarnos bien y luego llevamos todo allí y nos marchamos antes de que, con el alba Él o el apóstol salgan y nos vean.
A la luz del fuego vivo abren sus bolsas y sacan pan, quesos secos, alguna manzana. Luego se cargan los haces de leña y salen cautamente, mientras Matías alumbra todavía con una rama sacada del fuego. Ponen todo justo a la entrada de la gruta: los haces en el suelo; encima, el pan y los otros alimentos. Luego se retiran, cruzan el regatillo en el sentido contrario, uno detrás de otro, y se marchan ya con un primer, silencioso crepúsculo matutino rasgado al improviso por un canto de gallo.

Es una serena pero cruda mañana de invierno. La escarcha ha blanqueado con sus cristales harinosos el suelo y las hierbas, y de alguna ramita seca que yace en el suelo ha hecho una preciosa joya aljofarada de perlitas.

Juan sale de su gruta. Está muy pálido con su túnica color avellana oscuro. Debe tener también mucho frío, o está enfermo. No lo sé. Sé que tiene una palidez casi lívida y que su paso es vacilante, como una persona que no se siente bien. Va hacia el arroyo y titubea respecto a hundir en él, o no, sus manos. Se decide y, formando el cuenco de las dos manos, bebe un sorbo de esa agua cristalina pero ciertamente muy fría. Sacude las manos y termina de secárselas con el extremo de la túnica. Luego permanece un momento inseguro… Mira hacia las ruinas donde está Jesús, mira hacia las suyas… y a éstas regresa lentamente. Pero, en llegando a la abertura por donde se entra, siente como un vahído y se tambalea. Se hubiera caído si no se hubiera agarrado a la pared semiderruída. Permanece un momento con la cabeza sobre el brazo doblado, garrándose a la pared; luego alza la cabeza y mira a su alrededor… Ya no entra en su cuchitril. Rasando la pared, sujetándose en los salientes angulosos de las piedras ya carentes de revoque, da los pocos pasos que lo separan del establo donde está Jesús, y, habiendo llegado casi a la entrada, se arroja de rodillas y gime:
-¡Jesús, mi Señor, piedad de mí!
Jesús pronto aparece:
-¿Juan? ¿Qué haces? ¿Qué te pasa?
-¡Oh, mi Señor! ¡Tengo hambre! Hace casi dos días que no como nada. Tengo hambre y frío… – está palidísimo y le castañean los dientes.
-¡Ven! ¡Pasa adentro! – dice Jesús ayudándole a ponerse en pie.
Juan, sujetado por el brazo de Jesús, llora con la cabeza reclinada en el hombro de Él, y suspira:
-No me castigues, Señor, si te he desobedecido…
Jesús responde sonriendo:
-Ya has recibido el castigo. Pareces un moribundo… Siéntate aquí, en esta piedra. Hago fuego y te doy comida… – y
Jesús enciende con la yesca unas ramillas y hace un buen fuego en el rústico hogar que hay cerca de la puerta.
Olor de ramas quemadas y viveza de llamas se esparcen por la mísera gruta, y Jesús, pinchados en un palito dos pedazos de pan, los presenta a la llama; cuando los siente calientes, los cubre con el corazón graso de los quesos dejados por los pastores, y el queso se ablanda y se derrite en el pan que ahora Jesús mantiene suspendido sobre la llama como si fuera un plato.
-Come ahora y no llores – dice sonriendo aún y pasando el pan a Juan, que llora en silencio como un niño extenuado, y no deja de verter lágrimas ni siquiera mientras come ese alimento reconfortante.
Jesús va hacia el pesebre y vuelve con unas manzanas; las coloca entre las cenizas que se han calentado bajo el calor de la leña que arde sostenida por dos piedras que hacen de morillos.
-¿Va mejor ahora? – pregunta mientras se sienta al lado de su apóstol, que expresa que sí con la cabeza, llorando aún.
Jesús le pasa un brazo por los hombros y lo acerca a sí, cosa que aumenta el llanto de Juan, que está todavía demasiado agotado y demasiado turbado por el miedo -quizás- a una reprensión, por la emoción de verse acogido así… demasiado como para saber hacer otra cosa que no sea llorar. Jesús lo tiene arrimado a sí sin hablar, mientras Juan come. Luego dice:
-Por ahora basta. Las manzanas podrás comerlas más tarde. Quisiera darte un poco de vino, pero no lo tengo. He encontrado anteayer, al alba, haces de leña y comida fuera del establo. Pero no había vino. Por eso, no te lo puedo dar. Si fuera más tarde, podría pedir leche a unos pastores que he visto que pacían el rebaño en la otra parte del arroyo. Pero mientras no se disuelva la escarcha no salen los hatos…
-Estoy ya mejor, Señor… No te aflijas por mí.
-¿Y entonces tu aflicción por qué es?, porque pareces… eso, un árbol cuya escarcha bajo el sol se estuviera derritiendo – dice Jesús sonriendo aún más vivamente, y besa a Juan en lo alto de la frente.
-Porque estoy lleno de remordimientos, Señor… y…¡Sí! ¡Suéltame! ¡Tengo que hablarte de rodillas, pedirte perdón…
-¡Pobre Juan! Verdaderamente este esfuerzo superior a tu capacidad te ha debilitado también el intelecto. ¿Y tú crees que necesito tus palabras para juzgarte y absolverte?
-Sí, sí, sé que sabes todo. Pero no tendré paz hasta que no te haya dicho mi pecado; es más, mis pecados. Suéltame.
Déjame acusarme de mis culpas.
-Bueno, habla, si eso te va a dar paz.
Juan cae de rodillas y, alzando la cara llorosa, dice:
-He pecado de desobediencia, de presunción y de… no sé si es correcto llamarla humanidad. Pero la verdad es que ésta es mi culpa más reciente, más grave, la que me produce el mayor dolor y la que me dice qué siervo inútil soy, más aún: qué egoísta y bajo.
Las lágrimas verdaderamente le lavan el rostro, mientras a Jesús la sonrisa le pone la cara cada vez más luminosa. Jesús está un poco inclinado hacia este apóstol suyo que llora, y la divina sonrisa es una profunda caricia para el dolor de Juan. Pero Juan está tan afligido, que ni siquiera lo consuela esa sonrisa, y continúa:
-Te he desobedecido. Habías dicho que no debíamos separarnos, y yo me separé inmediatamente de los compañeros, y los he escandalizado. Respondí mal a Judas de Keriot, que me observaba que estaba pecando. Dije: “Tú lo hiciste ayer, yo lo hago hoy; tú 1o hiciste para tener noticias de tu madre, yo lo hago para estar con el Maestro y velar por Él, defenderlo”… Un acto mío de presunción el querer hacer esto… ¡Yo, pobre inútil, defenderte a ti! Y luego, otro acto de presunción, porque he querido emularte. He dicho: “Sin duda ora y ayuna. Yo voy a hacer lo que É1 hace y por su misma intención”. Y, sin embargo…
El llanto se hace sollozos mientras la confesión de la miseria del hombre, de la materia que ha sobrepujado la voluntad del espíritu sale de los labios de Juan:
-Y, sin embargo… me dormí. ¡Me dormí enseguida! Y no me desperté sino ya del todo de día, y te vi ir al río, lavarte, volver aquí; y comprendí que habrían podido incluso capturarte sin estar yo preparado para defenderte. Y luego quería hacer penitencia y ayuno, pero no he sido capaz de hacerlo. Con pequeños bocados, casi para no comer, el primer día terminé de comer mi poco pan. Tú sabes que no tenía más. Y aún no me sentía saciado habiendo terminado todo. Y al día siguiente he tenido todavía más hambre, y esta noche… ¡Oh!, ayer por la noche he dormido poco por hambre y frío, y esta noche no he dormido nada… y esta mañana ya no he sabido resistir… y he venido porque he tenido miedo de morir de inanición… Y es esto lo que más me punza: no haber sabido estar despierto para orar y velar por ti y haberlo sabido hacer por las dentelladas del hambre… Soy un siervo estúpido y vil. ¡Castígame, Jesús!
-¡Pobre niño! ¡Ya quisiera Yo que todo el mundo hubiera de gritar estas culpas tuyas! Pero, escucha, levántate y escúchame, y tu corazón volverá a estar en paz. ¿Has desobedecido también a Simón de Jonás?.
-No, Maestro. Nunca lo habría hecho, porque has dicho que debíamos estar sujetos a él como a un hermano mayor. Pero él, cuando le dije: “Mi corazón no está tranquilo viéndolo marcharse solo”, respondió: “Tienes razón. Pero yo no puedo ir porque tengo la obediencia de guiaros a todos vosotros. Ve tú, y que Dios te acompañe”. Los otros alzaron la voz y Judas más que nadie. Recordaron la obediencia, e incluso censuraron a Simón Pedro.
-¿Censuraron? Sé sincero, Juan.
-Es verdad, Maestro. Fue Judas el que censuró a Simón y me trató mal a mí. Los otros solamente dijeron: “El Maestro ha ordenado permanecer juntos”. Y me lo decían a mí, no a nuestro jefe. Pero Simón respondió: “Dios ve la finalidad del acto, y perdonará. Y el Maestro perdonará, porque esto es amor” y me bendijo y me besó y me mandó tras ti, como aquel día que fuiste con Cusa al otro lado del lago.
-Entonces Yo de esta culpa no debo absolverte…
-¿Porque es demasiado grave?
-No. Porque no existe. Vuelve aquí, Juan, al lado de tu Maestro, y escucha la lección. Hay que saber aplicar las órdenes con justicia y discernimiento, sabiendo comprender el espíritu de la orden, no solamente las letras que la componen. Yo dije: “No os separéis”. Te has separado y por tanto, tendrías pecado. Pero antes había dicho: “Estad unidos, física y espiritualmente, sujetos a Pedro”. Con esas palabras lo elegí a él como mi legítimo representante entre vosotros, con facultad plena de juzgar y mandar en relación a vosotros. Por tanto, todo lo que Pedro ha hecho o hará en mi ausencia, bien hecho estará. Porque, habiéndolo investido Yo del poder de guiaros, el Espíritu del Señor, que está en mí, estará también con él y lo guiará cuando dé esas órdenes que las circunstancias imponen y que la Sabiduría, para el bien de todos, sugerirá al Apóstol cabeza. Si Pedro te hubiera dicho: “No vayas” y hubieras venido igualmente, ni siquiera el móvil bueno de tu acto -querer seguirme por un amor que quiere defender y estar conmigo en los peligros- hubiera sido suficiente para anular tu culpa. Habría sido necesario realmente mi perdón. Pero Pedro, tu Cabeza, te dijo: “Ve”. La obediencia a él te justifica completamente. ¿Estás convencido de esto?
-Sí, Maestro.
-¿Debo absolverte de la culpa de presunción? Dime, sin pensar en si Yo veo tu corazón. ¿Has confiado presuntuosamente con soberbia en quererme imitar para poder decir: “Con mi voluntad he abolido las necesidades de la carne, porque yo puedo aquello que quiero? Reflexiona bien…
Juan reflexiona. Luego dice:
-No, Señor. Examinándome bien, no, no lo he hecho por eso. Esperaba poderlo hacer porque he comprendido que la penitencia es sufrimiento de la carne pero luz del espíritu. He comprendido que es un medio para fortalecer nuestra debilidad y obtener mucho de Dios. Tú lo haces por esto. Yo por eso quería hacerlo. Y creo no equivocarme diciendo que, si lo haces Tú, que eres fuerte, Tú, que eres poderoso, Tú que eres santo, yo, nosotros, deberíamos hacerlo siempre, si siempre fuera posible hacerlo, para ser menos débiles y materiales. Pero no he podido hacerlo. Yo siempre tengo hambre y mucho sueño…y el llanto empieza de nuevo a gotear, lento, humilde (verdadera confesión de la limitación de las capacidades humanas).

-¿Y crees que incluso esta pequeña miseria de la carne ha sido inútil? ¡Oh, cómo la recordarás en el futuro, cuando seas tentado a ser severo y exigente con tus discípulos y fieles! Se asomará a tu mente diciéndote: “Acuérdate de que tú también cediste al cansancio, al hambre. No pretendas que los otros sean más fuertes que tú. Sé padre de tus fieles, como tu Maestro fue un padre para ti aquella mañana”. Tú muy bien habrías podido velar y no sentir luego esta fuerte hambre. Pero el Señor ha permitido que te vieras doblegado por estas necesidades de la carne para hacerte humilde, cada vez más humilde y cada vez más compasivo en relación a tus semejantes. Muchos no saben distinguir entre tentación y culpa consumada La primera es una prueba que da mérito y no quita gracia. La segunda es caída que quita mérito y gracia. Otros no saben distinguir entre hechos naturales y culpas, y se crean escrúpulos de haber pecado, mientras que -y éste es tu caso- no han hecho más que obedecer a leyes naturales buenas. Diciendo “buenas”, distingo las leyes naturales de los instintos sin freno. Porque no todo lo que ahora se llama “ley natural” realmente lo es y es buena. Buenas eran todas las leyes ligadas a la naturaleza humana y que Dios había dado a Adán y Eva: la necesidad del alimento, del descanso, de la bebida. Después, con el pecado, han entrado en escena -y se han mezclado con las leyes naturales, contaminando con la intemperancia aquello que era bueno- los instintos animales, los desarreglos, todo tipo de sensualidad. Y Satanás, tentando, ha mantenido vivo el fuego, el fomes de los vicios. Así que puedes
ver que, si no es pecado ceder a la necesidad de descanso y de alimento, sí lo son la crápula, la embriaguez, el ocio prolongado. Tampoco es pecado la necesidad de cohabitar y procrear; es más, Dios mandó hacerlo para poblar la Tierra de hombres. Pero ya no es bueno ese acto sólo para la satisfacción de la carne. ¿Estás convencido también de esto?
-Sí, Maestro. Pero, entonces, dime una cosa: ¿los que no quieren procrear pecan contra un mandato de Dios? Tú dijiste una vez que el estado de virgen es bueno.
-Es el más perfecto. Como también lo es el estado de quien, no satisfecho con hacer buen uso de las riquezas, se despoja completamente de ellas. Son las perfecciones a que puede llegar una criatura. Y tendrán un gran premio. Tres son las cosas más perfectas: la pobreza voluntaria, la castidad perpetua, la obediencia absoluta en todo aquello que no es pecado. Estas tres cosas hacen al hombre semejante a los ángeles. Y una es perfectísima: dar la propia vida por amor a Dios y a los hermanos.
Esta cosa hace a la criatura semejante a mí, porque la lleva al absoluto amor. Y quien ama perfectamente es semejante a Dios, está absorbido en Dios y fundido con Dios. Está, pues, en paz, querido mío. No hay culpa en ti. Yo te lo digo. ¿Por qué, entonces, aumentas tu llanto?
-Porque, en todo caso, una culpa sí que hay: la de haber sabido venir a ti por necesidad y haber sabido velar por hambre, y no por amor. Nunca me lo perdonaré. No me volverá a suceder. No me volveré a dormir mientras Tú sufres. No te olvidaré, durmiendo, mientras Tú lloras.
-No vincules el futuro, Juan. Tu voluntad está dispuesta, pero todavía se podría ver sobrepujada por la carne. Y sentirías una profunda e inútil postración si te acordaras de esta promesa hecha a ti mismo y no mantenida después por la fragilidad de la carne. Mira. Te digo lo que debes decir para estar en paz, te suceda lo que te suceda. Di conmigo: “Yo, con la ayuda de Dios, me propongo, en todo lo que me sea posible, no volver a ceder ante los lastres de la carne”. Y tente firme en esta voluntad. Si luego un día, aun no queriéndolo, la carne cansada y afligida vence tu voluntad, entonces, como hoy, dirás: “Reconozco que soy un pobre hombre como todos mis hermanos; y que esto me sirva para tener truncado mi orgullo”. ¡Oh! ¡Juan! ¡Juan! ¡No es tu sueño inocente lo que puede causarme dolor! Ten. Estas te reanimarán del todo. Vamos a compartirlas bendiciendo a quien me las ha ofrecido – y toma las manzanas, que están ya asadas y quemando, y da tres a Juan y se tiene para sí otras tres.
-¿Quién te las ha dado, Señor? ¿Quién ha venido a verte? ¿Quién sabía que estabas aquí? Yo no he oído ni voces ni pasos. Y además, después de la primera noche, he estado en vela…
-Salí con la primera luz del día. Había unos haces de leña delante de la entrada, y encima pan, quesos y manzanas. No vi a nadie. Pero sólo algunos han podido sentir el deseo de repetir un peregrinaje y un gesto de amor… – dice lentamente Jesús.
-¡Es verdad! ¡Los pastores! Lo habían dicho: “Iremos a la tierra de David… Son días de recuerdos…”. ¿Pero por qué no se han quedado?
-¿Por qué? Han adorado y…
-Y han sido compasivos. Te han adorado a ti y han sido compasivos conmigo… Son mejores que nosotros esos hombres.
-Sí. Han conservado buena, cada vez mejor, su voluntad. Para ellos no ha sido un daño el don que Dios les ha dado…
Jesús ya no sonríe. Piensa y se entristece. Luego reacciona. Mira a Juan, que lo mira, y dice:
-¡Bien! ¿Nos vamos? ¿Ya no te sientes agotado?
-No, Maestro. No voy a tener mucha resistencia, creo, porque tengo los miembros doloridos. Pero creo que puedo andar.
-Pues entonces vamos. Ve por tu bolsa mientras Yo recojo las sobras en la mía, y vámonos. Tomaremos el camino que va hacia el Jordán para evitar Jerusalén.
Y cuando Juan vuelve se ponen en marcha. Recorren el mismo camino por el que han ido allí, y se van alejando por la campiña, que se calienta con el suave sol de Diciembre.

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