Las razones de la obra de Valtorta

Antes de seguir abordando temas tan importantes como es el de la perpetua virginidad de la Virgen María, tan adecuado para tratarlo en este tiempo de Adviento, prefiero dedicar una entrada a las razones del por qué de esta obra, expuestas, según lo deja por escrito María
Valtorta y según su testimonio, por el dictado de Jesús.

Creo que la lógica interna de las siguientes palabras habla por sí sola. Se nota una clara diferencia entre el estilo de los dictados de Jesús (siempre según el testimonio de Valtorta, esto es una nota que dejaré de reproducir, se sobreentiende siempre lo dicho
en la primera entrada sobre el tema) y el estilo de María Valtorta. El estilo es contundente y autoritario. Muy claro en su exposición. Y uno se pregunta, ¿pudo Dios fundir los tiempos en el sentido de mostrar a un alma lo ocurrido, como un testimonio más para tiempos como estos?

Creo que sí, siempre para el provecho de las almas, de la Iglesia. Luego uno se pregunta, ¿esto es necesario? El mismo Señor le dice a Valtorta en un lugar, creo recordar, que “os deberían bastar el Evangelio y el Decálogo, pero no hacéis caso”. Es el papel del
auténtico carisma en la Iglesia, así lo entiendo. Yo desde luego, cuando veo las barbaridades que se dicen por aquí y por allá en esta obra encuentro un hermoso asidero, una orientación inconfundible hacia la única Revelación de Dios, hacia su comprensión. Lo que también me da la paz es cuando considero la figura de Judas Iscariote. Según esta
obra es el símbolo de tantas traiciones que se van a realizar a lo largo de los siglos. No ocurre ahora algo peor de lo que ocurrió en el mismo seno apostólico. Y la Iglesia permanece fiel como Esposa, fundada por Él, sostenida por Él. Si algo te queda claro al leer esta obra, es que NUNCA prevalecerán.
Las anotaciones del Padre Corrado Berti las dejo entre corchetes.

Dice Jesús:
-Las razones que me han movido a iluminar y a dictar episodios y palabras míos al pequeño Juan (como así llamaba Jesús a María Valtorta) son -además de la alegría de comunicar una
exacta cognición acerca de mí a esta alma-víctima y amante múltiples.
Pero de todas ellas es alma el amor mío hacia la Iglesia, tanto docente como militante, y el deseo de ayudar a las almas en su ascensión hacia la perfección. El conocimiento de mí es ayuda en esta ascensión. Mi Palabra es Vida.
Nombro las principales:
I. La razón más profunda del don de esta obra es que en estos tiempos en que el modernismo, condenado por mi Santo Vicario Pío X,

[2 San Pío X condenó el Modernismo sobre todo en tres documentos:
1) Decretum S. Officii “Lamentabili”, 3 de julio de 1907 (Denzinger… Enchiridion symbolorum… núm. 3401 – 3466;
2) Epistula encíclica “Pascendi dominici gregis”, 8 de sept. De 1907 (Denz. Núm. 3475 –3500); 3) Litterae motu propio “sacrorum antistites”: Iusiurandum contra errores modernismi, 1 sept. de 1910 (Denz. Núm. 3537 – 3350).
Por una de esas coincidencias que frecuentemente se notan en la presente obra, el texto escrito de María Valtorta recuerda el decreto “Lamentabili”, sigue su orden y a la luz del “Lamentabili”, se pude debidamente apuntar, como se dice en la not. 7.]

se corrompe cayendo en doctrinas cada vez más dañinas, la Santa Iglesia, representada por mi Vicario, tenga más materia para combatir a los que niegan:
-La sobrenaturalidad de los dogmas;

[3 Cfr. “Lamentabili” núm. 20-26, especialmente el núm. 22: Los dogmas, que la Iglesia presenta como reveladas, no son verdades que hayan descendido del cielo, sino una cierta interpretación de hechos religiosos, que la inteligencia humana después de laboriosos esfuerzos se ha conquistado.]

la divinidad de Cristo.
-La verdad del Cristo Dios y Hombre, real y perfecto, tanto en la fe como en la historia que acerca de Él ha sido transmitida (Evangelio, Hechos de los Apóstoles, Epístolas apostólicas, tradición).

[4 Cfr. “Lamentabili”, núm. 27-30, especialmente núm. 27: No se prueba partiendo de los Evangelios la Divinidad de Jesucristo…); nº 29: Se puede decir que el Cristo que presenta la historia, es muy inferior al Christo, que es objeto de la fe.]

-La doctrina de Pablo y Juan y de los concilios de Nicea, Éfeso y Calcedonia, como mi doctrina verdadera que Yo verbalmente enseñé.

[5 Cfr. “Lamentabili” nº 31: La doctrina que sobre Cristo transmitieron Pablo, Juan, y los Concilios Niceno, Efesino, Calcedonense, no es la que Jesús enseñó, sino la que conciencia cristiana concibió acerca de Jesús.]

-Mi sabiduría ilimitada por ser divina y perfecta.

[6 Cfr. “Lamentabili” nº 32-38, especialmente nº 32: No se puede conciliar el sentido natural de los textos evangélicos con el que enseñan nuestros teólogos acerca de la conciencia y ciencia infalible de Jesucristo; nº 34 El crítico no puede afirmar que la ciencia de Cristo no haya estado limitada hasta cierto punto, a no ser…]

-El origen divino de los dogmas, de los Sacramentos, de la Iglesia una, santa, católica, apostólica.
-La universalidad y continuidad, hasta el final de los siglos, del Evangelio dado por mí y para todos los hombres.
-La naturaleza perfecta, desde el comienzo, de mi doctrina, que no se ha formado como es a través de sucesivas transformaciones, sino que como es ha sido dada: doctrina del Cristo,
del tiempo de Gracia, del Reino de los Cielos y del Reino de Dios en vosotros; divina, perfecta, inmutable; Buena Nueva para todos los sedientos de Dios.

[7 Cfr. “Lamentabili”, nº 39-57 El Decreto Lamentabili trata primero de los Sacramentos (su origen divino y eficacia en general; de cada uno de los sacramentos en especial) en los núm. 39-51; después de la Iglesia, núm. 52-57; por esto, en el texto de María Valtorta, sin
comas, pensamos que deba ponerse una, entre “sacramentos” y “de la Iglesia”, leyendo: “el origen divino de los dogmas de los sacramentos (coma) de la Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica”: cfr.: la nota ant. 2 y la siguiente 9.

8 Cfr. “Lamentabili” nº 39-51, especialmente el número 39: Las opiniones del origen de los sacramentos de que estaban imbuidos los Padres Tridentinos y las que sin duda alguna ejercieron influjo en sus cánones dogmáticos, están lejos de las que ahora con toda razón
existen entre los investigadores históricos de las cosas cristianas
; y el núm. 40: Los sacramentos nacieron del hecho de que los Apóstoles y sus sucesores interpretaron, conforme a las circunstancias y los sucesos lo aconsejaban, una cierta idea e intención de Cristo.

9 Cfr. “Lamentabili”, núm. 52-57 y especialmente 52: Cristo nunca pensó en establecer la Iglesia como sociedad sobre la tierra que duraría a lo largo de los siglos… El núm. 54: (los dogmas, los sacramentos, la jerarquía…) podría dar pie a poner una coma también después de los “dogmas”, pero tal vez hay que preferir las razones expuestas arriba, en la nota 7.

10 Cfr. “Lamentabili” núm. 58-65, especialmente el núm. 60: En sus orígenes la doctrina cristiana fue judía, después debido a evoluciones sucesivas fue primero paulina, luego yoanea, y al fin griega y universal; núm. 64: Exige el progreso de las ciencias, que se reformen los conceptos de la doctrina que hay acerca de Dios, de la creación, de la revelación, de la persona del Verbo encarnado, de la redención.
Por esto, esta primera lista de razones de la Obra presente se entiende mejor a la luz de los números antes citados del decreto “Lamentabili”.]

{Milenko: al recordar otra vez estas doctrinas condenadas, uno puede fácilmente oír su eco en la mala doctrina que todavía hoy pulula. Pero, es bueno recordar, que lo que pulula hoy en día no es nada nuevo.}

Al dragón rojo de las siete cabezas, diez cuernos y siete diademas en la cabeza (Daniel 7; Apocalipsis 12-20), que con la cola arrastra tras sí a la tercera parte de las estrellas del cielo y las hace caer [Cfr. Dan. 7 y sobre todo Apoc. 13, 17] y en verdad os digo que caen más abajo de la tierra-, y que persigue a la Mujer [Cfr. Apoc. 12], oponed, como también a las bestias del mar y de la tierra que muchos, demasiados, al estar seducidos por sus aspectos y prodigios [Cfr. Apoc. 13, y también: 14-20], adoran, oponed, digo, mi Ángel volador que surca el cielo llevando el Evangelio eterno bien abierto, incluso por las páginas cerradas [Cfr. Apoc. 14, 6-7] hasta ahora, para que los hombres puedan salvarse, por su luz, de las roscas de la gran serpiente de las siete fauces [Cfr. Apoc. 12 y 20], que quiere ahogarlos en sus tinieblas… y a mi regreso encuentre todavía la fe y la caridad en el corazón de los perseverantes, y sean éstos más numerosos que lo que, por la obra de Satanás y de los hombres, cabría esperar.

II. Despertar en los sacerdotes y en los laicos un vivo amor al Evangelio y a todo lo que a Cristo se refiere. Lo primero de todo, una renovada caridad hacia mi Madre, en cuyas oraciones está el secreto de la salvación del mundo [17 El lector habrá notado que toda esta Obra respira un ardiente, pero equilibrado amor por la Virgen. El Papa Benedicto XV, en el duro período de la 1ª guerra mundial (1915-1918) exaltó la “omnipotencia” de la intercesión materna de la Virgen. Cfr.: Acta Apostolicae Sedis, vol 7 (1915), pág. 201-203; vol. 8 (1916), pág. 85-86]. Ella, mi Madre, es la Vencedora del Dragón maldito [Cfr. Gén. 3, 15; Apoc. 12; Pío IX, Bula dogmática “Ineffabilis Deus”, Pío XII Constitución Apostólica “Munificentissimus Deus”, y documentaciones respectivas]. Ayudad a su poder con vuestro renovado amor a Ella y con renovada fe y renovado conocimiento respecto a lo que a Ella se refiere. María ha dado al mundo al Salvador. El mundo aún recibirá de Ella la salvación.

III. Dar a los maestros de espíritu y directores de almas una ayuda para su ministerio: estudiando el mundo de los espíritus distintos que se movieron en torno a mí y los distintos modos que Yo usé para salvarlos. Porque de necios sería querer tener un método único para todas las almas. Distinto es el modo de atraer hacia la Perfección a un justo que espontáneamente a ella tiende, del modo que hay que usar con un gentil. Muchos gentiles
tenéis entre vosotros, si llegáis a ver –como vuestro Maestro- como a gentiles a esos pobres seres que han sustituido al Dios verdadero por el ídolo del poder y la prepotencia, o del oro, o de la lujuria, o de la soberbia de su saber. Y distinto es el modo que ha de usarse para salvar a los modernos prosélitos, o sea, a los que han aceptado la idea cristiana pero no la ciudadanía cristiana, perteneciendo a las Iglesias separadas. Que ninguno sea despreciado, y estas ovejas perdidas menos que ninguno. Amadlas y tratad de llevarlas de nuevo al único Redil, para que se cumpla el deseo del Pastor Jesús [Cfr. Concilio ecuménico Vaticano II, Decreto sobre el Ecumenismo: Constitución pastoral “Ad gentes” sobre las misiones y textos bíblicos citados allí.].
Algunos, leyendo esta Obra, objetarán: “No consta en el Evangelio que Jesús tuviera contactos con romanos o griegos; por tanto, rechazamos estas páginas”. ¡Cuántas cosas no constan en el Evangelio, o apenas se vislumbran, tras densas cortinas de silencio, aludidas por los Evangelistas acerca de episodios que por su inquebrantable mentalidad de hebreos ellos no aprobaban! ¿Creéis que conocéis todo lo que hice? En verdad os digo que ni siquiera después de la lectura y aceptación de esta ilustración de mi vida pública conocéis todo acerca de mí. Habría matado -con la fatiga de ser el cronista de todos los días de mi ministerio, y de cada uno de los actos llevados a cabo en cada uno de los días-, habría matado a mi pequeño Juan, si le hubiera dado a conocer todo para que os transmitiera todo. “Y otras cosas hizo Jesús, las cuales, si fueran escritas una a una, creo que el mundo no podría contener los libros que se deberían escribir”, dice Juan. Aparte de la hipérbole, en verdad os digo que si se hubieran escrito cada una de mis acciones, todas mis particulares lecciones, mis penitencias y oraciones para salvar a un alma, se habrían necesitado las salas de una de vuestras bibliotecas -y una de las mayores- para contener los libros que de mí hablaran. Y también os digo, en verdad, que sería mucho más útil para vosotros echar al fuego tanta inútil ciencia cargada de polvo y de veneno, para hacer lugar para mis libros, que no adorar tanto esas publicaciones casi siempre sucias de libídine o de herejía y luego saber tan poco de mí.

IV. Restituir a su verdad las figuras del Hijo del Hombre y de María, verdaderos hijos de Adán por la carne y la sangre, pero de un Adán inocente. Como nosotros debían ser los hijos del Hombre, si el Progenitor y la Progenitora no hubieran mancillado su perfecta humanidad -en el sentido de ser humano, o sea, de criatura en que existe la doble naturaleza espiritual, a imagen y semejanza de Dios, y la naturaleza material-, como sabéis que hicieron. Sentidos perfectos, o sea, sometidos a la razón, aun siendo sentidos de gran agudeza. Entre los sentidos incluyo los morales junto a los corporales. Amor completo y perfecto, por tanto; tanto hacia el esposo, con quien no tiene vínculo de sensualidad, sino sólo de espiritual amor, como hacia el Hijo. Amadísimo. Amado con toda la perfección de una perfecta mujer hacia la criatura de ella nacida. Así debería haber amado Eva: como María: o sea, no por lo que de gozo carnal representaba el hijo, sino porque ese hijo era hijo del Creador, y era obediencia cabal al imperativo del Creador de multiplicar la especia humana. Y amado con todo el ardor de una perfecta creyente que sabe que su Hijo, no figuradamente sino realmente, es Hijo de Dios.
A los que juzgan demasiado amoroso el amor de María hacia Jesús, les digo que consideren quién era María: la Mujer sin pecado y, por tanto, sin taras en su caridad hacia Dios, hacia los padres, hacia su esposo, hacia su Hijo, hacia el prójimo; que consideren lo que veía la Madre en mí, además de ver al Hijo de sus entrañas; y, en fin, que consideren la nacionalidad de María: raza hebrea, raza oriental, y tiempos muy lejanos de los actuales. Por ello, de estos elementos surge la explicación de ciertas amplificaciones verbales de amor que a vosotros os pueden parecer exageradas. Estilo florido y pomposo, incluso en el habla común, el estilo oriental y hebreo; todos los escritos de aquel tiempo y de aquella raza son documento de esto… y el paso de los siglos no ha modificado mucho el estilo de oriente.
¿Tendríais la pretensión de que -por el hecho de que, veinte siglos después, y cuando la perversidad de la vida ha matado tanto amor, debáis examinar estas páginas- Yo os diera a una María de Nazaret como la mujer árida y superficial de vuestro tiempo? María es lo que es. No se transforma a la dulce, pura, amorosa Doncella de Israel, Esposa de Dios, Madre
virginal de Dios, en una excesiva, enfermizamente exaltada, o glacialmente egoísta, mujer de vuestro siglo.
A los que juzgan demasiado amoroso el amor de Jesús a María, les digo que consideren que en Jesús estaba Dios y que el Dios uno y trino hallaba confortación en amar a María, a aquella
que le compensaba el dolor de toda la raza humana, el medio por el que Dios podía volver a gloriarse de su Creación que da ciudadanos a su Cielo. Y consideren, en fin, que los amores se hacen culpables cuando, y sólo cuando, desordenan, o sea, cuando van contra la voluntad de Dios y el deber que hay que cumplir.
Y ahora considerad si el amor de María hizo esto, si mi amor hizo esto. ¿Me estorbó Ella, por amor egoísta, el cumplir toda la voluntad de Dios? ¿Por un desordenado amor hacia mi Madre renegué, acaso, de mi misión? No. Ambos amores tuvieron un solo deseo: que se cumpliera la voluntad de Dios para la salvación del mundo. Y la Madre dijo adiós a su Hijo todas las veces, entregando a su Hijo a la cruz del magisterio público y a la cruz del Calvario, y el Hijo dijo adiós a su Madre todas las veces, entregando a la Madre a la soledad y a la congoja, para que fuera la Corredentora, sin pararse a mirar nuestra humanidad, que se sentía desgarrar, ni nuestro corazón, que se partía con el dolor. ¿Es esto debilidad?, ¿sentimentalismo? ¡Es amor perfecto, oh hombres que no sabéis amar y no comprendéis ya el amor ni sus voces!
Y también esta Obra tiene la finalidad de iluminar algunos puntos que un conjunto de circunstancias ha cubierto de tinieblas, de manera que forman zonas oscuras en la luminosidad del cuadro evangélico; y puntos que parecen de fractura, y no son sino puntos entenebrecidos, entre uno y otro episodio evangélico, puntos indescifrables y que en poder descifrarlos está la clave para comprender exactamente ciertas situaciones que se habían creado y ciertos modos fuertes que tuve que poner, tan contrastantes con mis continuas exhortaciones al perdón, a la mansedumbre y humildad, ciertas actitudes de inflexibilidad hacia los tenaces, inconvertibles adversarios. Recordad todos que, después de haber usado toda la misericordia, Dios, por el honor de sí mismo, sabe también decir “basta” a aquellos que, porque es bueno, creen que es lícito abusar de su longanimidad y tentarlo. De Dios nadie se burla. Son palabras antiguas y sabias.

V. Conocer exactamente la complejidad y duración de mi larga pasión (que culmina en la Pasión cruenta, verificada en pocas horas), que me había consumido en un tormento cotidiano que duró lustros y que había ido aumentando cada vez más; y con mi pasión la de mi Madre, cuyo corazón fue traspasado, durante el mismo tiempo, por la espada del dolor; y, por este
conocimiento, moveros a amarnos más.

VI. Demostrar el poder de mi Palabra y los distintos efectos de ella en el que la recibía, según que perteneciera al conjunto de los hombres de buena voluntad o al de los que tenían una voluntad sensual, que no es nunca recta. Los apóstoles y Judas. Éstos son los dos ejemplos opuestos. Los primeros, imperfectísimos, rudos, no instruidos, violentos… pero con buena voluntad. Judas, más instruido que la mayoría de los apóstoles, refinado por la vida en la capital y en el Templo… pero de mala voluntad. Observad la evolución de los primeros en el Bien, observad su progreso; observad la evolución del segundo en el Mal y su descenso.
Y que observen esta evolución en la perfección en los once buenos, sobre todo, los que por un defecto visual de su mente acostumbran a desnaturalizar la realidad de los santos, haciendo del hombre que alcanza la santidad con dura, durísima lucha contra las fuerzas recias y oscuras un ser innatural sin solicitaciones ni emociones y, por tanto, sin méritos. Porque el mérito viene justamente de la victoria sobre las pasiones desordenadas y las tentaciones, alcanzada por amor a Dios y por conseguir el fin último: gozar de Dios eternamente.
Que lo observen los que pretenden que el milagro de la conversión deba venir sólo de Dios. Dios da los medios para que uno se convierta, pero no fuerza la voluntad del hombre, y, si ese hombre no quiere convertirse, inútilmente tiene lo que a otro le sirve para la conversión.
Y los que examinan consideren los múltiples efectos de mi Palabra, no sólo en el hombre humano, sino también en el hombre espiritual; no sólo en el hombre espiritual, sino también en el hombre humano: mi Palabra, acogida con buena voluntad, transforma al uno y al otro, conduciendo hacia la perfección externa e interna.
Los apóstoles, que por su ignorancia y por mi humildad trataban con excesiva llaneza al Hijo del Hombre (un buen maestro entre ellos, nada más, un maestro humilde y paciente con el que era lícito tomarse una serie de libertades, a veces excesivas, aunque sin irreverencia, porque lo suyo no era irreverencia, sino ignorancia, una ignorancia que debe ser excusada), los apóstoles, polémicos entre sí, egoístas, celosos en su amor y celosos de mi amor, impacientes con la gente, un poco orgullosos de ser “los Apóstoles”, deseosos de las cosas asombrosas que les señalara ante los ojos de la gente como personas dotadas de un poder extraordinario, lentamente, pero continuamente, se van transformando en hombres nuevos, dominando primero sus pasiones por imitarme a mí y porque Yo estuviera contento, y luego -conociendo cada vez más mi verdadero Yo – cambiando los modos y el amor, hasta verme, amarme y tratarme como a Señor divino. ¿Son, acaso, al final de mi vida en la Tierra, todavía los compañeros superficiales y alegres de los primeros tiempos? ¿Son, sobre todo después de la Resurrección, los amigos que tratan al Hijo del Hombre como a un Amigo? No. Son los ministros del Rey, antes; los sacerdotes de Dios, después: completamente distintos, transformados completamente.
Consideren esto los que encuentren ruda, y juzguen no natural la forma de ser de los apóstoles, que era como se describe. Yo no era ni un doctor difícil ni un rey soberbio, no era un maestro que juzgase indignos de Él a los otros hombres. Supe ser indulgente. Quise formar a partir de materia no desbastada, llenar de todo tipo de perfecciones vasos vacíos, demostrar que Dios todo lo puede, y puede de una piedra sacar un hijo de Abraham, un hijo de Dios, y de donde nada hay sacar un maestro, para confundir a los maestros que se jactan de su ciencia, que muy frecuentemente ha perdido el perfume de la mía.

VII. En fin: haceros conocer el misterio de Judas, ese misterio que es la caída de un espíritu al que Dios había favorecido en modo extraordinario. Un misterio que, en verdad, se repite demasiado frecuentemente, y que es la herida que duele en el Corazón de vuestro Jesús.
Daros a conocer cómo se cae transformándose de siervos e hijos de Dios en demonios y deicidas que matan a Dios en ellos matando la Gracia; daros a conocer esto para impediros que pongáis los pies en los senderos por los que uno cae al Abismo, y para enseñaros cómo comportarse para tratar de detener a los corderos imprudentes que avanzan hacia el abismo.
Aplicar vuestro intelecto en el estudio de la horrenda -y, no obstante, común- figura de Judas, complejo en que se agitan serpentinos todos los vicios capitales que encontráis y debéis de combatir en las personas. Es la lección que preferentemente debéis aprender, porque será la que más os sirva en vuestro ministerio de maestros de espíritu y directores de almas. ¡Cuántos, en todos los estados de la vida, imitan a Judas entregándose a Satanás y encontrando la muerte eterna!

Siete razones, como son siete las partes:
I. Pre-Evangelio (desde la Concepción inmaculada de María
Siemprevirgen, hasta la muerte de San José).
II. Primer año de la vida pública.
III. Segundo año de la vida pública.
IV.Tercer año de la vida pública.
V. Pre-Pasión (desde Tébet a Nisán, o sea, desde la agonía de Lázaro
hasta la cena de Betania).
VI. Pasión (desde el adiós a Lázaro hasta mi Sepultura y los días
siguientes hasta el alba pascual).
VII. Desde la Resurrección hasta Pentecostés.
Manténgase esta división de las partes como Yo aquí la indico, que es la adecuada.
¿Y ahora? ¿Qué decís a vuestro Maestro? No me habláis a mí. Pero en vuestro corazón habláis, y -basta con que podáis hacerlo- habláis al pequeño Juan. Pero en ninguno de estos dos casos habláis con la justicia que quisiera ver en vosotros. Porque al pequeño Juan le habláis para causarle dolor, pisoteando la caridad hacia la cristiana, la hermana y el instrumento de Dios. En verdad os digo, una vez más, que no es plácida alegría el ser
instrumento mío: es una fatiga y esfuerzo continuos; en todo es dolor porque a los discípulos del Maestro el mundo les da lo que dio al Maestro: dolor; y sería preciso que, al menos los sacerdotes, y especialmente los hermanos de las congregaciones religiosas, ayudaran a estos pequeños mártires que caminan bajo su cruz… y porque en vuestro corazón, hablándoos a vosotros mismos, expresáis quejas de soberbia, envidia, incredulidad y otras cosas. Pero Yo os daré respuesta a vuestras quejas y a vuestros sentimientos de escandalizado estupor.
En la noche de la última Cena, a los once que me amaban les dije: “Cuando el Espíritu Consolador venga, os recordará todo lo que Yo he dicho”. Cuando hablaba, tenía siempre presente, además de a los presentes, a todos los que serían discípulos míos en el espíritu y con sincera y resuelta voluntad. El Espíritu Santo -que, ya con su Gracia, sacando a las almas del aturdimiento del Pecado original y liberándolas de los ofuscamientos que por la triste herencia de Adán velan la luminosidad de los espíritus que fueron creados para gozar de la visión y conocimiento espirituales del Creador, infunde en vosotros la facultad de recordar a Dios- completa su obra de Maestro “recordando” en el corazón de aquellos que Él guía, y que son los hijos de Dios, todo lo que Yo he dicho, que constituye el Evangelio.
Recordar significa aquí iluminar el espíritu del Evangelio, porque nada vale recordar las palabras del Evangelio si no se comprende su espíritu. Y el Amor, o sea, el Espíritu Santo —el cual, de la misma forma que ha sido el verdadero Escritor del Evangelio, es también su único Comentador (porque sólo el autor de una obra conoce el espíritu de esa obra y lo comprende, aunque no logre hacerlo comprender a los lectores)-, puede hacer comprender el espíritu del Evangelio, que es amor. Y a donde no llega un autor humano, porque toda perfección humana es rica en lagunas, el Espíritu perfectísimo y sapientísimo sí llega. Por eso, sólo el Espíritu Santo, autor del Evangelio, es el que lo recuerda y comenta y completa en el fondo de las almas de los hijos de Dios.
“El Consolador, el Espíritu Santo, que el Padre os enviará en mi Nombre, os enseñará todas las cosas, os recordará todo lo que he dicho”. (Juan, cap. 14, v 26).
“Y cuando venga el Espíritu de la Verdad os enseñará toda la verdad, pues no os hablará por su propia cuenta, sino que dirá todo lo que ha oído y os anunciará el futuro. El me glorificará porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío; por esto he dicho que Él recibirá de lo mío y os lo anunciará”. (Juan, cap. 16, v 13-14-15).
Y si objetáis que siendo el Espíritu Santo el Autor verdadero del Evangelio, no se comprende cómo es que no ha recordado lo que se dice en esta obra y lo que Juan, con las palabras que cierran su Evangelio, hace comprender que sucedió; si objetáis esto, os respondo que los pensamientos de Dios son distintos de los de los hombres, y siempre justos y no susceptibles de revisión.
Y si objetáis que la revelación se cerró con el último Apóstol y no había nada más que añadir, porque el propio Apóstol dice en el Apocalipsis: “Si alguien añade algo, Dios pondrá en él las plagas escritas en este libro” (cap. 22, v. 18), y ello puede entenderse respecto a toda la Revelación, de la que el Apocalipsis de Juan es la última coronación, Yo os respondo que no se ha hecho con esta obra añadidos a la Revelación, sino que se han colmado las lagunas que se habían producido por causas naturales [Toca a la autoridad eclesiástica competente juzgar si el fenómeno de esta Obra se pueda o se deba, en todo o en parte, explicar como algo sobrenatural. Nosotros, que hemos tenido a nuestro cargo la presente edición, repetiremos siempre que no podemos dar ningún juicio sobre esto. Aun cuando esta Obra pudiera explicarse acudiendo a los carismas, ordinarios o extraordinarios, de que habla el Conc. Vaticano II en su Constitución dogmática “Lumen gentium”, sobre la Iglesia en el cap. 2, y que no han dejado de existir en el Pueblo santo de Dios, según nuestro modesto juicio, no se debería afirmar que estos volúmenes hayan “agregado algo sustancial a la revelación”: además de las verdades reveladas por Dios y que el Magisterio extraordinario u ordinario de la Iglesia ha propuesto como tales, no hemos vislumbrado en esta Obra otro dogma. Si pues, aquí se afirma que con estos escritos fueron “llenadas ciertas lagunas… que se habían producido por causas naturales y por querer sobrenatural”, creemos que se aluda a lagunas no dogmáticas, a lo sumo simplemente doctrinales (mejor explicación, mayor claridad, mayor profundización), y sobre todo históricas, geográficas, arqueológicas, acerca de usos y costumbres, etc. En una palabra, según tal explicación, la presente Obra podría ponerse al lado, por ejemplo y a lo sumo, de los escritos famosos e inmensos de s. Brígida de Suecia, que grandes teológos, entre ellos el Card. Juan de Torquemada, O.P., comentaron y que famosas personalidades eclesiásticas discutieron por separado o en grupo. Si por el contrario, personas doctas quieren dar una explicación natural, aun sin excluir las normales inspiraciones divinas, nos daremos por contentos, con tal de que tal explicación natural sea seria y adecuada, y no superficial y desproporcionada.] y por decisiones sobrenaturales. Y si Yo me he querido complacer en reconstruir el cuadro de mi divina Caridad de la misma manera como lo hace un restaurador de mosaicos, que pone nuevas las teselas deterioradas o que faltan, restituyendo al mosaico su completa belleza, y me he reservado el hacerlo en este siglo en que la Humanidad se hunde en el Abismo de tinieblas y horror, ¿podéis prohibírmelo vosotros? ¿Podéis, acaso, decir que no lo necesitáis, vosotros que tenéis el espíritu tan obnubilado, sordo, mortecino, para las luces, voces y propuestas de arriba?
En verdad deberíais bendecirme porque aumente con nuevas luces la luz que tenéis y que ya no os es suficiente para “ver” a vuestro Salvador. Ver el Camino, la Verdad y la Vida, y sentir renacer en vosotros esa espiritual emoción de los justos de mi tiempo, llegando a través de este conocimiento a una renovación de vuestros espíritus en el amor, que sería salvación, pues que es ascensión hacia la perfección.
No digo que estéis “muertos”, digo que dormís o estáis adormilados. Sois semejantes a plantas durante el sueño invernal. El Sol divino os da sus fulgores. Despertaos y bendecid al Sol que se dona, acogedlo con alegría para que os dé calor, desde la superficie hasta lo profundo; para que os despierte y os cubra de flores y frutos.
Alzaos. Venid a mi Don.
“Tomad y comed. Tomad y bebed” dije a los apóstoles.
“Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, tú misma se lo habrías pedido a Él, y Él te habría dado agua viva” dije a la samaritana.
Lo digo también ahora, tanto a los doctores como a los samaritanos.
Porque estas dos clases extremas lo necesitan. Y también lo necesitan los que están entre los dos extremos. Los primeros para no quedar desnutridos y sin fuerzas incluso para sí mismos, y carentes de sobrenatural alimento para quienes desfallecen por falta de conocimiento de Dios, del Dios-Hombre, del Maestro y Salvador. Los segundos porque las almas necesitan agua viva cuando están pereciendo lejos de las fuentes. Los que están entre los primeros y los segundos, la gran masa de los que viven en los pecados no graves, pero también de los que, estáticos, no progresan, por pereza, tibieza, por un equivocado concepto de la santidad, los escrupulosos respecto a no condenarse o a ser observantes o a meterse en un laberinto de prácticas superficiales, pero que no se atreven a dar un paso por el camino empinado, empinadísimo del heroísmo, para que de esta obra reciban el impulso inicial para salir de ese estatismo y empezar el camino heroico.
Soy Yo quien os dice estas palabras. Os ofrezco este alimento y esta bebida de agua viva. Mi Palabra es Vida. Y os quiero en la Vida, conmigo. Y multiplico mi palabra para contrapesar los
miasmas de Satanás, que destruyen las fuerzas vitales de vuestro espíritu.
No me rechacéis. Tengo sed de darme a vosotros. Porque os amo. Es mi inextinguible sed. Tengo el ardiente deseo de comunicarme a vosotros para prepararos para el banquete de las bodas celestes. Y vosotros tenéis necesidad de mí para no desfallecer, para vestiros con vestiduras engalanadas para las bodas del Cordero, para la gran fiesta de Dios, después de haber superado la tribulación en este desierto lleno de insidias, zarzas y serpientes que es la Tierra, para pasar por entre las llamas y no recibir de ellas daño, y pisar a los reptiles y deber absorber venenos sin morir, al tenerme a mí dentro de vosotros.
Y os digo todavía esto: “Tomad, tomad esta obra y “no la selléis”, sino leedla y hacedla leer“, porque el tiempo está cercano” (Juan, Apocalipsis, cap. 22, v 10) , “y quien es santo que se santifique más’” (v 11)
La gracia del Señor vuestro Jesucristo esté con todos los que en este libro ven un acercamiento mío y solicitan que se cumpla, para defensa de ellos, con el grito del Amor: “¡Ven, Señor Jesús!”.

Para terminar y para apuntar lo dicho en las notas 3 – 10, dejo aquí un extracto de las instrucciones que según esta obra el Señor Resucitado impartió a los Apóstoles y discípulos, a solas, una vez dando las instrucciones a los 500 de los que mencionaba San Pablo. El Señor les instruía precisamente sobre los sacramentos, en concreto dejo aquí lo referido al sacerdocio:

Y considerad que contra vosotros conspiran el mundo, la edad, las enfermedades, el tiempo, las persecuciones. Evitad, pues, el ser avaros de lo que habéis recibido, y evitad la imprudencia. Transmitid, por esto, en mi Nombre, el Sacerdocio a los mejores de entre los discípulos, para que la Tierra no se quede sin sacerdotes. Y que sea un carácter sagrado concedido después de un profundo examen, no verbal sino de las acciones de aquel que pide ser sacerdote, o de aquel a quien juzguéis apto para serlo.
Pensad en lo que es el Sacerdote; en el bien que puede hacer y en el mal que puede hacer. Habéis visto una muestra de lo que puede hacer un sacerdote venido a menos en su carácter sagrado.
En verdad os digo que por las culpas del Templo esta nación será dispersada. Pero también os digo, en verdad, que igualmente será destruida la Tierra cuando el abominio de la
desolación entre en el nuevo sacerdocio, conduciendo a los hombres a la apostasía para abrazar las doctrinas infernales. Entonces surgirá el hijo de Satanás, y los pueblos, tremendamente horrorizados, gemirán, y pocos permanecerán fieles al Señor; entonces, entre convulsiones de horror, vendrá el final, tras la victoria de Dios y de sus pocos elegidos, y descenderá la ira de Dios sobre todos los malditos. ¡Desventura, tres veces desventura si
para esos pocos ya no hay santos, los últimos pabellones del Templo de Cristo! ¡Desventura, tres veces desventura si para confortar a los últimos cristianos no hay verdaderos Sacerdotes como los habrá para los primeros!
En verdad, la última persecución, no siendo persecución de hombres sino del hijo de Satanás y de sus seguidores, será horrenda. ¿Sacerdotes? Tan feroz será la persecución de las hordas del Anticristo, que los de la última hora deberán ser más que sacerdotes. Semejantes al hombre vestido de lino (tan santo, que está al lado del Señor; el hombre de la visión de Ezequiel) (Ezequiel 9, 2.3.11; 10, 2.6.7), deberán, infatigablemente, con su perfección, marcar una Tau en los espíritus de esos pocos fieles para que llamas de infierno no la cancelen. ¿Sacerdotes? Ángeles.
Ángeles que agiten el turíbulo cargado de los inciensos de sus virtudes para purificar el aire de los miasmas de Satanás. ¿Ángeles? Más que ángeles: otros Cristos, para que los fieles del último tiempo puedan perseverar hasta el final. Esto es lo que deberán ser.
Pero el bien y el mal futuros tienen raíz en el presente. Los aludes empiezan con un copo de nieve. Un sacerdote indigno, impuro, hereje, infiel, incrédulo, tibio o frío, apagado,
insípido, lujurioso, hace un daño diez veces superior al que provoca un fiel culpable de los mismos pecados; y arrastra a muchos otros al pecado. La relajación en el Sacerdocio, el acoger doctrinas impuras, el egoísmo, la codicia, la concupiscencia en el Sacerdocio, ya sabéis en donde desemboca: en el deicidio. Y en los siglos futuros ya no se podrá matar al Hijo de Dios, pero sí se podrá matar la fe en Dios, la idea de Dios. Por lo cual se llevará
a cabo un deicidio aún más irreparable, porque carecerá de resurrección. Sí, se podrá llevar a cabo; lo veo… Podrá ser llevado a cabo por los demasiados Judas de Keriot de los siglos futuros. ¡Un horror!…
¡Mi Iglesia removida de sus quicios por sus propios ministros! ¡Y Yo sosteniéndola con la ayuda de las víctimas! ¡Y ellos, esos Sacerdotes que tendrán únicamente las vestiduras del Sacerdote, pero no su alma, ayudando a intensificar las olas agitadas
por la Serpiente infernal contra tu barca, Pedro! ¡En pie! ¡Yérguete! Transmite esta orden a tus sucesores: “Mano al timón, mano dura con los náufragos que han querido naufragar y tratan de hacer naufragar a la barca de Dios. Descarga tu mano, pero salva y sigue adelante. Sé severo, porque justo es el castigo contra los hombres rapaces. Defiende el tesoro de la fe. Mantén alta la luz, como un faro por encima de las olas desatadas, para que los que siguen a tu barca vean y no perezcan. Pastor y nauta para los tiempos tremendos, recoge, guía, levanta alto mi Evangelio, porque en él y no en otra ciencia se halla la salvación.
Lo mismo que nos ha sucedido a los de Israel, y aún más profundamente, llegarán tiempos en que el Sacerdocio creerá – por saber sólo lo superfluo, desconociendo lo indispensable, o
conociendo sólo su forma muerta, esa forma con que ahora conocen los sacerdotes la Ley, o sea, no el espíritu sino el revestimiento, y exageradamente recargado de adornos- creerá, digo, ser una clase superior. Vendrán tiempos en que el Libro quedará sustituido por todos los demás libros

[En realidad en varios siglos ha habido la propensión de
sustituir el evangelio por obras paganas, digamos por ej. los siglos
IX y XIV, XV. Sin embargo en la Iglesia de Dios jamás se han apagado
las voces, entre las que está la des Segundo Con. Vati. en su
Constitución Dogmática “Dei Verbum”.],

y aquél será usado sólo como lo usaría uno que debiera utilizar forzadamente un objeto, o sea, mecánicamente; como un agricultor ara, siembra, recoge, sin meditar en la maravillosa providencia que hay en esa nueva multiplicación de semillas que sucede todos los años:
una semilla arrojada a la tierra removida, que se hace tallo y espiga, luego harina y luego pan por paterno amor de Dios. ¿Quién al llevarse a la boca un trozo de pan alza el espíritu hacia Aquel que creó la primera semilla y desde siglos la hace renacer y crecer, distribuyendo con medida las lluvias y el calor para que germine y se alce y madure sin que se ponga lacia o se queme? Así, llegará el tiempo en que será enseñado el Evangelio
científicamente bien, pero espiritualmente mal.
Ahora bien, ¿qué es la ciencia si falta la sabiduría? Es paja. Paja que se hincha y no nutre. Y en verdad os digo que llegará un tiempo en que demasiados de entre los Sacerdotes serán semejantes a pajares llenos, soberbios pajares, que se mostrarán arrogantes con su orgullo de estar muy llenos, como si a sí mismos se hubieran proporcionado esas espigas que
coronaron las cañas, como si todavía las espigas estuvieran en la cima de las cañas; y creerán ser todo por tener toda esa paja, en vez del puñado de mies, del verdadero alimento que es el espíritu del Evangelio. ¡Un montón! ¡Un montón de paja! Pero ¿puede bastar la paja? Ni siquiera para el vientre del jumento basta, y, si el amo del jumento no vigoriza al animal con cereales y forraje fresco, el jumento nutrido sólo con paja se debilita e incluso muere.
Pues bien, os digo que llegará el momento en que los Sacerdotes, olvidando que con pocas espigas instruí a los espíritus en orden a la verdad, y olvidando cuánto le costó a su Señor ese verdadero pan del espíritu (sacado por entero y solamente de la Sabiduría divina, expresado por la divina Palabra, noble en su forma doctrinal, incansable en repetirse, para que no se pierdan las verdades dichas, humilde en su forma, sin atavíos de ciencias
humanas, sin complementos históricos y geográficos), no se preocuparán del alma de ese pan del espíritu, sino sólo del revestimiento con que presentarlo, para hacer ver a las multitudes cuántas cosas saben, y el espíritu del Evangelio quedará difuminado en
ellos bajo avalanchas de ciencia humana. Pero, si no lo poseen, ¿cómo pueden transmitirlo? ¿Qué darán a los fieles estos pajares hinchados? Paja. ¿Qué alimento recibirán de ellos los
espíritus de los fieles? Pues lo que no da para más que para arrastrar una mortecina vida. ¿Qué fruto producirán de esta enseñanza y de este conocimiento imperfecto del Evangelio? Pues el enfriamiento de los corazones, el que entren doctrinas heréticas, doctrinas e ideas más que heréticas incluso, en vez de la única, verdadera Doctrina; y la preparación del terreno para la Bestia, para su fugaz reino de hielo, tinieblas y horror.
En verdad os digo que, de la misma manera que el Padre y Creador multiplica las estrellas para que no se despueble el cielo por las que, terminada su vida, perecen, así, igualmente, Yo tendré que evangelizar muchísimas veces a discípulos a los que distribuiré entre los hombres y a lo largo de los siglos. Y también en verdad os digo que el destino de éstos será como el mío; es decir, la sinagoga y los soberbios los perseguirán como me han
perseguido a mí

[El mejor medio de estudiar la Biblia es tratarla no sólo como un libro humano, sino como lo es, un libro divino. El CVII, resumiendo y adaptando las normas escritas en las encíclicas de León XIII, Benedicto XV, Pío XII y en otros documentos, ha sintetizado el método del estudio. Cfr. Constitución dogmática “Dei Verbum”, cap. III, nº 12].

Pero tanto Yo como ellos tenemos nuestra recompensa: la de hacer la Voluntad de Dios, y la de servirle hasta la muerte de cruz para que su gloria resplandezca y el conocimiento de Él no se apague.
Pero tú, Pontífice, y vosotros, Pastores, en vosotros y en vuestros sucesores, velad para que no se pierda el espíritu del Evangelio y, incansablemente, orad al Espíritu Santo para que en vosotros se renueve un continuo Pentecostés -no sabéis lo qué quiero decir, pero pronto lo sabréis-, de forma que podáis comprender todos los idiomas y discernir mis voces de las del Simio de Dios: Satán, y elegir aquéllas. Y no dejéis caer en el vacío mis
voces futuras. Cada una de ellas es un acto de misericordia mía para ayudaros; y esas voces, cuanto más vea Yo, por razones divinas, que el Cristianismo las necesita para superar las borrascas de los tiempos, más numerosas serán ¡Pastor y nauta, Pedro! Pastor y nauta. Llegará el día en que no te bastará con ser pastor, si no eres nauta; ni con ser
nauta, si no eres pastor. Ambas cosas deberás ser: para mantener congregados a los corderos (esos corderos que tentáculos y garras feroces tratarán de arrebatarte, o falaces músicas de promesas imposibles te seducirán), y para llevar adelante la barca (esa barca que será embestida por todos los vientos, de Septentrión y Meridión, de Oriente y Occidente; azotada y sacudida por las fuerzas del abismo; asaeteada por los arqueros de la Bestia; lamida por el aliento de fuego del dragón, que barrerá sus bordes con su cola, de forma que los imprudentes sufrirán el fuego y perecerán cayendo a las enfurecidas olas).
Pastor y nauta en los tiempos tremendos… Tu brújula, el Evangelio. En él están la Vida y la Salvación. Y todo está dicho en él. Todos los artículos del Código santo, todas las respuestas para los múltiples casos de las almas están en él. Y haz que de él no se separen ni los Sacerdotes ni los fieles. Haz que no vengan dudas sobre él, ni alteraciones a él, ni sustituciones ni sofisticaciones.
El Evangelio… soy Yo mismo el Evangelio. Desde el nacimiento hasta la muerte. En el Evangelio está Dios. Porque en él aparecen manifiestas las obras del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo. El Evangelio es amor. Yo he dicho: “Mi Palabra es Vida”. He dicho “Dios es caridad”. Que conozcan, pues, los pueblos mi Palabra y tengan en ellos el amor, o sea, a Dios. Para tener el Reino de Dios. Porque el que no está en Dios no tiene en sí la Vida. Porque los que no reciban la Palabra del Padre no podrán ser una
sola cosa con el Padre, conmigo y con el Espíritu Santo en el Cielo, y no podrán pertenecer a ese único Redil que es santo como Yo quiero que lo sea. No serán sarmientos unidos a la Vid, porque quien rechaza en su totalidad o parcialmente mi Palabra es un miembro por el que ya no circula la savia de la Vid. Mi Palabra es savia que nutre y hace crecer y fructificar.
Todo esto lo haréis en recuerdo de mí, que os lo he enseñado. Mucho más podría deciros sobre estas cosas. Pero me he limitado a echar la semilla. El Espíritu Santo la hará germinar. He querido daros Yo la semilla, porque conozco vuestros corazones y sé cómo titubearíais, a causa del miedo, por indicaciones espirituales, inmateriales. El miedo a caer en engaño paralizaría vuestra voluntad. Por eso os he hablado -Yo primero- de todas las cosas. Luego el Paráclito os recordará mis palabras y os las ampliará detalladamente. Y no temeréis porque recordaréis que la primera semilla os la di Yo.
Dejaos guiar por el Espíritu Santo. Si mi Mano os ha guiado con dulzura, su Luz es dulcísima. Él es el Amor de Dios. Así Yo me marcho contento, porque sé que Él ocupará mi lugar y os guiará al conocimiento de Dios. Todavía no lo conocéis, a pesar de que os haya hablado mucho de Él. Pero no es culpa vuestra. Vosotros habéis hecho de todo por comprenderme y por eso estáis justificados, a pesar de que hayáis comprendido poco en tres
años. La falta de la Gracia ofuscaba vuestro espíritu. Ahora también comprendéis poco, aunque la Gracia de Dios haya descendido de mi cruz sobre vosotros. Tenéis necesidad del Fuego.
Un día hablé de esto a uno de vosotros, yendo por los caminos de las orillas del Jordán.
La hora ha llegado. Vuelvo a mi Padre, pero no os dejo solos, porque os dejo la Eucaristía, o sea, a vuestro Jesús hecho alimento para los hombres. Y os dejo al Amigo: al Paráclito. Él os guiará. Paso vuestras almas de mi Luz a su Luz y Él llevará a cabo vuestra formación.

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