Que todos sean uno

Que yo vea con tus ojos Cristo mío, Jesús de mi alma.

Empecé a pensar sobre este tema (otra vez) al leer la noticia sobre el protestante iraní condenado a muerte. Luego, al reflexionar sobre las manifestaciones en Francia en contra de la ofensa a Cristo por la obra blasfema.
En un comentario sobre la primera noticia se recordaba la afirmación de San Agustín que ni siquiera el bautismo de sangre -martirio- salvaba a los herejes.
De Baptismo IV,17.24
“Ni este bautismo aprovecha el hereje, aunque haya perdido la vida fuera de la Iglesia confesando a Cristo. Y es una gran verdad: al morir fuera de la Iglesia manifiesta bien claramente que no tiene la caridad de que habla del Apóstol”. Luego se completaba, en otro comentario, ese pensamiento con una frase del Concilio de Florencia, más o menos así: “No es sólo la opinión de San Agustín. El Concilio de Florencia también lo repite. No tengo a mano el Denzinger, pero ahí se cita, diciendo que ni siquiera el derramamiento de sangre en nombre de Cristo sirve para salvarse si no es unido a la Iglesia Católica”.
Sostengo, con el fin de preparar la argumentación para lo que quiero defender, que si estas dos afirmaciones se toman literalmente, contienen una contradicción. Me explico, desde esta perspectiva: es imposible confesar a Cristo y no confesar todo lo que Cristo hizo, enseño, y en concreto fundó, como es la Iglesia. Es decir, confesar a Cristo implica confesar a Cristo entero, su ser, sus obras, sus enseñanzas. Y por ende, ser miembro de su Cuerpo Místico. En otro sentido, lo que le falta a las afirmaciones mencionadas es una aclaración o matización de tipo “aunque crea que confiese a Cristo”, o sea, manteniendo el sentido de otra definición patrística “no puede tener a Dios por Padre aquel que no tiene la Iglesia por Madre”. De allí que, el que sabe leer es el Magisterio.
Estas reflexiones me sirven para afirmar que nuestra fe debe irradiarse siempre de Cristo y que es su voz la que siempre debe buscarse en cualquier texto de autoridad, por lo demás, presente en virtud de su promesa. Solamente Él, su Espíritu, da sentido a un texto, el cual siempre debe leerse con sus ojos, con su Espíritu, el mismo en el que fue escrito. Aplíquese lo mismo al Magisterio.
Consideraré otro ejemplo, el de la carta de los apóstoles a los primeros cristianos, elaborada en el Concilio de Jerusalén “… porque hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que las necesarias: abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la fornicación. Obraréis bien al guardaros de estas cosas. Que tengáis salud”.
Hay una cosa que es esencial en esta carta – no condicionar la Gracia de Cristo a la Ley de Moisés. Pero hay algo que era conveniente en ese tiempo, y al mismo tiempo accidental – la abstención de la sangre y de lo estrangulado. Obviamente, era una concesión a los cristianos de origen judío celosos de sus tradiciones. Sin embargo, siglos después, a San Bonifacio que evangelizaba a los pueblos germánicos, esta disposición de abstención le parecía todavía vinculante, incluso se dispuso a peregrinar a Roma con el fin de librarse de la duda.
Lo que quiero decir es que si me agarro a un texto, con el afán principal, en definitiva, de polemizar, siempre tendré oportunidades para la polémica, sea el tiempo que sea y el siglo que sea. Ergo, solamente si doy fe a las irrevocables palabras de Cristo “no prevalecerán” o “… estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” y entienda que es Él que hace el centro de la enseñanza de la Iglesia, que todos los concilios son como las circunferencias concéntricas que comparten el mismo centro: Cristo, y que ninguna se pueda ver de forma aislada, solamente entonces pueden ser interpretados de forma adecuada.
Lo otro es rigidez que proviene de la letra que mata, mientras que el Espíritu vivifica. Siempre es el tiempo para la fe y para la herejía, sobre todo para la rigidez y la terquedad. La rigidez no es pues una propiedad del pasado, también se puede dar en la modernidad, y tanto. Recuerdo conferencias en las que se exponía algo así que lo que Constantino estropeó, fue arreglado ya con el Concilio Vaticano II. En demasiado ambientes de facto se tendía o defendía una ruptura con lo anterior, olvidando que precisamente Cristo inspiró lo anterior. Allí está la gravedad, por eso se puede decir que los problemas aparecen cuando Cristo desaparece del horizonte de la reflexión.
Sin embargo, se requiere la fe para ser un digno hijo de la Iglesia, no excusarse en los problemas que aparecen de vez en cuando, o sea siempre, para decir “me voy, esto no hay quien lo aguante”. Se requiere la fe, la cual se prueba en la dificultad. Non praevalebunt quiere decir precisamente eso: que va a haber tempestades y embestidas contra la barca, pero Él no dejará que se hunda, como lo hizo en el lago de Galilea con la pequeña barca de su Pedro.
La unidad es el carácter esencial de nuestra fe, contenido inconfundiblemente en el mismo misterio de la Santísima Trinidad. Lo más sorprendente es que Jesús pide esa unidad para sus discípulos: “Que todos sean uno; como Tú, Padre, en mí y yo en Ti”(Jn 17,21). Leo en una página del sector duro de la FSSPX la advertencia a los files que pasan por sus centros de que no se preocupen por la unidad, sino por la verdad. Pero es que es la misma Verdad que pide la unidad. Dios Uno y Trino.
La caridad en la verdad, la verdad en la caridad. La verdad debe revestirse de caridad para convencer. La verdad sola y a palo seco puede escocer. Las heridas del hombre atacado por los ladrones en la parábola del buen samaritano fueron suavizadas primero con el aceite, luego lavadas con el vino que limpia y desinfecta. La verdad se transmite y comunica mejor en el ambiente preparado por la caridad.
Se nos habla mucho del ecumenismo. Sin embargo, el primer ecumenismo debe empezar por la casa, entre los católicos. Consideraré otra vez el tema de las protestas por las representaciones teatrales blasfemas. Si algo me gusta en este tema, es que las protestas (que siguen por toda Francia) no se hicieron por la defensa de una idea, sino en defensa de Cristo. Al parecer, los que las promovieron eran los miembros de las asociaciones ligadas a la FSSPX, pero un amplio número de católicos de distintos movimientos y realidades eclesiales las secundó. La última protesta (17-XI) está en Toulouse, ¡por otra obra: Gólgota Picnic!

En algunos sectores eclesiásticos existe un recelo por las mismas, por una parte, y por otra se intenta quitar hierro al asunto diciendo que la obra de Castellucci no es blasfema, como afirma un sacerdote en este artículo. Sin embargo, la realidad es diferente. En las calles francesas ha ocurrido un fenómeno prácticamente desconocido hasta ahora por la magnitud que lleva. Muchos corazones de cristianos ofendidos en su Dios se han unido en la protesta. Una protesta que impresiona, que deja huella. La candidata Christine Boutin para las elecciones presidenciales francesas del 2012 las ha expresado en su web mediante la siguiente imagen, tan ilustrativa:

La parábola del buen samaritano se aplica normalmente, y con razón, al desinteresado amor al prójimo. Pero en este caso el prójimo es el mismo Cristo, es nuestro Jesús que está vilipendiado, humillado, ofendido, atacado por ladrones en el camino de Jericó. Son sus heridas que deben ser curadas y lavadas con amor de desagravio. Por eso creo que el Espíritu Santo ha suscitado en los hijos adoptivos en Cristo un amor de reparación hacia Él, como vemos en Rennes,

[ha ocurrido una cosa interesante en Rennes, un grupo de musulmanes se ha unido a los manifestantes católicos diciendo que el islam defiende a todos sus profetas. En laprensa local relataban así este hecho “los fundamentalistas islámicos se unieron a los integristas católicos”. Tiene gracia la cosa. Tanto esfuerzo con los musulmanes para que hagan algo con nosotros, y aquí se unen por si solos. Posiblemente ven que aquí hubo gente que creía, que defendía aquello en lo que cree. Comenta Raymond Ibrahim, americano, hijo de los coptos egipcios, uno de los mejores analistas sobre la temática del islam que conozco, que incluso aquellos imanes considerados moderados por los medios occidentales, consideran a partir del diálogo tal y como se lleva muchas veces con los cristianos, que estos no creen en nada. ¡No se puede dialogar transmitiendo la idea, de facto, que no crees en nada! Si ya dialogas, debe quedar claro en lo que crees, se debe notar.]
un amor que también estos ocho capuchinos y el sacerdote diocesano que los acompaña no rehusaron mostrar delante del teatro de Toulouse

aunque tuvieron que escuchar La Internacional que les cantaron en respuesta y como reclamo de la “libertad de expresión”, según narra este periódico de izquierda.
No es esto ningún romanticismo, es el testimonio, protesta de las más legítimas, es la fe. Decía Tracey Rowland en su libro La fe de Ratzinger que el cardenal Ratzinger tomaba el símil de la justificación de procesiones eucarísticas frente a la incredulidad protestante, editada por los padres conciliares de Trento “deben mostrar públicamente el triunfo de la verdad de tal forma que, frente a tal magnificencia y tal alegría por parte de toda la Iglesia, los enemigos de la verdad desaparezcan o, afligidos por la vergüenza, alcancen a entender”, como un ejemplo del testimonio del amor cristiano al mundo paganizado de la generación del 68, del testimonio de amor auténtico frente a la degradación. Pues eso, es necesario que el mundo de hoy, un día tras otro, vea el testimonio de amor. Ese testimonio que es tan apoyado por la unidad de los cristianos,pedida encarecidamente por Cristo en sus últimas horas antes de la muerte “conocerán que sois mis discípulos…”. El ecumenismo debe también venir de abajo, es la respuesta al soplo del Espíritu Santo.
En la audiencia que tenía con el Papa Juan XXIII, en el 1960, san Josemaría Escrivá decía “Padre Santo – le aseguraba -, en nuestra Obra siempre han encontrado todos los hombres, católicos o no, un lugar amable: no he aprendido el ecumenismo de Vuestra Santidad. Él se rió emocionado, porque sabía que, ya desde 1950, la Santa Sede había autorizado al Opus Dei a recibir como asociados Cooperadores a los no católicos y aun a los no cristianos”. Algo parecido decía en una carta del 12-XII-1952 (las dos citas tomadas del libro de A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, III): “Protestantes de muy diversas denominaciones, hebreos, mahometanos, paganos, pasan de la noble amistad con una hija o con un hijo mío a la participación en labores de apostolado. Y, como por un plano inclinado, tienen así ocasión de conocer la riqueza de espíritu que encierra la doctrina cristiana. A bastantes les dará el Señor la gracia de la fe, premiando así su buena voluntad, manifestada en la leal colaboración en obras de bien.”
Pues eso, no hay que hablar mucho más. Si Cristo es el objeto supremo de nuestro amor, el camino se unidad será suavizado por su caridad.
Un post escrito sin ningún ánimo de polémica en la que no quiero participar y por la que pido que no se inicie. ¡No olvidéis el título del post!

Que yo vea con tus ojos Cristo mío, Jesús de mi alma.

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