Religiosas, mártires y beatas. Apreciaron su honor más que su vida, temieron al pecado más que a la muerte.

A finales de septiembre se celebró en Bosnia-Herzegovina la beatificación de cinco religiosas conocidas como “Mártires de Drina”. Una de las cosas más llamativas de su martirio fue la circunstancia de su muerte. Pero empecemos por el principio.

Diciembre de 1941. La segunda guerra mundial se lleva a cabo en todos los Balcanes con la crueldad que caracteriza este territorio y a la que están acostumbrados sus habitantes. En Bosnia-Herzegovina no se quedan atrás, más todavía. La tierra habitada principalmente por católicos, ortodoxos y musulmanes. En el contexto de la ocupación nazi, se desarrolla una salvaje guerra civil entre ustashi y chetniks, radicales croatas y serbios respectivamente. De los musulmanes se ocupó el mismo Hitler, asignando al tío de Arafat dirigir la unidad musulmana de las SS que en el este de Bosnia masacró a unos cien mil serbios.
En todo este embrollo se encuentran almas puras de las religiosas mártires.

Se ocupaban, en una zona habitada por importante presencia de la población serbia, de atender a los más desfavorecidos, especialmente huérfanos, sean de pueblo que sean. Llegaban los rumores de las atrocidades de los chetniks. Si no eras serbio, estabas en grave peligro de muerte. ¿Abandonar la zona o no? Una pregunta cargada de gran responsabilidad. Deciden quedarse pero, ¿cómo dejar a estos indefensos y desatendidos? Persisten durante un tiempo, hasta que finalmente no caen prisioneras en manos de chetniks. Las llevan a la zona controlada por ellos, cerca del río Drina, la frontera histórica entre Bosnia-Herzegovina y Serbia, ya utilizada por el emperador Diocleciano en el 395 para marcar el límite natural entre los imperios romanos de Occidente y Oriente. Las encierran en un piso superior de un edificio convertido en cuartel de los chetniks. Estos personajes fueron conocidos por sus bestialidades y borracheras más que por sus acciones bélicas. Dejo aquí unas escenas de una película que reproduce el ambiente de entonces. Lo peor es que no hace falta dudar mucho de la autenticidad de estas costumbres (documentadas históricamente), porque además es muy fácil encontrar vídeos de los chetniks actuales con canciones similares, o iguales a la que reproduzco “mataremos, degollaremos, ¿quién no lo hará con nosotros?, ¿quién no lo hará por el rey?”

Cuando pues esta turba borracha y salvaje intentó irrumpir en la habitación en la que estaban encarceladas las religiosas, la causa de beatificación aclara “no queriendo ser objeto de pecado intentaron huir,…” saltaron del primer piso obteniendo lesiones graves. Los chetniks les dispararon y luego tiraron sus cuerpos al río Drina.

Dos cosas hay que resaltar aquí. La primera es que, como la misma causa lo indica, fueron asesinadas por el odio hacia su fe. La segunda es que, sabiéndose el templo de Espíritu Santo, no quisieron ser objeto de pecado, valoraron sus votos, su santidad, su cuerpo consagrado como su alma al Señor, más que la propia vida.

De las dos cosas hay que sacar conclusiones para nuestro tiempo de hoy. Intercesoras nuevas tenemos para las dos cuestiones, la castidad y la unión de los cristianos. Empezaré por la primera, partiendo de una noticia reciente.

La juez Gloria Poyatos Matas, experta en el tema de la prostitución, demostró de forma administrativa con su propia persona que es posible de darse de alta en la actividad económica como prostituta. O con palabras exactas que se refieren a esa profesión, como “trabajadora sexual”. Sus argumentos son muy simples, todo un marco de positivismo jurídico a ultranza. Se trata de legalizar esa “actividad” con el fin de legalizar la circulación de dinero que se produce en esos casos, o sea, que sea posible fiscalizar esos ingresos de forma que la Hacienda pueda aplicar correspondientes impuestos en estos casos.

Una decadencia moral consumada. El problema es la prostitución en sí, no su legalización. La prostitución es trata de mujeres, es moderna esclavitud y su legalización pertenece al ámbito infernal. Es legalizar el crimen, es contradicción en sí. Y todo eso es posible cuando se pierde el horizonte moral, cuya pérdida produce como enésimo resultado casos como estos. Todo a su vez consecuencia de la rampante secularización y descristianización de la sociedad.

El aborto no es lo único contra lo que luchar. Al final y al cabo el aborto también tiene tantísimo que ver con la pérdida del sentido cristiano de la vida. Este sentido es el que impregna luego nuestra acción moral. Muchas veces es lo único que trasciende hacia los demás, pero no por eso es menos necesario. Los cristianos son la conciencia del mundo, deben elevar su voz en contra de lo intrínsecamente malo que nos rodea. Con el mal no se negocia. Eso es lo que debemos ayudar a todos tener impregnado en sus mentes. Un tema amplio que con creces supera una entrada en un blog, requiere acción y lucha en amplios ámbitos.

La segunda cuestión es la unión de los cristianos. Después de esta última guerra tantos nos decíamos, hablábamos de lo que hemos visto, que si los ortodoxos y los católicos hubiésemos pertenecido a la misma Iglesia, la Católica, como en el primer milenio, no tendríamos esta guerra. Ni tampoco existiría el asedio y destrucción de Constantinopla en 1204 por los cruzados en la IV Cruzada. Dicen que los de Constantinopla no les quisieron dar ni agua a los cruzados, y estos se olvidaron de los turcos y se abalanzaron contra la capital. En fin, eso tampoco hubiera existido. En el siglo XIX con el pujante Imperio Austro-Húngaro el fin de los turcos en los Balcanes estaba más cerca que nunca. Pero los ortodoxos les preguntaron “si nos unimos a vosotros, ¿tendremos que ser católicos?”. La respuesta fue que sí, por lo que les respondieron que como los turcos les dejan ser ortodoxos, luchad entonces por vuestra cuenta sin nosotros. El tema tuvo bastante que ver en la primera guerra mundial, luego sobre todo en la segunda, como acabamos de ver. Y hasta hace menos de veinte años.

Los delegados papales del Papa Leon IX, siendo la Sede vacante, ¿tuvieron que excomulgar a Miguel Cerulario?

“Regía la sede romana León IX, hombre recto, patrocinador de la reforma eclesiástica iniciada en el monasterio de Cluny, y defensor de la primacía papal. Regentaba el patriarcado de Constantinopla Miguel Cerulario, elegido por tal el día de la Encarnación del Señor del año 1.043, desde su condición de simple fiel. Con una muy deficiente formación teológica, se distinguía por una morbosa antipatía a todo lo occidental y a sus instituciones, con especial incidencia en la iglesia romana y en su representante el Papa, que le llevó a acusarle reiteradamente de inmerso en la herejía por hechos más relacionados con la liturgia o la disciplina que con las cuestiones teológicas. Quiso León IX solucionar los continuos roces y conflictos y envió una delegación a Constantinopla, encabezada por su consejero el monje Humberto, Cardenal Obispo de Silvia Cándida, y los arzobispos mencionados anteriormente. Parece que no estuvo afortunado en la elección del personaje, cuya aversión a lo bizantino era manifiesta. Se presentó en Constantinopla dispuesto a proclamar la autoridad pontificia, pero en ningún caso a dialogar. Redactó una bula conminatoria, con un lenguaje nada diplomático y, sin entrevistarse con el Patriarca, la depositó sobre el altar de la iglesia patriarcal y se volvió a Roma tan feliz, tras haber lanzado excomuniones y entredichos a todos los jerarcas bizantinos. El Patriarca le devolvió la moneda excomulgando, a su vez, al Papa y a sus legados y rompiendo toda relación con Roma. (El Cisma de Oriente. Por Jesús Simón Pardo)”

Una excomunión que se levantó más de nueve siglos más tarde con el Papa Pablo VI y Atenágoras I. Una decisión que tuvo tanta repercusión en los siglos venideros.
La terquedad en un lado, la rigidez en el otro, todo tiene su peso y su responsabilidad.

En fin, ha pasado lo que haya pasado. Pero siempre tocará aquel mandato del Señor que nos lo dejó poco antes de morir “que todos sean uno”. Cuando una persona hace constar un deseo en las horas previas a su muerte, es porque le importa muchísimo. A las Mártires de Drina no les importaba atender a los huérfanos de las familias ortodoxas. La unión viene por la caridad, exige esfuerzo y sacrificio. A cada uno de nosotros también le debe importar igual. Todo esfuerzo que se haga en esa dirección es poco.
Luego nos espera el juicio.

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