Mt 17:20 (21) sigue siendo la Palabra de Dios. Necesidad imperiosa de su predicación

Las armas de combate del cristiano

Pero, frente a este odio satánico contra la religión, que recuerda al misterio de iniquidad de que habla San Pablo (II Tes. 2, 7), los solos medios humanos y las providencias de los hombres no bastan: y Nos, Venerables Hermanos, creeríamos ser indignos de Nuestro apostólico ministerio si no tratáramos de señalar a la humanidad los maravillosos misterios de luz que esconden en sí ellos solos la fuerza para subyugar a las tinieblas. Cuando el Señor, descendiendo de los esplendores del Tabor, devolvió la salud al joven maltratado por el demonio, que sus discípulos no habían podido curar, a la humilde pregunta de éstos: ¿Por qué causa no lo hemos podido nosotros echar?, contestó con las memorables palabras: Esta casta no se arroja sino mediante la oración y el ayuno. (Mt 17, 18-20)

(Caritate Christi Compulsi, Carta Encíclica sobre la crisis material y espiritual del mundo actual  y su remedio: la reparación al Sagrado Corazón de Jesús, 3 de mayo de 1932)

Estaba leyendo estas palabras de Pío XI cuando me dije: “espera, esta cita del Evangelio no me suena haberla leído hace tiempo; voy a ver si en alguna edición de la Biblia o Nuevo Testamento viene reflejada”.

Busqué en las últimas ediciones de la Biblia y NT; lo que encontraba era más o menos lo siguiente: la frase en el mejor de los casos fue indicada al píe de la página, pero se añadía – este verso no viene en los manuscritos más antiguos y/o, probablemente ha venido aquí del Evangelios de San Marcos. (Siendo cierto que en lugar correspondiente del Evangelio de San Marcos no venía la palabra ayuno.)

Para abreviar la cuestión, en las ediciones no tan recientes de la Biblia, en la Vulgata y también en la Biblia ortodoxa rusa (con texto idéntico a la de Vulgata), sí venía la mencionada cita. Y, como vemos, el mismo pontífice la cita en un documento solemne de no hace tanto tiempo.

¿Qué ha pasado pues? ¿Mt 17, 20 ha dejado de ser la Palabra de Dios? Por mucho que intenten algunos y lo llamen como les plazca o se vayan por los cerros de Úbeda,Mt 17, 20 no ha dejado de ser la Palabra de Dios. En efecto, ni siquiera los que editan el NT con estas indicaciones lo afirman así – ¡Dios nos libre!, no lo dicenexplícitamente, pero en la práctica esa afirmación es implícita desde la perspectiva de muchos que lo leen.

A mí como cristiano no me interesa si un texto aparece en este o en otro manuscrito; si en un manuscrito temprano o más tardío; si en la mayoría de ellos o tan solamente uno… lo que me importa, lo único que me importa es lo que la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo como es, aceptó y admitió en el Canon de las Escrituras, con todos los textos que consideraba que debía incluir. Y, una vez admitidos, no deben moverse de allí.

Pero como comenté, muy lamentablemente, de hecho y en términos prácticos para muchas personas, Mt 17, 20  sí dejó de ser la Palabra de Dios. Lo que está a píe de página de aquella manera, ¿quién sabe qué es? Proceder de esa manera debilita enormemente la fe de los fieles en la Palabra de Dios, algo cuya importancia, más que importancia, algo esencial para los cristianos, porque, como sabemos, la fe se recibe por la escucha de la Palabra de Dios. ¿Qué es entonces la Palabra de Dios, es lógico que uno se pregunte, o lo perciba como por ósmosis? ¿Algo que evoluciona, algo que depende de la calidad de texto, de la frecuencia de su aparición en los mejoresmanuscritos, etc.?

Nada de eso debe importarme, no hay textos mejores o peores. Toda la Escritura es obra del Espíritu Santo, su verdadero autor (Dei Verbum, por enésima vez). Y esteverdadero autor inspiró a su vez a la Iglesia para decir qué es y qué textos son la Palabra de Dios. Y eso ya no se debe tocar.

Hace cuatro días, o sea unos ochenta años que para la Iglesia son cuatro días, Pío XI en dos encíclicas suyas de máxima importancia como son la mencionada Caritate Christi Compulsi y Divini Redemptoris (1937, sobre comunismo ateo) basa su invitación a combatir los males de la sociedad de entonces en primer lugar en estos textos evangélicos, a partir de los cuales arranca su disertación sobre la necesidad, urgencia y conveniencia de ese proceder.

En cambio hoy… silencio en el valle de las lágrimas. Dolor, mucho dolor, pero la medicina no se proporciona, no se predica. ¿Cuándo alguien os ha invitado a penitencia o mortificación activa, os la ha sugerido en una homilía? Nunca, tal vez entonces tampoco (cierto, en términos generales, luego hablaré de alguna excepción).

Tanto es así que, en la práctica, a la oración por aquí y por allá sí se invita; pero al ayuno, como no sea casi por cumplir con ocasión de dos días cuaresmales, como que no. Mejor dicho: no, nunca lo oiréis.

¿Quién es el que tiene el máximo interés en que estas palabras no estén el NT? El diablo. Porque, si esta clase de demonios es expulsada únicamente por la oración y el ayuno, es lógico que al diablo, que no quiere ser expulsado, no le interese que se hable de ello. Obviamente, los cristianos no deben secundar la voluntad del padre de la mentira.

Pasaré a continuación a comentar brevemente los bellísimos párrafos, sobre todo de CCC y dos breves de DR de Pío XI. Es un texto tan hermoso, tan acertado, tan de aplicación en hoy en día que me parecía conveniente dejarlo a disposición de los lectores. Con que uno solo, tal vez tú, querido lector, o tú, distraído autor, decidas de aplicarlo en tu miserable vida tan necesitada de divino auxilio, me doy por satisfecho con largueza.

El contexto social en el que se escribe la encíclica:

Introducción

La caridad de Cristo Nos impulsó a invitar con Nuestra Encíclica “Nova impendet” del 2 de Octubre pasado a todos los hijos de la Iglesia Católica, y a todos los hombres de corazón, a agruparse en una santa cruzada de amor y de socorro para aliviar en algo las terribles consecuencias de la crisis económica en que se debate la humanidad; y en verdad con admirable y concorde arranque contestó a Nuestro llamado la generosidad y actividad de todos.

Mas el malestar ha ido creciendo, el número de los desocupados en todas partes ha aumentado, y de ello aprovechan los partidos de ideas subversivas para intensificar su propaganda; por lo que el orden público se encuentra amenazado cada vez más y el peligro del terror o de la anarquía, se cierne siempre mayor sobre la actual sociedad. En tal estado de cosas, la misma caridad de Cristo Nos estimula a dirigirnos de nuevo a vosotros, Venerables Hermanos, a vuestros feligreses, a todo el mundo, para exhortar a todos a unirse y a oponerse con todas sus fuerzas a los males que oprimen a toda la humanidad, y a aquellos aun peores que la amenazan.

1. La crisis financiera y económica

2. Lamentable estado de cosas.

Si recorremos con el pensamiento la larga y dolorosa serie de males que, triste herencia del pecado, han señalado al hombre caído las etapas de su peregrinación terrenal,desde el diluvio en adelante, difícilmente nos encontraremos con un malestar espiritual y material tan profundo, tan universal, como el que sufrimos en la hora actual; hasta los flagelos más grandes, que han dejado ciertamente en la vida y en la memoria de los pueblos huellas indelebles, cayeron ora sobre una nación ora sobre otra. En cambio, ahora la humanidad entera se encuentra tan tenazmente agobiada por la crisis financiera y económica, que cuanto más se agita, tanto más indisolubles parecen sus lazos; no hay pueblo, no hay Estado, no hay sociedad o familia, que en una u otra forma, directa o indirectamente, más o menos, no sientan su repercusión.Los mismos, escasos por cierto en número, que parecen tener en sus manos, junto con las riquezas más grandes, los destinos del mundo; hasta aquellos poquísimos, que con sus especulaciones han sido o son en gran parte la causa de tanto malestar, son ellos mismos con frecuencia sus primeras y más dolorosas víctimas, que arrastran consigo al abismo las fortunas de innumerables otros; verificándose así en modo terrible y en todo el mundo, lo que el Espíritu Santo proclamara para cada uno de los pecadoresCada cual es atormentado por las mismas cosas con las que ha pecado. (Sab. 11. 17)

Lamentable estado de cosas, Venerables Hermanos, que hace gemir Nuestro corazón de padre y Nos hace sentir siempre más íntimamente la necesidad de imitar, en Nuestra pequeñez, el sublime sentimiento del Corazón Sacratísimo de Jesús: Tengo compasión de este pueblo. (Marc. 8, 2)

Después de citar las palabras de Mt 17, 18-20:

a) La oración y espíritu sobrenatural

Plácenos, Venerables Hermanos, que estas divinas palabras se deben aplicar exactamente a los males de nuestros tiempos, que sólo por medio de la oración y de la penitencia pueden ser conjurados.

Teniendo presente, pues, nuestra condición de seres esencialmente limitados y absolutamente dependientes del Ser Supremo, recurramos, antes que nada, a la oración. Sabemos por la fe cuál sea el poder de la oración humilde, confiada, perseverante; a ninguna otra obra piadosa fueron jamás acordadas por el Omnipotente Señor tan amplias, tan universales, tan solemnes promesas como a la oración: Pedid y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad y os abrirán. Porque todo aquel que pide recibe; y el que busca, halla; y al que llama se le abrirá (Mat. 7, 7-8). En verdad, en verdad os digo, que cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo concederá (Juan 16, 23).

9. Llamado mundial a una campaña de piedad. 

¿Y qué motivo más digno de nuestra plegaria, y más relacionado con la persona adorable de Aquél, que es el único mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hecho hombre (I Tim. 2, 5)que implorarle la conservación sobre la tierra de la fe en el solo Dios vivo y verdadero?

La oración no es un cuento, no es fútil, es algo real y eficaz, enseña a poner el orden en las cosas creadas por parte del hombre; aprende a que lo importante es la vida eterna a la que el buen uso de esta debe llevar:

La oración quita el obstáculo dando el recto concepto de los bienes reales. 

La oración, además, quitará de en medio, precisamente, la causa misma de las actuales dificultades, más arriba indicadas por Nos, a saber: la insaciable ambición de los bienes terrenales. El hombre que ruega mira arriba, es decir, a los bienes del cielo que medita y desea, todo su ser se hunde en la contemplación del admirable orden creado por Dios, que no conoce el frenesí de los acontecimientos ni se pierde en fútiles competencias de siempre mayor velocidad; y entonces, casi por sí solo, se restablecerá aquel equilibrio entre el trabajo y el descanso que con grave daño de la vida física, económica y moral, falta en absoluto a la moderna sociedad. Y si aquellos que por la superproducción industrial han caído en la desocupación y en la miseria, quisieran dar el tiempo conveniente a la oración, el trabajo y la producción volverían bien pronto a sus límites razonables, y la lucha que ahora divide a la humanidad en dos grandes campos de combate por los intereses  transitorios, quedaría absorbida en la noble contienda por la adquisición de bienes celestiales y eternos.

10. Prepara para los santos deseos de paz del alma y de las naciones. 

En esta forma se abriría camino también a la tan suspirada paz, como muy brillantemente lo señala San Pablo, en la página donde une precisamente el precepto de la oración con los santos deseos de paz y de la salvación de todos los hombres. Recomiendo, pues, en primer lugar, que se hagan súplicas, oraciones, votos, acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en alto puesto, a fin de que tengamos una vida quieta y tranquila en el ejercicio de toda piedad honestidad. Esto, en efecto, es cosa buena y agradable a los ojos de Dios, Salvador nuestro, el cual quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (I Tim. 2, 1-4). 

Hombres que en toda nación ruegan mismo Dios por la paz sobre la tierra, no pueden ser al mismo tiempo portadores de discordia entre los pueblos; hombres que se dirigen en su plegaria a la Divina Majestad no pueden fomentar aquel imperialismo nacionalístico que de cada pueblo hace su propio Dios: hombres que miran al Dios de la paz y de la caridad (II Cor. 13, 11)  que a El recurren por medio de Cristo, que esnuestra paz (Efes. 2, 14), no encontrarán descanso hasta que la paz, que no puede dar el mundo, descienda del Dador de todo bien, sobre los hombres de buena voluntad (Luc. 2, 14).

La paz sea con vosotros (Juan 20, 19. 26), fue el saludo pascual del Señor a sus Apóstoles y primeros discípulos; y este saludo de bendición, desde aquellos tiempos primitivos hasta nuestros días, jamás ha faltado en la sagrada liturgia de la Iglesia, y hoy, más que nunca, debe confortar y reanimar de nuevo los exacerbados y oprimidos corazones humanos.

Sobre la necesidad de la penitencia, de la que nadie habla. No pertenece al pasado; no es antigualla, es bíblico, es de Dios, es querida y promovida por Dios; Dios quiere que se le suplique, que se expíe por los pecados propios y ajenos; no es pelagianismo, es implorar a Dios, movidos por el Espíritu Santo, a que nos salve y venga a nuestro encuentro, el único capaz de construir la ciudad, sin el cual el hombre se cansa en vano:

La penitencia

11. La primera predicación de Jesús avivaba el espíritu de penitencia

Mas a la oración hay que agregar también la penitencia, el espíritu de penitencia, la práctica de la penitencia cristiana. Así nos lo enseña el Divino Maestro, cuya primera predicación fue, precisamente, la penitencia: Empezó Jesús a predicar y decir: Haced penitencia (Mat. 4, 17). Así nos lo enseña también toda la tradición cristiana, toda la historia de la Iglesia; en las grandes calamidades, en las grandes tribulaciones del Cristianismo, cuando era más urgente la necesidad de la ayuda de Dios, los fieles espontáneamente, o, lo que era más frecuente, siguiendo el ejemplo y la exhortación de sus sagrados Pastores, han echado mano de las dos valiosísimas armas de la vida espiritual: la oración y la penitencia. Por aquel sagrado instinto, del que casi inconscientemente se deja guiar el pueblo cristiano cuando no ha sido extraviado por los sembradores de cizaña y que por otra parte no es otra cosa que aquel sentimiento de Cristo (I Cor. 2, 16), de que nos habla el Apóstol, los fieles siempre han experimentado en tales casos la necesidad de purificar sus almas del pecado mediante la contrición de corazón, con el sacramento de la reconciliación; y de aplacar la Divina Justicia aun con externas obras de penitencia.

Penitencia como medio de expiación. 

Bien sabemos y con vosotros, Venerables Hermanos, deploramos, que en nuestros días la idea y el nombre de expiación y de penitencia, en muchos han perdido en gran parte la virtud de suscitar aquellos arranques del corazón y aquellos heroísmos de sacrificio que otrora sabían infundir, mostrándose a los ojos de los hombres de fe como marcados por un carácter divino a imitación de Cristo y de sus Santos: ni faltan quienes quieran eliminar las mortificaciones externas, motejándolas de antiguallas; sin hablar del moderno hombre autónomo, que desprecia la penitencia como expresión de índole servil, y es así lógico que cuanto más se debilite la fe en Dios, tanto más se confunda y desvanezca la idea de un pecado original y de una primitiva rebelión del hombre contra Dios, y, por tanto, se pierda aun más el concepto de la necesidad de la penitencia y de expiación.

Pero nosotros, Venerables Hermanos, debemos, en cambio, por Nuestra obligación pastoral, tener bien en alto estos nombres y estos conceptos y conservarlos en su verdadero significado, en su genuina nobleza y más todavía en su práctica y necesaria aplicación a la vida cristiana.

12. Separación inadmisible. 

A ello nos incita la defensa misma de Dios y de la Religión, que venimos amparando, porque la penitencia es por su naturaleza un reconocimiento y restablecimiento del orden moral en el mundo, fundado en la ley eterna, es decir, en Dios vivo. Quien da a Dios la cumplida satisfacción por el pecado, reconoce en ello la santidad de los supremos principios de la moral, su fuerza interior de obligación, y la necesidad de una sanción contra sus violaciones.

El peligro de separar moral y religión. 

Y es en verdad uno de los más peligrosos errores de nuestra época el haber pretendido separar la moral de la religión, quitando así la solidez de toda base para cualquier legislación. Error intelectual éste, que podía quizás pasar desapercibido y aparecer menos peligroso cuando se limitaba a pocos y la fe en Dios era aún patrimonio común de la humanidad y tácitamente se presumía también aceptada por aquellos que no hacían de ella profesión declarada.

La penitencia como arma contra impiedad. 

Mas hoy, cuando el ateísmo se difunde entre las masas del pueblo las consecuencias prácticas de ese error se tornan terriblemente tangibles y entran en el campo de la tristísima realidad. En lugar de las leyes morales que se desvanecen junto con la pérdida de la fe en Dios, se impone la fuerza violenta que pisotea todo derecho.

La lealtad y corrección de antaño en el proceder y en el comercio mutuo, tan celebrada hasta por los retóricos y poetas del paganismo, da lugar ahora a las especulaciones sin conciencia tanto en los negocios propios como en los ajenos.

Y, en efecto, ¿cómo puede mantenerse un contrato cualquiera, y qué valor puede tener un tratado, donde falta toda garantía de conciencia? ¿Y cómo se puede hablar de garantía de conciencia, donde se ha perdido toda fe en Dios, todo temor de Dios? Desaparecida esta base, cualquier ley moral cae con ella, y no hay remedio alguno que pueda impedir la gradual, pero inevitable ruina de los pueblos, de las familias, del Estado, de la misma civilización humana.

La oración y penitencia no ahogan la alegría; el Papa elogia el sublime ejemplo de San Francisco:

14. El eco de un cántico. 

También para los hombres individualmente es la penitencia base y vehículo de paz verdadera, alejándolos de las riquezas terrenales y caducas, elevándolos hacia los bienes eternos, dándoles aún en medio de las privaciones y adversidades una paz que el mundo con todas sus riquezas y placeres no puede darles. Uno de los cánticos más serenos y jubilosos que jamás se oyera en este valle de lágrimas ¿no es acaso el célebre “Cántico al Sol” de san Francisco? Pues bien; quien lo compuso, quien lo escribió, quien lo cantó, era uno de los más grandes penitentes, el Pobrecito de Asís, que nada absolutamente poseía sobre la tierra y llevaba en su cuerpo extenuado los dolorosos estigmas de su Señor Crucificado.

La súplica del Papa es repetida casi en los mismos términos cinco años más tarde (DR):

61. Pero si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan sus centinelas (Sal 126,1).Por esto os exhortamos con insistencia, venerables hermanos, para que en vuestras diócesis promováis e intensifiquéis del modo más eficaz posible el espíritu de oración y el espíritu de mortificación.

62. Cuando los apóstoles preguntaron al Salvador por qué no habían podido librar del espíritu maligno a un endemoniado, les respondió el Señor: Esta especie [de demonios] no puede ser lanzada sino por la oración el ayuno (Mt 17,20). Tampoco podrá ser vencido el mal que hoy atormenta a la humanidad si no se acude a una santa e insistente cruzada universal de oración y penitencia; por esto recomendamos singularmente a las Ordenes contemplativas, masculinas y femeninas, que redoblen sus súplicas y sus sacrificios para lograr del cielo una poderosa ayuda a la Iglesia en sus luchas presentes, poniendo para ello como intercesora a la inmaculada Madre de Dios, la cual, así como un día aplastó la cabeza de la antigua serpiente, así también es hoy la defensa segura y el invencible Auxilium Christianorum. (Divini Redemptoris, Pío XI, Carta Encíclica sobre comunismo ateo, 19 de marzo1937)

¿Y qué decimos ahora, dónde estamos? En ninguna parte estamos.

Pero siempre dispuestos a tornar a los orígenes, a ser radicales según la voluntad de Dios. Volvamos pues.

SEGUNDA PARTE: un caso concreto y algunas consideraciones prácticas.

Me dirán seguramente algunos, ¿pero si esto precisamente se predica en Medjugorje?

Cierto, y ese es su éxito, y esa es la clave de su éxito. Las cosas como son. Sobre los abusos y errores he escrito bastante, pero esto es también cierto y es de justicia reconocerlo. Ya dije que si se centrara en esto, sería algo impresionante. Algunos dirán, ¿solamente eso? ¿Os parece poco? No hace falta más, y si se aplicara esto y se llevara a la práctica por un número cada vez mayor de personas, el mundo y la Iglesia recibiría un don inmenso.

Lo cierto es que creo que el mundo de hoy necesita de penitencia si cabe más que en los años treinta del siglo pasado. ¿Y quién invita a ello, dónde están los que lo predican? Como estas cosas evidentemente molestan sobremanera al demonio, no es nada raro que se meta en medio. De allí que hay que rechazar lo suyo; aceptar lo de Dios.

Algunas consideraciones prácticas

Comentar la dedicación a la oración, penitencia y mortificación en la dirección espiritual. Si no, como en definitiva se combate al diablo, sin el auxilio divino y dirección adecuada uno perderá por goleada contra el más listo.

Como decía Francisca Javiera del Valle, la mortificación nunca falla, con la penitencia hay que llevar cuidado: puede generar soberbia (con esto no se ha dicho que no se haga).

El principal ayuno es de pecado, mortal por supuesto, pero también y especialmente en contra de pecado venial deliberado; goce en las imperfecciones conocidas que no se quieran evitar.

Las pequeñas mortificaciones, cuyo principal apóstol fue Santa Teresita del Niño Jesús, nunca fallan; fortalecen el carácter, doblegan el yo, crean a personas recias con capacidad de sufrimiento no declarado y voluntariamente soportado por amor a Dios y al prójimo.

Hacerlas que no se noten, según la recomendación del Señor unge tu cabeza con óleo para que no se ve…a. No obstante, es inevitable que de algunas cosas se percaten las personas más allegadas; por eso no hay que dejar de ofrecer a Dios sacrificios, incomprensiones e incomodidades.

No quejarse del calor, del frío, confiar en Dios en momentos desesperados…

El ayuno hace que una persona sea templada, alegre, que sepa desprenderse de lo superfluo, que no tenga deseos ni aspiraciones vanas,…

…………………

Y lo que ustedes propongan.

Esta casta no se arroja sino mediante la oración y el ayuno.

Yo advierto a todos los que escuchan las palabras proféticas de este Libro: “Si alguien pretende agregarles algo, Dios descargará sobre él las plagas descritas en este Libro. Y al que se atreva a quitar alguna palabra de este Libro profético, Dios le quitará su parte del árbol de la vida y de la Ciudad santa, que se describen en este Libro”. (Ap. 22, 18-19)

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