Un aspecto a evitar en las universidades católicas. Perspectiva desde la DSI

La acción caritativa de la Iglesia y de sus instituciones, su intervención en la sanación de las estructuras sociales como de las mismas sociedades pertenece a su legado y podemos decir que forma parte de su misión evangelizadora. Los pueblos bárbaros fueron evangelizados por la Palabra, tanto como por la caridad y predicación y vida de la justicia y caridad. De allí, que la Iglesia promueva las universidades, escuelas, hospitales y las demás instituciones caritativas es de lo más habitual para la misma.

En la época moderna, en los últimos dos siglos, se hicieron decididos movimientos de los que no simpatizan con la idea cristiana en la dirección de apartar a la Iglesia de estas tareas. Durante el siglo XIX, rabiosamente anticlerical, se llegó a prohibir la actuación pública de la Iglesia vía centros educativos, sanitarios, etc. Se pretendió que sea el Estado quien va a asumir toda acción asistencial, si tal circunstancia fuese posible. Esta situación se prolongó en el siglo XX, llevando la iniciativa a su totalidad en los países del Este.

Pasado el tiempo de una confrontación y persecución abierta, hemos llegado a la situación actual. Parece que vivimos un periodo de tolerancia y respeto hacia las actividades sociales de la Iglesia, pero no es precisamente así.

Existe una trampa en esta época neoliberal que cada vez más se descubre con más nitidez. A la Iglesia se le permite tener sus instituciones, en concreto las educativas, pero salvo en el caso de determinados colegios la enseñanza no es subvencionada (y cuando lo es, es de forma insuficiente por lo que hay que recurrir a una financiación externa, normalmente de los padres).

Uno puede decir: “ni falta que hace”, pero esa postura es equivocada. Es de justicia que el Estado subvencione las actividades legítimas de los ciudadanos. Y si no, que no les pida los impuestos. Porque si no, ¿para qué los quiere? Se supone que es para dar servicio. Pero ese servicio se lo da la sociedad a sí misma, y es de justicia que tal derecho sea reconocido y apoyado.

En caso contrario, es de aplicación el principio liberal: sálvese quién pueda. Si te lo puedes pagar, mejor para ti. Y si no, te daremos una enseñanza pública, pero en esa,mando yo. Y tragarás lo que te ponga y lo que te determine. Los pudientes podrán ir a sus colegios, junto con los hijos de los poderosos y políticos de turno, pero a la mayoría los adoctrinaré yo y moldearé de ellos una sociedad para mí, a mí servicio.

En esta escena entra la Iglesia, porque este es el mundo en el que le ha tocado vivir hoy. Se le permite tener las universidades católicas, por ejemplo. Pero me pregunto, ¿para quién la universidad católica? ¿Es acaso para los menos pudientes, para los que tienen recursos escasos y no han sido agraciados por una posición económica decorosa, para las familias numerosas, para…? No, no y no. Es así, te guste o no.


Un sistema de becas ayuda algo, pero es claramente escaso (becas que son principalmente del Estado, siendo deseable que sean también de la Iglesia). He dicho que es justo que la administración pública apoye estas instituciones al menos tanto como a las “públicas” (como si los de la Iglesia no fueran “públicas”), porque es de justicia reconocer que las instituciones educativas de la Iglesia ofrecen un servicio a la sociedad. Se debe respetar su libertad de acción y financiarla. Debe ser una línea de exigencia de estas instituciones.

Mientras tanto, funcionan como funcionan. Para los más adinerados. Esa es la realidad, nos guste o no, y eso no se puede consentir. ¿Hemos olvidado acaso laopción preferencial por los pobres, una de las ideas más genuinamente evangélicas asumida por los obispos latinoamericanos y promovida universalmente por Juan Pablo II en el Sínodo del 85? Volveremos más adelante sobre el tema.

El peligro no termina allí. Una de las características de la organización de nuestra sociedad actual es la privatización del poder; es decir, la autoridad legítima del estado ha sido suplantada por los organismos privados controlados por un puñado de personas. Lo veremos en el perfecto banco de pruebas que son paísuchos del Este, por variar un poco. Albania, un país con escasos tres millones de habitantes, tiene seguramente al menos un récord: el de las universidades privadas. Las hay 48, y toca más o menos una universidad por cada 60.000 personas. ¿Y dónde está el problema? El problema está que tienes un título, sin asistir siquiera a la universidad por supuesto, por unos diez mil euros (más sobre la noticia aquí).

Es decir, la universidad se ha convertido en un negocio. ¿Creéis que esto inquieta a los de “este lado”? En absoluto, les encanta y si pudieran harían lo mismo. Pastuki tiene sus principios universales y los occidentales son también gente de carne y hueso. Y si no, vamos a comprobarlo nada menos que con Umberto Bossi, el polémico líder de la Liga Norte, partido identitario italiano que no te abandona:

No le daban asco a Umberto los problemáticos albaneses (unos cuantos de ellos) con los que no les importaba cerrar el trato de la compra de un título universitario para su hijo Renzo,

para lo que tuvo que matricularlo en la universidad incluso antes de que terminara el bachillerato. Por supuesto, sin saber ni papa de albanés ni haber pisado jamás el suelo de Albania. Todo lo cual provocó la dimisión de la joven promesa de la Liga Norte.
Bueno, por allí por lo menos dimiten de vez en cuando, por aquí Cubero se va a un prostíbulo con su hijo, insulta a los policías diciéndoles que tienen que estar a su servicio, y sigue de senador. Simplemente está dicho para que no cantemos la victoria antes de tiempo.

Por cierto, por si a alguien le interesa, en Herzegovina también tenemos la primera universidad privada, aunque del precio os tenéis que enterar llamando a la oficina o mandando un correo, no os puedo dar más información por el momento. Puede ser una muestra valiosa esta facultad de la misma universidad, llamada Facultad de Ciencias Sociales de Milenko Brkic (o sea, es suya, como si fuera una carnicería en la plaza de abastos). Fíjate si en España he visto cosas, pero algo tan bestia no he visto aún. Hombre, el prestigio es el prestigio y no se gana fácilmente.

Sarna y amargura aparte, es un fenómeno demasiado extendido. Hace no mucho un amigo me comentó que visitando a un médico procedente de un país latinoamericano este le mandó un medicamento para la fiebre, del que luego en la farmacia le dijeron que se trata de un fármaco de veterinaria. Habría que ver el título correspondiente. En fin.

Volvamos ahora al tema de las universidades católicas. Lo anteriormente dicho nos advierte del peligro real, la realidad supera la ficción, de influencias nocivas para las mismas. De facto, nuestras universidades en la mayoría de casos, por no decir todos, son privadas. Eso quiere decir que se cobra por matricularse. Y el dinero es muy malo, no olvidemos eso. Con razón advertía San Don Bosco en su lecho de muerte a sus continuadores: “mirad estas manos, han pasado millones de liras por ellas, sin haberse pegado ninguna”. El principal problema aparece cuando es posible matricularse en esas universidades, pagando como es normal, sin ser posible matricularse en alguna universidad estatal, o cualquiera con cierto prestigio. Por cuestión de una nota inferior normalmente. En tal caso la universidad se convierte en una vía de negocio cuyos clientes son mejores pagadores, sin más. Es una vía de obtención de título con más facilidad.

El resultado es un enriquecimiento rápido y el flujo importante de dinero, que es peligroso. Puede ser muy apetitoso manejar una universidad así, y como última consecuencia puede producir una rebelión frente a la jerarquía que legítimamente debe vigilar las instituciones católicas en virtud de la autoridad que le proviene de Cristo. Así que los pastores pueden tener no un instrumento de evangelización, sino un problema importante sobre la mesa.

El que subestime estos problemas que recuerde las palabras de San Pablo:
“De ahí, las discusiones interminables de hombres corrompidos y sin escrúpulos que ven en la religión un negocio.” (1ª Tim 1, 5)
“Porque el amor al dinero es la raíz de todos los males; algunos, por codiciarlo, se han apartado de la fe y se han acarreado a sí mismos muchos sinsabores.” (1ª Tim 1, 10)

¿Y cómo salir de esta situación? En primer lugar, hemos dicho que es totalmente justo que el estado financie estas universidades en la igualdad de condiciones que las “públicas” ya que estas también lo son. Pero si no ocurre tal caso, lo cual estamos viendo que es la realidad, es la Iglesia misma la que debería dar acceso a estas instituciones a la parte de población económicamente más desfavorecida. Los donativos y limosnas deben ser también para esto, en la medida de lo posible. Esto es una tarea de toda la Iglesia. No puede consentir que esta educación vaya solamente a la parte más pudiente. Es triste que sea así. Pío XI en Divini Illius Magistri (encíclica sobre la educación cristiana de la juventud) lanza un ideal: todos los niños católicos en las escuelas católicas. O sea, que la juventud católica no se vea privada de la educación católica. Que eso sea una meta para la Iglesia, que provea que eso pueda ser así.

Tristemente podemos constatar que eso todavía no se ha cumplido, no hoy en día. Tal vez menos que ayer, día tras día. La cuarta Conferencia general del Episcopado latinoamericano celebrada en Santo Domingo ilumina la opción preferencial por los pobres con un aspecto práctico: «La opción preferencial por los pobres incluye opción preferencial por los medios para que la gente salga de su miseria, y uno de los medios privilegiados para ello es la educación católica». La Iglesia necesita sanar también las estructuras temporales mediante la evangelización. No puede ser simplemente “caridad” entendida como la entrega de latas de sardinas a los pobres. Otra vez Pío XI en Quadragesimo Anno (1931) subraya: “Era un estado de cosas al cual con facilidad se avenían quienes, abundando en riquezas, lo creían producido por leyes económicas necesarias; de ahí que todo el cuidado para aliviar esas miserias lo encomendaran tan sólo a la caridad, como si la caridad debiera encubrir la violación de la justicia, que los legisladores humanos no sólo toleraban, sino aun a veces sancionaban.”

San Pablo recuerda a los corintios: “Y si no, hermanos, considerad quienes habéis sido llamados, pues no hay entre vosotros muchos sabios según los criterios del mundo, ni muchos poderosos, ni muchos nobles. Al contrario, Dios ha escogido lo que el mundo considera necio para confundir a los sabios; ha elegido lo que el mundo considera débil para confundir a los fuertes; ha escogido lo vil, lo despreciable, lo que no es nada a los ojos del mundo para anular a quienes creen que son algo.” (1ª Cor 1 26-28)

Había ciertamente entre los primeros cristianos ciudadanos romanos destacados, entre todos los grupos sociales. Sin embargo, el atractivo del Evangelio conquistó para sí lo más despreciado de la sociedad. Podemos decir que en los siglos subsiguientes Europa era cristiana en cuanto la idea cristiana tomaba cuerpo entre amplias partes de la sociedad. Si no conseguimos que el mensaje del Evangelio se difunda entre los pobres, no hacemos nada. Jamás evangelizaremos o reevangelizaremos países antaño cristianos.

Está bien evangelizar a los que tienen, a los que pueden pagarse los estudios y masteres caros. Pero si eso no hace que estos no se miren el ombligo y utilizan solamente para su provecho, en vez de revertir el bien recibido en la sociedad, más vale no hacerlo.

En Solicitudo Rei Socialis Juan Pablo II recuerda, asume el concepto de estructuras de pecado, que deben ser evitadas mediante la acción constructiva de toda la Iglesia. Se recuerda la enseñanza conciliar y siempre evangélica de atención especial a los pobres que interpela siempre y siempre debe ser un asunto pendiente:

“Siendo así que esta misión continúa y desarrolla a lo largo de la historia la misión del mismo Cristo, que fue enviado a evangelizar a los pobres, la Iglesia debe caminar, por moción del Espíritu Santo, por el mismo camino que Cristo siguió, es decir, por el camino de la pobreza, de la obediencia, del servicio, y de la inmolación de sí mismo hasta la muerte, de la que salió victorioso por su resurrección. Pues así caminaron en la esperanza todos los Apóstoles, que con muchas tribulaciones y sufrimientos completaron lo que falta a la pasión de Cristo en provecho de su Cuerpo, que es la Iglesia. Semilla fue también, muchas veces, la sangre de los cristianos.” (Ad Gentes, 5)

“Pues como Cristo recorría las ciudades y las aldeas curando todos los males y enfermedades, en prueba de la llegada del Reino de Dios, así la Iglesia se une, por medio de sus hijos, a los hombres de cualquier condición, pero especialmente con los pobres y los afligidos, ya ellos se consagra gozosa.” (AG, 12)

“Inflámense en el mismo celo los religiosos y religiosas e incluso los laicos para con sus conciudadanos, sobre todo los más pobres.” (AG, 20)

“Expliquen la doctrina cristiana con métodos acomodados a las necesidades de los tiempos, es decir, que respondan a las dificultades y problemas que más preocupan y angustian a los hombres; defiendan también esta doctrina enseñando a los fieles a defenderla y propagarla. Demuestren en su enseñanza la materna solicitud de la Iglesia para con todos los hombres, sean fieles o infieles, teniendo un cuidado especial de los pobres y de los débiles, a los que el Señor les envió a evangelizar.” (Christus Dominus 13)

“Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo.” (Gaudium et Spes, 1)

Y especialmente para el tema que tratamos:
“El Santo Concilio exhorta encarecidamente a los pastores de la Iglesia y a todos los fieles a que ayuden, sin escatimar sacrificios, a las escuelas católicas en el mejor y progresivo cumplimiento de su cometido y, ante todo, en atender a las necesidades de los pobres, a los que se ven privados de la ayuda y del afecto de la familia o que no participan del don de la fe.” (Gravissimum educationis, 9)

El tiempo nuestro cada vez más empieza a parecerse a novecento. Los dos últimos siglos llevan una marca de la explotación burguesa de los obreros que dejaron de ser considerados como personas, tratados exclusivamente como el sujeto de asqueroso término de mano de obra. El resultado fue la descristianización progresiva de las amplias capas sociales condenadas no a la digna pobreza, sino a la inhumana miseria. Leon XIII lo recoge en Rerum Novarum:

“Como quiera que sea, vemos claramente, y en esto convienen todos, que es preciso dar pronto y oportuno auxilio a los hombres de la ínfima clase, puesto caso que inicuamente se hallan la mayor parte de ellos en una condición mísera y calamitosa.”(Rerum Novarum, 2)

“Júntase a esto que los contratos de las obras y el comercio de todas las cosas está casi todo en manos de pocos, de tal suerte que unos cuantos hombres opulentos y riquísimos han puesto sobre los hombros de la multitud innumerable de proletarios un yugo que difiere poco de los esclavos.” (Rerum Novarum, 2)

Es duro vivir en estas condiciones, y si se prolonga su estado produce el alejamiento de Dios. Estas palabras del Pontífice me invocaron la poesía de un poeta croata, Dobriša Cesarić, de las décadas entre Rerum Novarum y Quadragesimo Anno. Describía a perfección el lamentable estado del proletariado. Reproduzco aquí la traducción de la parte de sus poesías Vagoneros y Suburbio:

Nosotros habitamos en vagones
Que nunca viajan.
En un rincón tenemos la cama,
Y la cocina está en el otro.

Y nuestra calle es larga,
Larga,
Con nombre extraño:
Vía abandonada.

Y el jardín tiene nuestra casa:
En medio de la vía zarzas,
Para que jugando en ella los niños
Olviden el hambre y el llanto.
….
El domingo, cuando pare el trabajo,
Eh, entonces la miseria bebe, bebe;
Alguien empieza a cantar con voz ronca,
Otro a pegar a su mujer.

Alcohol mata… sabemos, oh sabemos.
Sabemos que alcohol hace daño,
Pero vodka, vodka, vodka acá,
Porque el consuelo no lo encuentro en el agua.

Ahora es verano… grande, dorado.
Se van los ricos de la ciudad
A buscar el descanso por el mundo,
Pero nosotros estamos allí, nosotros los esclavos del trabajo.

Y nuestros ojos se siguen apagando,
Sudan en el trabajo nuestras manos;
En vez de nosotros viajaron por el mundo,
Nuestras casas.

Domingo. Triste. Sabemos, oh sabemos,
Sabemos que alcohol hace daño,
Pero vodka, vodka, vodka acá,
Porque el consuelo no lo encuentro en el agua.

———–

Suburbio

Y cuando aparezca alguna guapa,
Un miserable amenaza a otro
Enamorados de todo el contorno
Desgastan los zapatos tras ella,
Pero goza de ella un joven de la ciudad,
Dejando a ella, y al crío también.

Habla el hombre vestido con ornamentos
– Después de una comida copiosa –
Que Jesús, el rey de los pobres,
Les llevará a la vida eterna,
Y que vivirán entre los ángeles,
Y que serán felices.

Y si allí llegaste paseando
En un día soleado,
Con sonrisa en la cara y luz en el alma,
Saldrás fuera de allí sin ellas,
Y jamás querrás renovar la alegría –
Jamás.

Es fácilmente entendible lo que luego pasó: los comunistas se llenaron las filas con estos hombres dispuestos a todo. Pío XI hace reflexionar (1931) sobre el particular:

“Por tanto, venerables hermanos, podéis comprender con cuánto dolor vemos que, sobre todo en algunas regiones, no pocos hijos nuestros, de quienes no podemos persuadirnos que hayan abandonado la verdadera fe y perdido su buena voluntad, dejan el campo de la Iglesia y vuelan a engrosar las filas del socialismo: unos, que abiertamente se glorían del nombre de socialistas y profesan la fe socialista; otros, que por indiferencia, o tal vez con repugnancia, dan su nombre a asociaciones cuya ideología o hechos se muestran socialistas.
Angustiados por nuestra paternal solicitud, estamos examinando en investigando los motivos que los han llevado tan lejos, y nos parece oír lo que muchos de ellos responden en son de excusa: que la Iglesia y los que se dicen adictos a la Iglesia favorecen a los ricos, desprecian, a los obreros, no tienen cuidado ninguno de ellos; y que por eso tuvieron que pasarse a las filas de los socialistas y alistarse en ellas para poder mirar por sí.
Es, en verdad, lamentable, venerables hermanos, que haya habido y aun ahora haya quienes, llamándose católicos, apenas se acuerdan de la sublime ley de la justicia y de la caridad, en virtud de la cual nos está mandado no sólo dar a cada uno lo que le pertenece, sino también socorrer a nuestros hermanos necesitados, como a Cristo mismo; ésos, y esto es lo más grave, no temen oprimir a los obreros por espíritu de lucro. Hay además quienes abusan de la misma religión y se cubren con su nombre en sus exacciones injustas, para defenderse de las reclamaciones completamente justas de los obreros. No cesaremos nunca de condenar semejante conducta; esos hombres son la causa de que la Iglesia, inmerecidamente, haya podido tener la apariencia y ser acusada de inclinarse de parte de los ricos, sin conmoverse ante las necesidades y estrecheces de quienes se encontraban como desheredados de su parte de bienestar en esta vida. La historia entera de la Iglesia claramente prueba que esa apariencia y esa acusación es inmerecida e injusta: la misma encíclica cuyo aniversario celebramos es un testimonio elocuente de la suma injusticia con que tales calumnias y contumelias se han lanzado contra la Iglesia y su doctrina.”
(QA, 50)

Y no es que, ni mucho menos, que Pío XI no lo tenía claro. Es conveniente leer estas sentencias suyas:

“Si acaso el socialismo, como todos los errores, tiene una parte de verdad (lo cual nunca han negado los Sumos Pontífices), el concepto de la sociedad que les es característico y sobre el cual descansa, es inconciliable con el verdadero cristianismo. Socialismo religioso, socialismo cristiano, son términos contradictorios: nadie puede al mismo tiempo ser buen católico y socialista verdadero.” (QA, 48)

Y también respecto a socialismo moderado:

“No vaya, sin embargo, a creer cualquiera que las sectas o facciones socialistas que no son comunistas se contenten de hecho o de palabra solamente con esto. Por lo general, no renuncian ni a la lucha de clases ni a la abolición de la propiedad, sino que sólo las suavizan un tanto.
Ahora bien, si los falsos principios pueden de este modo mitigarse y de alguna manera desdibujarse, surge o más bien se plantea indebidamente por algunos la cuestión de si no cabría también en algún aspecto mitigar y amoldar los principios de la verdad cristiana, de modo que se acercaran algo al socialismo y encontraran con él como un camino intermedio.
Hay quienes se ilusionan con la estéril esperanza de que por este medio los socialistas vendrían a nosotros. ¡Vana esperanza! Los que quieran ser apóstoles entre los socialistas es necesario que profesen abierta y sinceramente la verdad cristiana plena e íntegra y no estén en connivencia bajo ningún aspecto con los errores.
Si de verdad quieren ser pregoneros del Evangelio, esfuércense ante todo en mostrar a los socialistas que sus postulados, en la medida en que sean justos, pueden ser defendidos con mucho más vigor en virtud de los principios de la fe y promovidos mucho más eficazmente en virtud de la caridad cristiana.
Pero ¿qué decir si, en lo tocante a la lucha de clases y a la propiedad privada, el socialismo se suaviza y se enmienda hasta el punto de que, en cuanto a eso, ya nada haya de reprensible en él? ¿Acaso abdicó ya por eso de su naturaleza, contraria a la religión cristiana?
Es ésta una cuestión que tiene perplejos los ánimos de muchos. Y son muchos los católicos que, sabiendo perfectamente que los principios cristianos jamás pueden abandonarse ni suprimirse, parecen volver los ojos a esta Santa Sede y pedir con insistencia que resolvamos si un tal socialismo se ha limpiado de falsas doctrinas lo suficientemente, de modo que pueda ser admitido y en cierta manera bautizado sin quebranto de ningún principio cristiano.
Para satisfacer con nuestra paternal solicitud a estos deseos, declaramos los siguiente: considérese como doctrina, como hecho histórico o como “acción” social, el socialismo, si sigue siendo verdadero socialismo, aun después de haber cedido a la verdad y a la justicia en los puntos indicados, es incompatible con los dogmas de la Iglesia católica, puesto que concibe la sociedad de una manera sumamente opuesta a la verdad cristiana.”
(QA, 46)

¡Qué poco se hace caso a los Pontífices! Parece un deporte de muchos católicos. ¡Y qué poco se enseña esto, y que poco se procura llevar a práctica! En la década de los sesenta y setenta, hasta ochenta, la Teología de Liberación cometió los mismos errores, llegando a extremos inimaginables. Camilo Torres dejó su vestimenta sacerdotal

por el atuendo guerrillero

Parece que la petición de retorno, escrita cuarenta años antes, a los hijos descarrilados hecha por Pío XI fue profética:

“No obstante, aun cuando, afligidos por la injuria y oprimidos por el dolor paterno, estamos tan lejos de repeler y rechazar a los hijos lastimosamente engañados y tan alejados de la verdad y de la salvación, que no podemos menos de invitarlos, con toda la solicitud de que somos capaces, a que vuelvan al seno maternal de la Iglesia. ¡Ojalá presten oído atento a nuestras palabras! ¡Ojalá vuelvan al lugar de donde salieron, esto es, a la casa paterna, y perseveren en ella, donde tienen su lugar propio, es decir, en las filas de aquellos que, siguiendo afanosamente los consejos promulgados por León XIII y por Nos solemnemente renovados, tratan de renovar la sociedad según el espíritu de la Iglesia, afianzando la justicia y la caridad sociales!.
Persuádanse de que en ninguna otra parte podrán hallar una más completa felicidad, aun en la tierra, como junto a Aquel que por nosotros se hizo pobre siendo rico, para que con su pobreza fuéramos ricos nosotros; que fue pobre y trabajador desde su juventud; que llama a sí a todos los agobiados por sufrimientos y trabajos para reconfortarlos plenamente con el amor de su corazón; que, finalmente, sin ninguna acepción de personas, exigirá más a quienes más se haya dado y dará a cada uno según sus méritos.”
(QA, 51)

Me resumió bien el descarrilamiento de la Teología de Liberación un sacerdote, ahora profesor en una universidad eclesial, comentándome que se dio cuenta de ello una vez que pasó un mes en Lima atendiendo a los pobres de los suburbios. Le vino una vez una mujer (no son casos aislados) a pedir ayuda. Tenía cinco hijos, pero todos de padres distintos. Se decía a sí mismo: ¿pero cómo me pudieron engañar así los “teólogos” de liberación? Si nosotros no somos capaces de mantener y apoyar mediante la predicación, cercanía, instrucción, sacramentos, la familia como principal institución, ¿de qué cambios sociales vamos a hablar?

Y ya lo advertía Leon XIII:
“En opinión de algunos, la llamada ‘cuestión social’ es solamente ‘económica’, siendo, por el contrario, ciertísimo que es principalmente moral y religiosa y por esto ha de resolverse en conformidad con las leyes de la moral y de la religión. Aumentad el salario al obrero, disminuid las horas de trabajo, reducid el precio de los alimentos; pero si con esto dejáis que oiga ciertas doctrinas y se mire en ciertos ejemplos que inducen a perder el respeto debido a Dios y a la corrupción de costumbres, sus mismos trabajos y ganancias resultarán arruinados. La experiencia cotidiana enseña que muchos obreros de vida depravada y desprovistos de religión viven en deplorable miseria, aunque con menos trabajo obtengan mayor salario. Alejad del alma los sentimientos que infiltró la educación cristiana; quitad la previsión, modestia, parsimonia, paciencia y las demás virtudes morales, e inútilmente se obtendrá la prosperidad, aunque con grandes esfuerzos se pretenda.” (Leon XIII, Graves de communi)

Pío X, Singulari quadam: “La cuestión social y las controversias que en ella se enlazan relativas a la naturaleza y la duración del trabajo, a la fijación del salario, a la huelga, no son puramente económicas ni susceptibles, sin más, de ser resueltas fuera de la autoridad de la Iglesia.”

Benedicto XVI, en Jesús de Nazaret I, habla con gran elocuencia sobre el mismo asunto comentando la tentación de Jesús:

“«Si eres Hijo de Dios…»: ¡qué desafío! ¿No se deberá decir lo mismo a la Iglesia? Si quieres ser la Iglesia de Dios, preocúpate ante todo del pan para el mundo, lo demás viene después. Resulta difícil responder a este reto, precisamente porque el grito de los hambrientos nos interpela y nos debe calar muy hondo en los oídos y en el alma. La respuesta de Jesús no se puede entender sólo a la luz del relato de las tentaciones. El tema del pan aparece en todo el Evangelio y hay que verlo en toda su amplitud. Hay otros dos grandes relatos relacionados con el pan en la vida de Jesús. Uno es la multiplicación de los panes para los miles de personas que habían seguido al Señor en un lugar desértico. ¿Por qué se hace en ese momento lo que antes se había rechazado como tentación? La gente había llegado para escuchar la palabra de Dios y, para ello, habían dejado todo lo demás. Y así, como personas que han abierto su corazón a Dios y a los demás en reciprocidad, pueden recibir el pan del modo adecuado. Este milagro de los panes supone tres elementos: le precede la búsqueda de Dios, de su palabra, de una recta orientación de toda la vida. Además, el pan se pide a Dios. Y, por último, un elemento fundamental del milagro es la mutua disposición a compartir. Escuchar a Dios se convierte en vivir con Dios, y lleva de la fe al amor, al descubrimiento del otro. Jesús no es indiferente al hambre de los hombres, a sus necesidades materiales, pero las sitúa en el contexto adecuado y les concede la prioridad debida. Este segundo relato sobre el pan remite anticipadamente a un tercer relato y es su preparación: la Ultima Cena, que se convierte en la Eucaristía de la Iglesia y el milagro permanente de Jesús sobre el pan. Jesús mismo se ha convertido en grano de trigo que, muriendo, da mucho fruto (cf. Jn 12, 24). El mismo se ha hecho pan para nosotros, y esta multiplicación del pan durará inagotablemente hasta el fin de los tiempos. De este modo entendemos ahora las palabras de Jesús, que toma del Antiguo Testamento (cf. Dt 8,3), para rechazar al tentador: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Mt 4, 4). Hay una frase al respecto del jesuíta alemán Alfred Delp, ejecutado por los nacionalsocialistas: «El pan es importante, la libertad es más importante, pero lo más importante de todo es la fidelidad constante y la adoración jamás traicionada». Cuando no se respeta esta jerarquía de los bienes, sino que se invierte, ya no hay justicia, ya no hay preocupación por el hombre que sufre, sino que se crea desajuste y destrucción también en el ámbito de los bienes materiales. Cuando a Dios se le da una importancia secundaria, que se puede dejar de lado temporal o permanentemente en nombre de asuntos más importantes, entonces fracasan precisamente estas cosas presuntamente más importantes. No sólo lo demuestra el fracaso de la experiencia marxista.
Las ayudas de Occidente a los países en vías de desarrollo, basadas en principios puramente técnico-materiales, que no sólo han dejado de lado a Dios, sino que, además, han apartado a los hombres de Él con su orgullo del sabelotodo, han hecho del Tercer Mundo el Tercer Mundo en sentido actual. Estas ayudas han dejado de lado las estructuras religiosas, morales y sociales existentes y han introducido su mentalidad tecnicista en el vacío. Creían poder transformar las piedras en pan, pero han dado piedras en vez de pan. Está en juego la primacía de Dios. Se trata de reconocerlo como realidad, una realidad sin la cual ninguna otra cosa puede ser buena. No se puede gobernar la historia con meras estructuras materiales, prescindiendo de Dios. Si el corazón del hombre no es bueno, ninguna otra cosa puede llegar a ser buena. Y la bondad de corazón sólo puede venir de Aquel que es la Bondad misma, el Bien.”

Efectivamente, la opción preferencial por los pobres. Pero en esa idea lo esencial es la opción. ¿Qué opción? Si no es evangélica, no sirve, aunque tenga a los pobres por objeto. Ni tampoco servirá si, siendo el mensaje íntegro (hablo solamente de este mensaje, los otros se dan excluidos por definición), este prescinde de los pobres en primer lugar.

“Lo mejor que le puede pasar al proletariado es que desaparezca”, sentencia Pío XI. Ya antes decía Leon XII: “Por lo cual a la propiedad privada deben las leyes favorecer, y en cuanto fuere posible, procurar sean muchísimos en el pueblo los propietarios.” (Rerum Novarum, 35) Efectivamente, en esa línea debe ir la acción de la Iglesia, luchar en contra de la miseria, enseñando a vivir en la santa pobreza, haciendo uso templado de los bienes de este mundo. Hay varios modos legítimos de combatir la deplorable situación de tantos: el de la instrucción, religiosa y profesional (en su sentido más amplio) y mediante la estructuración de los débiles en las organizaciones de apoyo mutuo y defensa y promoción de sus derechos.

“Cierto es que hay ahora un número mayor que jamás hubo de asociaciones diversísimas, especialmente de obreros. De muchas de ellas no este lugar de examinar de dónde nacen, qué quieren y por qué caminos van. Créese, sin embargo, y son muchas las cosas que confirman esta creencia, que las gobiernan, por lo común, ocultos jefes que las dan una organización que no dice bien con el nombre cristiano y el bienestar de los Estados, y que, acaparando todas las industrias, obligan a los que con ellos no se quieren asociar a pagar su resistencia con la miseria. Siendo esto así, preciso es que los obreros cristianos elijan una de dos cosas: o dar su nombre a sociedades en que se ponga a riesgo su religión, o formar ellos entre sí sus propias asociaciones y juntar sus fuerzas de modo que puedan animosamente libertarse de aquella injusta e intolerable opresión. Y que esto último se deba absolutamente escoger, ¿quién habrá que lo dude di no es el que quiera poner en inminentísimo peligro el sumo bien del hombre?” (Rerum Novarum, 40)

Las universidades entrar en el campo de la instrucción. No son las únicas. Pondré el ejemplo que tal vez sorprenda a alguno.

En su libro de memorias “Un mar sin orillas”, un sacerdote del Opus Dei, Rodríguez Pedrazuela cuenta el gran afecto que sentía Oscar Arnulfo Romero hacia el Opus Dei desde su juventud, cuando lo conoció. Romero se sintió muy próximo espiritualmente con el Opus Dei, colaboró activamente con sus empeños apostólicos y participó en muchas de sus actividades formativas hasta el mismo día de su muerte
Durante el tiempo en que era Vicario General de San Miguel recibía cordialmente en su parroquia a los sacerdotes del Opus Dei que iban a verle, y se dirigía espiritualmente con uno de ellos, participando en sus afanes evangelizadores.
Por ejemplo, ayudó especialmente los miembros del Opus Dei a la puesta en marcha de la primera residencia universitaria del Opus Dei en El Salvador, Doble Vía, que se inauguró en marzo de 1960. El propio Romero, que valoraba mucho el carisma del Opus Dei, llevó personalmente a dos jóvenes conocidos suyos a esa residencia: Carlos Espina y Elmer Ávila.
En 1970 le nombraron Obispo de la diócesis de Santiago de María y tuvo que viajar a Italia. Fue a conocer a san Josemaría a la sede central del Opus Dei en Villa Tevere.

San Josemaría estuvo conversando con gran afecto con él; y como conocía bien su trabajo y la situación de tensión que se vivía en El Salvador, se preocupó y puso los medios para que le ayudaran a descansar durante aquellos días en la Ciudad Eterna.

Cinco años después, el 12 de julio de 1975, tras el fallecimiento del fundador, Romero –que tenía gran afecto por san Josemaría y valoraba el alcance de su mensaje en la Iglesia- escribió esta carta al Papa solicitando la apertura de su Causa de Beatificación y Canonización:
“Beatísimo Padre:
Muy reciente aún el día del fallecimiento de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, creo contribuir a la mayor gloria de Dios y al bien de las almas solicitando a Vuestra Santidad la pronta apertura de la causa de beatificación y canonización de tan egregio sacerdote.
Tuve la dicha de conocer a Monseñor Escrivá de Balaguer personalmente y de recibir de él aliento y fortaleza para ser fiel a la doctrina inalterable de Cristo y para servir con afán apostólico a la Santa Iglesia Romana y a esta parcela de Santiago de María que Vuestra Santidad me ha confiado.
Conozco desde hace años la labor del Opus Dei aquí en El Salvador y puedo dar fe del sentido sobrenatural que lo anima y la fidelidad a la doctrina del Magisterio eclesiástico que lo caracteriza.
Personalmente, debo gratitud profunda a los sacerdotes de la Obra a quienes he confiado con mucha satisfacción la dirección espiritual de mi vida y de otros sacerdotes.
Personas de todas clases sociales encuentran en el Opus Dei orientación segura para vivir como hijos de Dios en medio de sus obligaciones familiares y sociales. Y esto se debe sin duda a la vida y doctrina de su fundador”.

Dos años después, en 1977, nombraron a Romero Arzobispo de El Salvador.

Mons. Fernando Sáenz –actual Arzobispo de El Salvador, y sucesor de Romero- era entonces Vicario Delegado del Opus Dei en aquel país y le invitaba regularmente a las convivencias para sacerdotes que organizaba cada mes la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

[Juan Pablo II, rezando ante la tumba del Arzobispo Romero]
“El día 24 de marzo de 1980 -recordaba Mons. Sáenz- tuvimos una de esas convivencias. Al principio habíamos previsto otra fecha, pero Mons. Romero me pidió que la cambiáramos porque no le venía bien y tenía mucho interés en asistir a aquel encuentro. Cambiamos de fecha y la fijamos para el día 24.
Hacía las 10.30 de la mañana aquel día fui a recogerle a las oficinas del Arzobispado, que estaban situadas entonces en la actual sede del Seminario Menor. Le saludé y me dijo que acababa de recibir un documento sobre la formación de los seminaristas en el llamado Curso Propedeútico. Deseaba que aprovecháramos aquel encuentro sacerdotal para estudiar y comentar el documento.
Fuimos en carro hasta la playa de San Diego, donde nos habían prestado una casa para la convivencia. Sin embargo, a pesar de las previsiones que se habían hecho, hubo una confusión, y cuando llegamos la casa estaba cerrada. Decidimos sentarnos sobre la hierba del pequeño jardín y comentamos aquel documento a la sombra de unas palmeras. A continuación extendimos un mantel sobre el suelo y disfrutamos de una agradable comida y de un rato de sobremesa. Al poco llegó el guardián de la casa, que se excusó por lo sucedido y nos trajo unas sillas.
Durante aquella tertulia hablamos de cuestiones muy diversas. Entonces era frecuente que las guerrillas urbanas ocuparan los templos, y Mons. Romero nos dijo que estaba preocupado por la custodia de los vasos sagrados y los ornamentos litúrgicos de la catedral, que eran antiguos y de gran valor histórico, Le sugirió a un sacerdote que los custodiara en un lugar seguro mientras durara la situación de desorden.
Y seguimos conversando sobre asuntos variados. Recuerdo que le propuso al párroco de San José de Guayabal que cultivara maíz y frijoles en el entorno de su parroquia, para que pudiera servir de aprovisionamiento al seminario. Luego hablamos del Padre Pío, de los cristeros mexicanos, etc.
A las tres nos sugirió que acabáramos la reunión, porque debía regresar a la ciudad, donde tenía un compromiso. Y hacia las tres y media lo dejé en el Hospital de la Divina Providencia”.
Tres horas más tarde, a las seis y cuarto, mientras celebraba la Santa Misa, Romero era asesinado. Le habían disparado desde el exterior del templo.
Miles de personas velaron su cadáver en la Basílica del Sagrado Corazón y unas cincuenta mil acudieron a su funeral en la catedral. Mientras se celebraba, estalló una bomba en los alrededores, entre tiroteos y ráfagas de ametralladora, a causa de la cual murieron 27 personas y más de doscientas resultaron heridas.

A partir de entonces, su figura sería cada vez más conocida en todo el mundo.

http://www.conelpapa.com/quepersigue/opusdei/romero.htm

Buen pastor vio por dónde hay que ir: enseñar religión y virtudes al pueblo, mantenerse fiel a Roma, enseñar a trabajar, a estudiar, a ser casto, a ser útil y vivir para los demás. Aprender a cocer, cocinar, cuidar de los hijos, oficio que permita desenvolverse. Muy fácil y parece tan difícil de llevar a cabo, no sé por qué.

El mundo gime pidiendo ayuda. “Las tinieblas se extendieron mientras crucificaban a Jesús.” (Breviario Viernes Santo) Pero sin Jesús no pueden tener luz. Y los de Jesús se la tienen que dar, esa es su misión.

Abrumados por la crisis económica, un grupo de griegos crea una comunidad casi autosuficiente:

(Vídeo tomado del blog movimientoantinwo.) No van a aguantar mucho. Es una muestra de la búsqueda alternativa al sistema financiero que ahoga. Los cristianos no pueden encoger los hombros ante esta situación. Los peregrinos de San Miguel de los que hablé en el artículo sobre el Crédito Social son una muestra de lo que la luz de la fe puede aportar en esta dirección. Crean comunidades y grupos de personas que intercambian bienes y servicios con de facto un dinero alternativo.

“Muy de alabar son algunos de los nuestros, que, conociendo bien lo que de ellos exigen los tiempos, hacen experiencias y pruebas de cómo podrán con honrados medios mejorar la suerte de los proletarios, y haciéndose sus protectores, aumentar el bienestar, así de sus familias como de los individuos,…” (Rerum Novarum, 41)

Conclusión: no nos casemos con nadie: “No pidió auxilio ni al liberalismo ni al socialismo; el primero se había mostrado completamente impotente para dirimir legítimamente la cuestión social, y el segundo proponía un remedio que, siendo mucho peor que el mismo mal, arrojaría a la sociedad humana a mayores peligros.” (Pío XI, Quadragesimo Anno, 3)

No sé cuál de los dos sistemas hoy en día es más nocivo, si el de liberalismo o socialismo. Posiblemente con la decaída del socialismo, el peligro de la confusión de liberalismo sea mayor entre los que se consideran católicos fieles e íntegros. En resumen es el paganismo vs. idea y vida cristiana.

Y lo nuestro tiene energías propias, las de Dios, para amar el mundo apasionadamente hasta las últimas consecuencias.

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