La deriva no permitida del barco sinodal

No añadiréis nada a la palabra que yo os mando, ni quitaréis nada de ella, para que guardéis los mandamientos del Señor vuestro Dios que yo os mando.” (Dt. 4, 2) mk  [Un fresco en una iglesia ortodoxa en Serbia. El fresco representa al “padrino” de la iglesia, Milenko Kostic es decir, el que financió su construcción, llevado por San Nicolás (un santo ortodoxo) en una barca, se supone al Reino de los Cielos. Lo que en realidad clama al Cielo es que el “padrino”, un empresario serbio, va en la barca acompañado de su familia, según el mismo relato periodístico que transmite la noticia, acompañado de sus dos mujeres e hijos. Según los cánones de la “Iglesia ortodoxa”, el “padrino” de la iglesia puede estar representado en un fresco de la misma. Pero además, la misma “Iglesia ortodoxa”, al menos la serbia, permite hasta tres matrimonios, y, “excepcionalmente y con el permiso del epíscopo”, ¡hasta cuarto!]

La “Iglesia” que permita esto, permítanme que se los diga, y lo voy a decir aunque sea lo último que pueda decir, no es la Iglesia. ¿La Iglesia Católica quiere esto? Marx, Kasper, Francisco, ¿queréis esta birria? Antes que nada, antes de arrancar y terminar en seguida que hoy es esto lo fundamental que quiero decir, debo aclarar que la “Iglesia ortodoxa” ¡no es ninguna Iglesia! Lo puede decir el CVII, lo puede decir el Catecismo de la Iglesia Católica (del 92), lo puede decir el que sea, ¡porque Dios no lo va a decir ni lo dice ni lo dijo! ¡La Iglesia es solamente Una, no hay Iglesia Católica y “otras” Iglesias, como la ortodoxa! ¡Los católicos son solamente ortodoxos! La Iglesia Católica es y tiene que ser a su vez ortodoxa, la que conserva la fe íntegramente. Cristo actuará en los que se llaman “Iglesia ortodoxa”, principalmente por medio de los sacramentos y su Palabra, pero esa  no es la Iglesia.

¿Debemos amar a los ortodoxos? Por supuesto, y dar nuestra vida si hiciera falta con tal de que vuelvan al único redil, y a ellos y a todo el mundo, pero lo que no podemos decir es mentiras y falsedades. A dónde lleva la santidad y la sabiduría de la “Iglesia ortodoxa”, lo vemos en frescos como estos. Cómo queda eso de estrafalario y grotesco, testimonia este fresco que intenta “espiritualizar” lo bruto y vulgar. ¿Es esto lo que se quiere también para la Iglesia Católica? Eso es un crimen. Y el que lo cometa, sea él quién sea, se apartará de la Iglesia.  

La maldad de esta práctica no queda evidenciada solamente en la cantidad de los divorcios que existen entre los “ortodoxos”, incluido, y por supuesto, divorcios “por la ‘Iglesia’”, tal cual: solamente en el municipio de Belgrado en 2006 se “divorciaron” 200 matrimonios entre “cristianos ortodoxos”. Una situación similar ocurre también en Bulgaria. Allí para obtener “divorcio cristiano” es suficiente presentar la acta del divorcio civil. No es, pues, solamente este el motivo o la luz que permite más fácilmente ver la maldad de esta práctica (y teoría), sino es la prueba, otra más, de que se han alejado de la verdad que es Cristo, de su gracia. Al no estar unidos a la vid, caen abajo cada vez más hondo. (De allí, que el mismo periodista serbio que comenta los datos, los compara con la práctica (y teoría) de la Iglesia Católica, haciendo constar un número muy inferior de nulidades matrimoniales que se dan entre los católicos, que distingue bien de los divorcios consentidos por los “ortodoxos”. No va mucho más allá, pero es evidente el toque de atención que hace con esta reflexión. En otras palabras, el periodista entre líneas reconoce que la Iglesia Católica es la luz de las naciones.) Pero ellos no son la Iglesia. Y la verdadera Iglesia no puede hacer eso. ¡No puede romper la Palabra de Cristo! Si intentasen hacerlo, serían rechazados por Dios mismo.

“Cuando ya estaban en casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo, y él les dijo: «El que se separa de su esposa y se casa con otra mujer, comete adulterio contra su esposa; y si la esposa abandona a su marido para casarse con otro hombre, también ésta comete adulterio.»” (Mc. 10, 10-12)

“A los casados, en cambio, les ordeno, y esto no es mandamiento mío, sino del Señor, que la esposa no se separe de su marido. Si se separa, que no vuelva a casarse, o que se reconcilie con su esposo. Y que tampoco el marido abandone a su mujer.” (1ª Cor. 7, 10-11)

Y si alguno quita algo a las palabras de este libro profético, Dios le quitará su parte en el árbol de la vida y en la Ciudad Santa descritos en este libro.” (Ap. 22, 19)

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38 thoughts on “La deriva no permitida del barco sinodal

  1. Entonces a mi modo de ver los matrimonios anulados por la Iglesia Católica no deberían existir porque son un sucedáneo del mismísimo Divorcio que discutimos. Que una pareja se pueda equivocar y luego rompen la relación, esto en el tema católico se debería solucionar en vistas a la conciencia de los divorciados y si no pudieran contraer nuevas nupcias por la Iglesia podrían hacerlo por lo civil. Además canónicamente quedarían excluidos de la Comunión Sacramental Comunitaria para no dar mal ejemplo pudiendo comulgar según su conciencia en una misa secreta donde no fueran conocidos para no dar mal ejemplo. Este es mi planteamiento que creo más perfecto. Al fin y al cabo quien quiere comulgar lo hace en cualquier templo y no le piden credenciales pero en una comunidad de todos conocidos no debería ser así. Pero aunque los divorciados y casados por lo civil toman la Comunión cuando les parece, y aunque les sea prohibido canónicamente, a bien seguro encuentran a Cristo en la Comunión sino no se acercarían a El, y por tanto a bien seguro a pesar de Roma su conciencia debe estar tranquila.

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  2. Silveri, la nulidad quiere decir que el matrimonio nunca ha existido, no es sucedáneo de ningún divorcio.

    Cuando ya estaban en casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo, y él les dijo: «El que se separa de su esposa y se casa con otra mujer, comete adulterio contra su esposa; y si la esposa abandona a su marido para casarse con otro hombre, también ésta comete adulterio.» (Mc. 10, 10-12)
    A los casados, en cambio, les ordeno, y esto no es mandamiento mío, sino del Señor, que la esposa no se separe de su marido. Si se separa, que no vuelva a casarse, o que se reconcilie con su esposo. Y que tampoco el marido abandone a su mujer. (1ª Cor. 7, 10-11)

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  3. Silveri, es posible que a veces se abuse del concepto de nulidad. Sin embargo, es tan cierto que un matrimonio realmente puede ser nulo, como la vida misma.
    Si una persona ha mentido a la otra antes del matrimonio sobre asuntos esenciales (decía que quiere tener hijos y ahora ya no lo quiere, etc.), el matrimonio es nulo.
    Cristo de alguna manera sí habló sobre el matrimonio nulo, cuando en San Mateo afirma “excepto adulterio”, es decir, si la mujer o el hombre ya estaba con otra persona.

    Con Enrique VIII la Iglesia prefirió perder toda Inglaterra, con innumerables mártires (Tower Bridge se llenó de cabezas de católicos), antes que decir que su matrimonio era nulo.
    Sin embargo, en alguna ocasión sí anuló algún matrimonio en aquella misma época. Si la Iglesia hubiese querido poder por encima de todo, no dejaría perder Inglaterra. Eso es una prueba elocuente de que la Iglesia Católica realmente verdadera Iglesia. En el año 920, los bizantinos permitieron al Emperador casarse por cuarta vez, después de amenazas.
    Como ya dijimos antes, el celibato se practicó en la Iglesia desde sus comienzos.

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    • Este detalle del “mentir” que expones de cuando uno al casarse que quiere tener hijos y al cabo de un tiempo decide no querer tener hijos y que en principio había mentido diciendo que si quería tener hijos, este detalle no se sostiene, porque ha habido una evolución en la actitud de una persona en que esta ha cambiado con el tiempo y en principio quería hijos y luego se le pasaron las ganas, y esto no es mentir sino “cambiar”. En la mayoría de divorcios se usan los presuntos de mentiras en la celebración del matrimonio cuando solo son cambios evolutivos de pareceres con el tiempo. Referente al Enrique VIII tengo mis dudas y hoy en día su matrimonio seria declarado nulo, pues este rey era lo suficiente perverso para no ser aceptado como católico y esto creo que basta para anular un matrimonio hoy.

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  4. Alejandros, esa postura es un error teológico (lo defendía San Gregorio Nacianceno), rechazado y argumentado por Santo Tomás de Aquino.
    A Adán y Eva no han obtenido órganos sexuales después del pecado, sino antes, porque si no, la creación continuaría después de terminarla Dios, imposible.
    Saludos.

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    • Ud confunde las cosas, lo que dice Alejandros no tiene nada que ver con esa herejía. Eso se dió por las prerrogativas de María y fue en un abrazo no en un beso. Sin pecado original era necesario que fuera de esa manera.

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  5. Alejandros: Lo que no dice la Iglesia y no es tan difícil de creer es que los hijos de Adan y Eva engendraron entre hermanos. No lo dice la Iglesia porque es peligroso por peligro de tentaciones de incesto. En cuanto a engendrar sin contacto sexual ya es buscar los tres pies del gato en materia de “pureza”.

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  6. Silveri, lo de Enrique VIII era muy claro: quería otra mujercita. Y luego mujercitas. Pues no.
    ¿Nulidad por mentir? Pues claro, Tú le dices a uno antes de casarte: quiero hijos, y luego no (porque realmente no los querías antes, pero lo dijiste para que te casaras), coacciones, etc.

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  7. En el fondo defiendes algunas teorías de Iglesia que no permitirian a tu misma libertad ejercerla como tal, y me refiero a que en las webs católicas Religión En Libertad e Infocatólica te prohibirían criticar al Papa y todo lo demás que escribes. Sobre el Celibato en los Hechos pone que los obispos deben ser maridos de una sola mujer, y aunque se vivía el Celibato en los principios no era obligado para los clérigos seculares. El Sacerdote era llamado presbítero que significa “anciano”, ahora lo resuelven ordenando a hombres jóvenes que son inexpertos en experiencia de vida. Hay mucho tema actual que no es fiel a las escrituras y si solo escribiéramos de esto llenaríamos muchas páginas. Referente al primer párrafo de tu artículo que dice de “no añadir ni quitar nada de La Sagrada Escritura” hay mucho que hablar pero no precisamente la Iglesia Católica se lleva el primer premio porqué en los detalles que acabo de mencionar no ha sido fiel a la letra misma. En los 10 Mandamientos también la Iglesia hizo su “arreglo”. No esta exenta de faltas de quitar y de añadir por muy verdadera Iglesia que sea.

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  8. Infocatólica y RL no son la Iglesia. Llegará el momento en que escribirán diferente. San Juan fue célibe, San Pablo, etc. Desde los mismo comienzos. El Señor habla de los que renuncian a la mujer por el amor a Dios y su Reino. Pero ya te he dicho antes que el celibato no es esencial al sacerdocio; ahora bien, lo favorece.
    Nada puede llenar el corazón de Dios, excepto él mismo.

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  9. ¿Qué tal amigo? Breve pero para saludarlo. Desconocía lo del número de matrimonios simultáneos, una sorpresa. Espero que transcurrido este año finalice esta ‘especie de diáspora bloguera’. Parece claro que santidad en el sacerdote no implica celibato. Por razones de orden institucional y comunitarias prefiero religiosas y sacerdotes célibes. Siempre leo sus posts. Gracias.

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  10. Sil, no es esencial, ya que un casado puede ser ordenado sacerdote. Esa es la doctrina de la Iglesia, no mi parecer.
    Ahora bien, es mejor que sea célibe, y la Iglesia siempre lo ha tenido en gran estima.

    Silveri, tu pregunta a Joan Carreras tiene peso, aunque no tengas la razón. Tu pregunta fue:

    “De hecho la misma Iglesia se contradice ya que si San José no practico el acto conyugal con la Virgen Maria y se los considera un matrimonio perfecto, luego la Iglesia permite la anulacion de matrimonios canónicos si el matrimonio resulta “rato” (no consumado).¡¡hay que ver que complicado lo hemos convertido!!”

    Y Don Joan te contesta muy bien:

    “Hola Silveri: en realidad no hay contradicción. El hecho de que pueda existir un matrimonio rato y no consumado y sea válido no presenta problemas siempre que se comprenda que es algo excepcional. Si no hay consumación del matrimonio, es posible que nos encontremos en distintas situaciones que no son pequeñas:

    Que exista incapacidad sexual, llamada impotencia copulativa, la cual es evidente que puede afectar mucho a la vida conyugal y la tradición canónica la ha considerado un impedimento dirimente.

    Que no hay incapacidad sino una voluntad que puede ser injusta de no entregarse al otro cónyuge, de manera que podría existir un consentimiento inválido por exclusión de un elemento esencial como es el débito conyugal.

    Que no se haya podido consumar por otras razones, que pueden ser valoradas por la autoridad eclesial para otorgar graciosamente la dispensa del matrimonio rato y no consumado.

    ¿Razones? Porque desde los primeros siglos la Iglesia comprendió que el acto conyugal es signo de la Encarnación y de la perfección de la indisolubilidad (Cristo se ha unido a la humanidad para siempre y definitivamente) de manera que cuando falta ese signo, falta algo que -aun no siendo necesario- sí es muy conveniente. Entonces, si el cónyuge solicita esa disolución pontificia, la Iglesia se encuentra libre para hacerlo. Reconozco que es complicado, pero en este caso, me parece que no lo hemos complicado nosotros los canonistas, sino que es la misma realidad que es compleja.

    Muchas gracias por tu comentario”

    Pero aquí quiero añadir una cosa: Don Joan, cuya formación se puede percibir en este comentario, estaba involucrado en polémicas matrimoniales, sobre eso escribió Bruno Moreno en Infocatólica, a mi entender por dejarse guiar por lo que transmite Francisco, un gravísimo error.

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    • En pocas palabras y haciendo un poco de humorismo, hoy en día se puede anular un matrimonio por el hecho de que uno de los conyugues tenga los pies planos. Pasando en serio a lo que me contesta el padre del Opus reconoce que “es complicado” que yo entiendo por “incomprensible” pero, como que la Iglesia tiene carta blanca de Cristo para ligar y desligar la Iglesia usa estas sus Llaves y nadie puede protestar porque es concesión de Cristo. Pero la “anulación” consiste en invertir el TIEMPO yendo al principio cuando estaban delante del altar y dejar en suspenso el “si quiero” que normalmente todos los que se casan pronuncian con lagrimas de emoción. Para más surrealista imposible, pero lo hace La Iglesia que tiene las Llaves. Lo que me pregunto siendo fiel a la letra de los evangelios cuando Jesús dice “TODO lo que ataréis y desatareis”, hasta donde llega el “todo” porque parece que aquí si que se cogen LITERALMENTE a la letra, no como en 6 días Génesis que luego la Iglesia Oficial no admite.

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      • Silveri, simplemente, el matrimonio no existió en los casos que fue así.
        Pero ni la Iglesia ni Pedro puede desatar lo que realmente se unió ante Dios. Lo que la Iglesia proclama nulo, es porque no fue unido nunca.
        Que haya abusos de las nulidades, eso es otra cuestión.
        (Lo de los seis días, no está “abolido” o en contra, solamente se admite otra interpretación, fundamentalmente respetando el parecer de San Agustín que fue el único padre que lo admitió, y de allí Santo Tomás tampoco lo tocó.)

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      • La Iglesia no anula matrimonios, sino que declara que son nulos, que no han existido nunca, a pesar de las apariencias. No es anulación, aunque la gente impropiamente hable así. La nulidad es ex tunc, no ex nunc.

        Por otra parte creo recordar que en estos procesos canónicos mentir al tribunal está penado con excomunión.

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      • Si existió el matrimonio pues se juró ante el altar y Dios los unió. Que luego se profane el matrimonio por prevalecer el ego y no la voluntad de Dios es otra cosa, por lo general es porque no se cultiva la vida de piedad.

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      • Y se olvidan de aplicar el concepto de que la iglesia suple cuando hay defectos de intención en el sacramento por lo cual no es tan fácil de declarar una nulidad. Puede que haya alguna que otra pero serían muy muy raras.

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    • ¿Y como quedan los hijos cuando se otorga una nulidad? quedan como que siempre fueron bastardos…
      ¿ se pusieron a reflexionar sobre eso? los que buscan las nulidades son tan egoístas que ni pensaron en ese tema. Nulidades nulas, ¿como puede ser que luego de muchos años con varios hijos nos vengan a decir que un matrimonio no fue tal? es una aberración desde donde se lo mire. ¿para que ir a los casamientos en una iglesia si total uno sale pensando ¿ se habrá realizado? ¿no se habrá realizado el sacramento? ¿a que estamos jugando? no jueguen con Dios.

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  11. Lo que más me irrita de la praxis de las iglesias ortodoxas es que haya equiparación de trato (considerar las uniones como no sacramentales) entre divorciados y ¡viudos que se casan en segundas nupcias! Es una auténtica canallada.

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    • Son las defecciones en que cayeron los orientales por razonar como iudicamedomine, pues si júzgalo Dios para que por fin entienda lo que un sacerdote debe ser. Se ve que les cuesta entender a los santos inspirados como a San Alfonso.

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  12. Del libro de San Alfonso María de Ligorio:
    LA DIGNIDAD Y SANTIDAD SACERDOTAL

    Capitulo III
    DE LA SANTIDAD QUE HA DE TENER EL SACERDOTE

    I. Cuál debe ser la santidad del sacerdote por razón de su dignidad.

    Grande es la dignidad de los sacerdotes, pero no menor la obligación que sobre ellos pesan. Los sacerdotes suben a gran altura, pero se impone que a ella vayan y estén sostenidos por extraordinaria virtud; de otro modo, en lugar de recompensa se les reservará gran castigo, como opina San Lorenzo Justiniano (…). San Pedro Crisólogo dice a su vez que el sacerdocio es un honor y es también una carga que lleva consigo gran cuenta y responsabilidad por las obras que conviene a su dignidad (…).

    Todo cristiano ha de ser perfecto y santo, porque todo cristiano hace profesión de servir a un Dios Santo. Según San León, cristiano es el que se despoja del hombre terreno y se reviste del hombre celestial (…). Por eso dijo Jesucristo: Seréis, pues, vosotros, perfectos, como vuestro Padre Celestial es perfecto [Mt 5, 48]. Pero la santidad del sacerdote ha de ser distinta de la del resto de los seglares, observa San Ambrosio (…), y añade que así como la gracia otorgada a los sacerdotes es superior, así la vida del sacerdote tiene que sobrepujar en santidad a los seglares (…) y San Pedro Pelusio afirma que entre la santidad del sacerdote y la del seglar ha de haber tanta distancia como del cielo a la tierra (…).

    Santo Tomás enseña que todos estamos obligados a observar cuantos deberes van anejos al estado elegido. Por otra parte, el clérigo dice San Agustín está obligado a aspirar la santidad (…). Y Casiodoro escribe: “El eclesiástico está obligado a vivir una vida celestial” “El sacerdote está obligado a mayor perfección mayor perfección que el que no lo es”, como asegura Tomás de Kempis (…), pues su estado es más sublime que todos los demás. Y añade Salviano que Dios aconseja la perfección a los seglares, al paso que la impone a los clérigos (…).

    Los sacerdotes de la antigua ley llevaban escritas estas palabras en la tiara que coronaba su frente: SANTIDAD PARA YAHVEH (Ex 39, 29), para recordar la santidad que debían confesar. Las víctimas que ofrecían los sacerdotes habían de consumirse completamente. ¿Por qué? Pregunta Teodoreto, y responde. “Para inculcar a aquellos sacerdotes la integridad de la vida que han de tener los que se han consagrado completamente a Dios (…). Decía San Ambrosio que el sacerdote, para ofrecer dignamente el sacrificio, primero se ha de sacrificar a sí propio, ofreciéndose enteramente a Dios (…). Y Esiquio escribe que el sacerdote debe ser un continuo holocausto de perfección, desde la juventud a la muerte (…). Por eso decía Dios a los sacerdotes de la antigua ley: “Os he separado entre los pueblos para que seáis míos (Lev 20, 26). Con mayoría de razón en la Ley nueva quiere el Señor que los sacerdotes dejen a un lado los negocios seculares y se dediquen solo a complacer a Dios a quien se ha dedicado: “que se dedica a la milicia se ha de enredar en los negocios de la hacienda, a fin de contentar al que lo alistó en el ejército” [2 Tm 2, 4). Y es precisamente la promesa que la Iglesia exige de los que ponen el pie en el santuario por medio de la tonsura: hacerles declarar que en adelante no tendrán más heredad que a Dios: “El Señor es la parte de mi heredad y mi copa. Tú mi suerte tienes (Salmo 15 5). Escribe San Jerónimo que “Hasta el mismo traje talar y el propio estado claman y piden la santidad de la vida” (…). De aquí que el sacerdote no solo has de estar alejado de todo vicio, sino que se debe esforzar continuamente por llegar a la perfección, que es aquella a que sólo pueden llegar los viadores (…).

    (…). Deplora San Bernardo el ver tantos como corren a las órdenes sagradas sin considerar la santidad que se requiere en quienes quieren subir a tales alturas Y San Ambrosio escribe: “Búsquese quien pueda decir: El Señor es mi herencia, y no los deseos carnales, las riquezas, la vanidad” (…). El Apóstol San Juan dice: Hizo de nosotros un reino, sacerdotes para el Dios y Padre suyo (Apoc 1, 6). Los interpretes (Menoquio, Gagne y Tirino) explican la palabra, diciendo que los sacerdotes son el reino de Dios, porque en ellos reina Dios en esta vida con la gracia y en la otra con la gloria; o también porque son reyes para resinar sobre los vicios. Dice San Gregorio que el “el sacerdote ha de estar muerto al mundo y a todas las pasiones para vivir una vida por completo divina” (…) El sacerdocio actual es el mismo que Jesucristo recibió de su Padre (Jn 17, 22); por lo tanto, exclama San Juan Crisóstomo: “Si el sacerdote representa a Jesucristo, ha de ser lo suficientemente puro que merezca estar en medio de los ángeles (…).

    San Pablo exige del sacerdote tal perfección que esté al abrigo de todo reproche: “Es necesario que el obispo sea irreprensible (1 Tm 3, 2). Aquí, por obispo pasa el santo a hablar de los diáconos: Que los diáconos, así mismo sean respetable (Ib 8), sin nombrar a los sacerdotes; de donde se deduce que el Apóstol tenía la idea de comprender al sacerdote bajo el nombre de obispo, como lo entienden precisamente San Agustín y San Juan Crisóstomo, que opina que lo que aquí se dice de los obispos se aplica también a los sacerdotes (…). La palabra ‘rreprehensibilem’ todos con San Jerónimo están de acuerdo en que significa poseedor de todas la virtudes (…).

    Durante once siglos estuvo excluido del estado de clérigo todo el que hubiera cometido un solo pecado mortal después del bautismo, como lo recuerdan los concilios de Nicea (Can. 9, 10), de Toledo (1can. .2), de Elvira (Can. 76) y de Cartago (Can .68). Y si un clérigo después de las ordenes sagradas caía en pecado, era depuesto para siempre y encerrado en un monasterio, como se lee en muchas cánones (Cor, Iu. Can, dist. 81); y he aquí la razón aducida: porque la santa Iglesia quiere en todas las cosas lo irreprensible. Quienes no son santos no deben tratar las cosas santas (…). Y en el concilio de Cartago se lee: “Los clérigos que tienen por heredad al Señor han de vivir apartado de la compañía del siglo”. Y el concilio Tridentino va aún más lejos cuando dice que “los clérigos han de vivir de tal modo que su habito, maneras, conversaciones, etc., todo sea grave y lleno de unción (…). Decía San Crisóstomo que “el sacerdote ha de ser tan perfecto que todos lo puedan contemplar como modelo de santidad, porque para esto puso Dios en la tierra a los sacerdotes, para vivir como ángeles y ser luz y maestros de virtud para todos los demás” (…). El nombre de clérigo, según enseña san Jerónimo, significa que tiene a Dios por su porción; lo que le hace decir que el clérigo se penetre de la significación de su nombre y adapte a él su conducta (…) y si Dios es su porción, viva tan solo para Dios (…).

    El sacerdote es ministro de Dios, encargado de desempeñar dos funciones en extremo nobles y elevadas, a saber: honrarlo con sacrificios y santificar las almas. Todo pontífice escogido de entre los hombres es constituido en pro de los hombres, cuanto a las cosas que miran a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados [Hebr. 5, 1]. Santo Tomás escribe acerca de este texto: “Todo sacerdote es elegido por Dios y colocado en la tierra para atender no a la ganancia y riquezas , ni de estimas, ni de diversiones, ni de mejoras domesticas, sino a los interés de la gloria de Dios” (In Hebr., 5, lect. I). Por eso las escrituras llaman al sacerdote hombre de Dios [1 Tm 6, 11], hombre que no es del mundo, ni de sus familiares, ni siquiera de sí propio, sino tan solo de Dios, y que no busca más que a Dios. A los sacerdotes se aplican, por tanto las palabras de David: Tal de los que le buscan es la estirpe (Sal 25, 6); esta es la estirpe de los que busca a Dios solamente. Así como en el cielo destinó Dios ciertos ángeles que asistiesen a su Trono, así en la tierra, entre los demás hombres, destinó a los sacerdotes para procurar su gloria. Por esto les dice el Levítico Os he separado de entre los pueblos para que seáis míos [Lev 20, 26]. San Juan Crisóstomo dice: “Dios nos eligió para que seamos en la tierra como ángeles entre los hombres” (…).

    Y el mismo Dios dice: En los cercanos a mí me mostraré que soy santo [Lev 10, 3]; es decir, como añade el interprete “Mi santidad será conocida por la sanidad de mis ministros”.
    Cual debe ser la santidad del sacerdote como ministro del altar
    Dice santo Tomas que de los sacerdotes se exige mayor santidad de los simples religiosos por razón de las sublimes funciones que ejercen, especialmente en la celebración del sacrificio de la misa: “Porque, al recibir las ordenes sagradas, el hombre se eleva al ministerio elevadísimo en que ha de servir a Cristo en el sacramento del altar, cosa que se requiere mayor santidad que la del religioso que no está elevado a la dignidad del sacerdocio. Por lo que añade, en igualdad de circunstancia el sacerdote peca más gravemente que el religioso que no lo es” (…). Célebre la sentencia de San Agustín “No por ser buen monje es uno buen clérigo” (…); de lo que sigue que ningún clérigo puede ser tenido por bueno si no sobrepuja en virtud al monje bueno.

    Escribe San Ambrosio que “el verdadero ministro del altar ha nacido para Dios y no para sí (…). Es decir, que el sacerdote ha de olvidarse de sus comodidades, ventajas y pasatiempos, para pensar en el día en que recibió el sacerdocio, recordando desde entonces ya no es suyo, sino de Dios, por lo que no debe ocuparse más que en los intereses de Dios. El Señor tiene sumo empeño en que los sacerdotes sean santos y puros, para que puedan presentarse ante Él libres de toda mancha cuando se le acerquen a ofrecerle sacrificios: Se sentarán para fundir y purificar la plata y purificará a los hijos de Leví, los acrisolará como el oro y la plata y luego podrán ofrecer a Yahveh oblaciones con justicia [Mal. 3, 3]. Y en el Levítico se lee: Permanecerán santos para su Dios y no profanarán el nombre de su divinidad, pues son ellos quienes ha de ofrecerlos sacrificios ígneos a Yahveh, alimento de su Dios; por eso han de ser santos [Lev 21, 6]. De donde se sigue que si los sacerdotes de la antigua ley solo porque ofrecían a Dios el incienso y los panes de la proposición, simple figura del Santísimo sacramento del altar, habían de ser santos, ¡con cuánta mayor razón habrán de ser puros y santos los sacerdotes de la nueva (ley), que ofrecen a Dios el Cordero Inmaculado, su mismísimo Hijo! “Nosotros no ofrecemos, dice Escío, corderos e incienso, como los sacerdotes de la antigua Ley, sino el mismo Cuerpo del Señor, que pendió en el ara de la cruz, y por eso se nos pide la santidad, que consiste en la pureza del corazón, son la cual se acercaría uno inmundo” (…) al altar. Por eso decía Belarmino: “Desgraciado de nosotros, que, llamados a tan altísimo ministerio, distamos tanto del fervor que exigía el Señor de los sacerdotes de la antigua Ley (…).

    Hasta quienes habían de llevar los vasos sagrados quería el Señor que estuviesen libres de toda mancha (…), pues “¡cuánto más puros han de ser los sacerdotes que lleven en sus manos y en el pecho a Jesucristo!”, dice Pedro de Blois (…). Ya san Agustín había dicho: “No debe ser puro tan solo quien ha de tocar los vasos de oro, sino también aquellos en quien se renueva la muerte del Señor. La Santísima Virgen María hubo de ser santa y pura de toda mancha porque hubo de llevar en su seno al Verbo encarnado y tratarlo como Madre: y según esto, exclama San Juan Crisóstomo, “¿no se impone que brille con santidad más fúlgida que el sol la mano del sacerdote, que toca la carne de un Dios, , la boca que respira fuego celestial y la lengua que se enrojece con la sangre de Jesucristo?” (…). El sacerdote hace en el altar las veces de Jesucristo, por lo que, como dice San Lorenzo Justiniano, “debe acercarse a celebrar como el mismo Jesucristo, imitando en cuanto sea posible su santidad (…). ¡Qué perfección requiere en la religiosa su confesor para permitirle comulgar diariamente!, y ¿por qué no buscará en sí mismo tal perfección el sacerdote, que comulga también a diario?

    Capitulo IV
    DE LA GRAVEDAD DE LOS PECADOS DEL SACERDOTE
    I. GRAVEDAD DE LOS PECADOS DEL SACERDOTE

    Gravísimo es el pecado del sacerdote, porque peca a plena luz, ya que pecando sabe bien lo que hace. Por esto decía Santo Tomás que el pecado de los fieles es más grave que el de los infieles, “precisamente porque conocen la verdad” (…). El sacerdote está de tal modo instruido en la ley, que la enseña a los demás: Pues los labios del sacerdote deben guardar la ciencia, y la doctrina han de buscar su boca [Malaquías 2, 7]. Por esta razón dice San Ambrosio que el pecado de quien conoce la ley es en extremo grande, no tiene la excusa de la ignorancia (…). Los pobres seglares pecan, pero pecan en medio de las tinieblas, del mundo, alejados de los sacramentos, poco instruidos en materia espiritual; sumergidos en los asuntos temporales y con el débil conocimiento de Dios, no se dan cuenta de lo que hacen pecando, pues “flechan entre las sombras” [Sal 10, 3], para hablar con el lenguaje de David. Los sacerdotes, por el contrario están tan llenos de luces, que son antorchas, destinadas a iluminar a los pueblos Vosotros sois la luz del mundo [Mt 5, 14].

    A la verdad, los sacerdotes han de estar muy instruidos al cabo de tanto libro leído, de tantas predicaciones oídas, de tantas reflexiones meditadas, de tantas advertencias recibidas de sus superiores; en una palabra, que a los sacerdotes se les ha dado conocer a fondo los divinos misterios [Lc 8, 10]. De aquí que sepan perfectamente cuánto merece Dios ser amado y servido y conozcan toda la malicia del pecado mortal enemigo tan opuesto de Dios, que, si fuera capaz de destrucción, un solo pecado mortal, lo destruiría, según dice San Bernardo: “El pecado tiende a la destrucción de la bondad divina” (…); y en otro lugar; “El pecado aniquila a Dios en cuanto puede” (ib). De modo que como dice el autor de la “Obra imperfecta”, el pecado hace morir a Dios en cuanto depende de su voluntad (…). En efecto, añade el P. Medina “el pecado mortal causa tanta deshonra y disgusto a Dios, que si fuera susceptible a la tristeza, lo haría morir de dolor” (…).

    Harto conocido es esto del sacerdote y la obligación que sobre él pesa, como sacerdote, de servirle y amarla, después de tantos favores de Dios recibidos. Por esto, “cuanto mejor conoce la enormidad de la injuria, hecha a Dios por el pecado, tanto crece de punto de gravedad de su culpa”, dice San Gregorio.
    Todo pecado del sacerdote es pecado de malicia como lo fue el pecado de los ángeles, que pecaron a plena luz. “Es un ángel del Señor, dice San Bernardo, es pecado contra el cielo (…). Peca en medio de la luz, por lo que su pecado, como se ha dicho, es pecado de malicia, ya que no puede alegar ignorancia, pues conoce el mal del pecado mortal, ni puede alegar flaqueza, pues conoce los medios para fortalecerse, si quiere y si no lo quiere, suya es la culpa: Cuerdo dejó de ser para obrar bien [Salmo 35, 4]. “Pecado de malicia, enseña santo Tomás, es el que se comete a sabiendas (…); y en otro lugar afirma que “todo pecado de malicia es pecado contra el Espíritu Santo es pecado contra el Espíritu Santo, dice San Mateo no se (le) perdonará ni en este mundo ni en el venidero [Mt 12, 32]; y quiere con ello significar que tal pecado será difícilmente perdonado, a causa de la ceguera que lleva consigo, por cometerse maliciosamente.

    Nuestro Salvador rogó en la cruz por sus perseguidores diciendo: Padre, perdónalo porque no saben lo que hacen [Lc 23, 34]; y esta oración no vale a favor de los sacerdote malos, sino que, al contrario, los condena, pues los sacerdotes saben lo que hacen. Se lamentaba Jeremías, exclamando: ¡Ay, como se ha oscurecido el oro, ha degenerado el oro mejor! [Lam. 4, 1]. Este oro degenerado, dice el cardenal Hugo, es precisamente el sacerdote pecador, que tendría que resplandecer de amor divino, y con el pecado se trueca en negro y horrible de ver, hecho objeto de honor hasta el mismo infierno y más odioso a los ojos de dos que el resto de los pecadores, San Juan Crisóstomo dice que “el Señor nunca es tan ofendido como cuando le ofenden quienes están revestidos de la dignidad sacerdotal” (…).

    Lo que aumenta la malicia del pecado del sacerdote es la ingratitud con que paga a Dios después de haberlo exaltado tanto. Enseña Santo Tomas que el pecado crece de peso y proporción de la ingratitud. “Nosotros mismo, dice San Basilio, por ninguna ofensa nos sentimos tan heridos como la que nos infieren nuestros amigos y allegados (…). San Cirilo llama precisamente a los sacerdotes: familiares intimo de Dios. “¿Cómo pudiera Dios exaltar más al hombre que haciéndolo sacerdote?”, pregunta san Efrén. ¿Qué mayor nobleza, qué mayor honor puede otorgarle de las almas y dispensador de los sacramentos? Dispensadores de la casa real llama San Prospero a los sacerdotes. El Señor eligió al sacerdote, entre tantos hombres, para que fuera su ministro y para que ofreciese sacrificio a su propio Hijo [Eclo 45, 20]. Le dio omnímodo sobre el Cuerpo de Jesucristo; le puso en las manos las llaves del paraíso; lo enalteció sobre todos los reyes de la tierra y sobre todos los ángeles del cielo, y, en una palabra, lo hizo Dios en la tierra. Parece que Dios dice solamente al sacerdote: “¿Qué más cabía hacer a mi viña que yo no hiciera con ella?” [Is 5, 4]. Además, ¡qué horrible ingratitud, cuando el sacerdote tan amado de Dios le ofende en su propia casa! ¿Qué significa mi amado en mi casa mientras comete maldades? [Jer 11, 15], pregunta el Señor por boca de Jeremías. Ante esta consideración, se lamenta San Gregorio diciendo: “¡Ah Señor¡”, que los primeros en perseguirnos son los que ocupan el primer rango en vuestra Iglesia (…).

    Precisamente de los malos sacerdote parece se queja el Señor cuando clama al cielo y a la tierra para que sean testigos de la ingratitud de sus hijos para con El: Escuchad cielos, y presta oído tierra, pues es Yahveh quien habla; hijos he criado y engrandecido, pero se han rebelado contra mí [1S 1, 2]. ¿Quiénes, en efecto, son estos hijos más que los sacerdotes, que habiendo sido sublimados por Dios a tal altura y alimentados en su mesa con su misma carne, se atrevieron luego a despreciar su amor y su gracia? También de esto se quejó el Señor por boca de David con estas palabras: Si afrentados me hubiera un enemigo yo lo soportaría [Salmo 54, 3]. Si un enemigo mío, un idolatra, un hereje, un seglar, me ofendiera, todavía lo podría soportar; pero ¿cómo habré de poder sufrir el verme ultrajado por ti, sacerdote, amigo mío y mi comensal? Mas fuiste tú el compañero mío, mi amigo y confidente; con quien en dulce amistad me unía [Sal 54, 14.15]. Se lamentaba de esto Jeremías, diciendo: “Quienes comían manjares delicados han perecido por las calles: los llevados envueltos en púrpura abrazaron las basuras [1 Pedro 11, 9; Ex 19, 6]. ¡Qué miseria y que horror!, exclama el profeta; el que se alimentaba con alimentos celestiales y vestía de púrpura, se vio luego cubierto de un manto manchado por los pecados, alimentándose de basuras estercolares… Y San Juan Crisóstomo, o sea el autor de la “Obra imperfecta”, añade: «Los seglares se corrigen fácilmente, en cuanto que los sacerdotes, si son malos, son a la vez incorregibles»

    II. CASTIGOS DEL PECADO DEL SACERDOTE
    Consideremos ahora el castigo reservado al sacerdote pecador, castigo que ha de ser proporcionado a la gravedad de su pecado. Mandará lo azoten en su presencia con golpes de número proporcionado a su culpabilidad [Deut 25, 2], dice el Señor en el Deuteronomio. San Juan Crisóstomo tiene ya por condenado al sacerdote que durante el sacerdocio comete un solo pecado mortal: “Si pecas siendo hombre particular, tu castigo será menor, pero si pecas siendo sacerdote estás perdido”. Y a la verdad que son por boca de Jeremías contra los sacerdotes pecadores: Porque incluso el profeta y el sacerdote se han hecho impíos; hasta en mi propia casa he descubierto su maldad, declara Yahveh. Por esto su camino será para ellos resbaladero en tinieblas: serán empujados y caerán en él [Jer. 23, 11-12]. ¿Qué esperanza de vida daríais, sobre un terreno resbaladizo, sin luz para ver donde pone el pie mientras, de vez en cuando, le dieran fuertes empujones para hacerlo despeñar? Tal es el desgraciado estado en que se halla el sacerdote que comete un pecado mortal. Resbaladero en tinieblas: el sacerdote, al pecar pierde la luz y queda ciego: Mejor les fuera, dice San Pedro, no haber conocido el camino de la justicia que, después de haberlo conocido, volverse atrás de la ley santa a ellos enseñada [2 Petr. 2, 21]. Más le valdría al sacerdote que peca ser un sencillo aldeano ignorante que no entendiese de letras. Porque después de tantos sermones oídos y de tantos directores, y de tantas luces recibidas de Dios, el desgraciado, al pecar y hollar bajo sus plantas todas las gracias de Dios recibidas, merece que la luz que le ilustró no sirva más que para cegarlo y perderlo en la propia ruina. Dice San Juan Crisóstomo que “a mayor conocimiento corresponde mayor castigo, añade que por eso el sacerdote las mismas faltas que sus ovejas no recibirá el mismo castigo, sino mucho más duro” (…).

    El sacerdote cometerá el mismo pecado que muchos seglares, pero su castigo será mucho mayor y quedará más obcecado que esos seglares, siendo castigado precisamente como lo anuncia el profeta : Escuchad, pero sin comprender, y ver, más sin entender [Lc 8, 10]. Esto es lo que nos enseña la experiencia, dice el autor de la “Obra imperfecta”: “El seglar después del pecado se arrepiente”. En efecto, si asiste a una misión, oye algún sermón fuerte, o medita las verdades eternas acerca de la malicia del pecado, de la certidumbre de la muerte, del rigor del juicio divino o de las penas del infierno, entra fácilmente en sí mismo y vuelve a Dios, porque, como dice el Santo, “esas verdades le conmueven y le aterran como algo nuevo”, al paso que al sacerdote que ha pisoteado la gracia de Dios y todas las gracias de Él recibida, ¿qué impresión le pueden causar las verdades eternas y las amenazas de las divinas Escrituras? Todo cuanto encierra la Escritura, continua el mismo autor, todo para él está gastado y sin valor; por lo que concluye que no hay cosa más imposible que esperar la enmienda del que lo sabe todo y, a pesar de ello peca (…). “Muy grande es, dice San Jerónimo, la dignidad del sacerdote, pero muy grande es también su ruina si en semejante estado vuelve la espalda a Dios” (…). “Cuánto mayor es la altura a que le sublimó Dios, dice San Bernardo, tanto mayor será el precipicio” (…). “Quien se cae del mismo suelo, dice san Ambrosio, no se suele hacer mucho daño, pero quien cae de lo alto no se dice que cae, sino que se precipita, y por eso la caída es mortal” (…). Alegrémonos, dice San Jerónimo, nosotros los sacerdotes, al vernos en tal altura, pero temamos por ello tanto más la caída” [In Ez. 44].

    Diríase que Dios habla a solos sacerdotes cuando dice por boca de Isaías: Te había colocado en la santa montaña de Dios y te he destruido [Ez. 28, 14. 16]. ¡Oh sacerdote!. Dice el Señor, yo te había colocado en mi monte santo para que fuera luz del mundo: Vosotros sois la luz del mundo. No puede esconderse una ciudad puesta sobre la cima de un monte [Mt 5, 14]. Sobrada razón, por lo tanto, tenía San Lorenzo Justiniano para afirmar que “cuanto mayor es la gracia concedida por Dios a los sacerdotes, tanto más digno de castigo es su pecado, y que cuanto más alto es el estado a que se le ha sublimado, tanto será más mortal la caída”. “El que se cae al río, tanto más profundo cae cuanto de más arriba fue la caída” (…).

    Sacerdote mío, mira que habiéndote Dios exaltado tan alto al estado sacerdotal te ha sublimado hasta el cielo, haciéndote hombre no ya terreno, sino celestial; si pecas cae del cielo, por lo que has de pensar cuán funesta será tu caída, como te lo advierte San Pedro Crisólogo: “¿Qué cosa más alta que el cielo?; pues del cielo cae quien peca entre las cosas celestiales” (…). “Tu caída, dice San bernardo, será como la del rayo, que se precipita impetuoso” (…); es decir, que tu perdición será irreparable [Jer 21, 12]. Así, desgraciado, se verificará contigo la amenaza con que el Señor conminó a Cafarnaúm. Y tú, Cafarnaúm, ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el infierno serás hundida! [Lc 10, 15]. Tan gran castigo merece el sacerdote pecador por la suma ingratitud con que trata a Dios. “El sacerdote está obligado a ser tanto más agradecido cuanto mayores beneficios a recibido”, dice San Gregorio (…). “El ingrato merece que se le prive de todos los bienes recibidos”, como observa un sabio autor. Y el propio Jesucristo dijo: A todo el que tiene se le dará y andará sobrado; más al que no tiene, aún lo que tiene le será quitado [Mt 25, 29]. Quien es agradecido con Dios, obtendrá aún más abundante gracias; pero el sacerdote que después de tantas luces, tantas comuniones, vuelve la espalda, desprecia todos los favores recibidos de Dios y renuncia a su gracia, será en todo justicia privado de todo. El Señor es liberal con todos, pero no con los ingratos. “La ingratitud, dice San Bernardo, seca la fuente de la bondad divina (…). De aquí nace lo que dice San Jerónimo, que “no hay en el mundo bestia tan cruel como el mal sacerdote, porque no quiere dejarse corregir” (…). Y San Juan Crisóstomo, o sea el autor de la “Obra imperfecta”, añade: “Los seglares se corrigen fácilmente, en cuanto que los sacerdotes, si son malos, son a la vez incorregibles” (…).

    A los sacerdotes que pecan se aplican de modo especial, según el parecer de San Pedro Damiano (…), estas palabras del Apóstol: A los que una vez fueron iluminados y fueron hechos participes del Espíritu Santo y gustaron la hermosa palabra de Dios… y recayeron, es imposible renovarlos segunda vez, convirtiéndolos a penitencia cuando ello, cuanto es de su parte, crucifican de nuevo al Hijo de Dios [Hebr 6, 4, 6]. ¿Quién en efecto, más iluminado que el sacerdote, ni paladeó, como él, los dones celestiales, ni participó tanto del Espíritu Santo? Dice Santo Tomás que los ángeles rebeldes quedaron obstinados en su pecado en plena luz; y así también, añade San Bernardo, será tratado por Dios el sacerdote, hecho como ángel del Señor y, como él, elegido o reprobado” (…).

    Reveló el Señor a Santa Brigida que atendía a los paganos y a los judíos, pero que no encontraba nada peor que los sacerdotes, pues su pecado es como el que precipitó a Lucifer (…). Nótense aquí las palabras de Inocencio III: “Muchas cosas que son veniales tratándose de seglares, son mortales entre los eclesiásticos (…).

    A los sacerdotes también se aplican estas otras palabras de San Pablo: La tierra que bebe la lluvia que frecuentemente cae sobre ella, si produce plantas provechosas a aquellos por quienes es además labrada, participa de la bendición de parte de Dios; más la que lleva espinas y abrojos es reprobadas y cerca de ser maldecida, cuyo paradero es ir a las llamas [Hebr 6, 7.8]. ¡Qué lluvia de gracias ha recibido continuamente el sacerdote de Dios!; y luego, en vez de frutos, produce abrojos y espinas y de recibir maldición final, para ir, en el fuego del infierno. Pero ¿y qué temor tendrá del fuego del infierno el sacerdote que tantas veces volvió las espaldas a Dios? Los sacerdote pecadores pierden la luz, como hemos visto, y con ella pierden el temor de Dios, como el propio Señor lo da a entender: Y si soy Señor, ¿dónde el temor que me es debido?, dice Yahveh Sebaot a vosotros, sacerdotes, menospreciadores de mi nombre [Mal. 1, 6]. Dice San Bernardo que “los sacerdotes como caen de gran altura, quedan sumergidos en su malicia, pierden el recuerdo de Dios y se vuelven sordos a todas las amenazas de la justicia divina, hasta el punto de que si siquiera el peligro de su condenación llegue a conmoverlos (…). Pero ¿a qué extrañarse de ello? El sacerdote pecador cae al fondo del abismo, donde, privado de luz, llega a despreciarlo todo, aconteciéndole lo que dice el sabio: Cuando llega el mal, viene el desprecio, y con la ignominia el oprobio [Pro. 18. 3]. Este mal es el del sacerdote que peca por malicia, cae en el profundo de la miseria y queda ciego, por lo que desprecia los castigos, las admoniciones, la presencia de Jesucristo, que tiene junto así en el altar, y no se avergüenza de ser peor que el traidor Judas, como el Señor se lamentó con Santa Brígida: Tales sacerdotes no son sacerdotes míos, sino verdaderos traidores (…). Sí, porque abusan de la celebración de la misa para ultrajar más cruelmente a Jesucristo con el sacrilegio. Y ¿cuál será, finalmente, el termino infeliz de tal sacerdote? Helo aquí: En país cosas de justas cometerá iniquidad, y no verá la Majestad de Yahveh [Is 26, 10]. Su fin será, en una palabra, el abandono de Dios y luego el infierno. -Pero Padre, dirá alguien, este lenguaje es en extremo aterrador ¿Qué? ¿Nos quieres hacer desesperar? Responderé con San Agustín: “Si aterro, es que yo mismo estoy aterrado” (…). Pues dirá el sacerdote que por desgracia hubiera ofendido a Dios en el sacerdocio, ¿ya no habrá para mi esperanza de perdón? No; lejos de mí afirmar esto; hay esperanza si hay arrepentimiento, y se aborrece el mal cometido. Sea este sacerdote sumamente agradecido al Señor si uno se ve asistido de su gracia, y apresúrese a entregarse cuando le llama según aquello de San Agustín: “Oigamos su voz cuando nos llama, no sea que no nos oiga cuando esté pronto a juzgarnos (…).

    III EXHORTACIÓN
    Sacerdotes míos, estimemos en adelante nuestra nobleza y, por ser ministros de Dios, avergoncémonos de hacernos esclavos del pecado y del demonio. El sacerdote, dice San Pedro Damiano “debe abundar en nobles sentimientos y avergonzarse, como ministro del Señor, de cambiarse esclavo del pecado (…). No imitemos la locura de los mundanos que no piensan más que en el presente. Está reservado a los hombres morir una sola vez, y tras esto, el juicio [Hebr 9, 27]. Todos hemos de comparecer en este juicio para que reciba cada cual el pago de lo hecho viviendo en el cuerpo [2 Cor 5, 10]. Entonces se nos dirá: Ríndeme cuenta de tu administración [Lc 16, 2], es decir, de tu sacerdocio; como lo ejerciste y para qué fines de serviste de él. Sacerdote mío, ¿estarías conmigo si hubiera ahora de ser juzgado?, o ¿tendrías que decir: Cuando inspeccione [Dios], ¿qué le responderé? [Job 31, 14]. Cuando el Señor castiga a un pueblo, el castigo empieza por los sacerdote, por ser ellos la primera causa de los pecados del pueblo, ya por su mal ejemplo, ya por la negligencia en cultivar la viña encomendada a sus desvelo. De aquí que entonces diga el Señor. Tiempo es de que comience al juicio por la casa de Dios [1 Pedro 4, 17]. En la mortandad descrita por Ezequiel quiso el Señor que los primeros castigados sean los sacerdotes: Y comenzaréis por mi Santuario [Ez 9, 6]; es decir, como lo explica Orígenes, por mis sacerdotes (…). En otro lugar se lee; Los poderosos, poderosamente serán enjuiciados [Sab . 6, 7]. A todo aquel a quien mucho se dio, mucho se le exigirá [Lc 12, 48]. El autor de la Obra imperfecta dice: “En el día del juicio se verá el seglar con la estola sacerdotal, y al sacerdote pecador, despojado de su dignidad, se le verá entre los fieles e hipócritas” (…). Escuchad esto, ¡oh sacerdotes!… porque a vosotros afecta esta sentencia [Os 5, 1].

    Y como el juicio de los sacerdotes será más riguroso, su condenación será también más terrible [Jer 17, 18]. Un concilio de Paris, dice que “la dignidad del sacerdote es grande, también su ruina si llega a pecar” [In Ez 44]. Sí, dice San Juan Crisóstomo: “si el sacerdote comete los mismos pecados que sus feligreses, padecerá no el mismo castigo, sino castigo mucho mayor (…). Se le reveló a Santa Brigida que los sacerdotes pecadores serán hundidos en el infierno más profundamente que todos los demonios en el infierno: Todo el infierno se pondrá en movimiento (…). ¿Cómo festejaran los demonios las entrada de un sacerdote, para salir a su encuentro [Is 14, 9]. Todos los príncipes de aquella miserable región se alzarán en primer lugar en los tormentos al sacerdote condenado; y continua diciendo Isaías que en el seol se dirá: También tu te has debilitado como nosotros; a nosotros te has hecho semejante [ Is 14, 11]. ¡Oh sacerdote! Tiempo hubo en que ejerciste dominio sobre nosotros, cuando hiciste bajar tantas veces al verbo encarnado sobre los altares y libraste a tantas almas del infierno; pero ahora te has hecho semejante a nosotros y estás atormentado como nosotros: has descendido al seol tu resplandor [Is 14, 11]. La soberbia con que despreciaste a Dios es la que por fin te ha traído aquí. Bajo ti hace cama la gusanera y gusanos son tu cobertor [Ib. 11]. Pues bien, dado que eres rey, aquí tienes tu estrado regio y tu vestido de púrpura; mira el fuego y los gusanos que te devorarán continuamente cuerpo y alma. ¡Cómo se burlarán entonces los demonios de las misas, de los sacramentos y de las funciones sagradas del sacerdote! Le miraron sus adversarios y se burlaron de su ruina [Lam. 1, 7].

    Mirad sacerdotes míos, que los demonios se esfuerzan por tentar a un sacerdote que se condena arrastra a muchos tras de sí. El Crisóstomo dice: “Quien consigue quitar de en medio al pastor, dispersa todo el rebaño (…); y otro autor dice, con matar más a los jefes que a los soldados (…); por eso añade San Jerónimo que el diablo no busca tanto la perdida de los infieles y de los que están fuera del santuario, sino que se esfuerza por ejercer sus rapiñas en la Iglesia de Jesucristo, lo que le constituye su manjar predilecto, como dice Habacuc (…). No hay, pues, manjar más delicioso para el demonio que las almas de los eclesiásticos.

    (Lo siguiente puede servir para excitar la compunción en el acto de contrición).

    Sacerdote mío, figúrate que el Señor te dice lo que al pueblo judío: “Dime qué mal hice, o mejor, que bien dejé de hacerte. Te saqué de en medio del mundo y te elegí entre tantos seglares para hacerte mi sacerdote, ministro mío y mi familiar; y tú, por míseros intereses, por viles placeres, me crucificaste de nuevo; yo, en el desierto de esta tierra te alimenté cada mañana con el mana celestial, es decir, con mi carne y mi sangre divinas, y tu me abofeteaste con aquellas palabras y acciones inmodestas. Yo te elegí por viña que había que había de formar mis delicias, plantando en ti tantas luces y tantas gracias que me rindiesen frutos suaves y queridos y no coseché de ti más que frutos amargos. Yo te constituí rey t hasta más grande que los reyes de la tierra, y tu me coronaste con la corona de espinas de tus malos pensamientos consentidos. Yo te elevé a la dignidad de vicario mío y te di las llaves del cielo, constituyéndote así como rey de la tierra, y tú, despreciándolo todo, mis gracias y mi amistad, me crucificaste nuevamente”, etc. (…) [San Alfonso María de Ligorio, «La dignidad y santidad sacerdotal».

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  13. sil, no hay maneras de que lo entienda.
    San Alfonso escribía estas cosas cuando el celibato era obligatorio (como lo es hoy en la mayor parte de la Iglesia Católica).
    El celibato forma parte de la disciplina eclesiástica. No es esencial; un casado puede ser ordenado de por sí, si la Iglesia lo permite.
    Entre los Apóstoles había célibes, y los que no lo eran. San Pablo ordenaba a los casados. Santo Tomás va en la misma línea, no puede ser diferente.
    Ahora bien, que el celibato favorezca santidad sacerdotal y que sea lo mejor, no lo dudo. Pero no es esencial. No hace falta que diga nada más sobre este tema.

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    • LA DISCIPLINA ESTÁ BASADA EN DOCTRINA
      ALGUNOS SE HACEN EUNUCOS POR AMOR AL REINO

      ESO ES DOCTRINA SALIDA DE LA BOCA DEL SEÑOR
      EL ESTABLECIÓ ES CELIBATO EN EL EVANGELIO. PUNTO.

      EL ESPÍRITU SANTO HABLÓ POR SAN ALFONSO, EL QUE NO QUIERE ENTENDER ES USTED.

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    • NO HACE FALTA QUE DIGA NADA MAS PORQUE TOTAL NO QUIERE ENTENDER QUE FUE EL ESPÍRITU SANTO NADA MÁS NI NADA MENOS QUE ORDENÓ EL CELIBATO Y NO QUIERE SACERDOTES CASADOS, SINO CONFIGURADOS CON CRISTO.
      ¡CUANTO LES CUESTA ENTENDER LA DOCTRINA !!!!

      ¡¡SANTA CABEZA DE JESÚS SEDE DE LA SABIDURÍA ILUMINA A ESTOS TERCOS PARA QUE POR FIN ENTIENDAN LA PROFUNDIDAD DE ESTE TEMA….!!!
      ya que parece que con san Alfonso no les alcanza.

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      • Cuando San Pablo ordenaba a los casados, ¿pertenecía a la Iglesia Católica?
        Que el celibato sea lo mejor, no lo he negado nunca. Simplemente recuerdo la doctrina católica: no es esencial al sacerdocio. Hoy se exige, y el que no lo cumple, peca gravemente. Pero no es esencial en sí, Dios no lo ha hecho así.

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  14. Silveri, el Espíritu Santo sí podemos decir que ordenó el celibato en un momento de la historia de la Iglesia, porque la Iglesia, que tiene el poder de atar y desatar, o sea, Pedro y sus sucesores, obliga a los fieles a acatarlo como venido de Dios.
    Hay muchas razones para ello, no es difícil de verlo. Por ejemplo, una razón práctica y no necesariamente la más importante, manifestada durante la persecución comunista del clero de los “ortodoxos”, muchos se vinieron abajo por tener una familia humana a la que atender.

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