El inesperado “in crescendo” de la iniciativa de los Cardenales Brandmüller, Burke, Caffarra y Meisner

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Reconozco que fue inesperado para mí. Porque ayer empecé a escribir el artículo sobre el requerimiento de claridad a Francisco por parte de los Cardenales Walter Brandmüller, Raymond L. Burke, Carlo Caffarra y Joachim Meisner. El artículo casí lo había terminado, pero hoy nos topamos con otra noticia, que indiscutiblemente sube de tono: “Burke advierte que si el Papa no aclara la confusión harán “un acto formal de corrección de un error grave”. Empiezo pues con lo ya escrito:

Nos topamos con una noticia que en un principio, siendo las cosas como son, nos alegró especialmente: “Cuatro cardenales hacen pública su petición al Papa de aclaraciones sobre Amoris Laetitia“. Entre los buenos y sufridos católicos, la noticia provocó reacciones eufóricas, como las de muy estimado Ricardo de Argentina que exultaba:

Permítanmelo decir con todas las letras:
ESTOS CUATRO VALIENTES CARDENALES ME CONFIRMAN EN LA FE DE LA IGLESIA.

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El blogger, aunque no pueda considerarse “buen” católico, también se alegró… leyó la noticia muy de prisa y se quedó con el titular, y casi ni eso. Porque esto se puede decir que es una protesta de las más formales que se hicieron durante el manejo – no voy a decir “gobierno” – de la Iglesia que hace Francisco. Y, teniendo en cuenta la inyección de nuevas figuras heterodoxas en el Colegio Cardenalicio (ver el artículo anterior “Los hombres de Francisco“), queda cada vez menos tiempo para que reaccione alguien decente desde este selecto grupo en la defensa de la fe. Al menos que empiece a dar primeros pasos en la restauración plena y necesaria de la doctrina  íntegra de la Iglesia de siempre.

Pero… el blogger continuó leyendo y pensando y analizando lo esencial de esta carta, y de esta acción. Luego llegó a las conclusiones no tan optimistas. Lo expondré todo lo más resumidamente posible (aunque Chritopher Fleming dirá que eso es imposible en mi caso, pero no obstante vamos a ello).

Por empezar, no es nada raro que a un pontífice se planteen ciertas dudas. De hecho, en el caso de que se presenten dificultades en la aplicación práctica de principios generales y universales, pueden surgir dudas. ¡Eso no es ningún problema! Buen católico intentará resolverlo desde la fe, y si no es capaz de aclararlo, preguntará al que tenga autoridad y oficio para discernir. En esos casos, plantear una determinada duda es meritorio e instructivo, tanto para la misma persona que la plantea, como para los que leerán sobre su planteamiento y contestación.

Hasta el CVII, durante siglos y siglos, podemos decir desde el Concilio de Jerusalén narrado en los Hechos Apostólicos, estas preguntas se hacían normalmente directamente al mismo Papa, o ya con el tiempo al Santo Oficio… ¡cuya cabeza era el Papa hasta la “reforma” de nuestro tiempo! De forma que lo que respondía el Santo Oficio, era en definitiva la respuesta del Santo Padre en esos momentos. ¿Quién si no? Teólogos más expertos y reconocidos pueden discurrir, pero sentencia el que tiene autoridad dada por Dios para juzgar y determinar lo que es según la fe y moral cristiana, o no.

El resumen de documentos magisteriales Denzinger es vivo testimonio de ello. Encontramos por ejemplo la siguiente duda planteada en 1901:

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El arzobispo de Utrecht, (Holanda) expone:

«Varios médicos, en los nosocomios (hospitales) y en otras partes, suelen bautizar a los niños en caso de necesidad, sobre todo en el útero de la madre, con agua mezclada con cloruro mercúrico (sublimado corrosivo). Esta agua se compone aproximadamente de la solución de una parte de este cloruro de mercurio en mil partes de agua, y por esa solución el agua resulta venenosa para beber. La razón por que se usa de esta mezcla, es para evitar la infección del útero de la madre.

A las dudas, pues:

  1. ¿El bautismo administrado con esa agua, es cierta o dudosamente

válido?

  1. ¿Es lícito administrar el sacramento del bautismo con esa agua, para evitar todo peligro de enfermedad?

III. ¿Es lícito usar también de esa agua, cuando sin ningún peligro de

enfermedad puede emplearse el agua pura?

Se respondió (CON APROBACIÓN DE LEÓN XIII):

A lo I. Se proveerá en lo II.

A lo II. Es lícito, cuando hay verdadero peligro de enfermedad.

A lo III. Negativamente.

Queda totalmente obvio y al descubierto que el estilo tanto de la pregunta como de la respuesta es netemente claro y conciso: diría que honesto y transparente. No se esconde nada, no hay segundas intenciones, hay una pregunta hecha en el espíritu de humildad de un pastor fiel al pastor supremo. Y diría otra cosa: tanto la pregunta como la respuesta rezuman de rigor lógico: son tan precisas y definidas que parecen preguntas hechas para comprobarlas en un laboratorio durante una observación experimental y formal. Con muchos más mérito ya que hacer una cuestión precisa en el ámbito moral o de fe no es tan simple como para hacerla respecto al comportamiento de un mineral en la mesa de experimentación.

De modo que ninguna duda le puede quedar al obispo de Utrecht después de recibir esta respuesta. Porque para eso son las preguntas a la autoridad competente, y para eso  son las respuestas.

¿Qué es nuevo, entonces, en esta cuestión que plantean los cuatro cardenales? Lo nuevo son tres cosas, de una de las cuales acabamos de enterarnos: que Francisco no les respondió.

Ciertamente, esto sería la primera vez que ocurre en la Historia de la Iglesia, a saber, que se formule una pregunta formal respecto a un tema de fe y moral a alguien sentado en el trono petrino, y que este no conteste (no sé si algo así ocurriría en el caso de alguno de casi cuarente antipapas registrados formalmente en la historia). Eso, sin duda, sería una gran originalidad dentro de la primera novedad que comentamos.

La siguiente primicia es que los cardenales, al no recibir respueta alguna… ¡deciden decirlo a toda la Iglesia! Creo que esto tampoco ha ocurrido jamás en la Iglesia. Es más, incluso con los antipapas. Entre otras cosas porque, digo yo, les interesaría al menos aparentar como Papas. Pero esto no cuela con Francisco. Porque él, que a sí mismo se llama “obispo de Roma“, ahora sí que va de Papa… que en este caso no sería así, sino más bien de un triste déspota.

Ahora bien, si esto hubiese quedado nada más que en esta situación y punto… sería gravísimo, sería todo un aviso – o llámalo como quieras – a Francisco. Porque las preguntas no tenían escapatoria: se pedía responder sí, o no. Realmente, las preguntas casi son ofensivas para cualquier católico, porque piden que se responda que si el pecado sigue siendo pecado, o no. Por ejemplo, la Tercera:

Después de «Amoris laetitia» n. 301, ¿es posible afirmar todavía que una persona que vive habitualmente en contradicción con un mandamiento de la ley de Dios, como por ejemplo el que prohíbe el adulterio (cfr. Mt 19, 3-9), se encuentra en situación objetiva de pecado grave habitual …?

Esto es tan violento que suena muchísimo a tantas anécdotas evangélicas que narran la embestida de los farieos contra Jesús. O mejor dicho, la aguda respuesta del Hijo de Dios a las preguntas insidiosas: Jesús les dejaba sin alternativa en la respuesta. Si los fariseos hubiesen respondido… tendrían que dar la razón a Jesús. Y como eso fue precisamente lo que no quisieron, no respondían nada.

Aquí, sin embargo, los papeles son invertidos. Es Francisco el que tiene papel de los fariseos, y los cardenales hacen preguntas elementales y nítidas desde la fe (alguna circunstancia no esencial podríamos discutir, pero lo dejamos de lado); son sus preguntas las que recuerdan a las de Jesús. Vamos a recordar algunas:

Lucas 14, 5-6:

Y a ellos les dijo: ¿A quién de vosotros se le cae un hijo o un buey en un hoyo en día de reposo, y no lo saca inmediatamente?  Y no pudieron responderle a esto.

 

Mateo 16, 1-4:

Entonces los fariseos y los saduceos se acercaron a Jesús, y para ponerle a prueba le pidieron que les mostrara una señal del cielo. Pero respondiendo El, les dijo: Al caer la tarde decís: “Hará buen tiempo, porque el cielo está rojizo. Y por la mañana: “Hoy habrá tempestad, porque el cielo está rojizo y amenazador. ¿Sabéis discernir el aspecto del cielo, pero no podéis discernir las señales de los tiempos? Una generación perversa y adúltera busca señal, y no se le dará señal, sino la señal de Jonás. Y dejándolos, se fue.

Marcos 15, 2-5:

Pilato le preguntó: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Respondiendo El, le dijo: Tú lo dices. Y los principales sacerdotes le acusaban de muchas cosas. De nuevo Pilato le preguntó, diciendo: ¿No respondes nada? Mira de cuántas cosas te acusan. Pero Jesús no respondió nada más; de modo que Pilato estaba asombrado.

Lucas 20, 41-44:

Entonces El les dijo: ¿Cómo es que dicen que el Cristo es el hijo de David? Pues David mismo dice en el libro de los Salmos: ‘El Señor dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus píes.’ David, por tanto, le llama Señor. ¿Cómo, pues, es Él su hijo?

Lucas 20, 2-8:

y le hablaron, diciéndole: Dinos, ¿con qué autoridad haces estas cosas, o quién te dio esta autoridad? Respondiendo El, les dijo: Yo también os haré una pregunta; decidme: El bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los hombres? Y ellos discurrían entre sí, diciendo: Si decimos: “Del cielo, El dirá: “¿Por qué no le creísteis? Pero si decimos: “De los hombres, todo el pueblo nos matará a pedradas, pues están convencidos de que Juan era un profeta. Y respondieron que no sabían de dónde era. Jesús entonces les dijo: Tampoco yo os diré con qué autoridad hago estas cosas.

Lo común a estos intercambios de preguntas – desde la perspectiva que nos interesa – es que queda de manifiesto que los fariseos no deseaban responder; no deseaban ser claros. Porque si lo hubieran sido, tendrían que dar razón a Jesús. Algo que no quisieron hacer bajo ningún aspecto. Por otra parte, si es necesario responder – no más que eso, como en el caso de Pilato – el Señor responde. Y si no sigue hablando es porque Pilato no tenía intención, lo dejaba claro, de aceptar lo que estaba oyendo. Como escéptico responderá dando largas: “Y qué es la verdad“.

Con lo que juega Francisco, es con la ambigüedad. Deja un texto que perfectamente puede tener explicación deseada por los modernistas. Kasper mismo dirá en referencia a la interpretación de AL: “Se puede dar la comunión a los adúlteros, y punto.” Otros prelados, como el americano Chaput (por supuesto no nombrado cardenal) abogará por la interpretación de AL acorde con la doctrina de la Iglesia (porque él querrá, no porque el texto no permita otra aplicación clarísima).

Por eso Francisco no ha respondido, ni va a responder. Porque se desbarataría su juego. Si dice no (es decir, si dice que no se puede interpretar de modo diferente a la doctrina de la Iglesia de siempre), tendrá que corregir AL (la cual ha escrito bien intencionadamente); si dice sí, reconocería que ha cruzado la línea roja (esta, de la que están hablando los cuatro cardenales; quedan otras, claro está). Algo que, al juzgar por todo lo que está haciendo y por su último silencio de dos meses, no está dispuesto hacer.

Y ellos discurrían entre sí, diciendo: Si decimos: “Del cielo, Él dirá: “¿Por qué no le creísteis? Pero si decimos: “De los hombres, todo el pueblo nos matará a pedradas, pues están convencidos de que Juan era un profeta. Y respondieron que no sabían de dónde era.

Con más precisión: Francisco no va a responder ni clarificar nada, porque ya ha sido bastante claro en todo este tiempo. Recordemos un par de cosas (la primera ya comentada aquí):

Indicado por las palabras de Bruno Forte

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¿es que vamos a decir que miente? – transmitiendo lo que le comunicó Francisco, cf.: “no hay que hacer declaraciones adelantadas en el Sínodo, si no, habría una revuelta. Hay que trazar premisas, y yo luego sacaré conclusiones.”,

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Y otra vez publicada en Infocatólica la carta a Francisco a los obispos argentinos de la región de Buenos Aires: “Carta del Papa Francisco en respaldo a los criterios de aplicación del capítulo VIII de «Amoris laetitia»“. Francisco mismo dixit: “El escrito es muy bueno y explícita cabalmente el sentido del capitulo VIII de Amoris laetitia . No hay otras interpretaciones.” 

Recordemos que estos obispos tenían consejos así de heterodoxos:

«Punto nº 6.  En otras circunstancias más complejas, y cuando no se pudo obtener una declaración de nulidad, la opción mencionada puede ser de hecho no factible. No obstante, igualmente es posible un camino de discernimiento. Si se llega a reconocer que, en un caso concreto, hay limitaciones que atenúen la responsabilidad y la culpabilidad (cf. 301-302), particularmente cuando una persona considere que caería en una ulterior falta dañando a los hijos de la nueva unión, Amoris laetitia abre la posibilidad del acceso a los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía (cf. notas 336 y 351). Estos a su vez disponen a la persona a seguir madurando y creciendo con la fuerza de la gracia.»

Resumiendo, Francisco mantiene el silencio y ya habló con claridad.

¿En este punto los cuatro cardenales darán el último paso?: concluir que Francisco enseña una doctrina contraria a la de la Iglesia, y como un papa no puede ser hereje al mismo tiempo, proclamar que no es el Vicario de Cristo.

Reconozco que la primera reflexión de los firmantes de la carta, al publicarse la noticia, me provocó tristeza:

El Santo Padre ha decidido no responder. Hemos interpretado esta decisión soberana suya como una invitación a continuar la reflexión y la discusión serena y respetuosamente.

¿Cómo que van a continuar la reflexión? Entonces, ¿para qué la carta? Esto parecía un sinsentido. Indica que reconoces que Francisco les “invita” a seguir reflexionando. ¿Y para qué arman el alboroto y la publican? Si van a seguir “reflexionando”, no haberla publicado.

Pero al día siguiente viene otra noticia: si Francisco no responde, “harán un acto formal de corrección de un error grave”.

Llámenlo “penúltimo” paso si quieren, pero es inmediatamente anterior a un desenlace final. En efecto, no se puede seguir a un hombre sentado en la Silla de Pedro enseñando el error.

Realmente, estoy gozoso por la posibilidad de que se inicie en la Iglesia una restauración total. No creo que Francisco de su brazo a torcer. Son demasiados “Religiones Digitales”, los que seguirán al Falso Papa por la senda de la perdición si es necesario. Se sienten mayoría, y realmente creo que lo son; otros tantos cobardes están en el mismo bando. Pero la verdad no es de mayorías. Muchísimo menos es así en la Iglesia. La Verdad es una e inconfundible. Solamente con ella hay que estar. Es decir, con Jesucristo y su Iglesia.

Francisco no predica a este Dios Católico, Uno y Trino. Ver la etiqueta “Francisco” en esta página. O los abundantes datos de Denzinger Bergoglio (a diferencia de que ellos no van hasta el CVII). De facto, elogiará a Lutero, ya antes no se opondrá a que a los luteranos se de la comunión en el mismo Vaticano. Otro día tendrá como “monaguillo” a un musulmán, lo cual es un sacrilegio en toda regla. ¿Cómo puede, una tras otra, hacer esto un Vicario de Cristo? Esto es imposible. Se trata de una línea constante y duradera en el tiempo. No hay rectificación alguna; al contrario, todo esto va a más. Ahora es cuando el asunto ha explotado. No nos esperábamos esto, pero me confirma que tantos en la Iglesia tienen en primer lugar al Señor; que la Iglesia es suya y que las ovejas escuchan a su Pastor y no se irán con el Asalariado. Todo el mundo tiene un tiempo para entender, unos lo entienden antes, otros después, pero si hay buena voluntad las cosas se caen por su peso. Francisco, tu juego se está acabando.

Los modernistas, Francisco es uno de ellos, han introducido en las mentes de tantos católicos los esquemas revolucionarios de “Libertad, Igualdad, Fraternidad“. Libertad del hombre, que parte del hombre. No producto de la Verdad que nos hace libres, sino la que se basa en el hombre. Difuminada con la “búsqueda”, pero al final y al cabo basada en la capacidad natural del hombre. De allí la innovación conciliar de la “libertad religiosa“, ya condenadas solemnemente por tantos Papas del pasado.

Luego pasan a defender la demagógica igualdad. Por ello, tantas paciencias con las ideologías izquierdistas y la simpatía hacia los mismos. Cuando la igualdad es contradictoria con respecto a la libertad humana. Porque si uno es realmente libre, desarrollará sus capacidades de forma distinta de los demás, ya que es un ser distinto, lo cual es evidente. Por lo tanto, la igualdad no se consigue de otra forma que mediante la violencia y opresión. En la Iglesia esto se llamará democratización de la misma. De allí el nuevo concepto de la colegialidad episcopal, la cual usurpa el derecho petrino. Precisamente esta es la herramienta que utilizará uno de los suyos para justificar la heterodoxia por las voces de tantos hermanos suyos en el episcopado que piden esto y lo otro.

Finalmente llega la fraternidad, que en la Iglesia se esconderá en la ropa de la pretensión de la unidad, lo cual se lleva a cabo  mediante el proceso ecuménico. La Iglesia, según ellos, tendrá que promover la unión de la fraternidad humana universal, tendrá que ayudar a construir una gran familia humana. Dirá Pablo VI:

Ha llegado el tiempo para toda la humanidad de unirse en el establecimiento de una comunidad que es a la vez fraternal y mundial... La Iglesia, respetando la pericia de los poderes mundanales, debe ofrecer su asistencia a fin de promover un humanismo pleno, es decir, el completo desarrollo del hombre entero, y de todos los hombres… debe ponerse a sí misma a la vanguardia de la acción social. Debe aumentar todos sus esfuerzos para apoyar, fomentar y hacer brotar esas fuerzas que trabajan para la creación de este hombre integrado. Tal es el fin que la (comentario: nueva) Iglesia tiene intención de llevar a cabo. Todos los católicos (comentario: posconciliares) tienen la obligación de ayudar a este desarrollo de la persona total junto con sus hermanos naturales y cristianos, y con todos los hombres de buena voluntad“. ¿Y por qué Montini se entregó a su suerte con tales ideas? “Porque —como ha dicho él mismo en muchas ocasiones— tenemos confianza en el hombre, porque creemos en esa fuente de bondad que hay en cada uno y todos los corazones.” (Doc. Cath. Nº 1576 y 77. Citado de Coomaraswamy, La Destrucción de la Tradición Cristiana).

Yo mismo inicié todas estas reflexiones con la subida de Francisco al Trono Papal. Pero me di cuenta que no se trata solamente de Francisco. Nos robaron la doctrina desde el Concilio Vaticano II. Nos robaron la pulcritud de los Sacramentos. Nos robaron la Iglesia, si se pudiera decir así, naturalmente me refiero a lo “externo”. Porque estos no son de los nuestros.

Dios haga que este cuestionamiento de Francisco termine en la Restauración Total de la Iglesia. La Iglesia es de Dios, y un cortijo de infiltrados no la puede manejar eternamente.

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Analicemos sin prisa las palabras de Francisco sobre “sacerdocio femenino”

En el vuelo de Suecia a Roma (01/11/16), Francisco ofreció su habitual rueda de prensa. Una pregunta llamativa era de la periodista sueca, Kristina Kappellin, sobre la posibilidad de que la Iglesia Católica tenga mujeres ordenadas:

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Suecia que ha acogido este importante encuentro ecuménico tiene una mujer como líder de la propia Iglesia. ¿Qué cosa piensa al respecto? ¿Es realista pensar en las mujeres sacerdotes también en la Iglesia Católica en los próximos decenios?…”.

Fijémonos en la respuesta de Francisco:

“…sobre la ordenación de mujeres en la Iglesia Católica, la última palabra es clara y la dio San Juan Pablo II y esto permanece...”

La periodista insistió: “¿Nunca jamás?“, y Francisco sentencia:

Si leemos bien la declaración de San Juan Pablo II, va en esa línea.

Al comentar estas palabras de Francisco, desde algunos círculos conservadores – desesperados de ordinario por lo que dice Francisco un día sí y otro no; en el fondo temblando al oírlo cada vez que habla – levantaron voces de júbilo, diciendo al estilo de Aciprensa cuya fuente ya tenemos citada: “el Papa Francisco explicó que lo que la Iglesia enseña sobre la ordenación sacerdotal no va cambiar y que la última palabra sobre este tema la tuvo San Juan Pablo II.

Señores desesperados, no corran tanto… ¡porque esta es su interpretación! ¡Porque Francisco no dijo que no va a cambiar, sino que la última palabra HASTA AHORA la tuvo “San Juan Pablo II”!

Sí, sí, eso es lo que ha dicho, muy bien pensado. Ha dicho: “la última palabra es clara y la dio San Juan Pablo II y esto permanece...”, y otra vez: “Si leemos bien la declaración de San Juan Pablo II, va en esa línea.

Es decir: “La última palabra NO ES MÍA, sino de San Juan Pablo II – adulamos a los conservadores – y esto permanece; sí, es cierto, ¡pero ya veremos HASTA CUÁNDO!”

Si analizáis bien el texto, eso es lo que está dicho, y así su gente lo entiende, y se quedan tranquilos y agazapados en su escondite hasta que se de la señal.

Lo que acabo de decir, lo voy a corroborar con un ejemplo de los más trascendentales del pasado muy reciente de la Iglesia: en cuanto al cambio efectuado en la Santa Misa, cambiándola por Novus Ordo Missae y afirmando… que se trata de lo mismo. Vamos a ello.

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[Novus Ordo reclama una supuesta “vuelta hacia los orígenes“. Entonces, ¿por qué no respetan las indicaciones de San Pablo, nada menos, respecto a su prohibición a que las mujeres enseñen en la Iglesia? ¿No pasó eso en los mismísimos orígenes? El “retorno a los orígenes” es una simple excusa para destruir lo sagrado e introducir lo profano; o simplemente sus propias ideas.]

En 1570 San Pío V en “Quo primum tempore“, Bula sobre el uso a perpetuidad de la Misa Tradicional (o Tridentina, pero creo que la expresión “Tradicional” es mejor todavía), sentenciaba:

Nos, mandamos específicamente a todos y a cada uno de los patriarcas, administradores y a todas las demás personas de cualquier dignidad eclesiástica que puedan ser, sean inclusive cardenales de la santa Iglesia romana, o poseedores de algún otro rango de preeminencia, y Nos les ordenamos en virtud de la santa obediencia cantar o leer la Misa según el rito y la manera y la norma con los cuales es establecida por Nos y, de aquí en adelante, interrumpir y desechar completamente todas las demás rúbricas. Al celebrar la Misa no deben osar introducir ninguna ceremonia ni recitar ninguna plegaria diferente de las contenidas en este Misal… Además, por esta presente (por esta ley), en virtud de Nuestra autoridad apostólica, Nos, otorgamos y concedemos a perpetuidad que para el canto o la lectura de esta Misa en toda iglesia, cualquiera que sea, este Misal ha de ser seguido en adelante absolutamente, sin ningún escrúpulo de conciencia o temor de incurrir en alguna pena, juicio o censura, y que puede ser usado libre y legítimamente. Ni los superiores, administradores, canónigos, capellanes y demás sacerdotes seculares, o religiosos de cualquier orden o por cualesquiera títulos nominados, están obligados a celebrar la Misa de otra manera a como ha sido prescrita por Nos. Nos, declaramos y ordenamos igualmente que nadie ha de ser forzado o coaccionado a alterar este Misal y que este presente documento no puede ser revocado o modificado, sino que permanece por siempre válido y conservando toda su fuerza… Por lo tanto, a nadie le está permitido alterar esta carta, o aventurarse a ir imprudentemente contra esta advertencia de Nuestra Dispensa, estatuto, ordenanza, mandato, precepto, concesión, indulto, declaración, voluntad, decreto y prohibición. Si alguien, no obstante, osara cometer un acto semejante, debe saber que incurrirá en la cólera de Dios Todopoderoso y de los Santos apóstoles Pedro y Pablo (resaltados míos).”

Un católico lee esto, y tiembla, ¿verdad? ¿Pues, cómo se las arreglaron los conciliares, empezando por Pablo VI, para de facto suprimir esta misa? En definitiva, para hacer lo contrario de lo que está indicado aquí.

Pablo VI lo hizo con toda la tranquilidad del mundo, esta serían sus “razones”:

Comprendamos claramente las razones por las cuales este serio cambio ha sido introducido… (es) una obediencia al concilio (La Croix, 4 de Septiembre de 1970)… De manera en modo alguno diferente nuestro santo predecesor Pío V hizo obligatorio el Misal reformado bajo su autoridad, en seguimiento del concilio de Trento (Custos, Quid de Nocte).”

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[Que las mujeres lean en las iglesias, no es una simple ocurrencia de este o aquel párroco; esta mujer africana lo hace delante de la alta jerarquía. Una actitud más que consentida.]

Es decir, (San) Pío V era el Papa… ¡y yo también lo soy… y voilà… se acabó! ¡Este es el argumento, no hay otro!

Hilando más fino y con más sutileza, destapando la argumentación de Pablo VI, se encuentra el siguiente presupuesto de la lógica usada: “a perpetuidad” quiere decir “hasta ahora“, “hasta que otro Pontífice así lo disponga“.

Sobra decir, que en efecto, cualquier disposición no esencial o accidental de un Pontífice sí puede ser cambiada por algún sucesor. Eso es obvio, sobra aclararlo. Porque según la misma definición de lo “accidental”, ello mismo puede depender de las circunstancias, por ejemplo. Pero por eso mismo, para lo “accidental” no se usa término “a perpetuidad” que indica algo que no puede cambiar con el tiempo. De donde, se deduce perfectamente que cuando San Pío V codificaba solemnemente la Misa, pensaba realmente en “para siempre y de forma irreformable”. Cómo fue entendido el Santo Pontífice lo atestigua la historia de la Iglesia y de la Liturgia en los próximos cuatro siglos: no se cambió ni una coma (hasta que el primer cambio fue realizado por Juan XXIII en 1962, al introducir la mención de San José en el Canon. No es que la Iglesia desprecie – faltaría más – la devoción a San José, pero el Canon era reservado para la memoria de los mártires; la solicitud para la inclusión de mención de San José en el Canon fue rechazada en 1815 por motivos que acabamos de aducir. ¿Pero qué se dijo con esta inserción del 1962? Que ni el Canon resiste el cambio.).

Incluso antes de Quo Primum, ¿qué “cambios” se introdujeron en la Misa? Echemos un vistazo rápido (cita tomada del libro La Destrucción de la Tradición Cristiana de Rama P.
Coomaraswamy):

“Considérense, por ejemplo, la lectura de la Escritura. El primer Evangelio fue escrito, dentro de lo que alcanza nuestro conocimiento, ocho años después de la Crucifixión, y el Apocalipsis muchos años después. Sabemos que era costumbre leer de la Escritura y de otros escritos sagrados (tales como el Pastor de Hermas) antes del Canon, porque San Procopio, que fue martirizado en el año 303, tenía la función de traducir estas lecturas a la lengua vernácula. La Escritura fue “canonizada” en el año 317, y las lecturas escriturarias usadas hoy en la Misa de la Iglesia tradicional, fueron fijadas por San Dámaso I en el siglo IV. En el siglo V, San Celestino I introdujo el Introito y el Gradual —¿y estos, qué son? Son lecturas escogidas de los salmos propias de la estación y de la fiesta. En el siglo VI, San Gregorio agregó el Kyrie Eleison aunque es menester señalar que de hecho la frase es bíblica y su uso se remonta hasta el tiempo de Cristo —”Señor, ten misericordia”. En el siglo VII, San Sergio “introdujo” el Agnus Dei. Así pues, con el paso de los siglos se hicieron varias adiciones, tanto en las plegarias litúrgicas usadas como en las costumbres. La práctica de que el sacerdote diga “Corpus Domini nostri Jesu Christi custodiat…” (El Cuerpo de nuestro Señor Jesu Cristo guarde…) cuando comulga, se dice que data del tiempo de los heréticos albigenses, que negaban la “Presencia Real”. También las diferentes órdenes religiosas insertaron a menudo plegarias especiales propias de ellas. Pero a través de todo esto el Canon (que incidentemente incluye las Palabras de la Consagración) permaneció intacto. Finalmente, en la época de la Reforma, cuando la autoridad de la tradición estaba siendo cuestionada y cuando innovaciones y novedades de toda especie estaban siendo introducidas, devino necesario codificar y “fijar” para todos los tiempos la muy santa misa para protegerla de toda posible corrupción. Esto se llevó a cabo en el transcurso de varios pontificados; los estudiosos retornaron a todos los documentos originales disponibles; se eliminó cualquier error que se hubiese deslizado en ellos, y el Misal y el Breviario romanos fueron publicados por el Santo Papa Pío V en conformidad con el deseo expresado por los Padres del concilio de Trento. Esta publicación del Misal romano fue acompañada por la proclamación de la Constitución Apostólica Quo Primum.”

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[Gradualidad: primero se lee desde el ambón; luego llegan a ser “ministras extraordinarias”. ¿Pero cómo no se me había ocurrido esta idea antes? Ya lo creo que se les ocurría… y ya fue condenada esta práctica – que no llegaría a esto – en el siglo V por el Papa Gelasio. ¿Recuperamos las prácticas condenadas? Abajo, será llevando a cabo el “ecumenismo”. En la misma noche de Navidad, se lee el Corán en una iglesia en Como, Italia. ¿Por qué no ha sido suspendido “a divinis” el párroco?]

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¿Nos damos cuenta de una cosa? ¿Quién hacia los cambios? Santo Pontífice, este Santo Pontífice otro… etc. ¿Y qué “cambios”? Todo para entender mejor cada vez más el mismo misterio que se celebraba desde los orígenes. Porque el Canon no lo tocaba nadie. Porque el Capítulo IV, sesión XII, del concilio de Trento, decía (y sigue diciendo):
Pues (el Canon) está compuesto por las palabras mismas del Señor, por las tradiciones de los apóstoles y por las piadosas instituciones de los santos pontífices.

Por eso hasta el convertido del luteranismo liturgista Louis Bouyer, que formaba parte del Movimiento Litúrgico (ya en su fase en decadencia antes del CVII) afirmaba – cito también el comentario de Rama P. Coomaraswamy respecto de él:

“Finalmente, el padre Louis Bouyer, un convertido de la secta de Lutero anteriormente al Vaticano II, y actualmente «en obediencia» hacia la nueva Iglesia Posconciliar, escribía con anterioridad al concilio:
«El Canon romano, como es hoy, se remonta hasta Gregorio Magno. No hay ni en oriente ni en occidente una plegaria Eucarística que permanezca en uso hasta este día, que pueda presumir de tal antigüedad. A los ojos no solo de los ortodoxos, sino de los anglicanos e incluso de aquellos protestantes que tienen todavía en alguna medida un sentimiento por la tradición, ABANDONARLE SERÍA UNA REPUDIACIÓN DE TODA PRETENSIÓN POR PARTE DE LA IGLESIA ROMANA A REPRESENTAR A LA VERDADERA IGLESIA CATÓLICA.»”

¿Somos conscientes ahora del cambio que se efectuó con el Novus Ordo Missae? Los que se oponen a su existencia y reclaman su supresión, ¿se basan en motivos sentimentales o de apego nostálgico a la tradición? No es eso, espero que el lector se de cuenta de ello. ¡Los católicos tenemos que restaurar la Misa de siempre! De eso se trata. Y, por supuesto, de toda la doctrina de siempre.

***

Naturalmente, esta diferencia tan notoria entre lo que mandó hacer tan solemnemente San Pío V, y el “arreglo” que hizo Pablo VI, no dejó satisfecho a no pocos. En el libro “Tradición y Magisterio vivo de la Iglesia” (Orientación pastoral Instrucción y orientación dirigida a los sacerdotes y fieles de la Administración Apostólica personal de San Juan María Vianney y a los demás católicos vinculados con la liturgia tradicional a los cuales pueda resultar útil), escrito por Mons. Fernando Aréas Rifan, y editado por Fundación Gratis Date, en la p. 19 tenemos precisamente la misma argumentación subyacente utilizada por Pablo VI al justificar la introducción (más bien la imposición) del Novus Ordo.

“En cuanto a la liturgia romana tradicional, llamada de San Pío V, establecida por su Bula Quo primum tempore, que para algunos no puede ser modificada, ni siquiera por un papa posterior, existe una respuesta oficial de la Congregación para el Culto Divino del 11 de junio de 1999, que establece lo siguiente: «¿Puede un Papa fijar un rito para siempre?

Respuesta: No. Sobre “Ecclesiae potestas circa dispensationem sacramenti Eucharistiæ” [la potestad de la Iglesia para la administración del sacramento de la Eucaristía], el Concilio de Trento declara expresamente: “En la administración de los sacramentos, salvando siempre su esencia, la Iglesia siempre ha tenido potestad, de establecer y cambiar cuanto ha considerado conveniente para la utilidad de aquellos que los reciben o para la veneración de estos sacramentos, según las distintas circunstancias, tiempos y lugares” (DzSch 1728). Desde el punto de vista canónico, debe decirse que, cuando un Papa escribeperpetuo concedimus” [concedemos a perpetuidad], siempre hay que entender “hasta que se disponga otra cosa”. Es propio de la autoridad soberana del Romano Pontífice no estar limitado por las leyes puramente eclesiásticas, ni mucho menos por las disposiciones de sus predecesores. Sólo está vinculada a la inmutabilidad de las leyes divina y natural, así como a la propia constitución de la Iglesia».“ (Se trata de la respuesta del 11/06/1999 de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  a Mons. Gaetano Bonicelli, Arzobispo de Siena.)

Es decir, “la autoridad soberana del Romano Pontífice… sólo está vinculada a la inmutabilidad de las leyes divina y natural, así como a la propia constitución de la Iglesia”.

Con esto se ha dicho que cambiar la Misa de siempre, cambiar el Canon, las mismas palabras de Nuestro Señor; en definitiva protestantizar la Misa no afecta a la propia constitución de la Iglesia. O sea, ¿todos aquellos cambios que hemos comentado aquí y en otros artículos (ver la pestaña “Liturgia”) son “accidentales”? ¿Son como los hicieron San Dámaso, San Celestino, San Gregorio, San Sergio… San, San, San…?

¿Es eso lo que significa “hasta que se disponga otra cosa“?

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[Los anglicanos ya desde el principio insistían en no llamar su “misa” con el nombre de “Sacrificio”, sino la “Cena del Señor”. En todo caso utilizaban las expresiones “acción de gracias”, o “sacrificio de alabanza”. Al estilo de Lutero que mantenía correspondencia con los mismos. Esto es lo que Lutero pensaba de la Misa Católica: “la Misa no es un Sacrificio… Llamadla bendición, eucaristía, la mesa del Señor, la cena del Señor, el memorial del Señor o cualquier nombre que queráis, con tal de que no la ensuciéis con el nombre de un sacrificio o de un acto“. Ciertamente, llegó tan lejos como para decir “Yo afirmo que todos los burdeles, matanzas, pillajes, crímenes y adulterios son menos inicuos que esta abominación de la Misa papista“. En cuanto al Canon o núcleo de la Misa, afirmó:
Ese Canon abominable de albañales de aguas fangosas, que ha hecho de la Misa un sacrificio. La Misa no es un sacrificio. No es el acto de un sacerdote que sacrifica. Junto con el Canon, nosotros desechamos todo lo que implica una oblación.
]

Va aquí por supuesto nuestra respuesta: ¡NO! ¡No se puede hacer tal cambio!

Pero… en cuanto a vosotros… los que admitís esto de “hasta que se disponga otra cosa“,… vamos a ver cómo termina el tema del “sacerdocio de las mujeres”. Al final y al cabo, no se trata de un dogma, como os gusta decir.

Así que, tiempo a tiempo, vamos a esperar la “última“… pero de Francisco, o del que le siga. Ahora mismo a la minoría conservadora le puede parecer este tema intocable… pero recordad que sois minoría y que las cosas llegan gradualmente, conforme se vayan asumiendo.

Habría sido temerario introducir todos los cambios a la vez. Obviamente era más sabio cambiar gradual y suavemente. Si todos los cambios hubieran sido introducidos a la vez, os habríais trastornado.” Advertencia contenida en la carta pastoral del Cardenal Heenan.

Conservad la cáscara, pero vaciadla de su substancia“. Camarada Lenin.