Resistencia controlada de Schneider

Supongamos un reino en el que en el lugar del rey se ha impuesto un usurpador. El verdadero rey antes de su muerte tenía verdadero heredero, pero ese no consiguió llegar al poder. Tuvo que esconderse ante el usurpador y partir a un lugar seguro. Los súbditos fieles del rey esperan el retorno del verdadero heredero, pero no lo conocen. Pero, piensan que lo reconocerán fácilmente según sus hechos y palabras.

El usurpador está esperando el retorno del heredero del rey. Sabe que puede poner en peligro su efímero poder y posición. ¿Cómo conseguir que los súbditos descontentos se unan al verdadero heredero?

Así: presentará a algún siervo suyo como heredero válido, o uno de sus colaboradores más próximos. Ese hablará de modo muy parecido a lo que se esperaba del verdadero heredero, pero jamás pondrá en cuestión falsa autoridad del intruso. Con esa maniobra el usurpador limará el movimiento de la resistencia que podría derrocarlo. Los descontentos tendrán su diversión pensando que hacen lo que deben al seguir a un rebelde controlado. Y el usurpador seguirá en su puesto.

Bishop-Schneider

El obispo Schneider enseña a los católicos cómo derrocar a los pastores malos y heréticos. Fieles entusiasmados e ingenuos piensan que esa es la solución, ocuparse con las propuestas del obispo Schneider.

Pero Schneider no es castigado por Francisco, ni destituido, ni limitados sus movimientos. Mientras que otros por menos han sido puestos fuera del combate.

El obispo Schneider es una resistencia falsa y controlada por Francisco. Francisco sigue en el lugar que no le pertenece.

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4 respuestas a “Resistencia controlada de Schneider

  1. Honestamente me parece que está absolutamente fuera de lugar poner en duda la catolicidad acendrada del obispo auxiliar Mons. Schneider. Por algo no ha pasado de obispo auxiliar. Su Doctrina no tiene fisuras interconfesionales; no es de recibo presentarlo como marioneta de Francisco. Este fuego amigo es autodestructivo. Precisamente los obispos católicos de Kazajstán han sido los únicos, en cuanto episcopado corporativo de un Nación, en confesarse sólo católicos adheridos a La Fe de la Revelación y la Doctrina convergene y conecuente con esa Fe.
    No encuentro procedente este ataque a mons. Schneider mientras no se demuestre lo contrario. Es un apóstol obispo itinerante, no un traidor emboscado, un herético, un apóstata, un desacralizador. No combatamos precisamente a nuestros sacerdotes católicos resistentes por el hecho de no declararse enfrentados explícitamente con Francisco, No es el modo ni el estilo y tampoco conduce a nada práctico como no sea dejar a los francisquitas el campo libre . Ni siquiera es una acometida inteligente, antes al contrario es torpona, dañina e injustificada al poner al señor obispo como agente anticatólico

    ——————–

    iudicamedomine: Un fiel no puede denunciar a un obispo. Puede por medio de la curia o instituciones vaticanas. ¿Y qué va a pasar con la denuncia contra Kasper? Debería resolverla el Papa, y castigarlo. Como eso no ocurre, el problema es Bergoglio. Si Schneider quiere denunciar a alguien, que lo haga con Bergoglio.
    ¿Por qué no le pasa nada?
    “Let us be grateful to God that Pope Francis has not spoken in the manner that was expected by the media. Up to now, he expresses in all his official homilies the beautiful Catholic doctrine.”
    Bp. Schneider, 30 May 2014
    http://www.dominicansavrille.us/society-saint-pius-x-visits-prelates/
    http://callmejorgebergoglio.blogspot.com.es/2015/04/bishop-athanasius-schneiders-will-save.html

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  2. Que un diocesano no pueda denunciar a su obispo no veo la razón canónica jurídica ya que aun siendo inoperante respecto a resoluciones favorables a las simples fieles por el simple hecho de proteger el corporativismo episcopal, está o estaba la ¡Signatura Apostólica como Tribunal Supremo de apelación.
    Ahora bien: ¿Porque el obispo Schneider no denunció o no denuncia al papa Bergoglio?. Simplemente porque el Papa es inmune e impune. Solo cabría una remoción por parte de los cardenales en causa de herejía o apostasía manifiestas.
    No lo denunció pero se sumó, -no se sumaron otros más encopetos y ruidosos-, a las Dubia que filial y respetuosamante presentaron a Francisco, quien no dio respuesta directa sino que señaló a sus oráculos autorizados como los obispos argentinos que se manifestaron a favor y de hechos innovados más allá del Non Possumus o los cardenales Schönborn o Kasper, entusiastas de los cambiazos desacralizadores que implica la Exhortación sobre la Alegría del Amor en sentido descatolizado.
    Pues bien, en esta ocasión y a ese propósito tres de los cuatro obispos de Kazajstan salieron al paso como corresponsables de la salvaguardia de La Fe . Digo tres de los cuatro porque el cuarto no la firmó y casualmente ese cuarto, el obispo riojano Mumbiela es español y del Opus, al que siendo presbítero elevaron a obispo residencial titular con preterición de mons. Schneider que ya era auxiliar.
    Estos tres obispos declararon y recordaron las personas de Religión Católica:

    “Después de la publicación de la Exhortación Apostólica «Amoris laetitia» (2016) diversos obispos han emitido a nivel local, regional y nacional normas concernientes a la aplicación de la disciplina sacramental a los fieles llamados «divorciados vueltos a casar», quienes se unieron en una convivencia estable more uxorio con una persona que no es su legítimo cónyuge, pese a que esté vivo quien sí tiene esa condición, con quien está unido por un válido vínculo matrimonial.

    Las normas mencionadas prevén, entre otras cosas, que en casos individuales las personas llamadas «divorciados vueltos a casar», puedan recibir los sacramentos de la Penitencia y de la Santa Comunión, pese a continuar viviendo habitual e intencionalmente more uxorio con una persona que no es su legítimo cónyuge. Tales normas han recibido a menudo aprobación de parte de diversas autoridades jerárquicas y algunas de ellas fueron inclusive dadas por buenas por la suprema autoridad de la Iglesia.

    La difusión de dichas normas pastorales eclesiásticamente aprobadas han causado una notable y creciente confusión entre fieles y en el clero; confusión ésta que toca manifestaciones centrales de la vida de la Iglesia, como lo son el matrimonio sacramental que da origen a la familia, la iglesia doméstica y el sacramento de la Santísima Eucaristía.

    Según la doctrina de la Iglesia sólo el vínculo matrimonial sacramental constituye una iglesia doméstica (cf. Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 11). La admisión de los fieles «divorciados vueltos a casar» a la Santa Comunión, que es la expresión máxima de la unidad de Cristo-Esposo con Su Iglesia, significa en la práctica un modo de aprobación y legitimación del divorcio y, en ese sentido, una especie de introducción del divorcio en la Iglesia.

    Las mencionadas normas pastorales se revelan de hecho y con el tiempo un medio de difusión de la «plaga del divorcio», expresión usada por el Concilio Vaticano II (cf. Gaudium et spes, 47). Se trata de una difusión de esta «plaga del divorcio» inclusive en la propia vida de la Iglesia, cuando Ésta debería ser en cambio – a causa de su fidelidad incondicional a la doctrina de Cristo – un baluarte y una señal inconfundible de contradicción contra la plaga del divorcio cada vez más difusas en la sociedad civil.

    De modo inequívoco y sin admitir ninguna excepción Nuestro Señor y Redentor Jesucristo ha reconfirmado solemnemente la voluntad de Dios en lo que dice respecto a la prohibición absoluta del divorcio. Una aprobación y legitimación de la violación de la sacralidad del vínculo matrimonial, aunque lo sea indirectamente por medio de la mencionada nueva disciplina sacramental, contradice en modo grave la expresa voluntad de Dios y Su mandamiento. Tal práctica representa por lo tanto una alteración substancial de la disciplina sacramental bimilenaria de la Iglesia. Además, con el correr del tiempo, una disciplina substancialmente alterada acarreará también una alteración de la correspondiente doctrina.

    El constante Magisterio de la Iglesia, comenzando por las enseñanzas de los Apóstoles y de todos los Sumos Pontífices, ha conservado y trasmitido fielmente ya sea en la doctrina (en la teoría), ya sea en la disciplina sacramental (en la práctica), de modo inequívoco, sin sombra alguna de duda y siempre en el mismo sentido y con idéntico significado (eodem sensu eademque sententia) la cristalina enseñanza de Cristo con respecto a la indisolubilidad del matrimonio.

    A causa de su naturaleza divinamente establecida, la disciplina de los sacramentos no debe contradecir la palabra revelada: «Los sacramentos no sólo suponen la fe, sino que, a la vez, la alimentan, la robustecen y la expresan por medio de palabras y de cosas; por esto se llaman ‘sacramentos de la fe’ (Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, 59). «Incluso la suprema autoridad de la Iglesia no puede cambiar la liturgia a su arbitrio, sino solamente en virtud del servicio de la fe y en el respeto religioso al misterio de la liturgia» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1125). La fe católica por su propia naturaleza excluye una formal contradicción entre la fe profesada, por una parte, y la práctica de los sacramentos, por otra. En este sentido se puede entender también la siguiente afirmación del Magisterio: «El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época» (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 43) y «la pedagogía concreta de la Iglesia debe estar siempre unida y nunca separada de su doctrina» (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris consortio, 33).

    En vista de la importancia de la doctrina y de la disciplina del matrimonio y de la Eucaristía, la Iglesia está obligada a hablar con la misma voz. Por lo tanto, las normas pastorales que dicen respecto a la indisolubilidad del matrimonio no deben contradecirse entre una diócesis y otra, entre un país y otro. La Iglesia ha observado este principio, como lo atestigua San Ireneo de Lyon, desde los tiempos de los Apóstoles: «Si bien la Iglesia esté difundida por todo el mundo hasta los extremos de la tierra, por el hecho de haber recibido de los Apóstoles y de los discípulos la fe, conserva esta predicación y esta fe con cuidado y – como si habitase en una sola casa – cree en ella de la misma manera, como si tuviese una sola alma y un solo corazón y con voz unánime, como si tuviese una sola boca, predica la verdad de la fe, la enseña y la transmite» (Adversus haereses, I, 10, 2). Santo Tomás de Aquino nos transmite el mismo perenne principio de la vida de la Iglesia: «Hay una sola y misma fe de los antiguos y de los modernos; si no, no habría una única y misma Iglesia» (Questiones Disputatae de Veritate, q. 14, a. 12c).

    Permanece actual la siguiente amonestación del Papa Juan Pablo II: «La confusión, creada en la conciencia de numerosos fieles por la divergencia de opiniones y enseñanzas en la teología, en la predicación, en la catequesis, en la dirección espiritual, sobre cuestiones graves y delicadas de la moral cristiana, termina por hacer disminuir, hasta casi borrarlo, el verdadero sentido del pecado» (Exhortación Apostólica Reconciliatio et paenitenia, 18).

    A la doctrina y disciplina sacramental concerniente a la indisolubilidad del matrimonio rato y consumado, es plenamente aplicable el sentido de las siguientes afirmaciones del Magisterio de la Iglesia:

    «Pues la Iglesia de Cristo, diligente custodia y defensora de los dogmas a Ella confiados, jamás cambia en ellos nada, ni disminuye, ni añade, antes, tratando fiel y sabiamente con todos sus recursos las verdades que la antigüedad ha esbozado y la fe de los Padres ha sembrado, de tal manera trabaja por limarlas y pulirlas, que los antiguos dogmas de la celestial doctrina reciban claridad, luz, precisión, sin que pierdan, sin embargo, su plenitud, su integridad, su índole propia, y se desarrollen tan sólo según su naturaleza; es decir, el mismo dogma, en el mismo sentido y parecer» (Pio IX, Bula dogmática Ineffabilis Deus).
    «En lo que dice respecto a la substancia de la verdad, la Iglesia tiene, frente a Dios y a los hombres, el sagrado deber de anunciarla, de enseñarla sin atenuantes, como Cristo la ha revelado y no existe ninguna condición de los tiempos que pueda dispensar del rigor de esta obligación. Ese deber liga la conciencia de todos los sacerdotes a los cuales ha sido confiado el cuidado de amaestrar, amonestar y guiar a los fieles» (Pio XII, Discurso a los párrocos y cuaresmalistas, 23 de marzo de 1949).
    «La Iglesia no historiza, no relativiza las metamorfosis de la cultura profana, su naturaleza siempre igual y fiel a sí misma, como Cristo la quiso y la tradición la perfeccionó» (Paulo VI, Homilía dal 28 de octubre de 1965).
    «No menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas» (Paulo VI, Encíclica Humanae Vitae, 29).
    «La Iglesia no cesa nunca de invitar y animar, a fin de que las eventuales dificultades conyugales se resuelvan sin falsificar ni comprometer jamás la verdad.» (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris consortio, 33).
    «De tal norma (la ley moral divina) la Iglesia no es ciertamente ni la autora ni el árbitro. En obediencia a la verdad que es Cristo, cuya imagen se refleja en la naturaleza y en la dignidad de la persona humana, la Iglesia interpreta la norma moral y la propone a todos los hombres de buena voluntad, sin esconder las exigencias de radicalidad y de perfección» (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris consortio, 33).
    «El otro es el principio de la verdad y de la coherencia, por el cual la Iglesia no acepta llamar bien al mal y mal al bien. Basándose en estos dos principios complementarios, la Iglesia desea invitar a sus hijos, que se encuentran en estas situaciones dolorosas, a acercarse a la misericordia divina por otros caminos, pero no por el de los Sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, hasta que hayan alcanzado las disposiciones requeridas del alma» (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia, 34).
    «La firmeza de la Iglesia en defender las normas morales universales e inmutables no tiene nada de humillante. Está sólo al servicio de la verdadera libertad del hombre. Dado que no hay libertad fuera o contra la verdad» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, 96).
    «Ante las normas morales que prohíben el mal intrínseco no hay privilegios ni excepciones para nadie. No hay ninguna diferencia entre ser el dueño del mundo o el último de los miserables de la Tierra: ante las exigencias morales somos todos absolutamente iguales» (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis splendor, 96).
    «El deber de reiterar esta no posibilidad de admitir a la Eucaristía (a los divorciados vueltos a casar) es condición de verdadera pastoralidad, de auténtica preocupación por el bien de estos fieles y de toda la Iglesia, ya que indica las condiciones necesarias para la plenitud de aquella conversión a la cual todos son siempre invitados por el Señor» (Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, Declaración acerca de la admisibilidad a la Santa Comunión a los divorciados vueltos a casar, 24 de junio del 2000, n. 5).
    Como obispos católicos, los cuales – según la enseñanza del Concilio Vaticano II – deben defender la unidad de la fe y de la disciplina común de la Iglesia, y buscar que surja para todos los hombres la luz de la verdad plena (cf. Lumen gentium, 23), nos vemos obligados en conciencia a profesar, ante la desenfrenada confusión, la inmutable verdad y la igualmente inmutable disciplina sacramental concerniente a la indisolubilidad del matrimonio conforme a la enseñanza bimilenaria e inalterada del Magisterio de la Iglesia. En este espíritu reiteramos:

    Las relaciones sexuales entre personas que no están unidas entre sí por el vínculo de un matrimonio válido, como se verifica en el caso de los «divorciados vueltos a casar», son siempre contrarias a la voluntad de Dios y constituyen una grave ofensa a Dios.
    Ninguna circunstancia o finalidad, ni siquiera una posible imputabilidad o culpa disminuída, pueden hacer de tales relaciones sexuales una realidad moral positiva y agradables a Dios. Lo mismo vale para los otros preceptos negativos de los Diez Mandamientos de la Ley de Dios. Ello a causa de que «existen actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto.» (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia, 17).
    La Iglesia no posee el carisma infalible de juzgar sobre el estado de gracia interno de un fiel (cf. Concilio di Trento, sess. 24, cap. 1). La no admisibilidad a la Santa Comunión de los así llamados «divorciados vueltos a casar» no significa por lo tanto un juicio de su estado de gracia ante Dios, sino un juicio del carácter visible, público y objetivo de su situación. A causa de la naturaleza visible de los sacramentos y de la misma Iglesia, la recepción de los sacramentos depende necesariamente de la situación visible y objetiva de los fieles.
    No es moralmente lícito tener relaciones sexuales con una persona que no es el propio cónyuge legítimo, para evitar un supuesto otro pecado. Ello a causa de que la Palabra de Dios nos enseña que no es lícito «hacer el mal para que venga el bien» (Rom 3, 8).
    La admisión de tales personas a la Santa Comunión puede ser permitida solamente cuando, con la ayuda de la gracia de Dios y de un paciente e individual acompañamiento pastoral, ellas hacen un sincero propósito de cesar de allí en adelante tales relaciones sexuales y de evitar el escándalo. En ello se ha expresado siempre en la Iglesia el verdadero discernimiento y el auténtico acompañamiento pastoral.
    Las personas que mantienen relaciones sexuales no conyugales de modo habitual, violan con tal estilo de vida el indisoluble vínculo nupcial matrimonial respecto al legítimo cónyuge. Por esta razón no son capaces de participar «en el Espíritu y en la Verdad» (cf. Jn 4, 23) en la cena nupcial eucarística de Cristo, teniendo también en cuenta las palabras del rito de la Sagrada Comunión: «¡Beatos los invitados a la Cena del Cordero!» (Ap 19, 9).
    El cumplimiento de la voluntad de Dios, revelada en Sus Diez Mandamientos y en Su explícita prohibición del divorcio, constituye el verdadero bien espiritual de las personas aquí en la Tierra, permitiendo así que sean conducidas a la salvación de la vida eterna.
    Siendo los obispos en su oficio pastoral quienes deben «velar por la fe católica y apostólica» (cf. Missale Romanum, Canon Romanus), estamos conscientes de esta grave responsabilidad y de nuestro deber ante los fieles que de nosotros esperan una profesión pública e inequívoca de la verdad y de la disciplina inmutables de la Iglesia en lo que dice respecto a la indisolubilidad del matrimonio. Por esta razón no nos es permitido callar.

    Afirmamos por lo tanto en el espíritu de San Juan Bautista, de San Juan Fisher, de Santo Tomás Moro, de la Beata Laura Vicuña y de numerosos conocidos y desconocidos confesores y mártires de la indisolubilidad del matrimonio:

    No es lícito (non licet) justificar, aprobar o legitimar, ni directamente ni indirectamente, ya sea el divorcio ya sea una relación sexual no conyugal estable, con una disciplina sacramental de admisión a la Santa Comunión de los así llamados «divorciados vueltos a casar», tratándose en este caso de una disciplina ajena a la entera Tradición de la fe católica y apostólica.

    Haciendo esta pública profesión ante nuestra conciencia y ante Dios que nos ha de juzgar, estamos sinceramente convencidos de prestar así un servicio de caridad en la verdad a la Iglesia de nuestro tiempo y al Sumo Pontífice, Sucesor de San Pedro y Vicario de Cristo sobre la Tierra.

    31 de diciembre del 2017, Fiesta de la Sagrada Familia, en el año del centenario de las apariciones de Nuestra Señora de Fátima.

    + Tomash Peta, Arzobispo Metropolitano de la archidiócesis de Santa Maria en Astana

    + Jan Pawel Lenga, Arzobispo, obispo emérito de Karaganda

    + Athanasius Schneider, Obispo auxiliar de la archidiócesis de Santa Maria en Astana

    (En infocatólica 2/01/2018.) ¿Cabe decir más, más alto y con mayor rigor católico a la Corporación de Cristo que es la Iglesia guiada por el Papa?
    Cierto que no concluyen que si el Vaticano II contradijo e invalidó la Encíclica Mortaliun animos ahí mismo quedó rota la continuidad del Magisterio Ordinario en la lglesia. Y que si tal ha sucedido nosotros estamos justificados para discrepar de Amoris Laetitia al igual que del Vaticano II y los Papas consecuentes con el mismo.
    Es cierto que Branmüller se aferra al itinerario de BenedictoXVI para plantear las Dudas y que sus invitaciones a aceptar Nostra aetate y la Dignitatis humanae ni están ben fundamentadas ni son aceptables tal como se han fomulado, aunque argumente que no son vinculantes por naturaleza canónica.
    Y cierto también que el obispo Schneider podría parecer partidario o condescendiente con el Ecumenismo Interconfesional y entonces quedaría inhabilitado como cuantos rompieron con la Mortalium animos, pero Monseñor se refiere al respeto de las personas que tengan otras religiones y no a la equiparación salvífica y santificadora como confieren a todas por ejemplo Koch o Tauran.
    Si no han defenestrado a mons. Schneider es porque ha sido el alumno más brillante y ejemplar del teólogo Josepf Ratzinger que fue investido Sumo Pontífice de la Religión Católica. No quieren desairar a Benedicto XVI en la persona de Schneider y no quieren aparecer de abusones despóticos declarando removidos a los obispos kazajos por defender como obispos católicos La Fe de Revelación que otros consienten o ellos mismos persisten en demoler y erradicar.

    —————-

    Si Vd. reconoce que Francisco es el Papa, igual que Schneider, no hay nada que hacer. Esa es la clave. Mientras se le reconozco, su destrucción continuará.

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