Adán, el primero que cae en la trampa feminista

Porque si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él (Jn 5; 46).”

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Antes de que Dios creara a Eva del costado de Adán, ordenó a Adán que puede comer de todos los árboles del Jardín de Edén, excepto del fruto del árbol del conocimiento del bien y el mal:

Y ordenó el Señor Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás (Gen 2; 16-17).”

Era un mandamiento clarísimo de Dios; además, Adán estaba en estado de Justicia y Gracia originales. Entendía perfectamente a Dios, y lo que su Creador le quiso decir.

Tal vez por esa claridad, Satanás elige al parecer el camino más fácil: seducir primero a la mujer, y luego al hombre por medio de ella. La estrategia resultó eficaz. Recordemos cuál fue:

Y la serpiente era más astuta que cualquiera de los animales del campo que el Señor Dios había hecho. Y dijo a la mujer: ¿Es que Dios os ha dicho: “No comeréis de ningún árbol del huerto”? (Gen 3; 1).”

“¿Es que Dios os había dicho…?”  El diablo pone en duda la Palabra de Dios, esa es la estrategia. Dios no es digno de fiar; es más: Dios es en realidad el enemigo de vuestra promoción y felicidad. 

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El diablo se presenta como el primer racionalista, el que pone en duda el mandamiento de Dios, haciendo sugerir que existe, y es menester buscarla, la felicidad y dicha al margen de él. El que propone la autonomía del hombre frente a Dios. En resumen, ¿qué es lo que hace Satanás en este punto?: Cuestiona la Palabra de Dios.

Eva, la madre de todos nosotros, muerde el anzuelo, y en vez de refugiarse en la amistad de Dios, entra en el diálogo con el mal. Más astuto que ella. En el fondo, la fuerza de la mujer, y del hombre, estaba en su inocencia, en esperar y buscar la victoria de Dios. La mujer tenía que andar en la verdad, es decir: ser humilde. Pero no lo fue. Es ingenua, no inocente, y queda como una tonta, además de mala. Busca el consejo del diablo (que no tendría cuernos algunos, más bien era un listillo):

Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto, ha dicho Dios: “No comeréis de él, ni lo tocaréis, para que no muráis (Gen 3; 2-3).”

El fallo ya estaba hecho, y preparada la caída: se entró en el diálogo con el mal. El consejo de santos y sabios siempre era este: “no tengas la ‘valentía de luchar’ en la ocasión próxima a pecar, ¡huye!”. Vamos a resumir este punto. ¿Cuál es el fallo de Eva aquí? Una vez puesta la Palabra de Dios en cuestión, Eva la distorsiona: dice que Dios les había dicho “ni lo tocaréis…”, ¡lo cual es falso!.

No sorprende, pues, que en este punto Eva sigua escuchando:

Y la serpiente dijo a la mujer: Ciertamente no moriréis.  Pues Dios sabe que el día que de él comáis, serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conociendo el bien y el mal (Gen 3; 4-5).”

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Es decir, empezando por cuestionar el mandamiento de Dios, pasó a distorsionarlo, para terminar haciendo el tercer paso: juzgar el mandamiento de Dios. ¿Y cómo lo juzga? ¿Qué idea le ayuda a juzgar la Palabra de Dios? Porque se le presenta como no razonable: Dios es enemigo de la razón y de libre albedrío. ¿No ves que es mejor probar la fruta, no ves que es agradable, no puedes juzgar por ti misma?:

Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido que estaba con ella, y él comió (Gen 3; 6).”

Y la caída fue consumada.

San Juan Crisostómo en las Homilías sobre el Génesis (17), saca la enseñanza para los matrimonios, basada en esta Palabra de Dios, y en la naturaleza propia del hombre y de la mujer, creados como tales por Dios:

Incluso si tu esposa preparó el camino para vuestra transgresión de mi mandamiento, no estás sin culpa. Deberías haber considerado mi mando como más digno de confianza. Y, más allá de disuadir a ti sólo de comer, deberías haber mostrado la gravedad del pecado a tu esposa. Después de todo, eres responsable de tu mujer, la cual ha sido creada por tu bien; pero tú has invertido el orden correcto: no sólo tienes que ser tú el que se mantenga el camino recto y estrecho – pero has sido arrastrado con ella, y,  mientras que el resto del cuerpo debe seguir la cabeza, al contrario de hecho ha ocurrido, es la cabeza que ha seguido el resto del cuerpo, haciendo las cosas al revés .

Y es aquí donde quiero poner acento hoy: en la actuación del hombre. El hombre aquí es débil, no cumple con su papel de la cabeza de la familia, del matrimonio. ¿Y por qué? Porque cede a su mujer, en vez de poner por encima y en primer lugar el mandamiento de Dios. Adán no amó a Eva; le consintió en su capricho para asegurarse su aceptación. Se dejó arrastrar por ella, y cayeron los dos.

Trasladando esta reflexión a la actualidad, podemos decir que el feminismo destruye en primer lugar a la mujer, para a continuación destrozar al hombre también, y por ende la familia. No puede ser otra cosa que una iniciativa diabólica, cuyos frutos llegan a ser tan destructivos y desagradables, que al menos el horrendo resultado de esta ideología debería hacernos recapacitar.

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La mujer necesita a un hombre, lo cual no quiere decir a un macho, que es una lamentable y distorsionada caricatura de masculinidad de la que debe rebosar un hombre.

No es cierto que las mujeres quieren o necesitan a hombres que a todo les dirán que sí. Eso son hombres-mujercitas, hombres remilgados, gente floja e insípida. En la naturaleza misma de la mujer yace la necesidad de apoyarse en la estabilidad de una firmeza viril. El cine de los años 50 y 60 todavía lo tenía en cuenta; se buscaban hombres duros que esconden detrás de su rostro de piedra una tristeza,  melancolía y la resignación de los sublimes perdedores – llegado ese punto; pero en cualquier caso capacidad de sufrimiento y liderazgo, rasgos que provocan ternura y en la platea femenina. ¿Por qué será? Actores como Bogart, Heston, Cooper, etc., era lo que venía como el anillo al dedo, algo comúnmente aceptado y pedido.  Sencillamente, simplemente diré que la sociedad era más natural entonces.

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Al final, la cuestión es: ¿cuándo se cae, hasta dónde llega la caída?

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La respuesta salta a la vista, nunca mejor dicho.

Pero a su vez, el hombre sí tiene una respuesta verdaderamente liberadora. Mientras exista el alma en el hombre (y en la mujer, me refiero a los dos), siempre es posible la recuperación, porque Dios siempre puede intervenir.

Dios intervendrá si nos fiamos de su Palabra, y no la despreciamos como hizo nuestra madre común. De su Palabra revelada, desde el principio hasta el fin, sin cuestionarla, dejándose llevar por su auténtica interpretación que solamente la Iglesia puede dar.

Esa interpretación no puede ser hoy una cosa, y mañana otra que no tenga nada que ver, excepto de que se diga “es lo mismo”. Pues mira, no lo veo si no lo veo, capici?

Me despido con una orientación clarísima e inconfundible que nos da a todos León XIII, en su encíclica Arcanum Divinae Sapientiae (“Dada en Roma, junto a San Pedro, a 10 de febrero de 1880, año segundo de nuestro pontificado”):

“4. Para todos consta, venerables hermanos, cuál es el verdadero origen del matrimonio. Pues, a pesar de que los detractores de la fe cristiana traten de desconocer la doctrina constante de la Iglesia acerca de este punto y se esfuerzan ya desde tiempo por borrar la memoria de todos los siglos, no han logrado, sin embargo, ni extinguir ni siquiera debilitar la fuerza y la luz de la verdad. Recordamos cosas conocidas de todos y de que nadie duda: después que en el sexto día de la creación formó Dios al hombre del limo de la tierra e infundió en su rostro el aliento de vida, quiso darle una compañera, sacada admirablemente del costado de él mismo mientras dormía. Con lo cual quiso el providentísimo Dios que aquella pareja de cónyuges fuera el natural principio de todos los hombres, o sea, de donde se propagara el género humano y mediante ininterrumpidas procreaciones se conservara por todos los tiempos. Y aquella unión del hombre y de la mujer, para responder de la mejor manera a los sapientísimos designios de Dios, manifestó desde ese mismo momento dos principalísimas propiedades, nobilísimas sobre todo y como impresas y grabadas ante sí: la unidad y la perpetuidad. Y esto lo vemos declarado y abiertamente confirmado en el Evangelio por la autoridad divina de Jesucristo, que atestiguó a los judíos y a los apóstoles que el matrimonio, por su misma institución, sólo puede verificarse entre dos, esto es, entre un hombre y una mujer; que de estos dos viene a resultar como una sola carne, y que el vínculo nupcial está tan íntima y tan fuertemente atado por la voluntad de Dios, que por nadie de los hombres puede ser desatado o roto. Se unirá (el hombre) a su esposa y serán dos en una carne. Y así no son dos, sino una carne. Por consiguiente, lo que Dios unió, el hombre no lo separe.

¿Habéis visto como León XIII habla de la Palabra de Dios? ¿Y no la toca lo más mínimo? ¿Y a partir de allí desarrolla su enseñanza? ¿Y cómo se entiende? Y no era esto hace tanto, hasta que empezó esta época nuestra de inusual embestida, que sin el empeño máximo del demonio, entender no se puede.

Pero la respuesta está allí: en la obediencia al mandato de Dios, tan firmemente proyectado en la misma naturaleza. El autor humano de Pentateuco era Moisés, que pasó cuarenta días delante de Dios en el monte Sinaí.

La doctrina católica o es íntegra, o es confusa, que es peor que si fuese contraria de la católica, lo cual saltaría a la vista. Recordemos la advertencia del Señor:

Porque si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él (Jn 5; 46).”

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La ruta del Éxodo. “El monte Sinaí está en Arabia.” (Gal. IV, 25)

Sina enim mons est in Arabia

El monte Sinaí está en Arabia. (Gal. IV, 25)

Es llamativa esta afirmación de San Pablo contenida en su epístola a los gálatas. ¿Pero es que no está el monte Sinaí en la península de Sinaí, que de este monte seguramente recibió el nombre? Sin embargo, San Pablo inconfundiblemente sostiene que el monte Sinaí está en Arabia, y lo hace como el que se refiere a algo conocido sobre todo a los judíos de su tiempo:

“Hay en todo esto un simbolismo: estas dos mujeres representan las dos Alianzas. La primera Alianza, la del monte Sinaí, que engendró un pueblo para la esclavitud, está

representada por Agar, porque el monte Sinaí está en Arabia, y corresponde a la Jerusalén actual, ya que ella con sus hijos viven en la esclavitud.” Gal. IV, 24-25

Aclara más esta circunstancia la traducción de la Casa de la Biblia:

 

“Esto es una alegoría, pues las dos mujeres simbolizan las dos alianzas: una proviene del monte Sinaí y engendra hombres para la esclavitud; es la simbolizada por Agar(notad que Agar hace referencia al monte Sinaí, que está en Arabia) y corresponde a Jerusalén de ahora que, junto con sus hijos, sigue siendo esclava.”

En una dirección similar va la siguiente traducción croata:

“Poque Agar signfica el monte Sinaí que está en Arabia” (traducido al español de una traducción croata).

Esta aclaración la Vulgata la presupone y se corresponde más con la primera traducción:

“quæ sunt per allegoriam dicta. Hæc enim sunt duo testamenta. Unum quidem in monte Sina, in servitutem generans, quæ est Agar : Sina enim mons est in Arabia, qui conjunctus est ei quæ nunc est Jerusalem, et servit cum filiis suis.”

Sin embargo, la siguiente traducción de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra más bien expresa la incredulidad de que San Pablo dijera que el monte Sinaí está en Arabia, sino utiliza una expresión que permite no afirmar tal cosa y seguir creyendo (porque se cree que es lo correcto), de que el monte Sinaí realmente está en la actual península de Sinaí:

“Todo esto tiene un sentido alegórico, porque estas mujeres representan los dos testamentos: uno, el del Monte Sinaí, que engendra esclavos, es Agar. La palabra “Agar” en Arabia designa el monte Sinaí y corresponde a la Jerusalén actual, que es, en efecto,  esclava junto con sus hijos.”

De aquí, en efecto, no se concluye necesariamente de que el monte Sinaí está en Arabia. Y esto es, no obstante, lo que sin ninguna duda afirmó San Pablo. O sea, Dios, que es el autor de la Sagrada Escritura.

De acuerdo, dirán algunos, ¿y tú qué propones? ¿Qué realmente está en Arabia? ¿Qué se han ido allá en la alfombra de Aladín? Pues para no creer eso, tendrás que aportar algunos indicios de que tal circunstancia realmente se corresponda con la verdad.

Pues de eso, en efecto, se trata en este trabajo.

Descargar el archivo en pdf en este enlace.

¿Fue un ángel o dos los que anunciaron la Resurrección?

“Pasado el sábado, al alborear el día siguiente, marcharon María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto se produjo un gran terremoto, porque un ángel del Señor descendió del cielo, se acercó, removió la piedra y se sentó sobre ella. Su aspecto era como de un relámpago, y su vestidura blanca como la nieve. Los guardias temblaron de miedo ante él y se quedaron como muertos. El ángel tomó la palabra y les dijo a las mujeres:

Vosotras no tengáis miedo; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como había dicho. Venid a ver el sitio donde estaba puesto. Marchad enseguida y decid a sus discípulos que ha resucitado de entre los muertos; irá delante de vosotros a Galilea: allí le veréis. Mirad que os lo he dicho.” (Mt 28, 1-7)

“Pasado el sábado, María Magdalena y María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús… Entrando en el sepulcro, vieron a un joven a sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca, y se quedaron muy asustadas. Él les dice:…

Y ellas salieron y huyeron del sepulcro, pues estaban sobrecogidas de temblor y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, porque estaban atemorizadas.” (Mc 16, 1; 5; 8)

“Las mujeres que habían venido con él desde Galilea le siguieron y vieron el sepulcro y cómo fue colocado su cuerpo. Regresaron y prepararon aromas y ungüentos. El sábado descansaron según el precepto.” (Lc 23, 55-56)

“Estaban desconcertadas por este motivo, cuando se les presentaron dos varonescon vestidura refulgente. Como estaban llenas de temor y con los rostros inclinados hacia la tierra, ellos dijeron:… Eran María Magdalena, Juana y María la de Santiago;también las otras que estaban con ellas contaban estas cosas a los apóstoles. Y les pareció como un desvarío lo que contaban, y no les creían.” (Lc 24, 4-5; 10-11)

“El día siguiente al sábado, muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio quitada la piedra del sepulcro. Entonces echó a correr, llegó hasta donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, el que Jesús amaba, y les dijo:

Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto.” (Jn 20, 1-2)

“María estaba fuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y vio a dos ángeles de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los píes, donde había sido colocado el cuerpo de Jesús. Ellos dijeron:…” (Jn 20, 11-13)

Entonces, ¿uno o dos ángeles? Si estos textos se refieren a un solo grupo de mujeres, indicarían una contradicción. Y precisamente en ese punto está la respuesta:no llegó un solo grupo de mujeres al sepulcro, o mejor dicho, todo indica que el grupo inicial se había dividido en varios grupos, por alguna razón. La razón casi seguro sería en que salieron hacia el sepulcro, como dice San Juan, “cuando todavía estaba oscuro”, y las puertas de la ciudad estarían cerradas por motivos de seguridad, máxime por el tumulto de esos días. También por el miedo de algunas de ellas en elegir el camino más corto y de esa manera llamar la atención más de la cuenta, etc.

El texto de Valtorta compone todos esos detalles como en un puzzle, cohesionándolos con una lógica natural y creíble: fueron en efecto varios grupos (tres, contando a Magdalena a solas) de mujeres que se forman a partir del grupo inicial. Toda la narración está llena de dinamismo y realidad que encaja a perfección con los relatos evangélicos:

¡Feliz Pascua de Resurrección!

Sigue el texto referido de Valtorta (las pocas negritas son mías para facilitar la lectura):

Entretanto las mujeres, dejada ya la casa, caminan, sombras en la sombra, muy cerca del muro. Durante un rato guardan silencio, bien arrebozadas y medrosas por tanto silencio y soledad. Luego, recobrando los ánimos a la vista de la calma absoluta que hay en la ciudad, se reúnen en grupo y encuentran el valor para hablar.

-¿Estarán abiertas ya las puertas? – pregunta Susana.

-Claro que sí. Mira allí el primer hortelano que entra con las verduras.

-Va al mercado – responde Salomé.

-¿Nos dirán algo? – Es también Susana la que hace esta pregunta.

-¿Quién? – pregunta la Magdalena.

-Los soldados, en la puerta Judicial. Por esa puerta… entran pocos y, menos todavía, salen… Crearemos recelos…

-¿Y qué? Nos mirarán. Verán a cinco mujeres que van hacia el campo. Podríamos ser también personas que después de la Pascua regresan a sus pueblos.

-Pero… Para no llamar la atención de algún malintencionado, ¿por qué no salimos por otra puerta y luego volvemos siguiendo el muro bien pegadas a él?…

-Alargamos el camino.

-Pero estaremos más seguras. Pasamos por la puerta del Agua…

-Yo que tú, Salomé, pasaría por la puerta Oriental. ¡Así sería más larga la vuelta que tendrías que dar! Tenemos que darnos prisa y volver pronto.

La que habla tan resueltamente es la Magdalena.

-Entonces otra, pero no la puerta Judicial. Esto sí, mujer… – le ruegan todas.

-De acuerdo. Pero entonces pasamos por casa de Juana. Nos insistió en que la advirtiéramos. Si hubiéramos ido directamente, hubiéramos podido no pasar por su casa, pero, dado que queréis dar una vuelta más grande, pues vamos donde ella…

-¡Sí! ¡Sí! Incluso por los soldados que están allí de guardia… Ella es conocida y se la teme…

-Yo sugeriría también pasar por casa de José de Arimatea. Es el dueño del sitio.

-¡Claro, y ahora formamos un cortejo para no llamar la atención! ¡Pero qué hermana más temerosa tengo! Mira, Marta, más bien hacemos esto: yo me adelanto y observo; vosotras venís detrás con Juana; si hay peligro, me pongo en medio del camino, de forma que me veáis; en ese caso, regresamos. Pero, os aseguro que los soldados, al ver esto -ya lo he previsto yo (y enseña una bolsa llena de monedas)-nos dejarán hacer todo.

-Se lo decimos también a Juana. Tienes razón.

-Entonces marchaos. Y yo también.

-¿Vas sola, María? Voy contigo – dice Marta, temerosa por su hermana.

-No. Tú ve donde Juana con María de Alfeo. Salomé y Susana te esperan cerca de la puerta por la parte de fuera de las murallas. Y luego venís por la vía principal todas juntas. Adiós.

Y María Magdalena corta otros posibles comentarios yéndose rauda con su bolsa de bálsamos y sus monedas en el pecho.

Va tan rápida, que parece volar por el camino, que se hace más alegre con el primer rosicler de la aurora. Pasa la puerta

Judicial para ahorrar tiempo. Y nadie la para…

Las otras la ven alejarse. Luego vuelven las espaldas a la bifurcación de calles en que estaban y toman otra, estrecha y oscura, que luego se abre, ya cerca del Sixto, para formar una calle más ancha y abierta, donde hay hermosas casas. Se separan:

Salomé y Susana siguen por esa misma calle; Marta y María de Alfeo llaman al portón herrado, y se ponen delante de la pequeña ventana -un ventanillo- entreabierta por el portero.

Entran y van donde Juana, la cual, ya levantada y vestida toda de un morado oscurísimo que resalta aún más su palidez, está trabajando también con unos bálsamos, junto con la nodriza y una criada.

-¿Habéis venido? Dios os lo pague. Pero, si no hubierais venido, habría ido yo… En busca de consuelo… Porque, después de ese tremendo día, muchas cosas se han alterado. Y para no sentirme sola, debo ir a apoyarme en esa piedra y llamar y decir: “Maestro, soy la pobre Juana… No me dejes sola también Tú…

Juana llora quedo, pero con mucha desolación, mientras Ester, la nodriza, hace vistosos gestos indescifrables detrás de Juana mientras le coloca el manto.

-Yo me marcho, Ester.

-¡Dios te dé consuelo!

Salen del palacio para unirse a las compañeras. Es en este momento cuando se produce el breve y fuerte terremoto, que hace cundir el pánico de nuevo entre los jerosolimitanos, aterrorizados todavía por los hechos acaecidos el viernes. Las tres mujeres vuelven sobre sus pasos precipitadamente, y se quedan en el amplio vestíbulo, -en medio de las criadas y criados que gritan e invocan al Señor, temerosas de nuevos temblores de tierra…

…La Magdalena, sin embargo, está ya en la entrada del caminito que lleva al huerto de José de Arimatea cuando la sorprende el potente estampido, potente pero armónico, de este signo celeste. Al mismo tiempo, en la luz levemente rosada de la aurora que va avanzando en el cielo -donde todavía en el Occidente resiste una tenaz estrella- y que va poniendo dorado el aire hasta ahora levemente verdoso, se enciende una gran luz, que desciende como si fuera un globo incandescente, brillantísimo, cortando en zigzag el aire sereno. Pasa muy cerca de María de Magdala (casi hace que se caiga al suelo). Ella se pliega un poco susurrando: « ¡Mi Señor!», y luego, como un tallito tras el paso del viento, se endereza de nuevo y, más veloz, corre hacia el huerto.

Entra en él rápidamente: va hacia el sepulcro de roca como un pájaro perseguido en busca de su nido. Pero, a pesar de toda su prisa, no puede estar allí cuando el celeste meteoro hace de palanca y de llama en la argamasa con que está sellada y reforzada la pesada piedra; ni cuando, con fragor final, la puerta de piedra cae produciendo una vibración que se une a la del terremoto, el cual, a pesar de ser breve, es de una violencia tal, que echa por tierra a los soldados como muertos.

María, al llegar, ve a estos inútiles carceleros del Triunfador arrojados al suelo como un haz de espigas cortadas. María Magdalena no relaciona el terremoto con la Resurrección, sino que, al ver ese espectáculo, cree que se trata del castigo de Dios contra profanadores del Sepulcro de Jesús, y cae de rodillas diciendo:

-¡Ay, se lo han llevado!

Está verdaderamente desolada. Llora como una niña que hubiera venido a buscar a su padre, con la seguridad de encontrarlo, y se hubiera encontrado vacía la casa. Luego se alza y se marcha corriendo en busca de Pedro y Juan. Y, dado que ya sólo piensa en avisar a los dos, no se acuerda de ir al encuentro de las compañeras, ni se acuerda de detenerse en el camino, sino que, veloz como una gacela, vuelve a pasar por el camino recorrido antes, atraviesa la puerta Judicial y corre presurosa por las calles, que ahora tienen un poco más de gente, para toparse contra el portón de la casa amiga y golpearlo y empujarlo furiosamente.

Le abre la dueña.

-¿Dónde están Juan y Pedro? – pregunta jadeante y angustiada María Magdalena.

-Allí – y la mujer señala hacia el Cenáculo.

María de Magdala entra y, nada más entrar, enfrente de los dos asombrados apóstoles, dice (y en su voz, mantenida baja por piedad hacia la Madre, hay más angustia que si hubiera gritado):

-¡Se han llevado del Sepulcro al Señor! ¿Quién sabe dónde lo habrán puesto? – y por primera vez se tambalea y vacila y, para no caerse, se agarra donde puede.

-¡Cómo! ¿Qué dices? – preguntan los dos.

Y ella, jadeante:

-Yo me adelanté… para comprar a los soldados que estaban de guardia… para que nos permitieran embalsamar. Ellos están allí como muertos… El Sepulcro está abierto, la piedra por el suelo… ¿Quién? ¿Quién habrá sido? ¡Venid! Vamos corriendo…

Pedro y Juan se encaminan. María los sigue a algunos pasos de distancia. Luego vuelve, agarra a la dueña de la casa, la zarandea con violencia movida de su amor previsor y le dice junto a la cara con voz sibilante:

-Que no se te ocurra dejar pasar a nadie donde está Ella (y señala la puerta de la habitación de María). Recuerda que yo mando en ti. Obedece y calla.

Y, dejándola verdaderamente sobrecogida, da alcance a los apóstoles, que con paso veloz van hacia el Sepulcro…

…Entretanto, Susana y Salomé, en llegando a las murallas, habiendo dejado a sus compañeras, se ven sorprendidas por el terremoto. Atemorizadas, se refugian debajo de un árbol, y se quedan allí, con el dilema de si ir hacia el Sepulcro o si huir hacia la casa de Juana: pero el amor vence al miedo y van hacia el Sepulcro. Entran, todavía turbadas, en el huerto, y ven a los soldados, como muertos… Ven una gran luz salir del Sepulcro abierto. Aumenta su turbación, y termina haciéndose completa cuando, cogidas de la mano para infundirse recíprocamente ánimos, se asoman a la entrada y, en la oscuridad de la gruta sepulcral, ven a una criatura luminosa y hermosísima, dulcemente sonriente, saludarlas desde el sitio donde está: apoyada en la parte derecha de la piedra de la unción, cuyo gris volumen, detrás de tanto incandescente esplendor, se desvanece. Caen de rodillas, aturdidas por el estupor.

Pero el ángel les habla dulcemente:

-No tengáis miedo de mí. Soy el ángel del divino Dolor. He venido para experimentar la dicha de su final: ya no existe el dolor del Cristo ni su anonadamiento en la muerte. Jesús de Nazaret, el Crucificado al que vosotras buscáis, ha resucitado. ¡Ya no está aquí! Vacío está el lugar en que había sido colocado. Exultad conmigo. Id. Decidle a Pedro y decid a los discípulos que ha resucitado y que os precede hacia Galilea. Allí lo veréis todavía, aunque por poco tiempo, según ha dicho.

Las mujeres caen rostro en tierra y, cuando lo alzan, huyen como si un castigo las persiguiera. Están aterrorizadas y susurran:

-¡Ahora moriremos! ¡Hemos visto al ángel del Señor!

Ya en pleno campo se calman un poco, y se consultan recíprocamente. ¿Qué hacer? Si dicen lo que han visto, no las creerán; si dicen que vienen de allí, pueden ser acusadas por los judíos de haber matado a los soldados que estaban de guardia.

No, no pueden decir nada; ni a los amigos ni a los enemigos…

Atemorizadas, enmudecidas, vuelven por otro camino hacia casa. Entran y se refugian en el Cenáculo. Ni siquiera piden ver a María… Y allí piensan que lo que han visto ha sido un engaño del Demonio. Siendo, como son, humildes, juzgan que «no puede ser que a ellas les haya sido concedido ver al enviado de Dios. Es Satanás el que ha querido atemorizarlas para alejarlas de allí».

Lloran y oran como dos niñas asustadas por una pesadilla…

…El tercer grupo, el de Juana, María de Alfeo y Marta, visto que nada nuevo sucede, se decide a ir al lugar donde, sin duda, están las compañeras esperando. Salen a las calles, donde ya hay gente, gente asustada que habla del nuevo terremoto y lo relaciona con los hechos del viernes y ve incluso lo que no existe.

-¡Mejor, si están todos asustados! Quizás también lo estén los soldados de la guardia y no pongan objeciones – dice María de Alfeo. Y van raudas hacia las murallas.

Pero, mientras ellas van allá, al huerto han llegado ya Pedro y Juan, seguidos por la Magdalena. Y Juan, más rápido, es el primero en llegar al Sepulcro. Los soldados ya no están. Tampoco está ya el ángel.

Juan se arrodilla, temeroso y afligido, en la entrada totalmente abierta; se arrodilla para hacer un acto de veneración y para captar algún indicio de las cosas que ve. Pero sólo ve, en el suelo, los paños de lino, puestos en un montón encima de la Sábana.

-¡Pues verdaderamente no está, Simón! Es como lo había visto María. Ven, entra mira.

Pedro, jadeando por la gran carrera realizada, entra en el Sepulcro. Por el camino había dicho: «No me voy a atrever a acercarme a ese sitio». Pero ahora sólo piensa en descubrir dónde puede estar el Maestro. E incluso lo llama, como si pudiera estar escondido en algún rincón oscuro.

La oscuridad, en esta hora matutina, es todavía fuerte en el profundo Sepulcro cuya única fuente de luz es la pequeña abertura de la puerta, en la que proyectan sombra ahora Juan y la Magdalena… Y Pedro tiene dificultad para ver, de forma que tiene que ayudarse con las manos… Toca, temblando, la mesa de la unción y la siente vacía…

-¡No está, Juan! ¡No está!… ¡Ven también tú! Yo he llorado tanto, que casi no veo con esta poca luz.

Juan se pone de pie y entra. Mientras Juan hace esto, Pedro descubre el sudario, colocado en un rincón, bien doblado; y, dentro del sudario, cuidadosamente enrollada, la sábana.

-Verdaderamente se lo han llevado. Los soldados estaban no por nosotros sino para hacer esto… Y nosotros les hemos dejado actuar. Marchándonos, lo hemos permitido…

-¡Oh! ¿Dónde lo habrán puesto!

-Pedro… Pedro… ahora sí que ya no hay nada que hacer.

Los dos discípulos salen abatidos por completo.

-Vamos, mujer. Díselo tú a su Madre…

-Yo no me marcho. Me quedo aquí… Alguno vendrá… No, no me voy… Aquí hay todavía algo que de Él. Tenía razón su Madre… Respirar el aire donde Él ha estado es el único consuelo que nos queda.

-El único consuelo… Ahora tú también te percatas de que esperar era una quimera… – dice Pedro.

María ni siquiera responde. Se deja caer al suelo, justo junto a la entrada, y llora mientras los otros se marchan lentamente.

Luego levanta la cabeza y mira adentro, y, a través de las lágrimas, ve a dos ángeles, sentados el uno en la cabecera y el otro en los pies de la piedra de la unción. Está tan aturdida la pobre María, en su más fiera batalla entre la esperanza que muere y la fe que no quiere morir, que los mira alelada, sin asombro siquiera. Ya no tiene sino lágrimas la mujer fuerte que con heroísmo ha resistido todo.

-¿Por qué lloras, mujer? – pregunta uno de los dos luminosos muchachos (porque su aspecto es el de dos hermosísimos adolescentes).

-Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde le han puesto.

María habla con ellos sin miedo. No pregunta: « ¿Quiénes sois?». Nada. Ya nada le causa estupor. Todo lo que puede asombrar a una criatura ella ya lo ha sufrido. Ahora es sólo un ser quebrantado que llora sin fuerzas y sin reserva.

El jovencito angélico mira a su compañero y sonríe. Y el otro también. Y, resplandeciendo de júbilo angélico, ambos miran afuera, hacia el huerto del todo florecido por los millones de corolas que se han abierto con el primer sol en los tupidos manzanos del pomar.

María se vuelve para ver a quién miran. Y ve a un Hombre, hermosísimo, al que no sé como puede no reconocer inmediatamente. Un Hombre que la mira con piedad y le pregunta:

-Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?

Es verdad que es un Jesús velado por su propia piedad hacia la criatura, a la que las demasiadas emociones han agotado y podría morir a causa de la repentina alegría; pero de verdad me pregunto cómo puede no reconocerlo.

Y María, entre sollozos:

-¡Se me han llevado al Señor Jesús! Había venido a embalsamarlo en espera de que resucitara… He tenido recogido todo mi coraje y mi esperanza, y mi fe, en torno a mi amor… y ahora ya no lo encuentro… No, más bien he puesto mi amor en torno a la fe, a la esperanza y al coraje, para defenderlos de los hombres… ¡Pero todo es inútil! Los hombres me han robado a mi Amor, y con Él me han arrebatado todo… ¡Oh, mi señor, si eres tú el que se lo ha llevado, dime dónde lo has puesto! Y yo iré por

Él… No se lo diré a nadie… Será un secreto entre tú y yo. Mira: soy la hija de Teófilo, la hermana de Lázaro, pero estoy de rodillas delante de ti suplicándote, como una esclava. ¿Quieres que te compre su Cuerpo? Lo haré. ¿Cuánto quieres? Soy rica. Puedo darte tanto oro y gemas como pesa su Cuerpo. Pero devuélvemelo. No te denunciaré. ¿Quieres golpearme? Hazlo. Haciéndome verter sangre, si quieres. Si sientes odio hacia Él, descárgalo sobre mí. Pero devuélvemelo. ¡Oh, mi señor, no me hagas pobre de esta manera, con esta indigencia! ¡Piedad de una pobre mujer!… ¿Por mí no quieres? Por su Madre, entonces. ¡Dime! Dime dónde está mi Señor Jesús. Soy fuerte. Lo tomaré entre mis brazos y lo llevaré como a un niño a lugar seguro. Señor… señor… ya lo ves… hace tres días que la ira de Dios se descarga sobre nosotros por lo que se hizo al Hijo de Dios… No añadas la Profanación al Delito…

-¡María!

Jesús aparece radioso al llamarla. Se revela con su esplendor triunfante.

-¡Rabhuní!

El grito de María es verdaderamente “el gran grito” que cierra el ciclo de la muerte. Con el primero, las tinieblas del odio fajaron a la Víctima con vendas fúnebres; con el segundo, las luces del amor aumentaron su esplendor. Y María, al emitir este grito que llena el huerto, se alza y, presurosa, va a los pies de Jesús, a esos pies que quisiera besar.

Jesús, tocándola apenas con la punta de los dedos en la frente, la separa:

-¡No me toques! No he subido con esta figura todavía a mi Padre. Ve donde mis hermanos y amigos y diles que subo al Padre mío y vuestro, a mi Dios y a vuestro Dios, y luego iré donde ellos.

Y Jesús, absorbido por una luz irresistible, desaparece.

María besa el suelo donde Él estaba y corre hacía la casa. Entra como un rayo -la puerta está entornada para dejar paso al amo de la casa, que se dirige hacia la fuente-, abre la puerta de la habitación de María y se deja caer en el corazón de Ella, gritando: -¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado! – y llora llena de dicha.

Y, mientras acuden Pedro y Juan y del Cenáculo vienen las asustadas Salomé y Susana y escuchan lo que la Magdalena dice, también vuelven de la calle María de Alfeo y Marta y Juana, las cuales, con respiro entrecortado, dicen que ellas también han estado allí, y que han visto a dos ángeles que decían ser el Custodio del Hombre Dios y el Ángel de su Dolor, y que les han dado la orden de decir a los discípulos que había resucitado. Y, al ver que Pedro menea la cabeza, insisten diciendo:

Sí. Han dicho: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado, como dijo estando todavía en Galilea. ¿No os acordáis? Dijo: “El Hijo del hombre debe ser entregado en manos de los pecadores y ser crucificado. Pero al tercer día resucitará”.

Pedro menea la cabeza diciendo:

-¡Demasiadas cosas en estos días! Os han ofuscado.

La Magdalena alza la cabeza del pecho de María y dice:

-¡Lo he visto! Le he hablado. Me ha dicho que sube al Padre y luego viene. ¡Qué hermoso estaba! – y llora como nunca ha llorado, ahora que ya no ha de torturarse a sí misma para hacer fuerza contra la duda procedente de todas partes.

Pero Pedro, y también Juan, se quedan muy dudosos. Se miran y sus ojos dicen: “¡Imaginación de mujeres!”.

Entonces también Susana y Salomé se atreven a hablar. Pero la misma, inevitable diferencia en los detalles de los soldados, que primero están como muertos y luego ya no están; y de los ángeles, que en un momento son uno y en otro dos, y que no se han mostrado a los apóstoles; y de las dos versiones sobre el hecho de que Jesús va allí o que precede a los suyos hacia Galilea… esto hace que la duda, es más, la persuasión de los apóstoles crezca cada vez más.

María, la Madre dichosa, calla, sujetando a la Magdalena… No comprendo el misterio de este silencio materno.

María de Alfeo dice a Salomé:

-Vamos a volver allá nosotras dos: Vamos a ver si estamos todas borrachas… – y se marchan rápidas. Las otras se quedan –comedidamente no tomadas en consideración por los dos apóstoles- junto a María, que guarda silencio, absorta en un pensamiento que cada uno interpreta a su manera y que ninguno comprende que es un éxtasis.

Vuelven las dos mujeres ya más bien ancianas:

-¡Es verdad! ¡Es verdad! Lo hemos visto. Nos ha dicho junto al huerto de Bernabé: “Paz a vosotras. No temáis. Id a decir a mis hermanos que he resucitado y que vayan dentro de unos días a Galilea. Allí estaremos todavía un tiempo juntos”. Esto ha dicho. María tiene razón. Hay que decírselo a los de Betania, a José, a Nicodemo, a los discípulos más leales, a los pastores. Hay que ir, hay que hacer, hacer… ¡Oh! ¡Ha resucitado!… – lloran todas, felices.

No estáis en vuestros cabales, mujeres. El dolor os ha ofuscado. La luz os ha parecido ángel; el viento, voz; el Sol, Cristo. Yo no os critico. Os comprendo, pero sólo puedo creer en lo que he visto: el Sepulcro abierto y vacío, y los soldados que habían sustraído el Cadáver y habían huido.

-¡Pero si lo dicen los propios soldados, que ha resucitado! ¡Si la ciudad está toda revuelta, y los príncipes de los sacerdotes están locos de ira, porque los soldados, huyendo aterrorizados, han hablado! Ahora quieren que digan lo contrario y les pagan por hacerlo. Pero ya se sabe. Y, si los judíos no creen en la Resurrección, no quieren creer, muchos otros creen…

-¡Mmm! ¡Las mujeres!…

Pedro se encoge de hombros y hace ademán de marcharse.

Entonces la Madre, que sigue teniendo sobre su corazón a la Magdalena (que llora como un sauce bajo un aguacero por su desmesurada dicha), besándole sus rubios cabellos, alza su rostro transfigurado y dice una breve frase:

Realmente ha resucitado. Yo le he tenido entre mis brazos y he besado sus Llagas – y luego reclina otra vez su cabeza sobre los cabellos de la apasionada y dice: -Sí, la dicha es mayor aún que el dolor. Y no es más que un granito de arena respecto a lo que será tu océano de dicha eterna. ¡Oh, bienaventurada que por encima de la razón has hecho hablar al espíritu!

Pedro ya no osa negar… y, con uno de esos virajes del Pedro antiguo, que ahora vuelve a aflorar, dice, y grita, como si de los otros y no de él dependiera el retraso: -¡Pues entonces, si es así, hay que comunicárselo a los otros; a los que están dispersos por los campos… buscar… hacer… ¡Venga, moveos! Si realmente fuera allí… al menos que nos encuentre – y no se da cuenta de que todavía está confesando que no cree ciegamente en la Resurrección.

La horrible angustia de la Virgen en el Sepulcro. La Madre de la Iglesia

 

            Nicodemo y José de Arimatea – discípulos ocultos de Cristo – interceden por Él desde los altos cargos que ocupan. En la hora de la soledad, del abandono total y del desprecio…, entonces dan la cara audacter (Mc XV, 43)…: ¡valentía heroica!

Yo subiré con ellos al pie de la Cruz, me apretaré al Cuerpo frío, cadáver de Cristo, con el fuego de mi amor…, lo desclavaré con mis desagravios y mortificaciones…, lo envolveré con el lienzo nuevo de mi vida limpia, y lo enterraré en mi pecho de roca viva, de donde nadie me lo podrá arrancar, ¡y ahí, Señor, descansad!

Cuando todo el mundo os abandone, y desprecie…, serviam!, os serviré, Señor. (S. Josemaría Escrivá, Vía crucis, XIV estación, meditación 1)

Que la Virgen María, verdadera Madre de Jesús, Copartícipe íntima de su destino, y dotada de una personalidad típicamente oriental, se haya angustiado y lamentado según la costumbre de su tiempo y lugar, pero con dignidad, es cosa que puede creerse y probarse. Cfr. Lc. 23, 27 y la antífona del Breviario romano, en las Laudes del Sábado Santo: “Mulieres sedentes ad monumentum lamentababntur, flentes Dominum”. Si alguien se extrañase del contenido y de la manera de las Lamentaciones de la Virgen, como aparecen en la obra de Valtorta, tenga en cuenta que están en perfectísimo acuerdo, como lo aseguran especialistas, con una larga tradición homilética e himnográfica oriental, siríaca y griega (cfr. Efrem, s. IV: Anfiloquio de Iconio, El Romano Cantor, s. VI), que culmina en el s. VII con el “Llanto de la Virgen”, que nos legó S. Germano, patriarca de Constantinopla, donde hay semejantes o idénticas formas de lamentos (teológicas, consideraciones sobre el pasado y presente, la bondad y maldad, etc.) y muy similares y hasta idénticas expresiones (dulces, fuertes, terribles). Leáse atentamente a S. Germano en: Oratio in…Corporis Domini… sepulturam… MIGNE, Patrologia Graeca, t. 98, col. 27-278 (243-290). Lo que se afirma de la tradición patrística oriental, lo mismo se afirma de la litúrgica. Véanse, por ej., muchos lugares llamados: “Staurotheotokia” (alabanzas a la Madre de Dios a los píes de la cruz) de la liturgia griega.”

Durante el tiempo que Cristo permaneció en el sepulcro su Persona divina continuó asumiendo tanto su alma como su cuerpo, separados sin embargo entre sí por causa de la muerte. Por eso el cuerpo muerto de Cristo “no conoció la corrupción” (Hch 13, 37). (CIC, 630; cfr. Damasceno, Niceno, Aquinate)

Todo lo que ocurrió con el Cuerpo del Señor, ocurrirá con su Cuerpo Místico que es su Iglesia. El nacimiento en dificultades, pronta persecución, un largo periodo de consolidación,… pero llegará el momento de la Pasión, también de toda la Iglesia, no será solamente, algo que ha ocurrido siempre, la pasión de Cristo reproducida en  miembros de su Cuerpo Místico.

Parecerá entonces que el Señor ya no estará en esos momentos de la Apostasía final de la que habla San Pablo y recuerda el Catecismo, pero solamente será una apariencia de la realidad, ya que Durante el tiempo que Cristo permaneció en el sepulcro su Persona divina continuó asumiendo tanto su alma como su cuerpo, separados sin embargo entre sí por causa de la muerte. Por eso el cuerpo muerto de Cristo “no conoció la corrupción” (Hch 13, 37).” (CIC, 630; cfr. Damasceno, Niceno, Aquinate)

Lo mismo le pasará a la Iglesia, según la Profecía hecha en Cristo (y mi interpretación). Para entonces (cosa que pasará, con o sin mi interpretación; por lo demás creo que estamos en albores de esos momentos), estará sin embargo siempre presente la Virgen y el resto (representados por Juan, Nicódemo, José de Arimatea, las santas mujeres y pocos más), esperando y aguardando a los demás a que ocupen a su lugar, el lugar que les corresponde en la Iglesia indefectible.

Si nosotros tuviéramos que escribir un evangelio, este sin lugar a ninguna duda sería un evangelio apócrifo. Un evangelio en el cual Pedro estaría en la Gólgota, con una mano encima del hombro de Juan y con la otra sosteniendo a la Virgen dolorosa, confirmando a sus hermanos en la fe. Pero eso quiso el Señor que sea después de la caída de Pedro, para que Pedro humilde, testigo de la Resurrección y conciente de su debilidad guíe al rebaño de Cristo. Tampoco se puede decir que humanamente Pedro era un cobarde; fue él que por poco mata a Malco, y solamente por la orden del Señor deja la espada; luego, por impulso de su amor hacia el Maestro entra en la boca del lobo, pero como era la hora de las tinieblas, se viene abajo ante una criada. Por nuestras fuerzas no hacemos nada.

Y también si fuera por nosotros, por lo orgulloso que somos y por las flores que nos echamos por poco bien que podamos hacer, si Dios por alguna disposición especial hubiese permitido que estuviéramos en el Calvario en los momentos más difíciles, tal como Juan – puro, el predilecto – lo hizo, nosotros no le permitiríamos a Pedro entrar primero en el sepulcro el día de la Resurrección. Nosotros le echaríamos en cara “oye tú, mientras  te sacas el rabo de entre las piernas me esperas a que te informe de lo que hay dentro”. Pero Juan no era así, llegó antes al Sepulcro y dejó a Pedro entrar primero. ¿Por valiente, por merecerlo? No, por haberlo nombrado el Señor roca a él, y no a nadie otro. Lo mismo con las mujeres. Ellas, humanamente hablando – ninguna traicionó a Cristo, le consolaron en el Vía Crucis y acompañaron a su madre a pesar de ser para los hebreos un cero a la izquierda – merecerían ser sacerdotisas de la nueva religión, pero no es esa la voluntad del Señor.

Es la lección eterna para los momentos difíciles de la Iglesia, especialmente cuando se deje notar con particular virulencia la hora de las tinieblas, reflejada más en la confusión interior que persecución exterior. Llegará el día, ha llegado ya, cuando un sucesor de los apóstoles va a echar incienso a un dios pagano, es decir, a un ídolo.

Mons. Ivan Dias, arzobispo de Bombay, enciende la lámpara frente de dios Ghanesa (“Indian Express”, Bangalore, 6 de octubre 1997).

¿Dónde quedó el testimonio de Sta Inés a la que llevaron  arrastrándola a los píes de los ídolos, pero ella declaró públicamente que sólo reconocería a Jesucristo y que aquellos ídolos eran demonios (de las homilías de Santo Cura de Ars sobre la pureza)?

¿”Exageraba” Inés? ¿”Exageraban” los primeros cristianos que se dejaban matar en crueles torturas a pesar de que con una reverencia insignificante hubiesen podido seguir vivos? No exageraban, seguían a Pablo, en la fe, con la sencillez de los santos (recogí a mano unas cuantas citas):

Estas cosas sucedieron como en figura para nosotros, para que no codiciemos lo malo como lo codiciaron ellos. Y no os hagáis idólatras como algunos de ellos, según está escrito: Se sentó el pueblo a comer y beber, y se levantaron para divertirse; ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron, y murieron en un solo día veintitrés mil; ni tentemos al Señor, como lo tentaron algunos de ellos, y perecieron víctimas de las serpientes; ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron a manos del exterminador. Todas estas cosas les sucedían como en figura; y fueron escritas para escarmiento nuestro, para quienes ha llegado la plenitud de los tiempos. Así pues, el que piense estar en pie, que tenga cuidado en no caer.

1ª Cor. 10, 6-13

Por todo esto, amadísimos míos, huid de la idolatría. 1ª Cor 10, 14

Sin embargo, lo que sacrifican los gentiles, a los demonios lo sacrifican y no a Dios. Y no quiero que vosotros entréis en comunión con los demonios. No podéis beber el cáliz del Señor y el cáliz de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios. ¿O queremos provocar la ira del Señor? ¿Acaso somos más fuertes que él? 1ª Cor 10, 19-22

No os unzáis a un mismo yugo con los infieles. Porque ¿qué tiene que ver la justicia con la iniquidad? ¿O qué tienen de común la luz y las tinieblas? ¿Y qué armonía cabe entre Cristo Y Belial? ¿O qué parte tiene el creyente con el infiel? ¿Y cómo es compatible el templo de Dios con los ídolos? Porque vosotros sois el templo de Dios vivo, según dijo Dios:

Yo habitaré y caminaré en medio de ellos,

y seré su Dios y ellos serán mi pueblo.

Por eso, salid de en medio de ellos

y separaos, dice el Señor.

No toquéis nada impuro,

y Yo os acogeré,

y Yo seré para vosotros Padre,

y vosotros seréis para mí hijos e hijas,

dice el Señor Todopoderoso. 2ª Cor 6, 13-18

presumiendo de sabios se hicieron necios y llegaron a transferir la gloria del Dios incorruptible a imágenes que representan al hombre corruptible, y a aves, a cuadrúpedos y a reptiles. Rom 1, 22-23

cambiaron la verdad de Dios por la mentira y dieron culto y adoraron a la criatura en lugar del Creador Rom 1, 25

Pero en otro tiempo, cuando no conocías a Dios, servisteis a los que realmente no son dioses. Ahora, en cambio, que habéis conocido a Dios, mejor dicho, que habéis sido conocidos por Dios, ¿cómo es que volvéis otra vez a esos elementos sin fuerza y sin valor, a los que queréis servir de nuevo como antes? … Temo haberme esforzado por vosotros inútilmente. Gal 4, 8-11

Ahora bien, están claras cuáles son las obras de la carne: la fornicación, la impureza, la lujuria, la idolatría, la hechicería,… Gal 5, 19

en los cuales vivisteis inmersos en otro tiempo siguiendo el espíritu de este mundo, Ef 2, 2

A mí, el menor de todos los santos, me ha sido otorgada esta gracia: anunciar a los gentiles la insondable riqueza de Cristo e iluminar a todos acerca del cumplimiento del misterio que durante siglos estuvo escondido en Dios, el Creador de todas las cosas, para dar a conocer ahora a los principados y a las potestades en los cielos las múltiples formas de la sabiduría de Dios, por medio de la Iglesia, conforme al plan eterno que ha realizado por medio de Cristo Jesús, Señor nuestro, en quien tenemos la segura confianza de llegar a Dios, mediante la fe en él. Ef 3, 8-12

Tales cosas tienen una apariencia de sabiduría por su religiosidad afectada, su aparente humildad y su rigor con el cuerpo, pero no valen sino para la satisfacción de la carne. Col 2, 23

Sepulcro con el Cadáver de Cristo. Pero la Persona de Hijo de Dios no abandona al Cuerpo; tampoco abandonará jamás a su Iglesia. La misión de los fieles, al lado de la Virgen, es pedir a Dios que los pastores ocupen su lugar. Deben volver a lo suyo, para lo que están llamados. El sacerdote Aarón cometió aberración de las peores que existen: echó incienso al becerro de oro. Pero sigue siendo sacerdote. Es la bondad de Dios para con su Iglesia, si no, su gracia desaparecería de este mundo; no duraríamos por nosotros ni dos días.

Ayudar a pastores a estar en su lugar. Con la oración y el amor. No con apócrifos, con Pedro en el Calvario; no con soberbia que nos es tan pegadiza, innata podríamos decir, que no deja que Pedro entre primero.

Dante Alighieri, Octavo Círculo, tercer foso: los simoníacos. El papa Nicolás III

Pone en boca de Nicolás III: “Bajo mi cabeza están sepultados los demás papas que antes de mí cometieron simonía y se hallan comprometidos a lo largo de este angosto agujero.”

Dante mismo: “Porque vuestra avaricia contrista al mundo, pisoteando a los buenos y ensalzando a los malos. Pastores, a vosotros se refería el Evangelista cuando vio prostituida ante los reyes a la que se sienta sobre las aguas; a la que nació con siete cabezas y obtuvo autoridad por su diez cuernos mientras la virtud agradó a su marido. Os habéis construido dioses de oro y plata; ¿qué diferencia, pues, existe entre vosotros y los idólatras, sino la de que ellos adoran a uno y vosotros adoráis a ciento? ¡Ah, Constantino! ¡A cuántos males dio origen no tu conversión al Cristianismo, sino la donación que de ti recibió el primer papa que fue rico!”

La Iglesia no prohibió Divina Comedia, fue enseñada durante siglos como ejemplo de literatura cristiana. Hasta los papas elogiaron formalmente su sincero amor por las llaves de Pedro.

Señor, dame fe.

La terrible angustia espiritual de María.

 

La Madre está en pie junto a la piedra de la unción, y acaricia y contempla y gime y llora. La luz temblorosa de las antorchas ilumina intermitentemente su cara y yo veo gotazas de llanto rodar por las mejillas palidísimas de un rostro destrozado. Oigo las palabras. Todas. Bien claras, aunque sean susurradas a flor de labios. Verdadero coloquio del alma materna con el alma del Hijo. Recibo la orden de escribirlas.

-¡Pobre Hijo! ¡Cuántas heridas!… ¡Cómo has sufrido! ¡Mira lo que te han hecho!… ¡Qué frío estás, Hijo! Tus dedos son de hielo. ¡Y qué inertes! Parecen rotos. Nunca, ni en el más relajado de los sueños de tu infancia, ni en el profundo sueño de tu fatiga de obrero, estuvieron tan inertes… ¡Y qué fríos están! ¡Pobres manos! ¡Dáselas a tu Madre, tesoro mío, amor santo, amor mío! ¡Mira qué laceradas están! ¡Mira, mira, Juan, qué desgarro! ¡Oh, crueles! Aquí, aquí, con tu Mamá esta mano herida, para que yo te la medique. ¡No, no te hago daño…! Usaré besos y lágrimas, y con el aliento y el amor te calentaré esta mano. ¡Dame una caricia, Hijo! Tú eres de hielo, yo ardo de fiebre. Mi fiebre se verá aliviada con tu hielo y tu hielo se suavizará con mi fiebre.

¡Una caricia, Hijo! Hace pocas horas que no me acaricias y ya me parecen siglos. Pasaron meses sin tus caricias y me parecieron horas porque continuamente esperaba tu llegada, y de cada día hacía una hora, de cada hora un minuto, para decirme que no estabas a una o más lunas lejano de mí, sino solamente a unos pocos días, a unas pocas horas. ¿Por qué, ahora es tan largo el tiempo? ¡Ah, congoja inhumana! Porque has muerto. ¡Te me han muerto! ¡Ya no estás en esta Tierra! ¡Ya no! ¡Cualquiera que sea el lugar a donde lance mi alma para buscar la tuya y abrazarme a ella -porque encontrarte, tenerte, sentirte, era la vida de mi carne y de mi espíritu- cualquiera que sea el lugar en que te busque con la ola de mi amor, ya no te encuentro, no te encuentro ya! ¡De ti no me queda sino este despojo frío, este despojo sin alma! ¡Oh, alma de mi Jesús, oh alma de mi Cristo, oh alma de mi Señor, ¿dónde estás?! ¿Por qué le habéis quitado el alma a mi Hijo, hienas crueles unidas con Satanás? ¿Y por qué no me habéis crucificado con Él? ¿Habéis tenido miedo de un segundo delito? (La voz va tomando un tono cada vez más fuerte y desgarrador.) ¿Y qué era matar a una pobre mujer, para vosotros que no habéis vacilado en matar a Dios hecho Carne? ¿No habéis cometido un segundo delito? ¿Y no es éste el más abominable, el de dejar que una madre sobreviva a su Hijo sañosamente matado?

La Madre, que con la voz había alzado la cabeza, ahora se inclina de nuevo hacia el rostro sin vida, y vuelve a hablar bajo, sólo para Él:

-A1 menos en la tumba, aquí dentro, habríamos estado juntos, como habríamos estado juntos en la agonía en el madero, y juntos en el viaje de después de la muerte y al encuentro de la Vida. Pero, si no puedo seguirte en el viaje de después de la muerte, aquí, esperándote, sí que puedo quedarme.

Se endereza de nuevo y dice con voz fuerte a los presentes:

-Marchaos todos. Yo me quedo. Cerradme aquí con Él. Lo esperaré. ¿Decís que no se puede? ¿Por qué no se puede? ¿Si hubiera muerto, no estaría aquí, echada a su lado, a la espera de ser recompuesta? Estaré a su lado, pero de rodillas. Asistí a sus vagidos cuando, tierno y rosado, lloraba en una noche de Diciembre. A su lado estaré ahora, en esta noche del mundo que ya no tiene a Cristo. ¡Oh, gélida noche! ¡El Amor ha muerto! ¿Qué dices, Nicodemo? ¿Me contamino? Su Sangre no es contaminación.

Tampoco me contaminé generándolo. ¡Ah, cómo saliste Tú, Flor de mi seno, sin lacerar fibra alguna! Antes bien, como una flor de perfumado narciso que brota del alma del bulbo-matriz y florece aunque el abrazo de la tierra no haya ceñido la matriz; así justamente. Virgen florecer que en ti se refleja, oh Hijo venido de abrazo celestial, nacido entre celestiales inundaciones de esplendor.

Ahora la Madre acongojada vuelve a inclinarse hacia el Hijo, abstrayéndose de cualquier otra cosa que no sea Él, y susurra quedo:

-¿Tú recuerdas, Hijo, aquella sublime vestidura de esplendores que todo vistió mientras nacías a este mundo? ¿Recuerdas aquella beatífica luz que el Padre mandó desde el Cielo para envolver el misterio de tu florecer y para que te fuera menos repulsivo este mundo oscuro, a ti que eras Luz y venías de la Luz del Padre y del Espíritu Paráclito? ¿Y ahora?… Ahora oscuridad y frío… ¡Cuánto frío! ¡Cuánto!, ¡y me llena de temblor! Más que aquella noche de Diciembre. Entonces, el tenerte daba calor a mi corazón. Y Tú tenías a dos amándote… Ahora… Ahora sólo yo, y moribunda también. Pero te amaré por dos: por los que te han amado tan poco, que te han abandonado en el momento del dolor; te amaré por los que te han odiado. Por todo el mundo te amaré, Hijo. No sentirás el hielo del mundo. No, no lo sentirás. Tú no abriste mis entrañas para nacer; pero, para que no sientas el hielo, estoy dispuesta a abrírmelas y envolverte en el abrazo de mi seno. ¿Recuerdas cómo te amó este seno, siendo Tú una pequeña semilla palpitante?… Sigue siendo el mismo. ¡Es mi derecho y mi deber de Madre! Es mi deseo. Sólo la Madre puede tenerlo, puede tener hacia el Hijo un amor tan grande como el Universo.

La voz se ha ido elevando, y ahora con plena fuerza dice:

-Marchaos. Yo me quedo. Volveréis dentro de tres días y saldremos juntos. ¡Oh, volver a ver el mundo apoyada en tu brazo, Hijo mío! ¡Qué hermoso será el mundo a la luz de tu sonrisa resucitada! ¡El mundo estremecido al paso de su Señor! La Tierra ha temblado cuando la muerte te ha arrancado el alma y del corazón ha salido tu espíritu. Pero ahora temblará… ya no por horror y dolor agudo, sino con ese estremecimiento suave -por mí desconocido, pero intuido por mi feminidad- que hace vibrar a una virgen cuando, después de una ausencia, siente la pisada del prometido que viene para las nupcias. Más aún: la Tierra temblará con un estremecimiento santo, como el que yo experimenté hasta mis más hondas profundidades cuando tuve en mí al Señor Uno y Trino, y la voluntad del Padre con el fuego del Amor creó la semilla de que Tú viniste, oh mi Niño santo, Criatura mía, toda mía. ¡Toda! ¡Toda de tu Mamá!, ¡de tu Mamá!… Todos los niños tienen padre y madre. Hasta el ilegítimo tiene un padre y una madre. Pero Tú tuviste sólo a la Madre para formarte la carne de rosa y azucena, para hacerte estos recamos de venas, azules como nuestros ríos de Galilea, y estos labios de granado, y estos cabellos de hermosura no superada por las vedijas de oro de las cabras de nuestras colinas, y estos ojos: dos pequeños lagos de Paraíso. No, más bien: del agua de que procede el único y cuádruple Río del Lugar de delicias (Génesis 2, 8-15), y consigo lleva, en sus cuatro ramales, el oro, el ónice, el bedelio y el marfil, los diamantes, las palmas, la miel, las rosas, y riquezas infinitas, oh Pisón, oh Guijón, oh Tigris, oh

Éufrates: camino de los ángeles que exultan en Dios, camino de los reyes que te adoran, Esencia conocida o desconocida, pero viviente, presente, hasta en el más oscuro de los corazones. Sólo tu Mamá te formó esto, con su “sí”… De música y amor te formó; de pureza y obediencia te formé, ¡oh Alegría mía! ¿Qué es tu Corazón? La llama del mío, que se dividió para condensarse en corona en torno al beso de Dios a su Virgen. Esto es este Corazón. ¡Ah! (Es un grito tan desgarrador que la Magdalena y Juan se acercan a socorrerla; las otras no se atreven, y llorando, veladas, miran de soslayo desde la abertura).

-¡Ah, te lo han partido! ¡Por eso estás tan frío y por eso estoy tan fría yo! Ya no tienes dentro la llama de mi corazón, ni yo puedo seguir viviendo por el reflejo de esa llama que era mía y que te di para formarte un corazón. ¡Aquí, aquí, aquí, en mi pecho! Antes que la muerte me quite la vida, quiero darte calor, quiero acunarte. Te cantaba: “No hay casa, no hay alimento, hay sólo dolor”. ¡Proféticas palabras! ¡Dolor, dolor, dolor para ti, para mí! Te cantaba: “Duerme, duerme en mi corazón”. También ahora: aquí, aquí, aquí…

Y, sentándose en el borde de la piedra, lo recoge tiernamente en su regazo pasándose un brazo de su Hijo por los hombros, poniéndose la cabeza de su Hijo apoyada en un hombro y reclinando la suya sobre ella, estrechándolo contra su pecho, acunándolo, besándolo, acongojada y acongojante.

Nicodemo y José se acercan y ponen en una especie de asiento que hay junto a la otra parte de la piedra, vasos y vendas y la sábana limpia y un barreño con agua, me parece, y vedijas de hilas, me parece.

María, que ve esto, pregunta con fuerte voz:

-¿Qué hacéis? ¿Qué queréis? ¿Prepararlo? ¿Prepararlo para qué? Dejadlo en el regazo de su Madre. Si logro darle calor, resucita antes; si logro consolar al Padre y consolarlo a Él del odio deicida, el Padre perdona antes y Él vuelve antes.

La Dolorosa está casi en estado de delirio.

-¡No, no os le doy! Una vez lo di, una vez lo di al mundo, y el mundo no lo ha recibido. Lo ha matado por no querer tenerlo. ¡Ahora no vuelvo a darlo! ¿Qué decís? ¿Que lo amáis? ¡Ya! Y entonces ¿por qué no lo habéis defendido? Habéis esperado a decir que lo queríais cuando ya no podía oíros. ¡Qué pobre el amor vuestro! Pero, si teníais tanto miedo al mundo, que no os atrevíais a defender a un inocente, al menos hubierais debido confiármelo a mí, a la Madre, para que defendiera al que de Ella nació. Ella sabía quién era y qué merecía. ¡Vosotros!… Lo habéis tenido como Maestro, pero no habéis aprendido nada. ¿No es, acaso, cierto? ¿Acaso miento? ¿Pero no veis que no creéis en su Resurrección? ¿Creéis? No. ¿Por qué estáis ahí, preparando aromas y vendas? Porque lo consideráis un pobre muerto, hoy gélido, mañana descompuesto, y queréis embalsamarlo por esto. Dejad vuestros ungüentos. Venid a adorar al Salvador con el corazón puro de los pastores betlemitas.

Mirad: duerme. Es sólo un hombre cansado que descansa. ¡Cuánto se ha esforzado en la vida! ¡Cada vez más, ha ido esforzándose! ¡Y, bueno, no digamos ya en estas últimas horas!… Ahora está descansando. Para mí, para su Mamá, es sólo un Niño grande cansado que duerme. ¡Bien míseros la cama y la habitación! Pero tampoco fue hermoso su primer lecho, ni alegre su primera morada. Los pastores adoraron al Salvador mientras dormía su sueño de Niño. Vosotros adorad al Salvador mientras duerme su sueño de Triunfador de Satanás. Y luego, como los pastores, id a decir al mundo: “¡Gloria a Dios! ¡El Pecado ha muerto! ¡Satanás ha sido vencido! ¡Paz en la Tierra y en el Cielo entre Dios y el hombre!”. Preparad los caminos de su regreso.

Yo os envío. Yo, a quien la Maternidad hace Sacerdotisa del rito. Id. Yo he dicho que no quiero. Yo he lavado con mi llanto. Y es suficiente. Lo demás no hace falta. Y no os penséis que le vais a poner esas cosas. Más fácil le será resucitar si está libre de esas fúnebres, inútiles vendas. ¿Por qué me miras así, José? ¿Y tú por qué, Nicodemo? ¿Pero es que el horror de hoy os ha entontecido?, ¿os ha hecho perder la memoria? ¿No recordáis? “A Esta generación malvada y adúltera, que busca un signo, no le será dada sino la señal de Jonás… Así, el Hijo del hombre estará tres días y tres noches en el corazón de la Tierra”. ¿No lo recordáis? “El Hijo del hombre está para ser entregado en manos de los hombres, que lo matarán, pero al tercer día resucitará.”

¿No os acordáis? “Destruid este Templo del Dios verdadero y en tres días Yo lo resucitaré. Templo era su Cuerpo, ¡oh hombres!

¿Meneas la cabeza? ¿Es compasión hacia mí? ¿Me crees una demente? Pero bueno, ¿ha resucitado muertos y no va a poder resucitarse a sí mismo? ¿Juan?

-¡Madre!

-Sí, llámame “madre”. ¡No puedo vivir pensando que no seré llamada así! Juan, tú estabas presente cuando resucitó a la hijita Jairo y al jovencito de Naím. ¿Estaban bien muertos, no? ¿No era sólo un profundo sopor? Responde.

-Estaban muertos. La niña, desde hacía dos horas; el jovencito desde hacía un día y medio.

-¿Y dio la orden y ellos se alzaron?

-Dio la orden y ellos se alzaron.

-¿Habéis oído? Vosotros dos: ¿habéis oído? ¿Por qué meneáis la cabeza? ¡Ah, quizás lo que estáis insinuando es que la vida vuelve antes a uno que es inocente y joven! ¡Pues mi Niño es el Inocente! Y es Siempre Joven. ¡Es Dios mi Hijo!…

La Madre mira con ojos acongojados a los dos preparadores, quienes, desalentados pero inexorables, disponen los rollos de las vendas empapadas ya en los perfumes.

María da dos pasos -ha dejado a su Hijo sobre la piedra con la delicadeza de quien pone en la cuna a un recién nacido-, da dos pasos, se inclina al pie del lecho fúnebre, donde, de rodillas, llora la Magdalena; y la aferra por un hombro, la zarandea, la llama:

-María. Responde. Éstos piensan que Jesús no podrá resucitar porque es un hombre y ha muerto a causa de heridas.

Pero ¿tu hermano no es mayor que El?

-Sí.

-¿No estaba llagado por entero?

-Sí.

-¿No se corrompía ya antes de descender al sepulcro?

-Sí.

-¿Y no resucitó después de cuatro días de asfixia y putrefacción?

-Sí.

-¿Entonces?

Silencio grave y largo. Luego un grito inhumano. María vacila mientras se lleva una mano al corazón. La sujetan. Pero Ella los rechaza. Parece rechazar a estos compasivos; en realidad rechaza lo que sólo Ella ve. Y grita:

-¡Atrás! ¡Atrás, cruel! ¡No ésta venganza! ¡Calla! ¡No quiero oírte! ¡Calla! ¡Ah, me muerde el corazón!

-¿Quién, Madre?

-¡Oh, Juan! ¡Es Satanás! Satanás, que dice: “No resucitará. Ningún profeta lo ha dicho”. ¡Oh, Dios Altísimo! ¡Ayudadme todos, espíritus buenos, y vosotros, hombres compasivos! ¡Mi razón vacila! No recuerdo nada. ¿Qué dicen los profetas? ¿Qué dice el salmo? ¡Oh, ¿quién me repite los pasos que hablan de Jesús?!

Es la Magdalena la que con su voz de órgano dice el salmo davídico sobre la Pasión del Mesías.

La Madre llora más fuerte, sujetada por Juan, y el llanto cae sobre el Hijo muerto, que resulta todo mojado de lágrimas.

María ve esto, y lo seca, y dice en voz baja:

-¡Tanto llanto! Y, cuando tenías tanta sed, ni siquiera una lágrima te he podido dar. Y ahora… ¡te mojo entero! Pareces un arbusto bajo un pesado rocío. Aquí, que tu Madre te seca. ¡Hijo! ¡Tanta amargura has experimentado! ¡No caiga ahora el amargor y la sal del llanto materno en tu labio herido!…

-Luego llama fuerte:

-María. David no habla… ¿Sabes Isaías? Di sus palabras…

La Magdalena dice el fragmento sobre la Pasión y termina con un sollozo: -…Entregó su vida a la muerte y fue contado entre los malhechores; Él, que quitó los pecados del mundo y oró por los pecadores.

-¡Calla! ¡Muerte no! ¡No entregado a la muerte! ¡No! ¡No! ¡Oh, vuestra falta de fe, aliándose con la tentación de Satanás, me pone la duda en el corazón! ¿Y yo no voy a creerte, Hijo? ¿No voy a creer en tu santa palabra? ¡Díselo a mi alma!

Habla. Desde las lejanas regiones a donde has ido a liberar a los que esperaban tu llegada, lanza tu voz de alma a mi alma hacia ti abierta; a mi alma, que está aquí, abierta toda a recibir tu voz. ¡Dile a tu Madre que vuelves! Di: “Al tercer día resucitaré”. ¡Te lo suplico, Hijo y Dios! Ayúdame a proteger mi fe. Satanás la aprisiona entre sus roscas para estrangularla. Satanás ha separado su boca de serpiente de la carne del hombre porque Tú le has arrebatado esta presa, pero ahora ha hincado el garfio de sus dientes venenosos en la carne de mi corazón y me paraliza sus latidos y me quita su fuerza y su calor. ¡Dios! ¡Dios! ¡Dios! ¡No permitas que desconfíe! ¡No dejes que la duda me hiele! ¡No des a Satanás la libertad de llevarme a la desesperación! ¡Hijo! ¡Hijo! Ponme la mano en el corazón: alejará a Satanás. Ponme la mano sobre la cabeza: le devolverá la luz. Santifica con una caricia mis labios y se fortalezcan para decir: “Creo” incluso contra todo un mundo que no cree. ¡Oh, qué dolor es no creer! ¡Padre! Mucho hay que perdonar a quien no cree. Porque cuando ya no se cree… cuando ya no se cree… todo horror se hace fácil. Yo te lo digo… yo que experimento esta tortura. ¡Padre, piedad de los que no tienen fe! ¡Dales, Padre santo, dales, por esta Hostia consumada y por mí, hostia que aún se consume, da tu Fe a los que carecen de fe!

Un rato largo de silencio.

Nicodemo y José hacen un gesto a Juan y a la Magdalena.

-Ven, Madre.

Es la Magdalena la que habla tratando de separar a María de su Hijo y de desligar los dedos de Jesús entrelazados con los de María, que los besa llorando.

La Madre se yergue. Su aspecto es solemne. Extiende por última vez los pobres dedos exangües, coloca la mano inerte junto al Cuerpo. Luego baja los brazos y bien erguida, con la cabeza levemente hacia arriba, ora y ofrece. No se oye una sola palabra, pero se comprende que ora, por todo el aspecto. Es verdaderamente la Sacerdotisa ante el altar, la Sacerdotisa en el instante de la ofrenda. «Offerimus praeclarae majestati tuae de tuis donis, ac datis, hostiam puram, hostiam sanctam, hostiam immaculatam… (Ofrecemos a tu superna majestad las cosas que tú mismo nos has dad-esto es, el sacrificio puro, santo e inmaculado… (del Misal Romano).

Luego se vuelve:

-De acuerdo, hacedlo. Pero resucitará. En vano desconfiáis de mi razón, en vano estáis ciegos a la verdad que Él os dijo.

En vano trata Satanás de tender asechanzas a mi fe. Para redimir al mundo falta también la tortura infligida a mi corazón por Satanás derrotado. La sufro y la ofrezco por los que han de venir. ¡Adiós, Hijo!, ¡Adiós, Criatura mía! ¡Adiós, Niño mío! ¡Adiós…

Adiós… Santo… Bueno… Amadísimo y digno de amor… Hermosura… Gozo… Fuente de salvación… Adiós… En tus ojos… en tus labios… en tu pelo de oro… en tus helados miembros… en tu corazón traspasado… ¡oh, en tu corazón traspasado!… mi beso… mi beso… mi beso… Adiós. Adiós… ¡Señor! ¡Piedad de mí!

Los dos preparadores han terminado de disponer las vendas. Vienen a la mesa y despojan a Jesús incluso de su velo. Pasan una esponja -me parece; o un ovillo de lino- por los miembros (es una muy apresurada preparación de los miembros, que gotean por mil partes). Luego untan de ungüentos todo el Cuerpo, que queda literalmente tapado bajo una costra de pomada. Lo primero, lo han alzado. Han limpiado la mesa de piedra. En ésta han puesto la sábana, que cae por más de su mitad por la cabecera del lecho. Han colocado el Cuerpo apoyado sobre el pecho y han untado todo el dorso, los muslos, las piernas, toda la parte posterior. Luego le han dado la vuelta delicadamente, poniendo atención en que no se desprendiera la pomada de perfumes. Le han ungido también por la parte anterior: primero el tronco; luego los miembros (primero los pies; lo último, las manos, que han unido encima del bajo vientre).

La mixtura de ungüentos debe ser pegajosa, como goma, porque veo que las manos han quedado estables, mientras que antes siempre resbalaban por su peso de miembros muertos. Los pies, no: conservan su posición: uno más derecho, el otro más echado.

Por último, la cabeza: la habían untado esmeradamente (de forma que sus rasgos desaparecen bajo el estrato de ungüento), después, para mantener cerrada la boca, la han atado con la venda que faja el mentón.

María ahora gime más fuerte.

Alzan la sábana por el lado que recaía y la pliegan sobre Jesús, que desaparece bajo su grueso lienzo. Jesús no es ahora sino una forma cubierta por un lienzo. José comprueba que todo está bien y todavía coloca sobre el rostro un sudario de lino; y otros paños, semejantes a cortas y anchas tiras rectangulares, de derecha a izquierda, sobre el Cuerpo, que sujetan la sábana bien adherida: no es el típico vendaje que se ve en las momias, tampoco el que se ve en la resurrección de Lázaro: es un vendaje en embrión.

Jesús ha quedado anulado. Hasta la forma se difumina bajo los paños. Parece un alargado montón de tela, más estrecho en los extremos y más ancho en el centro, apoyado sobre el gris de la piedra.

María llora más fuerte.

José de Arimatea apaga una de las antorchas, da una última ojeada y se dirige a la apertura del sepulcro manteniendo encendida y levantada la otra antorcha.

María se inclina una vez más para besar a su Hijo a través de los elementos que lo cubren. Y quisiera hacerlo dominando su dolor, conteniendo éste como forma de respeto al Cadáver, que, estando embalsamado, no le pertenece. Pero, cuando está cerca del rostro velado, ya no se domina; se sume en una nueva crisis de desolación.

No sin dificultad, la alzan. La alejan, con mayor dificultad aún, del lecho fúnebre. Arreglan las telas desordenadas y, más en vilo que sujetándola, se llevan a la pobre Madre, que se aleja con la cara hacia atrás, para ver, para ver a su Jesús, ya solo en la oscuridad de sepulcro.

Salen al huerto silencioso bajo la luz vespertina. Ya la claridad que renació después de la tragedia del Gólgota vuelve a oscurecerse por la noche que desciende. Y allí, bajo los tupidos ramajes -tupidos aunque carezcan todavía de hojas y estén apenas adornados por las bocas blanco-rosas de los manzanos que empiezan a echar flores (extrañamente retrasados en este pomar de José, mientras que en otros lugares están ya enteramente cubiertos de flores abiertas e incluso fecundadas, constituyendo ya minúsculos frutos)-, bajo esos tupidos ramajes, la penumbra es aún más densa que en otros lugares.

Corren hasta su surco la pesada piedra del sepulcro. Largas ramas de un enmarañado rosal, que penden de lo alto de la gruta, parecen llamar a esa puerta de piedra y decir: “¿Por qué te cierras ante una madre que llora?”. Y parecen verter también ellas lágrimas de sangre con sus pétalos rojos deshojados, con las corolas distribuidas sobre la  superficie de la piedra oscura, con los botones cerrados que golpean contra el inexorable cierre.

Pero pronto otra sangre humedecerá esa puerta sepulcral, y otro llanto. María, hasta ahora sujeta por Juan y sollozando, aunque bastante sosegada, se libera ahora del apóstol y, emitiendo un grito que creo que ha hecho temblar hasta las entrañas de las plantas, se arroja contra la puerta, se agarra al saliente de ésta para descorrerla, se excoria los dedos y se rompe las uñas, sin conseguir moverla, y hasta hace palanca apretando la cabeza contra este saliente áspero. Su gemido tiene notas del rugido de una leona que se abra las venas contra el cierre de una trampa donde estén encerrados sus cachorros, compasiva y furiosa por amor de madre.

Nada tiene ahora de la mansa virgen de Nazaret, de la paciente mujer que hasta ahora hemos conocido. Es: la madre; sólo y simplemente: la madre aferrada a su criatura con todos los nervios de la carne y todas las entrañas del amor. Es la más verdadera “dueña” de esa carne que Ella generó, la única dueña después de Dios, y no quiere que le roben esta propiedad. Es la “reina” que defiende su corona: el hijo, el hijo, el hijo. Toda la rebelión y las rebeliones que en treinta y tres años en cualquier otra mujer habría habido contra la injusticia del mundo hacia un hijo, toda la santa y lícita ira que cualquier otra madre habría manifestado durante aquellas últimas horas, para herir y matar con las manos y los dientes a los asesinos de su hijo; todas estas cosas que Ella, por amor al género humano, ha dominado siempre, ahora se agitan en su corazón, hierven en su sangre, pero, mansa incluso en medio de ese dolor suyo que la hace delirar, ni impreca ni acomete. Solamente pide a la piedra que se abra, que la deje pasar porque su sitio está ahí dentro, donde está Él; sólo pide a los hombres, despiadadamente piadosos, que la obedezcan y abran.

Después de haber golpeado y manchado de sangre con los labios y las manos la piedra tenaz, se vuelve, se apoya con los brazos abiertos, aferrando todavía los dos bordes de la piedra, y, terrible en su majestuosidad de Madre dolorosa, ordena:

-¡Abrid! ¿No queréis? Pues yo me quedo aquí. ¿No dentro? Pues afuera. Aquí están mi pan y mi lecho, aquí está mi morada. No tengo ni otras casas ni otro objetivo. Vosotros marchaos si queréis. Volved al asqueroso mundo. Yo me quedo aquí, donde no hay ambiciones ni olor de sangre.

-¡No puedes, Mujer!

-¡No puedes, Madre!

-¡No puedes, María amada!

Y tratan de separarle las manos de la piedra, asustados por esos ojos que ellos no conocían con ese destello que los hace duros e imperiosos, vítreos, fosforescentes.

La sobrepujanza mal conviene a los mansos, y los humildes saben persistir en la soberbia… Y enseguida cede en María el querer vehemente y el mandar imperioso. Vuelve a Ella su mirada mansa de paloma torturada, pierde el gesto impositivo y se inclina otra vez suplicante, y une las manos rogando:

-¡Oh, dejadme! ¡Por vuestros difuntos, por los vivos a los que amáis, piedad de una pobre madre!… Oíd… oíd mi corazón. Necesita paz para que cese en él este latido cruel; así se ha puesto a latir arriba, en el Calvario. El martillo hacía “ton”, “ton”, “ton”.., y cada uno de esos golpes hería a mi Niño… y golpeaba mi cerebro y mi corazón… y tengo llena de esos golpes la cabeza, y mi corazón late rápido al ritmo de ese “ton”, “ton”, “ton” descargado sobre las manos, sobre los pies de mi Jesús, de mi pequeño Jesús… ¡Mi Niño! ¡Mi Niño!…

Le vuelve todo el tormento que parecía calmado después de su oración a1 Padre junto a la mesa de la unción. Todos lloran.

-Necesito no oír gritos ni golpes. El mundo está lleno de voces y ruidos. Cada voz me parece ese “gran grito” que me ha petrificado la sangre en las venas; cada ruido, el del martillo en los clavos. Necesito no ver rostros de hombre. El mundo está lleno de rostros… Hace casi doce horas que veo rostros de asesinos… Judas… los verdugos… los sacerdotes… los judíos… ¡Todos, todos asesinos!… ¡Fuera! ¡Fuera!… No quiero ver a nadie… En cada hombre hay un lobo y una serpiente. Siento escalofrío ante el hombre, siento miedo del hombre… Dejadme aquí, bajo estos árboles serenos, en esta hierba poblada de flores… Dentro de poco saldrán las estrellas… que siempre fueron sus amigas y mis amigas… Ayer las estrellas han hecho compañía a nuestra solitaria agonía… Ellas saben muchas cosas… Ellas vienen de Dios… ¡Oh! ¡Dios! ¡Dios!…

Llora y se arrodilla.

-¡Paz, mi Dios! ¡No me quedas sino Tú!

-Ven, hija. Dios te dará paz. Pero ven. Mañana es el sábado pascual. No podríamos venir a traerte comida…

-¡Nada! ¡Nada! ¡No quiero comida! ¡Quiero a mi Hijo! Sacio hambre con mi dolor; mi sed, con mi llanto… Aquí… ¿Oís cómo llora ese autillo? Llora conmigo, y dentro de poco llorarán los ruiseñores. Y mañana, con la luz del sol, llorarán las calandrias y los currucos y los pájaros que Él amaba, y las tórtolas vendrán conmigo a golpear a esta puerta y a decir, a decir: “¡Álzate, amor mío y ven! Amor que estás en la hendidura de la roca, en el refugio de la escarpada, déjame ver tu rostro, déjame escuchar tu voz”. ¡Aaaah! ¿Qué digo? ¡Ellos, ellos también, los torvos asesinos, se han dirigido a Él con las palabras del Cantar! (Cantar de los cantares 2, 13-14; 3, 11) Sí, venid, oh hijas de Jerusalén, a ver a vuestro Rey con la diadema, como lo coronó su Patria en el día de su desposorio con la Muerte, en el día de su triunfo como Redentor.

-¡Mira, María! Están viniendo guardias del Templo. Aléjate de aquí. No te vayan a injuriar.

-¿Guardias? ¿Injurias? No. Son viles. Viles son. Y si yo saliera a su encuentro, terrible en mi dolor, huirían como Satanás frente a Dios. Pero yo recuerdo que soy María… y no arremeteré contra ellos, como tendría derecho a hacer. Estaré pacífica… ni siquiera me verán. Y, si me ven y me preguntan: “¿Qué quieres?”, les diré: “La limosna de respirar el aire balsámico que sale por esta fisura”. Diré: “En nombre de vuestra madre”. Todos tienen una madre… hasta el ladrón compasivo lo ha dicho…

-Pero éstos son peor que los bandoleros. Te insultarán.

-¿Acaso hay un insulto que, después de los de hoy, yo no conozca?

Es la Magdalena la que encuentra la razón capaz de conseguir la obediencia de la Dolorosa.

-Tú eres buena, eres santa, y crees y eres fuerte. Pero nosotros ¿qué somos?… ¡Ya lo ves! La mayor parte han huido; los que han quedado estamos aterrados. La duda, ya presente en nosotros, nos haría ceder. Tú eres la Madre. No tienes sólo el deber y el derecho respecto a tu Hijo, sino el deber y el derecho respecto a lo que es del Hijo. Debes volver con nosotros, estar entre nosotros, para recogernos, para confirmarnos, para infundirnos tu fe. Tú has dicho, después de tu justo reproche de nuestra pusilanimidad e incredulidad: “Más fácil le será resucitar si está libre de estas vendas”. Yo te lo digo: “Si nosotros logramos reunirnos en la fe en su Resurrección, resucitará antes. Lo llamaremos con nuestro amor…”. ¡Madre, Madre de mi Salvador, vuelve con nosotros, tú, amor de Dios, para darnos este amor tuyo! ¿Acaso quieres que se pierda de nuevo la pobre María de Magdala, a la que Él ha salvado con tanta piedad?

-No. Me pesaría. Tienes razón. Debo volver… buscar a los apóstoles… a los discípulos… a los parientes… a todos… Decir… decir: creed. Decir: os perdona… ¿A quién se lo dije esto?… ¡Ah! A Judas Iscariote… Habrá que… sí, habrá que buscarlo también a él… porque es el mayor pecador…

María está ahora con la cabeza reclinada sobre su propio pecho y tiembla como por repulsa; luego dice

-Juan: lo buscarás. Y me lo traerás. Debes hacerlo. Y yo debo hacerlo. Padre: hágase esto también por la redención de la Humanidad. Vamos.

Se levanta. Salen del huerto semioscuro. Los guardias los ven salir y no dicen nada.

El camino, polvoriento y revuelto por la riada de gente que lo ha recorrido y batido con pies, piedras y palos, dibuja una curva en torno al Calvario para llegar al camino de primer orden que va paralelo a las murallas. Y aquí las huellas de lo que ha sucedido son aún más intensas. Dos veces María emite un grito y se inclina para examinar bajo la incierta luz el suelo, porque le parece ver sangre y piensa que es de su Jesús. Pero son sólo jirones de tela desgarrada (yo creo que con el jaleo de la fuga). El pequeño torrente que corre a lo largo de este camino susurra un rumor leve en medio del gran silencio que lo envuelve todo. La ciudad, no viniendo de ella sino un profundo silencio, parece abandonada.

Ahí está el puentecillo que conduce a la empinada vereda del Calvario. Y, frente al puente, la puerta Judicial. Antes de desaparecer tras ella, María se vuelve para mirar la cima del Calvario… y llora desconsoladamente. Luego dice:

-Vamos. Pero guiadme vosotros. No quiero ver ni Jerusalén, ni sus calles ni sus habitantes.

-Sí, sí, pero démonos prisa. Están para cerrar las puertas y, ¿lo ves?, han reforzado la guardia en ellas. Roma teme alborotos.

-Con razón. ¡Jerusalén es una guarida de tigres! ¡Es una tribu de asesinos! Una turba de depredadores; y no sólo dirigen estos usurpadores sus colmillos rapaces hacia las riquezas, sino también contra las vidas. Hace ya treinta y dos años que acechan contra la vida de mi Niño… Era un corderito de leche, un corderito rosa de oro ensortijado… Apenas sabía decir “Mamá”, y dar los primeros pasitos, y reír con sus pocos dientecitos entre los labios de pálido coral, y ya vinieron para degollarlo… Ahora dicen que había blasfemado y violado el sábado y que había movido a la sublevación y aspirado al trono y pecado con las mujeres… Pero, en aquellos tiempos, ¿qué había hecho?, ¿qué blasfemia podía haber dicho, si apenas sabía llamar a su Mamá?, ¿qué podía violar de la Ley, si Él, el eterno Inocente, era entonces también el inocente pequeñuelo del hombre?, ¿qué sublevación podía promover, si ni siquiera sabía tener un capricho? ¿A que trono podía aspirar? Tenía ya su trono en la Tierra y en el Cielo, y no pedía otros tronos: en el Cielo, el seno del Padre; en la Tierra, el mío. Jamás tuvo ojos para la carne, y vosotras, jóvenes y hermosas, podéis decirlo. Pero en aquel tiempo, en aquel tiempo… su  sensualidad” estaba limitada a la necesidad de calor y nutrición, y sus amores eran sólo con mi tibio pecho, buscando poner encima la carita y dormir así; y con el romo pezón del que mi amor fluía convertido en leche… ¡oh, Criatura mía!… ¡Y querían verte muerto! ¡Esto querían: quitarte la vida! Tu único tesoro.

La Madre al Hijo; el Hijo a la Madre, para convertirnos en los más míseros y desolados del Universo. ¿Por qué quitarle al Vivo la vida? ¿Por qué arrogaros el derecho de quitar esto que es la vida: bien de la flor y del animal, bien del hombre? Nada os pedía mi Jesús. Ni dinero, ni joyas, ni casas. Una casa tenía, pequeña y santa, y la había dejado por amor a vosotros hombres – hiena.

Había renunciado por vosotros a aquello que hasta una cría de animal posee, y fue pobre y solo por el mundo, sin tener siquiera el lecho que le había hecho el Justo, sin el pan tan siquiera que le hacía su Madre; y durmió donde pudo y comió donde pudo: sobre la yacija herbosa de los prados, velado por las estrellas; o en las casas de los buenos, como cualquier hijo de hombre. Sentado a una mesa, o compartiendo con los pájaros de Dios los granos de trigo y el fruto de la zarza silvestre. Y no os pedía nada. A1 contrario: os daba. Quería sólo la vida para daros con su palabra la Vida. Y vosotros, y Jerusalén, lo habéis despojado de la vida. ¿Te has saciado con su Sangre? ¿Te has llenado con su Carne? ¿O todavía no te llena, y quieres -tras vampiro y buitre, hiena- comer su Cadáver, y, no satisfecha aún de los oprobios y tormentos, quieres ensañarte y gozar arañando sus despojos y viendo otra vez sus lacerantes dolores, sus temblores, sus lágrimas, sus convulsiones, en mí: en la Madre del Asesinado? ¿Hemos llegado? ¿Por qué os paráis? ¿Qué quiere de José ese hombre? ¿Qué dice?

En efecto, uno de los escasos transeúntes ha parado a José y, en el silencio absoluto de la ciudad desierta, se oyen muy bien sus palabras:

-Es sabido que has entrado en la casa de Pilato. Profanador de la Ley. Rendirás cuentas de ello. ¡Tienes censura en orden a la Pascua! Estás contaminado.

-Tú también, Elquías. ¡Me has tocado y estoy cubierto de la sangre de Cristo y de su sudor mortal!

-¡Ah! ¡Horror! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera esa sangre!

-No tengas miedo. Ya te ha abandonado; y maldecido.

-Tú también estás maldecido. Y no te vayas a pensar que ahora que te entiendes con Pilato vas a poder llevarte el

Cadáver. Hemos tomado medidas para que se termine el juego.

Nicodemo se ha acercado lentamente mientras las mujeres se han detenido con Juan y se han pegado a un profundo portón cerrado.

-Ya lo hemos visto – continúa José – ¡Cobardes! ¡Tenéis miedo hasta de un muerto! Pero de mi huerto y de mi sepulcro hago lo que yo creo conveniente.

-Eso lo veremos.

-Lo veremos. Recurriré a Pilato.

-Sí. Fornica ahora con Roma.

Nicodemo toma la palabra:

-Mejor con Roma que con el Demonio, como vosotros, ¡deicidas! Y, oye, ¿me podrías decir cómo es que te has recobrado? Porque hace un momento huías aterrorizado. ¿Se te esta pasando? ¿No te es suficiente lo que te sucedió? ¿No se te quemó una casa? ¡Échate a temblar! No ha terminado el castigo. Es más: está llegando. Se cierne sobre tu cabeza como la Némesis de los paganos Ni guardias ni precintos impedirán al Vengador alzarse y descargar su mano.

-¡Maldito!

Elquías huye y va a toparse con las mujeres. Comprende y lanza un atroz insulto a María. Juan no dice ni una palabra. Pero, con un salto de pantera, lo aferra fuertemente y lo tira al suelo y, sujetándolo con las rodillas y apretándole el cuello con las manos, le dice:

-¡Pídele perdón o te estrangulo, demonio!

Y no lo deja hasta que el otro, apretado y medio estrangulado por las manos de Juan, no masculla: «Perdón».

Pero su grito ha atraído a la patrulla.

-¿Quién va? ¿Qué pasa? ¿Más alborotos? Quietos todos o cargamos sobre vosotros. ¿Quiénes sois?

-José de Arimatea y Nicodemo, autorizados por el Procónsul para sepultar al Nazareno al que han dado muerte.

Regresamos del sepulcro con la Madre, el hijo y las familiares y amigas. Éste ha ofendido a la Madre y ha sido obligado a pedir perdón.

-¿Sólo eso? Debíais haberlo estrangulado. Marchaos. Soldados arrestad a éste. ¿Qué más quieren esos vampiros?

¿También el corazón de las madres? ¡Adiós, judíos!

-¡Qué horror! Pero ya no son hombres… Juan, sé bueno con ellos. Ten presente el recuerdo de mi Jesús y de tu Jesús. Él predicaba perdón.

-Madre, tienes razón. Pero son unos malhechores y me sacan de mis cabales. Son sacrílegos. Te ofenden a ti. Y esto no puedo permitirlo.

-Son unos malhechores, sí. Y saben que lo son. Mira qué pocos por las calles; y esos pocos, cómo se escabullen furtivos.

Después del delito, los malhechores tienen miedo. Verlos huir así, entrar en las casas, encerrarse en ellas por miedo, me suscita horror. Los siento a todos culpables del Deicidio. Mira, María ese viejo. Ya se asoma a la tumba y, no obstante -ahora que la luz de aquella puerta lo ilumina me parece haberlo visto pasar acusando a mi Jesús, allí, en la cima del Calvario… Lo llamaba ladrón… ¡¿Ladrón mi Jesús?!… Aquel joven, casi niño todavía, pronunciaba torpes blasfemias invocando que cayera sobre él su sangre… ¡Oh, desdichado!… ¿Y aquel hombre? Siendo tan musculoso y fuerte, ¿se habrá abstenido de golpearlo? ¡Oh, no quiero ver! Mirad: encima del rostro que tienen se superpone el rostro del alma y… y ya no tienen imagen de hombres, sino de demonios… Tanto valor tenían contra el Atado, el Crucificado…y ahora huyen, se esconden, se encierran. Tienen miedo. ¿De quién? De un muerto. Para ellos no es más que un muerto, porque niegan que sea Dios. ¿A qué tienen miedo entonces? ¿A qué cierran sus puertas? A1 remordimiento. A1 castigo. No sirve. El remordimiento está en vosotros. Y os seguirá eternamente. Y el castigo no es humano; no valen ni cierres ni palos, ni puertas ni barras contra él. El castigo baja del Cielo, de Dios, vengador de su Inmolado, y atraviesa paredes y puertas, y con su llama celeste os marca para el castigo sobrenatural que os espera. El mundo irá a Cristo, al Hijo de Dios y mío. Irá a aquel que vosotros habéis traspasado, pero vosotros seréis signados para siempre, los Caínes de un Dios, marcados como oprobio de la raza humana. Yo, que he nacido de vosotros, yo que soy Madre de todos, tengo que decir que para mí, vuestra hija, habéis sido peores que padrastros, y que, en el inmenso número de mis hijos, vosotros sois los que más esfuerzo me imponéis para acogeros, porque os habéis ensuciado con el delito contra mi Criatura. Y no os arrepentís diciendo: “Eras el Mesías. Te reconocemos y te adoramos”. Ahí hay otra patrulla romana. El Amor ya no está en la Tierra, la Paz ya no está entre los hombres. El Odio y la Guerra bullen como esas antorchas humeantes. Los dominadores tienen miedo a la muchedumbre desmandada. Saben por experiencia que cuando la fiera que se llama hombre ha sentido el sabor de la sangre se vuelve ávida de masacre… Pero no temáis a éstos, que no son ni leones ni panteras reales, sino cobardísimas hienas que se lanzan contra el cordero inerme pero temen al león armado de lanzas y autoridad. No tengáis miedo a estos chacales reptantes. Vuestro paso de hierro los hace huir y el brillo de vuestras lanzas los hace más mansos que conejos. ¡Esas lanzas!

¡Una ha abierto el corazón del Hijo mío! ¿Cuál de ellas? Verlas es para mí una flecha en mi corazón… Y, no obstante, quisiera tenerlas todas entre mis manos temblorosas para ver cuál es la que todavía conserva huellas de sangre y decir: “¡Es ésta! ¡Dámela, soldado! Dásela a una madre en memoria de tu madre lejana, y yo oraré por ella y por ti”. Y ningún soldado me la negaría. Porque los hombres de guerra han sido los mejores ante la agonía del Hijo y de la Madre. ¡Oh, ¿por qué no he pensado arriba esto?! Me sentía como una persona a la que le hubieran golpeado la cabeza. Yo la tenía atontada por esos golpes… ¡Oh, esos golpes! ¿Quién hará que deje de sentirlos aquí, en mi pobre cabeza? La lanza ¡Cuánto quisiera tenerla!…

-Podemos buscarla, Madre. El centurión me ha parecido muy bueno con nosotros. Creo que no me la negará. Iré mañana.

-Sí, sí, Juan. Soy Pobre. Tengo poco dinero; pero me desprenderé hasta de la última moneda con tal de tener ese hierro… ¡Oh, ¿cómo es que no lo he pedido en ese momento?!

-María amada, ninguno de nosotros tenía noticia de esa herida Cuando la has visto, ya estaban lejos los soldados.

-Es verdad… Estoy ofuscada por el dolor. ¿Y las vestiduras? ¡Nada suyo tengo! Daría mi sangre por tenerlas…

María llora de nuevo desconsoladamente.

Y llega así a la calle del Cenáculo; a tiempo, porque ya está agotada y camina verdaderamente a rastras, como una anciana decrépita. Y además lo manifiesta.

-Ánimo, que ya hemos llegado.

-¿Ya? ¿Tan corto el camino que esta mañana me ha parecido largo? ¿Esta mañana? ¿Ha sido esta mañana? ¿Sólo?

¿Cuántas horas, o cuántos siglos, han pasado desde que ayer noche entré y desde que salí de aquí esta mañana? ¿Soy verdaderamente yo: la madre cincuenta años o una anciana secular, una mujer que abarca épocas, rica en siglos que pesan sobre sus espaldas arqueadas y sobre su cabeza cana? Siento como haber vivido todo el dolor del mundo y éste pese enteramente sobre mis espaldas, que se encorvan bajo su peso. Cruz incorpórea, ¡pero tan pesada…! De piedra. Una cruz quizás más pesada que la de mi Jesús, porque llevo la mía y la suya con el recuerdo de su agonía y la realidad de la agonía mía. Vamos a entrar. Porque debemos entrar. Pero no es ningún consuelo. Es un aumento de dolor. Por esta puerta entró mi Hijo para su última cena. Por ella salió para ir al encuentro de la muerte. Y tuvo que poner pie donde lo puso el traidor, que salió para llamar a los capturadores del Inocente. Apoyado en esa puerta he visto a Judas… ¡He visto Judas! Y no lo he maldecido, sino que le he hablado como habla una madre llena de congoja. Llena de congoja por el Hijo bueno y por el hijo malvado… ¡He visto a Judas!

¡He visto al Demonio en él! Yo que he tenido siempre a Lucifer bajo mi calcañar y, mirando sólo a Dios, nunca he bajado los ojos a mirar a Satanás- he conocido el rostro de Satanás mirando al Traidor. He hablado con el Demonio… ha huido, porque no soporta mi voz. ¿Lo habrá dejado ahora, de forma que yo pueda hablar a ese muerto y concebirlo de nuevo -yo, la Madre- con la Sangre de un Dios para darlo a luz a la Gracia? Juan: júrame que lo buscarás y que no serás cruel con él. No lo soy yo que tendría derecho a serlo… ¡Oh, dejadme entrar en esa habitación donde mi Jesús tomó su última comida!, ¡donde la voz de mi Niño pronunció en paz sus últimas palabras!

-Sí. Entraremos. Pero, ahora, ven aquí, a donde estábamos ayer. Descansa. Despídete de José y Nicodemo, que se marchan.

-Sí. Me despido de ellos. ¡Oh, sí, me despido de ellos! Les doy las gracias. ¡Los bendigo!

-Pero, ven, ven; ¡lo harás más cómodamente!

-No. Aquí. José… ¡Oh, no he conocido a nadie con este nombre que no me quisiera!…

María de Alfeo se echa bruscamente a llorar.

-No llores… También José… Por amor, erraba tu hijo. Quería darme humanamente paz… ¡Pero hoy!… Ya lo habéis visto… ¡Oh, todos los Josés son buenos con María!… José, yo te digo “gracias”. Y a Nicodemo… Mi corazón se postra a vuestros pies, ante esos pies vuestros cansados por el mucho camino recorrido por Él… por darle los últimos honores… Yo sólo puedo daros mi corazón; no tengo otra cosa… Y os lo doy, amigos leales de mi Hijo… y… y perdonad a una Madre traspasada las palabras que os he dicho en el sepulcro…

-¡Oh! ¡Santa! ¡Perdona tú! – dice Nicodemo.

-Estáte tranquila ahora. Descansa en tu Fe. Mañana vendremos – añade José.

-Sí, vendremos. Estamos a tus órdenes.

-Mañana es sábado – objeta la dueña de la casa.

-El sábado ha muerto. Vendremos. Adiós. El Señor sea con vosotros – y se marchan.

-Ven, María.

-Sí, Madre, ven.

-No. Abrid. Me habéis prometido hacerlo después de las despedidas. ¡Abrid esta puerta! No podéis cerrársela a una madre, a una madre que busca respirar en el aire el olor del aliento, del cuerpo de su Niño. ¿No sabéis, acaso, que ese aliento y ese cuerpo se los di yo? Yo, yo que lo llevé nueve meses, que le di a luz, que lo amamanté, lo crié, lo cuidé. ¡Ese aliento es mío!

¡Ese olor de carne es mío! Es el mío, pero más hermoso en mi Jesús. Dejádmelo percibir otra vez.

-Sí, querida. Mañana. Ahora estás cansada. Estás ardiendo de fiebre. No puedes así. Estás mal.

-Sí. Mal. Pero es porque tengo en los ojos la percepción de su Sangre y en el olfato el olor de su Cuerpo llagado. Quiero ver la mesa en que se apoyó vivo y sano, quiero percibir el perfume de su cuerpo juvenil. ¡Abrid! ¡No me lo sepultéis por tercera vez! Ya me lo habéis ocultado bajo los perfumes y las vendas; luego me lo habéis encerrado tras la piedra. ¿Ahora por qué, por qué negarle a una Madre que halle el último rastro de Él en el aliento que ha dejado detrás de esa puerta? Dejadme entrar.

Buscaré en el suelo, en la mesa, en el asiento, las huellas de sus pies, de sus manos. Y las besaré, las besaré hasta consumirme los labios. Buscaré… buscaré… Quizás encuentre un cabello de su cabeza rubia, un cabello no untado de sangre. ¿Sabéis vosotros qué es para una madre un cabello de su hijo? Tú, María de Cleofás, tú, Salomé, sois madres. ¿Y no comprendéis? ¡Juan! ¡Juan! Escúchame. Yo soy Madre para ti. El me ha constituido tal. ¡Él! Tú me debes obediencia. ¡Abre! Yo te amo, Juan. Siempre te he amado porque lo amabas. Te amaré más todavía. Pero abre. ¡Abre digo! ¿No quieres? ¿No quieres? ¡Ah, ¿entonces ya no tengo hijo?! Jesús no me negaba nunca nada. Porque era hijo. Tú niegas. No eres hijo. No comprendes mi dolor… ¡Oh, Juan!, perdona… perdona. Abre… No llores… Abre… ¡Oh, Jesús! ¡Jesús!… Escúchame… ¡Obre tu espíritu un milagro! ¡Abre a tu pobre Mamá esta puerta que nadie quiere abrir! ¡Jesús! ¡Jesús!

María llama con los puños cerrados a la puertecita, a esa puertecita bien cerrada. Está en un momento de paroxismo de su congoja. Hasta que palidece y, susurrando:

-¡Oh, mi Jesús! ¡Voy! ¡Voy!», se desploma sin fuerzas sobre los brazos de las mujeres, que lloran y la sujetan para impedir que caiga a los píes de esa puerta; luego la llevan así, a la habitación que hay enfrente.

¿La columna de la flagelación era alta o baja? ¿El Señor llevaba la cruz entera?

 

En cuanto a la forma (altitud, etc.) de la Columna de la Flagelación de Jesús, cfr. E. Power, Flagellation, en Dictionnaire de la Bible, Supplément, tom. II, París 1934, col. 60-67; C. Testore, E. Lavagnino, Colomna della flagelazione, en Enciclopedia Católica, vol. V, Città del Vaticano, 1950, col. 1441-1443. Power, después de haber enumerado las diversas columnas o troncos de columnas que hay en diversos lugares y que se dicen haber sido sobre los cuales Jesús fue azotado, escribe del siguiente modo, refiriéndose a la “pequeña” conservada desde el siglo XIII en Roma en la iglesia de S. Práxedes: “Es muy pequeña para que hubiera servido para inmovilizar el cuerpo del reo el cual tenía las manos atadas en alto y los pies abajo, y de este modo se le ligaba a la columna. Por tanto, según Power y según la obra de Valtorta, la columna era más alta que el que era sujetado a la flagelación.

María Valtorta describe la flagelación en los siguientes términos:

 

El centurión saluda a Poncio Pilato e informa.

-¡¿Aquí otra vez?! ¡Uf! ¡Maldita esta raza! Que se acerque la chusma. Traed aquí al Acusado. ¡Uf, qué lata!

Va hacia la muchedumbre, aunque también esta vez se detiene en la mitad del vestíbulo.

-Hebreos, escuchad. Me habéis traído a este hombre como agitador del pueblo. Delante de vosotros lo he examinado y no he hallado en Él ninguno de los delitos de que lo acusáis. Herodes no ha encontrado más que yo. Y nos lo ha devuelto. No merece la muerte. Roma ha hablado. De todas formas, por no contrariaros privándoos de la recreación, os daré a cambio a Barrabás. Y a Él mandaré que le den cuarenta azotes. Así basta.

-¡No, no! ¡No a Barrabás! ¡No a Barrabás! ¡A Jesús la muerte! ¡Y una muerte horrenda! Libera a Barrabás y condena al Nazareno.

-¡Pero oíd! He dicho fustigación. ¡No es suficiente? ¡Entonces mandaré que lo flagelen! ¿Sabéis que es atroz? Puede morir por ello. ¿Qué mal ha hecho? No encuentro ninguna culpa en Él, así que lo liberaré.

-¡Crucifica! ¡Crucifica! ¡A muerte! ¡Eres un protector de los malhechores! ¡Pagano! ¡Tú también otro satanás!

La muchedumbre se acerca hasta el pie del vestíbulo y la primera formación de soldados, no pudiendo usar las lanzas, ondea por el choque. Pero la segunda fila, bajando un peldaño, blande las lanzas y libera a los compañeros.

-Que sea flagelado – ordena Pilato a un centurión.

-¿Cuánto?

-Lo que te parezca… Total, ésta es una cuestión concluida. Y yo ya estoy aburrido. Venga, ve.

Cuatro soldados llevan a Jesús al patio que está después del atrio. En él, enteramente enlosado con mármoles de color, en su centro hay una alta columna semejante a las del pórtico. A unos tres metros del suelo, la columna tiene un brazo de hierro que sobresale al menos un metro y que termina en una argolla. A ésta columna – tras haberlo hecho desvestirse, de forma que ha quedado únicamente con un pequeño calzón de lino y las sandalias- atan a Jesús, con las manos unidas por encima de la cabeza. Levantan las manos, atadas por las muñecas, hasta la argolla, de forma que Él, a pesar de ser alto, no apoya en el suelo más que la punta de los pies… Y también esta postura debe ser un tormento.

No recuerdo dónde leí que la columna era baja y que Jesús había estado inclinado. Así será. Yo digo lo que veo.

Detrás de Él se coloca uno de cara de verdugo y neto perfil hebreo; delante, otro, con la misma cara. Están armados con el flagelo de siete tiras de cuero unidas a un mango y acabadas en un martillito de plomo. Rítmicamente, como si estuvieran haciendo un ejercicio, se ponen a dar golpes. Uno, delante; el otro, detrás. De forma que el tronco de Jesús se halla dentro de una rueda de azotes y flagelos.

Los cuatro soldados a los que ha sido entregado, indiferentes, se han puesto a jugar a los dados con otros tres soldados que han llegado en ese momento. Y las voces de los jugadores se acompasan con el sonido de los flagelos, que silban como sierpes y luego suenan como piedras arrojadas contra la membrana tensa de un tambor, golpeando el pobre cuerpo, ese pobre cuerpo tan delgado y de un color blanco de marfil viejo, que primero se pone cebrado, de un rosa cada vez más vivo, luego morado, para tornarse luego de relieves de color añil, hinchados de sangre, y luego se abre y rompe y suelta sangre por todas partes. Los verdugos se ceban especialmente en el tórax y en el abdomen; pero no faltan los golpes en las piernas y en los brazos, e incluso en la cabeza, para que no hubiera un lugar de la piel sin dolor.

Y ni una queja siquiera… Si no estuviera sujetado por la cuerda, se caería. Pero ni se cae ni gime. Eso sí, la cabeza le pende –después de golpes y más golpes recibidos- sobre el pecho, como por desvanecimiento.

-¡Eh, para ya! – grita un soldado, y, en tono de mofa:

-Que tienen que matarlo estando vivo.

Los dos verdugos se paran y se secan el sudor.

-Estamos agotados» dicen – Dadnos la paga, para poder echar un trago y así reponernos…

-¡La horca os daría! En fin, tomad… – y un decurión arroja una moneda grande a cada uno de los dos verdugos.

-Habéis trabajado a conciencia. Parece un mosaico. Tito: ¿tú dices que era éste el amor de Alejandro? Le daremos la noticia para que cumpla el luto. Lo desatamos un poco, ¿eh?

Lo desatan, y Jesús se derrumba como muerto. Lo dejan ahí en el suelo, y de vez en cuando lo golpean con el pie calzado con las cáligas para ver si gime. Pero Él calla.

-¿Estará muerto? ¿Pero es posible? Es joven. Y artesano. Eso me han dicho… Parece una dama delicada.

-Déjalo de mi cuenta – dice un soldado. Y lo sienta con la espalda apoyada en la columna. Donde estaba, ahora hay grumos de sangre… Luego va a una pequeña fuente que gorgotea bajo el pórtico. Llena de agua un barreño y lo arroja sobre la cabeza y el cuerpo de Jesús.

-¡Así! A las flores les viene bien el agua.

Jesús suspira profundamente. Intenta levantarse. Pero todavía tiene los ojos cerrados.

-¡Eso es! ¡Bien! ¡Arriba, majo! ¡Que te espera la dama!…

Pero Jesús inútilmente apoya en el suelo los puños intentando erguirse.

-¡Arriba! ¡Rápido! ¿Te sientes débil? Con esto te vas a reponer – dice otro soldado con sonrisa socarrona. Y con el asta de su alabarda descarga un golpe en la cara de Jesús, dándole entre el pómulo derecho y la nariz, por donde empieza a sangrar.

Jesús abre los ojos, los vuelve. Es una mirada empañada… Mira fijamente al soldado que lo ha golpeado. Se enjuga la sangre con la mano. Luego, con mucho esfuerzo, se pone de pie.

-Vístete. No es decente estar así. ¡Impúdico!

Todos se ríen, en corro alrededor de Él.

Él obedece sin decir nada. Pero, mientras se encorva -y sólo Él sabe lo que sufre al agacharse, estando tan magullado y con esas llagas que al estirarse la piel se abren más todavía, y con otras que se forman al romperse las ampollas-, un soldado da una patada a la ropa y la disemina, y cada vez que Jesús, tambaleándose, llega a donde ha caído la ropa, un soldado las echa en otra dirección. Y Jesús sufriendo agudamente, sigue a la ropa sin decir una palabra, mientras los soldados se burlan de Él en modo repugnante.

Por fin puede vestirse. Se pone también la túnica blanca, que estaba apartada y no se ha manchado. Parece querer ocultar su pobre túnica roja, que ayer mismo estaba tan bonita y ahora está ensuciada de porquerías y manchada por la sangre sudada en Getsemaní. Es más, antes de ponerse sobre la piel la túnica corta interior, se enjuga con ella la cara, que está mojada, limpiándola así de polvo y esputos. Y la pobre, santa faz, aparece limpia, sólo signada de moratones y pequeñas heridas. Se ordena también el pelo, que pendía desordenado, y la barba, por una innata necesidad de arreglo corporal.

Y luego se acurruca al sol. Porque tiembla mi Jesús… La fiebre empieza a serpear en Él con sus escalofríos. Y también se pone de manifiesto la debilidad por la sangre perdida, el ayuno y el mucho camino andado.

Le atan de nuevo las manos. Y la cuerda sierra de nuevo en donde ya hay un rojo aro de piel levantada.

-¿Y ahora? ¿Qué hacemos con Él? ¡Yo me aburro!

-Espera. Los judíos quieren un rey. Vamos a dárselo. Ése… – dice un soldado.

Y sale raudo -sin duda, a un patio de detrás-. Vuelve con un haz de ramas de espino albar agreste, todavía flexible porque la primavera mantiene blandas las ramas, de espinas bien duras y aguzadas. Con la daga, quitan hojas y florecillas. Luego hacen un círculo con las ramas y lo acalcan en la pobre cabeza…

………………………..

Sobre la cruz:

Traen las cruces. Las de los dos ladrones son más cortas. La de Jesús muy larga. Estoy segura que el palo travesaño mide sus cuatro metros. Veo que la traen ya formada.

Sobre este punto leí… hace años, cuando leía yo, que la cruz la formaron en la cima del Gólgota, y que en el camino los condenados llevaban sólo los dos palos arrastrándolos sobre las espaldas. Puede ser. Pero yo veo una cruz verdadera, bien hecha, fuerte, perfectamente unida en medio y bien reforzada con clavos-tornillos. De hecho, si se piensa que era para sostener el peso de un cuerpo no común como era el de un adulto, y sostenerlo en las convulsiones finales, se comprende que no podía haber sido hecha en la estrecha e incómoda cima del Calvario.

La opinión, común y corriente, apoyada no en los evangelios, parcos en detalles, sino en la arqueología romana, sostiene que la cruz se componía de dos palos separados: uno, el largo, vertical llamado stavrós, medía de 4 a 4 metros y medio, y generalmente estaba clavado en el lugar del suplicio; el otro, el horizontal, y más corto, llamado furca o patibulum, lo cargaba el condenado. Según esta opinión común, Jesús llevó al Calvario no la cruz completa, sino solo el palo corto. En contra de esta opinión común y a favor de lo descrito en esta obra, serían los textos del Evangelio, según los cuales el Señor  llevó stavrós: Mt 27, 32; Mc 15, 21; Lc 2, 26; Jn 19, 17. Pero a eso se contesta por lo general que aquí bajo stavrós hay que entender sinedohe (pars pro toto = parte para la totalidad), sobre todo teniendo en cuenta un flagelado no sería capaz portar la cruz entera, tan larga y pesada. María Valtorta, recordando que el flagelado y el que cargaba la cruz esta vez, es el Dios encarnado, y asegurando que describía “lo que veía” afirma que Jesús cargó la cruz completa. Puede ser que al pensar así vaya contra la opinión corriente, pero no contra los Evangelios, los cuales, como todos lo saben, no describen todos los pormenores. Respecto la opinión común y a muchos detalles, cfr. U. Holzmeister, Croce, en Enciclopedia Católica, vol. IV, Città del Vaticano, 1950, col. 951-956; a favor de la escritora de esta obra, cfr. I. Knabenbauer, S. J., Commentariurs in Quatuor S. Evangelia, I, 2, Evangelium secundum S. Matthaeum,in Cursus Sacrae Scripturae, auctoribus R. Cornely, I. Knabenbauer, Fr. De Hummelauer, S. J., Parisiis, 1983, p. 513-515.

Respecto a la verdadera Cruz de Jesús, cfr. Moroni, op. cit. Vol. 18, pág. 234-236. En cuanto a los fragmentos existentes en Roma, en las iglesias de la Sta Cruz de Jerusalén y de S. Pedro en Vaticano, cfr. Bedini, op. cit., pág. 40-46.

Un fragmento del Vía Crucis:

Jesús camina jadeante. Cada bache del camino es una insidia para su pie incierto, una tortura para su espalda lacerada, para su cabeza coronada de espinas y herida por un Sol cenital exageradamente caliente que de vez en cuando se esconde tras un entrecielo plúmbeo de nubes, pero que, aun oculto, no deja de abrasar. Está congestionado por la fatiga, la fiebre y el calor.

Pienso que también la luz y los gritos deben torturarlo, y, si bien no puede taparse los oídos para no oír esos gritos descompuestos, sí que cierra los ojos para no ver la vía deslumbradora de sol… Pero se ve obligado a abrirlos, porque tropieza en piedras y pisa en baches, y cada tropezón es causa de dolor porque mueve bruscamente la cruz, que choca con la corona, que se descoloca en el hombro llagado y extiende la llaga y hace aumentar el dolor.

Prof. Lorenzo Ferri, al ser preguntado sobre la llaga de la que se habla aquí, respondió de este modo: “La llaga de la espalda, al lado derecho, se ve en la Sábana, de lo cual conjeturo que Jesús llevó la cruz completa, en el hombro derecho, como asegura María Valtorta”.

El brazo izquierdo en la Sábana Santa 4 cm más corto que el derecho; motivos

 

“Toda la tierra se cubrío de tinieblas desde la hora sexta hasta la hora nona.” (Mt 27, 45)

Otro día una persona allegada me comentaba algunas ideas que había oído en la presentación de un libro de un buen sacerdote sobre la reconstrucción de la Pasión de Nuestro Señor realizada en base al estudio de la Sábana Santa. Por lo general, muchas conclusiones del autor me parecían correctas y creíbles, pero difería claramente respecto a algunos puntos. Como por ejemplo, que el Señor estaría poco tiempo crucificado, posiblemente una hora, porque es imposible que un hombre aguante en esa posición por más tiempo.

 

Entonces me pregunté, por empezar, que si dudamos, o interpretamos no ya el libro de los Macabeos, sino los Evangelios mismos según nuestro entender, ahora, a dos mil años de distancia de lo que vieron los testigos oculares y lo pusieron por escrito, ¿dónde vamos a parar? ¿Qué más me queda por dudar o interpretar a mi manera? Porque resulta que en el Calvario estaba el apóstol y evangelista San Juan, con la Madre del Señor y con devotas mujeres a pocos metros de toda la escena, resulta que al menos en el Domingo de la Resurrección cuando ya volvió Mateo de su huída había oído, ansioso, de la boca de Juan sobre los últimos momentos de la vida su Dios, a quien falló por cobardía a pesar de haberlo llamado, siendo pecador que daba asco a los fariseos y tantos otros, el Hijo de Dios cuando nadie daba dos duros por él, y la narración se la habrá quedado como grabada a fuego para el resto de su vida; resulta que Lucas había sido instruido por la misma Virgen sobre todo el Evangelio, especialmente sobre estos momentos tan singulares, casi seguro en el periodo en el cual el evangelista atendía en sus necesidades a Pablo preso en Cesárea por dos años; resulta que después de que Marcos, aquel muchacho que presencia la escena de prendimiento del Señor en el huerto de Getsemaní, habiendo oído la predicación del Evangelio del mismo Pedro, y habiendo visto él mismo al Señor predicando y haciendo milagros; resulta que habiendo puesto todo eso por escrito con todos aquellos testigos que se encontraban hasta debajo de las piedras en los primeros años de la predicación de los Apóstoles, algunos tal vez conversos en Pentecostés entre aquellos que huyeron del Calvario después de ver lo que hicieron y dándose golpes de pecho; resulta que con todos esos Evangelios predicados primero y luego escritos de manera tan realista, dejando esos mismos autores mal a ellos mismos, lo que no hace nadie y con eso confirmando la realidad de la autoría divina de los Evangelios; resulta que cuando toda esa gente a pocos metros de la Cruz viendo el sol estando en el zénit oscureciéndose y permaneciendo las tinieblas hasta la mitad del arco solar restante, que lo vieron ellos con sus ojos no pidiendo permiso por lo visto a nosotros, pues resulta que todo eso no es suficiente.

Es lo que yo, con mi ciencia pueda deducir. “Una hora”, y se queda uno tan a gusto. Entonces, querido autor y muy estimado sacerdote, no miento le aseguro, ¿pero que nos queda entonces por no retocar, por no interpretar de otro modo, nos queda algo…?

Por eso le contaré una anécdota muy real y muy instructiva. Resulta que hubo un profesor, pintor y escultor italiano que a mediados del siglo veinte durante largos 35 años minuciosamente investigaba la Sábana Santa de Turín. Habrá sido de esos pintores y escultores que estaban acostumbrados a las representaciones del cuerpo humano, buenos conocedores de sus proporciones y dimensiones, no como los pintores modernistas de cuadros de colores, que cuando una vez presencié una charla sobre la pintura contemporánea por poco y literalmente me caigo de la silla de la risa que me dio al contemplar aquellos cuadros grotescos sin fuste. Pues Ferri seguro que no era de esos, tenía ojo para las proporciones y averiguó con rigurosas mediciones, que el brazo izquierdo en la Sábana era cuatro cm más corto que el derecho:

El Profesor Lorenzo Ferri al preguntársele sobre el lugar preciso en que fueron traspasados las manos de Jesús, dijo: “En la Sábana se ve claramente que el clavo de la mano izquierda no dio en la muñeca, como siempre han creído los especialistas (tal vez contra el Ev. Cfr. Jn 20, 24-29; “Si no veo en las manos la marca de los clavos… Trae aquí tu dedo y mira mis manos…”), sino en la palma.  Por lo que toca a la mano derecha, no hay duda que fue traspasada en la muñeca, como era costumbre. No se ve porque está cubierta con al otra mano. María Valtorta dice el por qué.

El Profesor Ferri, pintor y escultor, que desde hace 35 años ha venido estudiando con todo interés y desde el punto de vista científico la Sábana de Turín (según fotografías perfectas de tamaño natural), para tener los mejores datos sobre Jesús, y que hace 15 años lee atenta y animadamente la Obra de María Valtorta, ha escrito lo siguiente: “Roma, 15 de septiembre de 1965. El que suscribe Lorenzo Ferri, escultor, pintor y profesor, atestiguo con toca conciencia lo que sigue: En 1949, durante el concurso para las Puertas de San Pedro de Roma, conocí  por medio de un sacerdote a la señorita María Valtorta, que vivía en la calle de Antonio Fratti n. 11 en la ciudad de Viareggio. Como fui un investigador apasionado de la Sábana Santa de Turín, por 30 años he estudiado minuciosamente la Sábana procurando reconstruir la verdadera fisionomía de Nuestro Señor Jesucristo, pero no me había sido posible. Sin embargo, por medio de la descripción que hace la srita. María Valtorta, no sólo he  logrado comprender mejor el Rostro, sino que he obtenido la confirmación de mis estudios científicos sobre la Sábanas, que realizaba de forma  independientemente. Un año más tarde, siguiendo mi estudio de la restauración del Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, encontré que el brazo  izquierdo era 4 cm más corto que el brazo derecho. Ante este caso inaudito, y después de haber consultado a varios médicos de fama, llegamos a la conclusión que el Nuestro Señor sufrió una luxación intencional o causal. Cuando le pregunté a María Valtorta, sonrió y me leyó un trozo de su obra donde están descritos hasta los mínimos pormenores, escrito a 4 años de mis estudios. De este modo obtuve la confirmación de que lo que vio María Valtorta era verdad. Debo agregar que la amistad con María Valtorta y la lectura continua de su Obra me ha hecho conocer mejor a Jesús, a vivirlo más interiormente. Mi arte, mis obras dan testimonio de este benéfico influjo. Lorenzo Ferri.”

 

Lo que ve María Valtorta es lo siguiente:

Es ahora el turno de Jesús. Él se extiende mansamente sobre el madero. Los dos ladrones se rebelaban tanto, que, no siendo suficientes los cuatro verdugos, habían tenido que intervenir soldados para sujetarlos, para que no apartaran con patadas a los verdugos que los ataban por las muñecas. Pero para Jesús no hay necesidad de ayuda. Se extiende y pone la cabeza donde le dicen que la ponga. Abre los brazos como le dicen que los abra. Estira las piernas como ordenan que lo haga. Sólo se ha preocupado de colocarse bien su velo. Ahora su largo cuerpo, esbelto y blanco, resalta sobre el madero oscuro y el suelo amarillo.

 Dos verdugos se sientan encima de su pecho para sujetarlo. Y pienso en qué opresión y dolor debió sentir bajo ese peso. Un tercer verdugo le toma el brazo derecho y lo sujeta: con una mano en la primera parte del antebrazo; con la otra, en el extremo de los dedos. El cuarto, que tiene ya en su mano el largo clavo de punta afilada y cuerpo cuadrangular que termina en una superficie redonda y plana de1 diámetro de diez céntimos de los tiempos pasados, mira si el agujero ya practicado en la madera coincide con la juntura del radio y el cúbito en la muñeca. Coincide. El verdugo pone la punta del clavo en la muñeca, alza el martillo y da el primer golpe.

 

 Jesús, que tenía los ojos cerrados, al sentir el agudo dolor grita y se contrae, y abre al máximo los ojos, que nadan entre lágrimas. Debe sentir un dolor atroz… el clavo penetra rompiendo músculos, venas, nervios, penetra quebrantando huesos…

 

 María responde, con un gemido que casi lo es de cordero degollado, al grito de su Criatura torturada; y se pliega, como quebrantada Ella, sujetándose la cabeza entre las manos. Jesús, para no torturarla, ya no grita. Pero siguen los golpes, metódicos, ásperos, de hierro contra hierro… y uno piensa que, debajo, es un miembro vivo el que los recibe.

 La mano derecha ya está clavada. Se pasa a la izquierda. El agujero no coincide con el carpo. Entonces agarran una cuerda, atan la muñeca izquierda y tiran hasta dislocar la juntura, hasta arrancar tendones y músculos, además de lacerar la piel ya serrada por las cuerdas de la captura. También la otra mano debe sufrir porque está estirada por reflejo y en torno a su clavo se va agrandando el agujero. Ahora a duras penas se llega al principio del metacarpo, junto a la muñeca. Se resignan y clavan donde pueden, o sea, entre el pulgar y los otros dedos, justo en el centro del metacarpo. Aquí el clavo entra más fácilmente, pero con mayor espasmo porque debe cortar nervios importantes (tanto que los dedos se quedan inertes, mientras los de la derecha experimentan contracciones y temblores que ponen de manifiesto su vitalidad). Pero Jesús ya no grita, sólo emite un ronco quejido tras sus labios fuertemente cerrados, y lágrimas de dolor caen al suelo después de haber caído en la madera.

 

¿Qué quiero decir con esto?

No podemos alegremente apartarnos de lo que nos narra la Escritura, especialmente en los textos tan cruciales como son los Evangelios y el NT en general; si hasta en eso rebuscamos y dejamos entender otra cosa, apaga y vamonos. Y del AT ni te cuento, llegaremos a poco más que a los cuentos de Aladino y mil y una noche. Y no por “política” o por “conveniencia”, sino porque es así. Y porque ni es serio después de dos mil años, en este siglo desgraciado, dar lecciones a nadie. Por lo que dije al principio, ¡como si los evangelistas eran unos novelistas que no podían ser contrastados por cientos de testigos! ¡Y ahora que venga alguien y me da lecciones! Paso.

Penetremos estos días en el Misterio de la Pasión de Nuestro Señor.

La samaritana era una divorciada

 

«Bien has dicho: ‘No tengo marido’,… y el que tienes ahora no es tu marido.» (Jn 4, 17)

Mujer, samaritana, conviviendo como una pareja de hecho con un pagano… y Jesús le habla. La señal muy clara de que Dios ama a todos sin excepción, de que su voluntad es que todos los hombres se salven. Jesús tenía que haber notado una disposición particular para escuchar la palabra de Dios en esa mujer, de allí su iniciativa que no se hizo esperar. «Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él.» (San Agustín, Quaest 64, 4)

Es el Buen Samaritano que viene a socorro de cualquier alma perdida, con tal de que no se le rechace. «Se acercó y le vendó las heridas echando en ellas aceite y vino.» (Lc 10, 34) Primero el aceite, luego el vino. Primero suaviza y prepara el ambiente con el amor que atrae, luego cura con la verdad que ya puede recibir la herida descubierta. Primero el amor y la fe, luego la moral que es vivir en coherencia con la fe. Las dos cosas inseparables.

El Sacrificio es para todos, con tal de que lo acepten y quieran invocar sobre sí para la purificación de sus pecados. «Tomen su sangre y rocíen con ella los goznes y dinteles. El angel no hará ningún mal, cuando pase, a las casas en que hubiera la señal de la sangre.» (Ex. 12, 7. 13) Como si el Señor nos dijera: Tomad mi sangre. Ponedla no sobre las piedras muertas, sino sobre el corazón muerto. Es la nueva circuncisión. Yo me circuncido por todo el mundo, no ofreciendo una sola parte de mi cuerpo, sino todo el. De mis venas abiertas tomo mi sangre y trazo sobre el linaje humano círculos salvadores, que son anillos de bodas con el Dios que está en los cielos, con el Padre que espera y a quien digo: «Mira. No los rechaces porque rechazarías tu sangre».

Pero no es suficiente la voluntad de Dios. Dios quiere nuestra colaboración, nuestra aversión al pecado y el cambio de rumbo: «Y Moisés dijo: ‘… meted un hisopo en la sangre y rociad los postes’». (Ex. 12, 22) ¿No basta entonces la sangre? No basta. A su sangre debe unirse nuestro arrepentimiento, sin éste que es amargo pero saludable, inútilmente habrá muerto para nosotros.

Y ninguna ciencia humana podrá cambiar lo decidido y establecido por Dios, cuyas deciciones son eternas como lo es Él. La verdadera teología puede hacer solamente eso: seguir las palabras y los gestos y la voluntad del Maestro. Fuera de eso, no hay teología, solamente son «homologías», homología del siglo XXI, del siglo XX, del siglo XIX, etc., ciencias humanas y no de Dios.

«Este mes será para vosotros el primero del año». (Ex. 12, 3-4) Este mes será para el mundo el principio de una nueva era. Jamás conocerá fin. Inútilmente el hombre, de cuando en cuando, tratará de poner otro mes en su lugar. Los que así lo intentaren, serán fulminados y muertos.  No hay más que un Dios en el Cielo y un Mesías en la tierra: el Hijo de Dios: Jesús de Nazaret. Como por Sí da todo, puede querer todo, y pone su real sello no sobre lo que es fango y carne, sino sobre el tiempo y el espíritu.

El sentido de la vida del hombre sobre la tierra es hacer feliz a Dios, es vivir de acuerdo a su voluntad. Entonces, cuando después del ajuste de nuestro rumbo Dios sí puede decir que «…yo tengo un alimento que vosotros no conocéis.» (Jn 4, 32), es únicamente entonces cuando podemos revestirnoos de una felicidad espiritual y sensible, eterna y auténtica que no no es posible esconder en nuestro interior, del que brotarán aguas vivas.

Nota: Las referencias al cordero, hisopo y el primer mes del año los he tomado de Valtorta, cuando Jesús habla a los apóstoles antes de entrar a Jerusalén en el Domingo de Ramos.