No me inmiscuyo… sí me inmiscuyo… ¡según!

Durante el viaje de regreso de México, al ser preguntado sobre el debate en el Parlamento italiano sobre las uniones entre personas del mismo sexo, y la adopción de niños por parte de estos, Francisco respondió “que no se inmiscuye en la política“, añadiendo a continuación que “un parlamentario católico debe votar según la propia conciencia bien formada“.

Le vendría muy bien y a esos parlamentarios y a todos los ciudadanos en general recordar cuál o cómo o qué diría esa “conciencia bien formada“. Los periodistas han captado cuál es el mensaje principal para los titulares, es este: Francisco no se inmiscuye en la política:

inmiscuyo

Sin embargo, al ser preguntado sobre los planes del magnate y aspirante a la Casa Blanca, Donald Trump, para construir un muro en la frontera entre México y EE.UU., responde:

Una persona que sólo piensa en la construcción de muros, dondequiera que se encuentren, y no en la construcción de puentes, no es cristiano“. “Eso no está en el Evangelio“.

bergoglio recordamos trump

*[El candidato muchas veces se dirige a sus seguidores con una Biblia en mano, la que le regaló su madre cuando todavía era niño. En sus primeras reacciones a los comentarios de Francisco, dijo que es vergonzoso que un líder religioso cuestione la fe de una persona y acto seguido – en la política hay que saber moverse – aprovechó para destacar que se siente orgulloso por ser cristiano y a su vez para criticar veladamente a Obama , afirmando que como presidente “no permitiría que el cristianismo sea atacado y debilitado”. A pesar de estas desavenencias, Trump ha conseguido este sábado una victoria importante en Carolina del Sur, y también en Beaufort, la única región con mayoría católica.]*

Trump, que algo sabrá de política, y más sus asesores, después de las primeras reacciones de enfado por semejante declaración de Francisco, dijo en un tono conciliador y más elegante – hay que seguir aprovechando -, que: “Tengo mucho respeto por el papa. Tiene mucha personalidad y creo que está haciendo un buen trabajo, tiene mucha energía“, para zanjar: “De hecho, no me gusta pelear con el papa. No creo que esto sea una pelea“, agregó el candidato.

Pero, en cuanto al mensaje que da Francisco, tenemos lo siguiente: sí se inmiscuye. Aunque, ¡aquí también!, sigue a lo anteriormente dicho una nueva opinión… ¡que va en la línea contraria!:

Francisco declinó opinar sobre si los estadounidenses deberían o no votar a Trump en las elecciones presidenciales de noviembre: “No voy a involucrarme. Sólo digo que no es cristiano si ha dicho cosas como estas”.

No, Francisco. La gente capta perfectamente lo que se dice. Nadie es tonto, y si ya lo fuera, a estas alturas más de uno está despertando, o simplemente negándose a seguir desperezado. Hay dos mensajes claros: no inmiscuirse en el debate sobre las uniones entre homosexuales (¡y la adopción por parte de estas!), e inmiscuirse en el caso de Trump e inmigración.

O, en otras palabras: inmiscuirse donde se quiere.

En Italia lo han podido comprobar de forma contundente y estridente. A finales de enero se organizó una manifestación tremenda en Roma: dos millones de participantes en contra de la legalización de las uniones entre homosexuales. Esta es la portada para ese día de la agenda de la Santa Sede:

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¡Nada, ni una sola referencia a la manifestación!

Pero la gente empieza a cansarse, y a ver: ¡tenlo en cuenta, Francisco! Por primera vez públicamente aparecen las pancartas: lo recordamos, ¡Bergoglio!

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Y, cuidado con este matiz: “Bergoglio”… no Francisco.

Muy cansado tienen que estar.

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Adán, el primero que cae en la trampa feminista

Porque si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él (Jn 5; 46).”

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Antes de que Dios creara a Eva del costado de Adán, ordenó a Adán que puede comer de todos los árboles del Jardín de Edén, excepto del fruto del árbol del conocimiento del bien y el mal:

Y ordenó el Señor Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás (Gen 2; 16-17).”

Era un mandamiento clarísimo de Dios; además, Adán estaba en estado de Justicia y Gracia originales. Entendía perfectamente a Dios, y lo que su Creador le quiso decir.

Tal vez por esa claridad, Satanás elige al parecer el camino más fácil: seducir primero a la mujer, y luego al hombre por medio de ella. La estrategia resultó eficaz. Recordemos cuál fue:

Y la serpiente era más astuta que cualquiera de los animales del campo que el Señor Dios había hecho. Y dijo a la mujer: ¿Es que Dios os ha dicho: “No comeréis de ningún árbol del huerto”? (Gen 3; 1).”

“¿Es que Dios os había dicho…?”  El diablo pone en duda la Palabra de Dios, esa es la estrategia. Dios no es digno de fiar; es más: Dios es en realidad el enemigo de vuestra promoción y felicidad. 

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El diablo se presenta como el primer racionalista, el que pone en duda el mandamiento de Dios, haciendo sugerir que existe, y es menester buscarla, la felicidad y dicha al margen de él. El que propone la autonomía del hombre frente a Dios. En resumen, ¿qué es lo que hace Satanás en este punto?: Cuestiona la Palabra de Dios.

Eva, la madre de todos nosotros, muerde el anzuelo, y en vez de refugiarse en la amistad de Dios, entra en el diálogo con el mal. Más astuto que ella. En el fondo, la fuerza de la mujer, y del hombre, estaba en su inocencia, en esperar y buscar la victoria de Dios. La mujer tenía que andar en la verdad, es decir: ser humilde. Pero no lo fue. Es ingenua, no inocente, y queda como una tonta, además de mala. Busca el consejo del diablo (que no tendría cuernos algunos, más bien era un listillo):

Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto, ha dicho Dios: “No comeréis de él, ni lo tocaréis, para que no muráis (Gen 3; 2-3).”

El fallo ya estaba hecho, y preparada la caída: se entró en el diálogo con el mal. El consejo de santos y sabios siempre era este: “no tengas la ‘valentía de luchar’ en la ocasión próxima a pecar, ¡huye!”. Vamos a resumir este punto. ¿Cuál es el fallo de Eva aquí? Una vez puesta la Palabra de Dios en cuestión, Eva la distorsiona: dice que Dios les había dicho “ni lo tocaréis…”, ¡lo cual es falso!.

No sorprende, pues, que en este punto Eva sigua escuchando:

Y la serpiente dijo a la mujer: Ciertamente no moriréis.  Pues Dios sabe que el día que de él comáis, serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conociendo el bien y el mal (Gen 3; 4-5).”

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Es decir, empezando por cuestionar el mandamiento de Dios, pasó a distorsionarlo, para terminar haciendo el tercer paso: juzgar el mandamiento de Dios. ¿Y cómo lo juzga? ¿Qué idea le ayuda a juzgar la Palabra de Dios? Porque se le presenta como no razonable: Dios es enemigo de la razón y de libre albedrío. ¿No ves que es mejor probar la fruta, no ves que es agradable, no puedes juzgar por ti misma?:

Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido que estaba con ella, y él comió (Gen 3; 6).”

Y la caída fue consumada.

San Juan Crisostómo en las Homilías sobre el Génesis (17), saca la enseñanza para los matrimonios, basada en esta Palabra de Dios, y en la naturaleza propia del hombre y de la mujer, creados como tales por Dios:

Incluso si tu esposa preparó el camino para vuestra transgresión de mi mandamiento, no estás sin culpa. Deberías haber considerado mi mando como más digno de confianza. Y, más allá de disuadir a ti sólo de comer, deberías haber mostrado la gravedad del pecado a tu esposa. Después de todo, eres responsable de tu mujer, la cual ha sido creada por tu bien; pero tú has invertido el orden correcto: no sólo tienes que ser tú el que se mantenga el camino recto y estrecho – pero has sido arrastrado con ella, y,  mientras que el resto del cuerpo debe seguir la cabeza, al contrario de hecho ha ocurrido, es la cabeza que ha seguido el resto del cuerpo, haciendo las cosas al revés .

Y es aquí donde quiero poner acento hoy: en la actuación del hombre. El hombre aquí es débil, no cumple con su papel de la cabeza de la familia, del matrimonio. ¿Y por qué? Porque cede a su mujer, en vez de poner por encima y en primer lugar el mandamiento de Dios. Adán no amó a Eva; le consintió en su capricho para asegurarse su aceptación. Se dejó arrastrar por ella, y cayeron los dos.

Trasladando esta reflexión a la actualidad, podemos decir que el feminismo destruye en primer lugar a la mujer, para a continuación destrozar al hombre también, y por ende la familia. No puede ser otra cosa que una iniciativa diabólica, cuyos frutos llegan a ser tan destructivos y desagradables, que al menos el horrendo resultado de esta ideología debería hacernos recapacitar.

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La mujer necesita a un hombre, lo cual no quiere decir a un macho, que es una lamentable y distorsionada caricatura de masculinidad de la que debe rebosar un hombre.

No es cierto que las mujeres quieren o necesitan a hombres que a todo les dirán que sí. Eso son hombres-mujercitas, hombres remilgados, gente floja e insípida. En la naturaleza misma de la mujer yace la necesidad de apoyarse en la estabilidad de una firmeza viril. El cine de los años 50 y 60 todavía lo tenía en cuenta; se buscaban hombres duros que esconden detrás de su rostro de piedra una tristeza,  melancolía y la resignación de los sublimes perdedores – llegado ese punto; pero en cualquier caso capacidad de sufrimiento y liderazgo, rasgos que provocan ternura y en la platea femenina. ¿Por qué será? Actores como Bogart, Heston, Cooper, etc., era lo que venía como el anillo al dedo, algo comúnmente aceptado y pedido.  Sencillamente, simplemente diré que la sociedad era más natural entonces.

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Al final, la cuestión es: ¿cuándo se cae, hasta dónde llega la caída?

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La respuesta salta a la vista, nunca mejor dicho.

Pero a su vez, el hombre sí tiene una respuesta verdaderamente liberadora. Mientras exista el alma en el hombre (y en la mujer, me refiero a los dos), siempre es posible la recuperación, porque Dios siempre puede intervenir.

Dios intervendrá si nos fiamos de su Palabra, y no la despreciamos como hizo nuestra madre común. De su Palabra revelada, desde el principio hasta el fin, sin cuestionarla, dejándose llevar por su auténtica interpretación que solamente la Iglesia puede dar.

Esa interpretación no puede ser hoy una cosa, y mañana otra que no tenga nada que ver, excepto de que se diga “es lo mismo”. Pues mira, no lo veo si no lo veo, capici?

Me despido con una orientación clarísima e inconfundible que nos da a todos León XIII, en su encíclica Arcanum Divinae Sapientiae (“Dada en Roma, junto a San Pedro, a 10 de febrero de 1880, año segundo de nuestro pontificado”):

“4. Para todos consta, venerables hermanos, cuál es el verdadero origen del matrimonio. Pues, a pesar de que los detractores de la fe cristiana traten de desconocer la doctrina constante de la Iglesia acerca de este punto y se esfuerzan ya desde tiempo por borrar la memoria de todos los siglos, no han logrado, sin embargo, ni extinguir ni siquiera debilitar la fuerza y la luz de la verdad. Recordamos cosas conocidas de todos y de que nadie duda: después que en el sexto día de la creación formó Dios al hombre del limo de la tierra e infundió en su rostro el aliento de vida, quiso darle una compañera, sacada admirablemente del costado de él mismo mientras dormía. Con lo cual quiso el providentísimo Dios que aquella pareja de cónyuges fuera el natural principio de todos los hombres, o sea, de donde se propagara el género humano y mediante ininterrumpidas procreaciones se conservara por todos los tiempos. Y aquella unión del hombre y de la mujer, para responder de la mejor manera a los sapientísimos designios de Dios, manifestó desde ese mismo momento dos principalísimas propiedades, nobilísimas sobre todo y como impresas y grabadas ante sí: la unidad y la perpetuidad. Y esto lo vemos declarado y abiertamente confirmado en el Evangelio por la autoridad divina de Jesucristo, que atestiguó a los judíos y a los apóstoles que el matrimonio, por su misma institución, sólo puede verificarse entre dos, esto es, entre un hombre y una mujer; que de estos dos viene a resultar como una sola carne, y que el vínculo nupcial está tan íntima y tan fuertemente atado por la voluntad de Dios, que por nadie de los hombres puede ser desatado o roto. Se unirá (el hombre) a su esposa y serán dos en una carne. Y así no son dos, sino una carne. Por consiguiente, lo que Dios unió, el hombre no lo separe.

¿Habéis visto como León XIII habla de la Palabra de Dios? ¿Y no la toca lo más mínimo? ¿Y a partir de allí desarrolla su enseñanza? ¿Y cómo se entiende? Y no era esto hace tanto, hasta que empezó esta época nuestra de inusual embestida, que sin el empeño máximo del demonio, entender no se puede.

Pero la respuesta está allí: en la obediencia al mandato de Dios, tan firmemente proyectado en la misma naturaleza. El autor humano de Pentateuco era Moisés, que pasó cuarenta días delante de Dios en el monte Sinaí.

La doctrina católica o es íntegra, o es confusa, que es peor que si fuese contraria de la católica, lo cual saltaría a la vista. Recordemos la advertencia del Señor:

Porque si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él (Jn 5; 46).”

October baby, esa película que lo tiene todo

Mis delicias son los hijos de los hombres (Prov. VIII, 31)

Nueve de cada diez películas europeas son, si se trata de españolas, guarras y garrulas; francesas, pesadas e inacabables; alemanas increíbles; italianas medio pornográficas, incluso si tratan de la vida de algún santo/a tiene que aparecer por allí alguna madre joven que para dar a mamar tiene que enseñar las dos tetas, etc.

Pero si son americanas, ah, entonces, puede ser que sea buena película, toquen el tema que toquen. Aunque se trate de un boxeador imaginario, brutote e ingenuo como Rocky, que para todos los golpes con la cabeza, se puede ver. De forma que si se emplean bien, sí, ya lo creo que te hacen una buena película.

October baby es una de esas películas, la mar de bien, ¡un encanto! Comentaré aquí unas escenas y roles que he percatado con especial empatía, que me impactaron que disfruté un montón y que termine viendo llorando como un crío pequeño (tampoco me tuvo que dar tanta vergüenza, habíamos unos quince en la sala). Fue como una de esas películas románticas de mi juventud que te dejan soñando.

Esta me dejó soñando sobre el perdón, sobre Dios, sobre quién es Dios y quién es el hombre. Me gustó tanto.

Paso pues a continuación comentar algunos trazos de la película (ya recomendada aquí en La Esfera y la Cruz), a vosotros os dejo verla si no lo habéis hecho.

La chica en cuestión, Hanna en la película,

Jessen en la realidad

Es una chica cristiana, protestante – baptista, lo hace constar en el guión, que una vez conociendo que es fruto de un aborto fallido y que ha sido adoptada por sus padres, decide buscar y conocer a su madre biológica. Es llamativa esta necesidad que tienen los hombres de conocer su origen. El hombre tiene que saber de dónde procede y a dónde va, no puede vivir sin atender las preguntas fundamentales de su vida: ¿quién soy?, ¿de dónde provengo?, ¿hacia donde voy, cuál es el sentido y fin de mi vida? El hombre por los cuatro costados manifiesta que es un ser metafísico, y que su corazón es inquieto hasta que no descanse en Aquel que es su Padre. Las búsquedas del hombre en esta vida son la búsqueda del Padre. Diga lo que diga, no puede vivir sin esta búsqueda. Y si no busca, se convierte en un ser animalezco y desgraciado, condenado bajo losas insoportables.

La acompaña un amigo de infancia, un chico que construye  el amor hacia la que le gusta y atrae.

¡Era hermoso observar esta construcción limpia, sin que empiecen a restregarse en la cama a partir del minuto dos! La verdad es que ni se dan un beso en toda la película, pero el amor in crescendo ha sido tan educador, tan atrayente. Solidario, sacrificado, atractivo y alegre; el amor con toda su dulzura rebozaba por la pantalla. Tú querías ver que ellos se vieran, que estén juntos, que gocen de su amor y de su amistad. Era una terapia para purgar la memoria de las escenas mugrientas que se nos pegan al tener que ser caminantes en este mundo, para borrar su señal sucia y viscosa.

Los padres, cristianos, que esperan la recuperación de los hijos que van a adoptar leyendo y rezando con la Biblia ante la incubadora (el gemelo de Hanna ha sido gravemente lesionado y muere poco tiempo después). Este ningún mal ha hecho…(Lc XXIII, 41)

Era especialmente significativa la figura del padre, más presente en todo el guión. En cierto sentido representaba el amor de Dios que Hanna no comprende al principio (Elí, Elí, lamma sabachtani?), desde una natural rebeldía adolescente que encarna la rebeldía de una criatura ante el amor desinteresado que no sabe acoger. Tiene que crecer para acogerlo.

El crecimiento requiere buscar a Dios, hablar con él, estar cerca de él. Hanna va a la catedral indicada por su madre.

¿Va a ir acaso a un templo bautista, es mucho decir, o sea, a una nave con paredes frías, desnudas e iconoclastas? No, el alma sabe dónde está Dios. ¿Adónde se fue tu Amado, oh la más hermosa de las mujeres? ¿Adónde se marchó el que tú quieres, y le buscaremos contigo? (Cant V, 17)

Efectivamente, se fue a una catedral construida en 1893. No a una catedral de las de ahora, modernas y distantes. En esta el alma fue prendida por el misterio y por la belleza, por el Ser. ¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré. (Is XLIX, 15)

Necesita buscar, necesita preguntar, necesita hablar. Pater mi (Mt XXVI, 39), Abba, Patter! (Mc XIV, 36)

El sagrario, con Dios y Señor nuestro, está allí como el imán, en el centro, no escondido. Si no está Él delante, es como si Rocky de verdad te hubiese encajado uno de los golpes suyos en las costillas, provocando hemorragia interior. Suplicamos e imploramos, no hagáis, por favor, que tengamos que gemir: ¡Oh vosotros cuantos pasáis por el camino: mirad y ved si hay dolor comparable a mi dolor! (Lam I, 12),Tengo sed (Ioh XIX, 28).

Aparece en la escena un sacerdote católico, vestido como debe. Tras decirle que tiene que cerrar la iglesia y que mañana hay misa otra vez, Hanna le dice que es bautista.

Se entabla un verdadero diálogo, un ecumenismo ejemplar. ¿No habéis leído cómo el Señor se presenta a Moisés como Dios de Abraham, Isaac y Jacob?… le dice el Señor a los saduceos que no aceptaban a los profetas. Desde aquello que ellos aceptaban, el Señor les recuerda que Dios es Dios de los vivos, y no de los muertos. A esta mujer herida, el sacerdote le comenta el pasaje de San Pablo (la catedral lleva su nombre) a los Colosenses (III 13), Del mismo modo que el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros. Veía que eso era lo que necesitaba y lo que reclamaba. En cierto sentido, toda la película resalta la idea del perdón con una fuerza que penetra dentro.

La enfermera que estuvo en su parto-intento de aborto,

Presenta la maldad del sistema asesino en el cual estaba involucrada, no sin su culpa, que se palpaba y que dolía. “Nos decían que era tejido lo que se eliminaba, pero… ¿qué tejido?” Todo es una exhortación a acabar con esta locura, aunque la película es una invitación constante, una puerta abierta al retorno, a la cara de Dios, a la vida, a volver a empezar.

Sin duda, de las escenas más fuertes son las del encuentro con su madre biológica.

Se da la circunstancia que la misma actriz abortó en su juventud y reconoció que en la escena se saltó el guión, era suficiente tener presente su propia realidad. La gente, considerando lo que había hecho, se vuelve dándose golpes de pecho (Lc XXIII, 48). Ojalá terminase ella y ellas también todo el camino: Ciertamente que el día de hoy ha sido de salvación para esta casa, pues que también éste es hijo de Abraham. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que habría perecido (Lc XIX, 40).

Una película muy recomendada.

Para un casado/a lo primero es Dios, luego su esposa/o

Porque la sabiduría de este mundo es necedad delante de Dios. (1 Cor, 19)

No confíen más en el hombre, pues no dura más que el soplo de sus narices: ¿para qué estimarlo tanto? Is 2, 22

Para un cristiano el título de este post parece obvio, ¿quién, si no Dios? Es absurdo siquiera plantearse el asunto. Sin embargo, es muy fácil despistarse. El mismo Señor nos lo dice claramente: “El que ama a su padre, madre, mujer,… más que a mí, no es digno de mí”. Porque una cosa es entender algo conceptualmente, y otra vivirlo.

Lo que dio lugar a esta reflexión fue una carta (probablemente reenviada) de un buen amigo, que seguramente quería aportar su granito de arena para que mi vida familiar vaya siempre y solamente a mejor. Le agradezco su preocupación, pero debo hacer constar mi total oposición al planteamiento. Pero primero la carta, aquí sigue:

PRIMERO TU ESPOS@

Un día acudí a una clase con mi novia, no recuerdo mucho del tema de la clase, lo que sí recuerdo con frecuencia es la dinámica que se realizó.

Nos sentamos todos en círculo, y nos pidieron a Norma y a mí que nos sentáramos juntos.

La instructora dijo ’Supongamos que Juan Pablo y Norma Se acaban de casar…
Ellos han construido su hogar, establecido sus normas.
Son felices. Con el tiempo viene el primer hijo…

Llamaron a uno de Los jóvenes y le pidieron que se sentara entre nosotros.
’Norma y Juan le dan la bienvenida a su hogar.
Viene entonces el Segundo hijo.
Pidieron a otro de los jóvenes que se sentara al lado de su ’hermano’, entre nosotros.

La familia va creciendo, Norma y Juan son muy Buenos Padres y literalmente dedican su vida a ellos.

En la dinámica tuvimos tres o cuatro hijos más. En cada ocasión pidieron a alguno de los jóvenes o jovencitas que se sentaran en medio de nosotros.

El tiempo pasa, continuó la instructora, llega el día en que los hijos hacen su propia vida.

Primero, Julio se Casa y forma su propio hogar. Nuestro ’primer hijo’, se levantó y ocupó su nuevo lugar, y así sucesivamente. Cuando todos terminaron de irse, la instructora hizo una pausa y dijo:

Ahora miren la distancia que existe entre ellos.

Efectivamente, había entre nosotros una distancia de 6 ó 7 sillas vacías.

¿Qué pudo haber causado ese hueco enorme? Juan y Norma han cometido un gran error, han permitido que sus hijos se interpongan entre ellos; y ahora que están de nuevo solos, si acaso, tendrán que empezar a conocerse.

La instructora nos explicó el error de darlo todo por nuestros hijos….

Explicó que la base del fundamento del hogar no son los hijos, sino la pareja y que ésta debe permanecer unida contra viento y marea.

De hecho, el mejor regalo que se puede dar a los hijos es saber que sus padres se aman y que permanecen unidos y así ellos aprenderán a amar en función de cómo se aman sus padres.

Si los padres no salen juntos, no se siguen cortejando, no se hablan con ’tiernos acentos’ y no se comunican entre ellos de manera frecuente y especial, es escasa la probabilidad de tener hijos espiritual y emocionalmente estables y, cuando ellos partan de casa, nos encontraremos incomunicados. No es egoísmo, por el contrario, es un seguro de vida para ellos y para nosotros mismos.

Primero la pareja. Son los hijos los que deberán acomodarse. La vida familiar no tendrá que girar en torno a ellos, sino en torno de los padres.

Tengamos el valor de decir: ’Primero MI esposo (a)’, o irnos preparando, muy posiblemente, para pasar una vejez solitaria, por no haber aprovechado la oportunidad que tuvimos para construir una vida en pareja.

Sigue estas sencillas reglas y tendrás éxito…

1. Soltero o soltera: Primero tus papás.
2. Casado o casada: Primero tu esposa (o) en segundo lugar tus padres.
3. Casado (a) con hijos: Primero tu esposa (o), segundo lugar tus hijos, tercer lugar tus padres

MICRO-REFLEXIÓN:

“Enseñarás a volar, pero no volarán tu vuelo. Enseñarás a soñar, pero no soñarán tu sueño. Enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida. Sin embargo… en cada vuelo, en cada vida, en cada sueño, perdurará siempre la huella del camino enseñado”.

¿Dónde está el fallo? El fallo está en que Dios no está en ninguna parte. Al menos si soy yo, o un cristiano en general, el que debe sacar provecho de estos consejos. ¿Cómo una relación humana, para un cristiano, puede prescindir de Dios? Es más, considero que un cristiano debe ver todo desde Dios. Porque, “Si el Señor no construye la casa, en vano se esfuerza el constructor”.

Algunos dicen que los planteamientos hay que hacerlos “para todos” con el fin de aunar esfuerzos en una misma dirección.
Otra vez de una simple frase surgen tantas preguntas. ¿Cuál es esa dirección? ¿Hacia dónde, si se puede saber? Por otra parte, no tengo nada en contra de estar con todos, pero sí tengo en contra que si para eso se requiere que me olvide de mi condición de cristiano.
Por eso, permíteme amigo mío que te cite una frase que tal vez te suene:

Aconfesionalismo. Neutralidad. —Viejos mitos que intentan siempre remozarse.

¿Te has molestado en meditar lo absurdo que es dejar de ser católico, al entrar en la Universidad o en la Asociación profesional o en la Asamblea sabia o en el Parlamento, como quien deja el sombrero en la puerta? (Camino, 353)

Podría citar cuarenta mil, pero la cuestión es que vayamos a lo esencial. Estaré con todos y para todos, pero desde mi convicción cristiana, que si bien no la haré constar soltando troncos, al menos procuraré que de mi hacer puedan sacar la conclusión que mi referencia esencial es Cristo:

Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo. (Camino, 2)

Detesto el esfuerzo solamente humano, no existe para mí. Vivo entre los hombres como aquel que quiere llevar algo que desciende desde arriba, del Cielo. Para eso estoy con los hombres, para que se note ese Cielo, para hacerlo llegar en cuanto a mí me toque. La ilusión puramente humana, fracasa. Recuerda:

Al contemplar esa alegría ante el trabajo duro, preguntó aquel amigo: pero ¿se hacen todas esas tareas por entusiasmo? —Y le respondieron con alegría y con serenidad: “¿por entusiasmo?…, ¡nos habríamos lucido!”; «per Dominum Nostrum Iesum Christum!» —¡por Nuestro Señor Jesucristo!, que nos espera de continuo. (Surco, 773)

Por otra parte, mira a tu alrededor. Jamás se ha hablado tanto de la “pareja”, de la “felicidad de la pareja”, y nunca más hubo tanta infelicidad. Tantas familias que se rompen, que sufren por falta de cariño, atención, por no saber sufrir en los momentos, ¡tantos!, de sufrimiento. Por eso afirmo que si quitamos a Dios del horizonte, no tenemos nada que hacer.
Y por último, no eres el único que habla de “amistad y servicio”.

Por eso, hermano mío, lleva cuidado que no seas indistinguible, o peor, que no te reconozcan.