Respondiendo a “Una sutil tentación” de Monserrat Sanmartí

En resumen, la Sra Monserrat Sanmartí de la página “Como vara de Almendro” llega a afirmar que, en estos días de confusión doctrinal en la Iglesia, no se puede ceder a una sutil tentación y acudir en concreto a alguna capilla de la FSSPX para oír misa. Ellos, recuerda el parecer del Cardenal Burke, “están en cisma“. Por otra parte, como hay un mandamiento que hay que oír la misa los domingos y fiestas de guardar, hay que ir a misa (Novus Ordo o Tradicional que se dice en alguna diócesis – no los de la FSSPX).

Pues bien, aquí va mi parecer: la Señora Monserrat está jugando a teología. Comete tantos errores de bulto que no podré tocarlos todos, pero voy a lo más importante.

Señora, Vd. se tiene que primero informar lo más mínimo para lanzarse a algo así. Es que tiene gracia que acuse a alguien de cisma, cuando la página en la que escribe defiende a Benedicto XVI como al único Papa válido. (El artículo es de otra página, pero ellos lo adoptan y publican bajo su editorial.) O sea, son cismáticos según su propia definición. Incluso, para más inri, serían cismáticos también para el planteamiento de la FSSPX, que sí reconoce a Francisco como Papa. Bien, Como vara de Almendro, sois una especie de sedevacantistas. Sois unos sedevacantistas algo raros, pero al final y al cabo lo sois.

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[Perdón por la indecencia del vestimento de la mujer – al final he corregido algo el escote de la mujer -, pero Monste: ¿tú vas a ir a una misa así? ¿Pero si nadie ha declarado que el cura es un hereje?]

Por otra parte, la opinión del Cardenal Burke respecto al cisma de la FSSPX es solamente eso: su opinión, y además muy atrevida. Y lo más gracioso que él mismo luego la suaviza: dice que “es mejor evitar las liturgias de la FSSPX“. Entonces, ¿en qué qué quedamos, es malo o no es malo, están en cisma, o no? Si están en cisma, no puede ser mejor no asistir a sus sacramentos, sino prohibido; algo no lícito. No puede ser algo admitido, pero mejor no recurrir a ello. Máxime, cuando el mismo Francisco al que Burke reconoce, les da la concesión de escuchar confesiones. ¿Cómo un católico puede confesarse con un sacerdote cismático?

Pero, para no dar rodeos: Cardenal Burke no es autoridad máxima en la Iglesia, sino según él mismo, esa sería Francisco y que sepamos él no dice que la FSSPX está en cisma. Y, por último, tampoco se entiende que Benedicto XVI levante la “excomunión” a la FSSPX y que finalmente resulte que sí están en cisma. En fin.

Esto en cuanto las primeras contradicciones del artículo de Monserrat. Vamos ahora a analizar con más profundidad este tema. Para ello hemos de recurrir a Santo Tomás de Aquino, precisamente en cuanto a la mencionada cuestión si un fiel puede acudir a la misa de un hereje, cismático o pecador público. Analizaremos a continuación la enseñanza (sumamente lógica y católica) de Santo Tomás:

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[¿Va a ir a misas dónde se comulga de esta manera? ¡Pero si no son declarados herejes!]

Suma teológica – Parte IIIa – q. 82 a. 9: “¿Es lícito recibir la comunión de sacerdotes herejes, excomulgados o pecadores, y oír su misa?
Objeciones por las que parece que es lícito recibir la comunión de sacerdotes herejes, excomulgados o pecadores, y oír su misa.
1. Que nadie rechace —escribe San Agustín en Contra Petilianum — los sacramentos de Dios ni en un hombre bueno ni en un hombre malo. Pero los sacerdotes, aunque sean pecadores, herejes o excomulgados, realizan un verdadero sacramento. Luego parece que no se ha de prohibir el recibir la comunión de ellos y el oír su misa.
2. El cuerpo verdadero de Cristo es figura del cuerpo místico, como se ha dicho ya. Pero los susodichos sacerdotes consagran el verdadero cuerpo de Cristo. Luego parece que los que pertenecen al cuerpo místico pueden participar en sus sacrificios.
3. Hay muchos pecados que son más graves que la fornicación. Pero no está prohibido oír las misas de sacerdotes que cometen otros pecados. Luego tampoco se debe prohibir el oír las misas de sacerdotes fornicarios.
Contra esto: se dice en el Canon 5, XXXII dist.: Que nadie oiga la misa del sacerdote de quien se sabe que tiene concubina. Y cuenta San Gregorio en III Dialog. “que un pérfido padre envió un obispo arriano a su hijo para que de su sacrilega mano recibiese éste la sagrada comunión. Pero, como el hijo era un hombre fiel a Dios, cuando llegó el obispo arriano le lanzó los reproches que se merecía.
Respondo: Como acabamos de exponer (a.5 ad 1; a.7), los sacerdotes herejes, cismáticos, excomulgados o pecadores, aunque tengan la potestad de consagrar la eucaristía, no la utilizan correctamente, sino que pecan utilizándola. Ahora bien, quien comulga con el pecado de otro se hace participe de su mismo pecado, por lo que en la Segunda Canónica de San Juan (v.l 1) se lee que quien le saluda, al hereje, participa de sus obras malignas. Por consiguiente, no es lícito recibir la comunión de ellos ni es lícito oír su misa.
Sin embargo, hay diferencia entre unos y otros. Porque los herejes, cismáticos y excomulgados están privados del ejercicio de consagrar por sentencia eclesiástica. Por lo que peca todo aquel que oiga sus misas y reciba de ellos los sacramentos. Pero no todos los pecadores están privados del ejercicio de esta potestad por sentencia de la Iglesia. De tal modo que, aunque estén suspendidos por sentencia divina, de cara a su conciencia, no lo están con respecto a los demás por sentencia eclesiástica. De ahí que sea lícito recibir la comunión y oír las misas de ellos hasta que la Iglesia pronuncie su sentencia. Por eso, comentando aquellas palabras de 1 Cor 5,11: Con ésos, ni comer, dice la Glosa de San Agustín: Diciendo esto no quiere que un hombre juzgue a otro hombre por mera sospecha o por un juicio indebido, sino más bien por la ley de Dios —determinada por la Iglesia —, la confesión espontánea, o porque ha sido acusado y convencido.

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[¿O incluso allí dónde los “altares” son de forma similar?]

A las objeciones:

1. Rechazando el oír misa de tales sacerdotes, y no queriendo recibir la comunión de sus manos, no rechazamos los sacramentos de Dios, sino que más bien los veneramos. De tal manera que la hostia que consagran estos sacerdotes debe ser adorada y, si hubiese sido reservada, es lícito que la consuma un legítimo sacerdote. Porque lo que rechazamos es la culpa de los ministros indignos.
2. La unidad del cuerpo místico de Cristo es fruto del cuerpo verdadero recibido. Ahora bien, los que le reciben o le administran indignamente quedan privados de este fruto, como se ha dicho antes (a.7; q.80 a.4). Por eso, quienes ya viven en la unidad de la Iglesia no deben recibir el sacramento de estos sacerdotes.
3. Aunque la fornicación no sea más grave que otros pecados, sin embargo los hombres están más inclinados a ella por la concupiscencia de la carne. Por eso, la Iglesia prohibe de modo particular este pecado a los sacerdotes prohibiendo oír la misa de un sacerdote concubinario. Pero esto debe entenderse de concubinario notorio: bien por sentencia dictada sobre quien ha sido reconocido convicto, bien por confesión jurídicamente obtenida, o cuando el pecado no puede ocultarse de ningún modo.

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[¿Alguien prohíbe ir a los eventos de carismáticos?]

Resumiendo: de este artículo se sigue que un fiel no debe acudir a los sacramentos de un hereje, cismático o pecador grave y notorio. Aunque el sacramento sea válido, un fiel no debe ir a comulgar de un sacerdote en estas condiciones por el pecado contra la comunión con la Iglesia. No puede estar en comunión con el que está fuera.

Ahora bien, no es el fiel, en general, el encargado para decir quién está en herejía etc., sino la autoridad competente, en concreto su obispo, o el Papa en su caso.

¿Dónde está el problema aquí?

Lo expuesto por Santo Tomás es perfectamente válido para condiciones normales, cuando hay una jerarquía que actúa. No es el caso en la actualidad. Ni tampoco lo era con ocasión del CVII y en adelante. El problema con la FSSPX radica en el hecho de que Lefebvre y los demás “tradicionalistas” de la época y posteriores, no pudieron aceptar la misa Novus Ordo debido a sus elementos claramente no católicos. Lean si no creen el Breve examen crítico de Ottaviani y Bacci, por ejemplo. Su argumento era: no puedo celebrar la misa protestantizada, no reconozco en el Novus Ordo un culto católico, por esto y esto. Además, el sacramento de Orden también fue cambiado. Además, el CVII introdujo unas doctrinas que contrariaban la enseñanza católica de siempre. Sus consecuencias estamos comprobando a diario.

Estas, gravísimas, razones fueron las que hicieron que Lefebvre se rebelara.

¿Qué tenía que esperar Lefebvre? ¿Qué unos cardenales que introdujeron la heterodoxia salvasen la ortodoxia? ¿Vas a esperar tú hoy que un Cardenal como Kasper diga que este o el otro está predicando herejías? ¿Vas a esperar que el Cardenal Schonborn condene la homosexualidad, o alguna heterodoxia?

En definitiva, Sra Monserrat, hoy en día falta la autoridad. Y lo mismo que Vd. debe proteger a sus hijos de un desalmado aunque no cuente con el apoyo de la policía; lo mismo, o mejor dicho de forma análoga, un fiel debe protegerse de la enseñanza de los herejes. Punto.

Naturalmente, esta situación es muy difícil, porque los fieles no pueden contar hoy con la protección debida de la jerarquía. Por ello están obligados a realizar juicios privados respecto a este o el otro; todo actuaciones nada fáciles, y por ello somos testigos de tantas “cosas raras y juicios raros” en el campo “tradicionalista”. No lo niego. Pero eso es porque los fieles están claramente desamparados.

¿Va a ir Vd. a la misa del protector de los “homosexuales católicos” como es el jesuita James Martin? No debe, aunque no tenga una sentencia canónica al respecto.

Por último, y voy a terminar. Santo Tomás no pide solamente que necesariamente exista una sentencia canónica para no asistir a la misa de un hereje, o pecador grave. ¡Basta la notoriedad, como en el caso del concubinato! Hoy, por desgracia, tenemos el caso de sacerdotes que se reconocen homosexuales. Que es peor aún. Evidentemente, Santo Tomás no se ocupaba tanto del caso de “herejes no declarados” por la Iglesia, porque en su época el juicio de la autoridad competente no faltaba.

Curiosamente, hoy en día por lo visto vamos a tener casos muy graves en China: el Cardenal Zen advierte de que todo va hacia la situación en la que van a levantar la excomunión de unos “obispos – al menos uno en esa situación – de los que se sabe que tienen hijos, que viven con alguna mujer”.  Por lo que ve la situación de católicos chinos en las catacumbas. Es decir, él está aconsejando a los católicos chinos justamente lo contrario de Vd.: no ir a las misas de esa gente.

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Todo ello sin tocar el tema del cambio de los sacramentos.

No soy de la FSSPX.

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Canonista Ed Condon: “¿Qué está mal en la declaración de los obispos alemanes sobre la comunión a los protestantes?” La respuesta: El Código del Derecho Canónico del 1983

Los conservadores posconciliares están en el estado de shock después del permiso que la Conferencia Episcopal Alemana ha dado a los cónyuges protestantes de los católicos, aunque sea “en casos particulares”. Uno de tales medios es Catholic Herald; analizaremos brevemente pero de forma concisa y completa el artículo de un canonista y abogado, Edward Condon (su artículo reproducido en Infocatólica).

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[Abusos – cuando no sacrilegios – litúrgicos se han extendido como la lepra por el cuerpo. Si los que ostentan la autoridad piensan que esto está mal, ¿por qué no intervienen, por qué el sacerdote no está suspendido?]

Su argumento se basa en el artículo 844.4 del CDC que hemos comentado ya varias veces:

““Si hay peligro de muerte o, a juicio del Obispo diocesano o de la Conferencia Episcopal, urge otra necesidad grave, los ministros católicos pueden administrar lícitamente esos mismos sacramentos  (se refiere a la comunión) también a los demás cristianos que no están en comunión plena con la Iglesia católica, cuando éstos no puedan acudir a un ministro de su propia comunidad y lo pidan espontáneamente, con tal de que profesen la fe católica respecto a esos sacramentos y estén bien dispuestos.””

Ed Condon se centra en las palabras que he destacado: “peligro de muerte” y “necesidad grave”, argumentando que de esa forma se expresa una situación especial que de ninguna manera puede una “regla” o suponer alguna “regularidad”.

Por lo demás, añade que es necesario para los protestantes expresar especialmente una fe firme en todo aquello que implica la fe en la eucaristía, “incluida la realidad del sacerdocio sacramental, y la validez y eficacia del resto de los sacramentos, así como la autoridad de la Iglesia sobre ellos.”.

Ya que estamos en este punto, hay que reprochar severamente a Condon haber omitido exigir en la Virginidad Perpetua de la Siempre Virgen. ¡Pero todo ello tampoco es suficiente! Eso es la principal defecto de toda su argumentación. Sencillamente: el protestante, o en general no católico, ¡primero debe ser católico, y luego comulgar! Pero Condon se cuida en sacar esa conclusión, y creo que lo sabe por qué.

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[Con el tiempo, los católicos han sido introducidos gradualmente en alguna especie de otra religión. “¿Qué tal lo pasaste en el seminario?” “Genial, me lo pasé muy bien”.]

Vamos punto por punto: lo que es más importante, el mayor error de Edward Condon es que los obispos alemanes (y no solamente “obispos”, sino la Conferencia Episcopal como institución) ¡están precisamente en perfecta sintonía con el CDC del 1983! Para resaltarlo, solamente es necesario prestar atención a todo el texto; también aquel el que Condon evitó resaltar, y ese es que “a juicio del Obispo diocesano o de la Conferencia Episcopal…“, es decir, es la Conferencia Episcopal la que decide, en base al CDC del 1983 (¡aprobado por Juan Pablo II y con Ratzinger como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe!), lo que se puede y lo que no; cuáles son esas “necesidades graves”, y no tú, mi querido Edward. Tú puedes sollozar lo que te plazca, pero su posición está en perfecta coherencia con el Código de Derecho Canónico del 1983.

Eso es precisamente el núcleo del problema del que tienen pánico: ¡el CDC es el culpable! ¡El Código de Juan Pablo II y Ratzinger (y de Benedicta XVI, porque luego no lo ha cambiado)!

Para verlo con más claridad, y para que no digan que me he vuelto loco y estoy diciendo disparates, recordaremos el CDC del 1917, de Benedicto XV. En el art. 731.2 está indicado con total claridad, para que lo pueda entender cualquiera sin confusión. Todo lo que dice es de pura lógica, además de fe:

“Está prohibido administrar los sacramentos de la Iglesia a los heréticos y cismáticos, aunque los pidan de buena voluntad, excepto de que se reconcilien con la Iglesia, rechazando previamente sus errores.”

Es decir, si previamente no piden formalmente ser católicos. Si estamos en el peligro de muerte o alguna otra situación grave, esa reconciliación no pide ninguna ceremonia larga; simplemente la confesión de la fe católica, renegando de los errores.

Eso es muy sencillo: la Iglesia es la sociedad perfecta y su Derecho se refiere solamente a sus “ciudadanos”; si quieres tener sus privilegios, debes ser su ciudadano.

Pero hay algo más: el CDC del 1917 muestra como el CDC del 1983 es un código no católico. ¿Cómo es eso? Porque su aplicación lleva al absurdo, ed., es posible siguiendo el Códex del 1983 dar la comunión a los protestantes (y además a otros no católicos). Eso quiere decir que los protestantes y católicos en realidad forman una misma Iglesia; quizá pueden ser llamados – como lo hace CVII – “hermanos separados”, pero son miembros de pleno derecho de la Iglesia ya que reciben la misma comunión. En eso precisamente consiste el espíritu “ecuménico” que penetra todo el CVII. Sin embargo, todavía están obligados a decir que los protestantes y católicos son algo diferente (si no, sería admitir un escándalo abiertamente, no a escondidas).

Por un lado, por lo tanto, tenemos que son algo diferente, pero por el otro que son lo mismo. Eso es el absurdo al cual lleva la aplicación del Código del 1983. Si este Código lleváramos de forma análoga a una circunstancias de derecho civil, cualquier juez podría interpretar esos artículos en el sentido de que los miembros de una comunidad pueden recibir privilegios o ser sujetos de derechos que pertenecen a otras comunidades, con tal de que así lo disponga la autoridad competente.

Repetimos: la aplicación del Código del 1983 es la que lleva al absurdo, y con ello se muestra como un Código no católico.

Cuando alguna afirmación deriva en absurdo, entones es inconsistente, incoherente, contradictoria: no vale. Eso lo sabían ya los antiguos griegos. Euclides fue el primero que utilizaba esa lógica en la demostración formal de propiedades matemáticas. Por ej., que el número de números primos es infinito. Supuso lo contrario: que su número es finito, con lo que tenía que existir el mayor número primo. De aquí, utilizando la deducción correcta construiría un nuevo número primo, mayor del más grane – absurdo, por contradecir lo supuesto. Es decir, la suposición de que hay finitos números primos lleva a la contradicción, con lo que esa suposición es insostenible. Hay pues, infinitos números primos.

En nuestro caso aplicando la lógica correcta, partiendo del Código del 1983, llegamos a la contradicción. ¿Qué contradicción? Que los protestantes pueden recibir la comunión como si fueran católicos, y no lo son.

Pero esta contradicción se encuentra únicamente con respecto al verdadero sentido católico contenido en el Código del 1917 (el que recogió la fe y tradición de la Iglesia durante 19 siglos); no es contradicción con respecto al Código del 1983. Y no solamente eso: no supone contradicción con respecto a los documentos del CVII. Consideremos por ejemplo el Decreto sobre el ecumenismo, Unitatis Redintegratio nº 8:

Sin embargo, no es lícito considerar la comunicación en las funciones sagradas como medio que pueda usarse indiscriminadamente para restablecer la unidad de los cristianos. Esta comunicación depende, sobre todo, de dos principios: de la significación de la unidad de la Iglesia y de la participación en los medios de la gracia.

La significación de la unidad prohíbe de ordinario la comunicación. La consecución de la gracia algunas veces la recomienda. La autoridad episcopal local ha de determinar prudentemente el modo de obrar en concreto, atendidas las circunstancias de tiempo, lugar y personas, a no ser que la Conferencia episcopal, a tenor de sus propios estatutos, o la Santa Sede provean de otro modo.

 

Miren este texto conciliar: es el ejemplo clásico de la ambigüedad, o mejor: la legislación de la contradicción. Con este texto Vd. puede hacer lo que le plazca.

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[Cardenal Sarah de nuevo hizo referencia severa hacia la comunión en la mano. En la introducción del libro dedicado al tema, escribe:

“Ahora, el cardenal Robert Sarah da un paso más, y arremete contra aquellos católicos que, legítimamente, solicitan recibir la comunión en la mano: “Es un ataque diabólico a la Eucaristía“, proclama.”

Y:

El ataque malvado más insidioso consiste en tratar de extinguir la fe en la Eucaristía sembrando errores y favoreciendo una forma inadecuada de recibirlo“, apunta Sarah,quien añade que “la guerra entre el arcángel Miguel y sus ángeles, por un lado, y Lucifer, por el otro, continúa hoy en los corazones de los fieles: el objetivo de Satanás es el sacrificio de la Misa y la presencia real de Jesús en la hostia consagrada“.

¿Pero dónde estábais hace 45 años? Los fieles se han acostumbrado tanto – especialmente en el occidente – en la recepción de la comunión en la mano que este discurso les parece “antiguo”. “Es un tipo anticuado”, dirán. Pero esto, aunque Cardenal Sarah tenga buena intención, en el fondo es desviar la atención del verdadero problema: los cambios doctrinales del CVII, y la introducción del Novus Ordo y la prohibición práctica de la Misa Tradicional. La comunión en la mano es tan solamente una consecuencia práctica de esos cambios.]

La frase: “La significación de la unidad prohíbe de ordinario la comunicación.

(solamente) parece estar en la contradicción con la siguiente:

La consecución de la gracia algunas veces la recomienda

por aquello “de ordinario”, quiere decir: “en general, pero no siempre”.

Y realmente, tal y como se ve del párrafo siguiente, se permite a los obispos determinar cuándo y cómo es posible permitir la comunión a los no católicos:

La autoridad episcopal local ha de determinar prudentemente el modo de obrar en concreto, atendidas las circunstancias de tiempo, lugar y personas, a no ser que la Conferencia episcopal, a tenor de sus propios estatutos, o la Santa Sede provean de otro modo.

Y precisamente es eso lo que piensa la Conferencia Episcopal en su conjunto, y la “Santa Sede” no dispone de otra forma. Les está permitido hacer así, solamente necesitaban tiempo para hacerlo oficialmente.

¡Todo está dicho!

Eso es una prueba (de entre algunas) que el espíritu del CVII es “ecuménico”, y no católico. Ese es el Concilio el que a los bandidos da las armas en las manos para hacer según su voluntad; para ir destruyendo la Iglesia, mejor decir para hacer la desolación entre los fieles y en los altares.

Reconoced al verdadero culpable.

Corrigiendo a “Como vara de Almendro” y Don Minutella sobre “Tomemos posiciones antes de que cambien la Misa”

Don Alessandro Minutella es un sacerdote italiano de la Arquidiócesis de Palermo que empezó a levantar la voz denunciando la desviación predicada en el nombre de la Iglesia. “Naturalmente”, ha sido suspendido por su obispo en cuestión de minutos. Un obispo de los nombrados por Francisco en los últimos años, al que no le importe que uno de los sacerdotes de su diócesis imparta la bendición a una pareja del mismo sexo que acaba de proclamar la legalización de su situación. Lógicamente, Don Alessandro ha sido castigado por no “estar en la comunión con su obispo”. Es evidente.

¿Pero qué es lo que pretende este, estoy convencido, bien intencionado sacerdote? Él defiende el “auténtico” Concilio Vaticano II del que considera que de alguna forma ha sido manipulado, tergiversado, llevado a otras aguas. Él también (y los de “Como vara de almendro“) defiende el Novus Ordo Missae (“bien celebrado”, claro está). Citaré algunas frases suyas:

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Estimados amigos, la verdad católica se ha convertido en una herejía.

Así que los pobres católicos, los de Juan Pablo II y Benedicto XVI, los católicos enamorados del Concilio Vaticano II en continuidad con la tradición, los católicos eucarísticos y marianos comienzan inexorablemente a llorar lo que queda del esplendor católico, observando detrás de las ventanas de la Madre Iglesia en su lenta agonía.

¡Cuánta gente perdida, cuántas almas desorientadas ..!

Es una iglesia falsa, ya que no se construyó de acuerdo con el plan de su fundador (Cristo) sino de acuerdo con sus caprichos ideológicos.

Quién no se homologa a este registro de la iglesia falsa es un loco, un herético, uno que tiene un corazón duro.

Y que desea poner a silenciar a los que no están de acuerdo.

La herejía, en este caso, se lleva a cabo por el mismo gobierno de la iglesia.”

“Tomemos posiciones antes de que cambien la misa.

Esto dará lugar a una serie de consecuencias.

Ellos dirán: “estáis fuera de la iglesia, sois cismáticos, os habéis construido vuestra propia Iglesia”.

Y yo digo: ¿estamos fuera de la iglesia nosotros con nuestra denuncia o lo estáis vosotros construyendo la iglesia mundanizada, adúltera y extravagante que la Beata Ana Katalina Emmerick había vislumbrado?

¡Sois vosotros los que estáis fuera de la iglesia, no nosotros que nos resistimos!”

En definitiva, esta es la clave de su mensaje:

Sois vosotros los que estáis fuera, no nosotros que permanecemos fieles a la tradición católica y al auténtico espíritu del Vaticano II.

¿Y a quién denuncia Don Minutella? A estos:

Detrás de esta agenda progresista nos encontramos con un Sanedrín dirigido por estos sumos pontífices que llevan el nombre de Enzo Bianchi, Antonio Melloni, el padre Antonio Spadaro, Bruno Forte, Vincenzo Paglia, Walter Casper. Todos los hombres del diálogo, que, sin embargo, ocultan el arma de la condena, la marginación, la sospecha hacia los que no son homólogos a su forma de pensar. Aquí parece que detrás de estos hombres se camufla el manifiesto para la construcción de una superiglesia mundial que ya no tendrá nada Católica.

¿Pero dónde está Francisco? ¿Acaso podrían mover un solito dedo estos sin el General? Venga Don Minuttela… ¡no se da cuenta que eso no puede ser!

Pues bien, hasta que se de cuenta, le comentaré otra cosa de la que le da miedo pensar: estos, los que Vd. menciona (sin Francisco, pero claro que Vd. menciona y piensa directamente a Francisco) no podrían hacer nada si no es porque ya antes tenían el terreno preparado por Juan Pablo II y Benedicto XVI. En concreto en cuanto al cambio de la misa. Y en cuanto al Concilio, nada sin Pablo VI y Juan XXIII.

Vamos a ocuparnos brevemente de la cuestión del cambio de la misa que por lo que se ve realmente se está preparando. Anonimi della Croce lo ha señalado en su día: el cambio recurrirá a la Anáfora de Addai y Mari, Una anáfora asiria – de los nestorianos – que en su día dieron por válida Juan Pablo II y el Cardenal Ratzinger, en común parecer con el Cardenal Kasper. El documento es del 2001, y el alarma comentada en este foro católico en 2009. Se trata de lo siguiente (copio del foro):

En las Instrucciones básicas para la admisión a la Eucaristía entre la Iglesia Caldea y la Asiria Oriental del 20 de Julio de 2001, publicadas por el Vaticano Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos (presidido por el Cardenal Kasper), con la explícita aprobación de la Congregación para la Doctrina de la Fe (Cardenal Ratzinger) y del Santo Padre Juan Pablo II, y que sólo se hizo público, varios meses más tarde, en Octubre de 2001, se admite validez a un “canon” que carece de fórmula consecratoria, es decir, que invalida la Misa. Esta inexplicable aprobación, según rumores rectificada con posterioridad, queda en medio de las brumas de la confusión litúrgica reinante.

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[Romayn de Hooghe, Rijksmuseum. Amsterdam. Nestorio fue decretado hereje en el Concilio de Éfeso.

“Esa ha sido siempre la fe segura. Contra los que la negaron, el Concilio de Éfeso clamó que si alguno no confiesa que el Emmanuel es verdaderamente Dios, y que por eso la Santísima Virgen es Madre de Dios, puesto que engendró según la carne el Verbo encarnado, sea anatema.

La historia nos ha conservado testimonios de la alegría de los cristianos ante estas decisiones claras, netas, que reafirmaban lo que todos creían: el pueblo entero de la ciudad de Éfeso, desde las primeras horas de la mañana hasta la noche, permaneció ansioso en espera de la resolución… Cuando supo que el autor de las blasfemias había sido depuesto, todos a una voz comenzamos a glorificar a Dios y a aclamar al Sínodo, porque había caído el enemigo de la fe. Apenas salidos de la Iglesia, fuimos acompañados con antorchas a nuestras casas. Era de noche: toda la ciudad estaba alegre e iluminada (San Cirilo de Alejandría)” (Amigos de Dios n. 275).]

El documento (en inglés) está en este enlace, y el argumento (a favor de la validez) es el siguiente:

3. The Anaphora of Addai and Mari

The principal issue for the Catholic Church in agreeing to this request, related to the question of the validity of the Eucharist celebrated with the Anaphora of Addai and Mari, one of the three Anaphoras traditionally used by the Assyrian Church of the East. The Anaphora of Addai and Mari is notable because, from time immemorial, it has been used without a recitation of the Institution Narrative. As the Catholic Church considers the words of the Eucharistic Institution a constitutive and therefore indispensable part of the Anaphora or Eucharistic Prayer, a long and careful study was undertaken of the Anaphora of Addai and Mari, from a historical, liturgical and theological perspective, at the end of which the Congregation for the Doctrine of Faith on January 17th, 2001 concluded that this Anaphora can be considered valid. H.H. Pope John Paul II has approved this decision. This conclusion rests on three major arguments.

In the first place, the Anaphora of Addai and Mari is one of the most ancient Anaphoras, dating back to the time of the very early Church; it was composed and used with the clear intention of celebrating the Eucharist in full continuity with the Last Supper and according to the intention of the Church; its validity was never officially contested, neither in the Christian East nor in the Christian West.

Secondly, the Catholic Church recognises the Assyrian Church of the East as a true particular Church, built upon orthodox faith and apostolic succession. The Assyrian Church of the East has also preserved full Eucharistic faith in the presence of our Lord under the species of bread and wine and in the sacrificial character of the Eucharist. In the Assyrian Church of the East, though not in full communion with the Catholic Church, are thus to be found “true sacraments, and above all, by apostolic succession, the priesthood and the Eucharist” (U.R., n. 15). Secondly, the Catholic Church recognises the Assyrian Church of the East as a true particular Church, built upon orthodox faith and apostolic succession. The Assyrian Church of the East has also preserved full Eucharistic faith in the presence of our Lord under the species of bread and wine and in the sacrificial character of the Eucharist. In the Assyrian Church of the East, though not in full communion with the Catholic Church, are thus to be found “true sacraments, and above all, by apostolic succession, the priesthood and the Eucharist” (U.R., n. 15).

Finally, the words of Eucharistic Institution are indeed present in the Anaphora of Addai and Mari, not in a coherent narrative way and ad litteram, but rather in a dispersed euchological way, that is, integrated in successive prayers of thanksgiving, praise and intercession.

Resumiendo, afirma Kasper (y aprueban Juan Pablo II y Ratzinger) que:

  1. En efecto, la anáfora carece de la “Narrativa de la Institución”.
  2. Está en la continuidad con la Última Cena.
  3. Nunca fue oficialmente negada su validez, ni en el Occidente ni en el Este.
  4. Se recuerda la validez de las órdenes de los cismáticos (no utilizando esta palabra), recordando el texto conciliar de Unitatis Redintegratio.
  5. Las palabras están realmente presentes en la forma eucológica (eucología: conjunto de elementos oracionales de una celebración), “integrada en sucesivas oraciones de acción de gracias e intercesión”.

Comentaremos igual de breve, pero suficientemente, las chorradas de Kasper:

  1. Naturalmente Kasper utiliza la expresión “Narrativa de la Institución” que fue utilizada en la primera definición de Novus Ordo Missae. Pues no señor, son “Palabras de Consagración”, esa es nomenclatura católica. Por supuesto, tú sabes bien qué utilizar.
  2. También aciertas aquí. Pero la Misa no es la Última Cena. Es el Sacrificio del Calvario incruentemente actualizado.
  3. Lo que es lo más probable, y a eso apuntan estudios litúrgicos (ver también comentarios en el foro señalado), es que las palabras de consacración se transmitían oralmente, y esa es la razón de por qué posiblemente no aparecieron. Precisamente esta era la tradición en la misma Iglesia Católica de los primeros tres siglos, con el fin de evitar profanaciones. (Ver la etiqueta liturgia en este blog).
  4. En efecto, se utiliza el texto conciliar de Unitatis Redintegratio para dar soporte a  la argumentación. Eso sí, el texto citado de la validez general de sacramento de orden y de la eucaristía en el Este no viene a cuento en esta consideración específica. Aquí sí que podemos decir de el texto conciliar fue usado para una dirección arbitraria. Ahora bien, no otros, especialmente y además explícitamente mencionado concepto conciliara de “comunión no plena”. Cuando en realidad o estamos en comunión, o no.
  5. O sea, se explica “por el contexto”. Primero, porque no queda otra “explicación”. Segundo, porque es errónea la aplicación de “contexto”. Este, sin las palabras de Cristo y confirmadas por la Iglesia, simplemente no tiene sentido. “Contexto” es si es referente a “algo” sustancial. Pero si ese “algo” falta, el “contexto” es superfluo y no esencial.

Así que, el toque de trompeta de Minutella llamando a la resistencia, no tiene sentido: “Tomemos posiciones antes de que cambien la misa.“,

Así que los pobres católicos, los de Juan Pablo II y Benedicto XVI, los católicos enamorados del Concilio Vaticano II en continuidad con la tradición,…“,

Sois vosotros los que estáis fuera, no nosotros que permanecemos fieles a la tradición católica y al auténtico espíritu del Vaticano II.

Porque todo estaba ya hecho y preparado. Los montes removidos, la tierra pisada, a Francisco le tocaba trazar el asfalto. Francisco sí que está en plena comunión de trayectoria con el CVII y posconcilio. Faltaba rematar, y por lo visto, está dispuesto a hacerlo.

En cuanto a bien intencionado y pobre Don Alessando Minutella, creo que ni el 1% del clero actual va a seguir el sonido de su iniciativa. Me parece que ni ese porcentaje va a resistir la imposición de esta “santa memoria” de la que se habla que van a pro(im)poner.

Naturalmente, la Iglesia empezó en las catacumbas y terminará en ellas, hasta que la liberación le venga del Señor. Pero habrá que afinar bien qué serán efectivamente las catacumbas.

 

 

La corrección del Cardenal Burke… pero a sí mismo

Reconozco que bochornoso. Esperaba un jaque mate a Bergoglio, y lo estaba soñando

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pero Bergoglieu ha sido finalmente más listo

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Por lo visto el blog italiano Anonimi della Croce dirigido por sacerdotes conservadores con conexiones en el Vaticano, una especie de WikiLeaks vaticana, daba por hecho que los cuatro cardenales van a desistir de la anunciada corrección a Francisco. En efecto, tal corrección fue anunciada para cierto tiempo después de la Epifanía, y evidentemente ya bien entrados en cuaresma estamos comprobando que de esa corrección no hay nada de nada.

El blog cuya información han retransmitido muchos otros sitios web (Gloria.tv por ejemplo al día siguiente, es decir el 16/03/2017) añade la razón de este – perdonadme, pero al final lo calificaré: ridículo – comportamiento: los cardenales han visto que no cuentan con suficiente apoyo.

¿Pero por qué entonces se lanzan a algo así? ¿Qué es lo que importa, el número de manifestantes en la plaza, o la verdad? Si algo está mal, está mal, independientemente del número de personas que lo promueven.

En fin, ¿para qué hablar más? Bochornoso y patético. ¿Entonces si ellos consideraban que algo no estaba bien con Amoris Laetitia, y que puede dar lugar nada menos que a la profanación del Cuerpo de Cristo, cómo que esa razón desaparece? ¿Qué hay más importante que ello? ¿Qué no tenga lugar el “cisma”? Pero si no se defiende la verdad, si se permite desde la Silla de Pedro – algo que no puede ocurrir – que el Cuerpo del Señor sea profanado, es cuando se inflige herida gravísima al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

En resumen: ¿cuál es consecuencia de este acto, de esta, digamoslo claramente: claudicación? Que Bergoglio tiene las manos desatadas para hacer lo que le plazca. Y ahora toca ver si se va a producir el anunciado (por el mismo blog Anonimi della Croce) ataque a la Eucaristía, es decir a la promoción de una tal “misa ecuménica” que serviría al parecer para luteranos y católicos al mismo tiempo. O sea, que no sería misa.

¿Tan solamente un rumor de la “WikiLeaks vaticana” o una hipótesis? Lo veremos. Lo que es cierto es esto: si Francisco realmente no es Papa, actuará como tal. No va a estar allí como el que no sea Papa, y no hacer nada. No, si no es Papa, hará como el que no es. Llevará a cabo proyectos que no son de Dios, como el que no es su Vicario. Si no es el Vicario de Cristo, hablará en nombre de alguien otro que no será Cristo.

Ahora surge, sin embargo, una esperanza en ciertos sectores: Benedicto XVI. Romperá su silencio, piensan. Defenderá la Eucaristía y levantará su voz. ¿Por qué, si no, está vestido de blanco y sigue en el Vaticano, si no es para cumplir la misión de Dios, o con esta o la tal profecía?

31 de octubre de 1999. Se firma la Declaración Conjunta (entre católicos y luteranos) sobre la doctrina de la Justificación en Augsubro. ¿Por qué el 31 de octubre? Porque fue el 31 de octubre del 1517 cuando Lutero clavó sus 95 tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg. ¿Y por qué en Augsburgo? Porque fue allí dónde en 1530 Lutero proclamó solemnemente que su nueva religión fue fundada. Es como implícitamente admitir que el protestantismo tiene que ver algo con la Iglesia.

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[Conmemorando el décimo aniversario de la Declaración Conjunta. Ahora también con los metodistas.]

¿Quién fue el que hizo posible este acuerdo? Según el “obispo” protestante George Anderson, cabeza de la Iglesia Luterana Evangélica de América, la persona salvó el acuerdo fue el Cardenal Joseph Ratzinger. “Sin él, no tendríamos el acuerdo“, dijo Anderson.

En el punto 15 del citado documento se dice:

«Solo por gracia mediante la fe en Cristo y su obra salvífica y no por algún mérito nuestro, somos aceptados por Dios y recibimos el Espíritu Santo que renueva nuestros corazones, capacitándonos y llamándonos a buenas obras».

 

La posición clásica de la Iglesia Católica es que la fe es necesaria para la salvación (es decir, sin la fe no hay salvación), pero en orden de merecer la salvación, la fe tiene que ser acompañada de buenas obras que reflejan la colaboración de la voluntad del hombre. Los protestanters niegan la contribución de la voluntad libre para la salvación. Para ellos, solamente la fe es necesaria para la salvación. El documento de Augsburg introduce una nueva noción: gracia. Ahora, la fe junto con la gracia sería suficiente para la salvación. El valor de las buenas obras es decididamente negado. No está por ninguna parte. Observen: “se nos llama” a hacer buenas obras, pero eso no es necesario.

¿Se van a negar los protestantes a una declaración así? Para nada. Porque es coherente con su postura de sola fide. En cambio, ¿dan la espalda los católicos a la doctrina tradicional sobre la justificación con esto? Sí, señor: porque es necesario que tú respondas con las obras a la iniciativa de la gracia de Dios.

Atila Sinke Guimarães da más argumentos a este apartarse de la doctrina católica. Recuerda las proposiciones quietistas condenadas por el Papa Inocencio XI en la Constitución Coelestis Pastor (20/11/1687):

“Nº 2. Desear operar activamente es ofender a Dios, quien desea ser él mismo todo el agente; y entonces es necesario abandonarse completamente en Dios.

Nº 4. Actividad natural es la enemiga e impide las operaciones de Dios y la verdadera perfección porque Dios desea operar en nosotros sin nosotros…

Nº 40. Uno puede llegar  a la santidad sin el trabajo exterior.”

Queda patente que el protestantismo está de lleno imbuido de tesis similares y peores. De paso se puede decir que estas tendencias se pueden observar presentes en cierta medida entre los carismáticos.

Bien, ¿quién nos ha protegido contra la protestantización? ¿Solamente desconfías del joven perito conciliar Joseph, colaborador de Rahner, o también hay problemas con el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe en 1999?

Con este panorama, realmente parece inminente el ataque definitivo a la Misa. En este caso veo pocos ir a las catacumbas a oír la Misa Católica.

Pero es lo que habrá que hacer.

 

 

 

La liturgia católica no puede desaparecer

Luis Fernando Pérez Bustamante ha publicado un artículo significativo: “Llegamos al final de un proceso muy peligroso” en el que indica con toda claridad que la postura de Francisco respecto a la relación “ecuménica” con los protestantes va en perfecta línea con lo dicho por Juan Pablo II y Benedicto XVI, por una parte, y en total contraste con lo enseñado por los Papas preconciliares. Para la muestra sirven abundantes citas de Mortalium Animos de Pío XI, que para la mentalidad de tantos católicos de hoy pueden parecer como las de otro mundo.

Y así es. Mortalium Animos, escrita menos de cuarenta años del CVII, es realmente de otro mundo. Sí, mejor dicho, digámoslo claramente: es de otra religión. Porque si una religión está caracterizada por un conjunto determinado de doctrinas y ritos, es de constatación directa que hay más que un abismo, hay una diferencia esencial entre las doctrinas pre y posconciliares. Puede parecer que exagero, pero si nos ceñimos a los textos y su interpretación habitual, es lo que resulta.

Para salvar el problema que salta  a la vista, se ideó el concepto de “hermenéutica de la continuidad“, que en definitiva quiere decir lo siguiente: aunque los textos digan cosas contrarias, aunque B es contrario a A, hay que entender B sin contradicción con A. En sintonía con A. Que B es una aplicación de A en unas circunstancias diferentes, etc.

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Siguiendo esa línea, como por un plano inclinado y sin darnos cuenta, llegamos a unas situaciones inaguantables y hasta patéticas. En el artículo denominado “El vídeo (01/16) de Francisco y su hermenéutica” ponía de relieve también de forma plástica estas diferencias. Eché bastante mano de la mencionada encíclica Mortalium Animos de Pío XI para mostrar la contundencia de la diferencia entre estas doctrinas. Sin embargo, quedan un par de citas que Luis Fernando no menciona, y son muy esclarecedoras:

La división” de la Iglesia.

Añaden que la Iglesia, de suyo o por su propia naturaleza, está dividida en partes, esto es, se halla compuesta de varias comunidades distintas, separadas todavía unas de otras, y coincidentes en algunos puntos de doctrina, aunque discrepantes en lo demás, y cada una con los mismos derechos exactamente que las otras; y que la Iglesia sólo fue única y una, a lo sumo desde la edad apostólica hasta tiempos de los primeros Concilios Ecuménicos. Sería necesario pues -dicen-, que, suprimiendo y dejando a un lado las controversias y variaciones rancias de opiniones, que han dividido hasta hoy a la familia cristiana, se formule se proponga con las doctrinas restantes una norma común de fe, con cuya profesión puedan todos no ya reconocerse, sino sentirse hermanos, y cuando las múltiples iglesias o comunidades estén unidas por un pacto universal, entonces será cuando puedan resistir sólida y fructuosamente los avances de la impiedad…

 Otros en cambio aun avanzan a desear que el mismo Pontífice presida sus asambleas, las que pueden llamarse “multicolores”

  1. La Iglesia Católica no puede participar en semejantes uniones.

Siendo todo esto así, claramente se ve que ni la Sede Apostólica puede en manera alguna tener parte en dichos Congresos, ni de ningún modo pueden los católicos favorecer ni cooperar a semejantes intentos; y si lo hiciesen, darían autoridad a una falsa religión cristiana, totalmente ajena a la única y verdadera Iglesia de Cristo.

Resumiendo, lo que subyace en la diferencia entre las doctrinas pre y posconciliares en el tema del ecumenismo, es la idea que se tiene sobre la Iglesia. Antes, la Iglesia Católica era la Única Iglesia de Cristo, aquella misma que Cristo fundó. Los que se llamaban cristianos pero no eran católicos se llamaban, según el caso, herejes o cismáticos.

El posconcilio ahonda en la idea que se dejó incubar en el Concilio, a saber: lo que prima es el ecumenismo, la búsqueda de una unidad que todavía ha de realizarse. La Iglesia propiamente está formada por todos que se reconocen cristianos, y tampoco está excluida, al menos implícitamente, la pertenencia de los “buenos” de cualquier credo o sin él.

Este concepto de la “Iglesia” necesariamente lleva a prescindir de la precisión de las definiciones y claridad en las doctrinas. Porque todo ello resalta las diferencias. El que use el método escolástico de definición-cuestiones-tesis-respuesta-argumentación está mal visto y calificado de “radical” o “exagerado” en el mejor de los casos. Por lo tanto las ideas de estar en sintonía con  la “tradición apostólica” o la “tradición divino apostólica” o simplemente la Tradición irritan en el fondo al sector modernista pero nunca las atacan de frente. Porque no pueden, y además dejarían en manifiesto sus intenciones. Su estrategia es esta: ridiculizar lo “antiguo”, y proponer lo “genuinamente evangélico”. Ellos actúan como el que quiere decir: “veis, vosotros no habéis caído en esto, pero lo que nosotros hacemos es un verdadero progreso y soplo del Espíritu Santo”.

Expondremos en un par de ejemplos lo increíblemente astutos que saben ser por un lado, y descaradamente crueles para con la fe y todo lo sagrado cuando pongan su rodillo en acción. Cuando ya se ponen nerviosos saben ser muy poco finos.

Primer paso, el primer gran cambio: la mención de San José en el Canon (1962).

Desde 1815 se intentó varias veces incluir el nombre de San José en el Canon de la Misa. Tal propuesta siempre fue rechazada por el Santo Oficio. ¿Y por qué, cuál era la razón para esa negativa, que incluso podría parecer una falta de devoción al Santo Patriarca, el Patrón de la Iglesia? ¿No lo proclamó el Papa León XIII como Santo Patrón de la Iglesia universal? ¿Y cómo que ese mismo Papa no admite que se lo nombre el Canon? ¿No es raro eso?

¿O es, por el contrario, muy significativa esa negativa? Veamos por ello en primer lugar las razones por las que no se mencionaba San José en el Canon desde siempre. La composición del Canon Romano de la Misa se pierde en el tiempo. Aparece tal cual lo tenemos hoy en los primeros misales escritos por allá en el siglo IV. Posiblemente si no fuera por las persecuciones podíamos haber tenido copias escritas del mismo ya en tiempos apostólicos del siglo primero, pero los Pastores cuidaban que el misterio más sagrado del cristianismo no cayera en las manos de los infieles para su profanación (el Cuerpo y la Sangre del Señor lo son más que la Escritura Santa; en la Eucaristía está substancialmente su autor, no solamente la gracia sino el mismo que la da); lo cual hizo que con la legalización del cristianismo ya pudieron aparecer los primeros misales.

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Este Sacrosanto Canon, pues, es de la Tradición Divina como enseñaron Santo Tomás (Suma, IIIª c.78 a.3 ad. 9), San Alberto Magno y el Papa Inocencio III, es decir derivan de la tradición del Señor legada a la Iglesia a través de los apóstoles. ¿Cómo será de santo este Canon, que como dirá San Pío V en Quo Primum Tempore, cuando la forma de sus palabras la recibieron de Cristo sus Apóstoles y de estos, sus sucesores? Por todo ello este Canon permanece invariable durante siglos y siglos, y no incorporó jamás la mención a San José… porque sus sagrados autores no lo hicieron.

¿No tenían los Apóstoles la devoción al Santo Varón? Sinsentido. Toda página del Evangelio era oro molido para ellos – era la vida del Señor con el que convivieron y cuyas enseñanzas las recordaba el Espíritu Santo – y la santidad del Santo Patriarca no podía pasar desapercibida. Y, con todo ello, los Apóstoles enseñados por el Señor no introducen a San José en el Canon.

¿Cuál era, entonces, el criterio para la composición del Canon de la Misa?

La Memoria de los Santos invoca en primer lugar a Nuestra Señora, para seguir con 24 Apóstoles y mártires: los Doce Apóstoles (con el particular de que San Pablo está entre los Doce, mencionado justamente después de San Pedro) y luego 12 Mártires de la temprana Iglesia Romana, entre los que se encuentran los primeros sucesores de San Pedro: Lino, Cleto, Clemente, Sixto, Cornelio, Cipriano, Lorenzo, Crisógono, Juan y Pablo, y Cosme y Damián (luego sigue: “y de todos tus Santos, por cuyos méritos y ruegos dígnate concedernos que seamos fortalecidos en todas nuestras cosas con el auxilio de tu protección. Por el mismo Cristo…”).

Se trata de un eco intencional de la visión de la corte celestial descrita por San Juan, en la cual el Apóstol y Evangelista ve a la Mujer vestida de sol, y el coro de 24 ancianos delante del trono de Dios rindiéndole el culto. Introducir a San José oscurecía la motivación e imagen bíblica, y disturbaba la componente poética de la oración.

Encontramos otro comparable balance poético en la invocación posterior del Canon Romano (en “Nobis quoque peccatóribus,…” – “También a nosotros, pecadores siervos tuyos,…”), que empieza con San Juan Bautista, el último profeta del Antiguo Testamento y heraldo del Mesías, corona del tiempo de la espera y nexo con el tiempo de plenitud de gracia; le sigue la lista de 14 mártires: siete hombres y siete mujeres (¡vaya con el tiempo de machistas retrógrados, cómo se les ocurre mencionar a las mujeres!): Esteban, Matías, Bernabé, Ignacio, Alejandro, Marcelino, Pedro, Felicidad, Perpetua, Águeda, Lucía, Inés, Cecilia, Anastasia.

De modo que, antes de la consagración teníamos la invocación de Nuestra Señora seguida de 24 (12 x 2) Apóstoles y Mártires, y después de la parte culminante de la Misa seguía la invocación de San Juan y a continuación de 14 (7 x 2) de apóstoles y mártires. Pero añadiendo a San José, la primera lista queda precedida de dos poderosos santos – perdiendo la analogía con la imagen bíblica de la Mujer vestida de sol, pero la segunda solamente sería precedida por un santo mártir. De forma que la simetría poética del Canon, anteriormente presente – la Liturgia tiene que ser expresión de sublime belleza ya que es culto a Dios, Belleza en sí -, quedaría perdida.

Pero la cuestión principal aquí no es si el Canon puede ser modificado de esta forma – entiendo que este cambio no afecta la validez, pero es desagradable por atreverse con la parte esencial de Misa hasta tal punto que ninguno de los grandes Papas del XIX y XX se atrevió tocarlo a pesar de solicitudes para tal añadido -, sino para qué se utilizó esta inserción. La idea que se transmitía con este movimiento era que… ¡ni el Canon puede evitar ser reformado! Si la parte más sagrada de la Misa pudo haber sido retocada en nuestro tiempo, ¿cómo no se podrá proceder con todo lo demás? Por eso al cabo de siete años llegará la Instrucción General del Misal Romano acompañando el Novus Ordo Missae.

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Pienso que esta maniobra con la inclusión de San José en el Canon ha sido una de las obras maestras de los modernistas por excelencia.

* Recordemos, en cuanto  lo de “modernistas”, que Roncalli, futuro Juan XXIII, fue investigado ya como seminarista por las lecturas sospechosas y en concreto de las obras del filósofo sincretista Steiner; convoca un Concilio con unos peritos más que sospechosos, etc.; al margen de ello, el equipo que llevaba la reforma litúrgica estaba marcado por el modernismo. Bugnini estaba completamente operativo bajo Juan XXIII; fue nombrado Secretario de la Comisión preparatoria para la liturgia del CVII. No obstante, en aquel entonces todavía encontraba resistencia significativa. El mismo Presidente de la mencionada Comisión fue el Cardenal Gaetano Cicognani, que ocupaba el cargo del Prefecto de la Sagrada Congregación de Ritos. Un hombre conservador y nada dado a las innovaciones. Bugnini hacía y deshacía bajo su sombra hasta que consiguió presentar para su aprobación al Cardenal Cigognani el esquema de la Constitución Sacrostantum Concilium – Declaración Conciliar sobre la Liturgia, en el que abogaba por introducir las propuestas para el uso de los idiomas vernáculos en la Liturgia. El esquema le fue presentado el 22 de enero de 1962, algo a lo que el Cardenal se resistía, pero finalmente firmó el 1 de febrero siguiente, “con lágrimas en los ojos”, según su propio testimonio. No sabemos por qué firmó finalmente, pero no nos consta la oposición de Juan XXIII a este proyecto. Lo que parece es que el Cardenal fue tan afligido que murió cuatro días después de la firma.*

El vernácula de por sí no invalida la misa, pero muestra uno de los avances significativos de los modernistas. Todavía Bugnini tenía opositores muy importantes en el Vaticano; así será el nuevo Presidente de la Comisión – el Cardinal Arcadio Larraona – que ni más ni menos echará a Bugnini del puesto del Secretario, y de la Comisión misma. Larraona era un hombre de visión conservadora e intentó neutralizar el trabajo de Bugnini. Consideraba que la Constitución Apostólica de Juan XXIII sobre el uso del latín, Veterum Sapientia, era un acercamiento a los liturgistas que querían introducir el vernácula en la liturgia. Procedió con diligencia formando un comité secreto para el propósito de cambiar el esquema presentado por Bugnini. Al frente del comité puso al Padre Joseph Löw, que murió repentinamente el 23 de septiembre de 1962, algo que según Bugnini “confundió la oposición” (Bugnini, La Reforma Liturgica, p. 38).

Cardenal Larraona no se fiaba de Bugnini ni lo más mínimo: lo despide de su puesto de profesor de liturgia en la Pontificia Universidad Lateranense y del trabajo en la Pontificia Universidad Urbana. Las razones de tales decisiones, según el mismo Bugnini otra vez (RL, 41), fueron que Cardenal Larraona lo consideraba un “progresista, fanático e iconoclasta”. Impresiona, ¿verdad? Pero no estaba solamente Bugnini. Con él solo no se hace todo, y sus ideas no estaban solamente suyas, sino en parte absorbidas por no pocos padres conciliares. Finalmente, la Constitución Sacrosantum Concilium fue aprobada en 1963, tiempo en el que murió Juan XXIII. Al trono pontificio subirá Giovanni Battista Montini – Pablo VI, protegido de Juan XXIII – lo elevará al cardenalato impidiendo esto en su tiempo Pío XII a pesar de ocupar la sede de Milán, amigo de Cardenal Bea y amigo de Bugnini. La agresión a la Misa tomará nuevas dimensiones.

Pero otra vez, ahora con algo más de profundidad, tenemos que retornar al pasado próximo y no tan próximo del CVII, con el fin de comprender la postura y los orígenes del pensamiento de Montini y de otros modernistas que aúpa.

Dom (Padre) Prosper Guéranger (1805-75) era un benedictino francés quien restaura el monaquismo benedictino en Francia posrevolucionaria. Se le considera iniciador del Movimiento Litúrgico, ortodoxo por excelencia en sus orígenes y después, hasta primera décadas del s. XX. Su Abadía de Solesmes llegó a ser el centro para el estudio y promoción de la Sagrada Liturgia. Así tiene lugar el libro-manual en varios volúmenes titulado El año litúrgico. Este libro alcanzó enorme popularidad y todavía se imprime de vez en cuando. Sin duda alguna, no se le puede recomendar lo suficiente cómo de bueno, instructivo y sublime es este libro -el padre de Santa Teresita de Niño Jesús solía leerlo en voz alta a su mujer e hijas.

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[Dom Prosper Guéranger]

Pero su Institución Litúrgica (1840) es considerado punto clave en la historia de estudios litúrgicos. En esa obra Guéranger condena la “herejía antilitúrgica”, que se caracterizaba por el “odio al latín, falsas referencias a la antigüedad, invención de nuevas fórmulas, principios contradictorios, etc.”. Es decir, él ya ve en su origen los motivos de las críticas de los tradicionalistas a los cambios e innovaciones posconciliares, facilitadas para estas – no necesariamente de modo explícito – el camino en Sacrosantum Concilium.

A pesar de todo, y como el demonio no descansa ni tiene día ni noche, en las primeras décadas del s. XX el Movimiento Litúrgico emprende otra y heterodoxa deriva con los trabajos de Lambert Beauduin, Ildefons Herwengen, Odo Casel, Romano Guardini, Pius Parsch y otros que lo llevan hacia el falso ecumenismo, modernismo teológico (inmanentismo y la evolución dogmática), antigüismo litúrgico, vernacularismo, ideas peligrosas sobre la Iglesia y la Presencia Real y experimentación litúrgica. En los umbrales de la segunda guerra mundial el movimiento litúrgico estaba en manos de los modernistas teológicos.

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Conferencia: La importancia de la “Humani Generis” y al doctrina tradicional de la creación: La necesidad, ante la crisis de fe en estos momentos, de mantener la doctrina tradicional de la creación del Concilio Lateranense IV, Concilio Ecuménico Vaticano I y la Encíclica “Humani Generis“, de valor en alza, reforzada por los avances científicos contemporáneos, ajenos a los prejuicios pseudocientíficos de antaño.

¿Por qué tanto interés de los modernistas por la liturgia? Después de la fuerte intervención de San Pío X en contra del modernismo al principio del s. XX, estos se replegaron y no pudieron públicamente exponer sus extravíos sin ser amonestados o desplazados de sus puestos. Optaron por la vía “inversa” del adiaggio certero que siempre rige: lex credendi, lex orando. Decimos “a la inversa”, porque cambiando la lex orandi, sabían que debe cambiar a la fuerza la lex credendi. Es decir, esperaban que mediante el cambio de la forma de culto se produzca el cambio en el pensar; en la mentalidad y en pensar de los creyentes. Sabían que entonces deberá existir y ser asumida una nueva doctrina acomodada al nuevo culto.

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En definitiva, introducir nueva forma de pensar por la puerta de atrás.

En Alemania por ejemplo, nada menos que se aprovecha la guerra mundial para proyectar planteamientos litúrgicos modernistas. El ala conservadora (presentada por el Arzobispo Conrad Groeber de Freiburg) reacciona inmediatamente: denuncian ante la Santa Sede en 1942 al Movimiento Litúrgico de promocionar el uso del vernácula, exagerando el sacerdocio común de los laicos, incorporando ideas dogmáticas protestantes, adoptando visión modernista de fe como experiencia, por negligente teología dogmática, prefiriendo sistemas filosóficos modernos y por promocionar arqueologismo litúrgico.

Pío XII interviene con decisión. Publica dos encíclicas que muestran con claridad la doctrina católica al respecto: Mystici Corporis (1943), sobre la naturaleza de la Iglesia, y Mediator Dei (1947) sobre la sagrada liturgia. Todos los errores y desviaciones que asaltaban la fe y su culto fueron señalados y neutralizados magisterialmente. Pero…

El efecto de estas encíclicas fue similar a la de Pascendi escrita cuarenta años antes por San Pío X: de contención de la heterodoxia durante unos años, hasta que las fuerzas enemigas no consiguieron reagruparse y realizar otra embestida.

Así que durante la década de los 50 del siglo pasado entran en la escena las obras de los más destacados liturgistas progresistas que marcarán el espíritu de la reforma litúrgica durante y después del Concilio: Josef Jungmann y Louis Bouyer. Señalaremos lo esencial de sus aportaciones; en lo que ocurre hoy con la liturgia Novus Ordo y lo que estaba presente durante las décadas de la nefasta aplicación de la consecuente reforma litúrgica, quedará como fiel reflejo de sus tesis.

En su obra La Misa del Rito Romano (1948) – una extensa y especializada obra de mil páginas -, Jungmann traza decididamente sus líneas de pensamiento principales que resumimos en los siguientes conceptos:

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[Josef Jungmann: “El sacerdote no toma el lugar de Cristo en la Misa, sino es el servidor de la comunidad.]

  • Teoría de corrupción en la Liturgia, según la cual la Misa Tradicional es un alejamiento de los primitivos ideales litúrgicos.
  • Liturgia pastoral, la cual persigue remodelar la misa para que pueda servir de encuentro con las necesidades del hombre contemporáneo.

Pero estos conceptos son contradictorios en sí mismos porque por un lado busca restaurar la liturgia en su “esplendor primitivo”, y por otro “adaptarla a las percibidas necesidades del hombre moderno”. El resultado será un desastre total, porque invocando ahora un principio, ahora otro contradictorio permitirá de facto introducir cualquier cambio imaginable. En definitiva será la idea de “cambio” la que servirá de guía, en función de la empresa de cambio se invocará la liturgia primitiva o las costumbres del hombre actual. En la Iglesia primitiva las mujeres “no podían enseñar”, llevaban el velo durante los actos de culto y todos estimaban en alto la práctica del ayuno, etc.; estas cosas hoy, invocando la sensibilidad del hombre moderno no son aceptadas sin más. Finalmente lo que resulta de la aplicación de principios contradictorios será un acomodo a las ideas preconcebidas. Estas mismas se justificarán una vez por la “práctica primitiva”, otrora por la “necesidad imperante”. Una consecuencia de estos planteamientos será la visión de la “misa como clase”.

Piedad litúrgica (1954) fue la obra de Louis Bouyer, otro libro que servirá de inspiración y fundamento teórico de la reforma litúrgica. Dos importantes conceptos que desarrolla Bouyer con el fin de aplicarlos a la Misa eran:

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P. Louis Bouyer

  • La Teología de la Asamblea. Esta teología desembocará en la primera definición oficial de Novus Ordo Missae del 1969. En esa Instrucción del Misal Romano la Misa se definía – con radical desviación respecto a lo que es la Misa católica – como la “asamblea sagrada”. Fue esto junto con otros distanciamientos respecto a la teología de la Santa Misa lo que impulsará a Cardenales Ottaviani y Baci intervenir con el Breve examen crítico. La definición cambiará, pero la estructura del Novus Ordo quedará intacta. Según esta teología, en definitiva, será la asamblea en la que se manifiesta Cristo; de forma que la máxima expresión del culto católico se tomará una nota antropocéntrica, centrada en el hombre y en la asamblea.
  • Otras “Presencias Reales”. En estrecha conexión con lo anterior. Si Novus Ordo no deja claro que la Misa es el Sacrificio del Calvario incruentamente renovado sobre el altar, y sin embargo acentúa el concepto de la asamblea, hasta llegar a aquella definición primera, es lógico que deben aparecer otras “presencias reales”. Es cierto que Jesús está presente entre los fieles reunidos, por la proclamación de su Palabra, etc., pero esta presencia no es substancial como en el caso del Augusto Sacramento del Altar. Por lo tanto, hablar de ello usando el mismo término devalúa por inflación la noción crucial de la Presencia Real aplicada al Cuerpo y la Sangre del Señor presentes por el misterio de la transubstanciación.

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Jungmann y Bouyer eran teóricos, teólogos y liturgistas progresistas que hicieron que sus ideas tomen cuerpo primero en el trazado de la Constitución conciliar Sacrostantum Concilium, para luego concretarse de forma efectiva en la reforma litúrgica de modo definitivo a partir del 1969. Pero también los miembros de alta jerarquía se lanzaron al ruedo. El ejemplo insigne era Giovanni Battista Montini, futuro Pablo VI, que siendo arzobispo de Milán (Pío XII no le permitió ser cardenal, a pesar de que la sede milanesa tradicionalmente contaba con un nombramiento cardenalicio. Ese nombramiento lo hará Juan XXIII; Montini podrá ser elegido Papa.) escribe la carta pastoral Formación Litúrgica para la cuaresma del 1958. En ella cita a Guardini, Jungmann y Bouyer. Se dejan ver sus ideas: el latín es un obstáculo para los fieles, el hombre moderno necesita (¿Los fieles de los años 50 pedían la reforma litúrgica? No, la pedían los liturgistas progresistas.) comprender la liturgia (¿no era suficiente explicarles el significado de cada gesto, palabra y acción?). Es decir, se trata de corregir la corrupción del ideal original. O sea, el ataque de falsa bandera. “La liturgia, celebrada de forma viva, ha sido durante siglos la principal forma de arte pastoral”. Montini usa especialmente la jerga de Bouyer: “la atención debe ser puesta a la asamblea litúrgica”, incluso cita un párrafo entero de su Piedad Litúrgica.

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[L. Bouyer: La descomposición del catolicismo.  Al final de este libro anuncia la muerte del Catolicismo, el cual entendía como la característica militar de la Iglesia Católica. “En cuanto a lo que se llama ‘Catolicismo”, la palabra que únicamente aparece, si no estoy equivocado en el siglo XVII, si es entendido como un sistema artificial falsificado por la Contra Reforma y endurecido por los golpes represivos contra el Modernismo, entonces es mejor que muera este sistema.” ]

¿Cómo pudo Pío XII consentir estos posicionamientos? Ya desde 1954 estaba gravemente enfermo, incluso su médico temía por su vida ese mismo año. Lo cierto es que el Papa reconoció que durante su reinado la Iglesia tenía muchas ratas colocadas en sus muros – ver por ejemplo las condenas de la “nueva teología” en Humani Generis, o alocución dos años antes de su muerte al Movimiento Litúrgico el Congreso Litúrgico de Asís de 1956 -, y gente reformista con cabeza agachada era ya una legión. Lo mejor hubiera sido mandar de paseo y despedir del sacerdocio a toda una pléyade como Schillebeeckx, Congar, de Lubac, Rahner, Balthasar, Murray. Porque esta gente tenía su protección en Roncalli, Montini, Agostino Bea y a la muerte de Pío XII serán precisamente estos los que arrasen en el Concilio… pero ahora es más fácil verlo.

 Fuere como fuere, la doctrina de Pío XII era clara y a sus espadas se preparaba el asalto fatal.

***

Volvemos ahora otra vez a la inclusión de San José en el Canon de la Misa (noviembre del 1962). Desde la perspectiva de lo arriba brevemente repasado, teniendo en cuenta qué gente y qué teología estaba detrás, se ve en totalmente otra luz aquel cambio: su mensaje era de que si el Canon está levemente tocado – pero en definitiva cambiado -, todo lo demás también podrá serlo.

 Y así ahora examinaremos lo más sagrado del Canon (naturalmente nos quedan para otras ocasiones muchos otros cambios a considerar, pero esto es de capital importancia): las palabras de la Consagración en la Misa Tridentina y en el Novus Ordo Missae.

Nota: las palabras esenciales de la consagración van en las mayúsculas en los dos casos.

Misa Tridentina:                                                      

Pues Él, el día antes de padecer, tomó pan en sus santas y venerables manos, y elevados los ojos al cielo, a Ti, Dios, Padre suyo omnipotente, dándote gracias, los bendijo, lo partió y se lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad y comed todos de él.                                   

PUES ESTO ES MI CUERPO.                                        

De modo semejante, después de haber cenado, tomando también este precioso cáliz en sus santas y venerables manos, dándote igualmente gracias, lo bendijo y lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad y bebed todos de él.

                                                                                                                                                                          PUES ÉSTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE DEL NUEVO Y ETERNO TESTAMENTO: MISTERIO DE FE: QUE POR VOSOTROS Y POR MUCHOS SERÁ DERRAMADA PARA LA REMISIÓN DE LOS PECADOS.                                 

Cuantas veces hagáis estas cosas, las las haréis en memoria de Mí.

Novus Ordo Missae:

El cual, cuando iba a ser entregado a su Pasión, voluntariamente aceptada, tomó pan, dándote gracias, lo partió, y lo dio a sus discípulos, diciendo:

TOMAD Y COMED TODOS DE ÉL, PORQUE ESTO ES MI CUERPO, QUE SERÁ ENTREGADO POR VOSOTROS. 

Del mismo modo, acabada la cena, tomó el cáliz, y, dándote gracias de nuevo, lo pasó a sus discípulos, diciendo:

TOMAD Y BEBED TODOS DE ÉL, PORQUE ÉSTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE, SANGRE DE LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA, QUE SERÁ DERRAMADA POR VOSOTROS Y POR TODOS LOS HOMBRES PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS. HACED ESTO EN CONMEMORACIÓN MÍA.

Éste es el Sacramento de nuestra fe.

T: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡Ven, Señor Jesús!

Si alguna vez se tocaba este tema en la catequesis conciliar, se decía que la misa de antes “no la entendía mucha gente”, que “era triste” y de allí sacaba uno la conclusión que no era para la “gente de hoy”, y: “¡qué sabiduría, y cómo se nota la acción del Espíritu Santo en la Iglesia cuando los pastores nos dieron este nueva misa!”, y más cosas como estas. Pero por supuesto, que la misa de antes y esta “son una misma misa, solamente que hubo cambios accidentales a los que la Iglesia tiene derecho”.

Vamos a ver estos cambios “accidentales”, a ver si es verdad lo que dicen.

A primera vista, aquí hay cambios importantes, y si las palabras en mayúscula son esenciales, aquí de facto hay cambios tremendos. Pero no es solamente eso, el cambio de las mismas palabras esenciales: además es la forma, contexto – no solamente el modo – en la que se dicen.

Pero empezaremos por lo primero: por los cambios digamos materiales en las palabras. Estos cambios se pueden clasificar en tres grupos:

  • Hay palabras que en Novus Ordo son esenciales, y antes no lo eran. Eso quiere decir que hay cambio en el criterio aplicado a las palabras esenciales.
  • Hay palabras en el Novus Ordo añadidas respecto a la Misa Tridentina, es decir, que antes no estaban.
  • Hay palabras de la Misa Tradicional que son eliminadas en el Novus Ordo.

Veamos esto punto por punto:

1) La frase: “Tomad y comed todos de él.”, pero sin punto (lo comentaremos más adelante) de la Misa Tridentina ahora está incorporada entre las palabras esenciales del Novus Ordo.

La frase (pero en vez del punto va la coma, lo comentaremos más adelante): “Tomad y bebed todos de él.” de la Misa Tridentina, también está añadida a las palabras esenciales en el Novus Ordo.

2) “Haced esto en conmemoración mía.” Esta frase ni estaba antes al final de las palabras de consagración; ahora no solamente que están, sino son esenciales.

Las palabras: “Que será entregado por vosotros”, antes ni siquiera existían, y ahora forman parte de las palabras esenciales.

No hay dejar pasar la incorrecta traducción de “pro multis” por “por todos los hombres”, algo que ya hemos abordado anteriormente en otro artículo.

Éste es el Sacramento de nuestra fe.”, está completamente añadido – y muy relacionado con el punto 3). Igual que la aclamación, ¡ojo, algo muy importante!, de Todos (del sacerdote y de los fieles a la vez): “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡Ven, Señor Jesús!

3) “Cuantas veces hagáis estas cosas, las haréis en memoria de Mí.”, no está en el Novus Ordo.

Y algo muy importante: las palabras esenciales de la Misa Tridentina “MYSTÉRIUM FÍDEI” (MISTERIO DE FE), han sido eliminadas del Novus Ordo. Teniendo en cuenta que en la Misa Tridentina estaban insertadas entre otras palabras esenciales. Ahora parece que están (en la aclamación no esencialEste es el Sacramento de nuestra fe”), pero en efecto estas palabras no tienen el mismo significado.

Ahora pasamos a analizar el significado de todos estos cambios. Otra vez tenemos que ser escuetos, porque los cambios son de tal naturaleza y tal envergadura que requieren, yo calculo que unas treinta páginas de texto para mostrarlos con suficiente detalle y alcance que se merecen. Pero, al menos procuraremos no faltar a lo esencial en esta reflexión.

Acabamos de señalizar las diferencias materiales entre las palabras de consagración. Falta por ver, ¡y es algo de tremenda importancia!, las diferencias del contexto en el que se dicen. O si se prefiere, analizaremos su verdadero significado.

Antes que nada debemos acentuar que el sólo cambio material, un único cambio material como podría ser incluso una coma o un punto – no exagero – respecto a lo establecido para siempre y codificado en firme por San Pío V, ya es un enorme problema; un “problema” creado, porque simplemente había que y hay que dejar la Misa tal y como es.

Pero siguiendo a Santo Tomás, la cuestión de validez emerge entre otras cosas en cuanto se toca el significado de las palabras. Y aquí el significado está afectado por los cambios materiales en las palabras, el lugar en el que aparecen, y lo muy importante: por el contexto y el modo en las que se dicen. Si se introducen cambios materiales en las palabras (lo diremos de otro modo: si se utilizan otras palabras), o estas se cambian del lugar o se eliminan como hemos dicho, aparece otra cosa.

Cualquiera que compare estos dos textos de la consagración, podrá notar a primera vista que en el Novus Ordo hay un estilo narrativo; es una historia que se lee. Es recordar lo que se dijo en la Última Cena. Eso salta a primera vista. Por lo tanto, existe una posibilidad de interpretar ese texto en ese sentido. Algunos objetarán: “pero se le puede aplicar el sentido católico y sacramental a este texto”. Esa consideración lleva directamente a otra cuestión, la de la validez ligada a las intenciones del ministro en ese caso. Esto lo comentaremos más adelante. Pero en cuanto el modo narrativo de las palabras de consagración (por cierto, las palabras de consagración en la primera Instrucción General del Misal Romano no estaban indicadas como tales, sino precisamente como “narración de la institución”. En la última IGMR van indicadas como “Narración de la institución y consagración”) los Cardenales Ottaviani y Bacci hicieron constar en su Breve Resumen Crítico del Novus Ordo (en inglés se traduce por La intervención de Ottaviani), un análisis del Novus Ordo realizado por varios teólogos más clásicos y mejor preparados con los que contaba el Santo Oficio presidido por Ottaviani, ponen de manifiesto que:

En el Novus Ordo Missae, y particularmente en lengua vernácula, el contexto en el cual se dicen las Palabras de la Consagración puede ser comprendido con la mayor facilidad como siendo «histórico». Es decir, según repite el sacerdote las palabras adscritas a Cristo, y sin «menoscabar» en modo alguno su privilegio, el contexto es tal que él puede comprenderlas como parte de la «Narración de la Institución», como un volver a contar la historia de lo que aconteció hace alrededor de dos mil años.

La gravedad de este cambio lo señalan una vez más los mismos autores:

El modo narrativo es enfatizado ahora por la fórmula ‘narratio institutionis’ (nº 55d) y repetido por la definición de la anamnesis, en la cual se dice que ‘La Iglesia recuerda la memoria de Cristo mismo’ (nº 556).

Brevemente: la teoría adelantada por la epiclesis, la modificación de las palabras de la Consagración y de la anamnesis, tienen el efecto de modificar el modus significandi de las palabras de la Consagración. Las fórmulas consagratorias son pronunciadas aquí por el sacerdote como los constituyentes de una narrativa histórica, y no ya enunciadas como expresando el juicio categórico y afirmativo emitido por Aquel en cuya Persona el sacerdote actúa: ‘Hoc est Corpus Meum’ (no ‘Hoc est Corpus Christi’)”.

¿Y cómo deben ser dichas estas palabras en la Misa Católica, cómo las debe decir un sacerdote católico? Como el que presta la voz a Jesucristo para que aquí y ahora, de forma actual, se realice lo que estas palabras significan. Por eso en la Misa Tridentina el sacerdote, en la consagración del pan por ejemplo, dice las palabras esenciales de modo totalmente separado del resto, acompañadas estas con el gesto correspondiente de profunda inclinación y hablando en voz baja, como corresponde a la mayor, más excelsa y más sagrada acción que tiene lugar bajo el cielo.

Los que asisten a la Misa Tradicional pueden percibirlo por los ojos. Incluso en las épocas de mucho analfabetismo cualquier fiel podía notar que allí estaba ocurriendo un acto más sublime de cuantos existen. Todo lo que acontecía estaba enfocado claramente a una cosa: al Sacrificio que se actualiza en el altar. Desde la entrada del sacerdote, desde que subía al altar diciendo oraciones por las que pedía a Dios ser digno de celebrar un misterio tan excelso, pasando por numerosas genuflexiones, signos de la cruz, golpes de pecho, inclinaciones profundas ante el Amor que se derramó por medio de tanto sufrimiento. Y cuando venía el Canon, el alma se estremecía del temor sagrado.

Eso era la Misa. Y sigue siendo, allí donde se conserva este Tesoro impagable, la no hechura de las manos humanas. ¿Y qué de la Misa de Pablo VI? Al final diré unas palabras al respecto. Me falta abordar sucintamente la eliminación de las palabras “Mysterium Fídei” del Canon.

Como vemos, han sido removidas de las palabras de Consagración sobre el cáliz y ahora colocadas como introducción de Aclamación Memorial insertadas en medio de la Oración Eucarística; eso sí, en español traducidas como (¡?) “Éste es el Sacramento de nuestra fe.” (¿Cómo se pueden traducir así, o autorizar siquiera traducción como esta? En otros idiomas se puede ver perfectamente “Misterio de fe”. En original en latín de Novus Ordo sigue como “Mysterium Fídei”. El hecho de autorizar tales traducciones como válidas desde el Vaticano indica a lo que puede llevar la supresión del uso de latín en la liturgia, aparte de todo lo demás.) A esto se junta que la Aclamación la dicen todos, el sacerdote y los fieles. ¿Acaso la misa es la acción de la asamblea? ¿Acaso no hay diferencia entre el sacerdocio ministerial y común? En este detalle, como en tantos otros, se puede notar un aire de protestantización: como si el sacerdote fuera solamente uno que dirige la comunidad. La realidad y doctrina católica son en cambio otra: sin el sacerdote no hay misa, aunque haya no sé cuántos fieles; sin los fieles y con el sólo sacerdote sí hay misa. Porque el sacerdocio ministerial es sustancialmente otra cosa respecto al sacerdocio común de los fieles; y eso se tiene que notar en la lex orandi de la Iglesia.

¿En qué se basa Bugnini, entonces, para eliminar esta frase? ¿Cuál es profundo motivo de su gran erudición? Venga, que tu sabiduría nos ilumine. Y aquí está: la respuesta viene muy clara en sus memorias, que es un libro muy clarificador titulado “La reforma liturgica”. Señala como motivo principal el no encontrarse esas palabras en los relatos evangélicos sobre la institución de la eucaristía. Es decir, la frase “no es bíblica”.

Lo cual es típica y barata objeción modernista. Vaya con ellos y lo “bíblico”. Porque cuando les plazca, lo reclaman. Pero cuando deben mantenerse fieles a la interpretación de las Escrituras según los Padres y la interpretación tradicional de pasajes incómodos, se olvidan, pero corriendo, de lo “bíblico”. Pero naturalmente, el motivo principal de la eliminación de esta frase de las palabras de Consagración se desprende de lo que defienden: el estilo y sabor narrativo que han impuesto en la Consagración (o “la narración de la institución”). Si yo voy a dejar la nota del modo narrativo, ¿para qué romperlo insertando esa frase justo por la mitad?

No piensa Bugnini y los suyos, ni les importa por lo visto, que esta frase ha ido formando parte de los misales durante siglos tal y como lo recogió final y formalmente el Concilio de Trento. Dirá por ello el excepcional liturgista Adrian Fortescue de la época dorada del Movimiento Litúrgico (final XIX comienzo XX):

adrian-fortescue

[P. Adrian Fortescue, 1874 – 192. Entre 1899 y 1905 pasó exámenes de doctorado en Teología Moral, Dogma, Historia Eclesiástica, Derecho Canónico, Árabe y Ciencias Bíblicas-pasando el examen en lenguas semíticas con gran distinción, un logro excepcional. El 10 de junio de 1905 se le otorgó el grado de Doctor en Divinidad, convirtiéndolo en el muy raro receptor de un triple doctorado. El nivel de sus conocimientos era tan excepcional que le concedieron un premio presentado personalmente por el emperador Francisco José I de Austria.

También fue un conocido aventurero, viajando a Oriente Medio, Asia Menor y Grecia, entre otros lugares. En el proceso, él aprendió el árabe sirio, algo turco, y persa (ya hablaba con fluidez en griego durante sus estudios académicos). Colaboró con la Enciclopedia Católica en numerosos artículos.

En el momento de su muerte, Fortescue era profesor de la historia de la iglesia en la universidad del St. Edmund, Ware, la escuela católica más vieja en Inglaterra.]

Las plegarias de nuestro Canon se encuentran en el tratado De Sacramentis (siglos IV-V)… Nuestra Misa se remonta, sin cambios esenciales, a la época en la cual se desarrolló por primera vez a partir de la liturgia común más antigua. Todavía conserva la fragancia de aquella primitiva liturgia, en los tiempos en que el César gobernaba el mundo y esperaba extinguir la fe cristiana: tiempos en que nuestros primeros padres se juntaban antes del alba para entonar un himno a Cristo como a su Dios… (cf. Pl. Jr., Ep. 96)… No hay en toda la cristiandad un rito tan venerable como el del Misal Romano.

La mentalidad católica es pues bien diferente: algo puesto solemnemente por la Iglesia en el corazón de los más sagrados actos de la Iglesia, no se toca. Se venera y se custodia con sumo celo.

No obstante, vamos a aportar también los argumentos teológicos a favor de la inclusión de esta frase en la Consagración. Por ello, ¿cuál es la historia y el significado de Mysterium Fídei? Estas palabras no las encontramos en los correspondientes relatos evangélicos. Porque el acto litúrgico no es simplemente la repetición de algunos textos de la Escritura (aunque buena parte de la liturgia es de la Escritura). La Liturgia es anterior a la Escritura del Nuevo Testamento. Recordemos lo que dice San Pablo a los Corintios: les recuerda lo ya enseñado, algo a lo que tenían ya ocasión de asistir. La Liturgia ya existía y era explicada por los Apóstoles cuando se escribían las primeras cartas apostólicas y los Evangelios. Porque esto era lo esencial, lo más sagrado en la vida de un cristiano. La Iglesia dependía de ello. Sin sacramentos no había – ni la puede haber –Iglesia. Por ello guardaban con más celo posible las instrucciones sacramentales y las transmitían con extrema fidelidad… pero oralmente. Fundamentalmente por el miedo a la profanación debido a la persecución de los paganos en los primeros siglos. El mismo Santo Tomás recoge esta circunstancia en la Suma III, q. 78, a. 3: “Los Evangelistas no se proponían transmitirnos las formas de los sacramentos las cuales en la Iglesia primitiva habían de conservarse ocultas, como observa Dionisio al cierre de su libro sobre la jerarquía celeste: su objetivo era escribir la historia de Cristo.

 Pero un paralelo de estas palabras las encontramos en las Constituciones Apostólicas, una obra del siglo III que señala las directrices para la Misa: “Hoc est mysterim novi testamenti, accipite ex eo, manducate, hoc est corpus meum quod pro multis frangitur in remissionem peccatorum”, Esto es el Misterio del Nuevo Testamento: Tomad de ello, comed: esto es mi cuerpo que se parte por muchos para la remisión de los pecados. (Enchiridion Euchologicum Fontium Litrurgicorum p. 618, citado en El trabajo de las manos humanas; crítica teológica de la Misa de Pablo VI – la obra disponible en inglés, autor A. Cekada).

Gassner en su obra El Canon de la Misa afirma que “Muchos teólogos mantienen que las palabras ‘mysterium fídei’ contenidas en la fórmula de consagración son materia de la tradición divino-apostólica. El Papa León IX que esas palabras son ‘la tradición transmitida por San Pedro, el autor de la liturgia Romana’.El Papa Inocencio III que estas palabras han sido añadidas a las palabras de consagración desde la tradición apostólica y refieren a 1 Tim 3:9. Santo Tomás sostiene que estas palabras son materia de tradición, transmitida por los Apóstoles a la Iglesia.

Si su origen llega en realidad hasta Cristo (Apóstoles no enseñarían otra cosa que se aparte de Él), ¿cuál es el profundo significado de esas palabras? Citaremos para ello otra vez a Gassner:

Las palabras ‘mysterium fídei’ del Canon son una aposición al ‘cáliz del Nuevo Testamento’… La Eucaristía es un misterio, es un sacramento. En la Sagrada Eucaristía no está escondida solamente la divinidad, sino también la humanidad, el cuerpo y la sangre. Se trata del sacramento más excelso porque contiene toda la gloria del misterio de Cristo mencionado en 1 Tim 3:9, 16. El resto de los sacramentos simplemente contienen Su poder… La Eucaristía es llamada misterio de fe (a) como objeto de fe: solamente por la fe conocemos de la presencia real de Cristo, de la presencia real de su cuerpo y sangre. Es llamado misterio de fe (b) debido a que la Pasión de Cristo, representada en él, salva por medio de la fe. Al mismo tiempo es llamado el sacramento de amor, con respecto a lo que significa y lo que da como efecto.

Por lo tanto, la frase “misterio de fe” resume y atestigua el conjunto de la doctrina católica sobre la Presencia Real, la naturaleza del Santo Sacrificio de la Misa y el efecto de las palabras de consagración sobre el pan y el vino. Está colocada en un punto clave de la Consagración; rompe de alguna manera las palabras esenciales pronunciada sobre el vino, pero a propósito: trae a la mente de todos algo que es dominio de la fe por excelencia. Otra matización importante: estas palabras pronunciadas en este lugar, referidas al misterio que acaba de ocurrir, habla del milagro, que junto con la Resurrección y la Encarnación supera todos los demás de un modo incomparable, que acaba de ocurrir delante nuestra; el Señor YA está aquí realmente presente.

¿A qué apunto con esto? A la nueva ubicación de las palabras (¡en latín!) “Mysterium Fídei”. Estas ahora vienen delante de la aclamación escatológica – un misterio que tendrá lugar al final del tiempo – “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡Ven, Señor Jesús!” ¿Acaso el Señor no está ya aquí? ¿Por qué desviar la mirada espiritual del misterio tan sublime que tenemos delante para aclamar la Segunda Venida? Justamente es eso a lo que objeta otra vez el Cardenal Ottaviani en su Breve examen crítico:

Además, la aclamación asignada al pueblo inmediatamente después de la Consagración: («anunciamos tu muerte,… Oh Señor, hasta que Tú vuelvas») introduce de nuevo al amparo de la escatología, la misma ambigüedad en lo que concierne a la Presencia Real. Sin intervalo ni distinción, se proclama la expectativa de la Segunda Venida de Cristo al final de los tiempos justamente en el momento en que Él está substancialmente presente sobre el altar, casi como si la primera, y no la última, fuera la verdadera Venida.

En definitiva, el traslado de las palabras Mysterium fídei (sacadas de entre las esenciales de la Consagración en la Misa Tradicional) conlleva un cambio de significación implícito: de su enfoque a la Presencia Real en el Sacramento aquí y ahora, ahora hay un apunte hacia la Segunda Venida, a algo que todavía estamos esperando.

Sencillamente: todo esto nunca visto en la Iglesia; como si fuera poca cosa de por sí, aparte de todo esto, tratar sin seriedad ninguna el Canon. Aunque las palabras propiamente serían frivolizar, o incluso tontear. Porque la Misa de Pablo VI no estaba hecha por los Padres, Doctores y Santos de la Iglesia, cimentada sobre lo transmitido por los Apóstoles; fue hecha frívolamente por las manos humanas de Bugnini y su séquito.

***

Al final, unas palabras sobre la validez de la Misa Novus Ordo. Teniendo en cuenta todo lo anteriormente dicho, consideremos ahora las siguientes citas magisteriales precedidas por la de Santo Tomás, perfectamente asumidas por la enseñanza posterior de la Iglesia:

Está claro que si se suprime alguna parte substancial de la forma sacramental, se destruye el sentido esencial de las palabras; y por consecuencia el sacramento es inválido.” Summa III, Q. 60, Art. 8

El concilio (de Trento) declara, además, que siempre ha estado en la Iglesia el poder de que en la administración de los sacramentos, sin violar su substancia, ella puede determinar o cambiar cualquier cosa que pueda juzgar como siendo más conveniente para el beneficio de aquellos que lo reciben…” Sesión XXI, Capítulo 2.

A la Iglesia le está prohibido cambiar, o incluso tocar, la materia o la forma de cualquier sacramento. Puede, en verdad, cambiar o abolir o introducir algo en los ritos no esenciales o en las partes ‘ceremoniale’ usadas en la administración de los sacramentos, tales como las procesiones, plegarias o himnos antes o después de que las palabras efectivas de la forma sean recitadas…” León XIII, Apostolicae Curae.

Es bien sabido que no pertenece a la Iglesia ningún derecho en absoluto a innovar nada sobre la substancia de los sacramentos.” San Pío X, Ex quo nono.

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Toda esta doctrina sacramental la conocía a perfección el Cardenal Ottaviani, el Prefecto del Santo Oficio en la época conciliar. Por ello, cuando tenía que revisar el proyecto del Novus Ordo Missae, se le caería de las manos. ¿Qué pensaría él? Su primera impresión seguramente sería que se trata de un símil de la “liturgia” anglicana o protestantizada. Porque el Novus Ordo rebosa de esas notas bajo el principio “ecuménico” que lo inspiraba todo. Paradójicamente, a pesar de la pretendida “búsqueda de la liturgia primitiva”, los diseñadores del Novus Ordo no se decantaron por, por ejemplo, liturgias orientales de origen muy temprano y con estrecha conexión al tiempo apostólico. Son en definitiva liturgias católicas que los cismáticos siguen usando de modo ilícito (sin unión formal con la Iglesia Católica – o sea, con el Papa). Esos ritos la Iglesia siempre ha dado por válidas y han sido tan similares a la nuestra propia que – exceptuando el idioma – se pueden encontrar paralelos significativos en todas partes esenciales de la Misa Tradicional. Tanto es así que la Iglesia Católica las ha conservado intactas y sin cambio alguno en varias Iglesias Uniatas que han vuelto a la comunión con Roma. De modo que, es llamativo reconocer que ninguna plegaria del Novus Ordo aparte del Padre Nuestro ha sido tomada de las liturgias orientales.

A esta pues conclusión llega el Cardenal Ottaviani:

Las palabras de la Consagración según están insertadas en el contexto del Novus Ordo pueden ser válidas por virtud de la intención del ministro. Podrían también no ser válidas a causa de que no son ya ex vi verborum, o, más precisamente, por virtud del modus significandi que tenían en la Misa hasta el presente.

¿Consagrarán válidamente en un futuro próximo los sacerdotes que no hayan recibido la formación tradicional, y que se apoyen en el Novus Ordo con la intención de «hacer lo que la Iglesia hace»? Uno se permite dudarlo.”

Uno se permite dudarlo.” Pero si uno duda sobre la validez de un sacramento, en virtud de la doctrina tuciorista (doctrina de teología moral que en puntos discutibles sigue la opinión más segura y favorable a la ley – Diccionario LE), la conclusión a efectos prácticos está clara: no aceptar decir la Misa Novus Ordo. Que no se trata de “preferencias sentimentales y nostalgia de pasado”, queda más que patente de todo lo expuesto hasta ahora. Por lo tanto, lo de “sentimentalismo y nostalgia” son falsas acusaciones totalmente vacías de contenido. Si quieren en cambio, con todas las consecuencias, hincar el diente en problemas teológicos de Novus Ordo, ya están tardando. Allí tienen dónde entrar en aguas profundas si realmente les importa la verdad.

***

Con este tremendo dilema se tuvo que enfrentar Mons. Lefebvre y unos cuantos más. A los sacerdotes mayores les dieron la dispensa de celebrar Novus Ordo… esperando hasta que se mueran y un problema resuelto. Pero con respecto a los sacerdotes jóvenes, y con todos los obispos, la política era de aplicación atroz e inmisericorde. No se permitía disenso más mínimo.

Pero el dilema en realidad no era tan tremendo. Simplemente los obispos y el clero tenían que hacer caso omiso a la introducción de la Nueva Misa (“juzgad por vosotros mismos, si hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”). No obstante, pensar así en aquella época le pillaba a tantos desprevenidos. Venían de una época en la que la Iglesia estaba como una roca, bien arreglada y regulada. Tenía sus problemas, pero se sabía quién mandaba y a quién obedecer. ¿Cómo podían tantos sacerdotes y obispos pensar que de Roma podía venir una norma negativa? Sin embargo, vino. Y, por muy raro que parezca – a nosotros hoy viendo lo que está haciendo Francisco desde la Sede de Pedro casi a diario ya no nos sorprende nada; entonces acababan de empezar – la respuesta tenía que ser un rotundo: ¡NO! ¡SIN LA MISA NON POSSUMUS! Y la embestida del enemigo sería frenada.

Pero esto estaba profetizado, amigos míos, “… a la mitad de la semana, el Sacrificio será abolido”. Daré mi sentencia al respecto: esto es la mayor acción criminal de la historia. Porque es un atentado contra Dios y su Sacrificio. El Sacrificio que nos abre el Cielo pagando tal inconmensurable precio, ha sido vilipendiado, humillado, ultrajado delante de los ojos de todos nosotros. Muchísimos no se dan cuenta de ello, pero ya es la hora.

¿Sabéis cuál era el precio que se pedía a Lefebvre para la reconciliación con Roma de Pablo VI? ¡Decir una única Misa Novus Ordo al año! Y no quiso hacerlo.

Como tiene que ser. Ya entendemos por qué. El enfrentamiento de Mons. Lefebvre y de otros pocos tradicionalistas no era por motivos de disputas doctrinales – que problemas teológicos con el CVII sabemos lo graves que son – sino principalmente por el motivo de sacramentos, especialmente el de la Eucaristía y Orden. Porque sin ello, no hay Iglesia. La Iglesia se nutre y descansa sobre los Sacramentos. Estos son de Dios y se tienen que conservar en su esencia como Dios los ha dado y la Iglesia custodiado. Esto era el problema principal de la rebelión de Lefebvre. ¿Entendemos ahora las cosas algo mejor?

Aborda esta cuestión con mucha fuerza Rama Coomaraswamy en su libro La destrucción de la tradición cristiana. Citaré de este contundente libro dos citas, la primera en cuanto al planteamiento de Lefebvre con respecto a la Misa Novus Ordo. Tenía clara una cosa: era algo con lo que no había negociación posible:

“Desgraciadamente una considerable confusión ha resultado de la afirmación del Arzobispo Lefebvre al efecto de que bajo ciertas circunstancias el Novus Ordo Missae puede ser «válido». (La «Intervención de Ottaviani» sostiene implícitamente la misma opinión). Como un ejemplo atribuido a él, nos pide que imaginemos a un sacerdote anciano —ordenado antes de que fueran instituidos los nuevos ritos, un hombre que usa el Novus Ordo en latín bajo el concepto de obediencia erróneo, que no comprende todo lo que esta nueva «misa» implica y que tiene intención plena de consagrar. Bajo tales circunstancias, quién presumiría o se atrevería a arrojar sus hostias consagradas al suelo y a profanarlas. Pero si bajo algunas circunstancias el Novus Ordo puede ser válido, es, sin embargo, siempre sacrílego, y nadie que es consciente de su naturaleza debería asistir nunca a él. Nuevamente, uno no puede juzgar las almas de los individuos que en obediencia participan en esta «misa», pero una cosa está clara: El arzobispo nunca ha dicho que —sea válido o no— nosotros debamos tener algo que ver con ella. Por el contrario, él se ha negado a decirla (el Novus Ordo), ni siquiera una vez al año, en Ecône (Pablo VI hizo de esto la condición para la reconciliación) y ha rechazado con considerable aspereza toda sugestión de que al laicado podría permitírsele asistir a él cuando no hay ninguna misa tradicional disponible. En su famosa declaración de noviembre de 1974 afirma que «La nueva misa está en línea con el nuevo catecismo, el nuevo sacerdocio, los nuevos seminarios, las nuevas universidades y con la iglesia carismática o pentecostalista, todos los cuales están en oposición a la ortodoxia y al magisterio venerable». En junio de 1976 afirmó que «nosotros tenemos la convicción precisa de que este nuevo rito de la misa expresa una nueva fe, una fe que no es la nuestra, una fe que no es la fe católica. Esta nueva misa es un símbolo, una expresión, una imagen de una nueva fe, de una fe modernista». Finalmente en su «Documento de toma de postura» de noviembre de 1979 afirma: «Debe comprenderse inmediatamente que nos no sostenemos la idea absurda de que si la nueva Misa es válida (bajo algunas circunstancias -ed.), nosotros somos libres de asistir a ella. La Iglesia ha prohibido siempre a los fieles que asistan a las misas de los heréticos y cismáticos, aunque fueran válidas. Está claro que nadie puede asistir a las misas sacrílegas o las misas que ponen en peligro nuestra fe… Uno puede decir cabalmente sin exageración que la mayoría de estas misas (del Novus Ordo) son actos sacrílegos que pervierten la fe, haciéndola cada vez más pequeña. La desacralización es tal que estas misas se arriesgan a perder su carácter sobrenatural, su mysterium fidei; no serían, entonces, más que una religión natural. Estas Nuevas misas no son solamente incapaces de satisfacer nuestra obligación dominical, sino que son tales que debemos aplicarles las reglas canónicas que la Iglesia tiene la costumbre de aplicar a la communicatio in sacris con las sectas ortodoxas y protestantes». Aquellos que querrían usar la precisa afirmación teológica del arzobispo para animar la asistencia de los católicos a la creación de Bugnini, están desmintiendo la posición del arzobispo e intentan sembrar cizaña en los campos de trigo.”

No puede haber Renovación en la Iglesia hasta que no se establezca otra vez con todo su esplendor y vigor la Misa de siempre.

 Para el colmo, esto no era la única cuestión. Queda también un asunto estrechamente relacionado con la Misa y es de tremenda importancia: el sacramento del Orden. Muchísimos católicos – incluido el clero – ni saben de la existencia de tal problemática. La presentaremos como sigue:

En 1968 Pablo VI presenta nueva forma del sacramento del Orden. Al año siguiente se hace obligatoria, es decir, todo obispo ordenado (sacerdote, diácono) tiene que serlo según la nova forma sacramental. El problema radica en el hecho de que esta forma… simplemente no es correcta. No es clara, no tiene una interpretación unívoca. En otras palabras, si se aplica la teología sacramental preconciliar (pero en definitiva la teología sacramental católica) la forma no expresa (al menos no de forma explícita) lo que debe significar. Vamos a explicarnos.

Los sacramentos deben expresar lo que significan, y el efecto que producen. Si yo digo por ejemplo: “yo te bautizo en el nombre de Jesucristo”, tal “bautismo” sería inválido por no tener la forma correspondiente; y, además, nadie podría decir, ni tampoco el Papa claro está, que esta forma sería válida. Tampoco sería válida la supuesta consagración empleando las palabras “Esto es el Cuerpo de Cristo”, en vez de “Esto es Mi Cuerpo”; lo diga quien lo diga, aunque lo “apruebe” el mismo Papa – algo imposible -, no sería una consagración válida. El Cuerpo de Cristo no estaría sobre el altar, y además el sacerdote cometería un pecado muy grave por profanar el sacramento.

¿Qué es entonces lo que la Iglesia ha enseñado siempre sobre la forma de sacramento del Orden aparte de la imposición de manos? Fundamentalmente que el ordenado recibe el poder para actuar sacramentalmente con respecto a:

  1. Cuerpo de Cristo, y
  2. Cuerpo Místico de Cristo.

La finalidad a) se refiere al poder de dar culto debido a Dios. Es decir, para que el bautizado católico que ha recibido el sacramento del Orden pueda hacer realmente presente sobre el Altar el Cuerpo y la Sangre de Cristo. En otras palabras, para que pueda decir la Misa.

La finalidad b) apunta a la santificación de los miembros místicos de Cristo por medio de la administración de los sacramentos – lo cual incluye el poder transmitir el sacramento del Orden -, es decir, de su Iglesia. Porque si los fieles no reciben los sacramentos, desvanecen. En definitiva, el ordenado debe recibir el poder para dar culto a Dios y administrar sacramentos a los fieles. Este poder lo recibe por medio de la gracia del Espíritu Santo, algo que debe constar en la forma del sacramento.

Resumiendo, un bautizado católico (y célibe si se trata de rito latino) puede saber de memoria la Biblia y las obras completas de Santo Tomás de Aquino, pero eso no le va a facultar para decir Misa. Lo hará la gracia de Dios por el Espíritu Santo mediante sacramentos. Ese poder ha dado Cristo a sus Apóstoles y a sus sucesores. Estos lo transmiten de generación en generación por medio de imposición de manos empleando la forma indicada por la Iglesia. Pero esta debe cumplir ciertas condiciones para ser válida. En sintonía con el pensar perenne de la Iglesia, Pío XII en la Constitución Apostólica Sacramentum Ordinis (1947) establece las palabras esenciales para el sacramento del Orden (nos ocupamos solamente de lo dicho referente a la ordenación episcopal; que es fundamental, ya que de ella depende la sucesión apostólica y la ordenación de sacerdotes y diáconos), que son:

Comple in Sacerdote tuo ministerii tui summam, et ornamentis totius glorificationis instructum coelestis unguenti rore sanctifica ” (Completa en tu sacerdote, la plenitud de tu ministerio y adornado con las galas de tu gloria, santifícalo con el rocío del ungüento celestial.)

Fíjense en las palabras “in Sacerdote tuo ministerii tui summam” y “coelestis unguenti rore sanctifica”. Indican la invocación para que el ordenado tenga la plenitud del ministerio sacerdotal ungido con la gracia del Espíritu Santo. Es decir, están indicadas las dos finalidades que debe contener la forma del Sacramento del Orden Además, tal y como recalca Sacramentum Ordinis, de forma unívoca: está perfectamente claro que significa lo que debe significar.

En cambio, las palabras esenciales de la forma establecida por Pablo VI: “Et nunc effunde super hunc Electum, eam virtutem quae a te est, spiritum principalm, quem dedisti Filio tuo Jesu Christo, quem ipse donavit sanctis Apostolis, qui constiuerunt Ecclesiam per singula loca, ut sanctuarium tuum in gloriam et laudem indeficientem nominis tui.” (Y ahora, derrama sobre este Elegido aquel poder, que proviene de ti, el espíritu principal, que diste a tu Hijo Jesucristo, que Él, a su vez, dio a los santos Apóstoles, que fundaron la Iglesia por todos los lugares, como tu santuario, para gloria y alabanza perpetua de tu nombre. AAS, LX, (7), 29/07/1968), presentan un problema muy serio. Sintetizamos:

  • ¿”El espíritu principal” es el Espíritu Santo? No queda nada claro. Algunos autores desde el campo tradicionalista lo identifican como potestad de jurisdicción, pero no como el poder de dar culto a Dios (celebrar la Eucaristía) e impartir el Sacramento del Orden (y administrar otros sacramentos). Pero concedamos que se refiera al Espíritu Santo. Aún así, la cuestión no está zanjada, como sigue.
  • ¿Dónde está aquí la referencia unívoca a la plenitud del ministerio sacerdotal? ¿Dónde está siquiera la referencia al “Sacerdote”? Eso más bien podría ser el término “Elegido”, pero uno puede ser elegido para muchas cosas, para dirigir por ejemplo a una comunidad. Otra vez está presente un cierto aire ecuménico (veo un cierto apunte a los pastores o presbíteros protestantes elegidos – ¡por la comunidad! – para dirigir una asamblea de fieles. En cambio, con tanto ecumenismo no hay un paralelismo con la forma del Sacramento del Orden aplicado en las iglesias orientales – cuya validez sí aceptó la Iglesia siempre.); como tantas veces en la actualidad sin fuste alguno.
  • ¿Dónde está finalmente la referencia al culto de Dios o la administración de sacramentos? Todo ello puede parecer a lo sumo implícito en la acción de la fundación de la Iglesia por todos los lugares que realizaron los santos Apóstoles. Pero esta afirmación es en modo de referencia a tales hechos, no para que estos mismos “elegidos” hagan lo mismo. En fin, esta forma sacramental adolece de tantas imprecisiones.

Finalmente, de alguna manera se coloca en un plano similar a Jesucristo y a los Apóstoles y a sus sucesores. Esto a su vez puede tener un (mal) olor arriano. Lo que faltaba en todo esto.

Además, en línea con todo esto, uno se pregunta, ¿pero para qué Pablo VI quería cambiar las formas de los sacramentos?  (Y en el caso del sacramento de la Extremaunción – ahora se llama “unción de enfermos” – observen el enfoque: antes se apuntaba hacia la salvación eterna y ahora a la curación del enfermo, hay también un cambio de la materia: ahora ya no es necesario el aceite de olivo, puede ser un aceite vegetal.) No había ninguna necesidad de ello. Pero claro, nueva – como dicen: renovada; o sea, supuestamente la misma, pero renovada  – doctrina del Concilio Vaticano II, pedía la Nueva Misa. Esta a su vez nuevo (dirán: enfoque del) sacerdocio. Como si la “Nueva” Iglesia quisiera tener “Nuevos” Sacramentos. Realmente es así: si cambia la doctrina de un sistema religioso, también cambiarán sus ritos. Eso es inevitable, lex credendi implica siempre lex orandi.

En resumen: se produjo un espantoso caos en la Iglesia. No obstante, a pesar de negras nubes repletas de rayos que invadieron todo el horizonte, tanta buena y diría también santa gente de la Iglesia no se podía esperar esto: les superaba por completo. Tantísimos y tantísimos buenos curas, algo ya entrados en años veían con toda claridad que estos cambios en la misa (los de orden sacerdotal apenas fue percatado por muy pocos) son un auténtico espanto… pero no pudieron por lo que sea dar el paso de firme resistencia. Aún así, eso lo previó Bugnini – se les consintió decir la misa tridentina hasta que se mueran. A los jóvenes no se les dejaba opción alguna: al estilo de una tiranía pura y dura. Bajo falso pretexto de obediencia, se les impuso a los de visión conservadora el nuevo rito. A los afines del pensamiento modernista se les dejó seguir “formándose” en lo mismo.

De los obispos eran Lefebvre y muy pocos más que vieron con toda claridad que no hay que tragar estos cambios (Lefebvre sin embargo aceptó la introducción de la mención de San José en el Canon; no porque lo compartía, sino al parecer porque pensaba que en sus negociaciones con Roma no le consentirían tal oposición), y este mismo arzobispo realiza el acto que todo obispo católico tenía que haber hecho: no aceptó decir la Misa Novus Ordo. ¡Ni una única vez al año!, que era la condición impuesta por Pablo VI para la “reconciliación”. Si el lector con paciencia relee todo lo expuesto aquí, tendrá argumentos para entender del por qué de la postura de Mons. Lefebvre.

Otro tanto afectó al Sacramento del Orden. Lefebvre no se permitió una duda sobre su validez. De allí la implicación pastoral contundente – puede ser “pastoral”, pero es aplicación de la teología sacramental a la que no renunciaba. El siguiente extracto del libro de R. Coomaraswamy es elocuente al respecto. Se trata de la pregunta de un sacerdote ordenado según el nuevo rito con respecto a la posibilidad de prestar servicio en la pastoral de la FSSPX:

*

Puesto que el nuevo rito de ordenación fue impuesto en 1968, debemos suponer que el sacerdote fue ordenado según el nuevo rito en lugar de con la ceremonia católica tradicional. En cualquier caso, usted podría preguntarle —por el interés de él tanto como por el suyo propio. Pues si comprende suficientemente como para rechazar la nueva misa, ciertamente debería estar interesado acerca de la validez de sus propias órdenes sacerdotales. Si, en verdad, fue ordenado según el nuevo modo, entonces ningún verdadero católico puede asistir a las misas que ofrece, aunque sean tradicionales. La razón es que hay dudas muy graves sobre la validez de la nueva ceremonia de ordenación.

 La primera dificultad se encuentra en el nuevo rito mismo. Aunque el nuevo rito (comentario del blogguer: ¡ojo!, se refiere al rito de la ordenación sacerdotal, no episcopal que tratamos aquí) conserva las palabras de ordenación necesarias (decretadas por el Papa Pío XII en 1947), sin embargo, en el contexto del nuevo rito, estas palabras no pueden ser comprendidas en el sentido católico. El sacerdote existe para el sacrificio. Así, el sacerdocio católico existe para la verdadera Misa católica, que es el sacrificio incruento del Calvario. Pero el nuevo sacerdocio existe para la nueva misa, que no es al sacrificio incruento del Calvario.

Según el rito de ordenación, un sacerdote es ordenado para ofrecer solamente un sacrificio de «alabanza y de acción de gracias», lo cual es la nueva misa; la nueva ceremonia ha suprimido toda mención del sacrificio en reparación del pecado. El sacrificio del Calvario, sin embargo, fue ofrecido por Dios Padre en adoración, reparación, acción de gracias y súplica. Una «misa» que excluye a propósito alguno de estos cuatro fines no puede ser la misma que el sacrificio del Calvario, y de ese modo no es en absoluto una Misa católica. Y un sacerdote ordenado no más que para semejante «sacrificio de alabanza y de acción de gracias», es muy dudosamente un sacerdote católico. Es de interés remitirse al concilio de Trento a este respecto, pues el concilio condenó explícitamente todo atentado que no hiciera de la Misa nada más que un sacrificio de alabanza y de acción de gracias negando su valor reparativo: «Si alguien dice que el sacrificio de la Misa es meramente una ofrenda de alabanza y de acción de gracias, o que es un simple memorial del sacrificio ofrecido en la cruz, no propiciatorio… ¡que sea anatema!» (sesión 22, canon 3 sobre la sagrada Eucaristía). A causa de que los nuevos ritos de la ordenación y de la Misa hacen justamente esto, no son en absoluto ritos católicos.

Una razón adicional a la cuestión de la validez de las órdenes conferidas por el nuevo rito implica la intención del hombre que ha de ser ordenado. ¿Desea realmente devenir un sacerdote católico? ¿Comprende siquiera lo que es un sacerdote católico? Estas preguntas son pertinentes hoy día, cuando la instrucción que se da en los seminarios nominalmente católicos, es a la vez anticatólica y anticlerical. Inclusive si el ordenado tuviera la intención necesaria, ¿qué hay respecto del obispo que ordena? ¿Tuvo el obispo intención de ordenar a un verdadero sacerdote católico o meramente a un «presidente de la asamblea»? En su encíclica Apostolicae curae, León XIII explica que la intención del obispo en tales casos debe ser interpretada según la ceremonia que emplea. Si utiliza una ceremonia católica, entonces la presunción es siempre en favor de la validez. Sin embargo, en el caso de las nuevas ordenaciones la presunción es siempre contra la validez, puesto que se ha usado un rito no católico en lugar de la ceremonia católica.

Otra dificultad concierne no solo a la intención del obispo, sino a si él mismo es un obispo del todo. Es incierto que los obispos consagrados según el nuevo rito de consagración episcopal sean realmente obispos, puesto que las palabras necesarias de la consagración episcopal han sido completamente cambiadas. Hay que agregar a la confusión el decreto del concilio Vaticano II sobre el episcopado, el cual redefinió implícitamente el sacramento de las sagradas Órdenes contrariamente a la enseñanza tradicional de la Iglesia. El Vaticano II sostuvo el carácter sacramental del episcopado con el fundamento de que está dirigido a gobernar y a enseñar a los fieles que son el Cuerpo Místico de Cristo. Esta doctrina de que un sacramento, en tanto que sacramento, está dirigido primordialmente a los fieles es precisamente la enseñanza de Martín Lutero. En cambio, la enseñanza católica es que un sacramento es un sacramento solamente en tanto que está dirigido al Cuerpo Real de Cristo en la Sagrada Eucaristía. Así pues, el problema del rito de la nueva ordenación implica mucho más que el encarar un solo sacramento; es el fruto que brota de un concepto enteramente nuevo del «sacramento» en sí mismo, y es así la perversión de todos los sacramentos.

Finalmente está, de nuevo, la intención del hombre que ha de ser consagrado y la intención de aquellos que le consagran. ¿Desea el obispo electo ser un obispo católico? ¿Conoce siquiera la verdadera naturaleza del episcopado católico? ¿Y los obispos que consagran desean realmente consagrar a un verdadero sucesor de los apóstoles? Nuevamente la presunción debe ser contra la validez, puesto que sus intenciones deben ser interpretadas según el rito que han usado, y el nuevo rito simplemente no es católico.

Vemos así que hay muchas dificultades implicadas en el nuevo rito de la ordenación de un nuevo sacerdote por la Iglesia Posconciliar. Uno cualquiera de los factores mencionados arriba serviría para hacer que la ordenación fuera totalmente nula e inválida.

En la práctica, podría mencionar también la decisión del Arzobispo Lefebvre con respecto al nuevo rito de la ordenación. Cuando hablé con él el pasado junio, Monseñor dijo que si un sacerdote ordenado con el nuevo rito deseara ayudar a la Sociedad San Pío X en la administración de los sacramentos, tal sacerdote tendría que ser ordenado condicionalmente según el rito católico tradicional de la ordenación sacerdotal. Se encontrará un tratamiento adicional sobre este problema en The Roman Catholic, Vol. IV, nº 2, 8 y 11, 1981 (disponibles, Soc. S. Pío X, Oyster Bay Cove, Nueva York, 11771, EE.UU.).

*

EPÍLOGO

 ¿Tremendo, verdad? ¿Para no creer, verdad?

Esto me pasa a mí.

Sin embargo, todo esto ocurrió delante de nuestros ojos. Y sigue ocurriendo, ya que la embestida contra la Misa Tridentina y la Tradición continúan. De allí, como no se suelta la nueva doctrina, no se admiten los sacramentos de siempre.

Algunos sedevacantistas sostienen que la Misa Novus Ordo es simplemente inválida, que en ellas el Señor no está realmente presente. Mons. Lefebvre no pensaba así, aunque sí que en definitiva ese rito no tiene una teología católica – la última referencia es significativa al respecto -, y que su validez es más bien accidental, es decir, en función del sacerdote que la dice.

Esto es lo que me parece teológicamente más acertado. Porque hay muchos jóvenes que entregan su vida para dedicarla al Señor, para decir misa, confesar, administrar sacramentos. Renuncian al mundo con la convicción de que van a ser sacerdotes como estos siempre han sido. Y en los documentos eclesiales formales después del Concilio se afirma que la Misa es el Sacrificio del Calvario. Su diseño es como la hizo Bugnini, pero el contexto de la doctrina puede ser entendido en el sentido católico. Yo no me atrevo a decir que cada sacerdote posconciliar piensa en la Misa como un servicio protestantizado o algo similar.

Sin embargo, una cuestión es la validez de la Misa Novus Ordo, y otra la Restauración de la Tradición de la Iglesia (nunca destruida, ni puede serlo, del todo). Entiendo y defiendo que esta podrá realizarse teniendo en cuenta los siguientes puntos:

  • Restablecimiento formal de la doctrina tradicional de la Iglesia. Esto implicará la abolición del Concilio Vaticano II y los documentos posteriores equivalentes.
  • Restablecimiento de la Misa Tradicional. Incluso antes de la pequeña reforma del 62. Y también para ello:
  • Restablecimiento del Sacramento del Orden. Esto implicará la ordenación condicional de los ordenados según el nuevo rito del 68.
  • Necesitamos un Vicario de Cristo que cuanto antes reúna las ovejas dispersas. Este tiene que ser reconocido y reconocible por todos los católicos que asienten y asentirán la doctrina católica de siempre. Imploremos a Dios por ello día y noche.

Tengan por cierta una cosa, y eso no será solamente mi opinión: LA CUESTIÓN DE MISA ES EL PRINCIPAL PROBLEMA DEL MUNDO. SI EL MUNDO VA A SER UN LUGAR BENDECIDO O DEJADO A SU SUERTE, DEPENDE SI EL SACRIFICIO DE LA MISA SE OFRECE COMO DIOS QUIERE. Ni Trump, ni Putin, ni el ISIS, ni el Islám, ni el comunismo, ni la masonería, ni el sionismo, ni ninguna fuerza habida o por haber puede ser un problema que en su gravedad supere la cuestión de dar el culto debido a Dios. De esto depende el mundo. La vida cristiana sin este culto, es un voluntarismo  estéril. 

Analicemos sin prisa las palabras de Francisco sobre “sacerdocio femenino”

En el vuelo de Suecia a Roma (01/11/16), Francisco ofreció su habitual rueda de prensa. Una pregunta llamativa era de la periodista sueca, Kristina Kappellin, sobre la posibilidad de que la Iglesia Católica tenga mujeres ordenadas:

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Suecia que ha acogido este importante encuentro ecuménico tiene una mujer como líder de la propia Iglesia. ¿Qué cosa piensa al respecto? ¿Es realista pensar en las mujeres sacerdotes también en la Iglesia Católica en los próximos decenios?…”.

Fijémonos en la respuesta de Francisco:

“…sobre la ordenación de mujeres en la Iglesia Católica, la última palabra es clara y la dio San Juan Pablo II y esto permanece...”

La periodista insistió: “¿Nunca jamás?“, y Francisco sentencia:

Si leemos bien la declaración de San Juan Pablo II, va en esa línea.

Al comentar estas palabras de Francisco, desde algunos círculos conservadores – desesperados de ordinario por lo que dice Francisco un día sí y otro no; en el fondo temblando al oírlo cada vez que habla – levantaron voces de júbilo, diciendo al estilo de Aciprensa cuya fuente ya tenemos citada: “el Papa Francisco explicó que lo que la Iglesia enseña sobre la ordenación sacerdotal no va cambiar y que la última palabra sobre este tema la tuvo San Juan Pablo II.

Señores desesperados, no corran tanto… ¡porque esta es su interpretación! ¡Porque Francisco no dijo que no va a cambiar, sino que la última palabra HASTA AHORA la tuvo “San Juan Pablo II”!

Sí, sí, eso es lo que ha dicho, muy bien pensado. Ha dicho: “la última palabra es clara y la dio San Juan Pablo II y esto permanece...”, y otra vez: “Si leemos bien la declaración de San Juan Pablo II, va en esa línea.

Es decir: “La última palabra NO ES MÍA, sino de San Juan Pablo II – adulamos a los conservadores – y esto permanece; sí, es cierto, ¡pero ya veremos HASTA CUÁNDO!”

Si analizáis bien el texto, eso es lo que está dicho, y así su gente lo entiende, y se quedan tranquilos y agazapados en su escondite hasta que se de la señal.

Lo que acabo de decir, lo voy a corroborar con un ejemplo de los más trascendentales del pasado muy reciente de la Iglesia: en cuanto al cambio efectuado en la Santa Misa, cambiándola por Novus Ordo Missae y afirmando… que se trata de lo mismo. Vamos a ello.

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[Novus Ordo reclama una supuesta “vuelta hacia los orígenes“. Entonces, ¿por qué no respetan las indicaciones de San Pablo, nada menos, respecto a su prohibición a que las mujeres enseñen en la Iglesia? ¿No pasó eso en los mismísimos orígenes? El “retorno a los orígenes” es una simple excusa para destruir lo sagrado e introducir lo profano; o simplemente sus propias ideas.]

En 1570 San Pío V en “Quo primum tempore“, Bula sobre el uso a perpetuidad de la Misa Tradicional (o Tridentina, pero creo que la expresión “Tradicional” es mejor todavía), sentenciaba:

Nos, mandamos específicamente a todos y a cada uno de los patriarcas, administradores y a todas las demás personas de cualquier dignidad eclesiástica que puedan ser, sean inclusive cardenales de la santa Iglesia romana, o poseedores de algún otro rango de preeminencia, y Nos les ordenamos en virtud de la santa obediencia cantar o leer la Misa según el rito y la manera y la norma con los cuales es establecida por Nos y, de aquí en adelante, interrumpir y desechar completamente todas las demás rúbricas. Al celebrar la Misa no deben osar introducir ninguna ceremonia ni recitar ninguna plegaria diferente de las contenidas en este Misal… Además, por esta presente (por esta ley), en virtud de Nuestra autoridad apostólica, Nos, otorgamos y concedemos a perpetuidad que para el canto o la lectura de esta Misa en toda iglesia, cualquiera que sea, este Misal ha de ser seguido en adelante absolutamente, sin ningún escrúpulo de conciencia o temor de incurrir en alguna pena, juicio o censura, y que puede ser usado libre y legítimamente. Ni los superiores, administradores, canónigos, capellanes y demás sacerdotes seculares, o religiosos de cualquier orden o por cualesquiera títulos nominados, están obligados a celebrar la Misa de otra manera a como ha sido prescrita por Nos. Nos, declaramos y ordenamos igualmente que nadie ha de ser forzado o coaccionado a alterar este Misal y que este presente documento no puede ser revocado o modificado, sino que permanece por siempre válido y conservando toda su fuerza… Por lo tanto, a nadie le está permitido alterar esta carta, o aventurarse a ir imprudentemente contra esta advertencia de Nuestra Dispensa, estatuto, ordenanza, mandato, precepto, concesión, indulto, declaración, voluntad, decreto y prohibición. Si alguien, no obstante, osara cometer un acto semejante, debe saber que incurrirá en la cólera de Dios Todopoderoso y de los Santos apóstoles Pedro y Pablo (resaltados míos).”

Un católico lee esto, y tiembla, ¿verdad? ¿Pues, cómo se las arreglaron los conciliares, empezando por Pablo VI, para de facto suprimir esta misa? En definitiva, para hacer lo contrario de lo que está indicado aquí.

Pablo VI lo hizo con toda la tranquilidad del mundo, esta serían sus “razones”:

Comprendamos claramente las razones por las cuales este serio cambio ha sido introducido… (es) una obediencia al concilio (La Croix, 4 de Septiembre de 1970)… De manera en modo alguno diferente nuestro santo predecesor Pío V hizo obligatorio el Misal reformado bajo su autoridad, en seguimiento del concilio de Trento (Custos, Quid de Nocte).”

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[Que las mujeres lean en las iglesias, no es una simple ocurrencia de este o aquel párroco; esta mujer africana lo hace delante de la alta jerarquía. Una actitud más que consentida.]

Es decir, (San) Pío V era el Papa… ¡y yo también lo soy… y voilà… se acabó! ¡Este es el argumento, no hay otro!

Hilando más fino y con más sutileza, destapando la argumentación de Pablo VI, se encuentra el siguiente presupuesto de la lógica usada: “a perpetuidad” quiere decir “hasta ahora“, “hasta que otro Pontífice así lo disponga“.

Sobra decir, que en efecto, cualquier disposición no esencial o accidental de un Pontífice sí puede ser cambiada por algún sucesor. Eso es obvio, sobra aclararlo. Porque según la misma definición de lo “accidental”, ello mismo puede depender de las circunstancias, por ejemplo. Pero por eso mismo, para lo “accidental” no se usa término “a perpetuidad” que indica algo que no puede cambiar con el tiempo. De donde, se deduce perfectamente que cuando San Pío V codificaba solemnemente la Misa, pensaba realmente en “para siempre y de forma irreformable”. Cómo fue entendido el Santo Pontífice lo atestigua la historia de la Iglesia y de la Liturgia en los próximos cuatro siglos: no se cambió ni una coma (hasta que el primer cambio fue realizado por Juan XXIII en 1962, al introducir la mención de San José en el Canon. No es que la Iglesia desprecie – faltaría más – la devoción a San José, pero el Canon era reservado para la memoria de los mártires; la solicitud para la inclusión de mención de San José en el Canon fue rechazada en 1815 por motivos que acabamos de aducir. ¿Pero qué se dijo con esta inserción del 1962? Que ni el Canon resiste el cambio.).

Incluso antes de Quo Primum, ¿qué “cambios” se introdujeron en la Misa? Echemos un vistazo rápido (cita tomada del libro La Destrucción de la Tradición Cristiana de Rama P.
Coomaraswamy):

“Considérense, por ejemplo, la lectura de la Escritura. El primer Evangelio fue escrito, dentro de lo que alcanza nuestro conocimiento, ocho años después de la Crucifixión, y el Apocalipsis muchos años después. Sabemos que era costumbre leer de la Escritura y de otros escritos sagrados (tales como el Pastor de Hermas) antes del Canon, porque San Procopio, que fue martirizado en el año 303, tenía la función de traducir estas lecturas a la lengua vernácula. La Escritura fue “canonizada” en el año 317, y las lecturas escriturarias usadas hoy en la Misa de la Iglesia tradicional, fueron fijadas por San Dámaso I en el siglo IV. En el siglo V, San Celestino I introdujo el Introito y el Gradual —¿y estos, qué son? Son lecturas escogidas de los salmos propias de la estación y de la fiesta. En el siglo VI, San Gregorio agregó el Kyrie Eleison aunque es menester señalar que de hecho la frase es bíblica y su uso se remonta hasta el tiempo de Cristo —”Señor, ten misericordia”. En el siglo VII, San Sergio “introdujo” el Agnus Dei. Así pues, con el paso de los siglos se hicieron varias adiciones, tanto en las plegarias litúrgicas usadas como en las costumbres. La práctica de que el sacerdote diga “Corpus Domini nostri Jesu Christi custodiat…” (El Cuerpo de nuestro Señor Jesu Cristo guarde…) cuando comulga, se dice que data del tiempo de los heréticos albigenses, que negaban la “Presencia Real”. También las diferentes órdenes religiosas insertaron a menudo plegarias especiales propias de ellas. Pero a través de todo esto el Canon (que incidentemente incluye las Palabras de la Consagración) permaneció intacto. Finalmente, en la época de la Reforma, cuando la autoridad de la tradición estaba siendo cuestionada y cuando innovaciones y novedades de toda especie estaban siendo introducidas, devino necesario codificar y “fijar” para todos los tiempos la muy santa misa para protegerla de toda posible corrupción. Esto se llevó a cabo en el transcurso de varios pontificados; los estudiosos retornaron a todos los documentos originales disponibles; se eliminó cualquier error que se hubiese deslizado en ellos, y el Misal y el Breviario romanos fueron publicados por el Santo Papa Pío V en conformidad con el deseo expresado por los Padres del concilio de Trento. Esta publicación del Misal romano fue acompañada por la proclamación de la Constitución Apostólica Quo Primum.”

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[Gradualidad: primero se lee desde el ambón; luego llegan a ser “ministras extraordinarias”. ¿Pero cómo no se me había ocurrido esta idea antes? Ya lo creo que se les ocurría… y ya fue condenada esta práctica – que no llegaría a esto – en el siglo V por el Papa Gelasio. ¿Recuperamos las prácticas condenadas? Abajo, será llevando a cabo el “ecumenismo”. En la misma noche de Navidad, se lee el Corán en una iglesia en Como, Italia. ¿Por qué no ha sido suspendido “a divinis” el párroco?]

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¿Nos damos cuenta de una cosa? ¿Quién hacia los cambios? Santo Pontífice, este Santo Pontífice otro… etc. ¿Y qué “cambios”? Todo para entender mejor cada vez más el mismo misterio que se celebraba desde los orígenes. Porque el Canon no lo tocaba nadie. Porque el Capítulo IV, sesión XII, del concilio de Trento, decía (y sigue diciendo):
Pues (el Canon) está compuesto por las palabras mismas del Señor, por las tradiciones de los apóstoles y por las piadosas instituciones de los santos pontífices.

Por eso hasta el convertido del luteranismo liturgista Louis Bouyer, que formaba parte del Movimiento Litúrgico (ya en su fase en decadencia antes del CVII) afirmaba – cito también el comentario de Rama P. Coomaraswamy respecto de él:

“Finalmente, el padre Louis Bouyer, un convertido de la secta de Lutero anteriormente al Vaticano II, y actualmente «en obediencia» hacia la nueva Iglesia Posconciliar, escribía con anterioridad al concilio:
«El Canon romano, como es hoy, se remonta hasta Gregorio Magno. No hay ni en oriente ni en occidente una plegaria Eucarística que permanezca en uso hasta este día, que pueda presumir de tal antigüedad. A los ojos no solo de los ortodoxos, sino de los anglicanos e incluso de aquellos protestantes que tienen todavía en alguna medida un sentimiento por la tradición, ABANDONARLE SERÍA UNA REPUDIACIÓN DE TODA PRETENSIÓN POR PARTE DE LA IGLESIA ROMANA A REPRESENTAR A LA VERDADERA IGLESIA CATÓLICA.»”

¿Somos conscientes ahora del cambio que se efectuó con el Novus Ordo Missae? Los que se oponen a su existencia y reclaman su supresión, ¿se basan en motivos sentimentales o de apego nostálgico a la tradición? No es eso, espero que el lector se de cuenta de ello. ¡Los católicos tenemos que restaurar la Misa de siempre! De eso se trata. Y, por supuesto, de toda la doctrina de siempre.

***

Naturalmente, esta diferencia tan notoria entre lo que mandó hacer tan solemnemente San Pío V, y el “arreglo” que hizo Pablo VI, no dejó satisfecho a no pocos. En el libro “Tradición y Magisterio vivo de la Iglesia” (Orientación pastoral Instrucción y orientación dirigida a los sacerdotes y fieles de la Administración Apostólica personal de San Juan María Vianney y a los demás católicos vinculados con la liturgia tradicional a los cuales pueda resultar útil), escrito por Mons. Fernando Aréas Rifan, y editado por Fundación Gratis Date, en la p. 19 tenemos precisamente la misma argumentación subyacente utilizada por Pablo VI al justificar la introducción (más bien la imposición) del Novus Ordo.

“En cuanto a la liturgia romana tradicional, llamada de San Pío V, establecida por su Bula Quo primum tempore, que para algunos no puede ser modificada, ni siquiera por un papa posterior, existe una respuesta oficial de la Congregación para el Culto Divino del 11 de junio de 1999, que establece lo siguiente: «¿Puede un Papa fijar un rito para siempre?

Respuesta: No. Sobre “Ecclesiae potestas circa dispensationem sacramenti Eucharistiæ” [la potestad de la Iglesia para la administración del sacramento de la Eucaristía], el Concilio de Trento declara expresamente: “En la administración de los sacramentos, salvando siempre su esencia, la Iglesia siempre ha tenido potestad, de establecer y cambiar cuanto ha considerado conveniente para la utilidad de aquellos que los reciben o para la veneración de estos sacramentos, según las distintas circunstancias, tiempos y lugares” (DzSch 1728). Desde el punto de vista canónico, debe decirse que, cuando un Papa escribeperpetuo concedimus” [concedemos a perpetuidad], siempre hay que entender “hasta que se disponga otra cosa”. Es propio de la autoridad soberana del Romano Pontífice no estar limitado por las leyes puramente eclesiásticas, ni mucho menos por las disposiciones de sus predecesores. Sólo está vinculada a la inmutabilidad de las leyes divina y natural, así como a la propia constitución de la Iglesia».“ (Se trata de la respuesta del 11/06/1999 de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  a Mons. Gaetano Bonicelli, Arzobispo de Siena.)

Es decir, “la autoridad soberana del Romano Pontífice… sólo está vinculada a la inmutabilidad de las leyes divina y natural, así como a la propia constitución de la Iglesia”.

Con esto se ha dicho que cambiar la Misa de siempre, cambiar el Canon, las mismas palabras de Nuestro Señor; en definitiva protestantizar la Misa no afecta a la propia constitución de la Iglesia. O sea, ¿todos aquellos cambios que hemos comentado aquí y en otros artículos (ver la pestaña “Liturgia”) son “accidentales”? ¿Son como los hicieron San Dámaso, San Celestino, San Gregorio, San Sergio… San, San, San…?

¿Es eso lo que significa “hasta que se disponga otra cosa“?

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[Los anglicanos ya desde el principio insistían en no llamar su “misa” con el nombre de “Sacrificio”, sino la “Cena del Señor”. En todo caso utilizaban las expresiones “acción de gracias”, o “sacrificio de alabanza”. Al estilo de Lutero que mantenía correspondencia con los mismos. Esto es lo que Lutero pensaba de la Misa Católica: “la Misa no es un Sacrificio… Llamadla bendición, eucaristía, la mesa del Señor, la cena del Señor, el memorial del Señor o cualquier nombre que queráis, con tal de que no la ensuciéis con el nombre de un sacrificio o de un acto“. Ciertamente, llegó tan lejos como para decir “Yo afirmo que todos los burdeles, matanzas, pillajes, crímenes y adulterios son menos inicuos que esta abominación de la Misa papista“. En cuanto al Canon o núcleo de la Misa, afirmó:
Ese Canon abominable de albañales de aguas fangosas, que ha hecho de la Misa un sacrificio. La Misa no es un sacrificio. No es el acto de un sacerdote que sacrifica. Junto con el Canon, nosotros desechamos todo lo que implica una oblación.
]

Va aquí por supuesto nuestra respuesta: ¡NO! ¡No se puede hacer tal cambio!

Pero… en cuanto a vosotros… los que admitís esto de “hasta que se disponga otra cosa“,… vamos a ver cómo termina el tema del “sacerdocio de las mujeres”. Al final y al cabo, no se trata de un dogma, como os gusta decir.

Así que, tiempo a tiempo, vamos a esperar la “última“… pero de Francisco, o del que le siga. Ahora mismo a la minoría conservadora le puede parecer este tema intocable… pero recordad que sois minoría y que las cosas llegan gradualmente, conforme se vayan asumiendo.

Habría sido temerario introducir todos los cambios a la vez. Obviamente era más sabio cambiar gradual y suavemente. Si todos los cambios hubieran sido introducidos a la vez, os habríais trastornado.” Advertencia contenida en la carta pastoral del Cardenal Heenan.

Conservad la cáscara, pero vaciadla de su substancia“. Camarada Lenin.