Corrigiendo a “Como vara de Almendro” y Don Minutella sobre “Tomemos posiciones antes de que cambien la Misa”

Don Alessandro Minutella es un sacerdote italiano de la Arquidiócesis de Palermo que empezó a levantar la voz denunciando la desviación predicada en el nombre de la Iglesia. “Naturalmente”, ha sido suspendido por su obispo en cuestión de minutos. Un obispo de los nombrados por Francisco en los últimos años, al que no le importe que uno de los sacerdotes de su diócesis imparta la bendición a una pareja del mismo sexo que acaba de proclamar la legalización de su situación. Lógicamente, Don Alessandro ha sido castigado por no “estar en la comunión con su obispo”. Es evidente.

¿Pero qué es lo que pretende este, estoy convencido, bien intencionado sacerdote? Él defiende el “auténtico” Concilio Vaticano II del que considera que de alguna forma ha sido manipulado, tergiversado, llevado a otras aguas. Él también (y los de “Como vara de almendro“) defiende el Novus Ordo Missae (“bien celebrado”, claro está). Citaré algunas frases suyas:

minutella1

Estimados amigos, la verdad católica se ha convertido en una herejía.

Así que los pobres católicos, los de Juan Pablo II y Benedicto XVI, los católicos enamorados del Concilio Vaticano II en continuidad con la tradición, los católicos eucarísticos y marianos comienzan inexorablemente a llorar lo que queda del esplendor católico, observando detrás de las ventanas de la Madre Iglesia en su lenta agonía.

¡Cuánta gente perdida, cuántas almas desorientadas ..!

Es una iglesia falsa, ya que no se construyó de acuerdo con el plan de su fundador (Cristo) sino de acuerdo con sus caprichos ideológicos.

Quién no se homologa a este registro de la iglesia falsa es un loco, un herético, uno que tiene un corazón duro.

Y que desea poner a silenciar a los que no están de acuerdo.

La herejía, en este caso, se lleva a cabo por el mismo gobierno de la iglesia.”

“Tomemos posiciones antes de que cambien la misa.

Esto dará lugar a una serie de consecuencias.

Ellos dirán: “estáis fuera de la iglesia, sois cismáticos, os habéis construido vuestra propia Iglesia”.

Y yo digo: ¿estamos fuera de la iglesia nosotros con nuestra denuncia o lo estáis vosotros construyendo la iglesia mundanizada, adúltera y extravagante que la Beata Ana Katalina Emmerick había vislumbrado?

¡Sois vosotros los que estáis fuera de la iglesia, no nosotros que nos resistimos!”

En definitiva, esta es la clave de su mensaje:

Sois vosotros los que estáis fuera, no nosotros que permanecemos fieles a la tradición católica y al auténtico espíritu del Vaticano II.

¿Y a quién denuncia Don Minutella? A estos:

Detrás de esta agenda progresista nos encontramos con un Sanedrín dirigido por estos sumos pontífices que llevan el nombre de Enzo Bianchi, Antonio Melloni, el padre Antonio Spadaro, Bruno Forte, Vincenzo Paglia, Walter Casper. Todos los hombres del diálogo, que, sin embargo, ocultan el arma de la condena, la marginación, la sospecha hacia los que no son homólogos a su forma de pensar. Aquí parece que detrás de estos hombres se camufla el manifiesto para la construcción de una superiglesia mundial que ya no tendrá nada Católica.

¿Pero dónde está Francisco? ¿Acaso podrían mover un solito dedo estos sin el General? Venga Don Minuttela… ¡no se da cuenta que eso no puede ser!

Pues bien, hasta que se de cuenta, le comentaré otra cosa de la que le da miedo pensar: estos, los que Vd. menciona (sin Francisco, pero claro que Vd. menciona y piensa directamente a Francisco) no podrían hacer nada si no es porque ya antes tenían el terreno preparado por Juan Pablo II y Benedicto XVI. En concreto en cuanto al cambio de la misa. Y en cuanto al Concilio, nada sin Pablo VI y Juan XXIII.

Vamos a ocuparnos brevemente de la cuestión del cambio de la misa que por lo que se ve realmente se está preparando. Anonimi della Croce lo ha señalado en su día: el cambio recurrirá a la Anáfora de Addai y Mari, Una anáfora asiria – de los nestorianos – que en su día dieron por válida Juan Pablo II y el Cardenal Ratzinger, en común parecer con el Cardenal Kasper. El documento es del 2001, y el alarma comentada en este foro católico en 2009. Se trata de lo siguiente (copio del foro):

En las Instrucciones básicas para la admisión a la Eucaristía entre la Iglesia Caldea y la Asiria Oriental del 20 de Julio de 2001, publicadas por el Vaticano Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos (presidido por el Cardenal Kasper), con la explícita aprobación de la Congregación para la Doctrina de la Fe (Cardenal Ratzinger) y del Santo Padre Juan Pablo II, y que sólo se hizo público, varios meses más tarde, en Octubre de 2001, se admite validez a un “canon” que carece de fórmula consecratoria, es decir, que invalida la Misa. Esta inexplicable aprobación, según rumores rectificada con posterioridad, queda en medio de las brumas de la confusión litúrgica reinante.

Nestorius_Hooghe_1688

[Romayn de Hooghe, Rijksmuseum. Amsterdam. Nestorio fue decretado hereje en el Concilio de Éfeso.

“Esa ha sido siempre la fe segura. Contra los que la negaron, el Concilio de Éfeso clamó que si alguno no confiesa que el Emmanuel es verdaderamente Dios, y que por eso la Santísima Virgen es Madre de Dios, puesto que engendró según la carne el Verbo encarnado, sea anatema.

La historia nos ha conservado testimonios de la alegría de los cristianos ante estas decisiones claras, netas, que reafirmaban lo que todos creían: el pueblo entero de la ciudad de Éfeso, desde las primeras horas de la mañana hasta la noche, permaneció ansioso en espera de la resolución… Cuando supo que el autor de las blasfemias había sido depuesto, todos a una voz comenzamos a glorificar a Dios y a aclamar al Sínodo, porque había caído el enemigo de la fe. Apenas salidos de la Iglesia, fuimos acompañados con antorchas a nuestras casas. Era de noche: toda la ciudad estaba alegre e iluminada (San Cirilo de Alejandría)” (Amigos de Dios n. 275).]

El documento (en inglés) está en este enlace, y el argumento (a favor de la validez) es el siguiente:

3. The Anaphora of Addai and Mari

The principal issue for the Catholic Church in agreeing to this request, related to the question of the validity of the Eucharist celebrated with the Anaphora of Addai and Mari, one of the three Anaphoras traditionally used by the Assyrian Church of the East. The Anaphora of Addai and Mari is notable because, from time immemorial, it has been used without a recitation of the Institution Narrative. As the Catholic Church considers the words of the Eucharistic Institution a constitutive and therefore indispensable part of the Anaphora or Eucharistic Prayer, a long and careful study was undertaken of the Anaphora of Addai and Mari, from a historical, liturgical and theological perspective, at the end of which the Congregation for the Doctrine of Faith on January 17th, 2001 concluded that this Anaphora can be considered valid. H.H. Pope John Paul II has approved this decision. This conclusion rests on three major arguments.

In the first place, the Anaphora of Addai and Mari is one of the most ancient Anaphoras, dating back to the time of the very early Church; it was composed and used with the clear intention of celebrating the Eucharist in full continuity with the Last Supper and according to the intention of the Church; its validity was never officially contested, neither in the Christian East nor in the Christian West.

Secondly, the Catholic Church recognises the Assyrian Church of the East as a true particular Church, built upon orthodox faith and apostolic succession. The Assyrian Church of the East has also preserved full Eucharistic faith in the presence of our Lord under the species of bread and wine and in the sacrificial character of the Eucharist. In the Assyrian Church of the East, though not in full communion with the Catholic Church, are thus to be found “true sacraments, and above all, by apostolic succession, the priesthood and the Eucharist” (U.R., n. 15). Secondly, the Catholic Church recognises the Assyrian Church of the East as a true particular Church, built upon orthodox faith and apostolic succession. The Assyrian Church of the East has also preserved full Eucharistic faith in the presence of our Lord under the species of bread and wine and in the sacrificial character of the Eucharist. In the Assyrian Church of the East, though not in full communion with the Catholic Church, are thus to be found “true sacraments, and above all, by apostolic succession, the priesthood and the Eucharist” (U.R., n. 15).

Finally, the words of Eucharistic Institution are indeed present in the Anaphora of Addai and Mari, not in a coherent narrative way and ad litteram, but rather in a dispersed euchological way, that is, integrated in successive prayers of thanksgiving, praise and intercession.

Resumiendo, afirma Kasper (y aprueban Juan Pablo II y Ratzinger) que:

  1. En efecto, la anáfora carece de la “Narrativa de la Institución”.
  2. Está en la continuidad con la Última Cena.
  3. Nunca fue oficialmente negada su validez, ni en el Occidente ni en el Este.
  4. Se recuerda la validez de las órdenes de los cismáticos (no utilizando esta palabra), recordando el texto conciliar de Unitatis Redintegratio.
  5. Las palabras están realmente presentes en la forma eucológica (eucología: conjunto de elementos oracionales de una celebración), “integrada en sucesivas oraciones de acción de gracias e intercesión”.

Comentaremos igual de breve, pero suficientemente, las chorradas de Kasper:

  1. Naturalmente Kasper utiliza la expresión “Narrativa de la Institución” que fue utilizada en la primera definición de Novus Ordo Missae. Pues no señor, son “Palabras de Consagración”, esa es nomenclatura católica. Por supuesto, tú sabes bien qué utilizar.
  2. También aciertas aquí. Pero la Misa no es la Última Cena. Es el Sacrificio del Calvario incruentemente actualizado.
  3. Lo que es lo más probable, y a eso apuntan estudios litúrgicos (ver también comentarios en el foro señalado), es que las palabras de consacración se transmitían oralmente, y esa es la razón de por qué posiblemente no aparecieron. Precisamente esta era la tradición en la misma Iglesia Católica de los primeros tres siglos, con el fin de evitar profanaciones. (Ver la etiqueta liturgia en este blog).
  4. En efecto, se utiliza el texto conciliar de Unitatis Redintegratio para dar soporte a  la argumentación. Eso sí, el texto citado de la validez general de sacramento de orden y de la eucaristía en el Este no viene a cuento en esta consideración específica. Aquí sí que podemos decir de el texto conciliar fue usado para una dirección arbitraria. Ahora bien, no otros, especialmente y además explícitamente mencionado concepto conciliara de “comunión no plena”. Cuando en realidad o estamos en comunión, o no.
  5. O sea, se explica “por el contexto”. Primero, porque no queda otra “explicación”. Segundo, porque es errónea la aplicación de “contexto”. Este, sin las palabras de Cristo y confirmadas por la Iglesia, simplemente no tiene sentido. “Contexto” es si es referente a “algo” sustancial. Pero si ese “algo” falta, el “contexto” es superfluo y no esencial.

Así que, el toque de trompeta de Minutella llamando a la resistencia, no tiene sentido: “Tomemos posiciones antes de que cambien la misa.“,

Así que los pobres católicos, los de Juan Pablo II y Benedicto XVI, los católicos enamorados del Concilio Vaticano II en continuidad con la tradición,…“,

Sois vosotros los que estáis fuera, no nosotros que permanecemos fieles a la tradición católica y al auténtico espíritu del Vaticano II.

Porque todo estaba ya hecho y preparado. Los montes removidos, la tierra pisada, a Francisco le tocaba trazar el asfalto. Francisco sí que está en plena comunión de trayectoria con el CVII y posconcilio. Faltaba rematar, y por lo visto, está dispuesto a hacerlo.

En cuanto a bien intencionado y pobre Don Alessando Minutella, creo que ni el 1% del clero actual va a seguir el sonido de su iniciativa. Me parece que ni ese porcentaje va a resistir la imposición de esta “santa memoria” de la que se habla que van a pro(im)poner.

Naturalmente, la Iglesia empezó en las catacumbas y terminará en ellas, hasta que la liberación le venga del Señor. Pero habrá que afinar bien qué serán efectivamente las catacumbas.

 

 

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La corrección del Cardenal Burke… pero a sí mismo

Reconozco que bochornoso. Esperaba un jaque mate a Bergoglio, y lo estaba soñando

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pero Bergoglieu ha sido finalmente más listo

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Por lo visto el blog italiano Anonimi della Croce dirigido por sacerdotes conservadores con conexiones en el Vaticano, una especie de WikiLeaks vaticana, daba por hecho que los cuatro cardenales van a desistir de la anunciada corrección a Francisco. En efecto, tal corrección fue anunciada para cierto tiempo después de la Epifanía, y evidentemente ya bien entrados en cuaresma estamos comprobando que de esa corrección no hay nada de nada.

El blog cuya información han retransmitido muchos otros sitios web (Gloria.tv por ejemplo al día siguiente, es decir el 16/03/2017) añade la razón de este – perdonadme, pero al final lo calificaré: ridículo – comportamiento: los cardenales han visto que no cuentan con suficiente apoyo.

¿Pero por qué entonces se lanzan a algo así? ¿Qué es lo que importa, el número de manifestantes en la plaza, o la verdad? Si algo está mal, está mal, independientemente del número de personas que lo promueven.

En fin, ¿para qué hablar más? Bochornoso y patético. ¿Entonces si ellos consideraban que algo no estaba bien con Amoris Laetitia, y que puede dar lugar nada menos que a la profanación del Cuerpo de Cristo, cómo que esa razón desaparece? ¿Qué hay más importante que ello? ¿Qué no tenga lugar el “cisma”? Pero si no se defiende la verdad, si se permite desde la Silla de Pedro – algo que no puede ocurrir – que el Cuerpo del Señor sea profanado, es cuando se inflige herida gravísima al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

En resumen: ¿cuál es consecuencia de este acto, de esta, digamoslo claramente: claudicación? Que Bergoglio tiene las manos desatadas para hacer lo que le plazca. Y ahora toca ver si se va a producir el anunciado (por el mismo blog Anonimi della Croce) ataque a la Eucaristía, es decir a la promoción de una tal “misa ecuménica” que serviría al parecer para luteranos y católicos al mismo tiempo. O sea, que no sería misa.

¿Tan solamente un rumor de la “WikiLeaks vaticana” o una hipótesis? Lo veremos. Lo que es cierto es esto: si Francisco realmente no es Papa, actuará como tal. No va a estar allí como el que no sea Papa, y no hacer nada. No, si no es Papa, hará como el que no es. Llevará a cabo proyectos que no son de Dios, como el que no es su Vicario. Si no es el Vicario de Cristo, hablará en nombre de alguien otro que no será Cristo.

Ahora surge, sin embargo, una esperanza en ciertos sectores: Benedicto XVI. Romperá su silencio, piensan. Defenderá la Eucaristía y levantará su voz. ¿Por qué, si no, está vestido de blanco y sigue en el Vaticano, si no es para cumplir la misión de Dios, o con esta o la tal profecía?

31 de octubre de 1999. Se firma la Declaración Conjunta (entre católicos y luteranos) sobre la doctrina de la Justificación en Augsubro. ¿Por qué el 31 de octubre? Porque fue el 31 de octubre del 1517 cuando Lutero clavó sus 95 tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg. ¿Y por qué en Augsburgo? Porque fue allí dónde en 1530 Lutero proclamó solemnemente que su nueva religión fue fundada. Es como implícitamente admitir que el protestantismo tiene que ver algo con la Iglesia.

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[Conmemorando el décimo aniversario de la Declaración Conjunta. Ahora también con los metodistas.]

¿Quién fue el que hizo posible este acuerdo? Según el “obispo” protestante George Anderson, cabeza de la Iglesia Luterana Evangélica de América, la persona salvó el acuerdo fue el Cardenal Joseph Ratzinger. “Sin él, no tendríamos el acuerdo“, dijo Anderson.

En el punto 15 del citado documento se dice:

«Solo por gracia mediante la fe en Cristo y su obra salvífica y no por algún mérito nuestro, somos aceptados por Dios y recibimos el Espíritu Santo que renueva nuestros corazones, capacitándonos y llamándonos a buenas obras».

 

La posición clásica de la Iglesia Católica es que la fe es necesaria para la salvación (es decir, sin la fe no hay salvación), pero en orden de merecer la salvación, la fe tiene que ser acompañada de buenas obras que reflejan la colaboración de la voluntad del hombre. Los protestanters niegan la contribución de la voluntad libre para la salvación. Para ellos, solamente la fe es necesaria para la salvación. El documento de Augsburg introduce una nueva noción: gracia. Ahora, la fe junto con la gracia sería suficiente para la salvación. El valor de las buenas obras es decididamente negado. No está por ninguna parte. Observen: “se nos llama” a hacer buenas obras, pero eso no es necesario.

¿Se van a negar los protestantes a una declaración así? Para nada. Porque es coherente con su postura de sola fide. En cambio, ¿dan la espalda los católicos a la doctrina tradicional sobre la justificación con esto? Sí, señor: porque es necesario que tú respondas con las obras a la iniciativa de la gracia de Dios.

Atila Sinke Guimarães da más argumentos a este apartarse de la doctrina católica. Recuerda las proposiciones quietistas condenadas por el Papa Inocencio XI en la Constitución Coelestis Pastor (20/11/1687):

“Nº 2. Desear operar activamente es ofender a Dios, quien desea ser él mismo todo el agente; y entonces es necesario abandonarse completamente en Dios.

Nº 4. Actividad natural es la enemiga e impide las operaciones de Dios y la verdadera perfección porque Dios desea operar en nosotros sin nosotros…

Nº 40. Uno puede llegar  a la santidad sin el trabajo exterior.”

Queda patente que el protestantismo está de lleno imbuido de tesis similares y peores. De paso se puede decir que estas tendencias se pueden observar presentes en cierta medida entre los carismáticos.

Bien, ¿quién nos ha protegido contra la protestantización? ¿Solamente desconfías del joven perito conciliar Joseph, colaborador de Rahner, o también hay problemas con el Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe en 1999?

Con este panorama, realmente parece inminente el ataque definitivo a la Misa. En este caso veo pocos ir a las catacumbas a oír la Misa Católica.

Pero es lo que habrá que hacer.

 

 

 

La liturgia católica no puede desaparecer

Luis Fernando Pérez Bustamante ha publicado un artículo significativo: “Llegamos al final de un proceso muy peligroso” en el que indica con toda claridad que la postura de Francisco respecto a la relación “ecuménica” con los protestantes va en perfecta línea con lo dicho por Juan Pablo II y Benedicto XVI, por una parte, y en total contraste con lo enseñado por los Papas preconciliares. Para la muestra sirven abundantes citas de Mortalium Animos de Pío XI, que para la mentalidad de tantos católicos de hoy pueden parecer como las de otro mundo.

Y así es. Mortalium Animos, escrita menos de cuarenta años del CVII, es realmente de otro mundo. Sí, mejor dicho, digámoslo claramente: es de otra religión. Porque si una religión está caracterizada por un conjunto determinado de doctrinas y ritos, es de constatación directa que hay más que un abismo, hay una diferencia esencial entre las doctrinas pre y posconciliares. Puede parecer que exagero, pero si nos ceñimos a los textos y su interpretación habitual, es lo que resulta.

Para salvar el problema que salta  a la vista, se ideó el concepto de “hermenéutica de la continuidad“, que en definitiva quiere decir lo siguiente: aunque los textos digan cosas contrarias, aunque B es contrario a A, hay que entender B sin contradicción con A. En sintonía con A. Que B es una aplicación de A en unas circunstancias diferentes, etc.

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Siguiendo esa línea, como por un plano inclinado y sin darnos cuenta, llegamos a unas situaciones inaguantables y hasta patéticas. En el artículo denominado “El vídeo (01/16) de Francisco y su hermenéutica” ponía de relieve también de forma plástica estas diferencias. Eché bastante mano de la mencionada encíclica Mortalium Animos de Pío XI para mostrar la contundencia de la diferencia entre estas doctrinas. Sin embargo, quedan un par de citas que Luis Fernando no menciona, y son muy esclarecedoras:

La división” de la Iglesia.

Añaden que la Iglesia, de suyo o por su propia naturaleza, está dividida en partes, esto es, se halla compuesta de varias comunidades distintas, separadas todavía unas de otras, y coincidentes en algunos puntos de doctrina, aunque discrepantes en lo demás, y cada una con los mismos derechos exactamente que las otras; y que la Iglesia sólo fue única y una, a lo sumo desde la edad apostólica hasta tiempos de los primeros Concilios Ecuménicos. Sería necesario pues -dicen-, que, suprimiendo y dejando a un lado las controversias y variaciones rancias de opiniones, que han dividido hasta hoy a la familia cristiana, se formule se proponga con las doctrinas restantes una norma común de fe, con cuya profesión puedan todos no ya reconocerse, sino sentirse hermanos, y cuando las múltiples iglesias o comunidades estén unidas por un pacto universal, entonces será cuando puedan resistir sólida y fructuosamente los avances de la impiedad…

 Otros en cambio aun avanzan a desear que el mismo Pontífice presida sus asambleas, las que pueden llamarse “multicolores”

  1. La Iglesia Católica no puede participar en semejantes uniones.

Siendo todo esto así, claramente se ve que ni la Sede Apostólica puede en manera alguna tener parte en dichos Congresos, ni de ningún modo pueden los católicos favorecer ni cooperar a semejantes intentos; y si lo hiciesen, darían autoridad a una falsa religión cristiana, totalmente ajena a la única y verdadera Iglesia de Cristo.

Resumiendo, lo que subyace en la diferencia entre las doctrinas pre y posconciliares en el tema del ecumenismo, es la idea que se tiene sobre la Iglesia. Antes, la Iglesia Católica era la Única Iglesia de Cristo, aquella misma que Cristo fundó. Los que se llamaban cristianos pero no eran católicos se llamaban, según el caso, herejes o cismáticos.

El posconcilio ahonda en la idea que se dejó incubar en el Concilio, a saber: lo que prima es el ecumenismo, la búsqueda de una unidad que todavía ha de realizarse. La Iglesia propiamente está formada por todos que se reconocen cristianos, y tampoco está excluida, al menos implícitamente, la pertenencia de los “buenos” de cualquier credo o sin él.

Este concepto de la “Iglesia” necesariamente lleva a prescindir de la precisión de las definiciones y claridad en las doctrinas. Porque todo ello resalta las diferencias. El que use el método escolástico de definición-cuestiones-tesis-respuesta-argumentación está mal visto y calificado de “radical” o “exagerado” en el mejor de los casos. Por lo tanto las ideas de estar en sintonía con  la “tradición apostólica” o la “tradición divino apostólica” o simplemente la Tradición irritan en el fondo al sector modernista pero nunca las atacan de frente. Porque no pueden, y además dejarían en manifiesto sus intenciones. Su estrategia es esta: ridiculizar lo “antiguo”, y proponer lo “genuinamente evangélico”. Ellos actúan como el que quiere decir: “veis, vosotros no habéis caído en esto, pero lo que nosotros hacemos es un verdadero progreso y soplo del Espíritu Santo”.

Expondremos en un par de ejemplos lo increíblemente astutos que saben ser por un lado, y descaradamente crueles para con la fe y todo lo sagrado cuando pongan su rodillo en acción. Cuando ya se ponen nerviosos saben ser muy poco finos.

Primer paso, el primer gran cambio: la mención de San José en el Canon (1962).

Desde 1815 se intentó varias veces incluir el nombre de San José en el Canon de la Misa. Tal propuesta siempre fue rechazada por el Santo Oficio. ¿Y por qué, cuál era la razón para esa negativa, que incluso podría parecer una falta de devoción al Santo Patriarca, el Patrón de la Iglesia? ¿No lo proclamó el Papa León XIII como Santo Patrón de la Iglesia universal? ¿Y cómo que ese mismo Papa no admite que se lo nombre el Canon? ¿No es raro eso?

¿O es, por el contrario, muy significativa esa negativa? Veamos por ello en primer lugar las razones por las que no se mencionaba San José en el Canon desde siempre. La composición del Canon Romano de la Misa se pierde en el tiempo. Aparece tal cual lo tenemos hoy en los primeros misales escritos por allá en el siglo IV. Posiblemente si no fuera por las persecuciones podíamos haber tenido copias escritas del mismo ya en tiempos apostólicos del siglo primero, pero los Pastores cuidaban que el misterio más sagrado del cristianismo no cayera en las manos de los infieles para su profanación (el Cuerpo y la Sangre del Señor lo son más que la Escritura Santa; en la Eucaristía está substancialmente su autor, no solamente la gracia sino el mismo que la da); lo cual hizo que con la legalización del cristianismo ya pudieron aparecer los primeros misales.

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Este Sacrosanto Canon, pues, es de la Tradición Divina como enseñaron Santo Tomás (Suma, IIIª c.78 a.3 ad. 9), San Alberto Magno y el Papa Inocencio III, es decir derivan de la tradición del Señor legada a la Iglesia a través de los apóstoles. ¿Cómo será de santo este Canon, que como dirá San Pío V en Quo Primum Tempore, cuando la forma de sus palabras la recibieron de Cristo sus Apóstoles y de estos, sus sucesores? Por todo ello este Canon permanece invariable durante siglos y siglos, y no incorporó jamás la mención a San José… porque sus sagrados autores no lo hicieron.

¿No tenían los Apóstoles la devoción al Santo Varón? Sinsentido. Toda página del Evangelio era oro molido para ellos – era la vida del Señor con el que convivieron y cuyas enseñanzas las recordaba el Espíritu Santo – y la santidad del Santo Patriarca no podía pasar desapercibida. Y, con todo ello, los Apóstoles enseñados por el Señor no introducen a San José en el Canon.

¿Cuál era, entonces, el criterio para la composición del Canon de la Misa?

La Memoria de los Santos invoca en primer lugar a Nuestra Señora, para seguir con 24 Apóstoles y mártires: los Doce Apóstoles (con el particular de que San Pablo está entre los Doce, mencionado justamente después de San Pedro) y luego 12 Mártires de la temprana Iglesia Romana, entre los que se encuentran los primeros sucesores de San Pedro: Lino, Cleto, Clemente, Sixto, Cornelio, Cipriano, Lorenzo, Crisógono, Juan y Pablo, y Cosme y Damián (luego sigue: “y de todos tus Santos, por cuyos méritos y ruegos dígnate concedernos que seamos fortalecidos en todas nuestras cosas con el auxilio de tu protección. Por el mismo Cristo…”).

Se trata de un eco intencional de la visión de la corte celestial descrita por San Juan, en la cual el Apóstol y Evangelista ve a la Mujer vestida de sol, y el coro de 24 ancianos delante del trono de Dios rindiéndole el culto. Introducir a San José oscurecía la motivación e imagen bíblica, y disturbaba la componente poética de la oración.

Encontramos otro comparable balance poético en la invocación posterior del Canon Romano (en “Nobis quoque peccatóribus,…” – “También a nosotros, pecadores siervos tuyos,…”), que empieza con San Juan Bautista, el último profeta del Antiguo Testamento y heraldo del Mesías, corona del tiempo de la espera y nexo con el tiempo de plenitud de gracia; le sigue la lista de 14 mártires: siete hombres y siete mujeres (¡vaya con el tiempo de machistas retrógrados, cómo se les ocurre mencionar a las mujeres!): Esteban, Matías, Bernabé, Ignacio, Alejandro, Marcelino, Pedro, Felicidad, Perpetua, Águeda, Lucía, Inés, Cecilia, Anastasia.

De modo que, antes de la consagración teníamos la invocación de Nuestra Señora seguida de 24 (12 x 2) Apóstoles y Mártires, y después de la parte culminante de la Misa seguía la invocación de San Juan y a continuación de 14 (7 x 2) de apóstoles y mártires. Pero añadiendo a San José, la primera lista queda precedida de dos poderosos santos – perdiendo la analogía con la imagen bíblica de la Mujer vestida de sol, pero la segunda solamente sería precedida por un santo mártir. De forma que la simetría poética del Canon, anteriormente presente – la Liturgia tiene que ser expresión de sublime belleza ya que es culto a Dios, Belleza en sí -, quedaría perdida.

Pero la cuestión principal aquí no es si el Canon puede ser modificado de esta forma – entiendo que este cambio no afecta la validez, pero es desagradable por atreverse con la parte esencial de Misa hasta tal punto que ninguno de los grandes Papas del XIX y XX se atrevió tocarlo a pesar de solicitudes para tal añadido -, sino para qué se utilizó esta inserción. La idea que se transmitía con este movimiento era que… ¡ni el Canon puede evitar ser reformado! Si la parte más sagrada de la Misa pudo haber sido retocada en nuestro tiempo, ¿cómo no se podrá proceder con todo lo demás? Por eso al cabo de siete años llegará la Instrucción General del Misal Romano acompañando el Novus Ordo Missae.

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Pienso que esta maniobra con la inclusión de San José en el Canon ha sido una de las obras maestras de los modernistas por excelencia.

* Recordemos, en cuanto  lo de “modernistas”, que Roncalli, futuro Juan XXIII, fue investigado ya como seminarista por las lecturas sospechosas y en concreto de las obras del filósofo sincretista Steiner; convoca un Concilio con unos peritos más que sospechosos, etc.; al margen de ello, el equipo que llevaba la reforma litúrgica estaba marcado por el modernismo. Bugnini estaba completamente operativo bajo Juan XXIII; fue nombrado Secretario de la Comisión preparatoria para la liturgia del CVII. No obstante, en aquel entonces todavía encontraba resistencia significativa. El mismo Presidente de la mencionada Comisión fue el Cardenal Gaetano Cicognani, que ocupaba el cargo del Prefecto de la Sagrada Congregación de Ritos. Un hombre conservador y nada dado a las innovaciones. Bugnini hacía y deshacía bajo su sombra hasta que consiguió presentar para su aprobación al Cardenal Cigognani el esquema de la Constitución Sacrostantum Concilium – Declaración Conciliar sobre la Liturgia, en el que abogaba por introducir las propuestas para el uso de los idiomas vernáculos en la Liturgia. El esquema le fue presentado el 22 de enero de 1962, algo a lo que el Cardenal se resistía, pero finalmente firmó el 1 de febrero siguiente, “con lágrimas en los ojos”, según su propio testimonio. No sabemos por qué firmó finalmente, pero no nos consta la oposición de Juan XXIII a este proyecto. Lo que parece es que el Cardenal fue tan afligido que murió cuatro días después de la firma.*

El vernácula de por sí no invalida la misa, pero muestra uno de los avances significativos de los modernistas. Todavía Bugnini tenía opositores muy importantes en el Vaticano; así será el nuevo Presidente de la Comisión – el Cardinal Arcadio Larraona – que ni más ni menos echará a Bugnini del puesto del Secretario, y de la Comisión misma. Larraona era un hombre de visión conservadora e intentó neutralizar el trabajo de Bugnini. Consideraba que la Constitución Apostólica de Juan XXIII sobre el uso del latín, Veterum Sapientia, era un acercamiento a los liturgistas que querían introducir el vernácula en la liturgia. Procedió con diligencia formando un comité secreto para el propósito de cambiar el esquema presentado por Bugnini. Al frente del comité puso al Padre Joseph Löw, que murió repentinamente el 23 de septiembre de 1962, algo que según Bugnini “confundió la oposición” (Bugnini, La Reforma Liturgica, p. 38).

Cardenal Larraona no se fiaba de Bugnini ni lo más mínimo: lo despide de su puesto de profesor de liturgia en la Pontificia Universidad Lateranense y del trabajo en la Pontificia Universidad Urbana. Las razones de tales decisiones, según el mismo Bugnini otra vez (RL, 41), fueron que Cardenal Larraona lo consideraba un “progresista, fanático e iconoclasta”. Impresiona, ¿verdad? Pero no estaba solamente Bugnini. Con él solo no se hace todo, y sus ideas no estaban solamente suyas, sino en parte absorbidas por no pocos padres conciliares. Finalmente, la Constitución Sacrosantum Concilium fue aprobada en 1963, tiempo en el que murió Juan XXIII. Al trono pontificio subirá Giovanni Battista Montini – Pablo VI, protegido de Juan XXIII – lo elevará al cardenalato impidiendo esto en su tiempo Pío XII a pesar de ocupar la sede de Milán, amigo de Cardenal Bea y amigo de Bugnini. La agresión a la Misa tomará nuevas dimensiones.

Pero otra vez, ahora con algo más de profundidad, tenemos que retornar al pasado próximo y no tan próximo del CVII, con el fin de comprender la postura y los orígenes del pensamiento de Montini y de otros modernistas que aúpa.

Dom (Padre) Prosper Guéranger (1805-75) era un benedictino francés quien restaura el monaquismo benedictino en Francia posrevolucionaria. Se le considera iniciador del Movimiento Litúrgico, ortodoxo por excelencia en sus orígenes y después, hasta primera décadas del s. XX. Su Abadía de Solesmes llegó a ser el centro para el estudio y promoción de la Sagrada Liturgia. Así tiene lugar el libro-manual en varios volúmenes titulado El año litúrgico. Este libro alcanzó enorme popularidad y todavía se imprime de vez en cuando. Sin duda alguna, no se le puede recomendar lo suficiente cómo de bueno, instructivo y sublime es este libro -el padre de Santa Teresita de Niño Jesús solía leerlo en voz alta a su mujer e hijas.

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[Dom Prosper Guéranger]

Pero su Institución Litúrgica (1840) es considerado punto clave en la historia de estudios litúrgicos. En esa obra Guéranger condena la “herejía antilitúrgica”, que se caracterizaba por el “odio al latín, falsas referencias a la antigüedad, invención de nuevas fórmulas, principios contradictorios, etc.”. Es decir, él ya ve en su origen los motivos de las críticas de los tradicionalistas a los cambios e innovaciones posconciliares, facilitadas para estas – no necesariamente de modo explícito – el camino en Sacrosantum Concilium.

A pesar de todo, y como el demonio no descansa ni tiene día ni noche, en las primeras décadas del s. XX el Movimiento Litúrgico emprende otra y heterodoxa deriva con los trabajos de Lambert Beauduin, Ildefons Herwengen, Odo Casel, Romano Guardini, Pius Parsch y otros que lo llevan hacia el falso ecumenismo, modernismo teológico (inmanentismo y la evolución dogmática), antigüismo litúrgico, vernacularismo, ideas peligrosas sobre la Iglesia y la Presencia Real y experimentación litúrgica. En los umbrales de la segunda guerra mundial el movimiento litúrgico estaba en manos de los modernistas teológicos.

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Conferencia: La importancia de la “Humani Generis” y al doctrina tradicional de la creación: La necesidad, ante la crisis de fe en estos momentos, de mantener la doctrina tradicional de la creación del Concilio Lateranense IV, Concilio Ecuménico Vaticano I y la Encíclica “Humani Generis“, de valor en alza, reforzada por los avances científicos contemporáneos, ajenos a los prejuicios pseudocientíficos de antaño.

¿Por qué tanto interés de los modernistas por la liturgia? Después de la fuerte intervención de San Pío X en contra del modernismo al principio del s. XX, estos se replegaron y no pudieron públicamente exponer sus extravíos sin ser amonestados o desplazados de sus puestos. Optaron por la vía “inversa” del adiaggio certero que siempre rige: lex credendi, lex orando. Decimos “a la inversa”, porque cambiando la lex orandi, sabían que debe cambiar a la fuerza la lex credendi. Es decir, esperaban que mediante el cambio de la forma de culto se produzca el cambio en el pensar; en la mentalidad y en pensar de los creyentes. Sabían que entonces deberá existir y ser asumida una nueva doctrina acomodada al nuevo culto.

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En definitiva, introducir nueva forma de pensar por la puerta de atrás.

En Alemania por ejemplo, nada menos que se aprovecha la guerra mundial para proyectar planteamientos litúrgicos modernistas. El ala conservadora (presentada por el Arzobispo Conrad Groeber de Freiburg) reacciona inmediatamente: denuncian ante la Santa Sede en 1942 al Movimiento Litúrgico de promocionar el uso del vernácula, exagerando el sacerdocio común de los laicos, incorporando ideas dogmáticas protestantes, adoptando visión modernista de fe como experiencia, por negligente teología dogmática, prefiriendo sistemas filosóficos modernos y por promocionar arqueologismo litúrgico.

Pío XII interviene con decisión. Publica dos encíclicas que muestran con claridad la doctrina católica al respecto: Mystici Corporis (1943), sobre la naturaleza de la Iglesia, y Mediator Dei (1947) sobre la sagrada liturgia. Todos los errores y desviaciones que asaltaban la fe y su culto fueron señalados y neutralizados magisterialmente. Pero…

El efecto de estas encíclicas fue similar a la de Pascendi escrita cuarenta años antes por San Pío X: de contención de la heterodoxia durante unos años, hasta que las fuerzas enemigas no consiguieron reagruparse y realizar otra embestida.

Así que durante la década de los 50 del siglo pasado entran en la escena las obras de los más destacados liturgistas progresistas que marcarán el espíritu de la reforma litúrgica durante y después del Concilio: Josef Jungmann y Louis Bouyer. Señalaremos lo esencial de sus aportaciones; en lo que ocurre hoy con la liturgia Novus Ordo y lo que estaba presente durante las décadas de la nefasta aplicación de la consecuente reforma litúrgica, quedará como fiel reflejo de sus tesis.

En su obra La Misa del Rito Romano (1948) – una extensa y especializada obra de mil páginas -, Jungmann traza decididamente sus líneas de pensamiento principales que resumimos en los siguientes conceptos:

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[Josef Jungmann: “El sacerdote no toma el lugar de Cristo en la Misa, sino es el servidor de la comunidad.]

  • Teoría de corrupción en la Liturgia, según la cual la Misa Tradicional es un alejamiento de los primitivos ideales litúrgicos.
  • Liturgia pastoral, la cual persigue remodelar la misa para que pueda servir de encuentro con las necesidades del hombre contemporáneo.

Pero estos conceptos son contradictorios en sí mismos porque por un lado busca restaurar la liturgia en su “esplendor primitivo”, y por otro “adaptarla a las percibidas necesidades del hombre moderno”. El resultado será un desastre total, porque invocando ahora un principio, ahora otro contradictorio permitirá de facto introducir cualquier cambio imaginable. En definitiva será la idea de “cambio” la que servirá de guía, en función de la empresa de cambio se invocará la liturgia primitiva o las costumbres del hombre actual. En la Iglesia primitiva las mujeres “no podían enseñar”, llevaban el velo durante los actos de culto y todos estimaban en alto la práctica del ayuno, etc.; estas cosas hoy, invocando la sensibilidad del hombre moderno no son aceptadas sin más. Finalmente lo que resulta de la aplicación de principios contradictorios será un acomodo a las ideas preconcebidas. Estas mismas se justificarán una vez por la “práctica primitiva”, otrora por la “necesidad imperante”. Una consecuencia de estos planteamientos será la visión de la “misa como clase”.

Piedad litúrgica (1954) fue la obra de Louis Bouyer, otro libro que servirá de inspiración y fundamento teórico de la reforma litúrgica. Dos importantes conceptos que desarrolla Bouyer con el fin de aplicarlos a la Misa eran:

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P. Louis Bouyer

  • La Teología de la Asamblea. Esta teología desembocará en la primera definición oficial de Novus Ordo Missae del 1969. En esa Instrucción del Misal Romano la Misa se definía – con radical desviación respecto a lo que es la Misa católica – como la “asamblea sagrada”. Fue esto junto con otros distanciamientos respecto a la teología de la Santa Misa lo que impulsará a Cardenales Ottaviani y Baci intervenir con el Breve examen crítico. La definición cambiará, pero la estructura del Novus Ordo quedará intacta. Según esta teología, en definitiva, será la asamblea en la que se manifiesta Cristo; de forma que la máxima expresión del culto católico se tomará una nota antropocéntrica, centrada en el hombre y en la asamblea.
  • Otras “Presencias Reales”. En estrecha conexión con lo anterior. Si Novus Ordo no deja claro que la Misa es el Sacrificio del Calvario incruentamente renovado sobre el altar, y sin embargo acentúa el concepto de la asamblea, hasta llegar a aquella definición primera, es lógico que deben aparecer otras “presencias reales”. Es cierto que Jesús está presente entre los fieles reunidos, por la proclamación de su Palabra, etc., pero esta presencia no es substancial como en el caso del Augusto Sacramento del Altar. Por lo tanto, hablar de ello usando el mismo término devalúa por inflación la noción crucial de la Presencia Real aplicada al Cuerpo y la Sangre del Señor presentes por el misterio de la transubstanciación.

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Jungmann y Bouyer eran teóricos, teólogos y liturgistas progresistas que hicieron que sus ideas tomen cuerpo primero en el trazado de la Constitución conciliar Sacrostantum Concilium, para luego concretarse de forma efectiva en la reforma litúrgica de modo definitivo a partir del 1969. Pero también los miembros de alta jerarquía se lanzaron al ruedo. El ejemplo insigne era Giovanni Battista Montini, futuro Pablo VI, que siendo arzobispo de Milán (Pío XII no le permitió ser cardenal, a pesar de que la sede milanesa tradicionalmente contaba con un nombramiento cardenalicio. Ese nombramiento lo hará Juan XXIII; Montini podrá ser elegido Papa.) escribe la carta pastoral Formación Litúrgica para la cuaresma del 1958. En ella cita a Guardini, Jungmann y Bouyer. Se dejan ver sus ideas: el latín es un obstáculo para los fieles, el hombre moderno necesita (¿Los fieles de los años 50 pedían la reforma litúrgica? No, la pedían los liturgistas progresistas.) comprender la liturgia (¿no era suficiente explicarles el significado de cada gesto, palabra y acción?). Es decir, se trata de corregir la corrupción del ideal original. O sea, el ataque de falsa bandera. “La liturgia, celebrada de forma viva, ha sido durante siglos la principal forma de arte pastoral”. Montini usa especialmente la jerga de Bouyer: “la atención debe ser puesta a la asamblea litúrgica”, incluso cita un párrafo entero de su Piedad Litúrgica.

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[L. Bouyer: La descomposición del catolicismo.  Al final de este libro anuncia la muerte del Catolicismo, el cual entendía como la característica militar de la Iglesia Católica. “En cuanto a lo que se llama ‘Catolicismo”, la palabra que únicamente aparece, si no estoy equivocado en el siglo XVII, si es entendido como un sistema artificial falsificado por la Contra Reforma y endurecido por los golpes represivos contra el Modernismo, entonces es mejor que muera este sistema.” ]

¿Cómo pudo Pío XII consentir estos posicionamientos? Ya desde 1954 estaba gravemente enfermo, incluso su médico temía por su vida ese mismo año. Lo cierto es que el Papa reconoció que durante su reinado la Iglesia tenía muchas ratas colocadas en sus muros – ver por ejemplo las condenas de la “nueva teología” en Humani Generis, o alocución dos años antes de su muerte al Movimiento Litúrgico el Congreso Litúrgico de Asís de 1956 -, y gente reformista con cabeza agachada era ya una legión. Lo mejor hubiera sido mandar de paseo y despedir del sacerdocio a toda una pléyade como Schillebeeckx, Congar, de Lubac, Rahner, Balthasar, Murray. Porque esta gente tenía su protección en Roncalli, Montini, Agostino Bea y a la muerte de Pío XII serán precisamente estos los que arrasen en el Concilio… pero ahora es más fácil verlo.

 Fuere como fuere, la doctrina de Pío XII era clara y a sus espadas se preparaba el asalto fatal.

***

Volvemos ahora otra vez a la inclusión de San José en el Canon de la Misa (noviembre del 1962). Desde la perspectiva de lo arriba brevemente repasado, teniendo en cuenta qué gente y qué teología estaba detrás, se ve en totalmente otra luz aquel cambio: su mensaje era de que si el Canon está levemente tocado – pero en definitiva cambiado -, todo lo demás también podrá serlo.

 Y así ahora examinaremos lo más sagrado del Canon (naturalmente nos quedan para otras ocasiones muchos otros cambios a considerar, pero esto es de capital importancia): las palabras de la Consagración en la Misa Tridentina y en el Novus Ordo Missae.

Nota: las palabras esenciales de la consagración van en las mayúsculas en los dos casos.

Misa Tridentina:                                                      

Pues Él, el día antes de padecer, tomó pan en sus santas y venerables manos, y elevados los ojos al cielo, a Ti, Dios, Padre suyo omnipotente, dándote gracias, los bendijo, lo partió y se lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad y comed todos de él.                                   

PUES ESTO ES MI CUERPO.                                        

De modo semejante, después de haber cenado, tomando también este precioso cáliz en sus santas y venerables manos, dándote igualmente gracias, lo bendijo y lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad y bebed todos de él.

                                                                                                                                                                          PUES ÉSTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE DEL NUEVO Y ETERNO TESTAMENTO: MISTERIO DE FE: QUE POR VOSOTROS Y POR MUCHOS SERÁ DERRAMADA PARA LA REMISIÓN DE LOS PECADOS.                                 

Cuantas veces hagáis estas cosas, las las haréis en memoria de Mí.

Novus Ordo Missae:

El cual, cuando iba a ser entregado a su Pasión, voluntariamente aceptada, tomó pan, dándote gracias, lo partió, y lo dio a sus discípulos, diciendo:

TOMAD Y COMED TODOS DE ÉL, PORQUE ESTO ES MI CUERPO, QUE SERÁ ENTREGADO POR VOSOTROS. 

Del mismo modo, acabada la cena, tomó el cáliz, y, dándote gracias de nuevo, lo pasó a sus discípulos, diciendo:

TOMAD Y BEBED TODOS DE ÉL, PORQUE ÉSTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE, SANGRE DE LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA, QUE SERÁ DERRAMADA POR VOSOTROS Y POR TODOS LOS HOMBRES PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS. HACED ESTO EN CONMEMORACIÓN MÍA.

Éste es el Sacramento de nuestra fe.

T: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡Ven, Señor Jesús!

Si alguna vez se tocaba este tema en la catequesis conciliar, se decía que la misa de antes “no la entendía mucha gente”, que “era triste” y de allí sacaba uno la conclusión que no era para la “gente de hoy”, y: “¡qué sabiduría, y cómo se nota la acción del Espíritu Santo en la Iglesia cuando los pastores nos dieron este nueva misa!”, y más cosas como estas. Pero por supuesto, que la misa de antes y esta “son una misma misa, solamente que hubo cambios accidentales a los que la Iglesia tiene derecho”.

Vamos a ver estos cambios “accidentales”, a ver si es verdad lo que dicen.

A primera vista, aquí hay cambios importantes, y si las palabras en mayúscula son esenciales, aquí de facto hay cambios tremendos. Pero no es solamente eso, el cambio de las mismas palabras esenciales: además es la forma, contexto – no solamente el modo – en la que se dicen.

Pero empezaremos por lo primero: por los cambios digamos materiales en las palabras. Estos cambios se pueden clasificar en tres grupos:

  • Hay palabras que en Novus Ordo son esenciales, y antes no lo eran. Eso quiere decir que hay cambio en el criterio aplicado a las palabras esenciales.
  • Hay palabras en el Novus Ordo añadidas respecto a la Misa Tridentina, es decir, que antes no estaban.
  • Hay palabras de la Misa Tradicional que son eliminadas en el Novus Ordo.

Veamos esto punto por punto:

1) La frase: “Tomad y comed todos de él.”, pero sin punto (lo comentaremos más adelante) de la Misa Tridentina ahora está incorporada entre las palabras esenciales del Novus Ordo.

La frase (pero en vez del punto va la coma, lo comentaremos más adelante): “Tomad y bebed todos de él.” de la Misa Tridentina, también está añadida a las palabras esenciales en el Novus Ordo.

2) “Haced esto en conmemoración mía.” Esta frase ni estaba antes al final de las palabras de consagración; ahora no solamente que están, sino son esenciales.

Las palabras: “Que será entregado por vosotros”, antes ni siquiera existían, y ahora forman parte de las palabras esenciales.

No hay dejar pasar la incorrecta traducción de “pro multis” por “por todos los hombres”, algo que ya hemos abordado anteriormente en otro artículo.

Éste es el Sacramento de nuestra fe.”, está completamente añadido – y muy relacionado con el punto 3). Igual que la aclamación, ¡ojo, algo muy importante!, de Todos (del sacerdote y de los fieles a la vez): “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡Ven, Señor Jesús!

3) “Cuantas veces hagáis estas cosas, las haréis en memoria de Mí.”, no está en el Novus Ordo.

Y algo muy importante: las palabras esenciales de la Misa Tridentina “MYSTÉRIUM FÍDEI” (MISTERIO DE FE), han sido eliminadas del Novus Ordo. Teniendo en cuenta que en la Misa Tridentina estaban insertadas entre otras palabras esenciales. Ahora parece que están (en la aclamación no esencialEste es el Sacramento de nuestra fe”), pero en efecto estas palabras no tienen el mismo significado.

Ahora pasamos a analizar el significado de todos estos cambios. Otra vez tenemos que ser escuetos, porque los cambios son de tal naturaleza y tal envergadura que requieren, yo calculo que unas treinta páginas de texto para mostrarlos con suficiente detalle y alcance que se merecen. Pero, al menos procuraremos no faltar a lo esencial en esta reflexión.

Acabamos de señalizar las diferencias materiales entre las palabras de consagración. Falta por ver, ¡y es algo de tremenda importancia!, las diferencias del contexto en el que se dicen. O si se prefiere, analizaremos su verdadero significado.

Antes que nada debemos acentuar que el sólo cambio material, un único cambio material como podría ser incluso una coma o un punto – no exagero – respecto a lo establecido para siempre y codificado en firme por San Pío V, ya es un enorme problema; un “problema” creado, porque simplemente había que y hay que dejar la Misa tal y como es.

Pero siguiendo a Santo Tomás, la cuestión de validez emerge entre otras cosas en cuanto se toca el significado de las palabras. Y aquí el significado está afectado por los cambios materiales en las palabras, el lugar en el que aparecen, y lo muy importante: por el contexto y el modo en las que se dicen. Si se introducen cambios materiales en las palabras (lo diremos de otro modo: si se utilizan otras palabras), o estas se cambian del lugar o se eliminan como hemos dicho, aparece otra cosa.

Cualquiera que compare estos dos textos de la consagración, podrá notar a primera vista que en el Novus Ordo hay un estilo narrativo; es una historia que se lee. Es recordar lo que se dijo en la Última Cena. Eso salta a primera vista. Por lo tanto, existe una posibilidad de interpretar ese texto en ese sentido. Algunos objetarán: “pero se le puede aplicar el sentido católico y sacramental a este texto”. Esa consideración lleva directamente a otra cuestión, la de la validez ligada a las intenciones del ministro en ese caso. Esto lo comentaremos más adelante. Pero en cuanto el modo narrativo de las palabras de consagración (por cierto, las palabras de consagración en la primera Instrucción General del Misal Romano no estaban indicadas como tales, sino precisamente como “narración de la institución”. En la última IGMR van indicadas como “Narración de la institución y consagración”) los Cardenales Ottaviani y Bacci hicieron constar en su Breve Resumen Crítico del Novus Ordo (en inglés se traduce por La intervención de Ottaviani), un análisis del Novus Ordo realizado por varios teólogos más clásicos y mejor preparados con los que contaba el Santo Oficio presidido por Ottaviani, ponen de manifiesto que:

En el Novus Ordo Missae, y particularmente en lengua vernácula, el contexto en el cual se dicen las Palabras de la Consagración puede ser comprendido con la mayor facilidad como siendo «histórico». Es decir, según repite el sacerdote las palabras adscritas a Cristo, y sin «menoscabar» en modo alguno su privilegio, el contexto es tal que él puede comprenderlas como parte de la «Narración de la Institución», como un volver a contar la historia de lo que aconteció hace alrededor de dos mil años.

La gravedad de este cambio lo señalan una vez más los mismos autores:

El modo narrativo es enfatizado ahora por la fórmula ‘narratio institutionis’ (nº 55d) y repetido por la definición de la anamnesis, en la cual se dice que ‘La Iglesia recuerda la memoria de Cristo mismo’ (nº 556).

Brevemente: la teoría adelantada por la epiclesis, la modificación de las palabras de la Consagración y de la anamnesis, tienen el efecto de modificar el modus significandi de las palabras de la Consagración. Las fórmulas consagratorias son pronunciadas aquí por el sacerdote como los constituyentes de una narrativa histórica, y no ya enunciadas como expresando el juicio categórico y afirmativo emitido por Aquel en cuya Persona el sacerdote actúa: ‘Hoc est Corpus Meum’ (no ‘Hoc est Corpus Christi’)”.

¿Y cómo deben ser dichas estas palabras en la Misa Católica, cómo las debe decir un sacerdote católico? Como el que presta la voz a Jesucristo para que aquí y ahora, de forma actual, se realice lo que estas palabras significan. Por eso en la Misa Tridentina el sacerdote, en la consagración del pan por ejemplo, dice las palabras esenciales de modo totalmente separado del resto, acompañadas estas con el gesto correspondiente de profunda inclinación y hablando en voz baja, como corresponde a la mayor, más excelsa y más sagrada acción que tiene lugar bajo el cielo.

Los que asisten a la Misa Tradicional pueden percibirlo por los ojos. Incluso en las épocas de mucho analfabetismo cualquier fiel podía notar que allí estaba ocurriendo un acto más sublime de cuantos existen. Todo lo que acontecía estaba enfocado claramente a una cosa: al Sacrificio que se actualiza en el altar. Desde la entrada del sacerdote, desde que subía al altar diciendo oraciones por las que pedía a Dios ser digno de celebrar un misterio tan excelso, pasando por numerosas genuflexiones, signos de la cruz, golpes de pecho, inclinaciones profundas ante el Amor que se derramó por medio de tanto sufrimiento. Y cuando venía el Canon, el alma se estremecía del temor sagrado.

Eso era la Misa. Y sigue siendo, allí donde se conserva este Tesoro impagable, la no hechura de las manos humanas. ¿Y qué de la Misa de Pablo VI? Al final diré unas palabras al respecto. Me falta abordar sucintamente la eliminación de las palabras “Mysterium Fídei” del Canon.

Como vemos, han sido removidas de las palabras de Consagración sobre el cáliz y ahora colocadas como introducción de Aclamación Memorial insertadas en medio de la Oración Eucarística; eso sí, en español traducidas como (¡?) “Éste es el Sacramento de nuestra fe.” (¿Cómo se pueden traducir así, o autorizar siquiera traducción como esta? En otros idiomas se puede ver perfectamente “Misterio de fe”. En original en latín de Novus Ordo sigue como “Mysterium Fídei”. El hecho de autorizar tales traducciones como válidas desde el Vaticano indica a lo que puede llevar la supresión del uso de latín en la liturgia, aparte de todo lo demás.) A esto se junta que la Aclamación la dicen todos, el sacerdote y los fieles. ¿Acaso la misa es la acción de la asamblea? ¿Acaso no hay diferencia entre el sacerdocio ministerial y común? En este detalle, como en tantos otros, se puede notar un aire de protestantización: como si el sacerdote fuera solamente uno que dirige la comunidad. La realidad y doctrina católica son en cambio otra: sin el sacerdote no hay misa, aunque haya no sé cuántos fieles; sin los fieles y con el sólo sacerdote sí hay misa. Porque el sacerdocio ministerial es sustancialmente otra cosa respecto al sacerdocio común de los fieles; y eso se tiene que notar en la lex orandi de la Iglesia.

¿En qué se basa Bugnini, entonces, para eliminar esta frase? ¿Cuál es profundo motivo de su gran erudición? Venga, que tu sabiduría nos ilumine. Y aquí está: la respuesta viene muy clara en sus memorias, que es un libro muy clarificador titulado “La reforma liturgica”. Señala como motivo principal el no encontrarse esas palabras en los relatos evangélicos sobre la institución de la eucaristía. Es decir, la frase “no es bíblica”.

Lo cual es típica y barata objeción modernista. Vaya con ellos y lo “bíblico”. Porque cuando les plazca, lo reclaman. Pero cuando deben mantenerse fieles a la interpretación de las Escrituras según los Padres y la interpretación tradicional de pasajes incómodos, se olvidan, pero corriendo, de lo “bíblico”. Pero naturalmente, el motivo principal de la eliminación de esta frase de las palabras de Consagración se desprende de lo que defienden: el estilo y sabor narrativo que han impuesto en la Consagración (o “la narración de la institución”). Si yo voy a dejar la nota del modo narrativo, ¿para qué romperlo insertando esa frase justo por la mitad?

No piensa Bugnini y los suyos, ni les importa por lo visto, que esta frase ha ido formando parte de los misales durante siglos tal y como lo recogió final y formalmente el Concilio de Trento. Dirá por ello el excepcional liturgista Adrian Fortescue de la época dorada del Movimiento Litúrgico (final XIX comienzo XX):

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[P. Adrian Fortescue, 1874 – 192. Entre 1899 y 1905 pasó exámenes de doctorado en Teología Moral, Dogma, Historia Eclesiástica, Derecho Canónico, Árabe y Ciencias Bíblicas-pasando el examen en lenguas semíticas con gran distinción, un logro excepcional. El 10 de junio de 1905 se le otorgó el grado de Doctor en Divinidad, convirtiéndolo en el muy raro receptor de un triple doctorado. El nivel de sus conocimientos era tan excepcional que le concedieron un premio presentado personalmente por el emperador Francisco José I de Austria.

También fue un conocido aventurero, viajando a Oriente Medio, Asia Menor y Grecia, entre otros lugares. En el proceso, él aprendió el árabe sirio, algo turco, y persa (ya hablaba con fluidez en griego durante sus estudios académicos). Colaboró con la Enciclopedia Católica en numerosos artículos.

En el momento de su muerte, Fortescue era profesor de la historia de la iglesia en la universidad del St. Edmund, Ware, la escuela católica más vieja en Inglaterra.]

Las plegarias de nuestro Canon se encuentran en el tratado De Sacramentis (siglos IV-V)… Nuestra Misa se remonta, sin cambios esenciales, a la época en la cual se desarrolló por primera vez a partir de la liturgia común más antigua. Todavía conserva la fragancia de aquella primitiva liturgia, en los tiempos en que el César gobernaba el mundo y esperaba extinguir la fe cristiana: tiempos en que nuestros primeros padres se juntaban antes del alba para entonar un himno a Cristo como a su Dios… (cf. Pl. Jr., Ep. 96)… No hay en toda la cristiandad un rito tan venerable como el del Misal Romano.

La mentalidad católica es pues bien diferente: algo puesto solemnemente por la Iglesia en el corazón de los más sagrados actos de la Iglesia, no se toca. Se venera y se custodia con sumo celo.

No obstante, vamos a aportar también los argumentos teológicos a favor de la inclusión de esta frase en la Consagración. Por ello, ¿cuál es la historia y el significado de Mysterium Fídei? Estas palabras no las encontramos en los correspondientes relatos evangélicos. Porque el acto litúrgico no es simplemente la repetición de algunos textos de la Escritura (aunque buena parte de la liturgia es de la Escritura). La Liturgia es anterior a la Escritura del Nuevo Testamento. Recordemos lo que dice San Pablo a los Corintios: les recuerda lo ya enseñado, algo a lo que tenían ya ocasión de asistir. La Liturgia ya existía y era explicada por los Apóstoles cuando se escribían las primeras cartas apostólicas y los Evangelios. Porque esto era lo esencial, lo más sagrado en la vida de un cristiano. La Iglesia dependía de ello. Sin sacramentos no había – ni la puede haber –Iglesia. Por ello guardaban con más celo posible las instrucciones sacramentales y las transmitían con extrema fidelidad… pero oralmente. Fundamentalmente por el miedo a la profanación debido a la persecución de los paganos en los primeros siglos. El mismo Santo Tomás recoge esta circunstancia en la Suma III, q. 78, a. 3: “Los Evangelistas no se proponían transmitirnos las formas de los sacramentos las cuales en la Iglesia primitiva habían de conservarse ocultas, como observa Dionisio al cierre de su libro sobre la jerarquía celeste: su objetivo era escribir la historia de Cristo.

 Pero un paralelo de estas palabras las encontramos en las Constituciones Apostólicas, una obra del siglo III que señala las directrices para la Misa: “Hoc est mysterim novi testamenti, accipite ex eo, manducate, hoc est corpus meum quod pro multis frangitur in remissionem peccatorum”, Esto es el Misterio del Nuevo Testamento: Tomad de ello, comed: esto es mi cuerpo que se parte por muchos para la remisión de los pecados. (Enchiridion Euchologicum Fontium Litrurgicorum p. 618, citado en El trabajo de las manos humanas; crítica teológica de la Misa de Pablo VI – la obra disponible en inglés, autor A. Cekada).

Gassner en su obra El Canon de la Misa afirma que “Muchos teólogos mantienen que las palabras ‘mysterium fídei’ contenidas en la fórmula de consagración son materia de la tradición divino-apostólica. El Papa León IX que esas palabras son ‘la tradición transmitida por San Pedro, el autor de la liturgia Romana’.El Papa Inocencio III que estas palabras han sido añadidas a las palabras de consagración desde la tradición apostólica y refieren a 1 Tim 3:9. Santo Tomás sostiene que estas palabras son materia de tradición, transmitida por los Apóstoles a la Iglesia.

Si su origen llega en realidad hasta Cristo (Apóstoles no enseñarían otra cosa que se aparte de Él), ¿cuál es el profundo significado de esas palabras? Citaremos para ello otra vez a Gassner:

Las palabras ‘mysterium fídei’ del Canon son una aposición al ‘cáliz del Nuevo Testamento’… La Eucaristía es un misterio, es un sacramento. En la Sagrada Eucaristía no está escondida solamente la divinidad, sino también la humanidad, el cuerpo y la sangre. Se trata del sacramento más excelso porque contiene toda la gloria del misterio de Cristo mencionado en 1 Tim 3:9, 16. El resto de los sacramentos simplemente contienen Su poder… La Eucaristía es llamada misterio de fe (a) como objeto de fe: solamente por la fe conocemos de la presencia real de Cristo, de la presencia real de su cuerpo y sangre. Es llamado misterio de fe (b) debido a que la Pasión de Cristo, representada en él, salva por medio de la fe. Al mismo tiempo es llamado el sacramento de amor, con respecto a lo que significa y lo que da como efecto.

Por lo tanto, la frase “misterio de fe” resume y atestigua el conjunto de la doctrina católica sobre la Presencia Real, la naturaleza del Santo Sacrificio de la Misa y el efecto de las palabras de consagración sobre el pan y el vino. Está colocada en un punto clave de la Consagración; rompe de alguna manera las palabras esenciales pronunciada sobre el vino, pero a propósito: trae a la mente de todos algo que es dominio de la fe por excelencia. Otra matización importante: estas palabras pronunciadas en este lugar, referidas al misterio que acaba de ocurrir, habla del milagro, que junto con la Resurrección y la Encarnación supera todos los demás de un modo incomparable, que acaba de ocurrir delante nuestra; el Señor YA está aquí realmente presente.

¿A qué apunto con esto? A la nueva ubicación de las palabras (¡en latín!) “Mysterium Fídei”. Estas ahora vienen delante de la aclamación escatológica – un misterio que tendrá lugar al final del tiempo – “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ¡Ven, Señor Jesús!” ¿Acaso el Señor no está ya aquí? ¿Por qué desviar la mirada espiritual del misterio tan sublime que tenemos delante para aclamar la Segunda Venida? Justamente es eso a lo que objeta otra vez el Cardenal Ottaviani en su Breve examen crítico:

Además, la aclamación asignada al pueblo inmediatamente después de la Consagración: («anunciamos tu muerte,… Oh Señor, hasta que Tú vuelvas») introduce de nuevo al amparo de la escatología, la misma ambigüedad en lo que concierne a la Presencia Real. Sin intervalo ni distinción, se proclama la expectativa de la Segunda Venida de Cristo al final de los tiempos justamente en el momento en que Él está substancialmente presente sobre el altar, casi como si la primera, y no la última, fuera la verdadera Venida.

En definitiva, el traslado de las palabras Mysterium fídei (sacadas de entre las esenciales de la Consagración en la Misa Tradicional) conlleva un cambio de significación implícito: de su enfoque a la Presencia Real en el Sacramento aquí y ahora, ahora hay un apunte hacia la Segunda Venida, a algo que todavía estamos esperando.

Sencillamente: todo esto nunca visto en la Iglesia; como si fuera poca cosa de por sí, aparte de todo esto, tratar sin seriedad ninguna el Canon. Aunque las palabras propiamente serían frivolizar, o incluso tontear. Porque la Misa de Pablo VI no estaba hecha por los Padres, Doctores y Santos de la Iglesia, cimentada sobre lo transmitido por los Apóstoles; fue hecha frívolamente por las manos humanas de Bugnini y su séquito.

***

Al final, unas palabras sobre la validez de la Misa Novus Ordo. Teniendo en cuenta todo lo anteriormente dicho, consideremos ahora las siguientes citas magisteriales precedidas por la de Santo Tomás, perfectamente asumidas por la enseñanza posterior de la Iglesia:

Está claro que si se suprime alguna parte substancial de la forma sacramental, se destruye el sentido esencial de las palabras; y por consecuencia el sacramento es inválido.” Summa III, Q. 60, Art. 8

El concilio (de Trento) declara, además, que siempre ha estado en la Iglesia el poder de que en la administración de los sacramentos, sin violar su substancia, ella puede determinar o cambiar cualquier cosa que pueda juzgar como siendo más conveniente para el beneficio de aquellos que lo reciben…” Sesión XXI, Capítulo 2.

A la Iglesia le está prohibido cambiar, o incluso tocar, la materia o la forma de cualquier sacramento. Puede, en verdad, cambiar o abolir o introducir algo en los ritos no esenciales o en las partes ‘ceremoniale’ usadas en la administración de los sacramentos, tales como las procesiones, plegarias o himnos antes o después de que las palabras efectivas de la forma sean recitadas…” León XIII, Apostolicae Curae.

Es bien sabido que no pertenece a la Iglesia ningún derecho en absoluto a innovar nada sobre la substancia de los sacramentos.” San Pío X, Ex quo nono.

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Toda esta doctrina sacramental la conocía a perfección el Cardenal Ottaviani, el Prefecto del Santo Oficio en la época conciliar. Por ello, cuando tenía que revisar el proyecto del Novus Ordo Missae, se le caería de las manos. ¿Qué pensaría él? Su primera impresión seguramente sería que se trata de un símil de la “liturgia” anglicana o protestantizada. Porque el Novus Ordo rebosa de esas notas bajo el principio “ecuménico” que lo inspiraba todo. Paradójicamente, a pesar de la pretendida “búsqueda de la liturgia primitiva”, los diseñadores del Novus Ordo no se decantaron por, por ejemplo, liturgias orientales de origen muy temprano y con estrecha conexión al tiempo apostólico. Son en definitiva liturgias católicas que los cismáticos siguen usando de modo ilícito (sin unión formal con la Iglesia Católica – o sea, con el Papa). Esos ritos la Iglesia siempre ha dado por válidas y han sido tan similares a la nuestra propia que – exceptuando el idioma – se pueden encontrar paralelos significativos en todas partes esenciales de la Misa Tradicional. Tanto es así que la Iglesia Católica las ha conservado intactas y sin cambio alguno en varias Iglesias Uniatas que han vuelto a la comunión con Roma. De modo que, es llamativo reconocer que ninguna plegaria del Novus Ordo aparte del Padre Nuestro ha sido tomada de las liturgias orientales.

A esta pues conclusión llega el Cardenal Ottaviani:

Las palabras de la Consagración según están insertadas en el contexto del Novus Ordo pueden ser válidas por virtud de la intención del ministro. Podrían también no ser válidas a causa de que no son ya ex vi verborum, o, más precisamente, por virtud del modus significandi que tenían en la Misa hasta el presente.

¿Consagrarán válidamente en un futuro próximo los sacerdotes que no hayan recibido la formación tradicional, y que se apoyen en el Novus Ordo con la intención de «hacer lo que la Iglesia hace»? Uno se permite dudarlo.”

Uno se permite dudarlo.” Pero si uno duda sobre la validez de un sacramento, en virtud de la doctrina tuciorista (doctrina de teología moral que en puntos discutibles sigue la opinión más segura y favorable a la ley – Diccionario LE), la conclusión a efectos prácticos está clara: no aceptar decir la Misa Novus Ordo. Que no se trata de “preferencias sentimentales y nostalgia de pasado”, queda más que patente de todo lo expuesto hasta ahora. Por lo tanto, lo de “sentimentalismo y nostalgia” son falsas acusaciones totalmente vacías de contenido. Si quieren en cambio, con todas las consecuencias, hincar el diente en problemas teológicos de Novus Ordo, ya están tardando. Allí tienen dónde entrar en aguas profundas si realmente les importa la verdad.

***

Con este tremendo dilema se tuvo que enfrentar Mons. Lefebvre y unos cuantos más. A los sacerdotes mayores les dieron la dispensa de celebrar Novus Ordo… esperando hasta que se mueran y un problema resuelto. Pero con respecto a los sacerdotes jóvenes, y con todos los obispos, la política era de aplicación atroz e inmisericorde. No se permitía disenso más mínimo.

Pero el dilema en realidad no era tan tremendo. Simplemente los obispos y el clero tenían que hacer caso omiso a la introducción de la Nueva Misa (“juzgad por vosotros mismos, si hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”). No obstante, pensar así en aquella época le pillaba a tantos desprevenidos. Venían de una época en la que la Iglesia estaba como una roca, bien arreglada y regulada. Tenía sus problemas, pero se sabía quién mandaba y a quién obedecer. ¿Cómo podían tantos sacerdotes y obispos pensar que de Roma podía venir una norma negativa? Sin embargo, vino. Y, por muy raro que parezca – a nosotros hoy viendo lo que está haciendo Francisco desde la Sede de Pedro casi a diario ya no nos sorprende nada; entonces acababan de empezar – la respuesta tenía que ser un rotundo: ¡NO! ¡SIN LA MISA NON POSSUMUS! Y la embestida del enemigo sería frenada.

Pero esto estaba profetizado, amigos míos, “… a la mitad de la semana, el Sacrificio será abolido”. Daré mi sentencia al respecto: esto es la mayor acción criminal de la historia. Porque es un atentado contra Dios y su Sacrificio. El Sacrificio que nos abre el Cielo pagando tal inconmensurable precio, ha sido vilipendiado, humillado, ultrajado delante de los ojos de todos nosotros. Muchísimos no se dan cuenta de ello, pero ya es la hora.

¿Sabéis cuál era el precio que se pedía a Lefebvre para la reconciliación con Roma de Pablo VI? ¡Decir una única Misa Novus Ordo al año! Y no quiso hacerlo.

Como tiene que ser. Ya entendemos por qué. El enfrentamiento de Mons. Lefebvre y de otros pocos tradicionalistas no era por motivos de disputas doctrinales – que problemas teológicos con el CVII sabemos lo graves que son – sino principalmente por el motivo de sacramentos, especialmente el de la Eucaristía y Orden. Porque sin ello, no hay Iglesia. La Iglesia se nutre y descansa sobre los Sacramentos. Estos son de Dios y se tienen que conservar en su esencia como Dios los ha dado y la Iglesia custodiado. Esto era el problema principal de la rebelión de Lefebvre. ¿Entendemos ahora las cosas algo mejor?

Aborda esta cuestión con mucha fuerza Rama Coomaraswamy en su libro La destrucción de la tradición cristiana. Citaré de este contundente libro dos citas, la primera en cuanto al planteamiento de Lefebvre con respecto a la Misa Novus Ordo. Tenía clara una cosa: era algo con lo que no había negociación posible:

“Desgraciadamente una considerable confusión ha resultado de la afirmación del Arzobispo Lefebvre al efecto de que bajo ciertas circunstancias el Novus Ordo Missae puede ser «válido». (La «Intervención de Ottaviani» sostiene implícitamente la misma opinión). Como un ejemplo atribuido a él, nos pide que imaginemos a un sacerdote anciano —ordenado antes de que fueran instituidos los nuevos ritos, un hombre que usa el Novus Ordo en latín bajo el concepto de obediencia erróneo, que no comprende todo lo que esta nueva «misa» implica y que tiene intención plena de consagrar. Bajo tales circunstancias, quién presumiría o se atrevería a arrojar sus hostias consagradas al suelo y a profanarlas. Pero si bajo algunas circunstancias el Novus Ordo puede ser válido, es, sin embargo, siempre sacrílego, y nadie que es consciente de su naturaleza debería asistir nunca a él. Nuevamente, uno no puede juzgar las almas de los individuos que en obediencia participan en esta «misa», pero una cosa está clara: El arzobispo nunca ha dicho que —sea válido o no— nosotros debamos tener algo que ver con ella. Por el contrario, él se ha negado a decirla (el Novus Ordo), ni siquiera una vez al año, en Ecône (Pablo VI hizo de esto la condición para la reconciliación) y ha rechazado con considerable aspereza toda sugestión de que al laicado podría permitírsele asistir a él cuando no hay ninguna misa tradicional disponible. En su famosa declaración de noviembre de 1974 afirma que «La nueva misa está en línea con el nuevo catecismo, el nuevo sacerdocio, los nuevos seminarios, las nuevas universidades y con la iglesia carismática o pentecostalista, todos los cuales están en oposición a la ortodoxia y al magisterio venerable». En junio de 1976 afirmó que «nosotros tenemos la convicción precisa de que este nuevo rito de la misa expresa una nueva fe, una fe que no es la nuestra, una fe que no es la fe católica. Esta nueva misa es un símbolo, una expresión, una imagen de una nueva fe, de una fe modernista». Finalmente en su «Documento de toma de postura» de noviembre de 1979 afirma: «Debe comprenderse inmediatamente que nos no sostenemos la idea absurda de que si la nueva Misa es válida (bajo algunas circunstancias -ed.), nosotros somos libres de asistir a ella. La Iglesia ha prohibido siempre a los fieles que asistan a las misas de los heréticos y cismáticos, aunque fueran válidas. Está claro que nadie puede asistir a las misas sacrílegas o las misas que ponen en peligro nuestra fe… Uno puede decir cabalmente sin exageración que la mayoría de estas misas (del Novus Ordo) son actos sacrílegos que pervierten la fe, haciéndola cada vez más pequeña. La desacralización es tal que estas misas se arriesgan a perder su carácter sobrenatural, su mysterium fidei; no serían, entonces, más que una religión natural. Estas Nuevas misas no son solamente incapaces de satisfacer nuestra obligación dominical, sino que son tales que debemos aplicarles las reglas canónicas que la Iglesia tiene la costumbre de aplicar a la communicatio in sacris con las sectas ortodoxas y protestantes». Aquellos que querrían usar la precisa afirmación teológica del arzobispo para animar la asistencia de los católicos a la creación de Bugnini, están desmintiendo la posición del arzobispo e intentan sembrar cizaña en los campos de trigo.”

No puede haber Renovación en la Iglesia hasta que no se establezca otra vez con todo su esplendor y vigor la Misa de siempre.

 Para el colmo, esto no era la única cuestión. Queda también un asunto estrechamente relacionado con la Misa y es de tremenda importancia: el sacramento del Orden. Muchísimos católicos – incluido el clero – ni saben de la existencia de tal problemática. La presentaremos como sigue:

En 1968 Pablo VI presenta nueva forma del sacramento del Orden. Al año siguiente se hace obligatoria, es decir, todo obispo ordenado (sacerdote, diácono) tiene que serlo según la nova forma sacramental. El problema radica en el hecho de que esta forma… simplemente no es correcta. No es clara, no tiene una interpretación unívoca. En otras palabras, si se aplica la teología sacramental preconciliar (pero en definitiva la teología sacramental católica) la forma no expresa (al menos no de forma explícita) lo que debe significar. Vamos a explicarnos.

Los sacramentos deben expresar lo que significan, y el efecto que producen. Si yo digo por ejemplo: “yo te bautizo en el nombre de Jesucristo”, tal “bautismo” sería inválido por no tener la forma correspondiente; y, además, nadie podría decir, ni tampoco el Papa claro está, que esta forma sería válida. Tampoco sería válida la supuesta consagración empleando las palabras “Esto es el Cuerpo de Cristo”, en vez de “Esto es Mi Cuerpo”; lo diga quien lo diga, aunque lo “apruebe” el mismo Papa – algo imposible -, no sería una consagración válida. El Cuerpo de Cristo no estaría sobre el altar, y además el sacerdote cometería un pecado muy grave por profanar el sacramento.

¿Qué es entonces lo que la Iglesia ha enseñado siempre sobre la forma de sacramento del Orden aparte de la imposición de manos? Fundamentalmente que el ordenado recibe el poder para actuar sacramentalmente con respecto a:

  1. Cuerpo de Cristo, y
  2. Cuerpo Místico de Cristo.

La finalidad a) se refiere al poder de dar culto debido a Dios. Es decir, para que el bautizado católico que ha recibido el sacramento del Orden pueda hacer realmente presente sobre el Altar el Cuerpo y la Sangre de Cristo. En otras palabras, para que pueda decir la Misa.

La finalidad b) apunta a la santificación de los miembros místicos de Cristo por medio de la administración de los sacramentos – lo cual incluye el poder transmitir el sacramento del Orden -, es decir, de su Iglesia. Porque si los fieles no reciben los sacramentos, desvanecen. En definitiva, el ordenado debe recibir el poder para dar culto a Dios y administrar sacramentos a los fieles. Este poder lo recibe por medio de la gracia del Espíritu Santo, algo que debe constar en la forma del sacramento.

Resumiendo, un bautizado católico (y célibe si se trata de rito latino) puede saber de memoria la Biblia y las obras completas de Santo Tomás de Aquino, pero eso no le va a facultar para decir Misa. Lo hará la gracia de Dios por el Espíritu Santo mediante sacramentos. Ese poder ha dado Cristo a sus Apóstoles y a sus sucesores. Estos lo transmiten de generación en generación por medio de imposición de manos empleando la forma indicada por la Iglesia. Pero esta debe cumplir ciertas condiciones para ser válida. En sintonía con el pensar perenne de la Iglesia, Pío XII en la Constitución Apostólica Sacramentum Ordinis (1947) establece las palabras esenciales para el sacramento del Orden (nos ocupamos solamente de lo dicho referente a la ordenación episcopal; que es fundamental, ya que de ella depende la sucesión apostólica y la ordenación de sacerdotes y diáconos), que son:

Comple in Sacerdote tuo ministerii tui summam, et ornamentis totius glorificationis instructum coelestis unguenti rore sanctifica ” (Completa en tu sacerdote, la plenitud de tu ministerio y adornado con las galas de tu gloria, santifícalo con el rocío del ungüento celestial.)

Fíjense en las palabras “in Sacerdote tuo ministerii tui summam” y “coelestis unguenti rore sanctifica”. Indican la invocación para que el ordenado tenga la plenitud del ministerio sacerdotal ungido con la gracia del Espíritu Santo. Es decir, están indicadas las dos finalidades que debe contener la forma del Sacramento del Orden Además, tal y como recalca Sacramentum Ordinis, de forma unívoca: está perfectamente claro que significa lo que debe significar.

En cambio, las palabras esenciales de la forma establecida por Pablo VI: “Et nunc effunde super hunc Electum, eam virtutem quae a te est, spiritum principalm, quem dedisti Filio tuo Jesu Christo, quem ipse donavit sanctis Apostolis, qui constiuerunt Ecclesiam per singula loca, ut sanctuarium tuum in gloriam et laudem indeficientem nominis tui.” (Y ahora, derrama sobre este Elegido aquel poder, que proviene de ti, el espíritu principal, que diste a tu Hijo Jesucristo, que Él, a su vez, dio a los santos Apóstoles, que fundaron la Iglesia por todos los lugares, como tu santuario, para gloria y alabanza perpetua de tu nombre. AAS, LX, (7), 29/07/1968), presentan un problema muy serio. Sintetizamos:

  • ¿”El espíritu principal” es el Espíritu Santo? No queda nada claro. Algunos autores desde el campo tradicionalista lo identifican como potestad de jurisdicción, pero no como el poder de dar culto a Dios (celebrar la Eucaristía) e impartir el Sacramento del Orden (y administrar otros sacramentos). Pero concedamos que se refiera al Espíritu Santo. Aún así, la cuestión no está zanjada, como sigue.
  • ¿Dónde está aquí la referencia unívoca a la plenitud del ministerio sacerdotal? ¿Dónde está siquiera la referencia al “Sacerdote”? Eso más bien podría ser el término “Elegido”, pero uno puede ser elegido para muchas cosas, para dirigir por ejemplo a una comunidad. Otra vez está presente un cierto aire ecuménico (veo un cierto apunte a los pastores o presbíteros protestantes elegidos – ¡por la comunidad! – para dirigir una asamblea de fieles. En cambio, con tanto ecumenismo no hay un paralelismo con la forma del Sacramento del Orden aplicado en las iglesias orientales – cuya validez sí aceptó la Iglesia siempre.); como tantas veces en la actualidad sin fuste alguno.
  • ¿Dónde está finalmente la referencia al culto de Dios o la administración de sacramentos? Todo ello puede parecer a lo sumo implícito en la acción de la fundación de la Iglesia por todos los lugares que realizaron los santos Apóstoles. Pero esta afirmación es en modo de referencia a tales hechos, no para que estos mismos “elegidos” hagan lo mismo. En fin, esta forma sacramental adolece de tantas imprecisiones.

Finalmente, de alguna manera se coloca en un plano similar a Jesucristo y a los Apóstoles y a sus sucesores. Esto a su vez puede tener un (mal) olor arriano. Lo que faltaba en todo esto.

Además, en línea con todo esto, uno se pregunta, ¿pero para qué Pablo VI quería cambiar las formas de los sacramentos?  (Y en el caso del sacramento de la Extremaunción – ahora se llama “unción de enfermos” – observen el enfoque: antes se apuntaba hacia la salvación eterna y ahora a la curación del enfermo, hay también un cambio de la materia: ahora ya no es necesario el aceite de olivo, puede ser un aceite vegetal.) No había ninguna necesidad de ello. Pero claro, nueva – como dicen: renovada; o sea, supuestamente la misma, pero renovada  – doctrina del Concilio Vaticano II, pedía la Nueva Misa. Esta a su vez nuevo (dirán: enfoque del) sacerdocio. Como si la “Nueva” Iglesia quisiera tener “Nuevos” Sacramentos. Realmente es así: si cambia la doctrina de un sistema religioso, también cambiarán sus ritos. Eso es inevitable, lex credendi implica siempre lex orandi.

En resumen: se produjo un espantoso caos en la Iglesia. No obstante, a pesar de negras nubes repletas de rayos que invadieron todo el horizonte, tanta buena y diría también santa gente de la Iglesia no se podía esperar esto: les superaba por completo. Tantísimos y tantísimos buenos curas, algo ya entrados en años veían con toda claridad que estos cambios en la misa (los de orden sacerdotal apenas fue percatado por muy pocos) son un auténtico espanto… pero no pudieron por lo que sea dar el paso de firme resistencia. Aún así, eso lo previó Bugnini – se les consintió decir la misa tridentina hasta que se mueran. A los jóvenes no se les dejaba opción alguna: al estilo de una tiranía pura y dura. Bajo falso pretexto de obediencia, se les impuso a los de visión conservadora el nuevo rito. A los afines del pensamiento modernista se les dejó seguir “formándose” en lo mismo.

De los obispos eran Lefebvre y muy pocos más que vieron con toda claridad que no hay que tragar estos cambios (Lefebvre sin embargo aceptó la introducción de la mención de San José en el Canon; no porque lo compartía, sino al parecer porque pensaba que en sus negociaciones con Roma no le consentirían tal oposición), y este mismo arzobispo realiza el acto que todo obispo católico tenía que haber hecho: no aceptó decir la Misa Novus Ordo. ¡Ni una única vez al año!, que era la condición impuesta por Pablo VI para la “reconciliación”. Si el lector con paciencia relee todo lo expuesto aquí, tendrá argumentos para entender del por qué de la postura de Mons. Lefebvre.

Otro tanto afectó al Sacramento del Orden. Lefebvre no se permitió una duda sobre su validez. De allí la implicación pastoral contundente – puede ser “pastoral”, pero es aplicación de la teología sacramental a la que no renunciaba. El siguiente extracto del libro de R. Coomaraswamy es elocuente al respecto. Se trata de la pregunta de un sacerdote ordenado según el nuevo rito con respecto a la posibilidad de prestar servicio en la pastoral de la FSSPX:

*

Puesto que el nuevo rito de ordenación fue impuesto en 1968, debemos suponer que el sacerdote fue ordenado según el nuevo rito en lugar de con la ceremonia católica tradicional. En cualquier caso, usted podría preguntarle —por el interés de él tanto como por el suyo propio. Pues si comprende suficientemente como para rechazar la nueva misa, ciertamente debería estar interesado acerca de la validez de sus propias órdenes sacerdotales. Si, en verdad, fue ordenado según el nuevo modo, entonces ningún verdadero católico puede asistir a las misas que ofrece, aunque sean tradicionales. La razón es que hay dudas muy graves sobre la validez de la nueva ceremonia de ordenación.

 La primera dificultad se encuentra en el nuevo rito mismo. Aunque el nuevo rito (comentario del blogguer: ¡ojo!, se refiere al rito de la ordenación sacerdotal, no episcopal que tratamos aquí) conserva las palabras de ordenación necesarias (decretadas por el Papa Pío XII en 1947), sin embargo, en el contexto del nuevo rito, estas palabras no pueden ser comprendidas en el sentido católico. El sacerdote existe para el sacrificio. Así, el sacerdocio católico existe para la verdadera Misa católica, que es el sacrificio incruento del Calvario. Pero el nuevo sacerdocio existe para la nueva misa, que no es al sacrificio incruento del Calvario.

Según el rito de ordenación, un sacerdote es ordenado para ofrecer solamente un sacrificio de «alabanza y de acción de gracias», lo cual es la nueva misa; la nueva ceremonia ha suprimido toda mención del sacrificio en reparación del pecado. El sacrificio del Calvario, sin embargo, fue ofrecido por Dios Padre en adoración, reparación, acción de gracias y súplica. Una «misa» que excluye a propósito alguno de estos cuatro fines no puede ser la misma que el sacrificio del Calvario, y de ese modo no es en absoluto una Misa católica. Y un sacerdote ordenado no más que para semejante «sacrificio de alabanza y de acción de gracias», es muy dudosamente un sacerdote católico. Es de interés remitirse al concilio de Trento a este respecto, pues el concilio condenó explícitamente todo atentado que no hiciera de la Misa nada más que un sacrificio de alabanza y de acción de gracias negando su valor reparativo: «Si alguien dice que el sacrificio de la Misa es meramente una ofrenda de alabanza y de acción de gracias, o que es un simple memorial del sacrificio ofrecido en la cruz, no propiciatorio… ¡que sea anatema!» (sesión 22, canon 3 sobre la sagrada Eucaristía). A causa de que los nuevos ritos de la ordenación y de la Misa hacen justamente esto, no son en absoluto ritos católicos.

Una razón adicional a la cuestión de la validez de las órdenes conferidas por el nuevo rito implica la intención del hombre que ha de ser ordenado. ¿Desea realmente devenir un sacerdote católico? ¿Comprende siquiera lo que es un sacerdote católico? Estas preguntas son pertinentes hoy día, cuando la instrucción que se da en los seminarios nominalmente católicos, es a la vez anticatólica y anticlerical. Inclusive si el ordenado tuviera la intención necesaria, ¿qué hay respecto del obispo que ordena? ¿Tuvo el obispo intención de ordenar a un verdadero sacerdote católico o meramente a un «presidente de la asamblea»? En su encíclica Apostolicae curae, León XIII explica que la intención del obispo en tales casos debe ser interpretada según la ceremonia que emplea. Si utiliza una ceremonia católica, entonces la presunción es siempre en favor de la validez. Sin embargo, en el caso de las nuevas ordenaciones la presunción es siempre contra la validez, puesto que se ha usado un rito no católico en lugar de la ceremonia católica.

Otra dificultad concierne no solo a la intención del obispo, sino a si él mismo es un obispo del todo. Es incierto que los obispos consagrados según el nuevo rito de consagración episcopal sean realmente obispos, puesto que las palabras necesarias de la consagración episcopal han sido completamente cambiadas. Hay que agregar a la confusión el decreto del concilio Vaticano II sobre el episcopado, el cual redefinió implícitamente el sacramento de las sagradas Órdenes contrariamente a la enseñanza tradicional de la Iglesia. El Vaticano II sostuvo el carácter sacramental del episcopado con el fundamento de que está dirigido a gobernar y a enseñar a los fieles que son el Cuerpo Místico de Cristo. Esta doctrina de que un sacramento, en tanto que sacramento, está dirigido primordialmente a los fieles es precisamente la enseñanza de Martín Lutero. En cambio, la enseñanza católica es que un sacramento es un sacramento solamente en tanto que está dirigido al Cuerpo Real de Cristo en la Sagrada Eucaristía. Así pues, el problema del rito de la nueva ordenación implica mucho más que el encarar un solo sacramento; es el fruto que brota de un concepto enteramente nuevo del «sacramento» en sí mismo, y es así la perversión de todos los sacramentos.

Finalmente está, de nuevo, la intención del hombre que ha de ser consagrado y la intención de aquellos que le consagran. ¿Desea el obispo electo ser un obispo católico? ¿Conoce siquiera la verdadera naturaleza del episcopado católico? ¿Y los obispos que consagran desean realmente consagrar a un verdadero sucesor de los apóstoles? Nuevamente la presunción debe ser contra la validez, puesto que sus intenciones deben ser interpretadas según el rito que han usado, y el nuevo rito simplemente no es católico.

Vemos así que hay muchas dificultades implicadas en el nuevo rito de la ordenación de un nuevo sacerdote por la Iglesia Posconciliar. Uno cualquiera de los factores mencionados arriba serviría para hacer que la ordenación fuera totalmente nula e inválida.

En la práctica, podría mencionar también la decisión del Arzobispo Lefebvre con respecto al nuevo rito de la ordenación. Cuando hablé con él el pasado junio, Monseñor dijo que si un sacerdote ordenado con el nuevo rito deseara ayudar a la Sociedad San Pío X en la administración de los sacramentos, tal sacerdote tendría que ser ordenado condicionalmente según el rito católico tradicional de la ordenación sacerdotal. Se encontrará un tratamiento adicional sobre este problema en The Roman Catholic, Vol. IV, nº 2, 8 y 11, 1981 (disponibles, Soc. S. Pío X, Oyster Bay Cove, Nueva York, 11771, EE.UU.).

*

EPÍLOGO

 ¿Tremendo, verdad? ¿Para no creer, verdad?

Esto me pasa a mí.

Sin embargo, todo esto ocurrió delante de nuestros ojos. Y sigue ocurriendo, ya que la embestida contra la Misa Tridentina y la Tradición continúan. De allí, como no se suelta la nueva doctrina, no se admiten los sacramentos de siempre.

Algunos sedevacantistas sostienen que la Misa Novus Ordo es simplemente inválida, que en ellas el Señor no está realmente presente. Mons. Lefebvre no pensaba así, aunque sí que en definitiva ese rito no tiene una teología católica – la última referencia es significativa al respecto -, y que su validez es más bien accidental, es decir, en función del sacerdote que la dice.

Esto es lo que me parece teológicamente más acertado. Porque hay muchos jóvenes que entregan su vida para dedicarla al Señor, para decir misa, confesar, administrar sacramentos. Renuncian al mundo con la convicción de que van a ser sacerdotes como estos siempre han sido. Y en los documentos eclesiales formales después del Concilio se afirma que la Misa es el Sacrificio del Calvario. Su diseño es como la hizo Bugnini, pero el contexto de la doctrina puede ser entendido en el sentido católico. Yo no me atrevo a decir que cada sacerdote posconciliar piensa en la Misa como un servicio protestantizado o algo similar.

Sin embargo, una cuestión es la validez de la Misa Novus Ordo, y otra la Restauración de la Tradición de la Iglesia (nunca destruida, ni puede serlo, del todo). Entiendo y defiendo que esta podrá realizarse teniendo en cuenta los siguientes puntos:

  • Restablecimiento formal de la doctrina tradicional de la Iglesia. Esto implicará la abolición del Concilio Vaticano II y los documentos posteriores equivalentes.
  • Restablecimiento de la Misa Tradicional. Incluso antes de la pequeña reforma del 62. Y también para ello:
  • Restablecimiento del Sacramento del Orden. Esto implicará la ordenación condicional de los ordenados según el nuevo rito del 68.
  • Necesitamos un Vicario de Cristo que cuanto antes reúna las ovejas dispersas. Este tiene que ser reconocido y reconocible por todos los católicos que asienten y asentirán la doctrina católica de siempre. Imploremos a Dios por ello día y noche.

Tengan por cierta una cosa, y eso no será solamente mi opinión: LA CUESTIÓN DE MISA ES EL PRINCIPAL PROBLEMA DEL MUNDO. SI EL MUNDO VA A SER UN LUGAR BENDECIDO O DEJADO A SU SUERTE, DEPENDE SI EL SACRIFICIO DE LA MISA SE OFRECE COMO DIOS QUIERE. Ni Trump, ni Putin, ni el ISIS, ni el Islám, ni el comunismo, ni la masonería, ni el sionismo, ni ninguna fuerza habida o por haber puede ser un problema que en su gravedad supere la cuestión de dar el culto debido a Dios. De esto depende el mundo. La vida cristiana sin este culto, es un voluntarismo  estéril. 

Analicemos sin prisa las palabras de Francisco sobre “sacerdocio femenino”

En el vuelo de Suecia a Roma (01/11/16), Francisco ofreció su habitual rueda de prensa. Una pregunta llamativa era de la periodista sueca, Kristina Kappellin, sobre la posibilidad de que la Iglesia Católica tenga mujeres ordenadas:

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Suecia que ha acogido este importante encuentro ecuménico tiene una mujer como líder de la propia Iglesia. ¿Qué cosa piensa al respecto? ¿Es realista pensar en las mujeres sacerdotes también en la Iglesia Católica en los próximos decenios?…”.

Fijémonos en la respuesta de Francisco:

“…sobre la ordenación de mujeres en la Iglesia Católica, la última palabra es clara y la dio San Juan Pablo II y esto permanece...”

La periodista insistió: “¿Nunca jamás?“, y Francisco sentencia:

Si leemos bien la declaración de San Juan Pablo II, va en esa línea.

Al comentar estas palabras de Francisco, desde algunos círculos conservadores – desesperados de ordinario por lo que dice Francisco un día sí y otro no; en el fondo temblando al oírlo cada vez que habla – levantaron voces de júbilo, diciendo al estilo de Aciprensa cuya fuente ya tenemos citada: “el Papa Francisco explicó que lo que la Iglesia enseña sobre la ordenación sacerdotal no va cambiar y que la última palabra sobre este tema la tuvo San Juan Pablo II.

Señores desesperados, no corran tanto… ¡porque esta es su interpretación! ¡Porque Francisco no dijo que no va a cambiar, sino que la última palabra HASTA AHORA la tuvo “San Juan Pablo II”!

Sí, sí, eso es lo que ha dicho, muy bien pensado. Ha dicho: “la última palabra es clara y la dio San Juan Pablo II y esto permanece...”, y otra vez: “Si leemos bien la declaración de San Juan Pablo II, va en esa línea.

Es decir: “La última palabra NO ES MÍA, sino de San Juan Pablo II – adulamos a los conservadores – y esto permanece; sí, es cierto, ¡pero ya veremos HASTA CUÁNDO!”

Si analizáis bien el texto, eso es lo que está dicho, y así su gente lo entiende, y se quedan tranquilos y agazapados en su escondite hasta que se de la señal.

Lo que acabo de decir, lo voy a corroborar con un ejemplo de los más trascendentales del pasado muy reciente de la Iglesia: en cuanto al cambio efectuado en la Santa Misa, cambiándola por Novus Ordo Missae y afirmando… que se trata de lo mismo. Vamos a ello.

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[Novus Ordo reclama una supuesta “vuelta hacia los orígenes“. Entonces, ¿por qué no respetan las indicaciones de San Pablo, nada menos, respecto a su prohibición a que las mujeres enseñen en la Iglesia? ¿No pasó eso en los mismísimos orígenes? El “retorno a los orígenes” es una simple excusa para destruir lo sagrado e introducir lo profano; o simplemente sus propias ideas.]

En 1570 San Pío V en “Quo primum tempore“, Bula sobre el uso a perpetuidad de la Misa Tradicional (o Tridentina, pero creo que la expresión “Tradicional” es mejor todavía), sentenciaba:

Nos, mandamos específicamente a todos y a cada uno de los patriarcas, administradores y a todas las demás personas de cualquier dignidad eclesiástica que puedan ser, sean inclusive cardenales de la santa Iglesia romana, o poseedores de algún otro rango de preeminencia, y Nos les ordenamos en virtud de la santa obediencia cantar o leer la Misa según el rito y la manera y la norma con los cuales es establecida por Nos y, de aquí en adelante, interrumpir y desechar completamente todas las demás rúbricas. Al celebrar la Misa no deben osar introducir ninguna ceremonia ni recitar ninguna plegaria diferente de las contenidas en este Misal… Además, por esta presente (por esta ley), en virtud de Nuestra autoridad apostólica, Nos, otorgamos y concedemos a perpetuidad que para el canto o la lectura de esta Misa en toda iglesia, cualquiera que sea, este Misal ha de ser seguido en adelante absolutamente, sin ningún escrúpulo de conciencia o temor de incurrir en alguna pena, juicio o censura, y que puede ser usado libre y legítimamente. Ni los superiores, administradores, canónigos, capellanes y demás sacerdotes seculares, o religiosos de cualquier orden o por cualesquiera títulos nominados, están obligados a celebrar la Misa de otra manera a como ha sido prescrita por Nos. Nos, declaramos y ordenamos igualmente que nadie ha de ser forzado o coaccionado a alterar este Misal y que este presente documento no puede ser revocado o modificado, sino que permanece por siempre válido y conservando toda su fuerza… Por lo tanto, a nadie le está permitido alterar esta carta, o aventurarse a ir imprudentemente contra esta advertencia de Nuestra Dispensa, estatuto, ordenanza, mandato, precepto, concesión, indulto, declaración, voluntad, decreto y prohibición. Si alguien, no obstante, osara cometer un acto semejante, debe saber que incurrirá en la cólera de Dios Todopoderoso y de los Santos apóstoles Pedro y Pablo (resaltados míos).”

Un católico lee esto, y tiembla, ¿verdad? ¿Pues, cómo se las arreglaron los conciliares, empezando por Pablo VI, para de facto suprimir esta misa? En definitiva, para hacer lo contrario de lo que está indicado aquí.

Pablo VI lo hizo con toda la tranquilidad del mundo, esta serían sus “razones”:

Comprendamos claramente las razones por las cuales este serio cambio ha sido introducido… (es) una obediencia al concilio (La Croix, 4 de Septiembre de 1970)… De manera en modo alguno diferente nuestro santo predecesor Pío V hizo obligatorio el Misal reformado bajo su autoridad, en seguimiento del concilio de Trento (Custos, Quid de Nocte).”

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[Que las mujeres lean en las iglesias, no es una simple ocurrencia de este o aquel párroco; esta mujer africana lo hace delante de la alta jerarquía. Una actitud más que consentida.]

Es decir, (San) Pío V era el Papa… ¡y yo también lo soy… y voilà… se acabó! ¡Este es el argumento, no hay otro!

Hilando más fino y con más sutileza, destapando la argumentación de Pablo VI, se encuentra el siguiente presupuesto de la lógica usada: “a perpetuidad” quiere decir “hasta ahora“, “hasta que otro Pontífice así lo disponga“.

Sobra decir, que en efecto, cualquier disposición no esencial o accidental de un Pontífice sí puede ser cambiada por algún sucesor. Eso es obvio, sobra aclararlo. Porque según la misma definición de lo “accidental”, ello mismo puede depender de las circunstancias, por ejemplo. Pero por eso mismo, para lo “accidental” no se usa término “a perpetuidad” que indica algo que no puede cambiar con el tiempo. De donde, se deduce perfectamente que cuando San Pío V codificaba solemnemente la Misa, pensaba realmente en “para siempre y de forma irreformable”. Cómo fue entendido el Santo Pontífice lo atestigua la historia de la Iglesia y de la Liturgia en los próximos cuatro siglos: no se cambió ni una coma (hasta que el primer cambio fue realizado por Juan XXIII en 1962, al introducir la mención de San José en el Canon. No es que la Iglesia desprecie – faltaría más – la devoción a San José, pero el Canon era reservado para la memoria de los mártires; la solicitud para la inclusión de mención de San José en el Canon fue rechazada en 1815 por motivos que acabamos de aducir. ¿Pero qué se dijo con esta inserción del 1962? Que ni el Canon resiste el cambio.).

Incluso antes de Quo Primum, ¿qué “cambios” se introdujeron en la Misa? Echemos un vistazo rápido (cita tomada del libro La Destrucción de la Tradición Cristiana de Rama P.
Coomaraswamy):

“Considérense, por ejemplo, la lectura de la Escritura. El primer Evangelio fue escrito, dentro de lo que alcanza nuestro conocimiento, ocho años después de la Crucifixión, y el Apocalipsis muchos años después. Sabemos que era costumbre leer de la Escritura y de otros escritos sagrados (tales como el Pastor de Hermas) antes del Canon, porque San Procopio, que fue martirizado en el año 303, tenía la función de traducir estas lecturas a la lengua vernácula. La Escritura fue “canonizada” en el año 317, y las lecturas escriturarias usadas hoy en la Misa de la Iglesia tradicional, fueron fijadas por San Dámaso I en el siglo IV. En el siglo V, San Celestino I introdujo el Introito y el Gradual —¿y estos, qué son? Son lecturas escogidas de los salmos propias de la estación y de la fiesta. En el siglo VI, San Gregorio agregó el Kyrie Eleison aunque es menester señalar que de hecho la frase es bíblica y su uso se remonta hasta el tiempo de Cristo —”Señor, ten misericordia”. En el siglo VII, San Sergio “introdujo” el Agnus Dei. Así pues, con el paso de los siglos se hicieron varias adiciones, tanto en las plegarias litúrgicas usadas como en las costumbres. La práctica de que el sacerdote diga “Corpus Domini nostri Jesu Christi custodiat…” (El Cuerpo de nuestro Señor Jesu Cristo guarde…) cuando comulga, se dice que data del tiempo de los heréticos albigenses, que negaban la “Presencia Real”. También las diferentes órdenes religiosas insertaron a menudo plegarias especiales propias de ellas. Pero a través de todo esto el Canon (que incidentemente incluye las Palabras de la Consagración) permaneció intacto. Finalmente, en la época de la Reforma, cuando la autoridad de la tradición estaba siendo cuestionada y cuando innovaciones y novedades de toda especie estaban siendo introducidas, devino necesario codificar y “fijar” para todos los tiempos la muy santa misa para protegerla de toda posible corrupción. Esto se llevó a cabo en el transcurso de varios pontificados; los estudiosos retornaron a todos los documentos originales disponibles; se eliminó cualquier error que se hubiese deslizado en ellos, y el Misal y el Breviario romanos fueron publicados por el Santo Papa Pío V en conformidad con el deseo expresado por los Padres del concilio de Trento. Esta publicación del Misal romano fue acompañada por la proclamación de la Constitución Apostólica Quo Primum.”

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[Gradualidad: primero se lee desde el ambón; luego llegan a ser “ministras extraordinarias”. ¿Pero cómo no se me había ocurrido esta idea antes? Ya lo creo que se les ocurría… y ya fue condenada esta práctica – que no llegaría a esto – en el siglo V por el Papa Gelasio. ¿Recuperamos las prácticas condenadas? Abajo, será llevando a cabo el “ecumenismo”. En la misma noche de Navidad, se lee el Corán en una iglesia en Como, Italia. ¿Por qué no ha sido suspendido “a divinis” el párroco?]

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¿Nos damos cuenta de una cosa? ¿Quién hacia los cambios? Santo Pontífice, este Santo Pontífice otro… etc. ¿Y qué “cambios”? Todo para entender mejor cada vez más el mismo misterio que se celebraba desde los orígenes. Porque el Canon no lo tocaba nadie. Porque el Capítulo IV, sesión XII, del concilio de Trento, decía (y sigue diciendo):
Pues (el Canon) está compuesto por las palabras mismas del Señor, por las tradiciones de los apóstoles y por las piadosas instituciones de los santos pontífices.

Por eso hasta el convertido del luteranismo liturgista Louis Bouyer, que formaba parte del Movimiento Litúrgico (ya en su fase en decadencia antes del CVII) afirmaba – cito también el comentario de Rama P. Coomaraswamy respecto de él:

“Finalmente, el padre Louis Bouyer, un convertido de la secta de Lutero anteriormente al Vaticano II, y actualmente «en obediencia» hacia la nueva Iglesia Posconciliar, escribía con anterioridad al concilio:
«El Canon romano, como es hoy, se remonta hasta Gregorio Magno. No hay ni en oriente ni en occidente una plegaria Eucarística que permanezca en uso hasta este día, que pueda presumir de tal antigüedad. A los ojos no solo de los ortodoxos, sino de los anglicanos e incluso de aquellos protestantes que tienen todavía en alguna medida un sentimiento por la tradición, ABANDONARLE SERÍA UNA REPUDIACIÓN DE TODA PRETENSIÓN POR PARTE DE LA IGLESIA ROMANA A REPRESENTAR A LA VERDADERA IGLESIA CATÓLICA.»”

¿Somos conscientes ahora del cambio que se efectuó con el Novus Ordo Missae? Los que se oponen a su existencia y reclaman su supresión, ¿se basan en motivos sentimentales o de apego nostálgico a la tradición? No es eso, espero que el lector se de cuenta de ello. ¡Los católicos tenemos que restaurar la Misa de siempre! De eso se trata. Y, por supuesto, de toda la doctrina de siempre.

***

Naturalmente, esta diferencia tan notoria entre lo que mandó hacer tan solemnemente San Pío V, y el “arreglo” que hizo Pablo VI, no dejó satisfecho a no pocos. En el libro “Tradición y Magisterio vivo de la Iglesia” (Orientación pastoral Instrucción y orientación dirigida a los sacerdotes y fieles de la Administración Apostólica personal de San Juan María Vianney y a los demás católicos vinculados con la liturgia tradicional a los cuales pueda resultar útil), escrito por Mons. Fernando Aréas Rifan, y editado por Fundación Gratis Date, en la p. 19 tenemos precisamente la misma argumentación subyacente utilizada por Pablo VI al justificar la introducción (más bien la imposición) del Novus Ordo.

“En cuanto a la liturgia romana tradicional, llamada de San Pío V, establecida por su Bula Quo primum tempore, que para algunos no puede ser modificada, ni siquiera por un papa posterior, existe una respuesta oficial de la Congregación para el Culto Divino del 11 de junio de 1999, que establece lo siguiente: «¿Puede un Papa fijar un rito para siempre?

Respuesta: No. Sobre “Ecclesiae potestas circa dispensationem sacramenti Eucharistiæ” [la potestad de la Iglesia para la administración del sacramento de la Eucaristía], el Concilio de Trento declara expresamente: “En la administración de los sacramentos, salvando siempre su esencia, la Iglesia siempre ha tenido potestad, de establecer y cambiar cuanto ha considerado conveniente para la utilidad de aquellos que los reciben o para la veneración de estos sacramentos, según las distintas circunstancias, tiempos y lugares” (DzSch 1728). Desde el punto de vista canónico, debe decirse que, cuando un Papa escribeperpetuo concedimus” [concedemos a perpetuidad], siempre hay que entender “hasta que se disponga otra cosa”. Es propio de la autoridad soberana del Romano Pontífice no estar limitado por las leyes puramente eclesiásticas, ni mucho menos por las disposiciones de sus predecesores. Sólo está vinculada a la inmutabilidad de las leyes divina y natural, así como a la propia constitución de la Iglesia».“ (Se trata de la respuesta del 11/06/1999 de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  a Mons. Gaetano Bonicelli, Arzobispo de Siena.)

Es decir, “la autoridad soberana del Romano Pontífice… sólo está vinculada a la inmutabilidad de las leyes divina y natural, así como a la propia constitución de la Iglesia”.

Con esto se ha dicho que cambiar la Misa de siempre, cambiar el Canon, las mismas palabras de Nuestro Señor; en definitiva protestantizar la Misa no afecta a la propia constitución de la Iglesia. O sea, ¿todos aquellos cambios que hemos comentado aquí y en otros artículos (ver la pestaña “Liturgia”) son “accidentales”? ¿Son como los hicieron San Dámaso, San Celestino, San Gregorio, San Sergio… San, San, San…?

¿Es eso lo que significa “hasta que se disponga otra cosa“?

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[Los anglicanos ya desde el principio insistían en no llamar su “misa” con el nombre de “Sacrificio”, sino la “Cena del Señor”. En todo caso utilizaban las expresiones “acción de gracias”, o “sacrificio de alabanza”. Al estilo de Lutero que mantenía correspondencia con los mismos. Esto es lo que Lutero pensaba de la Misa Católica: “la Misa no es un Sacrificio… Llamadla bendición, eucaristía, la mesa del Señor, la cena del Señor, el memorial del Señor o cualquier nombre que queráis, con tal de que no la ensuciéis con el nombre de un sacrificio o de un acto“. Ciertamente, llegó tan lejos como para decir “Yo afirmo que todos los burdeles, matanzas, pillajes, crímenes y adulterios son menos inicuos que esta abominación de la Misa papista“. En cuanto al Canon o núcleo de la Misa, afirmó:
Ese Canon abominable de albañales de aguas fangosas, que ha hecho de la Misa un sacrificio. La Misa no es un sacrificio. No es el acto de un sacerdote que sacrifica. Junto con el Canon, nosotros desechamos todo lo que implica una oblación.
]

Va aquí por supuesto nuestra respuesta: ¡NO! ¡No se puede hacer tal cambio!

Pero… en cuanto a vosotros… los que admitís esto de “hasta que se disponga otra cosa“,… vamos a ver cómo termina el tema del “sacerdocio de las mujeres”. Al final y al cabo, no se trata de un dogma, como os gusta decir.

Así que, tiempo a tiempo, vamos a esperar la “última“… pero de Francisco, o del que le siga. Ahora mismo a la minoría conservadora le puede parecer este tema intocable… pero recordad que sois minoría y que las cosas llegan gradualmente, conforme se vayan asumiendo.

Habría sido temerario introducir todos los cambios a la vez. Obviamente era más sabio cambiar gradual y suavemente. Si todos los cambios hubieran sido introducidos a la vez, os habríais trastornado.” Advertencia contenida en la carta pastoral del Cardenal Heenan.

Conservad la cáscara, pero vaciadla de su substancia“. Camarada Lenin.

 

“DEl CONFLICTO A LA COMUNIÓN”, (pen?)último peldaño en la pérdida de la doctrina de la Santa Misa de los modernistas “católicos”

Levanta tus manos contra su soberbia hasta el final: ¡mira cuánta iniquidad ha hecho el enemigo en el santuario!Ps 73, 3

El diablo siempre ha intentado, por medio de los herejes, privar al mundo de la Misa, haciéndoles los precursores del Anticristo quien, antes de nada, intentará abolir y abolirá efectivamente el Santo Sacrificio del Altar, como castigo por los pecados de los hombres, según la predicción de Daniel, «Y se hizo fuerza contra el sacrificio perpetuo». (Dan. 8:12)” (San Alfonso María de Ligorio)

O de la “Iglesia posconciliar”. Porque ese término no puede significar otra cosa que eso: que ya no se identifica con la Iglesia Católica de siempre, ya que esta siempre tiene que ser Una y la misma. Antes y después, como Jesucristo “heri et hodie: ipse et in sæcula!

Vamos por no alargar directamente al número 154 de  “Informe de la Comisión Luterano-Católico Romana sobre la Unidad” (el documento ha sido analizado en varios sitios, por ejemplo en el blog de José Miguel Arráiz) llamado “Del conflicto a la comunión“, publicado hace tres años:

Tanto luteranos como católicos pueden afirmar en conjunto la presencia real de Jesucristo en la Cena del Señor: «En el sacramento de la Cena del Señor, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, está presente total y enteramente, con su cuerpo y su sangre, bajo los signos del pan y del vino» (Eucaristía 16). Esta declaración en común afirma todos los elementos esenciales de la fe en la presencia eucarística de Jesucristo sin adoptar la terminología conceptual de «transustanciación». De esta forma, católicos y luteranos entienden que «el Señor exaltado está presente en la Cena del Señor, en el cuerpo y la sangre que él ofreció, con su divinidad y su humanidad, mediante la palabra de promesa, en los dones del pan y del vino, en el poder del Espíritu Santo, para su recepción mediante la congregación»52.”

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[El presbiterio de una iglesia protestante. Parece que hay algo como un “altar”, pero obviamente es una simple mesa. No hay sagrario, sobre decirlo. No hay sacerdocio ministerial, ¿para qué? ¿Es que se va a ofrecer la Víctima? El frío polar. Abajo, el altar en una logia masónica casi que podría pasar como una “iglesia” para ingenuos.]

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Antes que nada, fijémonos en la nota 52 señalada en el texto, de la que ha sido extraído la última frase . Pertenece a la obra señalada al píe de página, “Condemnations of the Reformation Era“. Sin embargo, el documento no indica sus autores. Una pequeña búsqueda nos lo da: se trata del Cardenal Alemán Karl Lehman (proclamado cardenal por Juan Pablo II el mismo día que Kasper y Bergoglio, 21 de febrero de 2001) y el ya difunto “teólogo” protestante, Wolfhart Pannenberg.

Sobre el último, tenemos breve reseña de su itinerario “teológico”: “Pannenberg es quizás mejor conocido por Jesús: Dios y hombre (1968), libro en el que construye una cristología «desde abajo», derivando sus afirmaciones dogmáticas de un examen crítico de la vida y sobre todo la resurrección de Jesús de Nazaret.”, y:

“Tuvo contactos estrechos con el escritor y físico Frank J. Tipler, quien en su libro “La física de la inmortalidad”, dice de él: “Pannenberg es un caso aislado entre los teólogos del siglo XX: fundamenta la teología en la escatología; para él, la palabra ‘Cielono es sólo una metáfora, sino algo que realmente existirá en el futuro.

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[Crean o no, se trata de una iglesia católica. ¿Pero dónde está el sagrario? ¿Eso es el altar? ¿Para qué es la Misa, para atender la asamblea?]

En cuanto al primero, es decir, Cardenal Lehman, señala Roberto de Mattei (ya el 13/11/2014) en el artículo “La destitución de un gran Cardenal“que “Las preocupaciones de los cardenales fueron efectivamente confirmadas por el Sínodo de octubre, en el que las tesis más arriesgadas, en el plano de la ortodoxia, fueron incluso recogidas en la síntesis de los trabajos que precedió la relación final. La única razón plausible es que el Papa haya ofrecido en una bandeja la cabeza del Cardenal Burke al Cardenal Kasper y, por él, al Cardenal Karl Lehmann, ex presidente de la Conferencia Episcopal alemana. En efecto, es conocido por todos, al menos en Alemania, que quién aún organiza el disentimiento contra Roma es precisamente Lehmann, antiguo discípulo de Karl Rahner. El padre Ralph Wiltgen, en su libro El Rin desemboca en el Tíber, esclareció el papel de Rahner en el Concilio Vaticano II, a partir del momento en el que las conferencias episcopales empezaron a desarrollar un rol determinante.”

Bien, ¿está claro quién está detrás de este documento, al menos en cuanto fuentes e ideas consultadas? Y, sin embargo, todo parece indicar que es este documento el que inspirará la escandalosa “Conmemoración de la Reforma de Lutero”.

Oigamos sobre la misma de la boca de la “Arzobispa” (!!!!!) luterana Antje Jackelén:

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Arzobispa Antje Jackelén comenta sobre la visita del Papa Francisco a Suecia el 31 del octubre de 2016. AJ: ‘Va a haber un acto de culto conjunto en la Catedral de Lund para conmemorar los 500 años de la Reforma de 1517. Son la Federación Mundial Luterana y la Iglesia Católica que invitan el evento y el Papa Francisco va a ser uno de los presentes. Estamos felices que la Iglesia de Suecia y la Diócesis de Estocolmo sean anfitriones de este evento’.

La pregunta que nos hacemos es: ¿va a haber una “consagración” conjunta? ¿Hasta dónde va a llegar este “acto conjunto de culto”, en cualquier caso y siempre escandaloso, ya que los luteranos no son católicos, así de simple? Porque el punto 154 del arriba citado documento da pie a cualquier cosa.

¿El Vicario de Cristo hará que se de el Cuerpo de Cristo a los no católicos? Eso es absurdo. En tal caso el hecho de que Francisco no posee las llaves del Reíno de los Cielos debería ser notorio hasta para los más resistentes en admitirlo. Como no sea que después se vista de saco y se sienta encima de ceniza y pida perdón por todos y cada uno de sus desvaríos… y luego habría que ver lo que se hace. Según lo que diría entonces.

Pero volvamos al punto 154. No os hagáis ilusiones: esto no ha aparecido ahora, esto no es nuevo del todo. Es de lo más “bestia”, eso sí; pero no es nuevo.

Lo “nuevo”, la innovación ajena a la doctrina católica ha sido ya el concepto de las “otras” presencias reales de Jesucristo indicadas en los documentos conciliares y sobre todo de Instrucción General del Misar Romano (del Novus Ordo Missae). A saber: el concepto de la “presencia real”, mejor dicho “Presencia Real” en la Iglesia de siempre se ha reservado a la presencia substancial, es decir, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo en el Augusto Sacramento de la Eucaristía. De forma que el concepto de la “presencia real” de Jesucristo en su Palabra, actos de caridad, etc. (nadie dice que Jesucristo no esté presente por ejemplo allí donde “dos o tres se reúnen en su nombre”) ha diluido por inflación el sacrosanto concepto de la Presencia Real en la Eucaristía.

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[El altar en una iglesia neocatecumenal. Detrás está el sagrario,… pero encima de él, una Biblia. ¿Es la misma presencia del Señor? Según el diseño, uno podría decir que sí. En cualquier caso, ese no es el lugar para colocar una Biblia, por mucho que simbolice la Palabra de Dios.]

O sea, el problema viene no de ayer. Hoy es cuando explota en la cara de todo el mundo.

Digamos finalmente alguna palabra sobre el concepto de la “presencia real” de los luteranos y católicos. Simplemente, se trata de palabras homógrafas, es decir, de aquellas que se escriben igual, pero tienen significado diferente.

Recurramos por ello al pensamiento tomista (“al Santo Tomás y nada más) para precisar este concepto y su diferencia en uno y otro caso.

Son tres modos en los que se puede decir que alguien es presente:

  1. De forma física. Es decir, y la substancia y los accidentes de una persona son presentes. Así Cristo fue presente en el Templo cuando lo purificó. Desde su Ascensión, Cristo es presente de esta forma solamente en el Cielo.
  2. Presencia substancial. Es presente la substancia de alguien, pero no los accidentes. Esto no puede ocurrir de forma natural; solamente por el poder de Dios. Es en esta forma en la que Cristo es presente en la Eucaristía, la cual es realmente y verdaderamente la substancia de Su Cuerpo y Su Sangre, tal y como está en el Cielo, pero sin los accidentes de su Su Cuerpo y Sangre. (Los accidentes que vemos son del pan y del vino, los cuales continúan a pesar de que la substancia del pan y del vino ya no está allí.)
  3. Presencia virtual. Esto ocurre si la actividad de una persona es presente a alguna otra. De esta forma la Santísima Trinidad es presente en las almas de los justos por la actividad de la gracia, o el Espíritu Santo es presente por medio de Su asistencia al Papa y al concilio general en unión con él. Al margen de la consideración teológica, se dice que una persona es presente para otra por medio de una carta que la primera le escribe o por medio de un vídeo u otro medio.

Bien, pues para los protestantes en general la “presencia real” es simplemente virtual. ¡No hay otra! Por lo que estamos hablando de dos cosas completamente diferentes, de donde no hay nada común entre ellas.

Pero como dijimos, esto no empezó ayer. Novus Ordo Missae habla de dos “liturgias”, la de la “palabra” y la de la “Eucaristía”. Esto es absurdo. La Liturgia es una. Según la doctrina católica de la Santa Misa, el objeto real, esencial más que primario, de la Misa es glorificar la Santísima Trinidad y ofrecer a Dios el sacrificio propiciatorio por el pecado. La formación religiosa de los fieles – buena y sólida, conteniendo puntos claves – era una cuestión subordinada al fin primario. Si cumpliendo ese fin primario, la Misa catequizaba a los fieles, estupendo y bienvenido. Pero la Misa cumplía su propósito primario – era “efectiva” – sea la instrucción religiosa impartida, recibida y albergada en el corazón, o no. Por eso también se enseñaba el valor infinito de las misas privadas, es decir, celebradas sin presencia de los fieles.

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[El altar católico tradicional. Los fines de la Misa se pueden palpar.]

En la Misa de Pablo VI, en cambio, la instrucción religiosa fue transformada en el fin en sí mismo. La Misa tiene que servir ahora como una especie de clase para proveer catequesis religiosa directa e inmediatamente a la asamblea que celebra (?). Se subraya la “presencia real” del Señor entre los fieles. Se habla de la “presencia real” del Señor en las Escrituras, poniéndolas de esa forma, de facto, al mismo nivel que la acción sacrificial. Hasta que llega a ser todo esto contradictorio con la mentalidad relativizante de tantos teólogos actuales, formados en los seminarios donde de hecho se desprecia la Escritura reduciéndola a mito, midrases o casi cuentos de hadas en algunos casos. Si no me crees, di que crees en la creación fiat en Adán y Eva y verás lo que te pasa…

Bien… toda esta mentalidad y corriente de pensamiento ha llevado a esta situación, hasta el punto de que desde el mismo Vaticano – no desde la Iglesia, debería ser pero ahora está hablando otra gente – se presenta un documento a todas luces herético, porque llamarlo “próximo a herejía”, “temerario”, etc., se queda corto.

Algunos me dicen que no debo meterme en estos fregados. Que hay gente que va a intervenir… Dios lo haga. Veo que con gran preocupación se ha expresado el Cardenal Burke. Pero fijaos en lo que dice: «Nadie puede acercarse a recibir la sagrada Eucaristía si no cree que la hostia que está recibiendo -a pesar de que tiene aspecto de pan, sabe a pan, y huele a pan-es, en realidad, el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Sólo la persona que crea esto puede acercarse al santísimo Sacramento, puede acercarse a recibir la sagrada Comunión.»

Valoro su esfuerzo, pero esta afirmación contiene un error, no es clara del todo. Si bien hace referencia al Código del Derecho Canónico del 1983, donde se especifica 844 § 4: “Si hay peligro de muerte o, a juicio del Obispo diocesano o de la Conferencia Episcopal, urge otra necesidad grave, los ministros católicos pueden administrar lícitamente esos mismos sacramentos también a los demás cristianos que no están en comunión plena con la Iglesia católica, cuando éstos no puedan acudir a un ministro de su propia comunidad y lo pidan espontáneamente, con tal de que profesen la fe católica respecto a esos sacramentos y estén bien dispuestos.

¿Dónde está el problema aquí? Porque se permite, aunque sea en un caso especial todo lo que tú quieras, dar la comunión a un no católico. Y eso no puede ser. Es muy sencillo lo que tiene que ser: un cristiano no católico debe hacerse formalmente católico, si está en peligro de muerte expresar el deseo de bautizarse en la Iglesia Católica y creer todo lo que la Iglesia manda, para recibir la comunión. Eso en cambio sí lo dijo el Cardenal Sarah (citado en el mismo artículo): «hay que confesar la fe católica. Un no católico no puede comulgar. Eso está muy, muy claro. No es una cuestión de seguir la propia conciencia».

Bien, este es mi grano de arena que aporto. ¿Callarme ante la confusión de tantos, mirar a otro lado ante la amenaza de tanto sacrilegio? Sí, rezar y mortificarse y sufrir y rezar para que el Señor nos socorra, lo que haga falta. Pero hay cosas por las que non possumus pasar. Porque si tantos sacerdotes llegan a creer lo que dice este documento, ¿cómo se mantendrá su intención católica? Y sin esta, no hay Sacrificio.

“Si se le quita la Transubstanciación a la Misa… Esta palabra es de una importancia capital, porque al suprimirla se omite la Presencia Real y deja, por tanto, de haber Víctima. ¡No dejes de emplear esa palabra! ¡Transubstanciación! Los niños no la entenderán y tú tampoco, pero no importa: ¡Empléala! ¡Empléala! No sólo molesta a los nuevos herejes… Al que molesta mucho más es al demonio.” (San Josemaría Escrivá, Tertulia 16-VI-1971)

“…pero a la mitad de la semana pondrá fin al sacrificio…” (Dan 9:27).

 

Una “solución” modernista para “pro multis”, puesta en evidencia

La cuestión de “pro multis” era bastante complicada para los modernistas y los cambios del Novus Ordo Missae. Si el nuevo misal en general se escapa a las muchedumbres incluso de píos católicos, el tema de “pro multis” era demasiado evidente, no se le podía escaquear fácilmente. Cualquiera sabe, más en un ambiente de países de herencia latina, que “pro multis” significa “por muchos”, como saben que “I love you” significa “te quiero” en inglés, “the end” es “fin”, “bye-bye” es  “adiós” como lo es “ciao” en italiano, etc., todo nada más que por el roce de lo cotidiano.

Efectivamente… pero con tal de haber oído alguna vez lo de “pro multis”.

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Antes, es decir hace cinco décadas, se le podía oír en la misa perfectamente. Y también leer en la Biblia. Vulgata testimonia:

Hic est enim sanguis meus novi testamenti, qui pro multis effundetur in remissionem peccatorum” (Mt 26, 28).

Y de forma similar San Marcos (14, 24): “Hic est sanguis meus novi testamenti, qui pro multis effundetur.

Es decir, son palabras que Cristo pronunció fuera de toda duda, y por eso están escritas, y por eso fueron transmitidas por generaciones en la Iglesia y puestas en el más sagrado de los cánones. Antiguamente, estas palabras (todas de la consagración) fueron escritas en relieve con letras grandes y muchas veces doradas. Porque por medio de estas palabras (todas de la forma del Sacramento de la Eucaristía) pronunciadas por un sacerdote, el pan y el vino dejaban de ser lo que eran y por el poder de Dios se obraba el milagro de la trasubstanciación: el Señor se hacía realmente presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad.

Las traducciones de las editoriales católicas respetaban el sagrado texto de la Vulgata; “¡como no podía ser de otra forma!”, dirán. En efecto, echemos la mano a la editorial de Eunsa, leemos:

porque esta es mi sangre de la nueva alianza, que es derramada por muchos para remisión de los pecados” (Mt 26, 28)

Esta es mi sangre de la nueva alianza, que es derramada por muchos” (Mc 14, 24).

Esta es la razón, evidentemente, por qué el mismo misal en latín de Pablo VI contenía “pro multis”:

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De modo que, especialmente los sacerdotes, se tienen que necesariamente dar cuenta de la, tal cual: increíble traducción en España (los textos tomados del portal misas.org):

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 Esta situación no es propia solamente de España. Ocurre en muchos otros idiomas, de los que daremos alguna muestra. Portugués:

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Alemán:

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Italiano:

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Esloveno:

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Croata:

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Etc. En francés tenemos una llamativa “la multitude”, que propiamente no es ni “por muchos” ni “por todos”, pero tal vez…

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En inglés, en cambio, es claramente “por muchos”:

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Pero tengamos en cuenta que antes también en ese idioma estaba “por todos”, y que el cambio se realizó después de que Benedicto XVI lo pidiera explícitamente en 2006. (Sobre la resistencia de las conferencias episcopales para traducir correctamente “pro multis”, ver el artículo de Sandro Magister del 04/12/2011, “No todos los obispos tienen buena voluntad“.)

No obstante, antes de seguir, constatemos un hecho sorprendente: algunas traducciones recientes del NT traducen los textos originales de Mt 26, 28 y Mc 14, 24 con… ¡”por todos”!.

Por ejemplo, en la editorial de La Casa de la Biblia tenemos en su 4ª edición (1992, aprobada por la Conferencia Episcopal Española): “…porque ésta es mi sangre, la sangre de la alianza, que se derrama por todos para el perdón de los pecados. (Mt 26, 28)”, y “Y les dijo: Ésta es mi sangre, , la sangre de la alianza, que se derrama por todos. (Mc 14, 24)”.

Es muy importante observar lo que ocurre con La Bible de Jérusalem francesa, un texto de referencia para tantas ediciones:  “qui va être repandu pour une multitude en rémission des péches. (Mt 26, 28)”, con el aparecido “une multitude” como en el lugar correspondiente de San Marcos.

Una situación similar se puede observar en otros idiomas: unas tradiciones mantienen “por muchos“, otras – en los años 80 del siglo pasado, por ejemplo – incorporan “por todos“. Resumiendo, podríamos más bien constatar una tendencia u orientación en algunas traducciones recientes.

Esa es precisamente la “solución” modernista que quería comentar.

El esquema sería el siguiente:

  1. El “pro multis” es traducido como “por todos” en casi todos los idiomas.
  2. Naturalmente, el texto original de San Mateo y San Marcos muestra que esas traducciones sencillamente se apartan del Evangelio.
  3. Para evitar ese inconveniente, se procede a las nuevas traducciones que incorporan un falso “por todos” en los mismos textos evangélicos. En la edición francesa se recurre a la misma expresión utilizada en sus traducciones de Novus Ordo Missae: “une multitude”.

En definitiva: saben que han cometido un delito, y han vuelto al lugar del crimen para borrar las huellas. Es lo que pretendían hacer.

Pero… Dios permitió que también esto quedara en evidencia. Esta vez para un público más amplio, quedando muuuuchas cosas para que salgan a la luz. No obstante, nos ocuparemos de este rayito de luz que se escapó por la ventana de una habitación en oscuras.

Pues bien, el “pro multis” viene a España con la siguiente cuaresma. Lo considero una buena noticia… ¡pero teniendo en cuenta que se trata solamente de un punto de partida! Muchas y esenciales cosas han de ser recuperadas en la liturgia, que en resumen sería el pleno restablecimiento de la Misa de siempre, es decir, aquella felizmente codificada – ¡ojo, no creada! – por el Concilio de Trento y San Pío V, a la que eventualmente se añadieron oraciones propias para el santoral, etc., no tocando su esencia en un ápice, como es natural y hurga decir. También cabría hablar – y no es un tema nada superficial – de la forma del sacramento del orden, pero estas consideraciones exceden sobradamente el alcance de este artículo (espero empero tratarlo en otra ocasión).

No es así con el Novus Ordo Missae, respecto al cual los cardenales Ottaviani y Bacci en su Breve Examen Crítico expresaron aquella frase lapidaria de que “se aparta de modo impresionante de la Doctrina Católica de la Santa Misa según fue formulada en la sesión XXII del Concilio de Trento“.

Teniendo en cuenta esta observación, dedicaremos unas líneas a este último cambio. Es de esperar, entonces, que habrá que volver a las traducciones habituales del NT en este punto. Ya no hay nada que hacer, el truco ha fallado y hay que asumirlo. Eso es al menos una buena noticia. Porque espero que muchos a partir de esta circunstancia inicien una reflexión oportuna respecto a la reforma – ataque, sacudida – de la liturgia ocurrida a raíz del Vaticano II.

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[Con no poca frecuencia se puede ver en misas Novus Ordo tendencia hacia actitudes banales. Se intenta a veces salir al paso diciendo: “depende de tal o cual sacerdote, del ‘despiste’, etc.” ¿Pero puede ser producido más bien como aplicación de la visión de la misa como “asamblea sagrada”, de la necesidad de ocuparse cuando no centrarse en la comunidad, de entender la misa como una “clase”?]

En su momento, explicando el cambio pedido en su carta del 17/10/2006, el entonces Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Cardenal Arinze, apuntaba:

Por cierto, la fórmula “por todos” correspondería indudablemente a una interpretación precisa de la intención del Señor expresada en el texto. Es un dogma de fe que Cristo murió en la Cruz por todos los hombres y mujeres (cf. Juan 11:52; 2 Corintios 5:14-15; Tito 2:11; 1 Juan 2:2).”

¡No, señor! Si la intención del Señor hubiese sido decir “por todos”, en vez de “por muchos”… ¡lo diría! Porque aquel que dijo: “Vuestro hablar que sea sí, sí; no, no. Lo que es es más de esto, proviene del malo” (Mt 5, 37), utiliza las palabras precisas para indicar lo que está ocurriendo; o si se prefiere, su intención en cuanto a la institución del sacramento de la Eucaristía.

Porque no hay que mezclar la intención del Señor en cuanto la salvación de todos los hombres (que yo sepa, esto incluye también a las “mujeres”. ¿O usaremos la nomenclatura de tod@s?), que evidentemente es de fe divina y católica que Dios quiere que todos los hombres se salven, con el hecho de que la Preciosísima Sangre del Señor se derramó inútilmente por aquellos hombres que rechazan su salvación.

¿Y cuál, si no, sería la profunda razón del sufrimiento del Señor en Getsemaní? Porque sabía que su sangre no se va a derramar por todos de forma efectiva. Seguramente esa sería la tentación más cruel con la que el diablo le tentaba en aquella noche oscura por antonomasia.

Y, al contrario, si el Señor hubiese sabido que todos los hombres se salvarán gracias a su Pasión, creo que su alma no pasaría por esa amargura.

Santo Tomás lo resumió de forma maestral de una vez para siempre: “la Pasión de Cristo fue suficiente para todos y de su eficacia se aprovecharon muchos“. La misma enseñanza, la enseñanza de siempre, recogió el Concilio de Trento: “con gran sabiduría obró [Nuestro Señor] no diciendo ‘por todos’, puesto que entonces solo hablaba de los frutos de su Pasión, la cual solo para los escogidos produce frutos de salvación”.

Es decir, la intención del Señor era aquella que perfectamente se corresponde con el sentido obvio de las palabras “pro multis”. Tal doctrina fue firmemente proclamada por la Iglesia, algo recordado y expresado  de forma solemne y precisa también en Trento.

Ahora, en cambio, llegamos a un problema muy grande: ¿qué pasa entonces con las consagraciones que utilizan “por todos”? El Cardenal Arinze responde en la carta anteriormente citada (con una afirmación que precede inmediatamente su frase que acabamos de comentar):

No existe duda alguna en relación a la validez de las Misas celebradas utilizando una fórmula aprobada debidamente y que contenga una fórmula equivalente a “por todos” como lo ha declarado ya la Congregación para la Doctrina de la Fe (cf. Sacra Congregatio pro Doctrina Fidei, Declaratio de sensu tribuendo adprobationi versionum formularum sacramentalium, 25 de enero de 1974, AAS 66 [1974], 661).”

¿Realmente es así? Para la validez de la consagración el sacerdote debe tener la intención de hacer lo que la Iglesia hace (¡importante!: la intención es un acto de la voluntad, mientras que la fe es un acto del intelecto. Por lo que un sacerdote puede incluso no tener fe y sin embargo consagrar válidamente, con tal de que tenga la intención correcta. Aunque eso al mismo tiempo sería una grave ofensa a Dios.). ¿Pero qué es lo que hace la Iglesia? Este es el problema. Si el sacerdote es educado y formado en una noción de la “Eucaristía como ‘asamblea sagrada’, y no como lo es, de Sacrificio propiciatorio del Hijo de Dios, como apuntaban cardenales Ottaviani y Bacci en su Breve Examen Crítico, puede llegar a crearse incertidumbre en la intención del sacerdote. Estas cosas son de capital importancia.

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[Esta problemática no es trivial. Pongo un ejemplo ya tratado debidamente en la Iglesia, sobre la cuestión de la validez de la misa anglicana, pero por motivos de la validez del sacramento de orden. En la imagen congelada de un vídeo, puede verse una misa anglicana solemne en la iglesia de San Matías. Incluso hay fieles que comulgan de rodillas. Pero en realidad no comulgan, a pesar de que aparentemente tenemos una misa católica (de hecho, el Novus Ordo Missae copió algunos elementos del servicio anglicano). No comulgan porque el “sacerdote” que la “celebra” no es un sacerdote válidamente ordenado, debido al uso inadecuado – le faltaba lo esencial de la forma del sacramento de orden – del rito de ordenación sacerdotal. Así lo estableció definitivamente León XIII en la Carta Apostólica Apostolicae curae,  del 13 de septiembre de 1896]

Por ello, tener esa falta de respeto hacia las palabras del Señor en la institución de la Eucaristía, definidas por siglos y desde los tiempos inmemoriales por la Iglesia, es gravísimo. Por lo demás, algo propio de los modernistas. Dicen por un lado que quieren acercar la Palabra de Dios a los fieles, cuando en la realidad la mutilan y tergiversan. Pero entonces la misa puede llegar a ser la obra de las manos humanas, y no la Obra de Dios, que es lo que es y debe ser.

Para arrojar un rayo de luz sobre estas importantísimas cuestiones, recurriremos obligados al Doctor Angélico. Nos preguntamos: ¿basta solamente con decir: “éste es el cáliz de mi sangre”, para que la consagración sea válida? Y… faltaría más que Santo Tomás no tratase ya esta delicada situación. Vamos por ello a la Suma teológica. ¡Hagan el favor no perderse ni una coma!:

Parte IIIa – Cuestión 78 La forma del sacramento de la eucaristía.

Artículo 3: ¿Es la forma adecuada de la consagración del vino «éste es el cáliz de mi sangre»?

“En cambio la Iglesia, instruida por los Apóstoles, utiliza esta forma de la consagración del vino.

Respondo: Acerca de esta forma hay dos opiniones. Unos, efectivamente, afirmaron que lo esencial de esta forma está constituido por las palabras: éste es el cáliz de mi sangre, y no por lo demás. Pero esta opinión no parece exacta porque las palabras que siguen son determinaciones del predicado, o sea, de la sangre de Cristo, y por ello pertenecen a la integridad de la frase.

Por eso otros, con mejor criterio, sostienen que todo lo que sigue pertenece a la esencia de la forma, hasta la proposición: cada vez que hiciereis esto, que pertenece al uso de este sacramento, por lo que esta proposición ya no es de la esencia de la forma. Y es por esto por lo que el sacerdote pronuncia todas las palabras que siguen con el mismo rito y con el mismo gesto, o sea, teniendo el cáliz entre las manos. Por otra parte, también en Lc 22,20 se intercalan las palabras que siguen entre las palabras de la primera parte, cuando se dice: Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre.

Hay que decir, por tanto, que todas estas palabras pertenecen a la esencia de la forma. Pero las primeras palabras: Este es el cáliz de mi sangre, significan precisamente la conversión del vino en la sangre, del modo que ya se dijo (a.2) en la forma de la consagración del pan. Y las palabras siguientes designan el poder de la sangre derramada en la pasión, un poder que se efectúa en este sacramento y que se ordena a tres cosas. La primera y principal, a alcanzar la vida eterna, según el texto de Heb 10,19: Tenemos plena seguridad de entrar en el santuario por el poder de su sangre. Y para indicar esto dice: nueva y eterna alianza. Segunda, a la justificación de la gracia, que es el fruto de la fe, como se dice en Rom 3,25-26: A quien Dios ha propuesto como medio de propiciación por la fe en su sangre… para que él sea justo y justificador de los que creen en Jesús. Y para indicar esto se pone: misterio de fe. Y tercera, para remover los obstáculos que impiden conseguir las dos cosas precedentes, o sea, remover los pecados, conforme a lo que se dice en Heb 9,14: La sangre de Cristo… purificará nuestra conciencia de las obras muertas, o sea, de nuestros pecados. Y para indicar esto añade: que será derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados.

El asunto es muy claro: según la teología de Santo Tomás, las palabras de consagración de vino que contengan “por todos”, no son una forma válida. No obstante, ¿es imposible que se realice la consagración? ¿No puede ser que se puedan quitar o añadir ciertas palabras? El Aquinate dirá que sí,… con tal de no cambiar el sentido de las palabras. Vamos a oírlo en primer lugar:

Suma teológica – Parte IIIa – Cuestión 60 ¿Qué es un sacramento?

Artículo 8: ¿Se puede añadir algo a las palabras de Informa sacramental?

“Respondo: Acerca de las variaciones que se pueden verificar en la forma de los sacramentos, se deben tener en cuenta dos cosas. La primera depende de quien pronuncia las palabras, cuya intención, como se dirá después (q.64 a.8), es indispensable para que se realice el sacramento. Por tanto, si con esta adición o sustracción pretendiese realizar un rito no conocido por la Iglesia, no parece que se verifique el sacramento, pues no parece que pretenda hacer lo que hace la Iglesia. La segunda depende de la significación de las palabras. En efecto, puesto que las palabras operan en el sacramento según su propio sentido, como ya se ha dicho (a.7 ad 1), es oportuno considerar si la alteración introducida hace desaparecer el requerido sentido de estas palabras. Porque si desaparece este sentido es evidente que el sacramento no se realiza. Es claro que si se elimina de la forma del sacramento un elemento esencial desaparece el requerido sentido de las palabras y, por tanto, no se realiza el sacramento. Por eso Dídimo en el libro De Spiritu Sancto dice: Si alguien intenta bautizar omitiendo uno de los nombres indicados, o sea, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, bautizará vanamente. Por el contrario, si se omite de la forma un elemento no esencial, tal omisión no suprime el requerido sentido de las palabras y, consiguientemente, tampoco suprime el sacramento. Así, en la forma de la Eucaristía: porque esto es mi cuerpo, la supresión de la palabra porque no suprime el requerido sentido de las palabras, y por eso no impide la realización del sacramento, aunque pudiese suceder que el autor de la omisión cometiese un pecado de negligencia o de desprecio.”

Aquí hay que aclarar un tanto. Pienso que la clave está en estas consideraciones: “Por tanto, si con esta adición o sustracción pretendiese realizar un rito no conocido por la Iglesia, no parece que se verifique el sacramento, pues no parece que pretenda hacer lo que hace la Iglesia. ” Lo que ocurre es que muchos buenos sacerdotes, posiblemente sin siquiera hacerse estas conjeturas, dan por hecho que el cambio pedido en el nombre de Pablo VI – o en su caso por alguna institución autorizada por la Santa Sede como son las conferencias episcopales – lo resuelve todo. Ellos consideran que obedecen a la Iglesia.

De forma que, si dan el sentido católico a las palabras de la consagración… creo que la misa Novus Ordo puede ser válida. Es decir, para ellos las mencionadas palabras implican la doctrina católica.

En otras palabras, y obviamente este es mi planteamiento, el Novus Ordo Missae  puede ser válido no per se, sino accidentalmente según la formación doctrinal del sacerdote y de lo que es la misa para él.

EPÍLOGO

Todas estas consideraciones son extremadamente graves. Demasiado para callarse. Sin la misa, non possumus. Dicho sea de paso, este es el tema clave de la rebelión de los tradiconalistas. Con los sacramentos no se juega, y no se les puede dejar al libre arbitrio, con una conciencia dudosa.

Lo peor de todo esto es la posibilidad más que real, de que en no pocos casos, el Sacrificio Perpetuo de facto esté abolido. Eso lo han profetizado los Padres de la Iglesia para el tiempo precursor del Anticristo, y en concreto para su gobierno. En el fondo, con todo esto se está preparando su blasfema venida. Escuchemos a San Alfonso María de Ligorio:

El diablo siempre ha intentado, por medio de los herejes, privar al mundo de la Misa, haciéndoles los precursores del Anticristo quien, antes de nada, intentará abolir y abolirá efectivamente el Santo Sacrificio del Altar, como castigo por los pecados de los hombres, según la predicción de Daniel, «Y se hizo fuerza contra el sacrificio perpetuo». (Dan. 8:12)”

No penséis que se pueda decir: “Bueno, da igual si hay misa o no, lo que importa es cómo vivimos, si somos fieles al Señor, etc.”

Escucha: ¿por qué te crees que hay tantas desgracias en el mundo, por qué el mal avanza tanto, la familia se destruye y tambalea todo el orden social? Porque no se ofrece en número de veces suficiente el Sacrosanto Cuerpo y la Sangre del Señor como propiciación por los pecados de los hombres. Por eso, no por Hillary u Hollande, etc. que son solamente herramientas, el mundo está en agonía. Porque a Dios se ofrece tan poca Sangre, y de forma grata a Él, como propiciación por nuestros pecados. Y la ira de Dios no se aplaca.

¡Con la ayuda de Dios, recuperemos la Misa! ¡Qué siempre queden sus altares en los que se le ofrecerá su Cuerpo y su Sangre, Alma y Divinidad, como le agrade a su Divina Majestad!

Suscipe, sancta Trinitas, hanc oblationem, quam tibi offerimus ob memóriam passiónis, resurrectiónis et ascensionis Jesu Christi Dómini nostri…