October baby, esa película que lo tiene todo

Mis delicias son los hijos de los hombres (Prov. VIII, 31)

Nueve de cada diez películas europeas son, si se trata de españolas, guarras y garrulas; francesas, pesadas e inacabables; alemanas increíbles; italianas medio pornográficas, incluso si tratan de la vida de algún santo/a tiene que aparecer por allí alguna madre joven que para dar a mamar tiene que enseñar las dos tetas, etc.

Pero si son americanas, ah, entonces, puede ser que sea buena película, toquen el tema que toquen. Aunque se trate de un boxeador imaginario, brutote e ingenuo como Rocky, que para todos los golpes con la cabeza, se puede ver. De forma que si se emplean bien, sí, ya lo creo que te hacen una buena película.

October baby es una de esas películas, la mar de bien, ¡un encanto! Comentaré aquí unas escenas y roles que he percatado con especial empatía, que me impactaron que disfruté un montón y que termine viendo llorando como un crío pequeño (tampoco me tuvo que dar tanta vergüenza, habíamos unos quince en la sala). Fue como una de esas películas románticas de mi juventud que te dejan soñando.

Esta me dejó soñando sobre el perdón, sobre Dios, sobre quién es Dios y quién es el hombre. Me gustó tanto.

Paso pues a continuación comentar algunos trazos de la película (ya recomendada aquí en La Esfera y la Cruz), a vosotros os dejo verla si no lo habéis hecho.

La chica en cuestión, Hanna en la película,

Jessen en la realidad

Es una chica cristiana, protestante – baptista, lo hace constar en el guión, que una vez conociendo que es fruto de un aborto fallido y que ha sido adoptada por sus padres, decide buscar y conocer a su madre biológica. Es llamativa esta necesidad que tienen los hombres de conocer su origen. El hombre tiene que saber de dónde procede y a dónde va, no puede vivir sin atender las preguntas fundamentales de su vida: ¿quién soy?, ¿de dónde provengo?, ¿hacia donde voy, cuál es el sentido y fin de mi vida? El hombre por los cuatro costados manifiesta que es un ser metafísico, y que su corazón es inquieto hasta que no descanse en Aquel que es su Padre. Las búsquedas del hombre en esta vida son la búsqueda del Padre. Diga lo que diga, no puede vivir sin esta búsqueda. Y si no busca, se convierte en un ser animalezco y desgraciado, condenado bajo losas insoportables.

La acompaña un amigo de infancia, un chico que construye  el amor hacia la que le gusta y atrae.

¡Era hermoso observar esta construcción limpia, sin que empiecen a restregarse en la cama a partir del minuto dos! La verdad es que ni se dan un beso en toda la película, pero el amor in crescendo ha sido tan educador, tan atrayente. Solidario, sacrificado, atractivo y alegre; el amor con toda su dulzura rebozaba por la pantalla. Tú querías ver que ellos se vieran, que estén juntos, que gocen de su amor y de su amistad. Era una terapia para purgar la memoria de las escenas mugrientas que se nos pegan al tener que ser caminantes en este mundo, para borrar su señal sucia y viscosa.

Los padres, cristianos, que esperan la recuperación de los hijos que van a adoptar leyendo y rezando con la Biblia ante la incubadora (el gemelo de Hanna ha sido gravemente lesionado y muere poco tiempo después). Este ningún mal ha hecho…(Lc XXIII, 41)

Era especialmente significativa la figura del padre, más presente en todo el guión. En cierto sentido representaba el amor de Dios que Hanna no comprende al principio (Elí, Elí, lamma sabachtani?), desde una natural rebeldía adolescente que encarna la rebeldía de una criatura ante el amor desinteresado que no sabe acoger. Tiene que crecer para acogerlo.

El crecimiento requiere buscar a Dios, hablar con él, estar cerca de él. Hanna va a la catedral indicada por su madre.

¿Va a ir acaso a un templo bautista, es mucho decir, o sea, a una nave con paredes frías, desnudas e iconoclastas? No, el alma sabe dónde está Dios. ¿Adónde se fue tu Amado, oh la más hermosa de las mujeres? ¿Adónde se marchó el que tú quieres, y le buscaremos contigo? (Cant V, 17)

Efectivamente, se fue a una catedral construida en 1893. No a una catedral de las de ahora, modernas y distantes. En esta el alma fue prendida por el misterio y por la belleza, por el Ser. ¿Puede la mujer olvidarse del fruto de su vientre, no compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré. (Is XLIX, 15)

Necesita buscar, necesita preguntar, necesita hablar. Pater mi (Mt XXVI, 39), Abba, Patter! (Mc XIV, 36)

El sagrario, con Dios y Señor nuestro, está allí como el imán, en el centro, no escondido. Si no está Él delante, es como si Rocky de verdad te hubiese encajado uno de los golpes suyos en las costillas, provocando hemorragia interior. Suplicamos e imploramos, no hagáis, por favor, que tengamos que gemir: ¡Oh vosotros cuantos pasáis por el camino: mirad y ved si hay dolor comparable a mi dolor! (Lam I, 12),Tengo sed (Ioh XIX, 28).

Aparece en la escena un sacerdote católico, vestido como debe. Tras decirle que tiene que cerrar la iglesia y que mañana hay misa otra vez, Hanna le dice que es bautista.

Se entabla un verdadero diálogo, un ecumenismo ejemplar. ¿No habéis leído cómo el Señor se presenta a Moisés como Dios de Abraham, Isaac y Jacob?… le dice el Señor a los saduceos que no aceptaban a los profetas. Desde aquello que ellos aceptaban, el Señor les recuerda que Dios es Dios de los vivos, y no de los muertos. A esta mujer herida, el sacerdote le comenta el pasaje de San Pablo (la catedral lleva su nombre) a los Colosenses (III 13), Del mismo modo que el Señor os perdonó, perdonaos también vosotros. Veía que eso era lo que necesitaba y lo que reclamaba. En cierto sentido, toda la película resalta la idea del perdón con una fuerza que penetra dentro.

La enfermera que estuvo en su parto-intento de aborto,

Presenta la maldad del sistema asesino en el cual estaba involucrada, no sin su culpa, que se palpaba y que dolía. “Nos decían que era tejido lo que se eliminaba, pero… ¿qué tejido?” Todo es una exhortación a acabar con esta locura, aunque la película es una invitación constante, una puerta abierta al retorno, a la cara de Dios, a la vida, a volver a empezar.

Sin duda, de las escenas más fuertes son las del encuentro con su madre biológica.

Se da la circunstancia que la misma actriz abortó en su juventud y reconoció que en la escena se saltó el guión, era suficiente tener presente su propia realidad. La gente, considerando lo que había hecho, se vuelve dándose golpes de pecho (Lc XXIII, 48). Ojalá terminase ella y ellas también todo el camino: Ciertamente que el día de hoy ha sido de salvación para esta casa, pues que también éste es hijo de Abraham. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que habría perecido (Lc XIX, 40).

Una película muy recomendada.

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