¿Fue un ángel o dos los que anunciaron la Resurrección?

“Pasado el sábado, al alborear el día siguiente, marcharon María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto se produjo un gran terremoto, porque un ángel del Señor descendió del cielo, se acercó, removió la piedra y se sentó sobre ella. Su aspecto era como de un relámpago, y su vestidura blanca como la nieve. Los guardias temblaron de miedo ante él y se quedaron como muertos. El ángel tomó la palabra y les dijo a las mujeres:

Vosotras no tengáis miedo; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí, porque ha resucitado como había dicho. Venid a ver el sitio donde estaba puesto. Marchad enseguida y decid a sus discípulos que ha resucitado de entre los muertos; irá delante de vosotros a Galilea: allí le veréis. Mirad que os lo he dicho.” (Mt 28, 1-7)

“Pasado el sábado, María Magdalena y María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús… Entrando en el sepulcro, vieron a un joven a sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca, y se quedaron muy asustadas. Él les dice:…

Y ellas salieron y huyeron del sepulcro, pues estaban sobrecogidas de temblor y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, porque estaban atemorizadas.” (Mc 16, 1; 5; 8)

“Las mujeres que habían venido con él desde Galilea le siguieron y vieron el sepulcro y cómo fue colocado su cuerpo. Regresaron y prepararon aromas y ungüentos. El sábado descansaron según el precepto.” (Lc 23, 55-56)

“Estaban desconcertadas por este motivo, cuando se les presentaron dos varonescon vestidura refulgente. Como estaban llenas de temor y con los rostros inclinados hacia la tierra, ellos dijeron:… Eran María Magdalena, Juana y María la de Santiago;también las otras que estaban con ellas contaban estas cosas a los apóstoles. Y les pareció como un desvarío lo que contaban, y no les creían.” (Lc 24, 4-5; 10-11)

“El día siguiente al sábado, muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio quitada la piedra del sepulcro. Entonces echó a correr, llegó hasta donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, el que Jesús amaba, y les dijo:

Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto.” (Jn 20, 1-2)

“María estaba fuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y vio a dos ángeles de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los píes, donde había sido colocado el cuerpo de Jesús. Ellos dijeron:…” (Jn 20, 11-13)

Entonces, ¿uno o dos ángeles? Si estos textos se refieren a un solo grupo de mujeres, indicarían una contradicción. Y precisamente en ese punto está la respuesta:no llegó un solo grupo de mujeres al sepulcro, o mejor dicho, todo indica que el grupo inicial se había dividido en varios grupos, por alguna razón. La razón casi seguro sería en que salieron hacia el sepulcro, como dice San Juan, “cuando todavía estaba oscuro”, y las puertas de la ciudad estarían cerradas por motivos de seguridad, máxime por el tumulto de esos días. También por el miedo de algunas de ellas en elegir el camino más corto y de esa manera llamar la atención más de la cuenta, etc.

El texto de Valtorta compone todos esos detalles como en un puzzle, cohesionándolos con una lógica natural y creíble: fueron en efecto varios grupos (tres, contando a Magdalena a solas) de mujeres que se forman a partir del grupo inicial. Toda la narración está llena de dinamismo y realidad que encaja a perfección con los relatos evangélicos:

¡Feliz Pascua de Resurrección!

Sigue el texto referido de Valtorta (las pocas negritas son mías para facilitar la lectura):

Entretanto las mujeres, dejada ya la casa, caminan, sombras en la sombra, muy cerca del muro. Durante un rato guardan silencio, bien arrebozadas y medrosas por tanto silencio y soledad. Luego, recobrando los ánimos a la vista de la calma absoluta que hay en la ciudad, se reúnen en grupo y encuentran el valor para hablar.

-¿Estarán abiertas ya las puertas? – pregunta Susana.

-Claro que sí. Mira allí el primer hortelano que entra con las verduras.

-Va al mercado – responde Salomé.

-¿Nos dirán algo? – Es también Susana la que hace esta pregunta.

-¿Quién? – pregunta la Magdalena.

-Los soldados, en la puerta Judicial. Por esa puerta… entran pocos y, menos todavía, salen… Crearemos recelos…

-¿Y qué? Nos mirarán. Verán a cinco mujeres que van hacia el campo. Podríamos ser también personas que después de la Pascua regresan a sus pueblos.

-Pero… Para no llamar la atención de algún malintencionado, ¿por qué no salimos por otra puerta y luego volvemos siguiendo el muro bien pegadas a él?…

-Alargamos el camino.

-Pero estaremos más seguras. Pasamos por la puerta del Agua…

-Yo que tú, Salomé, pasaría por la puerta Oriental. ¡Así sería más larga la vuelta que tendrías que dar! Tenemos que darnos prisa y volver pronto.

La que habla tan resueltamente es la Magdalena.

-Entonces otra, pero no la puerta Judicial. Esto sí, mujer… – le ruegan todas.

-De acuerdo. Pero entonces pasamos por casa de Juana. Nos insistió en que la advirtiéramos. Si hubiéramos ido directamente, hubiéramos podido no pasar por su casa, pero, dado que queréis dar una vuelta más grande, pues vamos donde ella…

-¡Sí! ¡Sí! Incluso por los soldados que están allí de guardia… Ella es conocida y se la teme…

-Yo sugeriría también pasar por casa de José de Arimatea. Es el dueño del sitio.

-¡Claro, y ahora formamos un cortejo para no llamar la atención! ¡Pero qué hermana más temerosa tengo! Mira, Marta, más bien hacemos esto: yo me adelanto y observo; vosotras venís detrás con Juana; si hay peligro, me pongo en medio del camino, de forma que me veáis; en ese caso, regresamos. Pero, os aseguro que los soldados, al ver esto -ya lo he previsto yo (y enseña una bolsa llena de monedas)-nos dejarán hacer todo.

-Se lo decimos también a Juana. Tienes razón.

-Entonces marchaos. Y yo también.

-¿Vas sola, María? Voy contigo – dice Marta, temerosa por su hermana.

-No. Tú ve donde Juana con María de Alfeo. Salomé y Susana te esperan cerca de la puerta por la parte de fuera de las murallas. Y luego venís por la vía principal todas juntas. Adiós.

Y María Magdalena corta otros posibles comentarios yéndose rauda con su bolsa de bálsamos y sus monedas en el pecho.

Va tan rápida, que parece volar por el camino, que se hace más alegre con el primer rosicler de la aurora. Pasa la puerta

Judicial para ahorrar tiempo. Y nadie la para…

Las otras la ven alejarse. Luego vuelven las espaldas a la bifurcación de calles en que estaban y toman otra, estrecha y oscura, que luego se abre, ya cerca del Sixto, para formar una calle más ancha y abierta, donde hay hermosas casas. Se separan:

Salomé y Susana siguen por esa misma calle; Marta y María de Alfeo llaman al portón herrado, y se ponen delante de la pequeña ventana -un ventanillo- entreabierta por el portero.

Entran y van donde Juana, la cual, ya levantada y vestida toda de un morado oscurísimo que resalta aún más su palidez, está trabajando también con unos bálsamos, junto con la nodriza y una criada.

-¿Habéis venido? Dios os lo pague. Pero, si no hubierais venido, habría ido yo… En busca de consuelo… Porque, después de ese tremendo día, muchas cosas se han alterado. Y para no sentirme sola, debo ir a apoyarme en esa piedra y llamar y decir: “Maestro, soy la pobre Juana… No me dejes sola también Tú…

Juana llora quedo, pero con mucha desolación, mientras Ester, la nodriza, hace vistosos gestos indescifrables detrás de Juana mientras le coloca el manto.

-Yo me marcho, Ester.

-¡Dios te dé consuelo!

Salen del palacio para unirse a las compañeras. Es en este momento cuando se produce el breve y fuerte terremoto, que hace cundir el pánico de nuevo entre los jerosolimitanos, aterrorizados todavía por los hechos acaecidos el viernes. Las tres mujeres vuelven sobre sus pasos precipitadamente, y se quedan en el amplio vestíbulo, -en medio de las criadas y criados que gritan e invocan al Señor, temerosas de nuevos temblores de tierra…

…La Magdalena, sin embargo, está ya en la entrada del caminito que lleva al huerto de José de Arimatea cuando la sorprende el potente estampido, potente pero armónico, de este signo celeste. Al mismo tiempo, en la luz levemente rosada de la aurora que va avanzando en el cielo -donde todavía en el Occidente resiste una tenaz estrella- y que va poniendo dorado el aire hasta ahora levemente verdoso, se enciende una gran luz, que desciende como si fuera un globo incandescente, brillantísimo, cortando en zigzag el aire sereno. Pasa muy cerca de María de Magdala (casi hace que se caiga al suelo). Ella se pliega un poco susurrando: « ¡Mi Señor!», y luego, como un tallito tras el paso del viento, se endereza de nuevo y, más veloz, corre hacia el huerto.

Entra en él rápidamente: va hacia el sepulcro de roca como un pájaro perseguido en busca de su nido. Pero, a pesar de toda su prisa, no puede estar allí cuando el celeste meteoro hace de palanca y de llama en la argamasa con que está sellada y reforzada la pesada piedra; ni cuando, con fragor final, la puerta de piedra cae produciendo una vibración que se une a la del terremoto, el cual, a pesar de ser breve, es de una violencia tal, que echa por tierra a los soldados como muertos.

María, al llegar, ve a estos inútiles carceleros del Triunfador arrojados al suelo como un haz de espigas cortadas. María Magdalena no relaciona el terremoto con la Resurrección, sino que, al ver ese espectáculo, cree que se trata del castigo de Dios contra profanadores del Sepulcro de Jesús, y cae de rodillas diciendo:

-¡Ay, se lo han llevado!

Está verdaderamente desolada. Llora como una niña que hubiera venido a buscar a su padre, con la seguridad de encontrarlo, y se hubiera encontrado vacía la casa. Luego se alza y se marcha corriendo en busca de Pedro y Juan. Y, dado que ya sólo piensa en avisar a los dos, no se acuerda de ir al encuentro de las compañeras, ni se acuerda de detenerse en el camino, sino que, veloz como una gacela, vuelve a pasar por el camino recorrido antes, atraviesa la puerta Judicial y corre presurosa por las calles, que ahora tienen un poco más de gente, para toparse contra el portón de la casa amiga y golpearlo y empujarlo furiosamente.

Le abre la dueña.

-¿Dónde están Juan y Pedro? – pregunta jadeante y angustiada María Magdalena.

-Allí – y la mujer señala hacia el Cenáculo.

María de Magdala entra y, nada más entrar, enfrente de los dos asombrados apóstoles, dice (y en su voz, mantenida baja por piedad hacia la Madre, hay más angustia que si hubiera gritado):

-¡Se han llevado del Sepulcro al Señor! ¿Quién sabe dónde lo habrán puesto? – y por primera vez se tambalea y vacila y, para no caerse, se agarra donde puede.

-¡Cómo! ¿Qué dices? – preguntan los dos.

Y ella, jadeante:

-Yo me adelanté… para comprar a los soldados que estaban de guardia… para que nos permitieran embalsamar. Ellos están allí como muertos… El Sepulcro está abierto, la piedra por el suelo… ¿Quién? ¿Quién habrá sido? ¡Venid! Vamos corriendo…

Pedro y Juan se encaminan. María los sigue a algunos pasos de distancia. Luego vuelve, agarra a la dueña de la casa, la zarandea con violencia movida de su amor previsor y le dice junto a la cara con voz sibilante:

-Que no se te ocurra dejar pasar a nadie donde está Ella (y señala la puerta de la habitación de María). Recuerda que yo mando en ti. Obedece y calla.

Y, dejándola verdaderamente sobrecogida, da alcance a los apóstoles, que con paso veloz van hacia el Sepulcro…

…Entretanto, Susana y Salomé, en llegando a las murallas, habiendo dejado a sus compañeras, se ven sorprendidas por el terremoto. Atemorizadas, se refugian debajo de un árbol, y se quedan allí, con el dilema de si ir hacia el Sepulcro o si huir hacia la casa de Juana: pero el amor vence al miedo y van hacia el Sepulcro. Entran, todavía turbadas, en el huerto, y ven a los soldados, como muertos… Ven una gran luz salir del Sepulcro abierto. Aumenta su turbación, y termina haciéndose completa cuando, cogidas de la mano para infundirse recíprocamente ánimos, se asoman a la entrada y, en la oscuridad de la gruta sepulcral, ven a una criatura luminosa y hermosísima, dulcemente sonriente, saludarlas desde el sitio donde está: apoyada en la parte derecha de la piedra de la unción, cuyo gris volumen, detrás de tanto incandescente esplendor, se desvanece. Caen de rodillas, aturdidas por el estupor.

Pero el ángel les habla dulcemente:

-No tengáis miedo de mí. Soy el ángel del divino Dolor. He venido para experimentar la dicha de su final: ya no existe el dolor del Cristo ni su anonadamiento en la muerte. Jesús de Nazaret, el Crucificado al que vosotras buscáis, ha resucitado. ¡Ya no está aquí! Vacío está el lugar en que había sido colocado. Exultad conmigo. Id. Decidle a Pedro y decid a los discípulos que ha resucitado y que os precede hacia Galilea. Allí lo veréis todavía, aunque por poco tiempo, según ha dicho.

Las mujeres caen rostro en tierra y, cuando lo alzan, huyen como si un castigo las persiguiera. Están aterrorizadas y susurran:

-¡Ahora moriremos! ¡Hemos visto al ángel del Señor!

Ya en pleno campo se calman un poco, y se consultan recíprocamente. ¿Qué hacer? Si dicen lo que han visto, no las creerán; si dicen que vienen de allí, pueden ser acusadas por los judíos de haber matado a los soldados que estaban de guardia.

No, no pueden decir nada; ni a los amigos ni a los enemigos…

Atemorizadas, enmudecidas, vuelven por otro camino hacia casa. Entran y se refugian en el Cenáculo. Ni siquiera piden ver a María… Y allí piensan que lo que han visto ha sido un engaño del Demonio. Siendo, como son, humildes, juzgan que «no puede ser que a ellas les haya sido concedido ver al enviado de Dios. Es Satanás el que ha querido atemorizarlas para alejarlas de allí».

Lloran y oran como dos niñas asustadas por una pesadilla…

…El tercer grupo, el de Juana, María de Alfeo y Marta, visto que nada nuevo sucede, se decide a ir al lugar donde, sin duda, están las compañeras esperando. Salen a las calles, donde ya hay gente, gente asustada que habla del nuevo terremoto y lo relaciona con los hechos del viernes y ve incluso lo que no existe.

-¡Mejor, si están todos asustados! Quizás también lo estén los soldados de la guardia y no pongan objeciones – dice María de Alfeo. Y van raudas hacia las murallas.

Pero, mientras ellas van allá, al huerto han llegado ya Pedro y Juan, seguidos por la Magdalena. Y Juan, más rápido, es el primero en llegar al Sepulcro. Los soldados ya no están. Tampoco está ya el ángel.

Juan se arrodilla, temeroso y afligido, en la entrada totalmente abierta; se arrodilla para hacer un acto de veneración y para captar algún indicio de las cosas que ve. Pero sólo ve, en el suelo, los paños de lino, puestos en un montón encima de la Sábana.

-¡Pues verdaderamente no está, Simón! Es como lo había visto María. Ven, entra mira.

Pedro, jadeando por la gran carrera realizada, entra en el Sepulcro. Por el camino había dicho: «No me voy a atrever a acercarme a ese sitio». Pero ahora sólo piensa en descubrir dónde puede estar el Maestro. E incluso lo llama, como si pudiera estar escondido en algún rincón oscuro.

La oscuridad, en esta hora matutina, es todavía fuerte en el profundo Sepulcro cuya única fuente de luz es la pequeña abertura de la puerta, en la que proyectan sombra ahora Juan y la Magdalena… Y Pedro tiene dificultad para ver, de forma que tiene que ayudarse con las manos… Toca, temblando, la mesa de la unción y la siente vacía…

-¡No está, Juan! ¡No está!… ¡Ven también tú! Yo he llorado tanto, que casi no veo con esta poca luz.

Juan se pone de pie y entra. Mientras Juan hace esto, Pedro descubre el sudario, colocado en un rincón, bien doblado; y, dentro del sudario, cuidadosamente enrollada, la sábana.

-Verdaderamente se lo han llevado. Los soldados estaban no por nosotros sino para hacer esto… Y nosotros les hemos dejado actuar. Marchándonos, lo hemos permitido…

-¡Oh! ¿Dónde lo habrán puesto!

-Pedro… Pedro… ahora sí que ya no hay nada que hacer.

Los dos discípulos salen abatidos por completo.

-Vamos, mujer. Díselo tú a su Madre…

-Yo no me marcho. Me quedo aquí… Alguno vendrá… No, no me voy… Aquí hay todavía algo que de Él. Tenía razón su Madre… Respirar el aire donde Él ha estado es el único consuelo que nos queda.

-El único consuelo… Ahora tú también te percatas de que esperar era una quimera… – dice Pedro.

María ni siquiera responde. Se deja caer al suelo, justo junto a la entrada, y llora mientras los otros se marchan lentamente.

Luego levanta la cabeza y mira adentro, y, a través de las lágrimas, ve a dos ángeles, sentados el uno en la cabecera y el otro en los pies de la piedra de la unción. Está tan aturdida la pobre María, en su más fiera batalla entre la esperanza que muere y la fe que no quiere morir, que los mira alelada, sin asombro siquiera. Ya no tiene sino lágrimas la mujer fuerte que con heroísmo ha resistido todo.

-¿Por qué lloras, mujer? – pregunta uno de los dos luminosos muchachos (porque su aspecto es el de dos hermosísimos adolescentes).

-Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde le han puesto.

María habla con ellos sin miedo. No pregunta: « ¿Quiénes sois?». Nada. Ya nada le causa estupor. Todo lo que puede asombrar a una criatura ella ya lo ha sufrido. Ahora es sólo un ser quebrantado que llora sin fuerzas y sin reserva.

El jovencito angélico mira a su compañero y sonríe. Y el otro también. Y, resplandeciendo de júbilo angélico, ambos miran afuera, hacia el huerto del todo florecido por los millones de corolas que se han abierto con el primer sol en los tupidos manzanos del pomar.

María se vuelve para ver a quién miran. Y ve a un Hombre, hermosísimo, al que no sé como puede no reconocer inmediatamente. Un Hombre que la mira con piedad y le pregunta:

-Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?

Es verdad que es un Jesús velado por su propia piedad hacia la criatura, a la que las demasiadas emociones han agotado y podría morir a causa de la repentina alegría; pero de verdad me pregunto cómo puede no reconocerlo.

Y María, entre sollozos:

-¡Se me han llevado al Señor Jesús! Había venido a embalsamarlo en espera de que resucitara… He tenido recogido todo mi coraje y mi esperanza, y mi fe, en torno a mi amor… y ahora ya no lo encuentro… No, más bien he puesto mi amor en torno a la fe, a la esperanza y al coraje, para defenderlos de los hombres… ¡Pero todo es inútil! Los hombres me han robado a mi Amor, y con Él me han arrebatado todo… ¡Oh, mi señor, si eres tú el que se lo ha llevado, dime dónde lo has puesto! Y yo iré por

Él… No se lo diré a nadie… Será un secreto entre tú y yo. Mira: soy la hija de Teófilo, la hermana de Lázaro, pero estoy de rodillas delante de ti suplicándote, como una esclava. ¿Quieres que te compre su Cuerpo? Lo haré. ¿Cuánto quieres? Soy rica. Puedo darte tanto oro y gemas como pesa su Cuerpo. Pero devuélvemelo. No te denunciaré. ¿Quieres golpearme? Hazlo. Haciéndome verter sangre, si quieres. Si sientes odio hacia Él, descárgalo sobre mí. Pero devuélvemelo. ¡Oh, mi señor, no me hagas pobre de esta manera, con esta indigencia! ¡Piedad de una pobre mujer!… ¿Por mí no quieres? Por su Madre, entonces. ¡Dime! Dime dónde está mi Señor Jesús. Soy fuerte. Lo tomaré entre mis brazos y lo llevaré como a un niño a lugar seguro. Señor… señor… ya lo ves… hace tres días que la ira de Dios se descarga sobre nosotros por lo que se hizo al Hijo de Dios… No añadas la Profanación al Delito…

-¡María!

Jesús aparece radioso al llamarla. Se revela con su esplendor triunfante.

-¡Rabhuní!

El grito de María es verdaderamente “el gran grito” que cierra el ciclo de la muerte. Con el primero, las tinieblas del odio fajaron a la Víctima con vendas fúnebres; con el segundo, las luces del amor aumentaron su esplendor. Y María, al emitir este grito que llena el huerto, se alza y, presurosa, va a los pies de Jesús, a esos pies que quisiera besar.

Jesús, tocándola apenas con la punta de los dedos en la frente, la separa:

-¡No me toques! No he subido con esta figura todavía a mi Padre. Ve donde mis hermanos y amigos y diles que subo al Padre mío y vuestro, a mi Dios y a vuestro Dios, y luego iré donde ellos.

Y Jesús, absorbido por una luz irresistible, desaparece.

María besa el suelo donde Él estaba y corre hacía la casa. Entra como un rayo -la puerta está entornada para dejar paso al amo de la casa, que se dirige hacia la fuente-, abre la puerta de la habitación de María y se deja caer en el corazón de Ella, gritando: -¡Ha resucitado! ¡Ha resucitado! – y llora llena de dicha.

Y, mientras acuden Pedro y Juan y del Cenáculo vienen las asustadas Salomé y Susana y escuchan lo que la Magdalena dice, también vuelven de la calle María de Alfeo y Marta y Juana, las cuales, con respiro entrecortado, dicen que ellas también han estado allí, y que han visto a dos ángeles que decían ser el Custodio del Hombre Dios y el Ángel de su Dolor, y que les han dado la orden de decir a los discípulos que había resucitado. Y, al ver que Pedro menea la cabeza, insisten diciendo:

Sí. Han dicho: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado, como dijo estando todavía en Galilea. ¿No os acordáis? Dijo: “El Hijo del hombre debe ser entregado en manos de los pecadores y ser crucificado. Pero al tercer día resucitará”.

Pedro menea la cabeza diciendo:

-¡Demasiadas cosas en estos días! Os han ofuscado.

La Magdalena alza la cabeza del pecho de María y dice:

-¡Lo he visto! Le he hablado. Me ha dicho que sube al Padre y luego viene. ¡Qué hermoso estaba! – y llora como nunca ha llorado, ahora que ya no ha de torturarse a sí misma para hacer fuerza contra la duda procedente de todas partes.

Pero Pedro, y también Juan, se quedan muy dudosos. Se miran y sus ojos dicen: “¡Imaginación de mujeres!”.

Entonces también Susana y Salomé se atreven a hablar. Pero la misma, inevitable diferencia en los detalles de los soldados, que primero están como muertos y luego ya no están; y de los ángeles, que en un momento son uno y en otro dos, y que no se han mostrado a los apóstoles; y de las dos versiones sobre el hecho de que Jesús va allí o que precede a los suyos hacia Galilea… esto hace que la duda, es más, la persuasión de los apóstoles crezca cada vez más.

María, la Madre dichosa, calla, sujetando a la Magdalena… No comprendo el misterio de este silencio materno.

María de Alfeo dice a Salomé:

-Vamos a volver allá nosotras dos: Vamos a ver si estamos todas borrachas… – y se marchan rápidas. Las otras se quedan –comedidamente no tomadas en consideración por los dos apóstoles- junto a María, que guarda silencio, absorta en un pensamiento que cada uno interpreta a su manera y que ninguno comprende que es un éxtasis.

Vuelven las dos mujeres ya más bien ancianas:

-¡Es verdad! ¡Es verdad! Lo hemos visto. Nos ha dicho junto al huerto de Bernabé: “Paz a vosotras. No temáis. Id a decir a mis hermanos que he resucitado y que vayan dentro de unos días a Galilea. Allí estaremos todavía un tiempo juntos”. Esto ha dicho. María tiene razón. Hay que decírselo a los de Betania, a José, a Nicodemo, a los discípulos más leales, a los pastores. Hay que ir, hay que hacer, hacer… ¡Oh! ¡Ha resucitado!… – lloran todas, felices.

No estáis en vuestros cabales, mujeres. El dolor os ha ofuscado. La luz os ha parecido ángel; el viento, voz; el Sol, Cristo. Yo no os critico. Os comprendo, pero sólo puedo creer en lo que he visto: el Sepulcro abierto y vacío, y los soldados que habían sustraído el Cadáver y habían huido.

-¡Pero si lo dicen los propios soldados, que ha resucitado! ¡Si la ciudad está toda revuelta, y los príncipes de los sacerdotes están locos de ira, porque los soldados, huyendo aterrorizados, han hablado! Ahora quieren que digan lo contrario y les pagan por hacerlo. Pero ya se sabe. Y, si los judíos no creen en la Resurrección, no quieren creer, muchos otros creen…

-¡Mmm! ¡Las mujeres!…

Pedro se encoge de hombros y hace ademán de marcharse.

Entonces la Madre, que sigue teniendo sobre su corazón a la Magdalena (que llora como un sauce bajo un aguacero por su desmesurada dicha), besándole sus rubios cabellos, alza su rostro transfigurado y dice una breve frase:

Realmente ha resucitado. Yo le he tenido entre mis brazos y he besado sus Llagas – y luego reclina otra vez su cabeza sobre los cabellos de la apasionada y dice: -Sí, la dicha es mayor aún que el dolor. Y no es más que un granito de arena respecto a lo que será tu océano de dicha eterna. ¡Oh, bienaventurada que por encima de la razón has hecho hablar al espíritu!

Pedro ya no osa negar… y, con uno de esos virajes del Pedro antiguo, que ahora vuelve a aflorar, dice, y grita, como si de los otros y no de él dependiera el retraso: -¡Pues entonces, si es así, hay que comunicárselo a los otros; a los que están dispersos por los campos… buscar… hacer… ¡Venga, moveos! Si realmente fuera allí… al menos que nos encuentre – y no se da cuenta de que todavía está confesando que no cree ciegamente en la Resurrección.

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La horrible angustia de la Virgen en el Sepulcro. La Madre de la Iglesia

 

            Nicodemo y José de Arimatea – discípulos ocultos de Cristo – interceden por Él desde los altos cargos que ocupan. En la hora de la soledad, del abandono total y del desprecio…, entonces dan la cara audacter (Mc XV, 43)…: ¡valentía heroica!

Yo subiré con ellos al pie de la Cruz, me apretaré al Cuerpo frío, cadáver de Cristo, con el fuego de mi amor…, lo desclavaré con mis desagravios y mortificaciones…, lo envolveré con el lienzo nuevo de mi vida limpia, y lo enterraré en mi pecho de roca viva, de donde nadie me lo podrá arrancar, ¡y ahí, Señor, descansad!

Cuando todo el mundo os abandone, y desprecie…, serviam!, os serviré, Señor. (S. Josemaría Escrivá, Vía crucis, XIV estación, meditación 1)

Que la Virgen María, verdadera Madre de Jesús, Copartícipe íntima de su destino, y dotada de una personalidad típicamente oriental, se haya angustiado y lamentado según la costumbre de su tiempo y lugar, pero con dignidad, es cosa que puede creerse y probarse. Cfr. Lc. 23, 27 y la antífona del Breviario romano, en las Laudes del Sábado Santo: “Mulieres sedentes ad monumentum lamentababntur, flentes Dominum”. Si alguien se extrañase del contenido y de la manera de las Lamentaciones de la Virgen, como aparecen en la obra de Valtorta, tenga en cuenta que están en perfectísimo acuerdo, como lo aseguran especialistas, con una larga tradición homilética e himnográfica oriental, siríaca y griega (cfr. Efrem, s. IV: Anfiloquio de Iconio, El Romano Cantor, s. VI), que culmina en el s. VII con el “Llanto de la Virgen”, que nos legó S. Germano, patriarca de Constantinopla, donde hay semejantes o idénticas formas de lamentos (teológicas, consideraciones sobre el pasado y presente, la bondad y maldad, etc.) y muy similares y hasta idénticas expresiones (dulces, fuertes, terribles). Leáse atentamente a S. Germano en: Oratio in…Corporis Domini… sepulturam… MIGNE, Patrologia Graeca, t. 98, col. 27-278 (243-290). Lo que se afirma de la tradición patrística oriental, lo mismo se afirma de la litúrgica. Véanse, por ej., muchos lugares llamados: “Staurotheotokia” (alabanzas a la Madre de Dios a los píes de la cruz) de la liturgia griega.”

Durante el tiempo que Cristo permaneció en el sepulcro su Persona divina continuó asumiendo tanto su alma como su cuerpo, separados sin embargo entre sí por causa de la muerte. Por eso el cuerpo muerto de Cristo “no conoció la corrupción” (Hch 13, 37). (CIC, 630; cfr. Damasceno, Niceno, Aquinate)

Todo lo que ocurrió con el Cuerpo del Señor, ocurrirá con su Cuerpo Místico que es su Iglesia. El nacimiento en dificultades, pronta persecución, un largo periodo de consolidación,… pero llegará el momento de la Pasión, también de toda la Iglesia, no será solamente, algo que ha ocurrido siempre, la pasión de Cristo reproducida en  miembros de su Cuerpo Místico.

Parecerá entonces que el Señor ya no estará en esos momentos de la Apostasía final de la que habla San Pablo y recuerda el Catecismo, pero solamente será una apariencia de la realidad, ya que Durante el tiempo que Cristo permaneció en el sepulcro su Persona divina continuó asumiendo tanto su alma como su cuerpo, separados sin embargo entre sí por causa de la muerte. Por eso el cuerpo muerto de Cristo “no conoció la corrupción” (Hch 13, 37).” (CIC, 630; cfr. Damasceno, Niceno, Aquinate)

Lo mismo le pasará a la Iglesia, según la Profecía hecha en Cristo (y mi interpretación). Para entonces (cosa que pasará, con o sin mi interpretación; por lo demás creo que estamos en albores de esos momentos), estará sin embargo siempre presente la Virgen y el resto (representados por Juan, Nicódemo, José de Arimatea, las santas mujeres y pocos más), esperando y aguardando a los demás a que ocupen a su lugar, el lugar que les corresponde en la Iglesia indefectible.

Si nosotros tuviéramos que escribir un evangelio, este sin lugar a ninguna duda sería un evangelio apócrifo. Un evangelio en el cual Pedro estaría en la Gólgota, con una mano encima del hombro de Juan y con la otra sosteniendo a la Virgen dolorosa, confirmando a sus hermanos en la fe. Pero eso quiso el Señor que sea después de la caída de Pedro, para que Pedro humilde, testigo de la Resurrección y conciente de su debilidad guíe al rebaño de Cristo. Tampoco se puede decir que humanamente Pedro era un cobarde; fue él que por poco mata a Malco, y solamente por la orden del Señor deja la espada; luego, por impulso de su amor hacia el Maestro entra en la boca del lobo, pero como era la hora de las tinieblas, se viene abajo ante una criada. Por nuestras fuerzas no hacemos nada.

Y también si fuera por nosotros, por lo orgulloso que somos y por las flores que nos echamos por poco bien que podamos hacer, si Dios por alguna disposición especial hubiese permitido que estuviéramos en el Calvario en los momentos más difíciles, tal como Juan – puro, el predilecto – lo hizo, nosotros no le permitiríamos a Pedro entrar primero en el sepulcro el día de la Resurrección. Nosotros le echaríamos en cara “oye tú, mientras  te sacas el rabo de entre las piernas me esperas a que te informe de lo que hay dentro”. Pero Juan no era así, llegó antes al Sepulcro y dejó a Pedro entrar primero. ¿Por valiente, por merecerlo? No, por haberlo nombrado el Señor roca a él, y no a nadie otro. Lo mismo con las mujeres. Ellas, humanamente hablando – ninguna traicionó a Cristo, le consolaron en el Vía Crucis y acompañaron a su madre a pesar de ser para los hebreos un cero a la izquierda – merecerían ser sacerdotisas de la nueva religión, pero no es esa la voluntad del Señor.

Es la lección eterna para los momentos difíciles de la Iglesia, especialmente cuando se deje notar con particular virulencia la hora de las tinieblas, reflejada más en la confusión interior que persecución exterior. Llegará el día, ha llegado ya, cuando un sucesor de los apóstoles va a echar incienso a un dios pagano, es decir, a un ídolo.

Mons. Ivan Dias, arzobispo de Bombay, enciende la lámpara frente de dios Ghanesa (“Indian Express”, Bangalore, 6 de octubre 1997).

¿Dónde quedó el testimonio de Sta Inés a la que llevaron  arrastrándola a los píes de los ídolos, pero ella declaró públicamente que sólo reconocería a Jesucristo y que aquellos ídolos eran demonios (de las homilías de Santo Cura de Ars sobre la pureza)?

¿”Exageraba” Inés? ¿”Exageraban” los primeros cristianos que se dejaban matar en crueles torturas a pesar de que con una reverencia insignificante hubiesen podido seguir vivos? No exageraban, seguían a Pablo, en la fe, con la sencillez de los santos (recogí a mano unas cuantas citas):

Estas cosas sucedieron como en figura para nosotros, para que no codiciemos lo malo como lo codiciaron ellos. Y no os hagáis idólatras como algunos de ellos, según está escrito: Se sentó el pueblo a comer y beber, y se levantaron para divertirse; ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron, y murieron en un solo día veintitrés mil; ni tentemos al Señor, como lo tentaron algunos de ellos, y perecieron víctimas de las serpientes; ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, y perecieron a manos del exterminador. Todas estas cosas les sucedían como en figura; y fueron escritas para escarmiento nuestro, para quienes ha llegado la plenitud de los tiempos. Así pues, el que piense estar en pie, que tenga cuidado en no caer.

1ª Cor. 10, 6-13

Por todo esto, amadísimos míos, huid de la idolatría. 1ª Cor 10, 14

Sin embargo, lo que sacrifican los gentiles, a los demonios lo sacrifican y no a Dios. Y no quiero que vosotros entréis en comunión con los demonios. No podéis beber el cáliz del Señor y el cáliz de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios. ¿O queremos provocar la ira del Señor? ¿Acaso somos más fuertes que él? 1ª Cor 10, 19-22

No os unzáis a un mismo yugo con los infieles. Porque ¿qué tiene que ver la justicia con la iniquidad? ¿O qué tienen de común la luz y las tinieblas? ¿Y qué armonía cabe entre Cristo Y Belial? ¿O qué parte tiene el creyente con el infiel? ¿Y cómo es compatible el templo de Dios con los ídolos? Porque vosotros sois el templo de Dios vivo, según dijo Dios:

Yo habitaré y caminaré en medio de ellos,

y seré su Dios y ellos serán mi pueblo.

Por eso, salid de en medio de ellos

y separaos, dice el Señor.

No toquéis nada impuro,

y Yo os acogeré,

y Yo seré para vosotros Padre,

y vosotros seréis para mí hijos e hijas,

dice el Señor Todopoderoso. 2ª Cor 6, 13-18

presumiendo de sabios se hicieron necios y llegaron a transferir la gloria del Dios incorruptible a imágenes que representan al hombre corruptible, y a aves, a cuadrúpedos y a reptiles. Rom 1, 22-23

cambiaron la verdad de Dios por la mentira y dieron culto y adoraron a la criatura en lugar del Creador Rom 1, 25

Pero en otro tiempo, cuando no conocías a Dios, servisteis a los que realmente no son dioses. Ahora, en cambio, que habéis conocido a Dios, mejor dicho, que habéis sido conocidos por Dios, ¿cómo es que volvéis otra vez a esos elementos sin fuerza y sin valor, a los que queréis servir de nuevo como antes? … Temo haberme esforzado por vosotros inútilmente. Gal 4, 8-11

Ahora bien, están claras cuáles son las obras de la carne: la fornicación, la impureza, la lujuria, la idolatría, la hechicería,… Gal 5, 19

en los cuales vivisteis inmersos en otro tiempo siguiendo el espíritu de este mundo, Ef 2, 2

A mí, el menor de todos los santos, me ha sido otorgada esta gracia: anunciar a los gentiles la insondable riqueza de Cristo e iluminar a todos acerca del cumplimiento del misterio que durante siglos estuvo escondido en Dios, el Creador de todas las cosas, para dar a conocer ahora a los principados y a las potestades en los cielos las múltiples formas de la sabiduría de Dios, por medio de la Iglesia, conforme al plan eterno que ha realizado por medio de Cristo Jesús, Señor nuestro, en quien tenemos la segura confianza de llegar a Dios, mediante la fe en él. Ef 3, 8-12

Tales cosas tienen una apariencia de sabiduría por su religiosidad afectada, su aparente humildad y su rigor con el cuerpo, pero no valen sino para la satisfacción de la carne. Col 2, 23

Sepulcro con el Cadáver de Cristo. Pero la Persona de Hijo de Dios no abandona al Cuerpo; tampoco abandonará jamás a su Iglesia. La misión de los fieles, al lado de la Virgen, es pedir a Dios que los pastores ocupen su lugar. Deben volver a lo suyo, para lo que están llamados. El sacerdote Aarón cometió aberración de las peores que existen: echó incienso al becerro de oro. Pero sigue siendo sacerdote. Es la bondad de Dios para con su Iglesia, si no, su gracia desaparecería de este mundo; no duraríamos por nosotros ni dos días.

Ayudar a pastores a estar en su lugar. Con la oración y el amor. No con apócrifos, con Pedro en el Calvario; no con soberbia que nos es tan pegadiza, innata podríamos decir, que no deja que Pedro entre primero.

Dante Alighieri, Octavo Círculo, tercer foso: los simoníacos. El papa Nicolás III

Pone en boca de Nicolás III: “Bajo mi cabeza están sepultados los demás papas que antes de mí cometieron simonía y se hallan comprometidos a lo largo de este angosto agujero.”

Dante mismo: “Porque vuestra avaricia contrista al mundo, pisoteando a los buenos y ensalzando a los malos. Pastores, a vosotros se refería el Evangelista cuando vio prostituida ante los reyes a la que se sienta sobre las aguas; a la que nació con siete cabezas y obtuvo autoridad por su diez cuernos mientras la virtud agradó a su marido. Os habéis construido dioses de oro y plata; ¿qué diferencia, pues, existe entre vosotros y los idólatras, sino la de que ellos adoran a uno y vosotros adoráis a ciento? ¡Ah, Constantino! ¡A cuántos males dio origen no tu conversión al Cristianismo, sino la donación que de ti recibió el primer papa que fue rico!”

La Iglesia no prohibió Divina Comedia, fue enseñada durante siglos como ejemplo de literatura cristiana. Hasta los papas elogiaron formalmente su sincero amor por las llaves de Pedro.

Señor, dame fe.

La terrible angustia espiritual de María.

 

La Madre está en pie junto a la piedra de la unción, y acaricia y contempla y gime y llora. La luz temblorosa de las antorchas ilumina intermitentemente su cara y yo veo gotazas de llanto rodar por las mejillas palidísimas de un rostro destrozado. Oigo las palabras. Todas. Bien claras, aunque sean susurradas a flor de labios. Verdadero coloquio del alma materna con el alma del Hijo. Recibo la orden de escribirlas.

-¡Pobre Hijo! ¡Cuántas heridas!… ¡Cómo has sufrido! ¡Mira lo que te han hecho!… ¡Qué frío estás, Hijo! Tus dedos son de hielo. ¡Y qué inertes! Parecen rotos. Nunca, ni en el más relajado de los sueños de tu infancia, ni en el profundo sueño de tu fatiga de obrero, estuvieron tan inertes… ¡Y qué fríos están! ¡Pobres manos! ¡Dáselas a tu Madre, tesoro mío, amor santo, amor mío! ¡Mira qué laceradas están! ¡Mira, mira, Juan, qué desgarro! ¡Oh, crueles! Aquí, aquí, con tu Mamá esta mano herida, para que yo te la medique. ¡No, no te hago daño…! Usaré besos y lágrimas, y con el aliento y el amor te calentaré esta mano. ¡Dame una caricia, Hijo! Tú eres de hielo, yo ardo de fiebre. Mi fiebre se verá aliviada con tu hielo y tu hielo se suavizará con mi fiebre.

¡Una caricia, Hijo! Hace pocas horas que no me acaricias y ya me parecen siglos. Pasaron meses sin tus caricias y me parecieron horas porque continuamente esperaba tu llegada, y de cada día hacía una hora, de cada hora un minuto, para decirme que no estabas a una o más lunas lejano de mí, sino solamente a unos pocos días, a unas pocas horas. ¿Por qué, ahora es tan largo el tiempo? ¡Ah, congoja inhumana! Porque has muerto. ¡Te me han muerto! ¡Ya no estás en esta Tierra! ¡Ya no! ¡Cualquiera que sea el lugar a donde lance mi alma para buscar la tuya y abrazarme a ella -porque encontrarte, tenerte, sentirte, era la vida de mi carne y de mi espíritu- cualquiera que sea el lugar en que te busque con la ola de mi amor, ya no te encuentro, no te encuentro ya! ¡De ti no me queda sino este despojo frío, este despojo sin alma! ¡Oh, alma de mi Jesús, oh alma de mi Cristo, oh alma de mi Señor, ¿dónde estás?! ¿Por qué le habéis quitado el alma a mi Hijo, hienas crueles unidas con Satanás? ¿Y por qué no me habéis crucificado con Él? ¿Habéis tenido miedo de un segundo delito? (La voz va tomando un tono cada vez más fuerte y desgarrador.) ¿Y qué era matar a una pobre mujer, para vosotros que no habéis vacilado en matar a Dios hecho Carne? ¿No habéis cometido un segundo delito? ¿Y no es éste el más abominable, el de dejar que una madre sobreviva a su Hijo sañosamente matado?

La Madre, que con la voz había alzado la cabeza, ahora se inclina de nuevo hacia el rostro sin vida, y vuelve a hablar bajo, sólo para Él:

-A1 menos en la tumba, aquí dentro, habríamos estado juntos, como habríamos estado juntos en la agonía en el madero, y juntos en el viaje de después de la muerte y al encuentro de la Vida. Pero, si no puedo seguirte en el viaje de después de la muerte, aquí, esperándote, sí que puedo quedarme.

Se endereza de nuevo y dice con voz fuerte a los presentes:

-Marchaos todos. Yo me quedo. Cerradme aquí con Él. Lo esperaré. ¿Decís que no se puede? ¿Por qué no se puede? ¿Si hubiera muerto, no estaría aquí, echada a su lado, a la espera de ser recompuesta? Estaré a su lado, pero de rodillas. Asistí a sus vagidos cuando, tierno y rosado, lloraba en una noche de Diciembre. A su lado estaré ahora, en esta noche del mundo que ya no tiene a Cristo. ¡Oh, gélida noche! ¡El Amor ha muerto! ¿Qué dices, Nicodemo? ¿Me contamino? Su Sangre no es contaminación.

Tampoco me contaminé generándolo. ¡Ah, cómo saliste Tú, Flor de mi seno, sin lacerar fibra alguna! Antes bien, como una flor de perfumado narciso que brota del alma del bulbo-matriz y florece aunque el abrazo de la tierra no haya ceñido la matriz; así justamente. Virgen florecer que en ti se refleja, oh Hijo venido de abrazo celestial, nacido entre celestiales inundaciones de esplendor.

Ahora la Madre acongojada vuelve a inclinarse hacia el Hijo, abstrayéndose de cualquier otra cosa que no sea Él, y susurra quedo:

-¿Tú recuerdas, Hijo, aquella sublime vestidura de esplendores que todo vistió mientras nacías a este mundo? ¿Recuerdas aquella beatífica luz que el Padre mandó desde el Cielo para envolver el misterio de tu florecer y para que te fuera menos repulsivo este mundo oscuro, a ti que eras Luz y venías de la Luz del Padre y del Espíritu Paráclito? ¿Y ahora?… Ahora oscuridad y frío… ¡Cuánto frío! ¡Cuánto!, ¡y me llena de temblor! Más que aquella noche de Diciembre. Entonces, el tenerte daba calor a mi corazón. Y Tú tenías a dos amándote… Ahora… Ahora sólo yo, y moribunda también. Pero te amaré por dos: por los que te han amado tan poco, que te han abandonado en el momento del dolor; te amaré por los que te han odiado. Por todo el mundo te amaré, Hijo. No sentirás el hielo del mundo. No, no lo sentirás. Tú no abriste mis entrañas para nacer; pero, para que no sientas el hielo, estoy dispuesta a abrírmelas y envolverte en el abrazo de mi seno. ¿Recuerdas cómo te amó este seno, siendo Tú una pequeña semilla palpitante?… Sigue siendo el mismo. ¡Es mi derecho y mi deber de Madre! Es mi deseo. Sólo la Madre puede tenerlo, puede tener hacia el Hijo un amor tan grande como el Universo.

La voz se ha ido elevando, y ahora con plena fuerza dice:

-Marchaos. Yo me quedo. Volveréis dentro de tres días y saldremos juntos. ¡Oh, volver a ver el mundo apoyada en tu brazo, Hijo mío! ¡Qué hermoso será el mundo a la luz de tu sonrisa resucitada! ¡El mundo estremecido al paso de su Señor! La Tierra ha temblado cuando la muerte te ha arrancado el alma y del corazón ha salido tu espíritu. Pero ahora temblará… ya no por horror y dolor agudo, sino con ese estremecimiento suave -por mí desconocido, pero intuido por mi feminidad- que hace vibrar a una virgen cuando, después de una ausencia, siente la pisada del prometido que viene para las nupcias. Más aún: la Tierra temblará con un estremecimiento santo, como el que yo experimenté hasta mis más hondas profundidades cuando tuve en mí al Señor Uno y Trino, y la voluntad del Padre con el fuego del Amor creó la semilla de que Tú viniste, oh mi Niño santo, Criatura mía, toda mía. ¡Toda! ¡Toda de tu Mamá!, ¡de tu Mamá!… Todos los niños tienen padre y madre. Hasta el ilegítimo tiene un padre y una madre. Pero Tú tuviste sólo a la Madre para formarte la carne de rosa y azucena, para hacerte estos recamos de venas, azules como nuestros ríos de Galilea, y estos labios de granado, y estos cabellos de hermosura no superada por las vedijas de oro de las cabras de nuestras colinas, y estos ojos: dos pequeños lagos de Paraíso. No, más bien: del agua de que procede el único y cuádruple Río del Lugar de delicias (Génesis 2, 8-15), y consigo lleva, en sus cuatro ramales, el oro, el ónice, el bedelio y el marfil, los diamantes, las palmas, la miel, las rosas, y riquezas infinitas, oh Pisón, oh Guijón, oh Tigris, oh

Éufrates: camino de los ángeles que exultan en Dios, camino de los reyes que te adoran, Esencia conocida o desconocida, pero viviente, presente, hasta en el más oscuro de los corazones. Sólo tu Mamá te formó esto, con su “sí”… De música y amor te formó; de pureza y obediencia te formé, ¡oh Alegría mía! ¿Qué es tu Corazón? La llama del mío, que se dividió para condensarse en corona en torno al beso de Dios a su Virgen. Esto es este Corazón. ¡Ah! (Es un grito tan desgarrador que la Magdalena y Juan se acercan a socorrerla; las otras no se atreven, y llorando, veladas, miran de soslayo desde la abertura).

-¡Ah, te lo han partido! ¡Por eso estás tan frío y por eso estoy tan fría yo! Ya no tienes dentro la llama de mi corazón, ni yo puedo seguir viviendo por el reflejo de esa llama que era mía y que te di para formarte un corazón. ¡Aquí, aquí, aquí, en mi pecho! Antes que la muerte me quite la vida, quiero darte calor, quiero acunarte. Te cantaba: “No hay casa, no hay alimento, hay sólo dolor”. ¡Proféticas palabras! ¡Dolor, dolor, dolor para ti, para mí! Te cantaba: “Duerme, duerme en mi corazón”. También ahora: aquí, aquí, aquí…

Y, sentándose en el borde de la piedra, lo recoge tiernamente en su regazo pasándose un brazo de su Hijo por los hombros, poniéndose la cabeza de su Hijo apoyada en un hombro y reclinando la suya sobre ella, estrechándolo contra su pecho, acunándolo, besándolo, acongojada y acongojante.

Nicodemo y José se acercan y ponen en una especie de asiento que hay junto a la otra parte de la piedra, vasos y vendas y la sábana limpia y un barreño con agua, me parece, y vedijas de hilas, me parece.

María, que ve esto, pregunta con fuerte voz:

-¿Qué hacéis? ¿Qué queréis? ¿Prepararlo? ¿Prepararlo para qué? Dejadlo en el regazo de su Madre. Si logro darle calor, resucita antes; si logro consolar al Padre y consolarlo a Él del odio deicida, el Padre perdona antes y Él vuelve antes.

La Dolorosa está casi en estado de delirio.

-¡No, no os le doy! Una vez lo di, una vez lo di al mundo, y el mundo no lo ha recibido. Lo ha matado por no querer tenerlo. ¡Ahora no vuelvo a darlo! ¿Qué decís? ¿Que lo amáis? ¡Ya! Y entonces ¿por qué no lo habéis defendido? Habéis esperado a decir que lo queríais cuando ya no podía oíros. ¡Qué pobre el amor vuestro! Pero, si teníais tanto miedo al mundo, que no os atrevíais a defender a un inocente, al menos hubierais debido confiármelo a mí, a la Madre, para que defendiera al que de Ella nació. Ella sabía quién era y qué merecía. ¡Vosotros!… Lo habéis tenido como Maestro, pero no habéis aprendido nada. ¿No es, acaso, cierto? ¿Acaso miento? ¿Pero no veis que no creéis en su Resurrección? ¿Creéis? No. ¿Por qué estáis ahí, preparando aromas y vendas? Porque lo consideráis un pobre muerto, hoy gélido, mañana descompuesto, y queréis embalsamarlo por esto. Dejad vuestros ungüentos. Venid a adorar al Salvador con el corazón puro de los pastores betlemitas.

Mirad: duerme. Es sólo un hombre cansado que descansa. ¡Cuánto se ha esforzado en la vida! ¡Cada vez más, ha ido esforzándose! ¡Y, bueno, no digamos ya en estas últimas horas!… Ahora está descansando. Para mí, para su Mamá, es sólo un Niño grande cansado que duerme. ¡Bien míseros la cama y la habitación! Pero tampoco fue hermoso su primer lecho, ni alegre su primera morada. Los pastores adoraron al Salvador mientras dormía su sueño de Niño. Vosotros adorad al Salvador mientras duerme su sueño de Triunfador de Satanás. Y luego, como los pastores, id a decir al mundo: “¡Gloria a Dios! ¡El Pecado ha muerto! ¡Satanás ha sido vencido! ¡Paz en la Tierra y en el Cielo entre Dios y el hombre!”. Preparad los caminos de su regreso.

Yo os envío. Yo, a quien la Maternidad hace Sacerdotisa del rito. Id. Yo he dicho que no quiero. Yo he lavado con mi llanto. Y es suficiente. Lo demás no hace falta. Y no os penséis que le vais a poner esas cosas. Más fácil le será resucitar si está libre de esas fúnebres, inútiles vendas. ¿Por qué me miras así, José? ¿Y tú por qué, Nicodemo? ¿Pero es que el horror de hoy os ha entontecido?, ¿os ha hecho perder la memoria? ¿No recordáis? “A Esta generación malvada y adúltera, que busca un signo, no le será dada sino la señal de Jonás… Así, el Hijo del hombre estará tres días y tres noches en el corazón de la Tierra”. ¿No lo recordáis? “El Hijo del hombre está para ser entregado en manos de los hombres, que lo matarán, pero al tercer día resucitará.”

¿No os acordáis? “Destruid este Templo del Dios verdadero y en tres días Yo lo resucitaré. Templo era su Cuerpo, ¡oh hombres!

¿Meneas la cabeza? ¿Es compasión hacia mí? ¿Me crees una demente? Pero bueno, ¿ha resucitado muertos y no va a poder resucitarse a sí mismo? ¿Juan?

-¡Madre!

-Sí, llámame “madre”. ¡No puedo vivir pensando que no seré llamada así! Juan, tú estabas presente cuando resucitó a la hijita Jairo y al jovencito de Naím. ¿Estaban bien muertos, no? ¿No era sólo un profundo sopor? Responde.

-Estaban muertos. La niña, desde hacía dos horas; el jovencito desde hacía un día y medio.

-¿Y dio la orden y ellos se alzaron?

-Dio la orden y ellos se alzaron.

-¿Habéis oído? Vosotros dos: ¿habéis oído? ¿Por qué meneáis la cabeza? ¡Ah, quizás lo que estáis insinuando es que la vida vuelve antes a uno que es inocente y joven! ¡Pues mi Niño es el Inocente! Y es Siempre Joven. ¡Es Dios mi Hijo!…

La Madre mira con ojos acongojados a los dos preparadores, quienes, desalentados pero inexorables, disponen los rollos de las vendas empapadas ya en los perfumes.

María da dos pasos -ha dejado a su Hijo sobre la piedra con la delicadeza de quien pone en la cuna a un recién nacido-, da dos pasos, se inclina al pie del lecho fúnebre, donde, de rodillas, llora la Magdalena; y la aferra por un hombro, la zarandea, la llama:

-María. Responde. Éstos piensan que Jesús no podrá resucitar porque es un hombre y ha muerto a causa de heridas.

Pero ¿tu hermano no es mayor que El?

-Sí.

-¿No estaba llagado por entero?

-Sí.

-¿No se corrompía ya antes de descender al sepulcro?

-Sí.

-¿Y no resucitó después de cuatro días de asfixia y putrefacción?

-Sí.

-¿Entonces?

Silencio grave y largo. Luego un grito inhumano. María vacila mientras se lleva una mano al corazón. La sujetan. Pero Ella los rechaza. Parece rechazar a estos compasivos; en realidad rechaza lo que sólo Ella ve. Y grita:

-¡Atrás! ¡Atrás, cruel! ¡No ésta venganza! ¡Calla! ¡No quiero oírte! ¡Calla! ¡Ah, me muerde el corazón!

-¿Quién, Madre?

-¡Oh, Juan! ¡Es Satanás! Satanás, que dice: “No resucitará. Ningún profeta lo ha dicho”. ¡Oh, Dios Altísimo! ¡Ayudadme todos, espíritus buenos, y vosotros, hombres compasivos! ¡Mi razón vacila! No recuerdo nada. ¿Qué dicen los profetas? ¿Qué dice el salmo? ¡Oh, ¿quién me repite los pasos que hablan de Jesús?!

Es la Magdalena la que con su voz de órgano dice el salmo davídico sobre la Pasión del Mesías.

La Madre llora más fuerte, sujetada por Juan, y el llanto cae sobre el Hijo muerto, que resulta todo mojado de lágrimas.

María ve esto, y lo seca, y dice en voz baja:

-¡Tanto llanto! Y, cuando tenías tanta sed, ni siquiera una lágrima te he podido dar. Y ahora… ¡te mojo entero! Pareces un arbusto bajo un pesado rocío. Aquí, que tu Madre te seca. ¡Hijo! ¡Tanta amargura has experimentado! ¡No caiga ahora el amargor y la sal del llanto materno en tu labio herido!…

-Luego llama fuerte:

-María. David no habla… ¿Sabes Isaías? Di sus palabras…

La Magdalena dice el fragmento sobre la Pasión y termina con un sollozo: -…Entregó su vida a la muerte y fue contado entre los malhechores; Él, que quitó los pecados del mundo y oró por los pecadores.

-¡Calla! ¡Muerte no! ¡No entregado a la muerte! ¡No! ¡No! ¡Oh, vuestra falta de fe, aliándose con la tentación de Satanás, me pone la duda en el corazón! ¿Y yo no voy a creerte, Hijo? ¿No voy a creer en tu santa palabra? ¡Díselo a mi alma!

Habla. Desde las lejanas regiones a donde has ido a liberar a los que esperaban tu llegada, lanza tu voz de alma a mi alma hacia ti abierta; a mi alma, que está aquí, abierta toda a recibir tu voz. ¡Dile a tu Madre que vuelves! Di: “Al tercer día resucitaré”. ¡Te lo suplico, Hijo y Dios! Ayúdame a proteger mi fe. Satanás la aprisiona entre sus roscas para estrangularla. Satanás ha separado su boca de serpiente de la carne del hombre porque Tú le has arrebatado esta presa, pero ahora ha hincado el garfio de sus dientes venenosos en la carne de mi corazón y me paraliza sus latidos y me quita su fuerza y su calor. ¡Dios! ¡Dios! ¡Dios! ¡No permitas que desconfíe! ¡No dejes que la duda me hiele! ¡No des a Satanás la libertad de llevarme a la desesperación! ¡Hijo! ¡Hijo! Ponme la mano en el corazón: alejará a Satanás. Ponme la mano sobre la cabeza: le devolverá la luz. Santifica con una caricia mis labios y se fortalezcan para decir: “Creo” incluso contra todo un mundo que no cree. ¡Oh, qué dolor es no creer! ¡Padre! Mucho hay que perdonar a quien no cree. Porque cuando ya no se cree… cuando ya no se cree… todo horror se hace fácil. Yo te lo digo… yo que experimento esta tortura. ¡Padre, piedad de los que no tienen fe! ¡Dales, Padre santo, dales, por esta Hostia consumada y por mí, hostia que aún se consume, da tu Fe a los que carecen de fe!

Un rato largo de silencio.

Nicodemo y José hacen un gesto a Juan y a la Magdalena.

-Ven, Madre.

Es la Magdalena la que habla tratando de separar a María de su Hijo y de desligar los dedos de Jesús entrelazados con los de María, que los besa llorando.

La Madre se yergue. Su aspecto es solemne. Extiende por última vez los pobres dedos exangües, coloca la mano inerte junto al Cuerpo. Luego baja los brazos y bien erguida, con la cabeza levemente hacia arriba, ora y ofrece. No se oye una sola palabra, pero se comprende que ora, por todo el aspecto. Es verdaderamente la Sacerdotisa ante el altar, la Sacerdotisa en el instante de la ofrenda. «Offerimus praeclarae majestati tuae de tuis donis, ac datis, hostiam puram, hostiam sanctam, hostiam immaculatam… (Ofrecemos a tu superna majestad las cosas que tú mismo nos has dad-esto es, el sacrificio puro, santo e inmaculado… (del Misal Romano).

Luego se vuelve:

-De acuerdo, hacedlo. Pero resucitará. En vano desconfiáis de mi razón, en vano estáis ciegos a la verdad que Él os dijo.

En vano trata Satanás de tender asechanzas a mi fe. Para redimir al mundo falta también la tortura infligida a mi corazón por Satanás derrotado. La sufro y la ofrezco por los que han de venir. ¡Adiós, Hijo!, ¡Adiós, Criatura mía! ¡Adiós, Niño mío! ¡Adiós…

Adiós… Santo… Bueno… Amadísimo y digno de amor… Hermosura… Gozo… Fuente de salvación… Adiós… En tus ojos… en tus labios… en tu pelo de oro… en tus helados miembros… en tu corazón traspasado… ¡oh, en tu corazón traspasado!… mi beso… mi beso… mi beso… Adiós. Adiós… ¡Señor! ¡Piedad de mí!

Los dos preparadores han terminado de disponer las vendas. Vienen a la mesa y despojan a Jesús incluso de su velo. Pasan una esponja -me parece; o un ovillo de lino- por los miembros (es una muy apresurada preparación de los miembros, que gotean por mil partes). Luego untan de ungüentos todo el Cuerpo, que queda literalmente tapado bajo una costra de pomada. Lo primero, lo han alzado. Han limpiado la mesa de piedra. En ésta han puesto la sábana, que cae por más de su mitad por la cabecera del lecho. Han colocado el Cuerpo apoyado sobre el pecho y han untado todo el dorso, los muslos, las piernas, toda la parte posterior. Luego le han dado la vuelta delicadamente, poniendo atención en que no se desprendiera la pomada de perfumes. Le han ungido también por la parte anterior: primero el tronco; luego los miembros (primero los pies; lo último, las manos, que han unido encima del bajo vientre).

La mixtura de ungüentos debe ser pegajosa, como goma, porque veo que las manos han quedado estables, mientras que antes siempre resbalaban por su peso de miembros muertos. Los pies, no: conservan su posición: uno más derecho, el otro más echado.

Por último, la cabeza: la habían untado esmeradamente (de forma que sus rasgos desaparecen bajo el estrato de ungüento), después, para mantener cerrada la boca, la han atado con la venda que faja el mentón.

María ahora gime más fuerte.

Alzan la sábana por el lado que recaía y la pliegan sobre Jesús, que desaparece bajo su grueso lienzo. Jesús no es ahora sino una forma cubierta por un lienzo. José comprueba que todo está bien y todavía coloca sobre el rostro un sudario de lino; y otros paños, semejantes a cortas y anchas tiras rectangulares, de derecha a izquierda, sobre el Cuerpo, que sujetan la sábana bien adherida: no es el típico vendaje que se ve en las momias, tampoco el que se ve en la resurrección de Lázaro: es un vendaje en embrión.

Jesús ha quedado anulado. Hasta la forma se difumina bajo los paños. Parece un alargado montón de tela, más estrecho en los extremos y más ancho en el centro, apoyado sobre el gris de la piedra.

María llora más fuerte.

José de Arimatea apaga una de las antorchas, da una última ojeada y se dirige a la apertura del sepulcro manteniendo encendida y levantada la otra antorcha.

María se inclina una vez más para besar a su Hijo a través de los elementos que lo cubren. Y quisiera hacerlo dominando su dolor, conteniendo éste como forma de respeto al Cadáver, que, estando embalsamado, no le pertenece. Pero, cuando está cerca del rostro velado, ya no se domina; se sume en una nueva crisis de desolación.

No sin dificultad, la alzan. La alejan, con mayor dificultad aún, del lecho fúnebre. Arreglan las telas desordenadas y, más en vilo que sujetándola, se llevan a la pobre Madre, que se aleja con la cara hacia atrás, para ver, para ver a su Jesús, ya solo en la oscuridad de sepulcro.

Salen al huerto silencioso bajo la luz vespertina. Ya la claridad que renació después de la tragedia del Gólgota vuelve a oscurecerse por la noche que desciende. Y allí, bajo los tupidos ramajes -tupidos aunque carezcan todavía de hojas y estén apenas adornados por las bocas blanco-rosas de los manzanos que empiezan a echar flores (extrañamente retrasados en este pomar de José, mientras que en otros lugares están ya enteramente cubiertos de flores abiertas e incluso fecundadas, constituyendo ya minúsculos frutos)-, bajo esos tupidos ramajes, la penumbra es aún más densa que en otros lugares.

Corren hasta su surco la pesada piedra del sepulcro. Largas ramas de un enmarañado rosal, que penden de lo alto de la gruta, parecen llamar a esa puerta de piedra y decir: “¿Por qué te cierras ante una madre que llora?”. Y parecen verter también ellas lágrimas de sangre con sus pétalos rojos deshojados, con las corolas distribuidas sobre la  superficie de la piedra oscura, con los botones cerrados que golpean contra el inexorable cierre.

Pero pronto otra sangre humedecerá esa puerta sepulcral, y otro llanto. María, hasta ahora sujeta por Juan y sollozando, aunque bastante sosegada, se libera ahora del apóstol y, emitiendo un grito que creo que ha hecho temblar hasta las entrañas de las plantas, se arroja contra la puerta, se agarra al saliente de ésta para descorrerla, se excoria los dedos y se rompe las uñas, sin conseguir moverla, y hasta hace palanca apretando la cabeza contra este saliente áspero. Su gemido tiene notas del rugido de una leona que se abra las venas contra el cierre de una trampa donde estén encerrados sus cachorros, compasiva y furiosa por amor de madre.

Nada tiene ahora de la mansa virgen de Nazaret, de la paciente mujer que hasta ahora hemos conocido. Es: la madre; sólo y simplemente: la madre aferrada a su criatura con todos los nervios de la carne y todas las entrañas del amor. Es la más verdadera “dueña” de esa carne que Ella generó, la única dueña después de Dios, y no quiere que le roben esta propiedad. Es la “reina” que defiende su corona: el hijo, el hijo, el hijo. Toda la rebelión y las rebeliones que en treinta y tres años en cualquier otra mujer habría habido contra la injusticia del mundo hacia un hijo, toda la santa y lícita ira que cualquier otra madre habría manifestado durante aquellas últimas horas, para herir y matar con las manos y los dientes a los asesinos de su hijo; todas estas cosas que Ella, por amor al género humano, ha dominado siempre, ahora se agitan en su corazón, hierven en su sangre, pero, mansa incluso en medio de ese dolor suyo que la hace delirar, ni impreca ni acomete. Solamente pide a la piedra que se abra, que la deje pasar porque su sitio está ahí dentro, donde está Él; sólo pide a los hombres, despiadadamente piadosos, que la obedezcan y abran.

Después de haber golpeado y manchado de sangre con los labios y las manos la piedra tenaz, se vuelve, se apoya con los brazos abiertos, aferrando todavía los dos bordes de la piedra, y, terrible en su majestuosidad de Madre dolorosa, ordena:

-¡Abrid! ¿No queréis? Pues yo me quedo aquí. ¿No dentro? Pues afuera. Aquí están mi pan y mi lecho, aquí está mi morada. No tengo ni otras casas ni otro objetivo. Vosotros marchaos si queréis. Volved al asqueroso mundo. Yo me quedo aquí, donde no hay ambiciones ni olor de sangre.

-¡No puedes, Mujer!

-¡No puedes, Madre!

-¡No puedes, María amada!

Y tratan de separarle las manos de la piedra, asustados por esos ojos que ellos no conocían con ese destello que los hace duros e imperiosos, vítreos, fosforescentes.

La sobrepujanza mal conviene a los mansos, y los humildes saben persistir en la soberbia… Y enseguida cede en María el querer vehemente y el mandar imperioso. Vuelve a Ella su mirada mansa de paloma torturada, pierde el gesto impositivo y se inclina otra vez suplicante, y une las manos rogando:

-¡Oh, dejadme! ¡Por vuestros difuntos, por los vivos a los que amáis, piedad de una pobre madre!… Oíd… oíd mi corazón. Necesita paz para que cese en él este latido cruel; así se ha puesto a latir arriba, en el Calvario. El martillo hacía “ton”, “ton”, “ton”.., y cada uno de esos golpes hería a mi Niño… y golpeaba mi cerebro y mi corazón… y tengo llena de esos golpes la cabeza, y mi corazón late rápido al ritmo de ese “ton”, “ton”, “ton” descargado sobre las manos, sobre los pies de mi Jesús, de mi pequeño Jesús… ¡Mi Niño! ¡Mi Niño!…

Le vuelve todo el tormento que parecía calmado después de su oración a1 Padre junto a la mesa de la unción. Todos lloran.

-Necesito no oír gritos ni golpes. El mundo está lleno de voces y ruidos. Cada voz me parece ese “gran grito” que me ha petrificado la sangre en las venas; cada ruido, el del martillo en los clavos. Necesito no ver rostros de hombre. El mundo está lleno de rostros… Hace casi doce horas que veo rostros de asesinos… Judas… los verdugos… los sacerdotes… los judíos… ¡Todos, todos asesinos!… ¡Fuera! ¡Fuera!… No quiero ver a nadie… En cada hombre hay un lobo y una serpiente. Siento escalofrío ante el hombre, siento miedo del hombre… Dejadme aquí, bajo estos árboles serenos, en esta hierba poblada de flores… Dentro de poco saldrán las estrellas… que siempre fueron sus amigas y mis amigas… Ayer las estrellas han hecho compañía a nuestra solitaria agonía… Ellas saben muchas cosas… Ellas vienen de Dios… ¡Oh! ¡Dios! ¡Dios!…

Llora y se arrodilla.

-¡Paz, mi Dios! ¡No me quedas sino Tú!

-Ven, hija. Dios te dará paz. Pero ven. Mañana es el sábado pascual. No podríamos venir a traerte comida…

-¡Nada! ¡Nada! ¡No quiero comida! ¡Quiero a mi Hijo! Sacio hambre con mi dolor; mi sed, con mi llanto… Aquí… ¿Oís cómo llora ese autillo? Llora conmigo, y dentro de poco llorarán los ruiseñores. Y mañana, con la luz del sol, llorarán las calandrias y los currucos y los pájaros que Él amaba, y las tórtolas vendrán conmigo a golpear a esta puerta y a decir, a decir: “¡Álzate, amor mío y ven! Amor que estás en la hendidura de la roca, en el refugio de la escarpada, déjame ver tu rostro, déjame escuchar tu voz”. ¡Aaaah! ¿Qué digo? ¡Ellos, ellos también, los torvos asesinos, se han dirigido a Él con las palabras del Cantar! (Cantar de los cantares 2, 13-14; 3, 11) Sí, venid, oh hijas de Jerusalén, a ver a vuestro Rey con la diadema, como lo coronó su Patria en el día de su desposorio con la Muerte, en el día de su triunfo como Redentor.

-¡Mira, María! Están viniendo guardias del Templo. Aléjate de aquí. No te vayan a injuriar.

-¿Guardias? ¿Injurias? No. Son viles. Viles son. Y si yo saliera a su encuentro, terrible en mi dolor, huirían como Satanás frente a Dios. Pero yo recuerdo que soy María… y no arremeteré contra ellos, como tendría derecho a hacer. Estaré pacífica… ni siquiera me verán. Y, si me ven y me preguntan: “¿Qué quieres?”, les diré: “La limosna de respirar el aire balsámico que sale por esta fisura”. Diré: “En nombre de vuestra madre”. Todos tienen una madre… hasta el ladrón compasivo lo ha dicho…

-Pero éstos son peor que los bandoleros. Te insultarán.

-¿Acaso hay un insulto que, después de los de hoy, yo no conozca?

Es la Magdalena la que encuentra la razón capaz de conseguir la obediencia de la Dolorosa.

-Tú eres buena, eres santa, y crees y eres fuerte. Pero nosotros ¿qué somos?… ¡Ya lo ves! La mayor parte han huido; los que han quedado estamos aterrados. La duda, ya presente en nosotros, nos haría ceder. Tú eres la Madre. No tienes sólo el deber y el derecho respecto a tu Hijo, sino el deber y el derecho respecto a lo que es del Hijo. Debes volver con nosotros, estar entre nosotros, para recogernos, para confirmarnos, para infundirnos tu fe. Tú has dicho, después de tu justo reproche de nuestra pusilanimidad e incredulidad: “Más fácil le será resucitar si está libre de estas vendas”. Yo te lo digo: “Si nosotros logramos reunirnos en la fe en su Resurrección, resucitará antes. Lo llamaremos con nuestro amor…”. ¡Madre, Madre de mi Salvador, vuelve con nosotros, tú, amor de Dios, para darnos este amor tuyo! ¿Acaso quieres que se pierda de nuevo la pobre María de Magdala, a la que Él ha salvado con tanta piedad?

-No. Me pesaría. Tienes razón. Debo volver… buscar a los apóstoles… a los discípulos… a los parientes… a todos… Decir… decir: creed. Decir: os perdona… ¿A quién se lo dije esto?… ¡Ah! A Judas Iscariote… Habrá que… sí, habrá que buscarlo también a él… porque es el mayor pecador…

María está ahora con la cabeza reclinada sobre su propio pecho y tiembla como por repulsa; luego dice

-Juan: lo buscarás. Y me lo traerás. Debes hacerlo. Y yo debo hacerlo. Padre: hágase esto también por la redención de la Humanidad. Vamos.

Se levanta. Salen del huerto semioscuro. Los guardias los ven salir y no dicen nada.

El camino, polvoriento y revuelto por la riada de gente que lo ha recorrido y batido con pies, piedras y palos, dibuja una curva en torno al Calvario para llegar al camino de primer orden que va paralelo a las murallas. Y aquí las huellas de lo que ha sucedido son aún más intensas. Dos veces María emite un grito y se inclina para examinar bajo la incierta luz el suelo, porque le parece ver sangre y piensa que es de su Jesús. Pero son sólo jirones de tela desgarrada (yo creo que con el jaleo de la fuga). El pequeño torrente que corre a lo largo de este camino susurra un rumor leve en medio del gran silencio que lo envuelve todo. La ciudad, no viniendo de ella sino un profundo silencio, parece abandonada.

Ahí está el puentecillo que conduce a la empinada vereda del Calvario. Y, frente al puente, la puerta Judicial. Antes de desaparecer tras ella, María se vuelve para mirar la cima del Calvario… y llora desconsoladamente. Luego dice:

-Vamos. Pero guiadme vosotros. No quiero ver ni Jerusalén, ni sus calles ni sus habitantes.

-Sí, sí, pero démonos prisa. Están para cerrar las puertas y, ¿lo ves?, han reforzado la guardia en ellas. Roma teme alborotos.

-Con razón. ¡Jerusalén es una guarida de tigres! ¡Es una tribu de asesinos! Una turba de depredadores; y no sólo dirigen estos usurpadores sus colmillos rapaces hacia las riquezas, sino también contra las vidas. Hace ya treinta y dos años que acechan contra la vida de mi Niño… Era un corderito de leche, un corderito rosa de oro ensortijado… Apenas sabía decir “Mamá”, y dar los primeros pasitos, y reír con sus pocos dientecitos entre los labios de pálido coral, y ya vinieron para degollarlo… Ahora dicen que había blasfemado y violado el sábado y que había movido a la sublevación y aspirado al trono y pecado con las mujeres… Pero, en aquellos tiempos, ¿qué había hecho?, ¿qué blasfemia podía haber dicho, si apenas sabía llamar a su Mamá?, ¿qué podía violar de la Ley, si Él, el eterno Inocente, era entonces también el inocente pequeñuelo del hombre?, ¿qué sublevación podía promover, si ni siquiera sabía tener un capricho? ¿A que trono podía aspirar? Tenía ya su trono en la Tierra y en el Cielo, y no pedía otros tronos: en el Cielo, el seno del Padre; en la Tierra, el mío. Jamás tuvo ojos para la carne, y vosotras, jóvenes y hermosas, podéis decirlo. Pero en aquel tiempo, en aquel tiempo… su  sensualidad” estaba limitada a la necesidad de calor y nutrición, y sus amores eran sólo con mi tibio pecho, buscando poner encima la carita y dormir así; y con el romo pezón del que mi amor fluía convertido en leche… ¡oh, Criatura mía!… ¡Y querían verte muerto! ¡Esto querían: quitarte la vida! Tu único tesoro.

La Madre al Hijo; el Hijo a la Madre, para convertirnos en los más míseros y desolados del Universo. ¿Por qué quitarle al Vivo la vida? ¿Por qué arrogaros el derecho de quitar esto que es la vida: bien de la flor y del animal, bien del hombre? Nada os pedía mi Jesús. Ni dinero, ni joyas, ni casas. Una casa tenía, pequeña y santa, y la había dejado por amor a vosotros hombres – hiena.

Había renunciado por vosotros a aquello que hasta una cría de animal posee, y fue pobre y solo por el mundo, sin tener siquiera el lecho que le había hecho el Justo, sin el pan tan siquiera que le hacía su Madre; y durmió donde pudo y comió donde pudo: sobre la yacija herbosa de los prados, velado por las estrellas; o en las casas de los buenos, como cualquier hijo de hombre. Sentado a una mesa, o compartiendo con los pájaros de Dios los granos de trigo y el fruto de la zarza silvestre. Y no os pedía nada. A1 contrario: os daba. Quería sólo la vida para daros con su palabra la Vida. Y vosotros, y Jerusalén, lo habéis despojado de la vida. ¿Te has saciado con su Sangre? ¿Te has llenado con su Carne? ¿O todavía no te llena, y quieres -tras vampiro y buitre, hiena- comer su Cadáver, y, no satisfecha aún de los oprobios y tormentos, quieres ensañarte y gozar arañando sus despojos y viendo otra vez sus lacerantes dolores, sus temblores, sus lágrimas, sus convulsiones, en mí: en la Madre del Asesinado? ¿Hemos llegado? ¿Por qué os paráis? ¿Qué quiere de José ese hombre? ¿Qué dice?

En efecto, uno de los escasos transeúntes ha parado a José y, en el silencio absoluto de la ciudad desierta, se oyen muy bien sus palabras:

-Es sabido que has entrado en la casa de Pilato. Profanador de la Ley. Rendirás cuentas de ello. ¡Tienes censura en orden a la Pascua! Estás contaminado.

-Tú también, Elquías. ¡Me has tocado y estoy cubierto de la sangre de Cristo y de su sudor mortal!

-¡Ah! ¡Horror! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera esa sangre!

-No tengas miedo. Ya te ha abandonado; y maldecido.

-Tú también estás maldecido. Y no te vayas a pensar que ahora que te entiendes con Pilato vas a poder llevarte el

Cadáver. Hemos tomado medidas para que se termine el juego.

Nicodemo se ha acercado lentamente mientras las mujeres se han detenido con Juan y se han pegado a un profundo portón cerrado.

-Ya lo hemos visto – continúa José – ¡Cobardes! ¡Tenéis miedo hasta de un muerto! Pero de mi huerto y de mi sepulcro hago lo que yo creo conveniente.

-Eso lo veremos.

-Lo veremos. Recurriré a Pilato.

-Sí. Fornica ahora con Roma.

Nicodemo toma la palabra:

-Mejor con Roma que con el Demonio, como vosotros, ¡deicidas! Y, oye, ¿me podrías decir cómo es que te has recobrado? Porque hace un momento huías aterrorizado. ¿Se te esta pasando? ¿No te es suficiente lo que te sucedió? ¿No se te quemó una casa? ¡Échate a temblar! No ha terminado el castigo. Es más: está llegando. Se cierne sobre tu cabeza como la Némesis de los paganos Ni guardias ni precintos impedirán al Vengador alzarse y descargar su mano.

-¡Maldito!

Elquías huye y va a toparse con las mujeres. Comprende y lanza un atroz insulto a María. Juan no dice ni una palabra. Pero, con un salto de pantera, lo aferra fuertemente y lo tira al suelo y, sujetándolo con las rodillas y apretándole el cuello con las manos, le dice:

-¡Pídele perdón o te estrangulo, demonio!

Y no lo deja hasta que el otro, apretado y medio estrangulado por las manos de Juan, no masculla: «Perdón».

Pero su grito ha atraído a la patrulla.

-¿Quién va? ¿Qué pasa? ¿Más alborotos? Quietos todos o cargamos sobre vosotros. ¿Quiénes sois?

-José de Arimatea y Nicodemo, autorizados por el Procónsul para sepultar al Nazareno al que han dado muerte.

Regresamos del sepulcro con la Madre, el hijo y las familiares y amigas. Éste ha ofendido a la Madre y ha sido obligado a pedir perdón.

-¿Sólo eso? Debíais haberlo estrangulado. Marchaos. Soldados arrestad a éste. ¿Qué más quieren esos vampiros?

¿También el corazón de las madres? ¡Adiós, judíos!

-¡Qué horror! Pero ya no son hombres… Juan, sé bueno con ellos. Ten presente el recuerdo de mi Jesús y de tu Jesús. Él predicaba perdón.

-Madre, tienes razón. Pero son unos malhechores y me sacan de mis cabales. Son sacrílegos. Te ofenden a ti. Y esto no puedo permitirlo.

-Son unos malhechores, sí. Y saben que lo son. Mira qué pocos por las calles; y esos pocos, cómo se escabullen furtivos.

Después del delito, los malhechores tienen miedo. Verlos huir así, entrar en las casas, encerrarse en ellas por miedo, me suscita horror. Los siento a todos culpables del Deicidio. Mira, María ese viejo. Ya se asoma a la tumba y, no obstante -ahora que la luz de aquella puerta lo ilumina me parece haberlo visto pasar acusando a mi Jesús, allí, en la cima del Calvario… Lo llamaba ladrón… ¡¿Ladrón mi Jesús?!… Aquel joven, casi niño todavía, pronunciaba torpes blasfemias invocando que cayera sobre él su sangre… ¡Oh, desdichado!… ¿Y aquel hombre? Siendo tan musculoso y fuerte, ¿se habrá abstenido de golpearlo? ¡Oh, no quiero ver! Mirad: encima del rostro que tienen se superpone el rostro del alma y… y ya no tienen imagen de hombres, sino de demonios… Tanto valor tenían contra el Atado, el Crucificado…y ahora huyen, se esconden, se encierran. Tienen miedo. ¿De quién? De un muerto. Para ellos no es más que un muerto, porque niegan que sea Dios. ¿A qué tienen miedo entonces? ¿A qué cierran sus puertas? A1 remordimiento. A1 castigo. No sirve. El remordimiento está en vosotros. Y os seguirá eternamente. Y el castigo no es humano; no valen ni cierres ni palos, ni puertas ni barras contra él. El castigo baja del Cielo, de Dios, vengador de su Inmolado, y atraviesa paredes y puertas, y con su llama celeste os marca para el castigo sobrenatural que os espera. El mundo irá a Cristo, al Hijo de Dios y mío. Irá a aquel que vosotros habéis traspasado, pero vosotros seréis signados para siempre, los Caínes de un Dios, marcados como oprobio de la raza humana. Yo, que he nacido de vosotros, yo que soy Madre de todos, tengo que decir que para mí, vuestra hija, habéis sido peores que padrastros, y que, en el inmenso número de mis hijos, vosotros sois los que más esfuerzo me imponéis para acogeros, porque os habéis ensuciado con el delito contra mi Criatura. Y no os arrepentís diciendo: “Eras el Mesías. Te reconocemos y te adoramos”. Ahí hay otra patrulla romana. El Amor ya no está en la Tierra, la Paz ya no está entre los hombres. El Odio y la Guerra bullen como esas antorchas humeantes. Los dominadores tienen miedo a la muchedumbre desmandada. Saben por experiencia que cuando la fiera que se llama hombre ha sentido el sabor de la sangre se vuelve ávida de masacre… Pero no temáis a éstos, que no son ni leones ni panteras reales, sino cobardísimas hienas que se lanzan contra el cordero inerme pero temen al león armado de lanzas y autoridad. No tengáis miedo a estos chacales reptantes. Vuestro paso de hierro los hace huir y el brillo de vuestras lanzas los hace más mansos que conejos. ¡Esas lanzas!

¡Una ha abierto el corazón del Hijo mío! ¿Cuál de ellas? Verlas es para mí una flecha en mi corazón… Y, no obstante, quisiera tenerlas todas entre mis manos temblorosas para ver cuál es la que todavía conserva huellas de sangre y decir: “¡Es ésta! ¡Dámela, soldado! Dásela a una madre en memoria de tu madre lejana, y yo oraré por ella y por ti”. Y ningún soldado me la negaría. Porque los hombres de guerra han sido los mejores ante la agonía del Hijo y de la Madre. ¡Oh, ¿por qué no he pensado arriba esto?! Me sentía como una persona a la que le hubieran golpeado la cabeza. Yo la tenía atontada por esos golpes… ¡Oh, esos golpes! ¿Quién hará que deje de sentirlos aquí, en mi pobre cabeza? La lanza ¡Cuánto quisiera tenerla!…

-Podemos buscarla, Madre. El centurión me ha parecido muy bueno con nosotros. Creo que no me la negará. Iré mañana.

-Sí, sí, Juan. Soy Pobre. Tengo poco dinero; pero me desprenderé hasta de la última moneda con tal de tener ese hierro… ¡Oh, ¿cómo es que no lo he pedido en ese momento?!

-María amada, ninguno de nosotros tenía noticia de esa herida Cuando la has visto, ya estaban lejos los soldados.

-Es verdad… Estoy ofuscada por el dolor. ¿Y las vestiduras? ¡Nada suyo tengo! Daría mi sangre por tenerlas…

María llora de nuevo desconsoladamente.

Y llega así a la calle del Cenáculo; a tiempo, porque ya está agotada y camina verdaderamente a rastras, como una anciana decrépita. Y además lo manifiesta.

-Ánimo, que ya hemos llegado.

-¿Ya? ¿Tan corto el camino que esta mañana me ha parecido largo? ¿Esta mañana? ¿Ha sido esta mañana? ¿Sólo?

¿Cuántas horas, o cuántos siglos, han pasado desde que ayer noche entré y desde que salí de aquí esta mañana? ¿Soy verdaderamente yo: la madre cincuenta años o una anciana secular, una mujer que abarca épocas, rica en siglos que pesan sobre sus espaldas arqueadas y sobre su cabeza cana? Siento como haber vivido todo el dolor del mundo y éste pese enteramente sobre mis espaldas, que se encorvan bajo su peso. Cruz incorpórea, ¡pero tan pesada…! De piedra. Una cruz quizás más pesada que la de mi Jesús, porque llevo la mía y la suya con el recuerdo de su agonía y la realidad de la agonía mía. Vamos a entrar. Porque debemos entrar. Pero no es ningún consuelo. Es un aumento de dolor. Por esta puerta entró mi Hijo para su última cena. Por ella salió para ir al encuentro de la muerte. Y tuvo que poner pie donde lo puso el traidor, que salió para llamar a los capturadores del Inocente. Apoyado en esa puerta he visto a Judas… ¡He visto Judas! Y no lo he maldecido, sino que le he hablado como habla una madre llena de congoja. Llena de congoja por el Hijo bueno y por el hijo malvado… ¡He visto a Judas!

¡He visto al Demonio en él! Yo que he tenido siempre a Lucifer bajo mi calcañar y, mirando sólo a Dios, nunca he bajado los ojos a mirar a Satanás- he conocido el rostro de Satanás mirando al Traidor. He hablado con el Demonio… ha huido, porque no soporta mi voz. ¿Lo habrá dejado ahora, de forma que yo pueda hablar a ese muerto y concebirlo de nuevo -yo, la Madre- con la Sangre de un Dios para darlo a luz a la Gracia? Juan: júrame que lo buscarás y que no serás cruel con él. No lo soy yo que tendría derecho a serlo… ¡Oh, dejadme entrar en esa habitación donde mi Jesús tomó su última comida!, ¡donde la voz de mi Niño pronunció en paz sus últimas palabras!

-Sí. Entraremos. Pero, ahora, ven aquí, a donde estábamos ayer. Descansa. Despídete de José y Nicodemo, que se marchan.

-Sí. Me despido de ellos. ¡Oh, sí, me despido de ellos! Les doy las gracias. ¡Los bendigo!

-Pero, ven, ven; ¡lo harás más cómodamente!

-No. Aquí. José… ¡Oh, no he conocido a nadie con este nombre que no me quisiera!…

María de Alfeo se echa bruscamente a llorar.

-No llores… También José… Por amor, erraba tu hijo. Quería darme humanamente paz… ¡Pero hoy!… Ya lo habéis visto… ¡Oh, todos los Josés son buenos con María!… José, yo te digo “gracias”. Y a Nicodemo… Mi corazón se postra a vuestros pies, ante esos pies vuestros cansados por el mucho camino recorrido por Él… por darle los últimos honores… Yo sólo puedo daros mi corazón; no tengo otra cosa… Y os lo doy, amigos leales de mi Hijo… y… y perdonad a una Madre traspasada las palabras que os he dicho en el sepulcro…

-¡Oh! ¡Santa! ¡Perdona tú! – dice Nicodemo.

-Estáte tranquila ahora. Descansa en tu Fe. Mañana vendremos – añade José.

-Sí, vendremos. Estamos a tus órdenes.

-Mañana es sábado – objeta la dueña de la casa.

-El sábado ha muerto. Vendremos. Adiós. El Señor sea con vosotros – y se marchan.

-Ven, María.

-Sí, Madre, ven.

-No. Abrid. Me habéis prometido hacerlo después de las despedidas. ¡Abrid esta puerta! No podéis cerrársela a una madre, a una madre que busca respirar en el aire el olor del aliento, del cuerpo de su Niño. ¿No sabéis, acaso, que ese aliento y ese cuerpo se los di yo? Yo, yo que lo llevé nueve meses, que le di a luz, que lo amamanté, lo crié, lo cuidé. ¡Ese aliento es mío!

¡Ese olor de carne es mío! Es el mío, pero más hermoso en mi Jesús. Dejádmelo percibir otra vez.

-Sí, querida. Mañana. Ahora estás cansada. Estás ardiendo de fiebre. No puedes así. Estás mal.

-Sí. Mal. Pero es porque tengo en los ojos la percepción de su Sangre y en el olfato el olor de su Cuerpo llagado. Quiero ver la mesa en que se apoyó vivo y sano, quiero percibir el perfume de su cuerpo juvenil. ¡Abrid! ¡No me lo sepultéis por tercera vez! Ya me lo habéis ocultado bajo los perfumes y las vendas; luego me lo habéis encerrado tras la piedra. ¿Ahora por qué, por qué negarle a una Madre que halle el último rastro de Él en el aliento que ha dejado detrás de esa puerta? Dejadme entrar.

Buscaré en el suelo, en la mesa, en el asiento, las huellas de sus pies, de sus manos. Y las besaré, las besaré hasta consumirme los labios. Buscaré… buscaré… Quizás encuentre un cabello de su cabeza rubia, un cabello no untado de sangre. ¿Sabéis vosotros qué es para una madre un cabello de su hijo? Tú, María de Cleofás, tú, Salomé, sois madres. ¿Y no comprendéis? ¡Juan! ¡Juan! Escúchame. Yo soy Madre para ti. El me ha constituido tal. ¡Él! Tú me debes obediencia. ¡Abre! Yo te amo, Juan. Siempre te he amado porque lo amabas. Te amaré más todavía. Pero abre. ¡Abre digo! ¿No quieres? ¿No quieres? ¡Ah, ¿entonces ya no tengo hijo?! Jesús no me negaba nunca nada. Porque era hijo. Tú niegas. No eres hijo. No comprendes mi dolor… ¡Oh, Juan!, perdona… perdona. Abre… No llores… Abre… ¡Oh, Jesús! ¡Jesús!… Escúchame… ¡Obre tu espíritu un milagro! ¡Abre a tu pobre Mamá esta puerta que nadie quiere abrir! ¡Jesús! ¡Jesús!

María llama con los puños cerrados a la puertecita, a esa puertecita bien cerrada. Está en un momento de paroxismo de su congoja. Hasta que palidece y, susurrando:

-¡Oh, mi Jesús! ¡Voy! ¡Voy!», se desploma sin fuerzas sobre los brazos de las mujeres, que lloran y la sujetan para impedir que caiga a los píes de esa puerta; luego la llevan así, a la habitación que hay enfrente.

¿La columna de la flagelación era alta o baja? ¿El Señor llevaba la cruz entera?

 

En cuanto a la forma (altitud, etc.) de la Columna de la Flagelación de Jesús, cfr. E. Power, Flagellation, en Dictionnaire de la Bible, Supplément, tom. II, París 1934, col. 60-67; C. Testore, E. Lavagnino, Colomna della flagelazione, en Enciclopedia Católica, vol. V, Città del Vaticano, 1950, col. 1441-1443. Power, después de haber enumerado las diversas columnas o troncos de columnas que hay en diversos lugares y que se dicen haber sido sobre los cuales Jesús fue azotado, escribe del siguiente modo, refiriéndose a la “pequeña” conservada desde el siglo XIII en Roma en la iglesia de S. Práxedes: “Es muy pequeña para que hubiera servido para inmovilizar el cuerpo del reo el cual tenía las manos atadas en alto y los pies abajo, y de este modo se le ligaba a la columna. Por tanto, según Power y según la obra de Valtorta, la columna era más alta que el que era sujetado a la flagelación.

María Valtorta describe la flagelación en los siguientes términos:

 

El centurión saluda a Poncio Pilato e informa.

-¡¿Aquí otra vez?! ¡Uf! ¡Maldita esta raza! Que se acerque la chusma. Traed aquí al Acusado. ¡Uf, qué lata!

Va hacia la muchedumbre, aunque también esta vez se detiene en la mitad del vestíbulo.

-Hebreos, escuchad. Me habéis traído a este hombre como agitador del pueblo. Delante de vosotros lo he examinado y no he hallado en Él ninguno de los delitos de que lo acusáis. Herodes no ha encontrado más que yo. Y nos lo ha devuelto. No merece la muerte. Roma ha hablado. De todas formas, por no contrariaros privándoos de la recreación, os daré a cambio a Barrabás. Y a Él mandaré que le den cuarenta azotes. Así basta.

-¡No, no! ¡No a Barrabás! ¡No a Barrabás! ¡A Jesús la muerte! ¡Y una muerte horrenda! Libera a Barrabás y condena al Nazareno.

-¡Pero oíd! He dicho fustigación. ¡No es suficiente? ¡Entonces mandaré que lo flagelen! ¿Sabéis que es atroz? Puede morir por ello. ¿Qué mal ha hecho? No encuentro ninguna culpa en Él, así que lo liberaré.

-¡Crucifica! ¡Crucifica! ¡A muerte! ¡Eres un protector de los malhechores! ¡Pagano! ¡Tú también otro satanás!

La muchedumbre se acerca hasta el pie del vestíbulo y la primera formación de soldados, no pudiendo usar las lanzas, ondea por el choque. Pero la segunda fila, bajando un peldaño, blande las lanzas y libera a los compañeros.

-Que sea flagelado – ordena Pilato a un centurión.

-¿Cuánto?

-Lo que te parezca… Total, ésta es una cuestión concluida. Y yo ya estoy aburrido. Venga, ve.

Cuatro soldados llevan a Jesús al patio que está después del atrio. En él, enteramente enlosado con mármoles de color, en su centro hay una alta columna semejante a las del pórtico. A unos tres metros del suelo, la columna tiene un brazo de hierro que sobresale al menos un metro y que termina en una argolla. A ésta columna – tras haberlo hecho desvestirse, de forma que ha quedado únicamente con un pequeño calzón de lino y las sandalias- atan a Jesús, con las manos unidas por encima de la cabeza. Levantan las manos, atadas por las muñecas, hasta la argolla, de forma que Él, a pesar de ser alto, no apoya en el suelo más que la punta de los pies… Y también esta postura debe ser un tormento.

No recuerdo dónde leí que la columna era baja y que Jesús había estado inclinado. Así será. Yo digo lo que veo.

Detrás de Él se coloca uno de cara de verdugo y neto perfil hebreo; delante, otro, con la misma cara. Están armados con el flagelo de siete tiras de cuero unidas a un mango y acabadas en un martillito de plomo. Rítmicamente, como si estuvieran haciendo un ejercicio, se ponen a dar golpes. Uno, delante; el otro, detrás. De forma que el tronco de Jesús se halla dentro de una rueda de azotes y flagelos.

Los cuatro soldados a los que ha sido entregado, indiferentes, se han puesto a jugar a los dados con otros tres soldados que han llegado en ese momento. Y las voces de los jugadores se acompasan con el sonido de los flagelos, que silban como sierpes y luego suenan como piedras arrojadas contra la membrana tensa de un tambor, golpeando el pobre cuerpo, ese pobre cuerpo tan delgado y de un color blanco de marfil viejo, que primero se pone cebrado, de un rosa cada vez más vivo, luego morado, para tornarse luego de relieves de color añil, hinchados de sangre, y luego se abre y rompe y suelta sangre por todas partes. Los verdugos se ceban especialmente en el tórax y en el abdomen; pero no faltan los golpes en las piernas y en los brazos, e incluso en la cabeza, para que no hubiera un lugar de la piel sin dolor.

Y ni una queja siquiera… Si no estuviera sujetado por la cuerda, se caería. Pero ni se cae ni gime. Eso sí, la cabeza le pende –después de golpes y más golpes recibidos- sobre el pecho, como por desvanecimiento.

-¡Eh, para ya! – grita un soldado, y, en tono de mofa:

-Que tienen que matarlo estando vivo.

Los dos verdugos se paran y se secan el sudor.

-Estamos agotados» dicen – Dadnos la paga, para poder echar un trago y así reponernos…

-¡La horca os daría! En fin, tomad… – y un decurión arroja una moneda grande a cada uno de los dos verdugos.

-Habéis trabajado a conciencia. Parece un mosaico. Tito: ¿tú dices que era éste el amor de Alejandro? Le daremos la noticia para que cumpla el luto. Lo desatamos un poco, ¿eh?

Lo desatan, y Jesús se derrumba como muerto. Lo dejan ahí en el suelo, y de vez en cuando lo golpean con el pie calzado con las cáligas para ver si gime. Pero Él calla.

-¿Estará muerto? ¿Pero es posible? Es joven. Y artesano. Eso me han dicho… Parece una dama delicada.

-Déjalo de mi cuenta – dice un soldado. Y lo sienta con la espalda apoyada en la columna. Donde estaba, ahora hay grumos de sangre… Luego va a una pequeña fuente que gorgotea bajo el pórtico. Llena de agua un barreño y lo arroja sobre la cabeza y el cuerpo de Jesús.

-¡Así! A las flores les viene bien el agua.

Jesús suspira profundamente. Intenta levantarse. Pero todavía tiene los ojos cerrados.

-¡Eso es! ¡Bien! ¡Arriba, majo! ¡Que te espera la dama!…

Pero Jesús inútilmente apoya en el suelo los puños intentando erguirse.

-¡Arriba! ¡Rápido! ¿Te sientes débil? Con esto te vas a reponer – dice otro soldado con sonrisa socarrona. Y con el asta de su alabarda descarga un golpe en la cara de Jesús, dándole entre el pómulo derecho y la nariz, por donde empieza a sangrar.

Jesús abre los ojos, los vuelve. Es una mirada empañada… Mira fijamente al soldado que lo ha golpeado. Se enjuga la sangre con la mano. Luego, con mucho esfuerzo, se pone de pie.

-Vístete. No es decente estar así. ¡Impúdico!

Todos se ríen, en corro alrededor de Él.

Él obedece sin decir nada. Pero, mientras se encorva -y sólo Él sabe lo que sufre al agacharse, estando tan magullado y con esas llagas que al estirarse la piel se abren más todavía, y con otras que se forman al romperse las ampollas-, un soldado da una patada a la ropa y la disemina, y cada vez que Jesús, tambaleándose, llega a donde ha caído la ropa, un soldado las echa en otra dirección. Y Jesús sufriendo agudamente, sigue a la ropa sin decir una palabra, mientras los soldados se burlan de Él en modo repugnante.

Por fin puede vestirse. Se pone también la túnica blanca, que estaba apartada y no se ha manchado. Parece querer ocultar su pobre túnica roja, que ayer mismo estaba tan bonita y ahora está ensuciada de porquerías y manchada por la sangre sudada en Getsemaní. Es más, antes de ponerse sobre la piel la túnica corta interior, se enjuga con ella la cara, que está mojada, limpiándola así de polvo y esputos. Y la pobre, santa faz, aparece limpia, sólo signada de moratones y pequeñas heridas. Se ordena también el pelo, que pendía desordenado, y la barba, por una innata necesidad de arreglo corporal.

Y luego se acurruca al sol. Porque tiembla mi Jesús… La fiebre empieza a serpear en Él con sus escalofríos. Y también se pone de manifiesto la debilidad por la sangre perdida, el ayuno y el mucho camino andado.

Le atan de nuevo las manos. Y la cuerda sierra de nuevo en donde ya hay un rojo aro de piel levantada.

-¿Y ahora? ¿Qué hacemos con Él? ¡Yo me aburro!

-Espera. Los judíos quieren un rey. Vamos a dárselo. Ése… – dice un soldado.

Y sale raudo -sin duda, a un patio de detrás-. Vuelve con un haz de ramas de espino albar agreste, todavía flexible porque la primavera mantiene blandas las ramas, de espinas bien duras y aguzadas. Con la daga, quitan hojas y florecillas. Luego hacen un círculo con las ramas y lo acalcan en la pobre cabeza…

………………………..

Sobre la cruz:

Traen las cruces. Las de los dos ladrones son más cortas. La de Jesús muy larga. Estoy segura que el palo travesaño mide sus cuatro metros. Veo que la traen ya formada.

Sobre este punto leí… hace años, cuando leía yo, que la cruz la formaron en la cima del Gólgota, y que en el camino los condenados llevaban sólo los dos palos arrastrándolos sobre las espaldas. Puede ser. Pero yo veo una cruz verdadera, bien hecha, fuerte, perfectamente unida en medio y bien reforzada con clavos-tornillos. De hecho, si se piensa que era para sostener el peso de un cuerpo no común como era el de un adulto, y sostenerlo en las convulsiones finales, se comprende que no podía haber sido hecha en la estrecha e incómoda cima del Calvario.

La opinión, común y corriente, apoyada no en los evangelios, parcos en detalles, sino en la arqueología romana, sostiene que la cruz se componía de dos palos separados: uno, el largo, vertical llamado stavrós, medía de 4 a 4 metros y medio, y generalmente estaba clavado en el lugar del suplicio; el otro, el horizontal, y más corto, llamado furca o patibulum, lo cargaba el condenado. Según esta opinión común, Jesús llevó al Calvario no la cruz completa, sino solo el palo corto. En contra de esta opinión común y a favor de lo descrito en esta obra, serían los textos del Evangelio, según los cuales el Señor  llevó stavrós: Mt 27, 32; Mc 15, 21; Lc 2, 26; Jn 19, 17. Pero a eso se contesta por lo general que aquí bajo stavrós hay que entender sinedohe (pars pro toto = parte para la totalidad), sobre todo teniendo en cuenta un flagelado no sería capaz portar la cruz entera, tan larga y pesada. María Valtorta, recordando que el flagelado y el que cargaba la cruz esta vez, es el Dios encarnado, y asegurando que describía “lo que veía” afirma que Jesús cargó la cruz completa. Puede ser que al pensar así vaya contra la opinión corriente, pero no contra los Evangelios, los cuales, como todos lo saben, no describen todos los pormenores. Respecto la opinión común y a muchos detalles, cfr. U. Holzmeister, Croce, en Enciclopedia Católica, vol. IV, Città del Vaticano, 1950, col. 951-956; a favor de la escritora de esta obra, cfr. I. Knabenbauer, S. J., Commentariurs in Quatuor S. Evangelia, I, 2, Evangelium secundum S. Matthaeum,in Cursus Sacrae Scripturae, auctoribus R. Cornely, I. Knabenbauer, Fr. De Hummelauer, S. J., Parisiis, 1983, p. 513-515.

Respecto a la verdadera Cruz de Jesús, cfr. Moroni, op. cit. Vol. 18, pág. 234-236. En cuanto a los fragmentos existentes en Roma, en las iglesias de la Sta Cruz de Jerusalén y de S. Pedro en Vaticano, cfr. Bedini, op. cit., pág. 40-46.

Un fragmento del Vía Crucis:

Jesús camina jadeante. Cada bache del camino es una insidia para su pie incierto, una tortura para su espalda lacerada, para su cabeza coronada de espinas y herida por un Sol cenital exageradamente caliente que de vez en cuando se esconde tras un entrecielo plúmbeo de nubes, pero que, aun oculto, no deja de abrasar. Está congestionado por la fatiga, la fiebre y el calor.

Pienso que también la luz y los gritos deben torturarlo, y, si bien no puede taparse los oídos para no oír esos gritos descompuestos, sí que cierra los ojos para no ver la vía deslumbradora de sol… Pero se ve obligado a abrirlos, porque tropieza en piedras y pisa en baches, y cada tropezón es causa de dolor porque mueve bruscamente la cruz, que choca con la corona, que se descoloca en el hombro llagado y extiende la llaga y hace aumentar el dolor.

Prof. Lorenzo Ferri, al ser preguntado sobre la llaga de la que se habla aquí, respondió de este modo: “La llaga de la espalda, al lado derecho, se ve en la Sábana, de lo cual conjeturo que Jesús llevó la cruz completa, en el hombro derecho, como asegura María Valtorta”.

El brazo izquierdo en la Sábana Santa 4 cm más corto que el derecho; motivos

 

“Toda la tierra se cubrío de tinieblas desde la hora sexta hasta la hora nona.” (Mt 27, 45)

Otro día una persona allegada me comentaba algunas ideas que había oído en la presentación de un libro de un buen sacerdote sobre la reconstrucción de la Pasión de Nuestro Señor realizada en base al estudio de la Sábana Santa. Por lo general, muchas conclusiones del autor me parecían correctas y creíbles, pero difería claramente respecto a algunos puntos. Como por ejemplo, que el Señor estaría poco tiempo crucificado, posiblemente una hora, porque es imposible que un hombre aguante en esa posición por más tiempo.

 

Entonces me pregunté, por empezar, que si dudamos, o interpretamos no ya el libro de los Macabeos, sino los Evangelios mismos según nuestro entender, ahora, a dos mil años de distancia de lo que vieron los testigos oculares y lo pusieron por escrito, ¿dónde vamos a parar? ¿Qué más me queda por dudar o interpretar a mi manera? Porque resulta que en el Calvario estaba el apóstol y evangelista San Juan, con la Madre del Señor y con devotas mujeres a pocos metros de toda la escena, resulta que al menos en el Domingo de la Resurrección cuando ya volvió Mateo de su huída había oído, ansioso, de la boca de Juan sobre los últimos momentos de la vida su Dios, a quien falló por cobardía a pesar de haberlo llamado, siendo pecador que daba asco a los fariseos y tantos otros, el Hijo de Dios cuando nadie daba dos duros por él, y la narración se la habrá quedado como grabada a fuego para el resto de su vida; resulta que Lucas había sido instruido por la misma Virgen sobre todo el Evangelio, especialmente sobre estos momentos tan singulares, casi seguro en el periodo en el cual el evangelista atendía en sus necesidades a Pablo preso en Cesárea por dos años; resulta que después de que Marcos, aquel muchacho que presencia la escena de prendimiento del Señor en el huerto de Getsemaní, habiendo oído la predicación del Evangelio del mismo Pedro, y habiendo visto él mismo al Señor predicando y haciendo milagros; resulta que habiendo puesto todo eso por escrito con todos aquellos testigos que se encontraban hasta debajo de las piedras en los primeros años de la predicación de los Apóstoles, algunos tal vez conversos en Pentecostés entre aquellos que huyeron del Calvario después de ver lo que hicieron y dándose golpes de pecho; resulta que con todos esos Evangelios predicados primero y luego escritos de manera tan realista, dejando esos mismos autores mal a ellos mismos, lo que no hace nadie y con eso confirmando la realidad de la autoría divina de los Evangelios; resulta que cuando toda esa gente a pocos metros de la Cruz viendo el sol estando en el zénit oscureciéndose y permaneciendo las tinieblas hasta la mitad del arco solar restante, que lo vieron ellos con sus ojos no pidiendo permiso por lo visto a nosotros, pues resulta que todo eso no es suficiente.

Es lo que yo, con mi ciencia pueda deducir. “Una hora”, y se queda uno tan a gusto. Entonces, querido autor y muy estimado sacerdote, no miento le aseguro, ¿pero que nos queda entonces por no retocar, por no interpretar de otro modo, nos queda algo…?

Por eso le contaré una anécdota muy real y muy instructiva. Resulta que hubo un profesor, pintor y escultor italiano que a mediados del siglo veinte durante largos 35 años minuciosamente investigaba la Sábana Santa de Turín. Habrá sido de esos pintores y escultores que estaban acostumbrados a las representaciones del cuerpo humano, buenos conocedores de sus proporciones y dimensiones, no como los pintores modernistas de cuadros de colores, que cuando una vez presencié una charla sobre la pintura contemporánea por poco y literalmente me caigo de la silla de la risa que me dio al contemplar aquellos cuadros grotescos sin fuste. Pues Ferri seguro que no era de esos, tenía ojo para las proporciones y averiguó con rigurosas mediciones, que el brazo izquierdo en la Sábana era cuatro cm más corto que el derecho:

El Profesor Lorenzo Ferri al preguntársele sobre el lugar preciso en que fueron traspasados las manos de Jesús, dijo: “En la Sábana se ve claramente que el clavo de la mano izquierda no dio en la muñeca, como siempre han creído los especialistas (tal vez contra el Ev. Cfr. Jn 20, 24-29; “Si no veo en las manos la marca de los clavos… Trae aquí tu dedo y mira mis manos…”), sino en la palma.  Por lo que toca a la mano derecha, no hay duda que fue traspasada en la muñeca, como era costumbre. No se ve porque está cubierta con al otra mano. María Valtorta dice el por qué.

El Profesor Ferri, pintor y escultor, que desde hace 35 años ha venido estudiando con todo interés y desde el punto de vista científico la Sábana de Turín (según fotografías perfectas de tamaño natural), para tener los mejores datos sobre Jesús, y que hace 15 años lee atenta y animadamente la Obra de María Valtorta, ha escrito lo siguiente: “Roma, 15 de septiembre de 1965. El que suscribe Lorenzo Ferri, escultor, pintor y profesor, atestiguo con toca conciencia lo que sigue: En 1949, durante el concurso para las Puertas de San Pedro de Roma, conocí  por medio de un sacerdote a la señorita María Valtorta, que vivía en la calle de Antonio Fratti n. 11 en la ciudad de Viareggio. Como fui un investigador apasionado de la Sábana Santa de Turín, por 30 años he estudiado minuciosamente la Sábana procurando reconstruir la verdadera fisionomía de Nuestro Señor Jesucristo, pero no me había sido posible. Sin embargo, por medio de la descripción que hace la srita. María Valtorta, no sólo he  logrado comprender mejor el Rostro, sino que he obtenido la confirmación de mis estudios científicos sobre la Sábanas, que realizaba de forma  independientemente. Un año más tarde, siguiendo mi estudio de la restauración del Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, encontré que el brazo  izquierdo era 4 cm más corto que el brazo derecho. Ante este caso inaudito, y después de haber consultado a varios médicos de fama, llegamos a la conclusión que el Nuestro Señor sufrió una luxación intencional o causal. Cuando le pregunté a María Valtorta, sonrió y me leyó un trozo de su obra donde están descritos hasta los mínimos pormenores, escrito a 4 años de mis estudios. De este modo obtuve la confirmación de que lo que vio María Valtorta era verdad. Debo agregar que la amistad con María Valtorta y la lectura continua de su Obra me ha hecho conocer mejor a Jesús, a vivirlo más interiormente. Mi arte, mis obras dan testimonio de este benéfico influjo. Lorenzo Ferri.”

 

Lo que ve María Valtorta es lo siguiente:

Es ahora el turno de Jesús. Él se extiende mansamente sobre el madero. Los dos ladrones se rebelaban tanto, que, no siendo suficientes los cuatro verdugos, habían tenido que intervenir soldados para sujetarlos, para que no apartaran con patadas a los verdugos que los ataban por las muñecas. Pero para Jesús no hay necesidad de ayuda. Se extiende y pone la cabeza donde le dicen que la ponga. Abre los brazos como le dicen que los abra. Estira las piernas como ordenan que lo haga. Sólo se ha preocupado de colocarse bien su velo. Ahora su largo cuerpo, esbelto y blanco, resalta sobre el madero oscuro y el suelo amarillo.

 Dos verdugos se sientan encima de su pecho para sujetarlo. Y pienso en qué opresión y dolor debió sentir bajo ese peso. Un tercer verdugo le toma el brazo derecho y lo sujeta: con una mano en la primera parte del antebrazo; con la otra, en el extremo de los dedos. El cuarto, que tiene ya en su mano el largo clavo de punta afilada y cuerpo cuadrangular que termina en una superficie redonda y plana de1 diámetro de diez céntimos de los tiempos pasados, mira si el agujero ya practicado en la madera coincide con la juntura del radio y el cúbito en la muñeca. Coincide. El verdugo pone la punta del clavo en la muñeca, alza el martillo y da el primer golpe.

 

 Jesús, que tenía los ojos cerrados, al sentir el agudo dolor grita y se contrae, y abre al máximo los ojos, que nadan entre lágrimas. Debe sentir un dolor atroz… el clavo penetra rompiendo músculos, venas, nervios, penetra quebrantando huesos…

 

 María responde, con un gemido que casi lo es de cordero degollado, al grito de su Criatura torturada; y se pliega, como quebrantada Ella, sujetándose la cabeza entre las manos. Jesús, para no torturarla, ya no grita. Pero siguen los golpes, metódicos, ásperos, de hierro contra hierro… y uno piensa que, debajo, es un miembro vivo el que los recibe.

 La mano derecha ya está clavada. Se pasa a la izquierda. El agujero no coincide con el carpo. Entonces agarran una cuerda, atan la muñeca izquierda y tiran hasta dislocar la juntura, hasta arrancar tendones y músculos, además de lacerar la piel ya serrada por las cuerdas de la captura. También la otra mano debe sufrir porque está estirada por reflejo y en torno a su clavo se va agrandando el agujero. Ahora a duras penas se llega al principio del metacarpo, junto a la muñeca. Se resignan y clavan donde pueden, o sea, entre el pulgar y los otros dedos, justo en el centro del metacarpo. Aquí el clavo entra más fácilmente, pero con mayor espasmo porque debe cortar nervios importantes (tanto que los dedos se quedan inertes, mientras los de la derecha experimentan contracciones y temblores que ponen de manifiesto su vitalidad). Pero Jesús ya no grita, sólo emite un ronco quejido tras sus labios fuertemente cerrados, y lágrimas de dolor caen al suelo después de haber caído en la madera.

 

¿Qué quiero decir con esto?

No podemos alegremente apartarnos de lo que nos narra la Escritura, especialmente en los textos tan cruciales como son los Evangelios y el NT en general; si hasta en eso rebuscamos y dejamos entender otra cosa, apaga y vamonos. Y del AT ni te cuento, llegaremos a poco más que a los cuentos de Aladino y mil y una noche. Y no por “política” o por “conveniencia”, sino porque es así. Y porque ni es serio después de dos mil años, en este siglo desgraciado, dar lecciones a nadie. Por lo que dije al principio, ¡como si los evangelistas eran unos novelistas que no podían ser contrastados por cientos de testigos! ¡Y ahora que venga alguien y me da lecciones! Paso.

Penetremos estos días en el Misterio de la Pasión de Nuestro Señor.

La siempre Virgen siempre quiso serlo

¿Cómo será eso, pues no conozco varón? Lc 1, 35

A veces oigo en las homilías que la Virgen cambió el plan que tenía para su vida aceptando la iniciativa de Dios que le fue comunicada por el arcángel. Eso sostenía por ejemplo Ignacio Larrañaga en su obra Silencio de María. Pero, en ese caso, ¿cómo pudo ser siempre Virgen? Porque podría serlo físicamente, pero interiormente, sin que eso suponga algo malo, pensaría en no serlo. De allí que, concluyo, no podría ser siempre Virgen y en ese caso afirmaríamos algo contrario (en la inmensa mayoría de las veces sin darse cuenta)  al contenido del dogma de la Inmaculada Concepción y Perpetua Virginidad de María.

En efecto, ¿Cómo será eso, pues no conozco varón?”, es consecuencia lógica de la opción previa de la Virgen en serlo, ser solamente de Dios desde que tenga conocimiento de sí misma. Por eso su extrañeza, como si preguntara, ¿es que el Altísimo ya no quiere el ofrecimiento de su esclava?

Es más, la Virgen era desposada con San José en el momento del anuncio del arcángel, y, si hubiera pensado en tener un matrimonio como los demás, su pregunta sería completamente de sobra. En todo caso debería preguntar algo como: ¿y cómo debemos educar a nuestro (el de José también) hijo?, o algo similar.

Es más, “¿Cómo será eso, si yo no conozco varón?”, da a entender otra cosa. La Virgen habría comunicado a San José con ocasión de esponsales su decisión, y este la habría aceptado. Por eso estaba tan sorprendida con el anuncio de arcángel ya que y ella y San José se ofrecieron a Dios. ¿Cómo será eso, es que el Señor ya no quiere lo que me consta como inspiración suya en el interior de mi alma? No lo entiendo. Es un no entender distinto del de Zacarías, que ponía límites a la bondad y el poder de Dios.

consideraciones resplandece la grandeza de San José, a quien Dios preparó de forma especialísima para ser esposo de la Virgen y padre de Jesús, Dios hecho carne. ¿A quién Dios va a elegir para cuidar a su Hijo? Después de la Virgen, no hubo un hombre tan santo en la Tierra, como este santo varón a quien Dios encontró digno, preparándolo previamente para esa tarea, de ser padre de su Hijo. Ni el Predilecto, ni San Agustín, ni Santo Tomás tan santo y tan ingenuo que el que lo confesó en su lecho de muerte dijo que le parecía haber confesado a un niño; ni los ardorosos penitentes San Francisco ni San Ignacio, ni la delicadísima virgen Santa Teresita de Niño Jesús ni ningún otro santo puede igualar en santidad a San José, maestro de la vida interior según la expresión de la santa de Ávila

Es normal que en la vida de tantas personas intervenga Dios cambiando unos planes trazados. Ha ocurrido en la vida de tantas personas que optaron, en un momento dado, por la excelencia de la vocación a la virginidad y el celibato, habiendo pensado antes en tener una vida como padres o madres de familia. También hubo casos, como el de la Santa Teresita del Niño Jesús, que parece que vivían solamente para Dios desde que supieron de su existencia. Sin embargo, el caso de la Virgen María es totalmente excepcional. Sencillamente, no existe ni existirá otro ser humano con ese privilegio, y eso se tenía que notar. Podría decirse que entre la Virgen y nosotros la diferencia es de dimensión, no hay comparación posible en el sentido de que lo que nos pasa a nosotros, y lo que nos podría pasar a nosotros, sea aplicado a ella. Allí es, procediendo de esa forma, donde se comete el error.

Por lo tanto, es todo lo contrario. La Inmaculada es la muestra palpable del plan de Dios con los hombres si nuestros primeros padres (que existieron, y que fueron creados perfectos, ni para el dolor ni para la muerte, pero libres; hasta para poder abusar de esa libertad), no hubiesen pecado. Y con su gloriosa Asunción es un signo de especialísimo de la dicha, en cuerpo y alma, que nos espera, si sabemos tener fe, esperanza y caridad, siguiendo sus pasos de perfecta creyente. Todo ello lo sabían los apóstoles y así lo transmitieron a sus sucesores.

P.S. La obra de María Valtorta refleja con perfecta ortodoxia, de forma maravillosa, los puntos meditados. Señalo extractos de texto relacionados con el tema.

Su deseo de ser completamente de Dios desde la infancia:

Mamá, ¿me sigues contando alguna otra historia?….

-¡Oh, hija mía! ¿Cuál quieres saber?.

María se queda pensando; seria y recogida como está, habría que pintarla para eternizar su expresión. En su carita infantil se reflejan las sombras de sus pensamientos. Sonrisas y suspiros, rayos de sol y sombras de nubes pensando en la historia de Israel. Luego elige:

– Otra vez la de Gabriel y Daniel, en que está la promesa del Cristo.

Y escucha con los ojos cerrados, repitiendo en voz baja las palabras que su madre le dice, como para recordarlas mejor.

Cuando Ana termina, pregunta:

-¿Cuánto falta todavía para tener con nosotros al Emmanuel?

– Treinta años aproximadamente, querida mía.

-¡Cuánto todavía! Y yo estaré en el Templo… Dime, si rezase mucho, mucho, mucho, día y noche, noche y día, y deseara ser sólo de Dios, toda la vida, con esta finalidad, ¿el Eterno me concedería la gracia de dar antes el Mesías a su pueblo?.

– No lo sé, querida mía. El Profeta dice: “Setenta semanas”. Yo creo que la profecía no se equivoca. Pero el Señor es tan bueno — se apresura a añadir Ana, al ver que las pestañas de oro de su niña se perlan de llanto — que creo que si rezas mucho, mucho, mucho, se te mostrará propicio.

La sonrisa aparece de nuevo en esa carita ligeramente alzada hacia la madre, y un ojalito de sol que pasa entre dos pámpanas hace brillar las lágrimas del ya cesado llanto, cual gotitas de rocío colgando de los tallitos sutilísimos del musgo alpino.

– Entonces rezaré y me consagraré virgen para esto.

– Pero, ¿sabes lo que quiere decir eso?

– Quiere decir no conocer amor de hombre, sino sólo de Dios. Quiere decir no tener ningún pensamiento que no sea para el Señor. Quiere decir ser siempre niña en la carne y ángel en el corazón. Quiere decir no tener ojos sino para mirar a Dios, oídos para oírle, boca para alabarle, manos para ofrecerse como hostias, pies para seguirle velozmente, corazón y vida para dárselos a El.

-¡Bendita tú! Pero entonces no tendrás nunca niños, ¿sabes? ; y a ti te gustan mucho los niños y los corderitos y las tortolitas. Un niño para una mujer es como un corderito blanco y crespo, como una palomita de plumas de seda y boca de coral: se le puede amar, besar; se puede oír que nos llama “mamá”.

– No importa. Seré de Dios. En el Templo rezaré. Y quizás un día vea al Emmanuel. La Virgen que debe ser Madre suya, como dice el gran Profeta, ya debe haber nacido y estar en el Templo… Yo seré compañera suya… y sierva suya. ¡Oh, sí! Si pudiera conocer, por luz de Dios, a esa mujer bienaventurada, querría servirla. Luego Ella me traería a su Hijo, me conduciría hacia su Hijo y así le serviría también a Él. ¡Fíjate, mamá!… ¡¡Servir al Mesías!!… – María se siente sobrepujada por este pensamiento que la sublima y la deja anonadada al mismo tiempo. Con las manitas cruzadas sobre su pecho y la cabecita un poco inclinada hacia adelante, y encendida de emoción, parece una infantil reproducción de la Virgen de la Anunciación que yo

vi. Y sigue diciendo:

-¿Pero, el Rey de Israel, el Ungido de Dios, me permitirá servirle?.

– No lo dudes. ¿No dice el rey Salomón: “Sesenta son las reinas y ochenta las otras esposas y sin número las doncellas

En ello puedes ver que en el palacio del Rey serán sin número las doncellas vírgenes que servirán a su Señor.

-¡Oh! ¿Lo ves como debo ser virgen? Debo serlo. Si Él por madre quiere una virgen, es señal de que estima la virginidad por encima de todas las cosas. Yo quiero que me ame a mí, su sierva, por esa virginidad que me hará un poco similar a su dilecta Madre… Esto es lo que quiero… Querría también ser pecadora, muy pecadora, si no temiera ofender al Señor… Dime, mamá,

¿puede una ser pecadora por amor a Dios?.

–  Pero, ¿qué dices, tesoro? No entiendo.

–  Quiero decir: pecar para poder ser amada por Dios hecho Salvador. Se salva a quien está perdido, ¿no es verdad? Yo querría ser salvada por el Salvador para recibir su mirada de amor. Para esto querría pecar, pero no cometer un pecado que le disgustase. ¿Cómo puede salvarme si no me pierdo?

Ana está atónita. No sabe ya qué decir.

Viene en su ayuda Joaquín, el cual, caminando sobre la hierba, se ha ido acercando, sin hacer ruido, por detrás del seto de sarmientos bajos.

–  Te ha salvado antes porque sabe que le amas y quieres amarle sólo a Él. Por ello tú ya estás redimida y puedes ser virgen como quieres – dice Joaquín.

-¿Sí, padre mío?- María se abraza a sus rodillas y le mira con las claras estrellas de sus ojos, muy semejantes a los paternos, y muy dichosos por esta esperanza que su padre le da.

–  Verdaderamente, pequeño amor. Mira, yo te traía este pequeño gorrión que en su primer vuelo había ido a posarse junto a la fuente. Habría podido dejarlo, pero sus débiles alas no tenían fuerza para elevarlo en nuevo vuelo, ni sus patitas de seda para fijarlo a las musgosas piedras, que resbalaban. Se habría caído en la fuente. No he esperado a que esto sucediera. Lo he cogido y ahora te lo regalo. Haz lo que quieras con él. El hecho es que ha sido salvado antes de caer en el peligro. Lo mismo ha hecho Dios contigo. Ahora, dime, María: ¿he amado más al gorrión salvándolo antes, o lo habría amado más salvándolo después?

–  Ahora lo has amado, porque no has permitido que se hiciera daño con el agua helada.

–  Y Dios te ha amado más, porque te ha salvado antes de que tú pecaras.

–   Pues entonces yo le amaré completamente, completamente. Gorrioncito bonito, yo soy como tú. El Señor nos ha amado de la misma manera, salvándonos… Ahora voy a criarte y luego te dejaré suelto. Tú cantarás en el bosque y yo en el Templo las alabanzas del Señor, y diremos: “Envía a tu Prometido, envíaselo a quien espera”. ¡Oh, papá mío! ¿Cuándo me vas a llevar al Templo?

–  Pronto, perla mía. Pero, ¿no te duele dejar a tu padre?

-¡Mucho! Pero tú vendrás… y, además, si no doliese, ¿qué sacrificio sería?

-¿Y te vas a acordar de nosotros?                                                                                                                –  Siempre.  Después  de

la oración por el Emmanuel rezaré por vosotros. Para que Dios os haga dichosos y os dé una larga vida… hasta el día en que Él sea Salvador. Luego diré que os tome para llevaros a la Jerusalén del Cielo.

La visión me cesa con María estrechada en el lazo de los brazos de su padre…

María, desposada con San José, le comunica su pensamiento:

María coge la ramita. Se la ve emocionada, y mira a José con una cara cada vez más segura y radiante. Se siente segura

de él. Cuando él dice: «Soy consagrado nazareno», su rostro se muestra todo luminoso y encuentra fuerzas para decir:

–  Yo también soy toda de Dios, José. No sé si el Sumo Sacerdote te lo ha dicho…

–  Me ha dicho sólo que tú eres buena y pura y que debes manifestarme un voto tuyo, y que fuera bueno contigo. Habla, María. Tu José desea hacerte feliz en todos tus deseos. No te amo con la carne. ¡Te amo con mi espíritu, santa doncella que Dios me otorga! Debes ver en mí un padre y un hermano, además de un esposo. Ábrete a mí como con un padre, abandónate en mí como con un hermano.

–  Ya desde la infancia me consagré al Señor. Sé que esto no se hace en Israel, pero yo sentía una Voz que me pedía mi virginidad en sacrificio de amor por la venida del Mesías. ¡Hace mucho tiempo que Israel lo espera!… ¡No es demasiado el renunciar por esto a la alegría de ser madre!.

José la mira fijamente, como queriendo leer en su corazón, y luego coge las dos manitas que tienen todavía entre los dedos la ramita florecida, y dice:

–  Pues yo también uniré mi sacrificio al tuyo, y amaremos tanto con nuestra castidad al Eterno, que Él dará antes a la Tierra al Salvador, permitiéndonos ver su Luz resplandecer en el mundo. Ven, María. Vamos ante su Casa y juremos amarnos como lo hacen los ángeles entre sí. ‘Luego iré a Nazaret a prepararlo todo para ti, en tu casa si quieres ir a ella, en otra parte si

así lo deseas.

………………

– He pensado este tiempo en tu voto. Ya te dije que lo comparto. Pero, cuanto más pienso en ello, más me doy cuenta

de que no es suficiente el nazireato temporal, aunque se vaya renovando. Yo te he comprendido, María. No merezco todavía la palabra de la Luz, pero sí me llega un murmullo de su voz, y ello me pone en condiciones de leer tu secreto, al menos en sus líneas maestras. Soy un pobre ignorante, María. Soy un pobre obrero. Ni sé de letras ni tengo tesoros, mas a tus pies pongo mi tesoro, para siempre. Mi castidad absoluta, para ser digno de estar a tu lado, Virgen de Dios, “hermana mía, novia, cerrado huerto, fuente sellada”, como dice el Antepasado nuestro, que quizás escribió el Cantar viéndote a ti… Yo seré el guardián de este huerto de perfumes en que se dan las más preciadas frutas, donde mana una vena de agua viva con ímpetu suave: ¡tu dulzura, prometida mía, que con tu candor — ¡oh, llena de hermosura! — me has conquistado el espíritu! ¡Oh, tú, más hermosa que una aurora; Sol, que resplandeces porque te resplandece el corazón; oh, toda amor para con tu Dios y para con el mundo al

que quieres dar el Salvador con tu sacrificio de mujer! ¡Ven, mi amada!

¿Por qué la Sagrada Familia permaneció en Belén después del Nacimiento?

Jesús nació en una especie de establo, esto se deduce directamente del Evangelio: … y lo acostó en un pesebre,… (Lc 2, 7). Sin embargo, pronto encontraron el cobijo en una casa, según consta en Mt 2, 11 respecto a la adoración de los Magos: Y entrando en la casa,… Los pastores evidentemente adoraron al Mesías en la noche del Nacimiento, según se desprende de las palabras del ángel: … hoy os ha nacido… Esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre (Lc 2, 12).

Pero San Lucas, que era tan preciso: Este censo fue el primero que se hizo durante el mandato de Quirino, gobernador de Siria. (Lc 2,2), no habla nada en esos días sobre los Magos de Oriente, aunque refiere a la circuncisión y a la presentación en el Templo.

De las palabras de San Mateo: Jesús nació en Belén, un pueblo de Judea, en tiempo del rey Herodes. Por entonces unos sabios de oriente se presentaron en Jerusalén, preguntando:

Después de nacer Jesús en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes, unos Magos llegaron de Oriente a Jerusalén preguntando: (Dos traducciones de Mt 2, 1), se desprende que los tres sabios llegan a  Belén tiempo después del Nacimiento.

¿Pero por qué la Sagrada Familia decide quedarse por todo ese tiempo en Belén? ¿No tenían su casa en Nazaret? Para ellos no había ninguna necesidad de permanecer en Belén ni en Judea. Trabajo, casa, todo estaba en Galilea. Es una incógnita, pero es un hecho de que permanecieron en Judea hasta la persecución de Herodes.

En la obra de Maria Valtorta consta la respuesta. Zacarías, sacerdote y primo de María, insiste en que el futuro Mesías debe permanecer cerca del Templo, porque eso es lo que conviene a su misión.

Ni la Virgen ni San José piensan así, sin embargo, obedecen al sacerdote (¡de la Antigua Alianza!) por lo que el sacerdote es, no por lo que el sacerdote sabe. Toda una lección sobrenatural respecto a la obediencia y la estima que se debe prestar a los sacerdotes.

Pero hay más. Fue Dios quien predispuso la providencia de tal manera que por medio de la obediencia de la ¡Virgen! y San José al sacerdote (en una materia que no era pecado pero en la que evidentemente pensaban de forma diferente), sea más fácil huir hacia Egipto desde Judea que desde Galilea (para ser atendidos por la hospitalaria diáspora judía) en la hora de la matanza de los niños de pecho decretada por Herodes.

Abajo sigue la lectura.

¡Feliz Navidad!

Veo la larga sala donde presencié el encuentro de los Magos con Jesús y su acto de adoración. Comprendo que me encuentro en la casa hospitalaria que ha acogido a la Sagrada Familia. Asisto a la llegada de Zacarías. Isabel no está. La dueña de la casa sale presurosa, por la terraza que circunda la casa, al encuentro del huésped que está llegando… Le acompaña hasta una puerta y llama; luego, discreta, se retira.

José abre y, al ver a Zacarías, exulta de júbilo. Lo pasa a una habitacioncita pequeña, de las dimensiones de un pasillo.

– María está dándole la leche al Niño. Espera un poco. Siéntate, que estarás cansado – Y le deja sitio en su recostadero, sentándose a su lado.

Oigo que José pregunta por el pequeño Juan, y que Zacarías responde:

– Crece vigoroso como un potrillo. De todas formas, ahora está sufriendo un poco por los dientes. Por eso no hemos querido traerlo. Hace mucho frío. Así que tampoco ha venido Isabel. No podía dejarlo sin la leche. Lo ha sentido mucho; pero, ¡está siendo una estación tan fría…!

– Sí, efectivamente, muy fría – responde José.

– Me dijo el hombre que me enviasteis que cuando nació el Niño estabais sin casa. ¡Lo que habréis tenido que pasar!…

– Sí, verdaderamente lo hemos pasado muy mal; pero era mayor el miedo que la precariedad en que nos encontrábamos. Teníamos miedo de que esta precariedad le pudiera perjudicar al Niño. Y los primeros días tuvimos que pasarlos allí. A nosotros no nos faltaba nada, porque los pastores habían transmitido la buena nueva a los betlemitas y muchos vinieron con dones. Pero faltaba una casa, faltaba una habitación resguardada, un lecho… y Jesús lloraba mucho, especialmente por la noche, por el viento que entraba por todas partes. Yo encendía un poco de fuego, pero poco, porque el humo le hacía toser al Niño… y así el frío seguía. Dos animales calientan poco, ¡y menos todavía en un sitio donde el aire entra por todas partes! Faltaba agua caliente para lavarlo, faltaba ropa seca para cambiarlo… ¡Oh! ¡Ha sufrido mucho! Y María sufría al verlo sufrir. ¡Sufría yo… conque te puedes hacer una idea Ella, que es su Madre! Le daba leche y lágrimas, leche y amor… Ahora aquí estamos mejor. Yo había hecho una cuna muy cómoda y María había puesto un colchoncito blando. ¡Pero la tenemos en Nazaret! ¡Ah, si hubiera nacido allí, habría sido distinto!

– Pero el Cristo tenía que nacer en Belén. Así estaba profetizado.

María ha oído que hablaban y entra. Está toda vestida de lana blanca. Ya no lleva el vestido oscuro que tenía durante el viaje y en la gruta. Con este de ahora está enteramente blanca, como ya la he visto otras veces; no lleva nada en la cabeza. En sus brazos sí, a Jesús, que está durmiendo, satisfecho de leche, envuelto en sus blancos pañales.

Zacarías se alza reverente y se inclina con veneración. Luego se acerca y mira a Jesús dando señales de un grandísimo respeto. Está inclinado, no tanto para verlo mejor, cuanto para rendirle homenaje. María se lo ofrece. Zacarías lo toma con tal adoración que parece como si estuviera elevando un ostensorio. Efectivamente, está cogiendo en brazos la Hostia, la Hostia ya ofrecida, que será inmolada sólo cuando se haya dado a los hombres como alimento de amor y de redención. Zacarías devuelve Jesús a María.

Se sientan. Zacarías refiere de nuevo — esta vez a María — el motivo por el cual Isabel no ha venido, y cómo ello la ha apenado.

– Durante estos meses ha estado preparando ropa para tu bendito Hijo. Te lo he traído. Está abajo, en el carro».

Se levanta y va afuera. Vuelve con un paquete voluminoso y con otro más pequeño. De uno y de otro — José enseguida lo ha liberado del grande — saca inmediatamente los presentes: una suave colcha de lana tejida a mano, pañales y vestiditos.

Del otro, miel, harina blanquísima, mantequilla y manzanas, para María, y tortas amasa- das y cocidas por Isabel y muchas otras cositas que manifiestan el afecto maternal de la agradecida prima hacia la joven Madre.

– Le dirás a Isabel que le quedo agradecida, como también a ti. Me habría gustado mucho verla, pero comprendo las razones. También me hubiera gustado ver de nuevo al pequeño Juan…

– Lo veréis para la primavera. Vendremos a veros.

– Nazaret está demasiado lejos – dice José.

-¿Nazaret? Pero si debéis quedaros aquí. El Mesías debe crecer en Belén. Es la ciudad de David. El Altísimo lo ha traído, a través de la voluntad de César, a nacer en la tierra de David, la tierra santa de Judea. ¿Por qué llevarlo a Nazaret? Ya sabéis qué es lo que piensan los judíos de los nazarenos. El día de mañana este Niño deberá ser el Salvador de su pueblo. La capital no debe despreciar a su Rey por el hecho de despreciar a su ciudad de proveniencia. Vosotros sabéis como yo lo insidioso que es en sus razonamientos el Sanedrín y lo desdeñosas que son las tres castas principales… Además aquí, no lejos de mí, podré ayudaros bastante, y podré poner todo lo que tengo no tanto de cosas materiales cuanto de dones morales — al servicio de este Recién Nacido. Y cuando esté en edad de entender me sentiré dichoso de ser maestro suyo, como de mi hijo, para que así, incluso, cuando sea mayor, me bendiga. Tenemos que pensar en el gran destino suyo, y que, por tanto, debe poderse presentar al mundo con todas las cartas para poder ganar fácilmente su partida. Está claro que Él poseerá la Sabiduría, pero el solo hecho de que haya tenido a un sacerdote por maestro le hará más acepto a los difíciles fariseos y a los escribas, y le facilitará la misión.

 

María mira a José, José mira a María. Por encima de la cabeza inocente del Niño, que duerme rosado y ajeno a lo que le rodea, se entreteje un mudo intercambio de preguntas. Son preguntas veladas de tristeza. María piensa en su casita; José, en su trabajo. Aquí habría que partir de cero, en un lugar en que, apenas unos días antes, nadie los conocía. En este lugar no hay ninguna de esas cosas amadas dejadas allí, y que habían sido preparadas para el Niño con gran amor.

Y María lo dice:

-¿Cómo hacemos? Allí hemos dejado todo. José ha trabajado para mi Jesús sin ahorrar esfuerzo ni dinero. Ha trabajado de noche, para trabajar durante el día para los demás y ganar así lo necesario para poder comprar las maderas más bonitas, la lana más esponjosa, el lino más cándido, para preparar todo para Jesús. Ha hecho colmenas, ha trabajado hasta de albañil para darle otra distribución a la casa, de forma que la cuna pudiera estar en mi habitación hasta que Jesús fuese más grande, y que luego pudiese dar espacio a la cama; porque Jesús estará conmigo hasta que sea un jovencito.

– José puede ir a recoger lo que habéis dejado.

-¿Y dónde lo metemos? Como tú sabes, Zacarías, nosotros somos pobres. No tenemos más que el trabajo y la casa. Y ambos nos dan para tirar adelante sin pasar hambre. Pero aquí… trabajo encontraremos, quizás, pero tendremos que pensar de todas formas en una casa. Esta buena mujer no nos puede hospedar permanentemente, y yo no puedo sacrificar a José más de lo que ya lo está por mí.

-¡Oh, yo! ¡Por mí no es nada! Me preocupa el dolor de María, el dolor de no vivir en su casa…

Le brotan a María dos lagrimones.

-Yo creo que debe amar esa casa como el Paraíso, por el prodigio; que allí tuvo lugar en Ella… Hablo poco, pero entiendo mucho. Si no fuera por este motivo, no me sentiría afligido. A fin de cuentas, lo único es que trabajaré el doble, pero soy fuerte y joven como para trabajar el doble de lo acostumbrado y cubrir todas las necesidades. Si María no sufre demasiado… si tú dices que se debe hacer así… por mí… aquí estoy. Haré lo que estiméis más justo. Basta con que le sea útil a Jesús.

– Ciertamente será útil. Pensad en ello y veréis los motivos.

Se dice también que el Mesías será llamado Nazareno… – objeta María.

– Cierto. Pero, al menos hasta que se haga adulto, haced que crezca en Judea. Dice el Profeta: “Y tú, Belén Efratá, serás la más grande, porque de ti saldrá el Salvador”. No habla de Nazaret. Quizás ese apelativo se le dará por un motivo que desconocemos. Pero su tierra es ésta.

Tú lo dices, sacerdote, y nosotros… y nosotros con dolor te escuchamos… y seguimos tu consejo. ¡Y qué dolor!…

¿Cuándo veré aquella casa donde fui Madre?- María llora quedo. Y yo entiendo este llanto suyo… ¡Vaya que si lo entiendo!

La visión me termina con este llanto de María.

Dice luego María:

– Sé que comprendes mi llanto. De todas formas, me verás llorar más intensamente.

Por el momento voy a aliviar tu espíritu mostrándote la santidad de José, que era hombre, o sea, que no tenía más ayuda de su espíritu que su santidad. Yo, en mi condición de Inmaculada, tenía todos los dones de Dios; no sabía que lo era, pero en mi alma éstos eran activos y me daban fuerza espiritual. Él, sin embargo, no era inmaculado. La humanidad estaba en él con todo su peso gravoso, y debía elevarse hacia la perfección con todo ese peso, a costa del esfuerzo continuo de todas sus facultades por querer alcanzar la perfección y ser agradable a Dios.

¡Oh, sí, verdaderamente santo era mi esposo! Santo en todo, incluso en las cosas más humildes de la vida: santo por su castidad de ángel, santo por su honestidad de hombre, santo por su paciencia, por su laboriosidad, por su serenidad siempre igual, por su modestia, por todo.

Esa santidad brilla también en este hecho acaecido. Un sacerdote le dice: “Conviene que te establezcas aquí”; y él, aun sabiendo que su decisión le acarreará el tener que trabajar mucho más, dice: “Por mí no es nada. Lo que me preocupa es el sufrimiento de María. Si no fuera por esto, yo, por mí, no me afligiría; es suficiente con que le sea útil a Jesús”. Jesús, María: sus angélicos amores. Mi santo esposo no tuvo otro amor en este mundo… y se hizo a sí mismo siervo de este amor.

Lo han hecho protector de las familias cristianas, de los trabajadores, de muchas otras categorías (moribundos, esposos…); pues bien, a mayor razón, debería hacérsele protector de los consagrados. Entre los consagrados de este mundo al servicio de Dios, quienquiera que sea, ¿habrá alguno que se haya ofrecido como él al servicio de su Dios, aceptando todo, renunciando a todo, soportándolo todo, llevando todo a cabo con prontitud, con espíritu gozoso, con constancia de ánimo como él? No, no lo hay.

Y observa otra cosa; o, mejor, dos.

Zacarías es un sacerdote; José, no. Y, sin embargo, observa cómo él, que no lo es, tiene su espíritu en el Cielo más que quien lo es. Zacarías piensa humanamente, y humanamente interpreta las Escrituras, porque — no es la primera vez que lo hace

se deja guiar demasiado por su buen sentido humano. Ya fue castigado por ello, pero vuelve a caer en lo mismo, aunque menos gravemente. Ya respecto al nacimiento de Juan había dicho: “¿Cómo podrá ser esto, si yo soy viejo y mi mujer estéril?”.

Ahora dice: “Para allanarse el camino, el Cristo debe crecer aquí”; y piensa — con esa pequeña raíz de orgullo que persiste incluso en los mejores — que él le puede ser útil a Jesús — no útil como quiere serlo José (sirviéndole), sino útil siendo maestro suyo (!) . Dios le perdonó de todas formas por la buena intención; pero, ¿necesitaba, acaso, maestros el “Maestro”?

Traté de hacerle ver la luz en las profecías, mas él se sentía más docto que yo y usaba a su modo esta impresión suya. Yo habría podido insistir y vencer, pero — y ésta es la segunda observación que te presento — respeté al sacerdote; por su dignidad, no por su saber.

 

Por lo general, Dios ilumina siempre al sacerdote. Digo “por lo general”. Es iluminado cuando es un verdadero sacerdote. No es el hábito el que consagra; consagra el alma. Para juzgar si uno es un verdadero sacerdote, debe juzgarse lo que sale de su alma. Como dijo mi Jesús: del alma salen las cosas que santifican o que contaminan, las que informan todo el modo de actuar de un individuo. Pues bien, cuando uno es un verdadero sacerdote, generalmente siempre Dios le inspira. ¿Y los otros, que no son tales?: tener con ellos caridad sobrenatural, orar por ellos. Y mi Hijo te ha puesto ya al servicio de esta redención, y no digo más. Alégrate de sufrir porque aumenten los verdaderos sacerdotes.

 

Descansa en la palabra de aquel que te guía. Cree y presta obediencia a su consejo. Obedecer salva siempre. Aunque no sea en todo perfecto el consejo que se recibe.

Tú has visto que nosotros obedecimos, y el fruto fue bueno. Verdad es que Herodes se limitó a ordenar el exterminio de los niños de Belén y de los alrededores. Pero, ¿no habría podido, acaso, Satanás llevar estas ondas de odio, propagarlas, mucho más allá de Belén, y persuadir a un mismo delito a todos los poderosos de Palestina para lograr matar al futuro Rey de los judíos? Sí, habría podido. Y esto habría sucedido en los primeros tiempos del Cristo, cuando el repetirse de los prodigios ya había despertado la atención de las muchedumbres y el ojo de los poderosos. Y, si ello hubiera sucedido, ¿cómo habríamos podido atravesar toda Palestina para ir, desde la lejana Nazaret, a Egipto, tierra que daba asilo a los hebreos perseguidos, y, además, con un niño pequeño y en plena persecución? Más sencilla la fuga de Belén, aunque — eso sí — igualmente dolorosa.

La obediencia salva siempre, recuérdalo; “y el respeto al sacerdote es siempre señal de formación cristiana. ¡Ay — y Jesús lo ha dicho — ay de los sacerdotes que pierden su llama apostólica! Pero también ¡ay de quien se cree autorizado a despreciarlos!, porque ellos consagran y distribuyen el Pan verdadero que del Cielo baja. Este contacto los hace santos cual cáliz sagrado, aunque no lo sean. De ello deberán responder a Dios. Vosotros consideradlos tales y no os preocupéis de más. No seáis más intransigentes que vuestro Señor Jesucristo, el cual, ante su imperativo, deja el Cielo y desciende para ser elevado por sus manos. Aprended de Él. Y, si están ciegos, o sordos, o si su alma está paralítica y su pensamiento enfermo, o si tienen la lepra de unas culpas que contrastan demasiado con su misión, si son Lázaros en un sepulcro, llamad a Jesús para que les devuelva la salud, para que los resucite.

Llamadlo, almas víctimas, con vuestro orar y vuestro sufrir. Salvar un alma es predestinar al Cielo la propia. Pero salvar un alma sacerdotal es salvar un número grande de almas, porque todo sacerdote santo es una red que arrastra almas hacia Dios, y salvar a un sacerdote, o sea, santificar, santificar de nuevo, es crear esta mística red. Cada una de sus capturas es una luz que se añade a vuestra eterna corona.

Vete en paz.

Los escándalos e infidelidades de las personas de la Iglesia, prefigurados en Judas de Keriot

Cuando uno piensa sobre los escándalos que sacuden la Iglesia en nuestros días, puede ser tentado de pensar que el mundo se abajo, mejor dicho, la Iglesia misma. Que todo está acabado, que las tinieblas han vencido, que esta Iglesia ya no es la del Señor.

Sin embargo, ese pensar no concuerda con las palabras del Señor de que estará con nosotros hasta el fin del mundo. Pero uno puede pensar, ¿y concuerda con la vida de la Iglesia de antes, de los primeros años? Si pensamos un poco, vemos que la Iglesia tuvo sus enemigos más feroces dentro de ella misma desde sus comienzos. Recordemos las cartas apostólicas, pero sobre todo pensemos en el misterio de Judas de Keriot.  ¿Por qué el Señor permitió que ese apóstol estuviera con él hasta el final? Es un misterio. No es fácil explicarlo. Pero precisamente eso debe darnos la tranquilidad, y en los momentos más difíciles doblegar nuestras oraciones por todos nosotros, no nos fiemos ni de nosotros mismos, ya que la Iglesia es de Cristo y sus promesas no fallan.

Si pensamos en las palabras de San Juan de la Cruz, “Cristo es la  palabra definitiva del Padre, todo se nos ha dicho con Él”, podemos pensar que ya en la vida terrena de Cristo se cumplió todo. Todo está prefigurado en Él de alguna manera.

Según la obra de María Valtorta, en Judas de Keriot están prefiguradas las traiciones de las personas de la Iglesia. Era un apóstol, sí, era uno de los doce, y sin embargo era lujurioso y ambicioso. Tenia una sed indomable de dinero (recordemos las palabras de San Juan “porque era un ladrón”), pero también solía buscar mujeres de mala vida en los días en los que estaba apartado del Señor por algún encargo. Cuánto tenía que dominarse el Señor por tenerlo a su lado, es indescriptible. Y no solamente eso.  Llegaba a ser un nigromante con tal de obtener un poder sobrenatural de milagros, ya que Dios le había retirado el poder de hacer milagros debido a su impureza.

Dejo el texto correspondiente a las últimas semanas antes de la Pascua. Se encuentran en Efraín, donde el Señor tuvo que huir porque “todavía no había llegado su hora”. Judas es sorprendido en el robo por el mismo Señor y Juan.

Jesús termina de explicar una parábola:

Los humildes son siempre sinceros, y también son personas valientes, que no tienen motivo para avergonzarse de las heridas recibidas en la lucha. Los soberbios son siempre embusteros y cobardes; por su orgullo, por no querer ir a Aquel que puede curarlos y decirle: “Padre, he pecado. Pero, si Tú quieres, me puedes curar”, llegan a la muerte. Muchas son las almas que por el orgullo de no tener que confesar una culpa inicial llegan a la muerte. Y entonces también para éstas es demasiado tarde. No reflexionan en que la misericordia divina es más fuerte y vasta que cualquier gangrena, por fuerte y vasta que ésta sea, y que todo lo puede curar. Pero ellas, las almas de los orgullosos, cuando se dan cuenta de que han despreciado todo género de salvación, caen en la desesperación, porque están sin Dios, y, diciendo: “Es demasiado tarde”, se proporcionan la última muerte, la de la condenación.

-Puedes ir por tu tela, Judas…

-Voy por ella, pero esta parábola no me ha gustado. No la he entendido.

-¡Con lo clara que es! ¡La he entendido yo, que soy una pobre mujer!… – dice María Salomé.

-Pues yo no. Antes decías parábolas más bonitas. Ahora… las abejas… la tela… las ciudades que cambian de nombre… las almas barcas… Cosas tan pobres y tan confusas, que ya ni me gustan ni las entiendo… Pero voy por el trozo de tela porque, desde el punto de vista práctico, opino que es necesario, aunque también digo que seguirá siendo una túnica echada a perder – y Judas se levanta y se marcha.

María, a medida que iba hablando Judas, ha ido inclinando cada vez más su cabeza hacia su trabajo. Juana, por el contrario, la ha 1evantado y ha clavado en el imprudente sus ojos imperiosos y cargados de indignación. También Elisa ha alzado la cabeza, pero luego ha hecho lo mismo que María; y Nique también. Susana, estupefacta, ha abierto desmesuradamente sus grandes ojos y luego ha mirado en vez de al apóstol, a Jesús, como preguntándose por qué no reacciona. Ninguna ha hablado ni ha hecho gestos. Pero María Salomé y María de Alfeo, más llanas en sus modales, se han mirado, han meneado la cabeza y, en cuanto ha salido Judas, Salomé ha dicho:

-¡Es él el que tiene echada a perder la cabeza!

-Sí. Por eso no comprende nada. Y no sé si ni siquiera Tú vas a poder arreglársela. Si fuera así mi hijo, acabaría de rompérsela del todo. Sí, de la misma forma que se la habría formado para que fuera cabeza de justo, se la rompería. ¡Mejor tener desfigurada la cara que no el corazón! – dice María de Alfeo.

-Sé indulgente, María. No puedes comparar a tus hijos, que se han desarrollado en una familia honesta, en una ciudad como Nazaret, con este hombre – dice Jesús.

-Su madre es buena. Su padre he oído decir que no era un hombre malo – replica María de A1feo.

-Sí. Pero el orgullo no le faltaba en el corazón. Por eso alejó de la madre demasiado pronto al hijo, y contribuyó a desarrollar la herencia moral que él mismo había dado a su hijo mandándolo a Jerusalén. Es doloroso decirlo, pero el Templo no es un lugar donde el orgullo hereditario pueda disminuir… – dice Jesús.

-Ningún lugar de honor de Jerusalén es adecuado para hacer disminuir el orgullo o cualquier otro defecto – suspira

Juana.

Y añade:

-Ni tampoco cualquier lugar de honor, bien sea en Jericó, bien en Cesárea de Filipo, o en Tiberíades o en la otra Cesárea… – y cose deprisa, inclinando más de lo necesario su cabeza hacia su trabajo.

-María de Lázaro es imperiosa, pero no tiene orgullo – observa Nique.

-Ahora. Pero antes era muy soberbia. Lo contrario de sus padres, que nunca lo fueron – responde Juana.

……………..

Juan abre la puerta. Emite un « ¡ah!» casi de terror. Deja caer el ánfora y se tapa los ojos con las manos, plegándose como para hacerse pequeño, para anularse, para no ver. De la habitación proviene un ruido de monedas que se esparcen por el suelo tintineando.

Jesús está ya en la puerta. He tenido más tiempo yo para describir que Él para llegar. Aparta con ímpetu a Juan, que gime: « ¡Fuera! ¡Márchate!». Abre de par en par la puerta, que estaba entornada. Entra.

Es la habitación donde comen, ahora que están las mujeres. En ella hay dos viejas arcas herradas. Delante de una de ellas, concretamente la que está enfrente de la puerta, está Judas, lívido, con los ojos llenos de ira y de temor al mismo tiempo, con una bolsa en las manos… El arca está abierta… En el suelo hay monedas. Otras se están cayendo todavía, saliendo de la bolsa que está en el borde del arca, abierta su boca y medio echada. Todo testifica, de manera indubitada, lo que estaba sucediendo. Judas ha entrado en casa, ha abierto el arca y ha robado, estaba robando.

Ninguno dice nada. Ninguno se mueve. Pero es peor que si todos gritaran o arremetieran el uno contra el otro. Tres estatuas: Judas, demonio; Jesús, el Juez; Juan, el hombre aterrorizado por la revelación de la bajeza de su compañero.

La mano de Judas, que sujeta la bolsa, tiembla, de forma que las monedas que contiene tintinean amortiguadamente.

Juan tiembla. Tiembla todo él. Y, aunque se haya quedado apretando la boca con las manos, sus dientes castañean. Sus ojos asustados miran a Jesús más que a Judas.

Jesús no tiembla en absoluto. Está bien derecho, glacial incluso, glacial, de tan rígido como está. Y da un paso, hace un gesto, dice una palabra: un paso hacia Judas; un gesto, indicando a Juan que se retire; una palabra: «

-¡Márchate!

Pero Juan siente miedo y gime:

-¡No! ¡No! ¡No me digas que me marche! Déjame estar aquí. No diré nada… pero déjame estar aquí contigo.

-¡Márchate! ¡No temas! Cierra todas las puertas… y, si viene alguien… quienquiera que sea… aunque fuera mi Madre… no dejes que vengan aquí. Ve. ¡Obedece!

-¡Señor!…

Juan se muestra tan suplicante y está tan abatido que parece como si fuera el culpable.

-Vete, te digo. No sucederá nada. Vete – y Jesús mitiga la orden poniendo la mano en la cabeza del Predilecto con un gesto de caricia. Y veo que esa mano ahora tiembla. Y Juan la siente temblar y la toma y la besa con un sollozo que dice mucho.

Sale.

Jesús cierra la puerta con cerrojo. Se vuelve de nuevo para mirar a Judas, que debe sentirse muy apabullado si, siendo tan osado como es, no se atreve a decir una palabra ni a hacer un gesto. Jesús rodeando la mesa que está en el centro de la habitación, va directamente a ponerse enfrente de él. No sé decir si va rápido o lento. Estoy demasiado asustada de su cara como para poder medir el tiempo. Veo sus ojos y, como Juan, tengo miedo. El mismo Judas tiene miedo, retrocede y se mete entre el arca y una ventana que está completamente abierta y cuya luz, roja por el ocaso, incide toda sobre Jesús.

¡Qué ojos tiene Jesús! No dice ni una palabra. Pero cuando ve que del cinturón de la túnica de Judas sobresale una especie de ganzúa reacciona terriblemente. Alza el brazo con el puño cerrado como para golpear al ladrón, y su boca empieza la palabra: « ¡Maldito!» o « ¡Maldición!». Pero se sobrepone. Detiene el brazo que ya estaba descendiendo y corta la palabra en las tres primeras letras. Se limita, con un esfuerzo de dominio que le hace temblar por entero, a abrir el puño cerrado, a bajar, hasta la altura de la bolsa que Judas tiene en la mano, el brazo alzado y a arrebatar la bolsa y arrojarla al suelo. Y, mientras pisotea la bolsa y las monedas y las disemina con un furor contenido pero terrible, dice:

-¡Fuera! ¡Inmundicia de Satanás! ¡Oro maldito! ¡Esputo del Infierno! ¡Veneno de la serpiente! ¡Fuera!

Judas, que ha emitido un grito estrangulado cuando ha visto a Jesús ya casi maldiciéndolo, ahora ya no reacciona. Pero al otro lado de la puerta cerrada otro grito resuena cuando Jesús tira contra el suelo la bolsa, y este grito de Juan exaspera al ladrón. Lo pone furioso. Casi se arroja contra Jesús. Grita:

-¡Me has puesto un espía para desacreditarme! ¡Un espía que es un muchacho ignorante que no sabe ni siquiera guardar silencio, que me desacreditará ante todos! Es lo que Tú querías. De todas maneras… ¡Sí! Yo también lo quiero. ¡Esto quiero! Ponerte en la tesitura de echarme, de maldecirme. ¡Moverte a maldecirme! ¡A maldecirme! Todo lo he intentado para que me echaras.

Está ronco de ira y feo como un demonio. Jadea como si tuviera algo que lo estrangulara.

Jesús le repite, terrible aunque con voz contenida:

-¡Ladrón! ¡Ladrón! ¡Ladrón – y termina: «Hoy ladrón. Mañana asesino. Como Barrabás. Peor que él.

Le musita esa palabra en la cara, porque ahora están cercanísimos, a cada frase del otro.

Judas, recobrado el aliento, responde:

-Sí. Ladrón. Y por culpa tuya. Todo el mal que hago es por culpa tuya, y Tú no te cansas nunca de destruirme. Salvas a todos. Das amor y honores a todos. Acoges a los pecadores, no te dan asco las prostitutas, tratas amistosamente a los ladrones y a los usureros y alcahuetes de Zaqueo, acoges como si fuera el Mesías al espía del Templo. ¡Qué necio eres! Y haces jefe nuestro a un ignorante, tesorero a un cobrador de tributos, confidente tuyo a un necio. Y a mí me mides la mota, no me dejas una moneda, me tienes a tu lado como los galeotes están amarrados al banco del remo, no quieres ni siquiera que nosotros… digo nosotros, pero soy yo, yo sólo, el que no debe aceptar dádivas de los peregrinos. Es para que no toque el dinero, por lo que has ordenado que no aceptáramos dinero de nadie. Porque me odias. Pues bien, ¡también yo te odio! Hace un momento, no has sabido golpearme ni maldecirme. Tu maldición me habría reducido a cenizas. ¿Por qué no la has proferido? Hubiera preferido tu maldición antes que verte tan inepto, tan enervado… un hombre acabado, derrotado…

-¡Calla!

-¡No! ¿Tienes miedo de que Juan oiga? ¿Tienes miedo de que él por fin comprenda quién eres y te deje? ¡Ah, tienes este miedo, Tú que te haces el héroe! ¡Claro que lo tienes! ¡Y tienes miedo de mí! ¡Tienes miedo! Por eso no me has sabido maldecir. Por eso finges que me estimas, cuando en realidad me odias. ¡Para halagarme! Para tenerme calmo. ¡Tú sabes que soy una fuerza! Sabes que soy la fuerza, la fuerza que te odia y te vencerá. Te he prometido que te seguiré hasta la muerte ofreciéndote todo, y todo te lo he ofrecido, y estaré junto a ti hasta tu hora y la mía. ¡Magnífico rey que no sabe maldecir ni arrojar a uno de su presencia! ¡Rey-nube! ¡Rey ídolo! ¡Rey necio! ¡Embustero! Traidor de tu propio destino. Siempre me has despreciado, desde nuestro primer encuentro. No has correspondido conmigo. Te creías sabio. Eres un obtuso. Yo te enseñaba el camino adecuado. Pero Tú… ¡Oh, Tú eres el puro! Eres la criatura que es hombre pero que es Dios, y desprecias los consejos del Inteligente. Te equivocaste desde el primer momento y sigues equivocándote. Tú… Tú eres… ¡Aj!

El río de palabras cesa de repente, y a tanto clamor le sigue un silencio lúgubre; a tantos gestos, una lúgubre inmovilidad. Porque mientras escribía sin poder decir lo que sucedía, Judas, encorvado, semejante, sí, verdaderamente semejante aun perro furioso que acechara a su presa y se aproximara a ella preparado para saltar, se ha ido acercando cada vez más a Jesús, con una cara que no se podía mirar, con las manos torcidas, los codos apretados contra el cuerpo, verdaderamente como si estuviera para saltar sobre Jesús, el cual no ha dado muestras del más mínimo miedo, y se ha movido, volviéndole incluso las espaldas -Judas hubiera podido saltar sobre Él y agarrarlo por el cuello, pero que no lo ha hecho- para abrir la puerta y mirar en el pasillo si Juan se había ido realmente. El pasillo estaba vacío y semioscuro, pues Juan había salido por la puerta que da al huerto y la había cerrado. Jesús, entonces, ha vuelto a cerrar con cerrojo y se ha puesto contra la puerta, esperando, sin un gesto ni una palabra, a que la furia cesara.

Yo no soy competente en la materia, pero creo que no me equivoco si digo que por la boca de Judas ha hablado Satanás en persona; si digo que éste es un momento de evidente posesión de Satanás en el apóstol pervertido, ya en el umbral del Delito, ya condenado por propia voluntad. La misma manera de cesar el río de palabras, dejando como aturdido al apóstol, me recuerda otras escenas de posesión vistas en los tres años de vida pública de Jesús.

Jesús, apoyado en la puerta, todo blanco contra la madera oscura, no hace el más mínimo gesto. Solamente mira al apóstol con sus potentes ojos de dolor y fervor. Si se pudiera decir que los ojos oran, yo diría que los ojos de Jesús oran mientras mira a este desdichado. Porque no es sólo dominio lo que emana de esos ojos tan afligidos, sino que es también fervor de oración. Luego, hacia el final de las palabras de Judas, Jesús abre los brazos que tenía pegados a los costados, pero no los abre ni para tocar a Judas ni para hacer un gesto hacia él o levantarlos hacia el cielo. Los abre horizontalmente, tomando la postura del Crucificado, ahí, contra la madera oscura y la pared rojiza. Es en ese momento cuando en la boca de Judas se hacen más lentas las últimas palabras y se oye ese « ¡Aj!» que las trunca.

Jesús se queda como está, con los brazos abiertos. Sigue mirando al apóstol con esos ojos de dolor y oración. Y Judas, como uno que saliera de un estado de delirio, se pasa la mano por la frente, por la cara sudada… piensa, recuerda y, rememorando todo, cae al suelo, no sé si llorando o no. Lo cierto es que se derrumba como si le faltaran las fuerzas.

Jesús baja la mirada y los brazos, y con voz baja pero clara dice:

-¿Y entonces? ¿Te odio? Podría golpearte con mi pie, aplastarte llamándote “gusano”; podría maldecirte, de la misma manera que te he librado de la fuerza que te hace delirar. Has pensado que es debilidad mi imposibilidad de maldecirte. ¡No es debilidad! Es que Yo soy el Salvador, y el Salvador no puede maldecir; puede salvar, quiere salvar… Tú has dicho: “Yo soy la fuerza, la fuerza que te odia y te vencerá”. Yo también soy la Fuerza; es más, soy la única Fuerza. Pero mi fuerza no es odio, es amor. Y el amor no odia ni maldice, nunca. La Fuerza podría incluso vencer las batallas en particular, como ésta entre Yo y tú, entre Yo y Satanás, que está en ti, y arrebatarte de las manos de tu amo, para siempre, como he hecho ahora adquiriendo la semblanza del signo que salva, de la Tau (Tau, letra del alfabeto griego en forma de cruz, es el signo de los salvados indicado en Ezequiel 9, 4-6) que Lucifer no puede ver. Podría vencer incluso estas batallas en particular, como vencerá la próxima batalla contra Israel incrédulo y asesino, contra e1 mundo y Satanás, derrotado por la Redención. Podría vencer incluso estas batallas en particular, como vencerá la última, lejana para quien cuenta por siglos, cercana para quien mide el tiempo con la medida de la eternidad.

¿Pero qué beneficio, de violar las reglas perfectas del Padre mío? ¿Será justicia? ¿Habría mérito? No. No sería justicia ni habría mérito. No sería justicia, respecto a los otros hombres culpables, a los cuales no se les quita la libertad de serlo, y los cuales podrían, en el último día, preguntarme el porqué de la condena y echarme en cara la parcialidad usada sólo contigo.

Serán diez, cien mil, setenta veces diez, cien mil los que cometan tus mismos pecados y vendrán a ser poseídos por el demonio

por voluntad propia, y serán ofensores de Dios, torturadores de su padre y madre, asesinos, ladrones, embusteros, adúlteros, lujuriosos, sacrílegos y, finalmente, deicidas, matando a Cristo: materialmente, en un día cercano; espiritualmente, en sus corazones, en los tiempos futuros. Y todos podrían decirme, cuando venga a separar a los corderos de los cabros, a bendecir a los primeros y a maldecir, entonces sí, a maldecir a los segundos -a maldecir porque entonces ya no habrá redención, sino gloria o condena, a maldecirlos después de haberlos maldecido ya en particular en muerte primera y en el juicio individual; porque el hombre, tú lo sabes porque me lo has oído decir muchísimas veces, porque el hombre puede salvarse mientras dura la vida, en el momento incluso de los últimos estertores; basta un instante, una milésima de minuto para que todo quede dicho entre el alma y Dios, para pedir perdón y obtener la absolución…-; todos, decía, todos estos condenados podrían decirme: “¿Por qué a nosotros no nos ligaste al Bien como hiciste con Judas?”. Y tendrían razón. Porque todo hombre nace con las mismas cosas naturales y sobrenaturales: un cuerpo, un alma. Y mientras el cuerpo, siendo generado por hombres, puede ser más o menos fuerte y sano desde el nacimiento, el alma, creada por Dios, es para todos igual y está dotada de las mismas propiedades, de los mismos dones recibidos de Dios. Entre el alma de Juan -me refiero al Bautista- y la tuya no había diferencia cuando fueron infundidas en la carne. Y, no obstante, te digo que, aun cuando la Gracia no lo hubiera presantificado para que el Heraldo de Cristo no tuviera mancha alguna (como sería propio de todos los que me predican, al menos en lo que se refiere a los pecados actuales), su alma habría venido a ser muy distinta de la tuya. O mejor: la tuya habría venido a ser distinta de la suya. Porque él habría conservado a su alma en la frescura propia de los no culpables, es más, la habría ido adornando cada vez más de justicia, secundando la voluntad de Dios, que desea que seáis justos, desarrollando con una perfección cada vez más heroica, los dones gratuitos recibidos. Tú, sin embargo… has devastado tu alma y has desbaratado los dones que Dios le había dado. ¿Qué has hecho de tu libertad de arbitrio? ¿Qué has hecho de tu intelecto?

¿Has conservado en tu espíritu la libertad que tenía? ¿Has usado la inteligencia de tu mente con inteligencia? No. Tú, tú que no quieres obedecerme a mí – no digo sólo a mí como Hombre, sino tampoco a mí como Dios-, has obedecido a Satanás. Has usado la inteligencia de tu mente y la libertad de tu espíritu para comprender las Tinieblas. Voluntariamente. Han sido puestos ante ti el Bien y el Mal. Has elegido el Mal. Es más, ha sido puesto ante ti sólo el Bien: Yo. Tu Eterno Creador, que ha seguido la evolución de tu alma -es más: que conocía esta evolución porque nada de cuanto palpita desde que el Tiempo existe ignora el Eterno Pensamiento-, te ha puesto delante el Bien, sólo Bien, porque sabe que eres más débil que una alga de reguera. Tú me has gritado que te odio. Ahora bien, siendo Yo Uno con Padre y el Amor, Uno tanto aquí como en el Cielo – porque, si en Mí se hallan las dos Naturalezas, y Cristo, por su naturaleza humana y mientras la victoria no lo libere de las limitaciones humanas, está en Efraím y no puede estar en otro lugar en este instante; como Dios, Verbo de Dios, estoy tanto en el Cielo como en la Tierra, siendo siempre omnipresente y omnipotente mi Divinidad-, siendo Yo Uno con el Padre y el Espíritu Santo, la acusación que has hecho contra mí la has hecho contra Dios Uno y Trino. Contra Dios Padre, que por amor te ha creado; contra Dios Hijo, que por amor se ha encarnado para salvarte; contra Dios Espíritu, que por amor te ha hablado tantas veces para darte buenos deseos. Contra este Dios Uno y Trino, que tanto te ha amado, que te ha traído a mi camino, haciéndote ciego para el mundo para darte tiempo de verme a mí; sordo para el mundo para darte la manera de oírme a mí. ¡Y tú!… ¡Y tú!…

Después de haberme visto y oído, después de haber venido libremente al Bien, sintiendo con tu intelecto que ése era el único camino de la verdadera gloria, has rechazado el Bien y te has entregado libremente al Mal. ¿Podrás, entonces, tú que con tu libre arbitrio has querido esto, tú que has rechazado cada vez más bruscamente mi mano, que se te ofrecía para sacarte del remolino, tú que te has alejado cada vez más del puerto para sumirte en el enfurecido mar de las pasiones, del Mal, podrás decirme a mí y a Aquel de quien procedo y a Aquel que me ha formado como Hombre para intentar tu salvación, podrás decirnos que te hemos odiado?

Me has acusado de que quiero tu mal… También el niño enfermo acusa al médico y a su madre por las amargas medicinas que le hace beber y por las cosas que él desea y que, por su bien, le niegan. ¿Tan ciego y demente te ha vuelto Satanás, que no comprendes ya la verdadera naturaleza de las medidas que he tomado contigo; tan ciego y demente, que has llegado a tachar de malevolencia, de deseos de hundirte, lo que en realidad es cuidado próvido de tu Maestro, de tu Salvador, de tu Amigo para curarte? Te he tenido a mi lado… Te he quitado de las manos el dinero. Te he impedido que toques ese maldito metal que te enloquece… ¿Pero es que no sabes, es que no sientes que ese metal es como esos brebajes mágicos que despiertan una sed inapagable, que introducen en la sangre un ardor, un frenesí que conducen a la muerte? Tú -leo tu pensamiento- me censuras así: “¿Y entonces por qué durante tanto tiempo me has dejado ser el que administraba el dinero?”.

¿Por qué? Porque si te hubiera impedido antes tocarlo, te habrías vendido antes y habrías robado antes. De todas formas, te has vendido, porque poco podías robar… Pero Yo debía tratar de impedirlo sin violentar tu libertad. El oro es tu ruina. Por el oro te has hecho lujurioso y traidor…

-¡Ah, entonces has creído a Samuel! Yo no soy…

Jesús, que había ido adquiriendo un tono más vivo, pero sin asumir en ningún momento matices de violencia o castigo, de improviso emite un grito imperioso, yo diría colérico. Asaetea con sus miradas rostro de Judas, que lo había alzado para decir esas palabras, e impone un « ¡Calla!» que parece el estallido de un rayo. Judas se apoya de nuevo en los calcañares y ya no abre la boca.

Es un momento de silencio en que Jesús, con visible esfuerzo, recompone su humanidad con una compostura, con un dominio tan poderoso, que por sí solo testifica lo divino que hay en Él. Continúa hablando con su voz habitual, cálida, dulce incluso cuando es severa, persuasiva, conquistadora… Sólo los demonios pueden oponer resistencia a esa voz.

-No necesito que hable Samuel, o quien sea, para conocer tus acciones. ¡Oh, desdichado! ¿Pero sabes ante quién estás?

¡Es verdad! Dices que ya no comprendes mis parábolas. No comprendes ya mis palabras. ¡Pobre infeliz! Ya no te comprendes ni a ti mismo. Ya no comprendes ni siquiera el bien y el mal. Satanás, al cual te has entregado de muchas maneras, Satanás, al que has secundado en todas las tentaciones que te presentaba, te ha hecho estúpido. ¡Pero antes me comprendías! ¡Creías que era quien soy! Y este recuerdo no está apagado en ti. ¿Y puedes creer que el Hijo de Dios necesite, que Dios necesite las palabras de un hombre para conocer el pensamiento y las acciones de otro hombre? No estás todavía tan pervertido, que no creas que soy Dios, y en esto está tu mayor culpa. Porque el miedo que sientes de mi ira demuestra que crees que soy Dios. Sientes que no luchas contra un hombre, sino contra Dios mismo, y tienes miedo. Tienes miedo porque -Caín- no puedes ver a Dios ni pensar en Él sino como Vengador de sí mismo y de los inocentes. Tienes miedo de que te suceda lo que a Coré, Datán y Abirón y a sus seguidores. (Coré, Datán y Abirón, cuya rebelión y sus consecuencias están narradas en Números 16 y evocadas en: Levítico 10, 1-3, Salmo 106, 16-18 y Eclesiástico 45, 18-20) Y, a pesar de todo, sabiendo quién soy Yo, luchas contra mí. Debería decirte: “¡Maldito!”. Pero no sería ya el Salvador…

Querrías que te expulsara. Haces de todo, dices de todo, para conseguirlo. Esta razón no justifica tus acciones. Porque no hay necesidad de pecar para separarse de mí. Lo puedes hacer, te lo digo. Te lo tengo dicho desde Nob, cuando me volviste, una mañana pura, sucio de mentiras y lascivia, como si hubieras salido del infierno para caer en el cieno de los puercos o en la cama de monos libidinosos, y Yo tuve que hacer un esfuerzo sobre mí mismo para no alejarte con la punta de mi sandalia como se hace con un trapajo asqueroso, para frenar la náusea que me revolvía no sólo el espíritu sino también las vísceras. Siempre te lo he dicho. Incluso antes de aceptarte. Y antes de venir aquí. En ese momento, precisamente para ti, para ti solo hablé. Pero tú siempre has querido quedarte. Para perdición tuya ¡Tú! ¡Mi mayor dolor!

Pero, claro, tú piensas y dices, primer hereje de muchos que vendrán, que estoy por encima del dolor. No. Sólo estoy por encima del pecado, sólo por encima de la ignorancia: de aquél, porque soy Dios; de ésta, porque no puede haber ignorancia en el alma que no está lesionada por la Culpa original. Pero Yo te hablo como Hombre, como el Hombre, como el Adán Redentor que ha venido a expiar la Culpa del Adán pecador y a mostrar lo que habría sido el hombre si hubiera permanecido como fue creado: inocente. ¡Entre los dones de Dios a Adán no se contaban -dado que la unión con Dios infundía las luces del Padre omnipotente en el hijo bendito- una inteligencia sin taras y una ciencia grandísima? Yo, nuevo Adán, estoy por encima del pecado por voluntad mía propia…

Un día de un tiempo ya lejano, te asombraste de que Yo hubiera sido tentado, y me preguntaste si no había cedido nunca. ¿Lo recuerdas? Y Yo te respondí. Sí. Como podía responderte… porque ya entonces eras un hombre tan menoscabado, que era inútil abrir ante tus ojos las perlas preciosísimas de las virtudes del Cristo. No habrías comprendido su valor y… las habrías tomado por… piedras, debido a sus medidas excepcionales. También en el desierto te respondí, repitiendo las palabras, el sentido de las palabras que te había dicho en aquel anochecer yendo hacia el Getsemaní.

Si hubiera sido Juan, o Simón el Zelote, quienes me hubieran hecho esa pregunta, habría respondido de otra manera, porque Juan es hombre puro y no la habría hecho con la malicia con que tú, estando lleno de malicia, la hiciste…, y porque Simón es un anciano sabio y aun no ignorando la vida como la ignora Juan, ha alcanzado esa sabiduría que sabe contemplar todos los episodios sin sufrir turbación en el yo. Pero ellos no me preguntaron si había cedido alguna vez a las tentaciones, a la tentación más común, a esa tentación. Porque en la pureza inmaculada del primero no hay recuerdos de lujuria y en la mente meditativa del segundo hay mucha luz para ver resplandecer en mí la pureza.

Tú preguntaste… Y Yo te respondí. Como podía hacerlo. Con esa prudencia que no debe nunca separarse de la sinceridad, santas la una y la otra ante los ojos de Dios. Esa prudencia que es como el ternario velo extendido entre el Santo y el pueblo, corrido para celar el secreto del Rey. Esa prudencia que regula las palabras según la persona que las escucha, según la capacidad intelectiva para comprender, según la pureza espiritual y justicia de esta persona. Porque hay verdades que en los oídos de los impuros se hacen objeto de risa, no de veneración…

No sé si recuerdas todas aquellas palabras. Yo sí las recuerdo. Y te las repito aquí, en esta hora en que Yo y tú, ambos, estamos en la orilla del Abismo. Porque… no, esto no hace falta decirlo. Yo, como respuesta al “por qué” que mi primera explicación no te había satisfecho, dije en el desierto: “El Maestro nunca se ha sentido superior al hombre por ser “el Mesías”; antes bien, sabiéndose Hombre, ha querido serlo en todo menos en el pecado. Para ser maestro hay que haber sido escolar. Mi inteligencia divina podía hacerme comprender por poder intelectivo e intelectualmente las luchas del hombre. Pero un día algún pobre amigo mío hubiera podido decir: “No sabes lo que quiere decir ser hombre y tener sentidos y pasiones”. Habría sido un reproche justo. He venido aquí para prepararme no sólo para la misión, sino también para la tentación. Tentación satánica.

Porque el hombre no habría podido tener poder sobre mí. Satanás ha venido cuando ha cesado mi unión solitaria con Dios y he sentido que era el Hombre con una verdadera carne sujeta a las debilidades de la carne: hambre, cansancio, sed, frío. He sentido la materia con sus exigencias, lo moral con sus pasiones. Y si, por mi voluntad, he doblegado en su origen todas las pasiones no buenas, he dejado, en cambio que crecieran las santas pasiones”.

¿Recuerdas estas palabras? Y también dije -esto a ti sólo-la primera vez: “La vida es un don santo, por lo que hay que amarla santamente. La vida es medio que sirve para el fin, que es la eternidad”. Dije: “Démosle, entonces, a la vida aquello que necesita para mantenerse y servir al espíritu en su conquista: continencia de la carne en sus apetitos, continencia de la mente en sus deseos, continencia del corazón en todas las pasiones que tienen sabor humano, impulso ilimitado en orden a las pasiones que son del Cielo: amor a Dios y al prójimo, voluntad de servir a Dios y al prójimo, obediencia a la voz de Dios, heroísmo en el bien y en la virtud”.

Y en aquella ocasión me dijiste que Yo podía hacer eso porque era santo, pero que tú no podías porque eras un hombre joven, lleno de vitalidad. ¡Como si ser joven y sentirse vigoroso fuera un atenuante para el vicio! ¡Como si sólo los viejos o los enfermos, por edad o debilidad impotentes para lo que tú -abrasado como estás de lujuria- pensabas, estuvieran libres de las tentaciones de la carne! Hubiera podido rebatirte muchas cosas en aquel momento, pero no estabas en condiciones de comprenderlas. Tampoco ahora lo estás, pero al menos ahora no puedes sonreír con tu sonrisa incrédula si te digo que el hombre sano, si por sí mismo no acoge las seducciones demonio y de la carne, puede ser casto.

Castidad es afecto espiritual, es movimiento que se refleja en la carne penetrándola toda, elevándola, perfumándola, preservándola. En quien está saturado de castidad no hay sitio para otros movimientos menos buenos. En él no entra la corrupción. No hay sitio para ella. ¡Y, además, la corrupción no entra de afuera! No es un movimiento de penetración desde fuera hacia dentro. Es un movimiento desde dentro, desde el corazón, desde la mente, sale hacia la cobertura externa, hacia la carne, y la penetra y la empapa. Por eso Yo he dicho que lo que corrompe sale del corazón. Todo adulterio, toda lujuria, todo pecado sensual vienen de una maquinación de la mente que, corrompida, viste de estimulante aspecto todo lo que ve. Esos pecados no se originan en lo externo. Todos los hombres tienen ojos para ver. ¿Por qué sucede, entonces, que una mujer que deja indiferentes a diez, que la miran como a una criatura semejante a ellos, que incluso la ven como una hermosa obra de la Creación, sin sentir por ello que surjan estímulos y fantasmas obscenos, esa mujer turba, en cambio, al undécimo hombre y lo lleva a indignas concupiscencias? Pues sucede porque ese undécimo tiene el corazón y la mente corrompidos, y donde diez ven a una hermana él ve a una hembra.

Aun no diciéndote esto entonces, te dije que Yo había venido precisamente para los hombres, no para los ángeles. He venido para devolver a los hombres su realeza de hijos de Dios, enseñándoles a vivir como dioses. En Dios no hay lujuria, Judas. Pero Yo os he querido mostrar que también el hombre puede estar exento de lujuria; y os he querido mostrar que se puede vivir como Yo enseño. Para mostraros esto he debido tomar una carne verdadera, para poder padecer las tentaciones del hombre y decirle al hombre, después de haberlo instruido: “Haced como Yo”.

Y tú me preguntaste si, tentado, pequé. ¿Lo recuerdas? Y Yo, viendo que no podías comprender que hubiera sido tentado y no hubiera caído (pues que te parecía inadecuada la tentación para el Verbo e imposible el no pecar para el Hombre), pues te respondí que todos pueden ser tentados, pero que pecadores son sólo aquellos que quieren serlo. Tu estupor fue grande, un estupor incrédulo. (María Valtorta explica con la siguiente nota en una copia mecanografiada: “Como Adán, inocente y lleno de Gracia, fue tentado, también Jesús, segundo Adán, Inocente y, como Hombre, lleno de Gracia, fue igualmente tentado, y por el propio Tentador. Pero el segundo Adán no cedió a la tentación. Y no se diga que así fue por “ser Dios”. ¡Aun siendo Dios, por tanto eterno e impasible, murió en una cruz! Y murió en ella porque era verdadero Hombre. Como verdadero Hombre fue, pues, también tentado, pero, no queriendo pecar, no pecó) Tanto fue así, que insististe: “¿Has pecado alguna vez?”. Entonces podías ser incrédulo. Nos conocíamos desde hacía poco. Palestina está llena de rabíes en los que la doctrina que enseñan es la antítesis de la vida que llevan. Pero ahora tú sabes que Yo no he pecado, que no peco. Sabes que la tentación, aun la más violenta, dirigida contra el hombre sano, viril, que vive en medio de los hombres, rodeado de los hombres y de Satanás, no me turba hasta el pecado. Antes al contrario, toda tentación, a pesar de que el hecho de rechazarla aumentase su virulencia, porque el demonio la hacía cada vez más violenta para vencerme, era una victoria mayor. Y no sólo respecto a la lujuria, torbellino que ha estado dando vueltas en torno a mí sin poder mover ni mellar mi voluntad.

No hay pecado donde no hay consentimiento a la tentación, Judas. Hay, sí, pecado donde, aun sin consumar el acto, se da cabida a la tentación y se la contempla. Será pecado venial, pero es ya un camino que conduce al pecado mortal que aquél prepara en vosotros. Porque acoger la tentación y detener en ella el pensamiento, seguir mentalmente las fases de un pecado significa que uno se debilita a sí mismo. Satanás sabe esto, y por eso lanza insistentemente llamaradas, siempre esperando que una de ellas penetre y trabaje dentro… Después sería fácil hacer que el tentado se transformara en culpable.

Tú, entonces, no comprendiste. No podías comprender. Ahora puedes. Ahora mereces menos entender que en aquella ocasión, y no obstante, te repito las palabras que te dije a ti, que dije para ti, porque es en ti, no en mí, donde la tentación rechazada no se acalla… Y no se acalla porque no la rechazas totalmente. No cumples el acto, pero acaricias el pensamiento del acto. Hoy así, y mañana… mañana caes en el verdadero pecado. Por eso en aquella ocasión te enseñé a pedir al Padre que no te dejara caer en la tentación. Yo, el Hijo Dios, Yo, habiendo vencido ya a Satanás, he pedido ayuda al Padre porque soy humilde. Tú, no. Tú no has pedido a Dios salvación, preservación. Tú eres soberbio. Y por eso te hundes…

¿Recuerdas todo esto? ¿Y puedes comprender ahora lo que significa para mí, verdadero Hombre, con todas las reacciones del hombre, y verdadero Dios, con todas las reacciones de Dios, el verte así: lujurioso, embustero, ladrón, traidor, homicida? ¿Sabes qué esfuerzo me impones teniendo que soportar tu compañía? ¿Sabes qué fatigoso resulta dominarme, como ahora, para cumplir hasta el extremo mi misión en ti? Cualquier otro hombre que hubiera visto que eras un ladrón, que te hubiera sorprendido descerrajando para coger monedas, y que te viera traidor, y más que traidor… te habría echado manos al cuello… Yo te he hablado. Todavía con piedad. Mira. No estamos en verano. Por la ventana entra la brisa fresca del atardecer, y obstante, sudo como si hubiera bregado en el más rudo de los trabajos. ¿Pero no te das cuenta de lo que me cuestas?, ¿de lo que eres? ¿Quieres que te aleje de mí? No. Nunca. Cuando uno se está ahogando es asesino el otro que lo deja abandonado. Tú te encuentras entre dos fuerzas que te atraen: Yo y Satanás. Pero, si te dejo, al único que tendrás será a él. ¿Cómo te salvarás entonces? Y, a pesar de todo, tú me dejarás… Ya me has dejado con tu espíritu… Bien, pues Yo, de todas formas, retengo junto a mí la crisálida de Judas. Tu cuerpo desprovisto de la voluntad de amarme, tu cuerpo inerte en orden al Bien. Lo retengo mientras tú no exijas incluso esta nada que son tus despojos para reunirla con el espíritu y pecar con todo tu ser…

¡Judas!… ¿No me hablas, Judas? ¿No tienes una palabra para tu Maestro? ¿No tienes nada que suplicarme? No exijo que me digas: “¡Perdón!”. Demasiadas veces te he perdonado, sin resultado. Sé que esa palabra es un sonido en tus labios; sé que no es un movimiento del espíritu contrito. Yo quisiera un movimiento de tu corazón. ¿Estás tan muerto que ya no tienes ni deseo? ¡Habla! ¿Tienes miedo de Mí? ¡Oh, si tuvieras miedo!, ¡al menos miedo! Pero no me temes. Si tuvieras temor de mí, te diría las palabras de aquel lejano día en que hablamos de tentaciones y pecados: “Yo te digo que incluso después del Delito de los delitos, si el culpable corriera a echarse a los pies de Dios con verdadero arrepentimiento y, llorando, le suplicara que lo perdonase ofreciéndose con confianza a expiar, sin desesperarse, Dios lo perdonaría, y, a través de la expiación, el culpable salvaría todavía su espíritu”. De todas formas, Judas, aunque tú no me temas Yo te sigo amando. ¿No tienes nada que pedir en esta hora a mi amor infinito?

-No. O, como mucho, una cosa; que le impongas a Juan que no hable. ¿Cómo crees que podré expiar, si soy un oprobio en medio de vosotros? – Lo dice con arrogancia.

Y Jesús le contesta:

-¿Y lo dices así? Juan no hablará. Pero tú al menos -y esto soy Yo el que te lo pide- actúa de forma que esta desventura tuya no se manifieste en nada. Recoge esas monedas y mételas otra vez en la bolsa de Juana… Voy a tratar de cerrar el arca… con el hierro que has usado tú para abrirla…

Y mientras Judas, de mala gana, recoge las monedas que han rodado por todas partes, Jesús se apoya en el arca abierta, como cansado. La luz merma en la habitación, pero no tanto como para no permitir ver que Jesús llora quedo mientras mira al apóstol, que está agachado recogiendo las monedas esparcidas.

Judas termina. Va al arca. Toma la amplia, pesada bolsa de Juana y mete las monedas; la cierra y dice:

-¡Pues ya está! – y se aparta.

Jesús alarga la mano para coger la rudimentaria ganzúa fabricada por Judas, y con mano temblorosa hace saltar el resorte y cierra el arca. Luego pone el hierro contra la rodilla y lo dobla en forma de uve y con el pie termina de apretarlo, de forma que lo deja inservible; luego lo recoge y se lo esconde en el pecho (al hacer esto, unas lágrimas caen en el lino de la túnica).

Judas, por fin, hace un gesto de autorreconocimiento: se tapa la cara con las manos y rompe a llorar, diciendo:

-¡Soy un maldito! ¡Soy el oprobio de la Tierra!

-¡Eres el desventurado eterno! ¡Y pensar que, si quisieras, podrías ser todavía dichoso!

-¡Júrame! Júrame que ninguno sabrá nada… y yo te juro que me redimiré – grita Judas.

-No digas: “y yo me redimiré”. Tú no puedes. Sólo Yo puedo redimirte. El que antes hablaba por tus labios sólo puede ser vencido por mí. Dime las palabras de la humildad: “¡Señor, sálvame!”, y Yo te liberaré del que te domina. ¿No comprendes que espero más estas palabras que el beso de mi Madre?

Judas llora, llora, pero no dice estas palabras.

-Ve. Sal de aquí. Sube a la terraza. Ve donde quieras, pero no montes escenas espectaculares. Márchate. Márchate.

Ninguno te va descubrir porque Yo estaré atento. Desde mañana tendrás el dinero. Ya todo es inútil.

Judas sale sin replicar. Jesús, solo ahora, se deja caer sobre un asiento que está junto a la mesa y cruzados los brazos y apoyados en la mesa, apoyada la cabeza encima de los brazos, llora angustiosamente.